jueves, 18 de julio de 2013

Actualidad de las "Meditaciones del Quijote" al borde de su centenario


El ensayo como prueba irrefutable
de la razón vital: D. Quijote como pretexto del hipertexto de la vida…

A veces la obligación nos conduce hacia la relectura de libros que redescubrimos como si nunca los hubiéramos leído antes, como si entre nosotros y ellos se hubieran interpuesto ciertas veladuras que nos impidieron, en la primera lectura, sacarles todo el jugo vital que nos ofrecían. A diferencia de la novela, en el ámbito de la cual las relecturas suelen ser muy a menudo fuentes de lamentable desazón –¿quién no tiene experiencia de que se le caigan de las manos, en la madurez, lecturas que lo significaron todo para esos lectores en la juventud, pongamos por caso El lobo estepario, como a mí me sucedió, o La montaña mágica, como fue el caso de mi amigo Joselu?–, en el campo del ensayo y de la no ficción en general –como distribuyen los anglosajones la creación intelectual  ¡tan prácticamente! (Fiction / Non fiction)–, tenemos muchas más oportunidades de rescatar obras y autores a quienes leímos o interpretamos de forma inequívocamente deficiente, debido, sospecho, a la endeblez de nuestra propia formación, lo cual siempre es cierto en mi caso.
Por gustosa obligación filológica  he tenido que volver a leer Meditaciones del Quijote, de Ortega y Gasset, y aunque ya dejé escrito que nada me es tan gravoso como leer de forma obligada, hay ocasiones, como ésta, en que de la obligación se salta a la devoción apenas subrayadas las diez primeras páginas, y entonces la continuación de la lectura no responde tanto a la obligación originaria cuanto al hecho de haber sido contagiado por el vivo y razonable deseo del autor en su larga y admirable Meditación preliminar: Entre las varias actividades de amor sólo hay una que pueda yo pretender contagiar a los demás: el afán de comprensión. Una vez contagiado por ese amor, adentrarse en la prosa de Ortega, que mezcló desde sus inicios, con sabiduría impropia para su juventud, la llaneza con la densidad conceptual, es un placer que recomiendo a quien quiera oír razones que emergen de la vida, frente a las que lo hacen  desde recónditas abstracciones donde incluso de la razón se sospecha. Nada de cuanto nos dice Ortega es ajeno a nuestra vida común, y muchas de sus reflexiones parecen formuladas al hilo de la actualidad, como ocurre, por lo demás, con los auténticos clásicos (Dentro de poco traeré a estas páginas a Hesíodo y, como si ello fuera necesario…, lo podremos confirmar): El odio que fabrica inconexión, que aísla y desliga, atomiza el orbe y pulveriza la individualidad, nos dice el filósofo y parece que esté hablando de la obra del nacionalismo, tan volcado hacia la consecución de la unanimidad sin discrepancia posible. O:  Ha habido una época de la vida española en que no se quería reconocer la profundidad del Quijote. Esta época queda recogida en la historia con el nombre de Restauración. Durante ella llegó el corazón de España a dar el menor número de latidos por minuto. (…) Este vivir el hueco de la propia vida fue la Restauración. (…) La Restauración, señores, fue un panorama de fantasmas, y Cánovas el gran empresario de la fantasmagoría”. ¿Cómo es posible, cómo es posible que se contente todo un pueblo con semejantes valores falsos?, donde parece que describa esta otra fantasmagoría en que se ha convertido la política del imperfecto bipartidismo de esta nueva restauración, aun democrática, que padecemos. Este afán de intelección es determinante para identificarnos con la caña pascaliana cuya oración matutina podemos hacer nuestra: A la mañana, cuando me levanto, recito una brevísima plegaria, vieja de miles de años, un versillo del  Rig-Veda, que contiene estas pocas palabras aladas: “¡Señor, despiértanos alegres y danos conocimiento!” Una religión poco española, como se echa de ver enseguida, puesto que la común, entre nosotros, es pedir, desde el resentimiento por ser injustamente preteridos, el reconocimiento, sin conocimiento ni mérito que lo avale, y la pleitesía lambiscona de los aduladores.
La Meditación preliminar es, siguiendo la analogía amorosa que establece el autor:  El pensamiento siente una fruición muy parecida a la amorosa cuando palpa el cuerpo desnudo de una idea, un conjunto de preliminares eróticos, ¡ojo, mano, lengua, mente…!, en el sentido platónico del término, como se encarga de establecer el propio Ortega: Platón ve en el “eros” un ímpetu que lleva a enlazar las cosas entre sí; es –dice– una fuerza unitiva y es la pasión de la síntesis. Por esto, en su opinión, la filosofía, que busca el sentido de las cosas, va inducida por el “eros”. La meditación es ejercicio erótico. El concepto, rito amoroso; son preliminares, decía, que consiguen hacer entrar al lector en un estado de excitación intelectual idóneo para disfrutar de cuanto el autor nos va a ofrecer después, auténtica carnaza conceptual digna de dos buenas noches de insomnio…
Aunque la meditación sobre D. Quijote lo es, de hecho, sobre el estado del género novela y sus posibilidades de supervivencia, así como sobre el impulso estético, la sorpresa del lector es que la sorprendente capacidad de asociación de Ortega y su tendencia al medineo reflexivo convierten estas páginas en una suerte de bazar del conocimiento donde puede el lector adquirirlos  tan variados como lo pueden ser los pertenecientes a la ética, la política, la gnoseología, la pintura, la crítica literaria, etc. Desde consideraciones antropológicas como ésta: He observado que, por lo menos, a nosotros los españoles nos es más fácil enardecernos por un dogma moral que abrir nuestro pecho a las exigencias de la veracidad, hasta aforismos como éste: Cada día me interesa menos sentenciar; a ser juez de las cosas, voy prefiriendo ser su amante, pasando por reflexiones estrictamente filosóficas, como la presente:  Comparado con la cosa misma, el concepto no es más que un espectro o menos aún que un espectro. (…) La misión del concepto no estriba, pues, en desalojar la intuición, la impresión real. La razón no puede, no tiene que aspirar a sustituir la vida. Esta misma oposición, tan usada hoy por los que no quieren trabajar, entre la razón y la vida es ya sospechosa. ¡Como si la razón no fuera una función vital y espontánea del mismo linaje que el ver o el palpar!, Ortega ofrece al lector un conjunto de ideas de fácil comprensión y profundo calado, aun a pesar de su en apariencia sencilla formulación, porque el enrevesamiento del discurso, more lacaniano, por ejemplo, no ex-plica (despliega, etimológicamente), sino que com-plica (repliega, oculta).
Qué duda cabe que en el análisis literario de la novela, tomando como pretexto el Quijote, es donde Ortega nos ofrece algunas ideas que pueden considerarse “necesarias” en estos tiempos de desorientación estética y de mercadotecnia de baratillo. Tiempos en los que el criterio estético para determinar qué sea una novela podría reducirse a la definición que dio del género CJC: novela es todo aquello que, editado en forma de libro, admite debajo del título, y entre paréntesis, la palabra novela. Una definición que parece evitar cualquier complicación reflexiva de enjundia, algo propio de CJC, tan dado al efectismo. Para Ortega, por el contrario, el género consiste en ciertos temas radicales, irreductibles entre sí, verdaderas categorías estéticas. Y añade una definición de la lírica que puede hacerse extensible tanto a la novela como a la aforística: La lírica no es un idioma convencional al que puede traducirse lo ya dicho en idioma dramático o novelesco, sino a la vez una cierta cosa a decir y la manera única de decirlo plenamente. Una teoría, como se aprecia, que explica la mala fortuna que suelen tener las adaptaciones cinematográficas de ciertas obras maestras de la literatura como Bajo el volcán, de Lowry, aun a pesar de haber tenido como director y co-guionista, junto a Guy Gallo, a uno de los grandes mitos del cine: John Huston.
Quizás estas teorías orteguianas se iluminen con la distinción fundamental que hace el filósofo entre el pensamiento y el arte literario, mientras el primero admite la “caza” de los conceptos, el secreto del arte no se revela necesariamente a quien lo persigue, por más que se empeñe en alcanzarlo a toda costa, sino que parece ofrecerse arbitrariamente a quien a él se acerca sin afán de dominio.  Marca como terreno propio de la creación literaria, frente a la realidad, la cuestión del estilo, y de esa demarcación deriva una división entre lo real y lo virtual que le chocará a más de un joven lector:  La cultura –la vertiente ideal de las cosas– pretende establecerse como un mundo aparte y suficiente, adonde podamos trasladar nuestras entrañas. Esto es una ilusión, y sólo mirada como ilusión, sólo puesta como un espejismo sobre la tierra, está la cultura puesta en su lugar, señala Ortega. Y más adelante:  Del mismo modo que las siluetas de las rocas y de las nubes encierran alusiones a ciertas formas animales, las cosas todas, desde su inerte materialidad, hacen como señas que nosotros interpretamos. Estas interpretaciones se condensan hasta formar una objetividad que viene a ser una duplicación de la primaria, de la llamada real. Nace de aquí un perenne conflicto: la “idea” o “sentido” de cada cosa y su “materialidad” aspiran a encajarse una en otra. Pero esto supone la victoria de una de ellas, Si la “idea” triunfa, la “materialidad” queda suplantada y vivimos alucinados. Si la materialidad se impone, y, penetrado el vaho de la idea reabsorbe ésta, vivimos desilusionados.  De estos planteamientos se sigue una concepción de la novela que aboga, aun dentro de su esfera alejada de lo material, por una imitación densa, plena, de lo real: ¿Qué diferencia hay entre el chafarrinón y la buena pintura?  -Se pregunta Ortega para darle cuerpo a su teoría de lo propio del género novela–. En la buena pintura, el objeto que ella representa se halla, por decirlo así, en persona, con toda la plenitud de su ser y como en absoluta presencia. En el chafarrinón, por el contrario, el objeto no está presente, sino que hay de él en el lienzo o tabla sólo algunas pobres e inesenciales alusiones. Cuanto más lo miremos, más clara nos es la ausencia del objeto. (…) Esta distinción entre mera alusión y auténtica presencia es, en mi entender, decisiva en todo arte; pero muy especialmente en la novela.
El corolario de estas teorías es la presencia de la vida sin intermediarios, esto es, sin la mediación de  narradores que nos “refieran” los hechos, privándonos de juzgar y/o  amar por nosotros mismos. Ortega y Gasset está convencido de que la novela de su tiempo había llegado a un callejón sin salida: Proust, por ejemplo –Ortega califica su gran obra de novela paralítica–; pero está convencido de que es un género del que se pueden esperar grandes cosas que, por sus pasos contados, irían llegando, como ha sucedido, aunque no en nuestro país.
La idea de Ortega sobre la representación adecuada de la vida incluye un espesor narrativo que presta total atención a la “presentación”, por decirlo así, de esa vida propia de la novelería: Hemos de “ver”, en acción a los personajes, no pueden reducirse a mera referencia, y eso solo se consigue mediante la observación directa del lector, de ahí la importancia, dice Ortega, de esas tiradas dialógicas de los personajes de Dostoievski, por ejemplo, que sólo pueden redundar en un exhaustivo y preciso conocimiento propio de los personajes.
Para Ortega, son pocas las condiciones que ha de cumplir la novela para estar a la altura de las exigencias del género, pero su pertinencia es absolutamente actual: Es menester que el autor construya un recinto hermético, sin agujero ni rendija por los cuales, desde dentro de la novela, entreveamos el horizonte de la realidad. (…) Fuera como mirar en el jardín un cuadro que representa un jardín. El jardín pintado sólo floree y verdea en el recinto de una habitación sobre un muro anodino, donde abre el boquete de un mediodía imaginario. (…)Sólo es novelista quien posee el don de olvidar él, y de rechazo, hacernos olvidar a nosotros, la realidad que deja fuera de su novela.. (…) El novelista ha de intentar, por el contrario, anestesiarnos para la realidad, dejando al lector recluso en la hipnosis de una existencia virtual. (…)Novelista es el hombre a quien, mientras escribe, le interesa su mundo imaginario más que ningún otro posible. (…) Divino sonámbulo, el novelista tiene que contaminarnos con su fértil sonambulismo. Se trata, pues, de un realidad imaginaria en la que hemos de habitar olvidando su correlato, aunque la experiencia del mismo sea el que nos hace interesarnos por ese mundo imaginario que, sin embargo, tiene su propia verdad, no siempre, necesariamente, la verosimilitud. Ortega resume de forma poética esa experiencia del mundo paralelo: Nuestro brazo de soñadores es un espectro sin vigor suficiente para sostener un pétalo de rosa. Finalmente, dejándose llevar por la herencia de la gran novela del XIX europeo, Ortega muestra una de las principales carencias de la novelística española actual: No en la invención de “acciones”, sino en la invención de almas interesantes veo yo el mejor porvenir del género novelesco. Si en vez de por títulos o por autores, se preguntara a los lectores actuales por una relación de las almas interesantes que pueden recordar de sus lecturas de novelas españolas, bien pronto se acabaría la nómina, la verdad. Y bien nutrida sería la de estereotipos insustanciales, sin embargo.

Dejo para el final ese rasgo definitorio que Ortega consideraba como lo propio de la literario, por encima, como no podía ser de otra manera, de la “materia”, el estilo, para él la fuente directa del género: La obra de arte lo es merced a la estructura formal que impone a la materia o al asunto: Las cosas reales están hechas de materia o de energía; pero las cosas artísticas –como el personaje Don Quijote– son de una sustancia llamada estilo. Cada objeto estético es individuación de un protoplasma-estilo. Así, el individuo Don Quijote es un individuo de la especie Cervantes. Y ahí es donde ya podemos dar por no nacida la novelística española contemporánea, porque el adocenamiento y la vulgaridad tópica son la medula (como quería Quevedo) del chafarrinón que domina el Ruedo Ibérico de la República de las Letras, capítulo esperpéntico en su conjunto del capítulo de la falsa solemnidad de Movimiento perpetuo de Monterroso, acaso sin él saberlo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario