viernes, 4 de septiembre de 2020

«Retratos Contemporáneos», de Ramón Gómez de la Serna: El arte superior de la etopeya frente al humilde de la prosopografía.



El genial memorialista de Automoribundia aprendió su arte en las biografías de sus contemporáneos, escritas con su singular don para la imagen, la metáfora y el ingenio verbal que preside toda su obra.

         Retratos contemporáneos, publicada en 1941 en Buenos Aires, ciudad a la que RAMÓN se exilió temporalmente cuando estallo la Guerra Civil, en compañía de su mujer, la argentina Luisa Sofovich, es una colección de biografías que representan una ínfima parte de las más de 150, sumando las de las compilaciones de ellas que, de tanto en tanto reunía en libro, como Efigies, en 1929, estos Retratos contemporáneos, en 1941 o los Nuevos retratos contemporáneos, de 1945 o Gemelismo, de 1946, una suerte de Vidas paralelas entre pintores y escritores. La dedicación de RAMÓN a la biografía se inicia en 1909 con la de Mariano Benlliure y acaba con la de Enrique Jardiel Poncela en 1958. Infatigablemente, entre esos años, la generosidad cultural de RAMÓN fue perfilando un modelo de biografía que solía ser el prólogo de las obras de los autores biografiados. Estamos, pues, ante esbozos muy densos e ingeniosos que permitían a os lectores acercarse a la personalidad del autor de un modo como ningún otro biógrafo al uso era capaz de hacer en aquel entonces. Algunas de esas breves biografías eran ampliadas al pasar a una antología, como la presente, tal como sucedió en Retratos contemporáneos, con las de Colette, Elias Eremburg (sic), Paul Morand u Oliverio Girondo. La contrario era también frecuente, individualizarlas en una obra más extensa, como la de Ramón María del Valle Inclán, quien expresamente pidió que, de manera póstuma, fuese RAMÓN quien escribiera su biografía.
         Estamos en presencia, pues, de un auténtico especialista en la redacción de biografías, y lo mejor que puede decirse de él es que suele encarar la de cada biografiado de un modo distinto, tratando de captar la esencia del personaje a través de sus hechos y dichos más relevantes, aunque sin abandonar jamás el extremo subjetivismo de su mirada cómplice, porque la atención de RAMÓN a su tiempo, a la sociedad literaria en la que actuaba como gran maestro de ceremonias, un papel que en la cripta de Pombo adquirió incluso dimensión casi «institucional» y que él supo interpretar magistralmente hasta su muerte, le ocupó gran parte de su tiempo, aun a pesar de la amplitud y calidad de su impagable obra literaria.
         La propia vida de RAMÓN fue una de sus grandes obras de arte: Automoribundia, ochocientas páginas de apretada escritura para relatar una vida bohemia y heroica que conoció tanto el esplendor del lujo como las estrecheces de la miseria, sin perder jamás de vista, ni en los momentos más tenebrosos de la desesperanza, el compromiso con la escritura, esa manera suya de respirar en el mundo, 13 greguerías por minuto…
         Leer, hoy, en 2020, los Retratos contemporáneos, puede parecer un ejercicio de arqueología, pero, independientemente de la propia calidad literaria y /o humana de los biografiados, entre los que vamos a encontrar personajes tan excepcionales como Juan Ramón Jiménez, Oliverio Girondo, Paul Morand, Valle Inclán, Rusiñol,  Unamuno o Remy de Gourmont, entre otros, el arte singular de RAMÓN constituye una experiencia lectora que no puede dejar a nadie que se acerque a esta obra insatisfecho; antes al contrario, disfrutará de un nivel de creación -porque con la biografía también se «crea»- difícilmente igualable. La singularidad de RAMÓN no afecta solo al nivel expresivo, un depurado lenguaje plagado de metáforas e imágenes brillantísimas, sino, sobre todo, a su capacidad analítica y a su insobornable espíritu crítico. Digamos que la gran virtud del libro consiste en haber sabido encontrar el tono y el desarrollo que exige cada personaje, es decir, el biógrafo entra en cada vida con una actitud tan distinta que, al final, el interés de cada una se desplaza de la persona del biografiada a la atmósfera que sabe crear RAMÓN para cada biografiado, de tal modo que autores nada conocidos o menos populares entre los lectores españoles, como Remy de Gourmont, Oliverio Girondo, Fernando Villalón o Luis Ruiz Contreras se alzan con el cetro del interés del lector, quien queda «apabullado» por una construcción biográfica que parece en todo momento un brillante ejercicio de ficción, como el cuento «gótico» decadente de la vida de Remy de Gourmont, una absoluta obra maestra.
         Detengámonos, sin embargo, en algunos ejemplos de ese modo de biografiar que caracteriza a RAMÓN y que espero sirva para inclinar a los lectores de estas líneas para que las abandonen cuanto antes y se vayan a las muy provechosas del gran vanguardista de nuestras letras, un creador total cuya importancia capital para las Letras españolas aún se ha de vocear para que, a 18 años del sesquicentenario de su nacimiento, el mundo entera sepa que entre nuestros grandes nombres: Góngora, Quevedo, Cervantes, Gracián, Juan de la Cruz, Galdós, Teresa de Jesús, Lope de Vega, Unamuno, Lorca o Valle Inclán también ha de figurar el de RAMÓN.
         De la biografía aljamiada de JRJ, se detiene RAMÓN en Platero, una obra que no ha de leerse hasta haber cumplido los cincuenta años…, y de ella nos recuerda las propias palabras de JRJ: —Ni yo mismo me di cuenta de la importancia de mi biografía. ¡Quién me iba a decir que escribía una biografía ilustrada y que todos iban a ver el mocerío silvestre, poético y enamorado que hay en mi Platero, en mi Platerillo! Pero JRJ es, sobre todas las cosas, el gran hipocondríaco que, como recuerda RAMÓN: En aquellos días se encuentra con el gran escritor venezolano Pedro Emilio Coll,que le confiesa que oye ruidos tremendos en el fondo de su cabeza, y Juan Ramón se separa de él espantado, como si oyera en realidad esos ruidos secretos de la jaqueca interior del otro.
         De autores hoy olvidados como el furibundo antitaurino Eugenio Noel (Eugenio Muñoz), que pertenecen a la nómina de los bohemios iluminados que formaban en el coro de los modernistas que transitan por Luces de Bohemia, rescata RAMÓN alguna anécdota impagable: Una noche, en Pombo, me encontré con que había un niño de once a doce años en la tertulia. —¿Y tú quién eres, niño? —Yo soy el hijo de Eugenio Noel…—Pide lo que quieras. El niño pidió un doble de cerveza y comenzó a contar proezas de su padre, consignando que era el escritor que había cobrado más por un soneto, pues lo había publicado en veinte republicas americanas y se lo habían premiado en diez concursos.
         Oliverio Girondo, autor de Veinte poemas para ser leídos en el tranvía, cosa que hizo literalmente RAMÓN, fue un vanguardista argentino, especialista en brindis surrealistas, de quien nos dice RAMÓN fue el primero de todos en soltar su lengua para la nueva habla de la paradoja y de la fantasmagoría desopilada. Según nuestro biógrafo, Girondo escribió una obra, Espantapájaros, en el que todo son fecundaciones del porvenir y lo inventado en ese libro no tiene aún nombre. ¿Quién ha podido superar sus imágenes? ¡Nadie! Advertimos la especial delectación del autor en descubrir almas gemelas con un mismo sustrato expresivo e imaginativo.
         De Paul Morand, el «cosmopolita» por excelencia, eximio extravagante, arranca RAMÓN con una anécdota espectacular: Según cuenta Cocteau, al oír de boca de una señora que no tenía la línea de la suerte, Morand se fue a la cocina y con un cuchillo se hizo la dichosa línea. Aún enseña la cicatriz con que fatalizó por su propia mano el éxito que hoy tiene. Viajero impenitente, sostiene -al decir de RAMÓN- que después de su muerte quisiera que con si piel hicieran una maleta, y por seguir el aire de obligado viajero hasta llega a decir que «las pasiones son viajes del corazón». Pero no temamos, Morand es de los buenos y un día estará arrepentido de haber viajado, momento supremo del viajero inteligente. Paul Morand, con la exquisitez casi aristocrática de su impoluta presencia es, para RAMÓN, el rey de los snobs. Toda la época es de snobs -desdén y curiosidad juntos -rápida variación de gustos -amaneceres con distinta cabeza -juego del corazón en el bacarrat de la vida.
         Luis Ruiz Contreras, traductor de Anatole France y Maupassant, todo un personaje de aquella vida estrafalaria de la cultura española del primer tercio de siglo era una suerte de caricatura de sí mismo, y RAMÓN nos lo presenta en el difícil momento de decir adiós a las visitas: Cuando ya iba llegando la hora de la cena se ponía hosco y entonces se daba el fenómeno de la despedida, un fenómeno que solo he visto repetido en Juan Ramón Jiménez y que era como el ocaso sangriento de la visita, tanto que un amigo antiguo dejó de verle porque soñó que enviaba a un  hijo suyo a aquella casa y Ruiz Contreras, al despedirlo, le daba con un hacha en la cabeza y se la partía. En realidad, la despedida de Ruiz Contreras era brusca, corta, de salida de domador -el domador era uno- de la jaula del león. Saber despedir es una de las cosas más difíciles del trato humano y necesita mucha presencia de ánimo, mucha abnegación y una excesiva y bondadosa sinceridad sin reservas.
         No me extraña que admirara a Santiago Rusiñol, un ser de delicada salud que escribió dos novelas merecedoras de lectores que atestigüen, como yo ahora lo hago, la enorme calidad de las mismas: El català de la Manxa y La niña gorda. De la primera no habla RAMÓN, pero la segunda la reputa de obra maestra, y no le falta razón. De aquí a pocos meses tendremos la suerte de que en el Teatre Nacional estrenarán uno de sus dramas, L’hèroe, bien teñido de corrosivo sainete. De su condición hipocondríaca rescata RAMÓN una anécdota a la altura de su ironía proverbial: Temía a los médicos, y un día en que sufría un gran dolor y le anunciaron que iban a llamar a su médico para ver de curárselo, exclamó: «¡No, por Dios, que entonces serán dos dolores!» Por fin lo llamaron y cuando llegó dijo: «Díganle que no me encuentro bien y no puedo recibirlo.»
         Ya apunté al inicio que el retrato de Remy de Gourmont es un prodigio de estilo gótico que advertimos en esos detalles del ser con la piel aleprosada que se cobija del sol y se encierra en su alcoba, donde siempre la sombrilla de la lámpara, cobijando sus papeles, formando el nido de luz en que se reúnen todas las abejas de la fantasía… El biógrafo siente una exaltada simpatía por el biografiado, aunque no lo considere a la altura intelectual de otros compañeros de volumen: Sin ser un genio, sin ser un hombre completamente bueno, con una gran satiriasis mental, sin embargo, dio la lección al siglo, lo que se puede llamar por antonomasia LA LECCIÓN. Desprendido de los grandes vicios del escritor, que son, sobre todo, una tontería epatante, un deseo de gloria digno de una mujerzuela y una falta de asiduidad en el trabajo verdaderamente inconcebible, fue aun con sus otros grandes vicios el mayor visionario de lo que hay y de lo que se puede poner en la vida. RAMÓN busca al máximo la objetividad en sus juicios, haciéndola compatible con sus exaltada subjetividad, de ahí que, para celebrar una de sus grandes obras, Una noche en el Luxemburgo, escoja el juicio de Anatole France, por ejemplo: Yo definiría este libro como obra de brujería, de la que brotan todas las imágenes que turban los espíritus y cambian los corazones. No en balde es la suya la biografía más extensa del libro después de la de Juan Ramón y la de Valle Inclán..
         Emilio Carrère, otro bohemio impenitente, es un ejemplo de lo que supuso la Guerra Civil, si Ruiz Contreras estuvo a punto de ser fusilado por “los rojos”, dice RAMÓN, por vestir el único traje que tenía esa temporada, un frac, Carrère pasó la contienda en el mismo cementerio que el escritor José Marçia Carretero y tan bien guardados los tenia el enterrador, tan en herméticos u distintos panteones, que durante sus tres años de panteonizados no supieron que estaban cerca para evitar la conversación literaria y divagatoria que pudo haberles perdido.
         Aunque luego ampliaría la biografía de Valle, haciéndole la justicia que merecía, esta sucinta de los Retratos contemporáneos nos lo muestra como un adalid de la independencia frente a una realidad degradada cultural y políticamente; reaccionaba así, a la pustulencia del plebeyismo, al cómodo no pensar en las gentes, al esperarlo todo de la política, queriendo acabar con la monarquía para ensayar una república hipotética. ¡Oscuro tiempo! De ahí, por lo tanto, que Valle podía escribir cuanto le viniera en gana, y así repetía la fuente de inspiración más española que es la de absoluta libertad frente a la indiferencia pública. Después de relatar la nada épica pérdida del brazo, si bien está atestiguado que, hasta desmayarse, soportó que se lo serraran sin anestesia, RAMÓN recuerda que durante algún tiempo usó un brazo ortopédico, con algo de brazo de guantería, que en las discusiones ponía en alto con la otra mano y que a veces se olvidaba de bajar y se quedaba como un pararrayos macabro de las palabras. Muy rico en anecdotario, como lo fuera Quevedo en su tiempo o Wilde en el suyo, RAMÓN recoge estas palabras del artista gallego que constituyen una profesión de fe: —No me interesa -respondió él-; nunca he sentido una voz que me diga: «No seas pobre» o «Hazte rico»… Solo he oído la voz que me aconseja: «Sé independiente.»
         De D’Ors, cuya cultura le impresiona lo suyo, admira lo que Maeztu dijo de él: Aquí hay dos cosas que no se toleran cuando se dan de una vez: el mérito y el éxito. Pero lo describe como una suerte de dandy de la cultura, una persona que siempre estaba como haciendo el gesto más difícil de la elegancia, que es saltar de una góndola a las gradas de mármol de la escalinata fe un palacio veneciano. A pesar de la inequívoca admiración hacia el catalán universal, lo llama, no deja de consignar el talante antipático del escritor, y de ahí que no se prive de recoger un chiste malévolo que se extendía por los corrillos literarios: A un eminente escritor francés le preguntaron si conocía les œuvres D’Ors y contestó que solo tenía noticias de les hors d’œuvres.
         Está claro que la variedad de nombres del volumen decantará la atención de los lectores en una u otra dirección. Mi breve selección en modo alguno pretende orientar ninguna lectura, sino destacar algunos recursos que hacen decididamente entretenida y provechosa la lectura de estas biografías. ¡Ojalá mis visitas a las librerías de viejo me deparen el encuentro con el segundo volumen, escrito cinco años más tarde, y dedicado a nuevos retratos contemporáneos que prometen biografías tan apasionantes como las de los hermanos Machado, Pirandello, Ibsen, Pardo Bazán, Galdós, ¡Kafka!, Neruda o Gabriel Miró… A ver, a ver…; a leer, a leer…

        

No hay comentarios:

Publicar un comentario