domingo, 21 de mayo de 2006

2 de noviembre de 2...
Días de Tenorios e Ineses estos del mes más dulce del calendario. Salir de octubre, tan rotundo y aguerrido, tan espantacaguetas como yo, es una bendición. Noviembre es pura glucosa, a su lado. Y es buena la compañía del retador valentón, y más para un deslenguado y desplumado como yo, enteclado como estoy en este archivo descortés de las desdichas novelescas de un resentido de tomo y lomo, con más de tomo que de lomo, obviamente, pues pocos volúmenes propios adornan mis pobladas estanterías sobre las que la borra del vivir diario, ¡ay, Marchenoire, nada menos que la borra!, va dejando una espesa capa de marmóreo olvido, de granítica indiferencia, de plúmbeo desprecio.
Y no es fácil sobrevivir a ello, qué cojones, y menos para un absurdo surrealista aquejado de megalomanía como yo, empeñado en haber escrito páginas inolvidables y merecedoras no sólo del cálido hogar de la celulosa, sino de la admiración de los discretos. Pero en eso estoy, jobeo y me lamo, contorsionista de la resignación, mis amargas heridas sin que me mueva otro afán que el exhibicionismo más impúdico que imaginarse pueda.
Aquí estoy, abriéndome las carnes para soportar el befador escarnio de quienes, desde el poder editorial y cultural –pura microfísica del poder, desde luego– se complacen en el menosprecio de mi obra y se derriten, de pura diarrea esnobista, ante las mamarrachadas del primer incompetente de turno que les cae en gracia, por lo general incapaces ante quienes hacen valer sus tres referencias cultas mal traídas a colación como roja insignia del valor acreditado en el comercio bélico con las grandes plumas del orbe muy pasadas, poco pasadas, pasadas, y muy presentes, poco presentes y presentes a secas.
¡A Poz, ni agua! Y así sigo yo mi travesía del desierto, agobiado por el tiempo que se me escurre de las manos y sin entrever ni siquiera el espejismo del locus amoenus: la palmera, el oasis, el dátil, la jaima... Desespero y no, claro. Si Valle Inclán, con ser quien fue, hubo de autoeditarse... Mal ando yo de liquidez, ¡y con una sed de gloria que ya ya!, para empresas financieras que rompan el frágil equilibrio de mi digna miseria, pero como siga así mi historia editorial, ¿sería capaz de llegar al latrocinio como patrocinio? ¡Ay, Caco, ay, que una voz me dice: “serías, serías...”! Serias voces son ésas, y demasiado jocoso cojitranco ando yo de humor en este día de difuntos, ¿o de todos los santos?, para escucharlas.

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