miércoles, 30 de septiembre de 2015

Sobre la pérdida: Julian Barnes y Teresa de Cartagena.



           



    

La emoción “conjunta”: La pérdida de profundidad, una joya autobiográfica de Julian Barnes; y un hallazgo singular: Arboleda de los enfermos de Teresa de Cartagena, pionera de la autobiografía en España.

Mi conjunta y yo tenemos gustos literarios diferentes, pero no necesariamente opuestos. Es extraño que no compartamos el placer que deparan ciertas obras que, como tenemos por costumbre, ella lee antes que yo y después me recomienda fervientemente. A veces le hago caso, otras no; depende mucho de la extensión y de mi agenda lectora. He de agradecerle profundamente, sin embargo, que me haya empujado a leer no pocas obras cuya lectura ha acabado formando parte de nuestra historia común, como Bella del Señor, por ejemplo, del mismo modo que ella leyó La conjura de los necios siguiendo mi requerimiento para que lo hiciera.
La pequeña obra de Julian Barnes que he leído siguiendo su seductora sugerencia ni siquiera es una obra completa, sino el último de los tres capítulos que componen un libro “extraño” a primera vista y algo desequilibrado, una vez leído, porque el artificio retórico de los dos primeros capítulos de Niveles de vida, que ese es el título del volumen en el que se mezcla la narración histórica, el reportaje y la biografía, no se compadece con un texto final, La pérdida de profundidad, que leí en una de mis frecuentes noche de insomnio para acabar llorando con un dolor, ese sí que muy profundo, al que las emocionantes páginas de Barnes, acerca de la experiencia de la aflicción que le supuso sobrevivir a la muerte de su esposa, me han abocado. Convivieron 30 años y murió cuando Barnes tenía 62 años, la edad que yo tengo ahora. Mi conjunta y yo es posible que pasemos ya de los 40 años de convivencia, y no es un dato baladí, porque el proceso de empatía con la situación de Barnes, por el paralelismo de nuestras relaciones de pareja, fue el detonante de ese acúmulo de emoción que me anuló la perspectiva lectora para entregarme a la recepción de la confidencia y a una vivencia precisa y escalpelista de sentimientos que me destrozaron hasta quebrarme la lectura y hacerme muy difícil su continuación. Pocas páginas me han hablado tan estrechamente de mi propia vida, o de la imaginación inducida de mi propia vida, en una biografía ajena. Tras algunas afirmaciones del texto, tras algunos pasajes increíblemente dolorosos, regresaba a la fotografía de la solapa y comprobaba en la mirada de Barnes, esculpida con cortante escoplo, la huella de la tragedia. Mi admiración por este breve texto capital acaso esté demasiado connotada por lo que acabo de explicar y haya quien lea esas páginas y suelte el consabido regüeldo de la indiferencia: “Pues no veo que sea para tanto…” Es lo que tienen las páginas autobiográficas, sin embargo. Muy a menudo el hecho de haber pasado por las mismas experiencias o imaginarse vivamente el hecho de tener que pasar por ellas, dada la similitud de las circunstancias personales, dinamita la distancia entre nosotros y el texto y aquello que leemos es lo que somos, no lo que le ha sucedido a otro.
Que nadie se equivoque, sin embargo, porque Julian Barnes fiel a su estilo y a su concepción del hecho literario, no ha escrito un texto lacrimógeno, antes al contrario, adopta un tono ensayístico, mezclado con una sobria descripción de su vida cotidiana tras la muerte de su esposa, de sus reacciones íntimas y éxtimas (abonarse a un canal de retransmisiones deportivas y contemplar partidos que le eran totalmente indiferentes o interesarse genuinamente, por primera vez en su vida por la ópera, un arte que le había parecido ridículo e incompresible hasta ese doloroso momento); una vertiente ensayística, decía, en la que reflexiona sobre el hecho de afrontar la muerte no tanto de un ser querido cuanto de una parte, exenta, de nosotros mismos: me siento menos interesante sin ella. Cuando le hablo, a solas, vale la pena escucharme; cuando hablo conmigo mismo, no. El duelo es objeto de su reflexión a menudo sarcástica, porque lo más sorprendente de este breve texto es el impagable sentido del humor que subyace en él como una carga de profundidad no solo contra ciertas imposturas sociales frente a la muerte, sino como crítica de la estricta y sólida vida cotidiana llena de malentendidos, como leemos en una de las anécdotas que narra: [Cuatro años después de muerta, en un taxi, a las once de la noche]: Cuando ya estábamos cerca de mi casa, el taxista empezó a hablar. Un diálogo agradable y trivial hasta la pregunta jocosa: “Su mujer, ya dormida, ¿eh?”. Tras un silencio atragantado, le respondí lo único que se me ocurrió: “Eso espero”.
La lectura de este texto de Barnes debe de haber sido de las pocas que he hecho sin atreverme a subrayar nada. Y lo mismo me pasó con la segunda lectura al día siguiente, hecha poco después de haberme abrazado a mi conjunta como  Orfeo a Eurídice, queriendo evitar que cayera en el Hades, para agradecerle no solo lo evidente, el estar viva, sino que hubiera sabido con tan precisa exactitud la emoción que me iba a producir la lectura de esas páginas. Ha habido una tercera en la que sí me he atrevido, atenuado ya el dolor, a subrayar algunas frases cuya resonancia incluso ahora mismo que las transcribo me alteran: Es lo que muchas veces no comprenden los que no han cruzado el trópico del duelo: el hecho de que alguien haya muerto puede significar que no está vivo, pero no significa que no exista. Así pues, hablo con ella continuamente (…) Mantengo vivo nuestro perdido lenguaje privado. Le tomo el pelo y ella me lo toma a mí; nos sabemos el libreto de memoria. Su voz me calma y me infunde valor.
Resulta estremecedor el recuerdo de un fragmento de una de sus novelas de juventud en la que describió el mismo sentimiento que ahora padece, atribuido a un sexagenario, como ahora él también lo es. Acabada de leer, la cita, recuerda que es el texto que leyó en el funeral, con una mano apoyada en el féretro y con la otra sosteniendo el libro: La gente dice que conseguirás superarlo (…) Pero no lo superas de la misma manera que un tren sale de un túnel; lo superas más bien a la manera como una gaviota se libra por fin de la pegajosa mancha de petróleo. Alquitranado y emplumado de por vida. Mucho dolor indeleble hay en esa imagen final, demasiado. Tanto que uno de los interrogantes esenciales del texto es: ¿Qué es el “éxito” en el duelo? A su parecer, hay momentos que parecen indicar cierto progreso. Cuando las lágrimas –las inevitables lágrimas cotidianas cesan-. Cuando la concentración regresa y puedes leer un libro como hacías antes. Cuando se acaba el terror al foyer [Al principio del duelo, Barnes desarrolló una fobia a las aglomeraciones humanas]. Cuando logras desprenderte de posesiones. Pero no es menos cierto que entre todos los éxitos hay muchos fracasos, muchas recidivas. O como lo define con soberbio aforismo: Los afligidos no están deprimidos, sino solo debida, adecuada, matemáticamente tristes.
No creo que me haya ocurrido solamente a mí, esta suerte de condensación de la emoción en la lectura de esta confesión de Barnes, porque el autor inglés, en un ejercicio que mezcla a partes iguales la honestidad y el pudor, se desnuda ante los lectores con una prodigiosa naturalidad, la de la confidencia casi al oído en un ambiente de profunda amistad. Como él dice, no todo el mundo, por supuesto, valora el amor conyugal; pero de lo que no cabe duda es de que pocas veces se ha escrito, y yo he leído, una declaración de amor tan conmovedora como la presente de Julian Barnes a su mujer.

Al lado de una pérdida total, la pérdida parcial de Teresa de Cartagena (1425- ¿?), se quedó completamente sorda, puede parecer menor, pero la escritora de origen judío, sobrina de Alonso de Cartagena, traductor de Séneca, cronista y escritor de tratados religiosos, supo trasladarnos una visión moral de su padecimiento, y escribió un tratado más ascético que místico en el que, a partir de la sordera, establece con nitidez los beneficios espirituales que de ella se derivaron, los cuales quiere compartir con todo el mundo a través de la palabra escrita. La lectura en una edición facsímil dela obra permite acercarnos al castellano del siglo XV una lengua aún en ebullición, llena de posibilidades que se acabarán decantando en el siglo XVI, sobre a partir de esa maravilla filológica que son los Diálogos de la lengua, de Juan de Valdés, una lectura imprescindible para todos los enamorados de la lengua castellana. Fue tal el impacto que produjo entre sus contemporáneos este tratado de tan hermoso título, que enseguida se corrió el bulo de que una obra así no había podido ser escrita por una mujer. Ello movió a la autora a escribir un opúsculo en el que defendía su autoría frente a la difamación de haberse apropiado de la obra de un hombre. El tratado Admiraçión Operum Dey se convirtió, por ello mismo, en el primer texto nítidamente feminista de la época medieval, y su autora en una precursora de la literatura autobiográfica, adelantándose a Teresa de Jesús, cuya autobiografía, Libro de la vida, es, a mi juicio de devoto lector de él, uno de los placeres lectores más intensos que puede tener cualquier aficionado a estas cosas de curiosear qué tienen que contarnos los demás y con qué gracia lo hacen. Teresa las tiene todas, las gracias expresivas.
Su tocaya, Teresa de Cartagena, nos describe de manera no menos elocuente la asumida limitación de su estado: Vn espeso toruellino de angustiosas pasyones me lleuó a vuna ínsula que se llama “Oprobrium hominum et abiecio plebis” donde tantos años ha que en ela biuo. Antes que entonar un lamento por el bien perdido, Teresa hace de la necesidad virtud y ve en la ocasión de su pérdida algo así como una deliberada distinción divina que ha de servirle para labrar su ascenso a la perfección espiritual: Asaz manifiesto parece serme hecha esta sygna con el dedo diuinal, quando en tanto grado es acreçentada mi pasyón que avnque quiero hablar no puedo e aunque me quieren hablar no pueden. (…) Mi deseo es ya conforme con mi pasyón, y mi querer con mi padesçer son asý avenidos, que nin yo deseo oýr nin me pueden hablar, nin yo deseo que me hablen. (…) Ya soy apartada de las bozes humanas, pues mis orejas non las pueden oýr; ya tiene silençio mi lengua plazera, pues por esta causa non puede fablar. A través de citas de autores de filósofos y padres de la Iglesia, Boecio, San Jerónimo, San Agustín, etc., la autora desgrana un fino análisis psicológico sobre los múltiples significados espirituales que sabe extraer  de su limitación física, si bien no son de menor interés sus propios juicios, como cuando reconoce que La tristeza demasiada es pecado. Este juicio enseguida da pie a una amplificatio, que es la técnica favorita de la autora: Aunque la tristeza mala e superflua paresçe ser contraria de los plazeres humanos, no es asý; antes ha muy grant debdo con ellos, porque sy bien mirar lo queremos, cada mala e yniqua tristeza procede de menguamiento de plazeres mundanos. Pues bien paresçe tener con ellos grande amor e parentesco, e avn las más vezes ellos mesmos la engendran y paren. (…) El sentimiento humano nos costriñe a sentir y dolernos de nuestros propios males. No se deue esquivar porque tal tristeza como ésta asý como es razonable, asý es prouechosa; e rrazonable, porque es el primer acto de la dolencia, ca la primera cosa que la dolencia obra en el enfermo, trsiteza es prouechosa, porque de tal tristeza como ésta puede nasçer y nasçe alegría espiritual. Ca ser triste en las cosa temporales y mundanas no es sino escala para sobir a los espirituales gozos.
Intelectualmente, aunque no se comparta el análisis de la autora y nos quede a trasmano su afán ascético, es un placer inequívoco observar con atención no solo el método de razonamiento que sigue, sino, sobre todo, la fértil capacidad imaginativa de Teresa para ofrecernos hallazgos expresivos que contribuirán poderosamente a la consolidación de la lengua castellana y a ensanchar sus dominios expresivos. La voz femenina de Teresa de Cartagena, como posteriormente la de Teresa de Jesús, representa la aparición de una ductilidad en la dicción que, andando el tiempo, culminará en la prosa excepcional de Fray Luis de Granada, por ejemplo. Hablar de las “viandas” para describir los aprovechamientos que se derivan de su sordera es parte de esa imaginería que llevará a su perfección el Cántico espiritual de Juan de la Cruz, con aquel mosto de granadas, por ejemplo: De seis viandas me paresçe que deuemos y podemos  vsar seguramente todos los que dolençias padesçemos. Las quales son éstas: tribulada tristeza; paciencia durable; contriçion amarga; confesión verdadera y frequentada, oraçion devota, perseueración en obras virtuosas. De entre todas ellas, qué duda cabe que la paciencia es la “estrella”, tal y como la autora lo establece a través de una memorable definición: Paçiençia: tomándola por su propio nombre el qual es padesér con prudencia, si bien en ella se contiene, como advertimos, la prudencia. Esa paciencia es la que permite seguir la oportuna sugerencia de San Gregorio: A los grandes gualardones ninguno puede venir sino por grandes trabajos. De ahí el ejercicio ascético que nos propone la autora: Amemos la dolencia no por sý sola, mas por respecto de la virtut. Las dolencias e afliçiones nos aman, conuiene que las amemos. Porque no es poca sabiduría  saber hazer bien de mal y saber trocar el daño en prouecho, el peligro en seguridad, etc. Finalmente, está claro, para Teresa que donde non ay pasyón, no ay paçiençia, ni por muy grand prudençia que alguno tenga, sy no tiene el padesçer de algund trabajo, será llamado muy prudente.
Finalmente, y he de renunciar dolorosamente a una exposición detallada, por ejemplo, de las raíces de la soberbia, no quiero concluir sin aportar la descripción maravillosa que Teresa de Cartagena hace de la vanidad de la ilimitada confianza que el hombre tiene en su pensamiento y en sus fuerzas para cumplir sus, muy a menudo, oscuros, fictos y vanílocos designios: Es de consyderar que el pensamiento vmano es asý ligero como dromedario, el qual e oydo decir y avn leýdo que anda más en vn día que otra bestia en quatro días andar podría. E asý haze el pensamiento del onbre, que en poco espacio anda muchas jornadas, con tanto que lo que onbre piensa en vn ora no lo piensa concluyr en vn año, e avn tanto puede el pensamiento nuestro alegrar los pasos, que en diez años non podría onbre lo que él en vna sola ora comprende.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

La tentativa lectora de la escritura total: “La muerte de Virgilio”, de Hermann Broch.


                


La peligrosa y escondida senda intelectora* por la agonía y muerte de Virgilio: el misterio, la vida, la palabra.



[*Hace 25 años me interné en La muerte de Virgilio y abandoné la travesía lectora, desarbolado, en la página 224, convirtiéndome en un triste pecio avergonzado de semejante naufragio lector.  Hace ya más de tres meses que zarpé de nuevo para realizar la misma travesía, y no sé si porque las velas (y los desvelos) han sido de mejor calidad que las primeras o porque, finalmente, autor y lector nos hemos encontrado (como, en sentido contrario, de las obras ilegibles, sostenía irónicamente Gide: Ante ciertos libros uno se pregunta: ¿quién los leerá? Y ante ciertas personas uno se pregunta: ¿qué leerán? Y al fin libros y personas se encuentran.), el caso es que llega el momento de rendir cuentas de ese viaje para el que resulta protodifícil encontrar el modo de hacerlo que impida “a quien leyere” cometer el error de no adentrarse en uno de los libros cuya lectura constituye una experiencia vital insustituible, y de obligado pasar, porque La muerte de Virgilio es un tesoro de vida, de obra y de pensamiento. ¡Que Hermes me coja exvotado!]

         Desembarcado en Bríndisi, un esclavo le abre paso entre la multitud que se agolpa en el puerto. Por hechicero del César lo toman. Va enfermo. Vuelve de Grecia. Presiente la muerte. Es hospedado con los miramientos de rigor y junto a él lleva el cofre donde guarda el original de la Eneida. Tiene por delante una agonía en la que la fiebre le adelanta alucinaciones de la hora postrera y claridades de la insignificancia del presente, del arrepentimiento de todo: de sí y de su obra. El lector está junto a él y junto al pueblo desmesurado y apocalíptico que llega a través de la ventana, confundiéndose las voces con su propio delirio. Ha llegado en una nave de Grecia y sabe que parte en otra hacia el Hades. Como en las buenas muertes, toda su vida vuelve ante sus ojos y sabe que el Arte nada puede contra el Conocimiento y que solo este salva al ser de la nada que todo lo engulle. Nada puede el poeta, ningún mal puede evitar; se le escucha únicamente cuando magnifica el mundo, pero no cuando lo representa tal como es. El poeta de los poetas, el guía de Dante, oye la fuente de su cuarto y sabe que se convertirá en río Leteo por el que la barca de su último viaje lo llevará a la laguna Estigia, pero antes de sumergirse en el olvido de su vida y desaparecer en la nada, aspira a fundirse con el todo. Místico, Virgilio. Y nada misteriosos los caminos por los que Broch resume en su agonía muchas crisis, cifradas todas en el arrebatador impulso de quemar la Eneida, antes de desaparecer. No es un hombre feliz, el poeta. Sí lo es el lector que, perdido en una narración continua, sin descanso, sin poder apartar la atención del libro, imantada a él como la flecha al norte magnético, sigue un camino sinuoso y humano, demasiado humano. Es y no es una biografía. La realidad protagoniza a través de las palabras una ópera flotante, la fiebre altera los estados y en el ámbito reducido de una habitación Virgilio habla con los vivos y con los muertos, consigo y con los otros, y entre ellos, con Augusto, y su discusión es la representación dramática de un diálogo entre el Artista y el Poder, de tú a tú: de las exigencias y de los miedos, de los fantasmas y de las realidades. El egoísmo narcisista de Augusto, que reclama la propiedad de una obra que “ya” es de Roma, ni siquiera suya, fiel reflejo del Imperio. Pero no habla con el gran sacerdote del arte, sino con el ser humano debilitado por la enfermedad y en el supremo tris del trance final, el de renunciar al propio nombre: El nombre es como un vestido que no nos pertenece; estamos desnudos bajo nuestro nombre, más desnudos aún que el niño que el padre ha levantado del suelo para darle el nombre. Y cuanto más llenamos de ser el nombre, tanto más ajeno se nos torna, tanto más independiente se vuelve de nosotros, tanto más abandonados resultamos para nosotros mismos. Prestado es el nombre que llevamos, prestado el pan que comemos, prestados nosotros mismos, suspendidos desnudos en lo extraño y sólo aquel que se ha despojado de todo el prestado oropel, llega a ver la meta, es llamado a la meta, donde une definitivamente con su nombre. Insignificante, Augusto; inconmensurable, Virgilio. La gloria y lo efímero. La poesía es un disfraz y la muerte un revulsivo. Necesita la compañía de Lisanias, el efebo esclavo amado, la de Plocia Hieria, y, a través de ellos, recuperar lo que no fue y pudo haber sido, y lo que fue sin ser lo que debería haber sido. Virgilio es un autorreproche encendido, una llama que se consume y que quiere abrasar cuanto lo rodea, y en especial la Eneida, el poema del orgullo y la vanidad: La belleza no puede vivir sin aplauso; la verdad se cierra al aplauso. Conoce perfectamente el poder de la poesía, el poder de las imágenes: No obstante, la vida humana es bendecida en imagen y maldecida en imagen; sólo en imágenes puede comprenderse a sí misma; las imágenes son indesterrables, están en nosotros desde el comienzo del rebaño, son más antiguas y más poderosas que nuestro pensamiento, están fuera del tiempo, abarcan pasado y futuro, son doble recuerdo del ensueño y tienen más poder que nosotros. Cuantas menos deje, menor será su culpa. No debería haber abandonado los estudios de medicina, ni los de filosofía, a la que quería dedicarse una vez hubiera acabado de  corregir, de pulir, los versos de la Eneida, su testamento poético. Las realidades y las alucinaciones se mezclan en su cuarto de enfermo, y es capaz de mantener conversaciones cruzadas con los vivos y con los fantasmas, y no las últimas son las menos reales: Por encima de la ley de la belleza, por encima de la ley del artista, que ambiciona solo una armonía, está la ley de la realidad, está –divina sabiduría de Platón–Eros en el curso del ser, está la ley del corazón y ¡ay de un mundo que ha olvidado esta última realidad! Es un poeta célebre y rico, admirado y envidiado, protegido de Augusto, quien lo tiene por amigo. Pero caída la máscara de la celebridad, descompuesta la figura pública, Virgilio, a solas con su fiebre y con su garganta en carne viva, debilitado y humillado por la debilidad de la carne, la realidad adquiere para él una nanodimensión. Su sistema sensible lo aboca a la hiperestesia y su sistema cognitivo a la lucidez: padecer y comprender rivalizan; todo ello en los límites de su última morada. No falta tampoco el humor. Los dardos envenenados forman parte indestructible de la inteligencia. Pero la lucha con Augusto, medular en el libro, es una radiografía de nuestros días:
Virgilio: En el reino del espíritu llegará a su perfección la realidad del Estado creado por ti
Augusto: El reino de este espíritu ya existe; es el Estado, el Estado romano, el Imperio romano hasta sus más lejanos límites. Estado y espíritu son una misma cosa. (…)¡El Imperio del Romano, Virgilio! La libertad griega, el espíritu griego han resurgido en Roma. Nadie ha contribuido más a ello que justamente ti. La Hélade fue la promesa; el estado de Roma es su cumplimiento. (…) El Estado tiene que ofrecer otra vez a las masas la seguridad corporal y espiritual que han perdido, debe garantizarles una paz duradera, debe proteger a sus dioses, y debe distribuir la libertad según las necesidades del bienestar colectivo. Esto y solo esto es la humanidad del Estado, tal vez la única humanidad posible, pero en todo caso la mejor, aunque a menudo proceda en forma muy inhumana, sin contemplaciones con individuos o grupos individuales, en cuanto se halla en juego el bien colectivo, razón por la cual el derecho individual puede verse en cualquier momento sometido al derecho común, y así tiene que ser, lo mismo que la libertad individual a la libertad común de Roma, la paz de los limítrofes a la paz romana; en verdad, es una dura humanidad la que ofrece el Estado, y es tanto más dura, por cuanto el Estado, sirviendo al bien colectivo y por eso mismo encarnándolo, exige la correspondencia del individuo, su completa sumisión bajo el poder estatal y, además, se toma el derecho de exigir la devolución de la vida individual protegida por su poder, para aniquilarla en cuanto lo requiere la seguridad y la protección de la comunidad. Una humanidad disciplinada, a eso aspira el Estado –y nosotros con él –, una humanidad en lo real, caracterizada por la disciplina y sin la menor molicie, subordinada a la ley de la realidad, la dura humanidad de Roma; Roma se ha engrandecido gracias a ella (…) Como el Estado encarna al pueblo, así también el pueblo encarna al Estado. (…) Inseguro como un niño es el pueblo, temeroso y huidizo, si se le abandona en el apuro, peligroso en su inseguridad, impenetrable por cualquier exhortación, incapaz de cualquier reflexión, alejado de toda humanidad, sin conciencia, inconstante, subitáneo, indigno de confianza y cruel, y sin embargo también liberal y generoso, capaz de sacrificio y valiente, cuando se encuentra a sí mismo, lleno de toda la seguridad del niño en quien despunta el presentimiento de la recta senda y se dirige a su meta como un sonámbulo. (…) Este niño grande que nos ha sido confiado, debemos corregirlo sin robarle nada, debemos dejarle todo lo valioso, también la ebriedad infantil del juego y la crueldad con que se protege de la molicie; pero justamente por eso debemos atender a que esta ebriedad se mantenga dentro de ciertos límites, para que no resulte dañina y dañada, para que no caiga en el salvajismo, pues nada es tan espantoso y peligroso como la salvaje locura de este niño que se llama pueblo; es la locura de un niño abandonado y por eso mismo debemos procurar que el pueblo nunca se sienta abandonado. Oh, amigos míos, debemos cultivar el infantilismo del pueblo, debemos proporcionarle la seguridad infantil en la seguridad de la casa paterna, y quien sepa guiar así al pueblo con la severidad suavemente paternal, quien logre de este modo la seguridad de la vida y del alma y de la fe, quien lo consiga, ése es el llamado, y sólo él, a convocar el pueblo en un Estado, no solo a vivir en la seguridad del Estado, sino sobre todo a morir por ella en la hora del peligro, a la hora de la defensa del Estado. (…) El Estado no se interesa por la diversidad humana, sino solo y exclusivamente por la totalidad del pueblo, para que en la misma conserve su eterna consistencia real. (…) Si se hubiera expuesto toda la estatalidad de Roma a cualquier azar del juego de la opinión pública, habría consentido que el ejercicio del poder cayera en la disgregación de los individuos mortales. (…) El Estado, en su doble realidad, no sólo tiene que simbolizar a los dioses, no es suficiente que para venerar a los dioses se construya la Acrópolis, también tiene que establecerle al pueblo, que es la otra mitad de su realidad, un símbolo, el símbolo fuerte que el pueblo quiere ver y comprende, la imagen fuerte en la cual se reconoce a sí mismo, la imagen de su propia fuerza, ante la cual quiere y puede inclinarse, intuyendo que el poder en lo terreno, como lo demuestra el ejemplo de Antonio, se inclina siempre ante lo delictuoso, y que solamente excluye ese peligro un poderoso que sea al mismo tiempo símbolo de la eterna realidad Y por eso yo, que he recibido el poder para mantener el orden romano (…) he ordenado que mi imagen sea colocada en los templos, independientemente de todos esos dioses a los que aún se apegan los pueblos de este Imperio, como imagen de la unidad del Imperio, que se extiende desde el Océano hasta las orillas del Éufrates. No obligamos a nadie a aceptar nuestras instituciones, no tenemos por qué apresurarnos en nada, tenemos tiempo y podemos esperar, hasta que los pueblos sepan aprovecharse por sí mismos de las ventajas de nuestra legislación, de nuestras pesas y medidas, de nuestro sistema monetario (…), tenemos que despertar sin demora la conciencia del Imperio en todos los pueblos que pertenecen a él.
Virgilio: El orden del conjunto nunca habría surgido si el alma individual no hubiera encontrado la unión inmediata con lo supraterreno.
Augusto: Estás concibiendo innovaciones sumamente peligrosas, Virgilio; son perjudiciales para el Estado.
         Sí, Virgilio, el arte y no pocos artistas son, realmente, el verdadero peligro de ciertas ideas de Estado.        La última etapa de su travesía vital, después de haberse puesto en guerra y paz con lo que fue su vida, es una sinfonía mística en la que se aventura lo que Borges no se atrevió a describir: el aleph; algo que Broch no solo hace, sino que lo hace de tal modo que muy difícilmente puede ser descrito de otro modo. El lector pierde el huelgo siguiendo la lectura de esas metamorfosis inverosímiles y llenas de tal potencia descriptiva, plástica, que el lector, entregado, prisionero, se convence de estar sumergido en la misma alucinación que experimentó el autor a la hora de escribirlas y Virgilio cuando las vivió. Lee hechizado, y como si el texto estuviera construido a partir del ritmo del oleaje, como lo quiso ensayar Gertrud Stein en Ser norteamericanos, pero Broch no desdeña la visión ni aun la alegoría, y mucho menos esa suerte de panteísmo y panhumanismo que caracteriza la fusión de lo animal, lo vegetal y lo humano en el gran Todo. No es un libro que, después de leído, tenga un lector la sensación de haberlo agotado. Ya he vuelto a partes de él no menos de tres veces desde que un amanecer de julio, al fresco de la galería, estando la casa sosegada, pero no a escuras, asentí a su reproche: Ninguna otra [criatura] puede volverse tan perjura como el hombre y cuanto más depravado se hace, tanto más mortal se torna; pero el más perjuro y mortal es aquel cuyo pie ha perdido el hábito de la tierra y ya solo toca el empedrado. A mi lado, junto a la silla, un adoquín como con el que el bisabuelo de mis hijos empedraba la ciudad de Barcelona…

         

sábado, 5 de septiembre de 2015

La autobiografía como descubrimiento: una anécdota de viaje.


                             

        
       El potente impulso generador de una frase o el Artista Desencajado se autobreviografía…
                  

         En el camino de ida agosteño olvidé en un restaurante un pequeño bloc de notas. Diez días después, pasé por el mismo sitio, ya de vuelta, y entré a preguntar si lo habían visto y, sobre todo, guardado. Tras una negativa inicial demasiado contundente, y ante mi dolorido requerimiento, la camarera abrió un cajón y tras revolver unos segundos, me dijo: “¿No será esto?” No había desprecio en el neutro, sino incomprensión ante tanta preocupación acongojada por el destino de un bloc astroso,  y sorpresa por que la recuperación de “eso” pudiera generar una sonrisa y un brillo ocular como el que advirtió en mi cara. Desde que lo perdí no dejó de atormentarme el recuerdo de haber escrito en él la primera frase de lo que habría de ser un relato autobiográfico titulado Juventud en Poz. No es que sea desmemoriado, pero los blocs de notas tienen esa función: aligerar a la memoria aun de lo importante. Desde la desmemoria casi total del contenido del bloc, salvo, curiosamente, esa frase que me parecía una suerte de resumen de lo que habría de ser la totalidad del volumen autobiográfico, bien podía haberme despreocupado de su destino y no lamentar lo que pudieran ser pérdidas reparables, pero el recuerdo acezante de ese inicio me movió a buscar un milagro que sí sucedió, porque lo propio de los restaurantes es recoger el mantel de papel de manera que, salvo la vajilla, los restos de lo que fue un sabroso menú de carretera acaban en el cubo de la basura. Con el bloc en la mano, aparcado bajo un sol que cocía la sesera con sus escupidos 38º inmisericordes, me lancé en persecución de la frase y comprobé enseguida, en efecto, no solo que estaba, sino que, como intuía, no hubiera sido capaz de inventar una alternativa mejor para la apertura del relato autobiográfico. Tras hojear el bloc someramente, descubrí también algunos apuntes cuya pérdida ahora, una vez recobrados, me parecería desoladora, porque, y eso me sucede constantemente, mis blocs de notas siempre tienen el poder de sorprenderme, como si esos apuntes fueran de otro y se cumpliera el tópico del manuscrito hallado, en este caso no en Zaragoza, sino en Villena. No creo que haya ninguna edad indicada especialmente para escribir relatos autobiográficos, porque, a su manera, cualquier obra no solo es parte de la biografía de quien escribe, sino que, muy a menudo, también ésta nutre aquella, pero cuando un título se empecina en exigir el tomo que le da cuerpo y vida, ¿qué podemos hacer? No estoy seguro de que sea capaz de culminar ese proyecto, porque me impuse, cuando imaginé la obra, unir dos géneros en uno: la autobiografía y la aforística, y quizás me haya puesto condiciones imposibles de cumplir. En cualquier caso, aquella frase, contundente y sintética, me marcaba el tono, el estilo y la forma:
Cuando llegué, ignoraba quién no llegaría a ser.
         Y ahí estoy, ahora, detenido junto a ella, contemplando un flujo de vivencias que, según parece, han constituido lo más parecido a algún yo mío.
Son años anteriores a los de la fotografía que preside esta anécdota de la recuperación. Joven aún, pero ya no tanto, el artista, ya multiplicadamente desencajado entonces, pasa a limpio ignoro el qué, en el comedor de la casa compartida con su conjunta. Es una imagen, pero la máquina, la pipa, la lámpara y la concentración destilan esa necedad autosuficiente de quien se cree artista y arte cuanto escribe. Se trata de una superchería, y es, a su manera, vehemente verdad. Cualquier imagen es vida detenida, estancada, un pudridero cierto. Por eso las palabras memorabílicas que fluyen han de apartarse del retrato y centrarse en el relato, por estática que sea la vida de quien escribe, puesto que en ese movimiento interior se hallará lo más parecido a lo que, en algún momento, fue vida y mañana, en las futuras páginas, y con no poco esfuerzo, remedo torpe de ella. Escribir algo autobiográfico es lo más parecido a novelar la vida de un desconocido con quien, tiempo atrás, tuvimos intenso trato: una impertinencia, una osadía y sí, también un descubrimiento, otro, como el del bloc de notas.