miércoles, 30 de septiembre de 2015

Sobre la pérdida: Julian Barnes y Teresa de Cartagena.



           



    

La emoción “conjunta”: La pérdida de profundidad, una joya autobiográfica de Julian Barnes; y un hallazgo singular: Arboleda de los enfermos de Teresa de Cartagena, pionera de la autobiografía en España.

Mi conjunta y yo tenemos gustos literarios diferentes, pero no necesariamente opuestos. Es extraño que no compartamos el placer que deparan ciertas obras que, como tenemos por costumbre, ella lee antes que yo y después me recomienda fervientemente. A veces le hago caso, otras no; depende mucho de la extensión y de mi agenda lectora. He de agradecerle profundamente, sin embargo, que me haya empujado a leer no pocas obras cuya lectura ha acabado formando parte de nuestra historia común, como Bella del Señor, por ejemplo, del mismo modo que ella leyó La conjura de los necios siguiendo mi requerimiento para que lo hiciera.
La pequeña obra de Julian Barnes que he leído siguiendo su seductora sugerencia ni siquiera es una obra completa, sino el último de los tres capítulos que componen un libro “extraño” a primera vista y algo desequilibrado, una vez leído, porque el artificio retórico de los dos primeros capítulos de Niveles de vida, que ese es el título del volumen en el que se mezcla la narración histórica, el reportaje y la biografía, no se compadece con un texto final, La pérdida de profundidad, que leí en una de mis frecuentes noche de insomnio para acabar llorando con un dolor, ese sí que muy profundo, al que las emocionantes páginas de Barnes, acerca de la experiencia de la aflicción que le supuso sobrevivir a la muerte de su esposa, me han abocado. Convivieron 30 años y murió cuando Barnes tenía 62 años, la edad que yo tengo ahora. Mi conjunta y yo es posible que pasemos ya de los 40 años de convivencia, y no es un dato baladí, porque el proceso de empatía con la situación de Barnes, por el paralelismo de nuestras relaciones de pareja, fue el detonante de ese acúmulo de emoción que me anuló la perspectiva lectora para entregarme a la recepción de la confidencia y a una vivencia precisa y escalpelista de sentimientos que me destrozaron hasta quebrarme la lectura y hacerme muy difícil su continuación. Pocas páginas me han hablado tan estrechamente de mi propia vida, o de la imaginación inducida de mi propia vida, en una biografía ajena. Tras algunas afirmaciones del texto, tras algunos pasajes increíblemente dolorosos, regresaba a la fotografía de la solapa y comprobaba en la mirada de Barnes, esculpida con cortante escoplo, la huella de la tragedia. Mi admiración por este breve texto capital acaso esté demasiado connotada por lo que acabo de explicar y haya quien lea esas páginas y suelte el consabido regüeldo de la indiferencia: “Pues no veo que sea para tanto…” Es lo que tienen las páginas autobiográficas, sin embargo. Muy a menudo el hecho de haber pasado por las mismas experiencias o imaginarse vivamente el hecho de tener que pasar por ellas, dada la similitud de las circunstancias personales, dinamita la distancia entre nosotros y el texto y aquello que leemos es lo que somos, no lo que le ha sucedido a otro.
Que nadie se equivoque, sin embargo, porque Julian Barnes fiel a su estilo y a su concepción del hecho literario, no ha escrito un texto lacrimógeno, antes al contrario, adopta un tono ensayístico, mezclado con una sobria descripción de su vida cotidiana tras la muerte de su esposa, de sus reacciones íntimas y éxtimas (abonarse a un canal de retransmisiones deportivas y contemplar partidos que le eran totalmente indiferentes o interesarse genuinamente, por primera vez en su vida por la ópera, un arte que le había parecido ridículo e incompresible hasta ese doloroso momento); una vertiente ensayística, decía, en la que reflexiona sobre el hecho de afrontar la muerte no tanto de un ser querido cuanto de una parte, exenta, de nosotros mismos: me siento menos interesante sin ella. Cuando le hablo, a solas, vale la pena escucharme; cuando hablo conmigo mismo, no. El duelo es objeto de su reflexión a menudo sarcástica, porque lo más sorprendente de este breve texto es el impagable sentido del humor que subyace en él como una carga de profundidad no solo contra ciertas imposturas sociales frente a la muerte, sino como crítica de la estricta y sólida vida cotidiana llena de malentendidos, como leemos en una de las anécdotas que narra: [Cuatro años después de muerta, en un taxi, a las once de la noche]: Cuando ya estábamos cerca de mi casa, el taxista empezó a hablar. Un diálogo agradable y trivial hasta la pregunta jocosa: “Su mujer, ya dormida, ¿eh?”. Tras un silencio atragantado, le respondí lo único que se me ocurrió: “Eso espero”.
La lectura de este texto de Barnes debe de haber sido de las pocas que he hecho sin atreverme a subrayar nada. Y lo mismo me pasó con la segunda lectura al día siguiente, hecha poco después de haberme abrazado a mi conjunta como  Orfeo a Eurídice, queriendo evitar que cayera en el Hades, para agradecerle no solo lo evidente, el estar viva, sino que hubiera sabido con tan precisa exactitud la emoción que me iba a producir la lectura de esas páginas. Ha habido una tercera en la que sí me he atrevido, atenuado ya el dolor, a subrayar algunas frases cuya resonancia incluso ahora mismo que las transcribo me alteran: Es lo que muchas veces no comprenden los que no han cruzado el trópico del duelo: el hecho de que alguien haya muerto puede significar que no está vivo, pero no significa que no exista. Así pues, hablo con ella continuamente (…) Mantengo vivo nuestro perdido lenguaje privado. Le tomo el pelo y ella me lo toma a mí; nos sabemos el libreto de memoria. Su voz me calma y me infunde valor.
Resulta estremecedor el recuerdo de un fragmento de una de sus novelas de juventud en la que describió el mismo sentimiento que ahora padece, atribuido a un sexagenario, como ahora él también lo es. Acabada de leer, la cita, recuerda que es el texto que leyó en el funeral, con una mano apoyada en el féretro y con la otra sosteniendo el libro: La gente dice que conseguirás superarlo (…) Pero no lo superas de la misma manera que un tren sale de un túnel; lo superas más bien a la manera como una gaviota se libra por fin de la pegajosa mancha de petróleo. Alquitranado y emplumado de por vida. Mucho dolor indeleble hay en esa imagen final, demasiado. Tanto que uno de los interrogantes esenciales del texto es: ¿Qué es el “éxito” en el duelo? A su parecer, hay momentos que parecen indicar cierto progreso. Cuando las lágrimas –las inevitables lágrimas cotidianas cesan-. Cuando la concentración regresa y puedes leer un libro como hacías antes. Cuando se acaba el terror al foyer [Al principio del duelo, Barnes desarrolló una fobia a las aglomeraciones humanas]. Cuando logras desprenderte de posesiones. Pero no es menos cierto que entre todos los éxitos hay muchos fracasos, muchas recidivas. O como lo define con soberbio aforismo: Los afligidos no están deprimidos, sino solo debida, adecuada, matemáticamente tristes.
No creo que me haya ocurrido solamente a mí, esta suerte de condensación de la emoción en la lectura de esta confesión de Barnes, porque el autor inglés, en un ejercicio que mezcla a partes iguales la honestidad y el pudor, se desnuda ante los lectores con una prodigiosa naturalidad, la de la confidencia casi al oído en un ambiente de profunda amistad. Como él dice, no todo el mundo, por supuesto, valora el amor conyugal; pero de lo que no cabe duda es de que pocas veces se ha escrito, y yo he leído, una declaración de amor tan conmovedora como la presente de Julian Barnes a su mujer.

Al lado de una pérdida total, la pérdida parcial de Teresa de Cartagena (1425- ¿?), se quedó completamente sorda, puede parecer menor, pero la escritora de origen judío, sobrina de Alonso de Cartagena, traductor de Séneca, cronista y escritor de tratados religiosos, supo trasladarnos una visión moral de su padecimiento, y escribió un tratado más ascético que místico en el que, a partir de la sordera, establece con nitidez los beneficios espirituales que de ella se derivaron, los cuales quiere compartir con todo el mundo a través de la palabra escrita. La lectura en una edición facsímil dela obra permite acercarnos al castellano del siglo XV una lengua aún en ebullición, llena de posibilidades que se acabarán decantando en el siglo XVI, sobre a partir de esa maravilla filológica que son los Diálogos de la lengua, de Juan de Valdés, una lectura imprescindible para todos los enamorados de la lengua castellana. Fue tal el impacto que produjo entre sus contemporáneos este tratado de tan hermoso título, que enseguida se corrió el bulo de que una obra así no había podido ser escrita por una mujer. Ello movió a la autora a escribir un opúsculo en el que defendía su autoría frente a la difamación de haberse apropiado de la obra de un hombre. El tratado Admiraçión Operum Dey se convirtió, por ello mismo, en el primer texto nítidamente feminista de la época medieval, y su autora en una precursora de la literatura autobiográfica, adelantándose a Teresa de Jesús, cuya autobiografía, Libro de la vida, es, a mi juicio de devoto lector de él, uno de los placeres lectores más intensos que puede tener cualquier aficionado a estas cosas de curiosear qué tienen que contarnos los demás y con qué gracia lo hacen. Teresa las tiene todas, las gracias expresivas.
Su tocaya, Teresa de Cartagena, nos describe de manera no menos elocuente la asumida limitación de su estado: Vn espeso toruellino de angustiosas pasyones me lleuó a vuna ínsula que se llama “Oprobrium hominum et abiecio plebis” donde tantos años ha que en ela biuo. Antes que entonar un lamento por el bien perdido, Teresa hace de la necesidad virtud y ve en la ocasión de su pérdida algo así como una deliberada distinción divina que ha de servirle para labrar su ascenso a la perfección espiritual: Asaz manifiesto parece serme hecha esta sygna con el dedo diuinal, quando en tanto grado es acreçentada mi pasyón que avnque quiero hablar no puedo e aunque me quieren hablar no pueden. (…) Mi deseo es ya conforme con mi pasyón, y mi querer con mi padesçer son asý avenidos, que nin yo deseo oýr nin me pueden hablar, nin yo deseo que me hablen. (…) Ya soy apartada de las bozes humanas, pues mis orejas non las pueden oýr; ya tiene silençio mi lengua plazera, pues por esta causa non puede fablar. A través de citas de autores de filósofos y padres de la Iglesia, Boecio, San Jerónimo, San Agustín, etc., la autora desgrana un fino análisis psicológico sobre los múltiples significados espirituales que sabe extraer  de su limitación física, si bien no son de menor interés sus propios juicios, como cuando reconoce que La tristeza demasiada es pecado. Este juicio enseguida da pie a una amplificatio, que es la técnica favorita de la autora: Aunque la tristeza mala e superflua paresçe ser contraria de los plazeres humanos, no es asý; antes ha muy grant debdo con ellos, porque sy bien mirar lo queremos, cada mala e yniqua tristeza procede de menguamiento de plazeres mundanos. Pues bien paresçe tener con ellos grande amor e parentesco, e avn las más vezes ellos mesmos la engendran y paren. (…) El sentimiento humano nos costriñe a sentir y dolernos de nuestros propios males. No se deue esquivar porque tal tristeza como ésta asý como es razonable, asý es prouechosa; e rrazonable, porque es el primer acto de la dolencia, ca la primera cosa que la dolencia obra en el enfermo, trsiteza es prouechosa, porque de tal tristeza como ésta puede nasçer y nasçe alegría espiritual. Ca ser triste en las cosa temporales y mundanas no es sino escala para sobir a los espirituales gozos.
Intelectualmente, aunque no se comparta el análisis de la autora y nos quede a trasmano su afán ascético, es un placer inequívoco observar con atención no solo el método de razonamiento que sigue, sino, sobre todo, la fértil capacidad imaginativa de Teresa para ofrecernos hallazgos expresivos que contribuirán poderosamente a la consolidación de la lengua castellana y a ensanchar sus dominios expresivos. La voz femenina de Teresa de Cartagena, como posteriormente la de Teresa de Jesús, representa la aparición de una ductilidad en la dicción que, andando el tiempo, culminará en la prosa excepcional de Fray Luis de Granada, por ejemplo. Hablar de las “viandas” para describir los aprovechamientos que se derivan de su sordera es parte de esa imaginería que llevará a su perfección el Cántico espiritual de Juan de la Cruz, con aquel mosto de granadas, por ejemplo: De seis viandas me paresçe que deuemos y podemos  vsar seguramente todos los que dolençias padesçemos. Las quales son éstas: tribulada tristeza; paciencia durable; contriçion amarga; confesión verdadera y frequentada, oraçion devota, perseueración en obras virtuosas. De entre todas ellas, qué duda cabe que la paciencia es la “estrella”, tal y como la autora lo establece a través de una memorable definición: Paçiençia: tomándola por su propio nombre el qual es padesér con prudencia, si bien en ella se contiene, como advertimos, la prudencia. Esa paciencia es la que permite seguir la oportuna sugerencia de San Gregorio: A los grandes gualardones ninguno puede venir sino por grandes trabajos. De ahí el ejercicio ascético que nos propone la autora: Amemos la dolencia no por sý sola, mas por respecto de la virtut. Las dolencias e afliçiones nos aman, conuiene que las amemos. Porque no es poca sabiduría  saber hazer bien de mal y saber trocar el daño en prouecho, el peligro en seguridad, etc. Finalmente, está claro, para Teresa que donde non ay pasyón, no ay paçiençia, ni por muy grand prudençia que alguno tenga, sy no tiene el padesçer de algund trabajo, será llamado muy prudente.
Finalmente, y he de renunciar dolorosamente a una exposición detallada, por ejemplo, de las raíces de la soberbia, no quiero concluir sin aportar la descripción maravillosa que Teresa de Cartagena hace de la vanidad de la ilimitada confianza que el hombre tiene en su pensamiento y en sus fuerzas para cumplir sus, muy a menudo, oscuros, fictos y vanílocos designios: Es de consyderar que el pensamiento vmano es asý ligero como dromedario, el qual e oydo decir y avn leýdo que anda más en vn día que otra bestia en quatro días andar podría. E asý haze el pensamiento del onbre, que en poco espacio anda muchas jornadas, con tanto que lo que onbre piensa en vn ora no lo piensa concluyr en vn año, e avn tanto puede el pensamiento nuestro alegrar los pasos, que en diez años non podría onbre lo que él en vna sola ora comprende.

7 comentarios:

  1. Mencionas dos textos al comienzo que me producen intensas emociones. Bella del Señor y La conjura de los necios. Las dos me produjeron una sensación de hastío insoportable. Con la primera, la de Barnes, me encontré en un verano de ayuno terapéutico de diez días. Me resultó insufrible, abrumadora, exasperante. La terminé con un hartazgo que pocas veces he sentido con tanta intensidad. La novela de O'Toole, la de los necios, no me llevó a pasar de la página cien harto de un humor que no me llamaba ni me hacía la menor gracia. Lo intenté dos veces en periodos distintos a ver si había entrado con mal pie, pero fue inútil. Mi segunda lectura fue tan infértil como la primera. Sencillamente no me hacía ninguna gracia. Me ha pasado con novelistas americanos cuyo sentido del humor sencillamente no me llegaba. Y eso es insufrible con un libro de supuesto humor. Sin embargo, reconozco que me he reído hasta perder el oremus con algún relato de Charles Bukowski.

    Tras la experiencia de Bella del Señor y
    El loro de Flaubert
    , dudo que nada me vuelva a llevar hacia Barnes al que no considero uno de los míos, pero puede que sea por incapacidad mía y no por falta de calidad en sus obras. No sé dónde tengo los ejemplares citados pero espero que estén bien escondidos.

    A Fernando Savater le acaba de pasar lo mismo al perder a su compañera de vida tras largos años de convivencia. Sigo sus artículos para detectar si algo ha cambiado en él tras tan doloroso trance. En algún momento en una entrada del blog aventuré que Savater necesitaba un tremendo impacto para salir de su impasse de círculo cerrado en su pensamiento que se ha quedado, a mi juicio, en un estado, de hibernación y de falta de riesgo.

    Para Antonio Machado, la muerte de su esposa Leonor le llevó a perder el estro poético al sumergirse en la filosofía, que no tiene por qué ser beneficiosa para la poesía, como así fue.

    Un tema tremendo. Yo llevo con mi compañera de vida veintiséis años.

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    1. Jose, que has tenido un lapsus, Bella del Señor es de Albert Cohen, una obra que leí, por cierto en Oporto. MI conjunta y yo la compartimos, a medida que, me toco segundo, iba yo leyéndola. Tengo un recuerdo soberbio de ella. Eso si. Le tengo aprensión a las segundas lecturas de lo que me cautivó en la primera, salvo D.Quijote, claro... Y con La conjura de los necios, acaso por su barroquismo hiperbólico, y su jesuitismo, me lo pasé de coña. Con todo, sé que coincidimos en muchas otras obras. Pues, a pesar de todo, te animo a leer estas breves páginas de Barnes, seguro que acabas compartiendo conmigo la admiración.

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    2. Tienes razón, Juan Poz, ha sido un lapsus tremendo. El otro día hablé de ella en clase y mencione a Albert Cohen. Ha sido un cruce de desasosiegos. No puedo decir que no sea una obra soberbia. Sin duda la leí conmocionado hasta el final, pero no podía asistir a esa pasión mantenida entre los dos protagonistas sin exasperarme. Me resultaba insufrible, no sé por qué. Tal vez porque pulverizaba tantos mitos sobre el amor pasión. Era como La voz a ti debida pero llevada hasta el final, hasta el extremo y lógicamente es absurdo. No puede mantenerse indefinidamente la pasión amorosa. La novela de Cohen me llenó de malestar, que es el sentimiento que me domina cuando pienso en ella. No volvería a ella por nada. Y sé que es inútil cualquier juicio racional. Es buena pero la detesto.

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  2. Pues ya que el Sr. Joselu (por cierto empalaga un poco su asiduidad y su presencia infalible en todos, todos, todos los comentarios),
    no se priva de expresar sus fobias y sus manías literariamente hablando, me voy a permitir yo un comentario impertinente

    1.- BELLA DEL SEÑOR Y LA CONJURA DE LOS NECIOS son buenísimas y la segunda muy divertida. Esto es IMPEPINABLE, aunque hay gustos para todo, of course.

    2. No he leído nada de ese Sr. VIUDO TAN DOLORIDO, veo sus fotos y ya me parece un ser triste desde siempre, y ya solo con ver esos ojos ya ME CAE ANTIPÁTICO.

    3.- El Sr. Poz y el Sr. Joselu loan mucho al AMOR CONYUGAL. Pues bien, buscando información en la wiki veo esto sobre la difunta:

    "En los años 1980 ella abandonó por un tiempo a Barnes y mantuvo una relación amorosa con la escritora Jeanette Winterson..."

    Hay cada hombre por ahí... con todos los respetos, blandos y calzonazos a más no poder. Si eso es la perfección matrimonial.... Ahora es cuando ya me da nauseas ese tipo llorón.

    En fin, disculpen los ofendidos, pero por hoy me he desahogado aquí.

    Fdo.:
    Anonimª, por supuesto.

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    1. No veo tan por supuesto que haya de firmar así, pero cada cual escoge la máscara que le place,sin duda. El Sr. Joselu es amigo de quien lleva este Diario y, como cualquier otro comentarista, puede entrar cuantas veces desee, con total libertad, la misma con la que ha entrado Vd. Este Diario es un sitio publico donde, además, no se ejercela censura ni previa ni posterior, y menos aún se "editan" o"cocinan" las intervenciones ajenas. Hablamos y nos identificamos. Le agradezco por lo tanto su desahogo, y respecto de los "interiores" de la vida conyugal del señor Barnes, ¿pues qué quiere que le diga? Tolstoi empezó una novela con una afirmación que no ha perdido vigencia. Espero que la entrada que le dediqué a Barnes le anime a leer algo de tan excelente autor, tiene un sentido del humor algo menos tosco que el suyo, pero seguro que hallará más de un motivo de regocijo. Si no, la lista de autores a los que me he acercado es lo suficientemente extensa como para que algo llame su atención. Un saludo cordial. Y enhorabuena por respirar mucho mejor después de haber dejado el comentario.

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  3. Sr. Poz, ha respondido usted muy ecuánimamente a mis impertinencias y se lo agradezco.

    Ahora solo quisiera matizar un poco lo que me fastidió de esa entrada, y es lo siguiente:

    No hay ni una persona en el mundo que no haya perdido o perderá a alguien querido, sean padres, madres, hijos, parejas o amigos. Porque la Muerte es inevitable y va unida a la vida. Así que cada cual lo supera como mejor puede, y la inmensa mayoría sin aspavientos ni histrionismos.

    Ese señor airea y VENDE su dolor por una pérdida que millones de seres llevan con más dignidad que él. Porque además hay otros millones de seres que no han tenido la suerte de tener un compañero en su vida y han tenido que apechugar solos con todo. ¿no es eso muchísimo peor? Y generalmente no escriben ni venden libros para decir lo mal que se está.
    Es más, muchas veces serían tachados de personas negativas, dependientes, etc,

    Lo que quiero decir es que el matrimonio es una institución sobrevalorada que conlleva también muchas miserias. Eso sí, es muy cómodo tener la cama calentita en invierno.

    Me paso por aquí de vez en cuando, pero no voy a leer al viudo triste habiendo millones de libros en el mundo.

    Eso es todo y vuelvo a agradecerle sus buenas maneras.

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    1. Entiendo su postura y lleva, como es lógico, la parte de razón que le corresponde. Al fin y al cabo, el viejo dicho de que cada cual cuenta de la feria según le va en ella nos afecta a todos sin excepción. NO considero, en cualquier caso, que Barnes "venda" su dolor, antes bien yo considero que lo "comparte". Piense que sus lectores somos esa "inmensa minoría" a quien dedicaba JRJ sus libros, aún más minoritarios que los del propio Barnes, que ya es decir. El libro, por otro lado, pertenece propiamente a la ficción, aunque incluya un relato autobiográfico, pero Vd. no ignora que lo biográfico es una corriente literaria que tiene una venerable antigüedad y ejemplos señeros como el linro de la Vida de Santa Teresa, por ejemplo, que le recomiendo fervorosamente, por su uso prodigioso del castellano coloquial del XVI, o los famosos ensayos de Montaigne que es el único libro que tengo, permanentemente, en mi mesita de noche y en el que no picoteo tanto como debiera, aunque nunca dejo de hacerlo. Finalmente, Barnes está más que alejadísimo de aspavientos o histrionismos. Es más, diría que se acerca bastante más al estoicismo, una corriente filosófica, además, muy española, por la influencia que tuvo Séneca en nuestro Renacimiento y Barroco. Su determinación parece firme, pero, si me concede el beneficio de la duda, entre en una biblioteca y lea esas pocas páginas finales del libro. Estoy más que convencido de que volverá a este Diario a retractarse de su actual prejuicio. Así lo espero. Un saludo cordial.

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