martes, 27 de diciembre de 2016

La protogestalt: “Yo, hambre y agresión”, de Fritz Perls y Lore Posner.

Otto Dix: El doctor Fritz Perls


Reflexiones desde detrás del diván: Yo, hambre y agresión, de Fritz Perls, o la rebelión contra el padre del psicoanálisis.


Durante el periodo 1941-1945, Fritz Perls se alistó en el ejército sudafricano y fue destinado al hospital de Potchefstroom, un destino que le permitía disponer de un precioso tiempo libre que empleó en darle forma definitiva al libro que recogía las notas que había ido escribiendo desde que decidió dedicarse de forma profesional al psicoanálisis. Como volvía a casa cada fin de semana, Perls pudo disponer de la incondicional ayuda del amigo íntimo de ambos, de Lore y suyo, Hugo Posthumus, un políglota holandés, originario de Frisia, en el noroeste de Holanda -una tierra de la que no dejaba de hablar maravillas- y muy buen conocedor de la doctrina freudiana, sin cuya ayuda lingüística no hubiera podido acabar dándole forma y entidad de libro a las reflexiones que en torpe inglés el doctor Perls, más metido que nunca en su papel de psicoanalista, iba desgranando en un ímprobo esfuerzo, porque, en efecto, la organización sistemática del pensamiento no era lo suyo. La brillantez, sí. El laconismo nietzscheano, también. Pero someterse al duro trabajo de “ordenar” sus pensamientos para construir un “corpus” de pensamiento que pudiera competir con el del “padre Sigmund” o, al menos, ponerle los puntos sobre las íes en ciertos aspectos, eso ya era otro cantar y otro actuar, para el que le faltaba paciencia y le sobraba orgullo.
Fritz Perls tituló el libro de forma descriptiva, acentuando los ejes del contenido: Yo, porque el libro contenía una teoría del yo (del self) no como una entidad incluso material, como la concebía Federn, sino como un símbolo de identificación; para él, el ego no es un instinto ni tiene instintos, sino que es una función del organismo, y el organismo responde siempre a una situación concreta, de ahí que Perls dedujera que era poco provechoso someter al paciente a una análisis del inconsciente reprimido, es decir, justo de aquello cuya revelación tanto turba al paciente y sobre lo que no está dispuesto a aceptar ninguna interpretación, y aconsejara centrarse en el análisis del ego a través de la descripción de su vivencia del presente;  hambre, porque el instinto de hambre le parecía a Perls, y sobre todo a Lore, a cargo de quien corrió la redacción de algunos capítulos fundamentales del libro, como el de las resistencias orales, el complejo de maniquí y el relativo al insomnio, un elemento fundamental para la autoconservación del organismo como tal, el cual, además, se autorregula, al modo como lo entendía Goldstein, con quien Fritz trabajó en Frankfurt y con quien estudió Lore; y agresión, sobre todo la agresión dental que nos sirve para transformar el alimento en algo digerible, en vez de introyectarlo sin descomponerlo previamente. La agresividad es una descarga esencial del organismo y equivaldría, más o menos, a lo que Freud llamaba catexis, un “ir hacia”. Perls recuerda que para Adler, Reich y Horney, la ansiedad se origina en la represión de la agresividad, y de ahí la necesidad de “encauzarla” adecuadamente, y, para ello, nada mejor que relacionarla con ese “instinto de hambre” alrededor del cual articula Perls una doctrina que tendrá su culminación en la concepción de las resistencias orales frente a las resistencias anales tradicionales: cuanto más nos permitamos emplear la crueldad y el ansia de destrucción en el lugar biológicamente correcto -es decir, los dientes- , menor peligro habrá de que la agresión encuentre su salida como un rasgo de carácter. No lo inventa Perls, que fue más un terapeuta imaginativo que un teórico brillante, sino que oyó hablar de las resistencias orales al psicoanalista holandés que viajó con ellos a Sudáfrica, Johan Ophuijsen, quien hubo de exiliarse porque los psicoanalistas holandeses se le echaron encima cuando defendió a los psicoanalistas alemanes, exiliados a causa del nazismo, alegando que podrían contribuir a mejorar su formación. Esa ascensión a la boca de la resistencia, la pone Perls en relación con dos mitos, que adjudica, a su vez, a las dos corrientes fundamentales del psicoanálisis, Epimeteo (Freud), relacionado con el pasado, con lo que se excreta analmente (Freud: el neurótico sufre de recuerdos), y Prometeo (Adler) que se relaciona con el futuro; el excremento es lo que dejamos atrás, el hambre tiene que ver con el futuro, con lo que vendrá, si bien más adelante se nos aclara que “planear” debe ser una guía hacia la acción, no una sublimación o un sustituto de ella.
Es evidente que, en cuanto que libro de toda una vida de estudio de la psicología humana, el libro de Fritz Perls es algo así como una especie de autobiografía psicoanalítica en la que el autor va desgranando los conceptos que hasta aquel año de edición del volumen, 1942, constituyeron el fundamento teórico y en buena medida práctico de su aplicación del psicoanálisis. El libro es tan denso en sugerencias como en alusiones y muestra bien a las claras que Perls, a pesar del rechazo que personificó después a la teorización con sus triple división escatológica: chickenshit, bullshit y elephantshit, estuvo siempre muy atento a todo aquello que podía ofrecerle material con el que construir el andamiaje de su nuevo enfoque gestáltico, primeramente llamado terapia de concentración, porque una percepción básica de entendimiento de la persona, según la Gestalt, es la de concebirla en el aquí y ahora, en la percepción sin filtros de sí misma, en la identificación con sus deseos y en la asunción de su responsabilidad para convertirlos en realidad o para asumir la imposibilidad de su realización. Podría parecer que el enfoque organísmico de Perls, basado en la asunción del principio de la indiferencia creativa, tomado de a quien consideró su primer gurú, el dadaísta Solomon Friedlaender, cuando ambos frecuentaban el café Romanische o el estudio del pintor  Grosz, donde se reunían no pocos artistas a quien trató Perls en aquellos años, como el pintor Otto Dix, que acabaría haciéndole un retrato muy en la línea de quien otro pintor a quien conoció y trató, Hanns  Katz, hizo del revolucionario Landauer, un anarcosocialista antimarxista, salvajamente asesinado tras la Revolución de Baviera en 1918, de quien Perls recordaba siempre  con admiración su obra Incitación al socialismo. Friedlaender, de quien Perls desarrolla en parte la teoría de la indiferencia creativa fue un seguidor de Heráclito y admirador de Nietzsche y de Kant. Del presocrático tomará Perls el panta rei, todo fluye, pero también, y en eso se repara menos, la conciencia de que el camino hacia abajo y hacia arriba es uno y el mismo -Perls aduce el ejemplo latino de altus, que vale tanto como “extensión en el plano vertical”, siendo el contexto el que determina si es hacia arriba o hacia abajo-, en el que se basa ese cero indiferenciado que, de alguna manera, asume en sí los dos extremos y, finalmente, la armonía de los contrarios que se resuelve en ese punto cero de la indiferencia que, por ello mismo, será creativa, no un mero vacío. Más adelante, Perls hablará del vacío fértil en relación con ese punto de indiferenciación entre los extremos. Este primer libro de Perls tiene mucho de observación del natural, de estudio de campo de la naturaleza humana y de observación atenta de la sociedad moderna en su deriva neurótica, que incluye, como es lógico, la dificultad extrema de las relaciones interpersonales. A nadie se le escapa que la concepción holística de Perls, con la noción de campo tomado de la psicología Gestalt como piedra angular de su innovadora terapia, tiene su origen en la atención con que Perls leyó el libro precursor de Jan Smuts, a quien le pidió un prólogo para este libro que, por diferentes razones, no pudo llegar a escribir. La noción de campo, por tanto, que destruye la de la ciencia tradicional, que ha contemplado la realidad como un conglomerado de partes aisladas, permitirá el análisis de la personalidad en relación con el medio en el que se desarrolla y del que forma parte inextricable. Esa totalidad es lo que permite explicar la conducta individual y permitirá el desarrollo de conceptos como el de aproximación, retirada, confluencia, contacto, etc., tan importantes en la terapia Gestalt. Perls sigue muy de cerca los descubrimientos de Köhler y Wertheimer en el campo de la psicología gestáltica, en la que gestalt ha de entenderse como una totalidad cuyo comportamiento no está determinado por sus elementos individuales  y en la que los procesos parciales están determinados por la naturaleza de la totalidad.  Perls utiliza, para explicarlo, la comparación con el ajedrez: en la caja, las fichas de ajedrez representan la visión aislacionista; en el campo de juego, ordenadas y sometidas a las reglas del juego, la concepción holística. De hecho, la concepción de Perls que más lo distancia del tradicional psicoanálisis freudiano es la de la superación de lo que él llama la  caza del pato salvaje, es decir, la indagación arqueológica del psicoanálisis en busca de las fuentes del Nilo de la neurosis del individuo, es decir, la niñez. Mientras que, por ello mismo, el psicoanálisis se sabe cuándo comienza y jamás cuándo acaba, Perls se propuso crear una terapia que fuera capaz de permitir al paciente no solo salir de su padecimiento, sino, básicamente, reconstruirse como una persona capaz de, como diría más adelante, en la época californiana, escribir el guion de su propia vida. Para todo ello, el paciente ha de reconciliarse consigo mismo en el presente, y no ha de indagar tanto en el porqué de lo que le ocurre, sino en el cómo siente lo que le está ocurriendo en el momento presente de la atención terapéutica. El terapeuta, por consiguiente, no será ya el inquietante bulto silencioso que no se manifiesta para no generar la cadena de transferencias que pueden interferir en el proceso curativo, e incluso arruinarlo, sino parte activa de un proceso que ha de llevar al paciente a ser res-ponsable de sí mismo, a ser capaz de asumir sus propias decisiones, por acción o por omisión, sabiendo que nada ocurre sin que uno sea parte de lo que ocurre. En Yo, hambre y agresión se desarrolla una visión del individuo como un todo psicofísico, algo que permitirá una indagación analítica a partir del propio cuerpo en sus gestos, reacciones, hábitos, tensiones, etc., que serán indicio básico de las complicaciones psicológicas que presente el paciente. Perls recoge, al respecto, la atinada observación de Stekel: una persona neurótica experimenta sensaciones en vez de emociones: ardor en la cara en vez de vergüenza, por ejemplo. Siguiendo las teorías de Goldstein, Perls reconoce que existe una autorregulación organísmica según la cual el organismo tiende a cubrir sus necesidades para lograr el equilibrio que permite su supervivencia, si bien ningún organismo es autosuficiente, sino que depende del medio para satisfacer sus necesidades, y en esas relaciones es donde se gestan las diferentes neurosis, usualmente en forma de resistencias, inhibiciones, confluencias, etc. Los mecanismos de defensa del yo, que estudiara Anna Freud y de los que Perls hizo un uso muy pertinente, constituyen un conjunto de recursos mediante los que se evade el sujeto de la confrontación con la raíz de su neurosis particular: el escotoma, o apagamiento de las percepciones, o punto ciego, también llamado enfermedad de Korsakov, que consiste en llenar un vacío de la memoria con sucesos imaginarios; la inhibición de la expresión de las emociones; el escapismo, como podría ser considerado el propio psicoanálisis freudiano tradicional; el intelectualismo, una actitud destinada a evitar conmoverse profundamente; y, sobre todo, la evitación, que es un factor presente en todo mecanismo neurótico.  Fritz, por experiencia propia, sabe bien, como dice en el libro, que el paciente hace muchas cosas con el propósito de ocultar cosas esenciales  (…) En el psicoanálisis, el paciente acaba adquiriendo una técnica para verbalizar el material turbador de una forma no comprometida o para endurecerse y amortiguar sus emociones. De esta forma llega a ser desvergonzado, pero no se libera de la vergüenza, por ejemplo.
¿Cuál fue el momento decisivo en la evolución psicoanalítica de Perls en su camino desde el freudianismo al gestaltismo? Lo dice él muy gráficamente al hablar de que se quitó las gafas “libidinales” y comenzó a experimentar uno de los periodos más estimulantes de su vida. Creo que es también en este libro donde recoge la anécdota de su entrevista con la princesa Bonaparte, a la sazón también en Sudáfrica, quien llega a decirle que si el no “creía” en la teoría de la libido, no podía formar parte de la Asociación Psicoanalítica Internacional, a la que, desde ese momento, no podía seguir representando en Sudáfrica. Hay en la tercera parte del libro, la que podríamos denominar “parte práctica”, en la que Perls se plantea una suerte de autoaplicación de ciertas recetas terapéuticas que pueden contribuir a mejorar la vida de los lectores que las sigan, sean o no pacientes con alguna neurosis dignosticada, que cubre ese amplio campo de perturbaciones que se relacionarían con lo que muy genéricamente podríamos denominar la psicopatología de la vida cotidiana, cuyo interés está fuera de toda duda. De esa última parte del libro me ha interesado, porque es un conflicto de dolorosa actualidad, la difícil relación con la comida que afecta a tanta gente, joven y mayor, en forma de dos afecciones que pueden llegar a convertirse en algo dramático: la anorexia y la bulimia  nerviosas.   El capítulo tercero de la tercera parte me parece de obligada lectura para cuantos padecen una relación difícil con la comida. Según Perls, aprender a comer es aprender a usar la inteligencia adecuadamente, porque para él existe un paralelismo muy claro entre la masticación y asimilación de la comida y la masticación y asimilación mentales, o, como dice al final del capítulo: Una frase bien masticada y asimilado tiene más valor que todo un libro simplemente introyectado. Si usted quiere mejorar su mentalidad, dedíquese al estudio de la semántica, el mejor antídoto contra la frigidez del paladar mental. En esa cita aparece un término, introyectado, que resulta capital en el sistema de Perls, porque esa introyección la equipara a cuantas ideas pueden pasar integras a nuestra mente sin  haber sido descompuestas, masticadas y asimiladas al modo como sucede con la comida, que requiere ser minuciosamente desgarrada y masticada para poder ser asimilada y cumplir su función vital en el organismo. La “basura” no digerida que traemos del pasado y todas las situaciones no completadas o los problemas no resueltos son introyecciones que determinan la formación de un ego patológico, pues se trata de identificaciones sustanciales, ajenas a uno mismo y que determinan, sin embargo, las acciones y sentimientos de la personalidad. Junto al fenómenos de la introyección, Perls analiza otros dos que componen, con el anterior, la triada básica que explica la mayoría de las conductas neuróticas humanas: la proyección y la retroflexión. Como describe él, también muy gráficamente: la persona que está inclinada a proyectar se parece al que está sentado en una casa con espejos en todas las paredes. Dondequiera que mira piensa que ve el mundo a través del cristal mientras que en realidad solo ve reflejos de las partes no aceptadas de su propia personalidad. La retroflexión, por su parte, significa que una función originalmente dirigida desde el individuo hacia el mundo, cambia de dirección y se tuerce hacia atrás en dirección a su originador: el narcisismo, por ejemplo. Una retroflexión genuina se basa siempre en una escisión de la personalidad. El libro de Perls, muy distinto del que escribiera años más tarde con Goodman y Hefferline, La terapia Gestalt, donde Paul Goodman revistió con galas intelectuales de primer nivel las intuiciones primerizas que vertió Perls en Yo, hambre y agresión, es una obra, sin embargo, que tiene todo el encanto de ser fruto de la experiencia individual de Perls, quien se enfrenta a ciertas teorías reconocidas, como la de la libido, por ejemplo, desde una confrontación constante con los pacientes y una reflexión que lo lleva hacia la detección de una cierta religiosidad en la concepción de la libido y de otras aspectos básicos de la teoría freudiana. En una multitud de comentarios al hilo de lo que va tratando, el intelector atento será capaz de descubrir el talante tan particular de Fritz Perls, esa suma de individualismo feroz, compasión genuina, autoritarismo despótico, ironía y permanente ansiedad jamás tratada y solo muy tardíamente reconocida en su más que disparatada e imperfecta autobiografía: Dentro y fuera del cubo de la basura. El problema de la ansiedad, esa brecha entre el presente y el futuro, se manifiesta en el conflicto agudo que se produce, según Perls, entre el impulso de respirar (para superar el sentimiento de ahogarse) y el autocontrol que se opone al mismo. El propio Perls lo experimentó en varias ocasiones, como refiere en el libro, y, de hecho, a lo largo de su vida profesional, la sufrió permanentemente al no ver materializado el éxito social de su innovadora escuela Gestalt frente a otras terapias que concitaban un mayor reconocimiento social y/o mediático. Karen Horney, la primera psicoanalista de Perls, con quien siempre mantuvo una excelente relación, y quien favoreció que Perls emigrara de Sudáfrica a Usamérica, solía decir que el neurótico vive permanentemente ávido de afecto, pero que su avidez no se ve nunca satisfecha porque una de sus características es que no asimila el afecto que se le ofrece y vive, por consiguiente, en la insatisfacción permanente.
         Yo, hambre y agresión no se agota en una lectura y a buen seguro que un libro que tanto les gustó a poderosos intelectuales como Erich Fromm, Aldous Huxley o Alan Watts, atraerá la atención de los intelectores cuya curiosidad por el peculiar mundo de las terapias psicoanalíticas -o la psicooralítica de Perls, podríamos bromear…- se paseará por este libro lleno de recompensas, curiosidades y referencias con agrado y con suficiente interés como para descubrir en él nuevas sendas de varia lección.

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