viernes, 29 de marzo de 2013

Adorno: La lucidez dialéctica.



 Minima Moralia
Reflexiones desde la vida dañada,
de Theodor  Ludwig Wiesengrund  Adorno


Pocas veces tiene el lector la suerte de tropezar con un texto cuya lectura, aun siendo tan exigente por su densidad conceptual, se le vuelve apasionante al lector desde la primera hasta la última página. En lo que se suele denominar la “crítica de la modernidad”, no hay duda sobre la importancia trascendental de la Escuela de Frankfurt, de la que fue introductor, apologeta y propagandista en España Jesús Aguirre, posteriormente Duque de Alba (consorte) hasta su prematura muerte. La transversalidad de los planteamientos de la citada escuela, en la que comparten análisis la sociología, la economía, y sobre todo el marxismo, el psicoanálisis y la filosofía, anticipa, a su manera, la eclosión de  otros campos como la semiótica y, en su conjunto, le permiten al lector una visión de la realidad alejada de cualquier banalidad o trivialidad de las que ahora se quieren hacer pasar por conocimiento riguroso y que no son sino tópicos arrugados. Minima Moralia es un libro que me parece casi tan logrado como el inimitable de Pessoa: El libro del desasosiego, si bien tienen fundamentos muy distintos, puesto que hablamos de unas raíces líricas en el caso del portugués y de unas raíces dialécticas en el caso del alemán. Se lee con más placer el luso; con enorme admiración el alemán. Con inmensa tristeza ambos. Más allá del título, lleno de modestia –quiero desear que no falsa–, el libro tiene un subtítulo tan extraordinario, Reflexiones desde la vida dañada, que sólo por él merece ya una entregada lectura.
Adorno ha optado por el género del aforismo para ofrecernos, desde su reciente  condición de exiliado tras la llegada de Hitler al poder, una visión de la sociedad de posguerra que se centra en su experiencia directa del american way of life norteamericano, un modelo que, tras la victoria sobre el nazismo, acabó exportándose a todo el mundo, y que ha llegado  incluso a países que no han renegado aún del comunismo, como sucede en la China socialcapitalista de nuestros días o en la desorientada y paupérrima Cuba que aún se resiste a iniciar el postcastrismo. La desoladora visión que Adorno nos ofrece de nuestra sociedad occidental parece confirmarse en el desmoronamiento político y económico del neoliberalismo del siglo XXI, que ha creído que el orden de los factores no alteraba el producto y ha regresado, en una desquiciada fantasía contable, al XIX para descubrir que las masas les han acompañado en el viaje y comienzan a reiventar la acción directa y la solidaridad de base como gérmenes de las nuevas asociaciones de trabajadores, tras la denuncia radical de la vieja política, del viejo sindicalismo y, por supuesto,  del anacronismo económico, por más que se disfrace de ultimísima tecnología. El libro, con todo, aunque se nutra de experiencias pasadas, lo escribe Adorno una vez ha regresado a su cátedra en Frankfurt, en un desolador paisaje moral de posguerra que permea el tono y el contenido de sus reflexiones y vuelve casi un imposible la concepción de la esperanza y la justicia como fundamentos de la vida social que condiciona la emergencia de un yo en trance forzado de desaparición
Nada tan comprometido como pretender sintetizar en una entrada de mi Diario las certidumbres, el ingenio, la contundencia dialéctica y el peculiar sentido del humor de un intelectual como Adorno. Reconozco, además, mis carencias para poder interpretar, sin devaluarlos, algunos de sus planteamientos, cuyos niveles de abstracción me ponían el listón demasiado alto, dada mis variadas y profundas lagunas. Si me atrevo a ponerle algún pero al autor no es otro que el de la discrepancia con su visión economicista a ultranza de la persona y de la sociedad. No acabo de estar muy seguro de que los valores de cambio y de uso, las rígidas leyes del sistema productivo y la determinación social del individuo como proveedora y garante de su identidad permitan explicar nuestra sociedad y a nosotros mismos de forma total y sin resquicios, por más que Richard Sennet, con su excelentísimo ensayo La corrosión del carácter haya actualizado aquellos postulados. A su manera, la visión del sistema capitalista como un totalitarismo peca, me parece, de una visión en exceso simplista. Es frecuente que Adorno remita a la mónada de Leibinitz como referente para la ilusión de la identidad que aqueja al individuo –uno de sus aforismos más hirientes es el que sostiene que  En muchos hombres es ya un descaro decir yo–;  pero no deja de ser otra mónada, si bien gigantesca, la del sistema económico que todo parece contenerlo en su totalitario  círculo perfecto. Poca escapatoria, desde esa concepción,  hay para el yo en el panorama descrito por Adorno, si el encadenamiento de la vida al proceso de producción impone a cada cual de forma humillante un aislamiento y una soledad que nos inclinamos a tener por cosa de nuestra independiente elección. Esa ficción del yo va acompañada, como no podía ser de otro modo, de la desaparición de la diferencia entre verdad y mentira: En la confusión de la verdad con la mentira, que casi excluye la conservación de la diferencia y hace de la fijación del más simple conocimiento un trabajo de Sísifo, se anuncia la victoria, en la organización lógica, del principio militarmente derribado. Las mentiras tienen las piernas largas: se adelantan al tiempo. La transposición de todas las cuestiones acerca de la verdad a cuestiones del poder, al que la propia verdad no puede sustraerse si no quiere ser aniquilada por el poder no ya la reprime, como en los antiguos despotismos, sino que se apodera sin resto de la disyunción entre lo verdadero y falso, a cuya eliminación cooperan activamente los mercenarios de la lógica. Hitler, del que nadie puede decir si murió o escapó, está aún vivo. A este planteamiento ha de sumársele la percepción que tiene Adorno de la responsabilidad del intelectual, tema al que dedica varios fragmentos de su libro, porque en una época de devastación, de destrucción,  el intelectual no puede automarginarse de la cosa pública encerrándose en la  anacrónica e imposible torre de marfil romántica:  “Por fortuna para mí, no soy propietario de ninguna casa”, escribía ya Nietzsche en la Gaya ciencia. A lo que habría que añadir hoy: es un principio moral no hacer de uno mismo su propia casa. Para asumir esa responsabilidad, sin embargo, el intelectual ha de saber navegar entre  Escila y  Caribdis para salvarse de sus severas amenazas:  El problema, casi insoluble, es aquí el de no dejarse atontar ni por el poder de los otros ni por la propia impotencia. Al fin y al cabo, incluso su lenguaje, por más que pretenda apartarse de la trivialidad del lenguaje común, no deja de ser reflejo de la época convulsa que le toca vivir, porque, como acertadamente señala: El lenguaje es, por su propia sustancia objetiva, expresión social, incluso cuando, como expresión individual, se separa ariscamente de la sociedad. (…) Lo que en las palabras y formas lingüísticas viene alterado por el uso, entra deteriorado en el taller solitario. Mas en él no pueden repararse los desperfectos históricos. La historia no roza tangencialmente el lenguaje, sino que acontece en medio de él. No concibe, pues, el materialista Adorno, la existencia del yo sin su conexión con los otros que lo modelan, como ya lo defendía el idealista Fichte: somos un producto social, y nuestro querido y defendido yo no es sino una falsedad, una abstracción: La falsedad alienta en el sustrato mismo de la autenticidad, en el individuo. Si en el principium individuationis se oculta la ley del curso del mundo, como reconocieron a una los dos antípodas: Hegel y Schopenhauer, la intuición de la sustancialidad última y absoluta del yo es víctima de una ilusión que protege al orden existente mientras su esencia se desmorona. La equiparación de autenticidad y verdad es insostenible. Precisamente la serena autorreflexión (…), la insistencia sobre la verdad de uno mismo, siempre arroja el resultado, ya en las primeras experiencias conscientes de la infancia, de que los actos sobre los que se reflexiona no son del todo “auténticos”. Siempre contienen algo de imitación, de juego, de querer ser otro. La voluntad de llegar a lo incondicionalmente firme, al ser del ente, mediante una inmersión en la propia individualidad en lugar de llegar a lo incondicionalmente firme, al ser del ente, mediante una inmersión en la propia individualidad en lugar de llegar a un conocimiento social de la misma, conduce a aquella mala infinitud que desde Kierkegaard habrá de exorcizar el concepto de autenticidad. (…) El ego es una abstracción. Lo que aparece como entidad originaria, como mónada, es sólo el resultado de un aislamiento del proceso social. Precisamente como absoluto es el individuo mera forma refleja de las relaciones de propiedad. En él late la ficción de que la unidad biológica precede, como cosa lógica, al todo social, del cual sólo la violencia la puede aislar, y cuya contingencia pasa por medida de la verdad. No es que el yo esté meramente engranado con la sociedad, sino que le debe a ésta literalmente su existencia. Todo su contenido viene de ella, o, concretamente, de las relaciones objetivas. Y tanto más se enriquece cuanto más libremente se despliega en ella reflejándola, mientras que la delimitación y la solidificación que el individuo reclama como su originariedad, en cuanto tales lo limitan, lo empobrecen y reducen.
Para el lector común, como yo lo soy, el libro de Adorno tiene un atractivo poderoso: sus abstracciones parten siempre de una descripción ajustada y raramente parcial de la modernidad, de los hechos, los dichos y las tendencias que constituyen  nuestra experiencia de cada día. Por las páginas de Minima Moralia desfilan todos los asuntos que pueden concernir al lector acostumbrado a pensar por su cuenta, y riesgo…, desde las babuchas hasta los zoológicos pasando por la degradación y desaparición del yo, el matrimonio, el arte, la vida social, la reflexión sobre el trabajo intelectual, la sofística, el ocultismo, los límites de la razón, el pensamiento dialéctico, el civismo, la inteligencia, el totalitarismo, el consumo voraz, la estética, lo kitsch, la sociedad represiva, la fama, la caridad… Un abanico de intereses que configuran esa suerte de caos primordial en que se refleja nuestra sociedad. Lo más atractivo, ya lo he dicho, es la mano virgiliana de quien vamos al recorrerlo…, porque Adorno no pierde ocasión para ponernos delante el nítido espejo de nuestras miserias, o, en palabras de Hegel:  La vida del espíritu sólo conquista su verdad cuando éste se encuentra a sí mismo en el absoluto desgarramiento. En ese absoluto es por donde Adorno nos invita a pasear para asumir conciencia de la herida, de la escisión. Quizás debería haberme limitado en esta entrada a ofrecer el jugoso índice de títulos de sus fragmentos como promesa de una recompensa que va implícita en ellos.
Los Minima Moralia de Adorno se publicaron por primera vez en 1951, en la editorial Suhrkamp, Berlín y Frankfurt a. M. En 1962, la editorial Suhrkamp publicó en Frankfurt a. M una edición revisada. La reimpresión que, con una tirada de 9000 ejemplares se hizo en 1964 de esta edición es la última que apareció en vida del autor. A 62 años de distancia de su primera aparición, los Minima Moralia continúan, desgraciadamente, manteniendo su actualidad, su vigencia, lo cual significa que el ciclo expansivo del capitalismo totalitario como sustituto de las ideologías no lleva camino de acabarse. Por fuerza ha de llamar la atención que un texto emblemático del género ensayístico del siglo XX tuviera una edición tan corta y, muy probablemente, de escasas ventas. La traducción de Akal que he leído, sin conocer yo el alemán, pero conociendo algo del español, me parece demasiado apegada en muchas ocasiones al original alemán, desentendiéndose el traductor de buscar una solución propia de nuestra lengua e incluso dejando, en estado bruto, un dago intraducible, por ejemplo, si no se recurre a la lengua original de la que procede, el inglés. Por otro lado, la encuadernación sí que es un auténtico desastre:  a la que he tenido que abrir el libro y fijarlo en el atril para ir copiando mis subrayados (¡34 páginas de Word!), me he quedado con la mitad de las  hojas sueltas, lo que me obligará en el inmediato futuro a pagar el peaje de una encuadernación hecha según el canon del viejo oficio de los editores: cosida y con pastas duras que la protejan de las inclemencias del tiempo y del trasiego de sus posibles lectores futuros, si es que los hubiere. No quiero, si alguien me pide prestado el ejemplar, que los fragmentos regresen a mí tan incompletos como los rollos del Mar Muerto. Y desde que leí la última página del libro sé que lo tengo en tan alta estima que no me perdonaría la incuria de mantenerlo en este estado de daño equivalente al de la vida sobre la que se reflexiona en su interior.
No deja de ser curioso que Adorno haya escogido la forma del aforismo para sus reflexiones, siendo él un defensor de la dialéctica, a la cual,   contraria a todo lo que viene aislado, no le es por eso lícito servirse de aforismos. Semejante contradicción parece, con todo, querer afirmar, por vía paradójica, lo que considera esencial en el pensamiento dialéctico, que se opone a toda cosificación también en el sentido de negarse a confirmar a cada individuo en su aislamiento y separación. Lo que hace es definir su aislamiento como producto de lo general. Sus reflexiones reiteran esa idea de la determinación económica del yo desde una perspectiva materialista que es paralela a la concepción idealista de Fichte que vimos en una entrada anterior de este Diario. Sin embargo, Adorno nos permite entrar en esos planteamientos teóricos desde la experiencia común de la realidad que comparte con nosotros y que describe en sus fragmentos, más que aforismos,  porque, en realidad, su texto pertenece al fragmento, más que a la aforística, entendido aquel en el sentido de su origen romántico, del Polen de Novalis,  de los mal llamados Aforismos de Litchenberg, quien hablaba de ellos como de sus “apuntes” y de la filosofía fragmentaria de Nietzsche. Lo bueno de un libro que en 1951 augura quiebras sociales e individuales de tamaña magnitud es que tales predicciones pueden ser falsadas en nuestros días a poco que entre la maraña de hechos que, al decir de Adorno, nos determinan, desentrañemos el verdadero significado de los que nos definen. En el libro, con todo, aparecen algunos epígrafes, con los títulos de Frutillas, Monogramas e In nuce, en los que Adorno cultiva el aforismo stricto sensu, al modo como lo entendemos en nuestros días, según lo acreditan estos extraordinarios ejemplos de su capacidad para el género:
Ø Es una cortesía de Proust ahorrarle al lector la confusión de creerse más inteligente que el autor.
Ø En el psicoanálisis nada es tan verdadero como sus exageraciones.
Ø El todo es lo no verdadero.
Ø Cuantos menos sueños envían los espíritus, menos es el yo que sueña.
Ø Sólo son verdaderos los pensamientos que no se comprenden a sí mismos.
Ø La misión del arte hoy es introducir el caos en el orden.
Ø Kafka: el solipsista sin ipse.
Ello no significa que en el desarrollo de sus fragmentos no se hallen aforismos de excelente calidad y de inverosímil capacidad sintética, como los siguientes:
Ø No cabe la vida justa en la vida falsa.
Ø Los hombres son siempre mejores que su cultura.
Ø La denodada crítica del yo en uno mismo conduce a la exigencia de capitulación del de los demás.
Ø Ninguna corrección es tan pequeña o baladí como para no realizarla.
Ø Nunca se ha de ser mezquino con las tachaduras.
Ø El fárrago no es ningún bosque sagrado.
Ø En el más íntimo recinto del humanismo, en lo que es su verdadera alma, se agita prisionera la fiera humana que con el fascismo convertirá el mundo en prisión.
Ø Sólo el hablar que conserva en sí el lenguaje escrito libera al habla humana de la mentira de que ésta es ya humana.
Ø La barbarie es realmente la totalidad, y llega a triunfar sobre su propio espíritu.
Ø Cuando todas las acciones son matemáticamente calculadas, adquieren un carácter estúpido.
Ø Actualmente la mayoría da coces con el aguijón.
Ø Un  alemán es un hombre que no puede decir ninguna mentira sin creérsela él mismo.
Ø No hay felicidad sin fetichismo.
Ø El salto al futuro, pasando por encima de las condiciones de lo presente, aterriza en el pasado.
Ø Se teme mucho más a perder el amor al otro que el amor del otro.
Ø El ocultismo es la metafísica de los mentecatos.
Ø No hay amor que no sea eco.
Ø El que solo atiende a la limpieza de la casa donde habita, olvida los cimientos sobre los que está construida.
Ø La inteligencia es una categoría moral.
Ø Lo humano se aferra a la imitación: un hombre se hace verdaderamente hombre sólo cuando imita a otros  hombres.

Para un lector no ducho en los saberes que fundamentan el bagaje intelectual de Adorno es una recompensa golosa asistir a reflexiones sobre motivos tan vulgares, tan del día a día, que parece que sólo llamen la atención  de los columnistas sin inspiración de los diarios o de autores que sigan de cerca la obra singular de Julio Cortázar. Que la vida estancada, porque poco corre la tan hediente en que hozamos, merece una visión que trascienda la mera factualidad es una constatación que, desde el Romanticismo, con su crítica acerba de la esclavitud de la norma (y el elogio contrario del forajido, del pirata, etc.) y el anonimato inmisericorde y aniquilador de la masa obediente, adquirió carta de naturaleza. A su manera, Mariano José de Larra, ingeniosísimo diseccionador del cadáver social de la España del XIX, sería algo así como nuestro Adorno decimonónico. Gracias a la visión crítica de Adorno somos capaces de comprender nuestro presente, que no es un imposible ahora mismo, sino el devenir constante de lo que, para lo que denominamos “modernidad”, se inicia en el primer tercio del siglo XX, más o menos. Así, no dejan de sorprendernos juicios tan esclarecedores como estos, algunos de los cuales nos son archifamiliares y otros novedosos, porque acaso no nos hayamos parado a pensar sobre ellos. ¿A quién puede extrañar que Adorno se diera cuenta de lo que hoy nos parece una evidencia que no necesita demostración ninguna?:  Señalamos el encaminamiento de la civilización hacia el analfabetismo y desconocemos cómo escribir cartas o leer un texto de Jean Paul como debió de leerse en su tiempo. Nos produce horror el embrutecimiento de la vida, mas la ausencia de toda moral objetivamente vinculante nos arrastra progresivamente a formas de conducta, lenguajes y valoraciones que para la medida de lo humano resultan bárbaras y, aun para el crítico de la buena sociedad, carentes de tacto. Se habla de nuestra “generación mejor formada”, cuando en realidad debería hablarse, como leí hace poco, en El País, en una Carta al Director, de la “generación mejor titulada”, que, obviamente, no es lo mismo. Por otro lado, es de dominio común la relación directa entre el aumento de medios de comunicación y la degradación de la expresión, el “analfabetismo” de quienes, como dijo Unamuno, quienes sabiendo leer y escribir, ni escriben ni leen. De esa propensión, aunque en un sentido opuesto, ni siquiera se escapa  el intelectual: Como ninguna categoría, ni siquiera la cultura, le está ya previamente dada al intelectual y son miles las exigencias de su oficio que comprometen su concentración, el esfuerzo necesario para producir algo medianamente sólido es tan grande que apenas queda ya alguien capaz de él (…) El centro de la autodisciplina espiritual en sí misma ha entrado en descomposición.
Dolorosa, y algo bergmaniana, a su modo, nos resulta su visión de la sociedad matrimonial, institución-ancla  de la sociedad: Un matrimonio aceptable sería solo aquel en que ambos tuvieran su propia vida independiente sin nada de aquella fusión producto de la comunidad de intereses determinada por factores económicos, pero que asumieran libremente una responsabilidad recíproca. El matrimonio como comunidad de intereses supone irrecusablemente la degradación de los interesados, y lo pérfido de esta  organización del mundo es que nadie, ni aun estando en el secreto de la misma, puede escapar de tal degradación.(…) Cuanto más “desinteresada” haya sido originariamente la relación entre los cónyuges, cuanto menos hayan pensado en la propiedad y en la obligación, más odiosa resultará la degradación. Porque es en el ámbito de lo jurídicamente indefinido donde prosperan la disputa, la difamación y el incesante conflicto de intereses. Todo lo oscuro que hay en la base sobre la que se levanta la institución del matrimonio, la bárbara disposición por parte del marido de la propiedad y el trabajo de la mujer, la no menos bárbara opresión sexual que fuerza tendencialmente al hombre a asumir para toda su vida la obligación de dormir con la que una vez le proporcionó placer, todo ello es lo que se libera de los sótanos y cimientos cuando la casa es demolida.
Al modo de nuestra Danza de la Muerte, que fue éxito internacional, porque se copió en todos los países europeos, Adorno repasa instituciones, personas y cases sociales denunciando su degradación y la podredumbre que anida en su seno, y todo ello le lleva a la adopción de un tono apocalíptico comprensible tras la dura lucha contra el irracionalismo, contra la barbarie del nazismo, pero que choca con los esfuerzos de reconstrucción europea en curso en aquellos años de su vuelta a Alemania. Lo que se esclarece en los planteamientos de Adorno, y lo repite varias veces a lo largo del texto es el poso que el nazismo ha dejado en la sociedad, convirtiendo el sistema económico en un remedo del totalitarismo hitleriano, como quedó señalado líneas arriba en su intempestiva consideración de la inexistencia de fronteras entre la verdad y la mentira: Lo que en la burguesía siempre se consideró bueno y decoroso, la independencia, la perseverancia, la previsión y la prudencia, está corrompido hasta la médula. Pues mientras las formas burguesas de existencia son conservadas con obstinación, su supuesto económico se ha derrumbado. Lo privado ha pasado a constituirse en lo privativo que en el fondo siempre fue, y con el terco aferramiento al propio interés se ha mezclado con tal obcecación, que de ningún modo es ya posible concebir que pueda llegar a ser diferente y mejor. Los burgueses han perdido su ingenuidad, lo que les ha vuelto insensibles y malintencionados. La mano protectora que aún cuida y cultiva su jardín como si éste no se hubiera convertido desde hace  ya tiempo en “lote”, pero que, recelosa, mantiene a distancia al intruso desconocido, es ahora la misma que niega el asilo al refugiado político. Como si estuviesen objetivamente amenazados, los que ostentan el poder y su séquito se vuelven subjetivamente inhumanos. De este modo la clase se repliega sobre sí misma haciendo suya la voluntad destructiva que anima el curso del mundo. Los burgueses sobreviven como fantasmas anunciadores de calamidades.
La percepción incisiva del pensador alemán adquiere categoría de postulado psicológico cuando descubre en la compleja interacción individuo-sociedad  el maridaje perfecto entre lo general y lo particular, siendo lo último el reflejo perfecto de lo primero, lo que constituye una descalificación de la pretensión individualizadora, singular y exclusiva del yo: En la persecución de intereses absolutamente particulares por parte de cada individuo puede estudiarse con la mayor precisión la esencia de lo colectivo en la sociedad falsa, y poco falta para que desde el principio haya que concebir la organización de los impulsos divergentes bajo el primado del yo ajustado a la realidad como una íntima banda de forajidos con su jefe, secuaces, ceremonial, juramento, traiciones, conflictos de intereses, intrigas y todo lo que resta. No hay más que observar los movimientos con los que el individuo se afirma enérgicamente frente a su entorno, como por ejemplo la ira. El iracundo aparece siempre como el jefe de la banda de sí mismo, que da a su inconsciente la orden de embestir y en cuyos ojos brilla la satisfacción de representar a los muchos que él es. Cuanto más sitúa uno el objeto de su agresión en sí mismo, tanto más perfectamente representa el opresor principio de la sociedad.  En este sentido, tal vez más que en ningún otro, es válida la afirmación de que lo más individual es lo más general.
Por más que los fragmentos de Minima Moralia se centren en lo exterior, en las formas de vida y de organización social que Adorno disecciona con precisa habilidad conceptual, en la medida en que, en tanto que fragmentos, pertenecen a una historia del género, era difícil que no apareciera la propia autobiografía del autor en ellos, máxime cuando de “arreglar cuentas” se trata con su inmediato pasado, pues en su calidad de judío, Adorno vivió doblemente la iniquidad nazi. Resulta estremecedor el testimonio de la barbarie encarnada por sus propios compañeros de estudios, una espiral del violencia y furor vengativo propio de la idiocia de sus no-semejantes: Si la clase burguesa abrigaba ya desde tiempos inmemoriales el sueño de la ruda comunidad del pueblo, de la opresión de todos por todos, han sido niños, niños que de nombre se llamaban Horst y Jürgen y de apellido Bergenroth, Bojunga y Eckhardt, los que han escenificado el sueño antes de que los adultos estuvieran históricamente maduros para hacerlo realidad. Yo sentí la violencia de las figuras terribles a que aspiraban ser con tal evidencia, que toda posterior fortuna me ha pareció como provisional o falsa. La irrupción del Tercer Reich cogió por sorpresa a mis opiniones políticas, pero no a mis temores inconscientes. (…) Los cinco patriotas que se abalanzaron sobre un compañero solo y lo apalearon, y cuando se quejó al profesor lo acusaron de chivato, ¿no son los mismos que torturaron a los prisioneros para desmentir a los extranjeros, que hablaban de que aquéllos eran torturados? (…) Los que no sabían formar una frase correcta, pero encontraban las mías demasiado largas, ¿no eran los que acabaron con la literatura alemana sustituyéndola por sus proclamas? (…) Aquellos que de continuo se rebelaban contra el profesor y, como bien se decía, perturbaban las clases, y que, sin embargo, ya en sus días, o mejor horas, de Bachillerato formaron una alianza con los mismos profesores en la misma mesa y con la misma cerveza, llegarían a convertirse en secuaces, rebeldes en cuyos impacientes puñetazos sobre la mesa resonaba la adoración por los amos.
Quienes se acerquen a este volumen no podrán por menos de darme las gracias por haberles descubierto un libro fundamental para comprender las raíces de nuestro presente y no pocas predicciones que se leen con la congoja de quienes las intuimos poco menos que ciertas. El libro permite entrever algunas esperanzas, diminutas y borrosas, pero esperanzas al cabo. Es tarea nuestra la de conseguir que fructifiquen, que no se conviertan en el fruto borde de la ignorancia y la maldad. Adorno es muy consciente de su poder de intelección, pero no lo es menos de su método dialéctico, cuyas limitaciones es capaz de reconocer con  humildad y  gallardía socráticas:  El conocimiento se da (…) en un entramado de prejuicios, intuiciones, inervaciones, autocorrecciones, anticipaciones y exageraciones; en suma, en la experiencia intensa y fundada, mas en modo alguno transparente en todas sus direcciones. Nos queda, pues, realidad por elucidar.

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