lunes, 13 de noviembre de 2017

Las *“Sátiras” de Aulo Persio Flaco en la Fundació Bernat Metge o “los catalanes hacen cosas”...



La oportuna actualidad de un clásico que escribió desde el margen : Persio o la muerte prematura que truncó una obra prometedora.
                                                                     *Traducción y notas a cargo de Miquel Dolç

Para el intelector no catalán, la Fundació Bernat Metge puede sonarle a una sociedad dedicada al estudio y promoción de la obra del notario Bernat Metge, funcionario, humanista y autor de un hermoso libro titulado Lo Somni, un clásico de las letras catalanas. Bajo su nombre, sin embargo, se ampara una obra cultural de vastísimo calado auspiciada por el paisano de Lluís Llach, Francesc Cambó, nacido también en Verges, político, abogado y mecenas cultural a quien se debe este empeño cultural extraordinario, y en una época en la que, en efecto, Barcelona podía y debía ser considerada la única capital española de proyección europea. El deseo de crear una biblioteca de autores clásicos, griegos y latinos, ofreciéndolos en ediciones depuradas supuso, en 1922 una iniciativa capital para la vida cultural catalana, pero también para la española. Piénsese que hasta 1977 no se inaugura la Biblioteca Clásica de la Editorial Gredos, una imitación descarada del proyecto editorial de la Fundació Bernat Metge. Así pues, nos movemos en terreno de humanistas y filólogos, rigurosos estudiosos de los autores fundamentales de nuestra cultura europea, de quienes nos ofrecen sus obras en ediciones depuradísimas y, además, en edición bilingüe, con lo que ello tiene de ventajoso para quien quiera hacer ciertos cotejos o valorar ciertas traducciones. El primer título de la colección fue, en abril de 1923, el libro de Lucrecio, De rerum Natura,  De la naturaleza de las cosas, traducido por Joaquim Balcells. Los primeros directores fueron Joan Estelrich y Carles Riba, quienes se preocuparon, sobre todo, por fijar la lengua culta de las traducciones, señal de identidad de la colección, y crear una escuela de traductores que permitieran estar a la altura de las dos grandes colecciones europeas de clásicos, la francesa Budé y la alemana Teubner. Esta entrada de mi Diario me gustaría convertirla, siquiera sea parcialmente, en un homenaje a todos aquellos estudiosos que, en tiempos difíciles, lograron aislarse del contexto y seguir trabajando en una empresa cultural que llega ya a las 400 obras editadas y todas ellas con un nivel de calidad insuperable. No quiero dejar de mencionar, sin embargo,  que el modelo de lengua culta catalana, inmerso en aquella ideación del catalán y "lo" catalán que fue el Noucentisme, es, hoy en día, casi un catalán de museo, respecto del catalán vivo de nuestros días, el de autores modernos como Monzó o Pàmies, por ejemplo. Hay ahí, en ese contencioso entre los niveles cultos del catalán y los niveles estándar modernos un conflicto aún no resuelto que lastra, en cierta forma, el desarrollo, sobre todo, de la literatura catalana, siempre moviéndose entre el rechazo de los cultos y no llegando a tener la dimensión popular que se esperaría de un uso sin las tendencias arcaizantes del modelo noucentista. Pero eso sería tema de otra entrada en la que por nada del mundo me voy a meter. Ya se metieron Pericay y Toutain, El malentès del Noucentisme, y salieron más que escaldados…

Lo que a mí me toca es acercar a los intelectores la obra de un autor, Aulo Persio Flaco, de corta vida, murió a los 28 años, que se educó en una casa entre mujeres y que escribió unas Sátiras que encantaron a Quevedo, quien se sintió enormemente afín a aquel estudiante delicado y marginal que escribió más “de oídas” que "de vida", aunque con una perspicacia, una claridad mental y un rigor moral que se aprecian apenas uno abre su obra y se deja llevar por la estructura dialógica que la recorre toda y que la convierte en algo así como un ágora en la que las voces se mezclan y se quitan unas a otras la palabra para representar, con viveza y certeza, una sociedad en un momento dado, el primer siglo de la era cristiana, en un sitio concreto: el centro del mundo: Roma. Arranca, poderosamente, Persio sus Sátiras con una pieza metaliteraria en la que reflexiona sobre su obra , aún en sus comienzos, y defiende su “derecho” a burlarse de lo divino y de lo humano, en lo que a sus reputaciones y gustos literarios se refiere: Oh neguits humans! Que és buida la realitat del mon! “¿Qui llegirà això?” ¿És a mi que ho preguntes? Ningú, per Hèrcules! “¿Ningú?” Potser dues persones, potser ni una. “¡Quina vergonya i quina misèria!” (…) Què hi farem! Però tinc la melsa agressiva: em planto a riure.  Defiende Persio, sobre todo, su propia obra como algo singular, más allá de las complacencias propias de los reputados, como un intento de situarse a la altura del canon, consciente de la mordacidad de su planteamiento y de los ataques con que se abre paso, al nacer como escritor, en un mundillo literario lleno de patums y también falsas o exageradas reputaciones. Tiene todo el empuje transgresor de un joven acomodado e insatisfecho que descubre en los filos de la sátira el poder tajante del verso que escuece: Oh costums! ¿Fins a tal punt no és res el teu saber, si un altre no sap que saps? “Però fa goig que t’assenyalin amb el dit i diguin: És ell! Haver estat un tema de dictat per a cent minyons rinxoladets, ¿et sembla que no és res?! [Nota: Se llamaba dictata a los pasajes prácticos escogidos que los maestros hacían leer y aprendérselos de memoria a los pequeños alumnos](…) ¿No és ara feliç la cendra il·lustre del poeta? ¿No pesa més lleugerament la llosa damunt dels seus ossos? (...) ¿Hi haurà ningú que es refusi a merèixer que el poble parli d’ell, i a deixar, en un estil digne de l'oli de cedre, uns poemes que no temen ni els verats ni l’encens?. La  sátira II comienza con un ataque a la doble moral, a la hipocresía de los sepulcros blanqueados. El culto a los dioses y la ebriedad inculta de quienes los burlan con sus actos. Es patente el desprecio con que habla Persio de sus conciudadanos, quienes poco a ningún respeto le merecen, dadas las bajas pasiones que los gobiernan: “Bon seny, reputació, lleialtat!: això amb veu clara i de manera que un foraster ho senti. Però vet aquí el que mormola cor endins i per sota la llengua: “Oh, si rebenta el meu oncle patern, quin enterrament tan esplèndid!” [A Hèrcules le eran atribuidos los casos de fortuna inesperada; Mercurio era, en cambio, el dios de las ganancias y del comercio]. Hay un evidente impulso moralista, un si es no es justiciero, que anuncia al joven Persio, henchido de virtud un tanto sobreactuada, todo se ha de decir, pero que se corresponde con su limitad experiencia vital. La sátira III  arranca contra la pereza de los jóvenes estudiantes a los que les dan las onceen la cama: “Doncs, ¿sempre així? Ja el matí entra per les finestres i la seva llum eixampla les estretes escletxes; encara ronquem, fins que n’hi hagi prou per a esbromar el falern indòmit, mentre l’ombra toca la línia per cinquena vegada..” Como en las dos sátiras anteriores, la técnica dialógica de Persio, sin especificación alguna que precise quién interviene ni dónde ni cuándo ni por qué, crea un espacio muy moderno de voces que tejen y destejen breves coloquios que saltan de una a otro tema y desde muy diferentes perspectivas, lo que enriquece el planteamiento del tema sujeto a controversia. El mundo de las comparaciones, construidas sobre lo cotidiano, como la de la jarra de arcilla, es uno de los principales requisitos del género satírico, porque se trata de un género deliberadamente popular. Poco sentido tiene una sátira exquisita, poco menos que en clave, accesible a un grupo reducido de lectores, como algunas de las que se pusieron de moda en el siglo XVIII. Del conjunto de las sátiras, dado su carácter deseadamente popular, emerge, como no podía ser de otra manera, un retrato vivo y colorista de la vida romana del siglo primero según la cronología cristiana. Como la evocación de la escuela u los ejercicios retóricos en los que se formó, con insólito provecho, el joven Persio; aunque él, según confiesa,  prefería juegos comunes como los dados, la peonza o llenar de nueces el cuello estrecho de una jarra, en vez de la aridez del estudio. Con todo, Persio no renuncia, a pesar de su juventud, a dar los consejos aleccionadores a esos jóvenes dormilones a quienes exige que se despierten y se encuentren a sí mismos a través del estudio, de la reflexión: Instruïu-vos, desventurats, i adoneu-vos de les causes de les coses: què som, i per a quina existència hem nascut; quin lloc se’ns ha fixat i per on i des d’on es fa dolça la volta a la meta; quina és la mida justa dels diners, quina mena de súpliques ens permeten els déus, de què pot servir una moneda aspra al tacte, quines liberalitats convindria fer a la pàtria i al éssers estimats, qui et mana la divinitat que siguis i quin lloc ocupes en la humanitat. La sátira IV se dirige a quienes quieren participar activamente en la gestión de la “cosa pública”, es decir, ese afán político al que se sienten llamados no precisamente los mejores: “¿Vols consagrar-te als afers de l’Estat?” -pensa que diu això el Mestre barbut, víctima de l’absorció terrible de la cicuta. “¿I en què confies? Digues-ho, pupil del gran Pericles. Sens dubte el talent i la coneixença de les coses t’han vingut corrent abans del pèl, saps perfectament el que cal dir o callar; així, quan, amb la bilis remoguda, la farfutalla s’inflama, et sembla bé d’imposar silenci a la turba escalfada amb un gest majestuós de la mà. Hay una descripción bien cruda, vía metafórica, de lo que significa ser algo si como un petimetre de la política, quien se hace acreedor de las impertinencias de quien te “desnuda” en esos placeres tempestuosos de la carne…:  Però si després d’haver-te untat d’oli et quedes sense fer res i et claves el sol dins la pell, hi ha al teu costat un desconegut per tocar-te amb el colze i escopir-te agrament: “¿Quins costums, això de rasclar-se el membre i els secrets del llom i obrir al públic unes afraus marcides! Quan et pentines damunt les barres un vellutàs perfumat amb mirabolà, ¿per què se’t dreça dels engonals un corcó esquilat? Encara que cinc minyons de la palestra intentin arrencar aquest boscatge i batzeguin amb la pinça ganxuda les teves natges reblanides per l’aigua calenta, tanmateix tens allí un falguerar que no es doma amb cap arada.” Marca, la sátira, la diferencia entre los jerarcas blandengues y la tropa expuesta a las flechas mortíferas del enemigo. La sátira V apea el tono recriminatorio y lo sustituye por el elogio sincero del maestreo que le marca el camino en la vida, en este caso el pedagogo Cornut. Persio se diferencia de quienes buscan la satisfacción del gran público. Escoge el camino del foro y el discurso, no el de las tablas y los monólogos. La finura de sus comparaciones e imágenes son potentes y muy barrocas, de ahí que Quevedo fuera persiano por naturaleza…: No m’afanyo perquè se m’infli de futilitats endolades una pàgina capaç de donar pes al mateix fum. El marcado carácter autobiográfico de la sátira V se convierte en un sincero elogio de un proyecto de vida guiado por el magisterio de Carnut. De su caso particular enseguida pasa a consideraciones generales, con carácter didáctico y sentencioso, que pretende tenga alcance universal. El elogio del “estudioso” es algo así como una señal de identidad del poeta: Així que em vaig veure, no pas sense angunia, alliberat de la salvaguarda de la porpra, i la meva bolla va quedar penjada en ofrena als lars d’arromangada túnica, així que vaig tenir companys obsequiosos i el feix de plecs ja aleshores blanc de la meva toga em va permetre d’espargir impunement les mirades per tota la Subura [El barrio “chino” de Roma], quan el camí es bifurca i la inexperiència esgarriadora de la vida s’enduu els esperits trepidants cap a les cruïlles on els camins ss’embranquen, aleshores em vaig reservar per a tu: tu aculls els meus anys tendres, Cornut, sobre el teu pit socràtic. Llavors el regle, hàbil a dissimular-se, redreça ben aplicat, uns costums entorcillats, la meva ànima sent damunt seu el pes de la raó, s’afanya a deixar-se vèncer i sota el teu polze va prenent figura d’obra d’art. Quevediana total es su percepción de que quienes nada hacen y todo lo postergan nunca encuentran el presente que siempre huye: Quan a tu, t’és grat d’empal·lidir a les nits damunt dels papers, perquè, bon conreador dels jovent, sembres dins les seves orelles ben rasclades el blat de Cleantes. Veniu a cercar-hi, infants i vells, un fi determinat per a la vostra ànima i un viàtic per a la misèria dels vostres cabells blancs. “Ja ho farem demà”. El mateix diràs demà. “I ara! ¿És que et sembla massa d’atorgar-me un dia més?” Però quan ha arribat el dia següent, ja hem esgotat el demà d’ahir; i vet aquí un altre demà que exhaureix aquests anys i n’hi haurà sempre un altre una mica més enllà; perquè, encara que estigui prop de tu i giri sota el mateix timó, en va voldràs aconseguir la llanta, si en el camí que corres ets la roda de darrera i estàs al segon fusell. La ingenuidad perversa de sus conciudadanos la ejemplifica Persio con la imagen de esa costumbre romana de la manumisión, cuando el amo coge de la mano al esclavo, le hace girar sobre sí y luego acaba diciéndose que ya es libre para ir a donde quiera. Pero la definición es otra: “¿És que l’home lliure no és exclusivament aquell a qui lleu de passar la vida como vol?” Las normas de sentido común las fija Persio en sus sátiras con el rango de leyes inviolables: La llei comuna dels homes i la natura inclouen aquesta norma sagrada: que la ignorància impotent es retingui de les accions que li son prohibides. Como si se tratase de un examen de ingenios propio del futuro  Huarte de San Juan, Persio establece con toda claridad cuáles deben ser los requisitos de quien ha de reputarse como sabio: ¿Has aconseguit de la filosofia poder viure dret sobre els teus talons i tens la pràctica per a distingit la veritat de l’aparença, per tal que cap aparença no acusi pel dring la falsedat del coure daurat? I les coses a què cal atenir-se i les que, contrariament, cal evitar, ¿les has marcades, abans aquelles amb guix, després les altres amb carbó? ¿Ets moderat en les teves aspiracions, tens una llar cenyida, ets dols [dolç, imagino] amb els amics? ¿Et sentiries dispost tan viat a tenir tancats com a obrir els teus graners, i passar per damunt d’una moneda clavada en el fang sense empassar-te d’un cop de coll la saliva que Mercuri t’ha fet venir a la boca? Quan puguis dir veritablement: “Tinc aquestes virtuts, les posseeixo”, aleshores sigues lliure i assenyat amb l’assentiment dels pretors i de Júpiter. Però si tu, que eres fins fa poc de la mateixa farina que nosaltres, retens la teva antiga pelleta i, polit només del front, conserves dins la teva ànima l’astúcia de la guineu, retiro el que havia atorgat més Amunt i torno a estirar la corda. La raó no t0ha concedit res; allarga només un dit, ja delinqueixes. La sátira VI es un canto elogioso al poeta Cesi Bassus; un canto al apartamiento del “mundanal ruido”. El poeta marca el ideal de vida en ajustarse escrupulosamente a sus bienes, sin pecar de pródigo rayano en liberal, ni escatimador que peque de avaro. Como remate de esta obra temprana, y tan prometedora de lo que podía haber sido una obra suya de madurez, Persio, con elegancia y no escasa habilidad, se despide de sus lectores lamentando no tener de poeta “la gracia que no quiso darle el cielo”.  Leído después de haber leído a sus imitadores, está claro que la obra de Persio había de tener un entusiasta recibimiento en nuestro Barroco esplendoroso y moralizante.

domingo, 5 de noviembre de 2017

Moguer, Juan Ramón, el origen...




Una visita a la cuna del horror de la perfección...

Entré en tu Moguer de calles largas, estrechos espejos de hiriente blancura, con el respeto de quien entra en la cueva donde se conjuró la caza de la imagen y la metáfora en noches de miedo y tormenta. No te buscaba en asno alguno, ni en niños harapientos ni en los destellos de sombra húmeda de un alma que fue mapa del desasosiego y bitácora de la melancolía, ni en el compás quebrado de un cante jondo que acompañe la fragua, el vareo de la oliva o los vinos de una venta de cabales. Estaba maravillado por el milagro de la ubicación, que tú, alma poética del mundo en lengua castellana, hubieras nacido en ese lugar andaluz y remoto de cuyo nombre siempre te acordaste porque tocaba la misteriosa cuerda musical del acorde áureo de la existencia, y del dolor, y de la distancia suspendida de los puentes vertiginosos que traza la poesía desde un humilde pueblo andaluz a todos los confines intelectores del mundo. Tuya ha sido siempre la poesía, tú la secuestraste y con ella convivías a duras penas y a recias voces de punta de diamante. Tú y ella. Ella y tú. Y Zenobia, hermosa y materna y fraternal, compañera del destierro eterno que es la poesía por esos mundos del dios deseante. A ese pueblo, a esa casa, a ese patio..., Juan Ramón, he ido como al santuario imposible del hombre ateo para rendirte el homenaje emocionado de quien abrió un día Eternidades y ya nunca salió de tu voz, de tu mirada, de tu corrosivo humor, de tu despiadada individualidad sin consuelo... Estuviste allí, en Moguer, de paso, sin raíces en nada que no fueran los versos y sus versiones eternas e imperfectas; ni rastro hallé de ti en los enseres -¡qué ironía, Juan Ramon, los "enseres"...!- tuyos que no tenían más que enojoso uso acumulado y el orden mortecino y formolesco de los museos. Había una guía eficaz y trabajadora, había sorprendidos visitantes de tus vicisitudes complejas, orgánicas y espirituales...; pero yo entré en tu casa flotando sobre el algodón sólido del calor de la devoción crítica y anduve errante por esas salas de tu infancia y adolescencia dejándome empapar de una vida antigua y un deseo siempre nuevo de inmensidad y lógica y sentimiento razonado y razonable entre buganvillas y jazmines, junto al brocal del pozo. Yo me reconozco hijo de tus versos, y siempre tu poesía ha sido fuente cordial de las voces que, al amparo de las tuyas, fui descubriendo desde que abrí "lo que no tiene fin" para embarcarme, enseguida, en ese otro Diario, el del poeta en tránsito perpetuo y el mar especular de la vastedad del espacio interior, el del poeta recién casado, donde se me clavó el verso más diabólico que jamás había leído ni nunca después he vuelto a leer: ¡Qué trabajo me cuesta llegar, contigo, a mí! Aún vuelvo a sentir la réplica del terremoto emocional que aquel verso lancinante que, solo muchos años más tardes, sabiéndolo todo de ti, y de Ella -mayúscula inicial del amor pro-nominal de la A a la Z-, comprendí del todo. Estaba allí, en tu casa, rodeado de tus cosas, de recuerdos, de objetos "personales" en los que no había ni rastro de tu persona, ese ser acezante e insatisfecho, cautivo en la mazmorra de la perfección imposible, ese manojo de nervios en conflicto consigo mismos y con el mundo hostil, agresivo, por el que tantísimo te costó transitar y en el que residías como una antigua e inexplicable maldición de los dioses. Recorrí tu pueblo, tu casa y los ecos de tu ser pasmado con la emoción creciente de quien se sabe en el centro del mundo, esa réplica poética del pesebre de Cristo de quien fuera dios de sí mismo sin elección posible, sino como poeta tocado por la locura poética capaz de revelar el exacto latido de la realidad toda y su significado. Nadie me comprende, Juan Ramón, cuando digo que me siento estrechamente unido a tu corrosivo sentido del humor, escudo y daga, y que, a mi entender, brotó en ti al contacto con la esencial paradoja de la realidad: estar construida con el único material de la ficción.  He tardado mucho en ir a visitarte, a Moguer, porque siempre he estado en el patio en el que se quedaron los pájaros cantando, y porque tu Leyenda ha sido mi Lectura por excelencia. Nunca quise ir a Collioure, a la tumba "del poeta", porque lo visitaba en la palabra viva de su poesía, pero un día lo hice, y como iba acompañando a alumnos, hasta me atreví a sacar unas cuartillas y rendir aquella otra obligada pleitesía a la cordialidad humilde del escéptico Juan de Mairena. Y acabé mi visita a Moguer junto a vuestra tumba, Juan Ramón, Zenobia, maciza lápida de piedra sin ornamento: materia esencial, vida radical. Me recogí ante ella como quien se acerca a la flor, al agua o se tumba en la tierra para contemplar el paso caprichoso de las nubes. Moguer os atesora. Yo osé perturbar vuestro sueño poblado de amor, de rencor, de egoísmo y de generosidad. Moguer no es la "cuna" de la poesia; pero allí se encarnó la poesía más exigente, la que nunca encuentra la forma perfecta ni la voz última ni la imagen definitiva..., porque la poesía es tortura expresiva y solo es patrimonio de seres fuertes que, como tú, Juan Ramón, extrae su poder genesíaco de su infinita debilidad. Me cuesta entender qué fui a hacer a Moguer, por qué fui a tu casa, pero cuando salí de ella estaba a punto de llorar, emocionado y embriagado por el eco deslumbrante de aquella epifanía que en mi vida fue el descubrimiento de tus versos. Entré sexagenario y salí con quince años recién cumplidos. 

Mientras, en la realidad prescindida, desde la televisión de una casa llegó hasta la calle asolada y desierta por la que nos desplazábamos hacia el cementerio, la noticia de un atentado terrorista en Barcelona...

domingo, 15 de octubre de 2017

Segunda serie de "Los episodios nacionales", de Benito Pérez Galdós.



El magisterio de la intrahistoria: la Historia en carne y hueso, en idea y emoción, en aventura y condena. Desde el absolutismo de Fernando VII hasta las guerras carlistas: pasaron años que nos hicieron más ciegos y tristemente lúcidos…

Es difícil sustraerse a la vorágine de los tiempos políticos que marcan tanto la vida de los ciudadanos, sobre todo  cuando, como es mi caso, lo que intento es redactar una noticia informativa y explicativa sobre la Segunda serie de  Los episodios nacionales; dificultad que aumenta si lo que actualmente está en juego es algo tan profundamente español como un pronunciamiento, en versión civil, que atenta, desde el gobierno catalán, contra la Constitución de 1978, con la pretensión de declarar Cataluña un estado independiente. No se trata’ como es fácil adivinar, de un conflicto administrativo, sino de un intento de golpe de estado que, apelando a un nacionalismo identitario y de marcado carácter xenófobo y reaccionario, ha dividido a la sociedad catalana en dos grupos sociales muy marcados y de desigual extensión, porque, como ya se plasmó con motivo del referéndum secesionista del 9N del pasado año, donde las votaciones se alargaron 15 días y en las que votaron los menores de 16 años, el porcentaje de secesionistas raspa el 30% de la población de Cataluña, un cantidad a todas luces insuficiente para pretender arrogarse la representatividad de toda la ciudadanía catalana. En estos últimos días de conflicto, en que se ha querido hacer un nuevo referéndum, esta vez con la intención de, fuera legal o no y sin atender a porcentajes representativos de votación y mucho menos del número de votos afirmativos en función de la totalidad del censo, proclamar la República catalana, hemos asistido a una rebelión preparada con minuciosidad para oponerse a la prohibición legal que nos ha alertado de la naturaleza del disparate político que supone violar una orden del Tribunal Constitucional que ha declarado ilegal el referéndum, y haber realizado unas votaciones chapuceras que en modo alguno pueden ser consideradas, ni siquiera en un país bananero como ejemplo de democracia con garantías. A pesar de todo, el President nombrado a dedo por su predecesor -quien a su vez fue obligado a dimitir para mantener el apoyo minoritario de la CUP (un grupúsculo antisistema) al Gobierno en el Parlamento, y sin el cual nada de cuanto pretenden es viable parlamentariamente-; a pesar de todo ello, digo, el President Puigdemont ha proclamado la independencia para suspenderla 8 segundos después de haberla proclamado, y en esas estamos. Y aquí es donde entrar en la Segunda serie de la magna obra de Galdós nos permite comprobar que no estoy leyendo la intrahistoria del pasado, sino la de un presente elástico que parece abarcar muy diferentes épocas, salvando los detalles circunstanciales de cada época. Galdós no solo se anticipó a Unamuno, con ese concepto de la intrahistoria al que acabo de aludir, sino también a Baroja, porque, sin convertirlo en personaje central de ningún libro de la Segunda serie, Aviraneta, el conspirador, sí que adquiere un relieve notable, y Galdós lamenta que fueran de tan corto alcance sus intrigas, porque veía en él a quien hubiera podido ser el gran diplomático europeo del siglo XIX. Lo primero que sorprende al lector de esta segunda serie es haber perdido la compañía, ya casi entrañable, de Gabriel Araceli, de quien hemos visto su evolución humana y política a lo largo de los ocho episodios anteriores, y encontrarnos, de hoz y coz, con un nuevo narrador cuyas inclinaciones absolutistas chocan de frente con el tibio liberalismo de Araceli y su honestidad a prueba de bombas, amén del valor y otras cualidades que ya glosaron con acierto Miss Fly y Amaranta. Después del primer volumen de la Segunda serie, en el que toma la palabra un narrador sin filiación alguna, emerge, en el segundo, Memorias de un cortesano de 1815, la figura de Juan Bragas Pipaón, un trepa que, al amparo de un protector noble, va escalando en la estructura endeble de la Administración desballestada de Fernando VII. De forma paralela, aparece el gran protagonista de esta segunda serie o, al menos, aquel a través de quien parece ver Galdós la realidad española de entonces: Salvador Monsalud , un joven enamorado que será rechazado por su novia, Genara, por su condición de afrancesado a las órdenes del rey nombrado por los invasores. Repárese en el simbolismo del nombre, porque es técnica que Galdós usará profusamente en toda su novelística: Salvador y Mi salud, porque sus diagnósticos sobre la realidad española son los propios del mismísimo  Galdós y los de cualquiera que tenga un mínimo de sentido común y amor por el prójimo. Hay, por tanto, una trama amorosa que arranca con un desengaño de su enamorada y una huida, la del propio Bonaparte, de España. Se narra la huida del Rey y el saqueo de las obras de arte que pretendieron llevar a cabo. Como dice el narrador: Aquella gente, hasta la historia nos quiso quitar. A través de los diferentes libros de esta Segunda serie asistiremos a la consolidación del absolutismo de Fernando VII, a la irrupción del trienio liberal y al aplastamiento del mismo por obra y gracia de la ayuda internacional, los famosos cien mil hijos de San Luis, y al intento de golpe ultraabsolutista del hermano de Fernando VII, don Carlos, quien reclama la corona al morir el rey sin heredero varón, por más que Fernando VII cede sus derechos a su hija Isabel II, de quien su madre, María Cristina, será la regente hasta la mayoría de edad de la reina. El chaqueterismo, expuesto maravillosamente en La segunda casaca, es una práctica españolísima a la que nuestra actual democracia ha bautizado como transfuguismo, por más que el sentido peyorativo del concepto lo encarna mucho mejor el concepto popular “chaqueterismo”. “Cambiar de casaca”, pues, es nadar a favor de la corriente. Para este episodio, el narrador aduce que ha llegado a su conocimiento un manuscrito con las memorias de Juan Bragas, quien, a través de los sucesivos cambios de nombre, Juan Bragas de Pipaón (su lugar de nacimiento) acabará dando el cambiazo y quedándose solo con Juan Pipaón, olvidando las bragas cacofónicas y cacosemánticas. El personaje, una auténtica creación de esas en las que se especializó Galdós como el novelista de genio que fue, nos ofrece un curso completo de adaptación al medio político a partir de la ausencia de principios y la carencia casi total de fundamentos éticos.  A través de él y de Monsalud -que evoluciona de afrancesado a sueldo del rey Bonapare a liberal encendido- nos paseamos, en El Gran Oriente, por una llamativa realidad de la época, la consolidación de la masonería en España, traída por los franceses, si bien el narrador anónimo que nos guía más parece describir a modo de burla una realidad llena de puerilidades y extravagancias que tocan, no poco, con el infantilismo propio de las personas que nunca parece abandonarnos del todo. Repasa sus reuniones, sus grados, sus ritos y, sobre todo, su lenguaje, del que hallamos aquí una excelente y divertida muestra. Aficionado a la técnica cervantina del manuscrito encontrado, Galdós se inventa no solo las memorias de Pipaón, sino, sobre todo las de Genera, la novia de Salvador, que luego se casó con su rival, el hijo del guerrillero Garrote, Carlos, hermanastro, sin saberlo casi hasta el final, de su rival Monsalud. Genara se convierte, por su empuje e inteligencia en algo así como en una Mata-Hari absolutista que se infiltra en cenáculos conspiradores de todo tipo, y que no pierde nunca de vista su objetivo: recuperar a Salvador, por más que él la haya desdeñado y acabe uniendo su destino al de Soledad, la hija del oidor con cuya mujer Salvador tuvo una aventura después de ser salvado por iniciativa de ella al ser derrotada la “corte” que acompañaba en su retirada de España al Rey José Bonaparte. A lo largo de la serie, lo más triste, desde la perspectiva actual, es la casquivana frivolidad del liberalismo fanfarrón de algarada y eslogan que sucumbió ante los arraigados valores tradicionales de un pueblo que aún hacía suyo el grito de ¡Vivan las caenas! con que se saludó el regreso de Fernando VII. En ese proceso de recuperación y pérdida del liberalismo de la Constitución de Cádiz de 1812 tiene desempeño importante, en la narración, los hechos y dichos de un maestro de escuela, Patricio Sarmiento, cuyo retrato, que me permito incorporar ahora mismo, sin más dilación, es una joya descriptiva de muchos quilates. Patricio Sarmiento, resistente en el absolutismo y activista en el trienio liberal, es un maestro de escuela, un dómine liberal y entusiasta, prefiguración del Instituto Libre de Enseñanza, y en cuyo retrato resuenan los ecos barrocos del famoso dómine cabra y otros: La escuela quedó en un instante vacía, y don Patricio Sarmiento salió a la puerta de la calle. Sesenta años muy cumplidos; alta y no muy gallarda estatura; ojos grandes y vivos; morena y arrugada tez, de color de puchero alcorconiano y con más dobleces que pellejo de fuelle; pelo blanco y fuerte, con rizados copetes en ambas sienes, uno de los cuales servía para sostener la pluma de escribir sobre la oreja izquierda; boca sonriente, hendida a lo Voltaire, con más pliegues que dientes y menos pliegues que palabras; barba rapada de semana en semana, monda o peluda, según que era lunes o sábado; quijada tan huesosa y cortante que habría servido para matar filisteos y que tenía por compañero y vecino a un corbatín negro, durísimo y rancia, donde se encajaba aquella como la flor en ele pedúnculo; un gorrete, de quien no se podía decir que fuera encarnado, si bien conservaba históricos vestigios de este color, la cual prenda no se separaba jamás de la cúspide capital del maestro; luenga casaca castaña, aunque algunos la creyeran nuez por lo descolorida y arrugada; chaleco de provocativo color amarillo, con ramos que convidaban a recrear la vista en él como un ameno jardín; pantalones ceñidos, en cuyo término comenzaba el imperio de las medias negras, que se perdían en la lontananza oscura de unos zapatos con más godos y promontorios que puntadas y más puntadas que lustre; manos velludas, nervudas y flacas, que ora empuñaban crueles disciplinas, ora la atildada pluma de finos gavilanes, honra de la escuela de Iturzaeta; que unas veces nadaban en el bolsillo del chaleco para encontrar la caja de tabaco, y otras buceaban en la faltriquera del pantalón para buscar dinero y no hallarlo… Tal era la personalidad física el buen Sarmiento. Siguiendo esa dialéctica básica galdosiana de mostrar los puntos de vista opuestos, como el buen periodismo, que fue su escuela, enseña, Sarmiento no puede dejar de tener un maestro rival, Naranjo, quien es un poco y un mucho servilón, hombre forrado en oscurantismo y encuadernado en intolerancia, amigo de los enemigos de la Constitución, indiferente en efigie, pero absolutista en esencia, con vislumbres de persa vergonzante y amagos de realista monacal. Es un resabio castizo español, que siempre se mueve en clave binaria, porque, instalada y consolidada la masonería, cuya importancia aún llega a los tiempos de la II República, no tardó en florecer una asociación secreta rival, Los comuneros, algo así como una versión “nacional” de la afrancesada masonería. Se trataba de una reacción desde el ámbito revolucionario y liberal pero con un acentuado nacionalismo español. Comunero fue Rafael del Ruego, por ejemplo, quien ocupó posición estelar en la gestación y consolidación del trienio liberal al que siguió, sin embargo, una feroz represión que dio con su propia vida en la horca, tras una retractación pública que pasa por ser uno de los grandes emblemas de la falsedad histórica, un documento, pues, a cuyo pie estampó su firma mediante la coacción y la tortura. Digamos que en ese trienio liberal, esperanza de los desposeídos, lo que sobró fue agitación ideológica y faltaron medidas paliadoras de la enorme miseria extendida entre las capas populares. En este periodo entre la Guerra de la independencia y la Primera guerra carlista, poco antes de caer derrotado el Trienio liberal, tiene lugar ese chusco episodio de la renuncia forzada de Fernando VII a la corona para poder ser trasladado, contra su voluntad, de Sevilla a Cádiz, lo que se pudo hacer por la fuerza,  porque las Cortes lo desposeyeron de la corona declarándolo loco y lo llevaron hasta Cádiz, donde se volvieron a reunir las Cortes para devolverle la salud mental perdida y restaurarlo en el trono de España. Las extravagancias españolas no acaban ahí, está claro, porque la rebelión de Los apostólicos, ultraconservadores a la derecha del propio monarca absoluto, lograron declarar una Regencia y tuvieron contactos internacionales con las cortes de Europa… ¡Ya quisieran los independentistas catalanes de hoy disponer de los contactos internacionales de que disponían aquellos bárbaros fanáticos del inminente carlismo que se iba a apoderar de media España, sumiéndola en una guerra fratricida de cuyas heridas aún, visto lo visto, aún no nos hemos recuperado. Es curioso, con todo, que de todos los volúmenes de esta serie, acaso el más flojo de todos con diferencia sea el dedicado a los “apostólicos”, centrado en Cataluña, territorio proclive al más acendrado conservadurismo social y político, por más que, un Monsalud de nombre cambiado, en funciones de correo de la conspiración permanente de los liberales, anime algo la acción final, en la que se describe un episodio, el del incendio de una iglesia con muchos de los habitantes del pueblo dentro, hombres, mujeres y niños, cuya resolución por parte de los “apostólicos” cae de lleno en la más salvaje de las crueldades. Los planteamientos del enfrentamiento entre reaccionarios y liberales está claro en la posición del padre de Monsalud, quien, detenido como guerrillero que era, no le revela a su hijo, de quien recibe la pistola caritativa para suicidarse antes de que los franceses lo maten deshonrándolo, que está ayudando a morir a su padre. Su posición marca los límites de una ideología de la de Temis nos ampare: Hay un mal grave, señores, un mal terrible, al cual es preciso combatir. (…) ¿Qué mal es este? Que los franceses han traído acá la idea de cambiar nuestras costumbres, de echar por tierra todas las prácticas del gobierno de estos reinos, de mudar nuestra vida, haciéndonos a todos franceses, descreídos, afeminados, badulaques, tontos de capirote y eunucos. (…) Pero todavía existe una canalla peor que la canalla afrancesada, pues estos al menos son malvados descubiertos y los otros hipócritas infames. ¿Sabéis a quién me refiero? pues os lo diré. Hablo de los que en Cádiz han hecho lo que llaman la Constitución y los que no se ocupan sino de nuevas leyes y nuevos principios y otras gansadas de que yo me reiría, si no viera que este torrente constitucional trae mucha agua turbia y hace espantoso ruido, por arrastrar en su seno piedras y cadáveres y fango. (…) Hoy voy a combatir contra los franceses y mañana contra los afrancesados que son peores, y después contra los llamados liberales que son pésimos. Aún podemos oír en esta Segunda serie un juicio de Araceli que está próximo a lo que su relevo narrativo, Monsalud, piensa: Cuanto puede denigrar a los hombres, la bajeza, la adulación, la falsedad, la doblez, la vil codicia, la envidia, la crueldad, todo lo acumuló aquel sexenio en su nefanda empolladura, que ni siquiera supo hacer el mal con talento. (…) Para buscarle pareja [a la monarquía del 14] hay que acudir a la atrocidades grotescas del Paraguay, allí donde las dictaduras han sido sainetes sangrientos y han aparecido en una misma pieza el tirano y el payaso. Aun a fuer de prolijo, no me voy a censurar traer a esta recensión que nadie leerá un breve resumen del pensamiento de Monsalud que transcribe, palabra por palabra el propio de Galdós y de cualquiera con un mínimo de sensatez: Yo he creído siempre lo mismo, y mucho me temo que, aun después del triunfo, sigan pareciéndome las cosas de mi país tan malas como antes. Esto es un conjunto tan horrible de ignorancia, de mala fe, de corrupción, de debilidad, que recelo que esté el mal demasiado hondo, para que lo puedan remediar los revolucionarios. (…) He observado este conjunto en que se revuelven, sin poderse unir, la grandeza de las ideas con la mezquindad de las ambiciones; (…) he concluido afirmando que los males que pueda traer la revolución no serán nunca tan grandes como los del absolutismo. Y si lo son -continuó desdeñosamente- bien merecidos los tienen. Si esto ha de seguir llevando el nombre de Nación, es preciso que en ella se vuelva lo de abajo arriba y lo de arriba abajo, que el sentido común ultrajado se vengue, arrastrando y despedazando tanto ídolo ridículo, tanta necedad y barbarie erigidas en instituciones vivas; es preciso que haya una renovación tal de la patria, que nada de lo antiguo subsista, y se hunda todo con estrépito, aplastando a los estúpidos que se obstinan en sostener sobre sus hombros una fábrica caduca. (…) La desgracia abre los ojos, y la desgracia en países que son una perpetua lección para el nuestro es la mejor maestra que se conoce. Y ojo a esta pieza antológica que parece escrita teniendo en cuenta el comportamiento de nuestras fuerzas políticas actuales: Nosotros somos muy torpes: confundimos deplorablemente la conspiración con la revolución; creemos que la connivencia de unos cuantos hombres de ideas es lo mismo que el levantamiento de un país, y que aquello puede producir esto. Vemos el instantáneo triunfo de la idea verdadera sobre la falsa en la esfera del pensamiento, y creemos que con igual rapidez puede triunfar la acción nueva sobre las costumbres. Las costumbres las hizo el tiempo con tanta paciencia y lentitud como ha hecho las montañas, y solo el tiempo, trabajando un día y otro, las puede destruir. No se derriban los montes a bayonetazos. (…) Aquí no hay más que absolutismo, absolutismo puro arriba y abajo y en todas partes, La mayoría de los liberales llevan la revolución en la cabeza y en los labios, pero en su corazón, sin saberlo se desborda el despotismo. ¿Adónde lleva un pensamiento semejante, tan arrebatadoramente lúcido? Pues al desclasamiento, no hay otra. Cuando el justo medio es el medio donde uno está solo, está claro que puede darse por muerto para la realidad y ha de refugiarse bien en la discreta vida familiar, bien en la vida de estudio, ¡y aun hasta en el claustro de un convento!: “Aquí no es, aquí no es, aquí no es”. En toda mi vida no oiré sino estas desesperantes palabras. “Aquí no es”, me dijo Genara. “Aquí no es”, me dijo el partido jurado. “Aquí no es”, me dijo la emigración. “Aquí no es”, me dijo la patria. “Aquí no es”, me dijeron las logias del año 19. “Aquí no es”, me han dicho los liberales de ahora. “Aquí no es”, me acaba de decir Andrea. NO es en ninguna parte, y yo moriré de cansancio y fastidio en medio del camino. ¡Maldita sea la hora en que nací! Hijo soy del crimen, y la expiación de él tomó carne y vida en mi persona miserable… ¿Por qué soy tan distinto de los demás, que en ninguna parte encajo? ¿Por qué ningún hueco social cuadra a mi forma? Mejor es desbaratarse y morir, ¡Dios mío! que estar siempre de más. De hecho, y ahora que transcribo la cita me ha venido a la memoria enterito el libro de Goytisolo, Telón de boca, en el que se manifiesta una sensibilidad exactamente como la reflejada en la atormentada vida de Salvador Monsalud. Sirva, para acabar lo que sería una exposición interminable de los jugosos juicios, narraciones y descripciones que contiene esta segunda serie, otro juicio apodíctico de Monsalud: Por desgracia nuestro país no es liberal ni sabe lo que es la libertad, ni tiene de los nuevos modos de gobernar más que ideas vagas. Puede asegurarse que la libertad no ha llegado todavía a él más que como un susurro. Es algo que ha hecho ligera impresión en sus oídos, pero que no ha penetrado en su entendimiento ni menos en su conciencia. No se tiene idea de lo que es el respeto mutuo, ni se comprende que para establecer la libertad fecunda es preciso que los pueblos se acostumbren a dos esclavitudes, a la de las leyes y a la del trabajo. A excepción de tres docenas de personas…, no pongo sino tres docenas…, los españoles que más gritan pidiendo libertad entienden que ésta consiste en hacer cada cual su santo gusto y en burlarse de la autoridad. En una palabra, cada español, al pedir libertad, reclama la suya, importándole poco la del prójimo… No acabo, sin embargo, sin señalar que aquí terminaba Galdós su impulso histórico y ponía fin a Los Episodios nacionales, dejando la continuación de los mismos a quien se viera con fuera para hacerlo, y reservándose él el uso de ciertos personajes, hijos de su imaginación, para sus obras contemporáneas. Los malos tratos con los editores llevaron a Galdós, que había cerrado su proyecto narrativo con Esta Segunda serie a continuarla más adelante, adentrándose en ese horror fratricida que fueron las guerras carlistas. A título anecdótico, no está de más recordar cómo “cerraba” narrativamente Galdós un esfuerzo creativo que le agotó y que dio por acabado, ignorando, sin duda, que lo habría de continuar: Basta ya.
Aquí concluye el narrador su tarea, seguro de haberla desempeñado muy imperfectamente, pero también de haberla terminado en tiempo oportuno (váyase lo uno por lo otro) y cuando el continuarla habría sido causa de que las imperfecciones y faltas de la obra llegaran a ser imperdonables. Los años que siguen al 34 están demasiado cerca, nos tocan, nos codean. Se familiarizan con nosotros. Los hombres de ellos casi se confunden con nuestros hombres. Son años a quienes no se puede disecar, porque algo vive en ellos que duele y salta al ser tocado con escalpelo. Quédese, pues, aquí este largo trabajo sobre cuya última página (a la cual suplico que me sirva de Evangelio) hago juramento de no abusar de la bondad del público, añadiendo más cuartillas a las diez mil de que constan los Episodios Nacionales. Aquí concluyen definitivamente estos. Si algún bien intencionado no lo cree así y quiere continuarlos, hechos históricos y curiosidades políticas y sociales en gran número tiene a su disposición. Pero los personajes novelescos, que han quedado vivos en esta dilatadísima jornada, los guardo como legítima pertenencia mía, y los conservaré para casta de tipos contemporáneos, como verá el lector que no me abandone al abandonar yo para siempre y con entera resolución el llamado género histórico.

Galdós se niega a continuar con años tan próximos a su experiencia vital porque algo vive en ellos que duele y salta al ser tocado con escalpelo. Lo que ignoraba es que más de doscientos años después, toda esa materia viva recogida en su prodigiosa hazaña narrativa nos sigue doliendo a los españoles en este 2017 sobre el que me extendí al principio.

viernes, 29 de septiembre de 2017

La creación a dos manos: “Los que aman, odian” de Silvina Ocampo y Bioy Casares


 Ejercicio literario del maestro y la discípula aventajada: Los que aman, odian* o la novela policíaca de profundo aliento literario.

Se trata de un rareza bibliográfica, sin duda, porque la propia relación entre Silvina Ocampo y Bioy Casares sí que hubiera dado, sin duda, para una buena novela autográfica de fuste, y no en colaboración precisamente. Escribir a dos manos implica que, salvo información honesta procedente de ambos, nunca se sabe dónde acaba un ingenio y dónde comienza el otro, o, al revés, a quién han de atribuirse los fallos clamorosos de la historia, los tiempos muertos o la inconsistencia de lo narrado. Estamos, pues, sobre todo, ante un juego literario en un terreno, el de la novela policiaca, propenso a cierta experimentación. Antes de seguir con estos comentarios, permítanme que haga una tímida interpretación del título, porque esa coma aparentemente absurda entre el sujeto y el predicado acaso quiera indicar una elipsis del tipo “es evidente que también”, por ejemplo. La creación del protagonista principal, Humberto Huberman, enseguida nos transporta al mundo de las referencias literarias, porque remite al Humber Humbert de la Lolita de Nabokov. El exquisito Humberto es un médico y humanista, amante de alejarse del mundanal ruido, que quiere aislarse en un hotel de provincias, lejos de Buenos Aires, donde poder dedicarse con provecho y placer a un delicado encargo que, por su condición de guionista, le había hecho la Gaucho Film, Inc: adaptar el Satyricon de Petronio al cine. La novela es de 1946; Fellini llevó su versión al cine -un prodigio cinematográfico- en 1969. Desde el comienzo de la historia, el narrador, lo mejor del relato -humilde admisión del error garrafal en la determinacion lógica del culpable de asesinato incluida- nos pone sobreaviso de la necesidad de no dejarnos llevar por la ficción: ¿Cuándo renunciaremos a la novela policial, a la novela fantástica y a todo ese fecundo, variado y ambicioso campo de la literatura que se alimenta de irrealidades? ¿Cuándo volveremos nuestros pasos a la picaresca saludable y al ameno cuadro de costumbres? No es lo que hacen Ocampo y Casares, está claro, porque la novela se ciñe escrupulosamente a la novela policiaca -fue publicada, además, en una colección “clásica” del género, El séptimo círculo, dirigida por Borges y Casares-, pero es evidente que la situación que da pie al suceso criminal sí que puede incluirse, muy laxamente, en lo que el narrador denomina “cuadro de costumbres”. El protagonista, persona solitaria que busca la soledad de un remoto hotel perdido en una playa casi inaccesible, propiedad de unos parientes suyos, se instala en él y no renuncia a participar en esa vida mínima de los hoteles de pocas habitaciones en un lugar casi escondido, como si de la típica vida de pensión se tratara. La trama en sí, una trágica rivalidad entre dos hermanas, lo que hace derivar las sospechas enseguida hacia la que permanece viva, quien, posiblemente la haya envenenado con estricnina, no es, como suele suceder en tantas novelas del género lo que más capta la atención del lector, atento, en este caso de un protagonista tan exquisito a sus reacciones ante ese mundo reducido de los huéspedes en un espacio agreste, hostil cuya importancia se pone de manifiesto desde el comienzo, cuando una de las hermanas se mete mar adentro y no puede volver a la playa por las fuertes corrientes. El carácter urbano del personaje queda reafirmado enseguida, para que obre en la obra del lector la disonancia, el contraste: La vida en la ciudad nos debilita y nos enerva de tal modo que, en el shock del primer momento, los sencillos placeres del campo nos abruman como torturas. Ese mismo que reconoce, con enfática pedantería: ¡Con qué admirable docilidad reacciona un organismo no violado por la medicina alopática! , para indicar lo reconstituyente que es en el organismo un vaso de chocolate frío. La mirada del protagonista tiene que enfrentarse, a lo largo del relato al contacto con ciertas realidades artísticas que salen del ámbito de su competencia directa, evaluar unas pinturas y unas interpretaciones pianísticas, de lo que sale airoso porque todo lo cultural, cuando no sofoca la vida, es de mi incumbencia. Es evidente que en el ejercicio de penetración psicológica que supone una trama centrada en un asesinato, la colaboración entre ambos esposos debió de permitir intuir ciertas experiencias de sus propias vidas, trasmutadas aquí en reflexiones de cuya acertada propiedad no se puede dudar: Hay todavía un tratado por escribir sobre el llanto de las mujeres; lo que uno cree una expresión de ternura es a veces una expresión de odio, y las más sinceras lágrimas suelen ser derramadas por mujeres que solo se conmueven ante sí mismas. Dentro de ese análisis ni siquiera el propio personaje escapa a la contemplación del narrador, de quien se escinde con esa facilidad asombrosa de quien, narrador de lo que le rodea, se ve a sí mismo en esa situación costumbrista desde fuera: La experiencia me ha enseñado que personas sin ninguna cultura y normalmente incapaces de construir una frase, urgidas por el dolor dicen frases patéticas. Me pregunté cómo se desempeñaría Humberto Huberman, con toda su erudición, en circunstancias análogas. La reflexión, inevitable, entre la ficción y la literatura para concederle estatus de realidad a lo que se narra forma parte del juega metaliterario constante en la novela, y de ahí el fracaso estrepitoso del narrador cuando se trata de arriesgar una solución definitiva del misterioso crimen de una de las dos hermanas: En las novelas (para volver a la literatura) los funcionarios policiales son personas infaliblemente equivocadas. En la realidad son algo mucho peor, pero no suelen fracasar, porque el delito, como la locura, es fruto de la simplificación y de la deficiencia. Que quede claro, sin embargo, que la novela no rehúye su condición de libro de misterio en torno a un crimen en apariencia sencillo de resolver, y que las elucubraciones teóricas solo sirven para amenizar el relato, no para dar al lector el gato por liebre de una excursión abstracta en vez de un asesinato concreto. Que en ese relato, dada la condición del narrador, aparezcan joyas aforísticas no es algo que se le pueda reprochar: Nuestra adhesión a la vida se mide por la intensidad  de nuestras pasiones, máxime cuando Bioy Casares es un consumado creador de aforismos, como es bien sabido. La novela sabe, muy al estilo de los clásicos del género, jugar con unos personajes en un espacio aislado e ir diseminando los motivos hasta encontrar una solución que sorprende al lector, no tanto por lo inesperado de la resolución cuanto por cierto rebuscamiento en la selección del autor y del móvil del mismo. Estamos ante una obra menor, tratándose de Bioy Casares, sin duda, pero su levedad y el excelente pulso narrativo de la sincronizada pareja la hace lo suficientemente amena como para pasar un buen rato con su lectura.

*Recién acabo de poner el  título en Google para buscar la ilustración de la entrada  me entero de que el año pasado se estrenó una adaptación cinematográfica de la novela, dirigida por Alejandro Maci. Pues ya sé lo que me toca…

lunes, 4 de septiembre de 2017

“La vida como es”, de Juan Antonio de Zunzunegui o la picaresca rediviva y recidiva.


Trágica, emotiva y documental… La vida como es, de Zunzunegui, o un tercio de siglo de la vida madrileña antes de la proclamación de la Segunda República. 

Por uno de esos despistes de memoria que solo son atribuibles a la edad, al exceso de bagaje informativo y al despiste propio de quien atiende a tantas solicitudes como a las que la rosa de los vientos de su curiosidad  le impele, confundí, en una librería de viejo, a Juan Antonio Zunzunegui con Juan Eduardo Zúñiga, de quien leí con sumo placer Flores de plomo, una medida novela sobre la muerte de Larra. Por la fecha de la edición,1954, bien podía haber sido suya, pues Zúñiga se inició en el género de la novela en 1951, y por la concepción retórica de la obra, una recreación contemporánea de nuestra impagable picaresca clásica,  ambientada en Madrid, pues también. Como la he leído durante las vacaciones, no he hecho ninguna consulta sobre ella. Al acabar el libro, leí, sin embargo, la lista de las obras del autor y ahí fue cuando se me reveló el equívoco. Leer una novela de 676 páginas creyendo que es de un autor y caérsete la autoría por los suelos en la lista de obras del mismo de la página 678, al descubrir la peculiar división que el autor hacía de su obra entre novelas de pequeño tonelaje y novelas de gran tonelaje, supone una suerte de varapalo corrector que te deja con la estimativa al aire, hasta que te reacomodas, indagas y entonces reconoces cómo Azar, de nuevo, como siempre, tiene la última palabra que te favorece, como casi siempre que sus dictados ocultos han guiado tus actos. Pronto hará un par de años del pase por televisión en Historia del cine español de la película maldita de Fernando Fernán Gómez, El mundo sigue (1963, estrenada en 1965), un dramón  rodado en clave neorrealista y costumbrista, rescatando lo mejor del cine de Edgar Neville, que, tras un “silenciado” estreno dos años después de acabarse, fue reestrenada con todos los honores de tal en algunos cines en 2015. Hay quien la considera “la” película de Fernán Gómez, pero eso le hace notoria injusticia a muchas otras que figuran entre lo mejorcito de nuestro cine como El extraño viaje (1964) o El viaje a ninguna parte (1986), entre otras, y por poner dos ejemplos alejados en el tiempo para señalar la permanente lección cinematográfica de un director fundamental en la historia de nuestro cine. Bien, a lo nuestro. ¿De quién es la novela que Fernán Gómez con exquisita sensibilidad trasladó a la pantalla? Pues de Zunzunegui. Leyendo declaraciones de aquel entonces me he encontrado, sin embargo, con una que me revela lo acertado de mi azarienta elección: la novela que quería llevar al cine Fernán Gómez no era El mundo sigue, ¡sino La vida como es!, la que acabo de leer. ¿Por qué no lo hizo? Por la complejidad de llevar al cine un mundo coral lleno de mil historias a cual más interesante y, supongo, por la apología -aunque solo sea retórica- del mundo del hampa de barrio que hubiera supuesto en aquellos años la negativa total de la censura a que se exhibiera, amén de lo indecoroso de la vida de ciertos personajes que chocaría frontalmente con el clima moral que pretendía imponer la dictadura. La predilección de Fernán Gómez por la picaesca, que es la base temática y formal de la obra de Zunzunegui se reveló tiempo después en la serie que hizo para TVE, Los picaros. Para Fernán Gómez, Zunzunegui era un escritor falangista de primera hora, de los de antes, durante y después de nuestra Guerra Civil, cuyos ideales revolucionarios distaron mucho de lo que supuso el régimen franquista y  que, sin embargo, ha de encuadrarse entre aquellos escritores de dicha ideología que no se cegaron ante la realidad de la posguerra y supieron llevar a sus obras la vida como era, algo insoportable para un régimen que había fundamentado su existencia en la negación de la libertad de expresión, entre otras muchas negaciones. La vida apartada de Zunzunegui, su “reclusión” en la creación, garantiza la imparcialidad con que se asoma a la realidad de su época. Ignoro si tuvo una actitud disidente como Ridruejo y una intervención política, pero está claro que la visión de la realidad que aparece en La vida como es y El mundo sigue, no nos permiten formarnos de él una imagen de falangista complaciente con el régimen fascista de Franco, ¡ese mediocre iletrado!, que más me temo hubo de soportar, y no del todo cómodamente, porque a los productores de la película y al propio Fernán Gómez de poco les valió que, al presentar el guion de El mundo sigue, indicaran, destacadamente, que el autor era miembro de la Real Academia de la Lengua Española: lo acribillaron a recortes igualmente. De Zunzunegui podemos decir, pues, que era un autor “incómodo” para el régimen, aunque, repito, no tengo noticias de una actividad política o social públicamente adversa contra ese régimen. La visión de la vida que se desprende de La vida como es está muy influida por sus dos referentes literarios: Galdós y Baroja. Del primero toma la necesidad de ofrecer una visión lo más realista posible de la sociedad de su tiempo, algo que en La vida como es es evidente. Del segundo toma su visión nihilista de la sociedad y del ser humano, una suerte de pesimismo lúcido que se suma, además, a la herencia retórica de su paisano vasco, porque La vida como es, no puede definirse como una “novela dialogada”, pero la proporción de segmentos narrativos en la novela es tan exigua que bien podríamos considerarla así, como novela dialogada. El hecho de retratar, de modo naturalista, la vida, obras y milagros de las clases populares, y entre ellas el muy específico sector de los delincuentes de medio pelo, herederos de los frecuentadores del patio de Monipodio cervantino, permite asistir a una recreación verbal impresionante, no solo del castellano popular madrileño, sino, sobre todo, de un argot de la delincuencia del que Zunzunegui hace una exhibición con ribetes de virtuosismo, y con la delicadeza de ir traduciendo el vocabulario de germanías con total naturalidad en el curso mismo de los diálogos. Sale un diccionario de argot del generoso uso de esa retórica de la delincuencia, del mismo modo que es notable el uso de expresiones coloquiales que conforman un registro de expresiones prácticamente ya en desuso, a fuer de olvidadas por las generaciones actuales, en un proceso de adelgazamiento expresivo que compromete muy seriamente la riqueza del género que nos legaron las generaciones anteriores. Discípulo de la generación del 98, hay en Zunzunegui una sensibilidad lingüística impagable, lo que constituye un aliciente de primera magnitud para los lectores amantes no solo de las buenas arquitecturas narrativas, sino del generoso caudal léxico de nuestra lengua. La novela, divida en tres partes generosas en extensión, se centra en algunos personajes destacados alrededor de los cuales se va tejiendo ese tapiz popular de la vida madrileña del primer tercio de siglo al que pone punto final la proclamación de la República en 1931 o, dicho con la última frase de la novela: La revolución se abría a las puertas de aquel 14 de abril madura como un fruto pulposo. Esa alusión política específica que cierra la novela contrasta con una vida en la que en ningún momento, ni siquiera de refilón, ha hecho, la política, acto de presencia, como si los personajes, la gran mayoría populares, vivieran en una suerte de presente intemporal que “padece”, más que protagoniza, los cambios políticos de la naturaleza que sean. Con todo, es irónica la defensa de la monarquía por parte de los delincuentes que, para sobrevivir, necesitan de la tranquilidad y el orden, o, según ellos: Esto se pone mal, pero que muy mal para los chorizos. Lo primero que necesitamos pa trabajar con cierto fruto es orden; donde no hay orden y tranquilidad no tenemos nada que hacer nosotros. (…) El dinero es mu cobarde, y en cuanto olfatea el más pequeño lío en la licha -calle- se esconde y no sale… y uno no puede esperar semanas y semanas… a ver qué pasa. Lo que remacha “Epa”, Epaminondas, un genial filósofo de taberna: una gran capital sin gallofa y gente del bronce es como la leche pasterizada. (…) Por eso es monárquico el verdadero mangante, porque la monarquía es el orden y la tranquilidad, en la que pueden vivir todos los que necesitamos el oxígeno del orden, al que debemos un teoría sobre la frustración española digna de figurar en todas las antologías del pensamiento español: el español, desde que tiene uso de razón, se pasa la vida deseado una serie de cosas con la cabeza llena de ambiciones, pero sin poner de verdad la carne en el asador por ninguna, y claro, cuando le llega la sesentena y ve que no ha hecho nada y que la vida se le va, empieza a llenarse de malos humores y a despotricar y malsinar de los pocos españoles que se han metido en su casa, se han apretado los calzones y han hecho algo… (…) España es el país de los frustrados. El frustrado, o sea el que no dio lo que prometía, brota en España con más abundancia que las cucarachas en las cocinas pobres. (…) La ocupación del frustrado, en cuanto se da cuento de que lo es, consiste en disminuir, achatar y ensuciar al que sobresale. En los años que le quedan de vida no tendrá otra ocupación. Para eso tiene un arma terrible, que es la confusión. Su consigna es mezclar, embadurnar, llamar bueno a lo malo, y malo a lo bueno, exaltar lo mediocre… que nadie se entere de quién es quién… Como los frustrados aumentan en progresión geométrica, porque el niño prodigio, que es la crisálida del frustrado, empieza a abundar en el país más que las pulgas, llegará un día en que la densísima nube de los frustrados (…)acabará ahogando a los dotados que tienen ganas de hacer algo… y el país, con la gran alegría de los frustrados, acabará hundiéndose en la vulgaridad más selezta. (…) El frustrado se da lo mismo en las alturas que entre los encargados de retretes públicos. A veces es ministro, o escritor potudo, o pocero, o vendedor del “Zaragozano” en la Puerta del Sol. Porque la frustración se dan en todas las capas del aire. El frustrado es vanidoso como un cohete y maligno como una chinche hambrienta. El elenco de personajes que puebla La vida como es es de tal diversidad  y se dan cita tantas psicologías y biografías particulares que el autor, con maestría galdosiana y balzaciana, compone un fresco social impagable para conocer la historia por de dentro, esto es, esa intrahistoria que reclamaba Unamuno como la única y verdadera historia de nuestro país y de cualquier país: la historia protagonizada por la gente en la vida de cada día. Zunzunegui no escribe autocensurándose, y no tiene reparos en ofrecernos una visión del hampa popular que no excluye lo peor del mismo, ni tampoco ciertas lacras sociales o ciertas inmoralidades que la realidad de su tiempo, la del nuevo régimen franquista, quizá le podría haber impelido a evitar plasmar en su obra. Hemos de estarle agradecido. Es cierto que el carácter popular de la obra y la tendencia al sainete (del más alto nivel, sin embargo, e incluso cercano en algunas ocasiones al esperpento valleinclanesco) que se acusa en muchas de sus escenas pueden darles a los intelectores actuales poco escrupulosos la impresión de hallarse ante una obra “antigua”, algo “ajada”, “trasnochada”, quizás, “avejentada”. En modo alguno. El afortunadísimo título pretende reflejar la teoría del espejo a lo largo del camino de Stendhal. Realismo puro y duro, pero altamente estilizado, para una vida en la que abundan las tragedias, los desengaños, el dolor, el hambre, la miseria y otras muchas corruptelas sociales e individuales a cuya plasmación dedica el autor intensas y apasionadas páginas. Coincidir con Fernán Gómez en la estimación de esta obra lo considero un aval suficiente, un argumento de “autoridad”, ante quienes, conmigo, compartan la altísima opinión que de su obra tengo. Hay, yendo ya de lleno a la novela, tal galería de personajes que resulta poco menos que imposible hablar de todos y de cada uno de ellos como sus malhadadas biografías acaso exijan y merezcan. Empezaré por decir que quienes hayan visto el comienzo de Nueve reinas sintonizarán plenamente con el desarrollo de buena parte de la acción del libro, porque el cursillo teórico-práctico de las modalidades de delincuencia de aquellos años tiene una vertiente documental que se acerca, por la imbricación con la peripecia vital de los personajes,a un género tan de nuestros días como la docuficción o el falso documental, porque la sensación de realidad que consigue Zunzunegui a través de esas vidas dialogadas, que viven por, de y para la palabra, es extraordinaria. El famoso tranche de vie del naturalismo sería de perfecta aplicación a esta novela en la que un bar se erige en centro de relaciones vitales que ancla a él no pocas de las vidas difíciles que vamos a conocer. La pareja Benito-Encarna, con las aspiraciones de todo tipo de una mujer desengañada de su matrimonio constituirán uno de los polos de la novela. La vida de “El Cotufas” o “Cotufitas”, un espadista -desvalijador de pisos- con un matrimonio en que se consuma la tragedia del suicidio de la esposa, que no puede “retener” a su marido en el mundo de acá de la ley, porque su naturaleza delincuente se le impone, será otro de los núcleos fundamentales de la trama, sobre todo porque, la novela asiste al relevo generacional de El Cotufas por su hijo, a quien apodan El Yemitas o, como se le describe en la novela, con una gracia de sainete de lujo: Y va y sale esa maravilla del, ese Cajal en comprimidos…, cuyo arte y cuya vida, como es lógico, se nos sintetizan en la novela: El verdadero espadista es el que deja cerradas las puertas; butacas, mesas y sillas en su sitio; las alfombras extendidas; armarios y cómodas cerradas sin violencias; fregados los platos y cubiertos si ha comido en la casa, y la cama hecha si se ha echado la siesta. El verdadero espadista jamás tira una colilla sobre las alfombras, lo único que cambia de sitio por donde pasa él son las joyas, el dinero y objetos de valor, que tanto recuerda a la actuación del personaje fantasmagórico de Hierro 3, del poeta cinematográfico Kim Ki-duk. Cotufitas es, como Encarna, como Margot o como el jifero final que parece surgido de la mejor corriente lírico-absurda de las obras de Mihura o Jardiel, personajes redondos, portadores de una vida que, sin embargo, solo Epaminondas, el filósofo de taberna, ocioso por convicción, y contradictorio e incongruente como un Hermes antiguo (La verdad es que yo no sé qué es el bien, ni qué es el mal; solo sé lo que es la riqueza y lo que es la pobreza, de cuya desigualdad se originan todos los males de la tierra… Lo demás son zarandajas… Por eso no hay más que la vocación y el amor que se ponga en el trabajo. Y esto lo sostengo yo Epaminondas Rodríguez, que soy el primer vago de Madrid)  explica, como hemos leído, con una lucidez que no ha perdido vigencia. Veamos ahora, sin embargo, lo que dice el propio Cotufitas de sí mismo: Ahora, habiéndome nacido así como nací tarado por todas las esquinas, hijo de una madre golfa y un aristócrata sensual, sin más consuelo que el cielo arriba y la tierra abajo, ¿qué culpa tengo yo de mi vida y mis hazañas? Es muy bonito echarle a uno a este mundo como me echaron a mí para decirle luego: “¡Ojo, pollo!, que existen los Registros de la Propiedad y que hay una serie de principios morales y de normas y leyes que se deben acatar.” Venirme a mí en serio con esas zarandajas, a mí que soy hijo de todas las contravenciones morales, a mí que he sido vejado y hollado por todas las humillaciones y deshonores; a mí que no he tenido de verdad una madre y que escapé niño de ella por no sufrir más y porque la quería… y… ¡Qué sarcasmo más brutal es para mí la vida! (…) Recuerda ahora como en cuanto empezó a tenerse sobre los pies le prohibió que le llamase madre… porque la hacía a ella vieja, y ¿qué iban a pensar los señorones y señoritos que la visitaban si sabían que tenía un hijo…? Cuando le encontraban en la casa solía disculparse con una indiferencia glacial: “Es un sobrino, hijo de una hermana.” La novela, ya se advierte, nos muestra un retazo de la vida desgarrada de tantos y tantos destinos frágiles como se agitan en los derrumbaderos de la Historia, esos que se atreven, como Roque, en el momento de su muerte, a desafiar a Dios con toda la razón de su parte: El que puede que tenga que arrepentirse de algo es Nuestro Señor Jesucristo, de la vida tan pobre, triste y desgraciada que me ha dado, porque si es verdad, señor cura, que es todopoderoso… ¿por qué me ha dado esta vida tan miserable pudiéndomela haber dado un poquito mejor? Esta “colmena” de la delincuencia de poca monta, coincide en el tiempo con la otra, la que encumbró a Cela, y aunque entre ambas hay considerable distancia, la imagen que emerge de la posguerra española es, curiosamente, muy parecida a la que emerge de los estertores del reinado de Alfonso XIII, quizás porque, sea cual sea la circunstancia histórica, los tristes destinos de las vidas de los pobres son siempre iguales. Cela ya tenía escrita su novela cuando apareció La vida como es, por supuesto, pero como no se publicó en España hasta 1963, Zunzunegui -a no ser que tuviera relación personal directa con Cela, cosa que ignoro- realizó un esfuerzo creador casi simultáneo del del autor gallego. Y es curioso que un gallego y un vasco hayan retratado/diseccionado con tantos primores de médicos forenses la sociedad madrileña en dos momentos distintos de su historia. Como Zunzunegui describe la rivalidad entre los sañeros -birladores de las carteras, sañas, por diversas artes, de Valladolid y Madrid, a cuento de la supremacía en ese arte entre lo que se conoce como la escuela vallisoletana y la madrileña, ello da pie para leer no pocas defensas de “lo madrileño” hechas por los vecinos de Lavapiés, el epicentro de la acción dramática, con no poco entusiasmo terruñero. Sí, La vida como es es también “la” novela de Madrid de su autor, por más que, para trazar ese retrato, y teniendo en cuenta el género al que se acoge para hacerlo, la picaresca, se haya servido, en no pocas ocasiones, de una suerte de manual al estilo de los “madrileños vistos por sí mismos”, es decir, que el autor no ha renunciado a ciertos clichés a los que, sin embargo, dota de vida auténtica hasta integrarlos en el mundo total de la novela con toda naturalidad y eficacia narrativa. Las peripecias de Cielín con El Sabueso, por ejemplo, renguistas de primera -desvalijadores de compartimentos de tren, rengue- desde el tejado de los vagones aprovechando que las ventanas están bajadas por la noche mientras duermen e introduciendo una espanda -una suerte de caña de pescar con gancho que descolgaba las pertenencias de los durmientes con habilidades de pescador profesional, constituyen un documento sociológico de primer orden, y un magnifico tramo de la novela, porque el solo hecho de imaginarse al niño agarrado por los tobillos por el adulto, a los 90km/h de aquellos trenes de carbón, asomado al peligro del vacío, intentando “pescar” los bienes ajenos, deja casi en mantillas al propio Lazarillo. Hay, en esa galería, ya digo, decenas de vidas que merecerían un comentario, como la de Doña Rosita, un homosexual gumarrero, que se dedica al robo de gallinas o, como con refitolera gracia se dice en la novela: Doña Rosita, el gumarrero [de gumas, gallinas] más hábil de todo Madrid. No es que las robase, propiamente; es que las enamoraba y se iban con él. El mismo que, crecido el botín, se marchaba a Barcelona, Bilbao o Valencia para, vestido de mujer, darse el gusto de seducir a hombres, sin llegar nunca hasta el final del engaño. Había prometido, sin embargo, que trasladaría a los intelectores algunas de las reflexiones de Epaminondas, el filósofo de taberna y vago de profesión, que me parecen vienen que ni pintadas para entender la idiosincrasia de buena parte de la población española y que han de servir de complemento necesario a las ya transcritas: La verdad es que Madrid, aun los que somos sus hijos y que tanto le queremos, tenemos que reconocer es una entelequia inventada y puesta en pie por políticos y escritores. La verdad es que este pueblo nuestro se levantó donde menos se debía levantar. Ni está junto al mar como Lisboa, que es la que debió de ser la capital de España en su tiempo… Ni tiene una gran industria para que pudieran vivir sus gentes menesterosas con decoro. Ni la atraviesa un gran río que le dé una huerta que le permita comer… En fin, que no tiene naa; por eso sigo sosteniendo mi tesis de que este es un pueblo de pícaros y de mendigos. Aquí, el que no manga, pordiosea…; el ochenta por ciento de las gentes de la Corte son chorizos y gente que vive del cuento, o mendigos… (…) Por eso Madrid es un lugarón sin personalidad y sin historia. Su historia es la de España y la de la monarquía española, y su personalidad es un zurcido hecho con el paño de las otras cuarenta y nuevo provincias. Todos los picaros y mendigos de España, que son legión, han venido y vienen a la Corte a hacer carrera, ya que la Corte de los milagros siempre ha sido uno de los pocos pueblos del país donde se puede vivir sin trabajar, ora con las artes de la truhanería, ora con la del pedigüeño y la limosna, porque las ubres del Estado son de láctea pingüedinosidad… Atentos a los neologismos hermosos como el que cierra la teoría de Madrid, que son, realmente, marca de la casa, juntamente con el uso de ciertos vocablos de los que “ya no se tiene memoria” como  gusarapienta, Le dio un pasagonzalo en una mejilla entre amistoso y despectivo, una cara redonda y papujona, Andaloteros, ¿Pero tan atocinada estás por ese hombre? Después de pasar la lengua por la nema del sobre se dio con la mano un golpe en la frente… “Cielín”, hijo, que es tarde y tu padre se cae de carpanta Conviene saber que “nema” es  el borde o sello del sobre. La palabra procede del latín y del griego nema, ‘hilo’, porque las cartas se cerraban con hilo antes de lacrarlas. Ni falta hace que traiga a esta crítica muestra alguna del argot que preside la novela con una generosidad propia de quien se ha documentado hasta extremos inverosímiles antes de embarcarse en la recreación de un mundo que tiene sus propias leyes dentro de las leyes generales de la sociedad, por más que, como ya hemos visto, la ley y el orden son imprescindibles para que los ladrones puedan sobrevivir, del mismo modo que un gracioso personaje -Agapito. el primer hombre-anuncio de Madrid, quien al anunciar la película Fabiola, salió vestido de romano y a quien unos graciosos desnudaron en plena calle, dejándole en bolas en la Gran vía; el mismo que abandonó los anuncios y se puso de  ciego de nacimiento, de ocho de la mañana a ocho de la noche , en la puerta de San Ginés , y a quien el tabernero le propuso: -¿Por qué no te decides a trabajar de verdad?  -Amos, qué bromas más pesadas se te ocurren, recibió por respuesta.- se queja de esa misma República porque: Sí… No falta más que empiecen a asustar a las beatas y a cerrar iglesias, que es lo que suelen haces estos mamones de revolucionarios en estos casos… y a ver de qué vivimos los ciegos de nacimiento… -exclamó Agapito, convencido. Aunque la novela es fundamentalmente dialogada, lo que la provee de una evidente y necesaria agilidad, dada su extensión, aquí y allá el autor nos va regalando pinceladas maestras de un estilo lleno de lirismo que entronca con lo mejor del Esperpento y, en parte, dada la temática del libro, con un leve aire lorquiano que es de agradecer. El marido, que la sintió venir, se encogió como un erizo, y llenóse de una tristeza infinita. “Todo se ha consumado, pensó, y le ganó la sangre una desolación inmensao En la calle sórdida y ascosa, una luna menguante ponía su moribunda plata en unos mustios geranios rojos aprisionados por cuatro tables en un viejo balconcillo o Y ver quedarse la tarde empapelada de oros, malvas y cinabrios, fría como un sorbete, en la que se mezcla lo lírico y lo popular a partes desiguales. Hay pocas referencias literarias en la novela porque los personajes no dan de sí para traerlas a cuento, aunque, por la parte de las artes no escritas, es graciosísima la secuencia narrativa en la que Cotufitas es llevado por su mujer, cuando se ha “regenerado” y se ha hecho representante de un juguetero catalán, al museo del Escorial y no soporta la contemplación de tanta obra de arte que se le aparece como una tentación total para un “desvalijador” profesional como él, “temporalmente retirado de la circulación”. Una es de Voltaire, y las otras dos son, por un lado de Ramon Gómez de la Serna, a quien se refiere elípticamente el autor como “ha dicho alguien”, al incorporar a su texto la definición de “piropo”: “Un madrigal de urgencia”, greguería muy propia de Ramón; y la otra, bastante más rebuscada y traída algo más que por los pelos en una conversación en la que es difícil ponerla en labios del personaje en quien la pone, Margot, es de Josep Pla: ¿Quién fue el que dijo eso de. “Diversidad, sirena del mundo”? En la novela, obviamente, nadie le responder, pero la indagación pertinente revela que fue Josep Pla en “Lo que se lee. Novela de aventuras” que forma parte del volumen Notas sobre París. ¡Ah, Margot!, de repente le vienen a uno enormes ganas de ponerse a contar la tristísima historia de una madre rechazada por su hijo desde los dieciséis años con una determinación absoluta. La historia de Margot y de su final con el Jifero que, para compensar el daño deletéreo de su oficio, se ha vuelto un profesional de la “evasión”: ] La felicidad está en la evasión, convénzase; usted no ha sabido evadirse a tiempo y eso es lo que la pierde… Ha consentido que la realidad la coma y la invada, y ese es su mal y esa es su tragedia. No solo la de Margot, porque esa es la tragedia, prácticamente, de la totalidad de los personajes de la novela: están invadidos de realidad pura y dura. Y el intelector haría bien en empapuzarse en ella. No emergerá descontentadizo, espero.

viernes, 4 de agosto de 2017

El rechazo incomprensible, la repugnancia insólita.


La huida inconstante, la seguridad incierta...

Hay ocasiones en las que un creador se siente, de pronto, ajeno a su tarea, extraño a su mundo de ficciones y decide alejarse por rutas imposibles, por veredas escabrosas, por trochas desconcertantes, todas ellas trazadas, sobre la propia biografía, con la caligrafía arbitraria de la rosa de los vientos. No quiere escribir, le repugna iniciar cualquier narración, cualquier obra de teatro, cualquier poema, y, como mucho, se refugia en la monografía, la recensión o la efusión confidencial, como la presente, que ni siquiera admite ser catalogada como expresión autobiográfica. Si siempre crear fue un reto que aceptaba con un entusiasmo eternamente reverdecido, hay ocasiones en las que el creador se aparta de cualquier impulso que pudiera ponerle en el camino absurdo de meterse en vidas ajenas con la suya propia por delante. No es tanto cansancio, propiamente dicho, como una leve repugnancia al compromiso, al esfuerzo, a la perseverancia que exige cualquier acto creativo. Hay autores que nunca hablan de lo que escriben, por miedo  a la playa rocosa donde ha de varar la nave tras la travesía descrita con pelos y señales a quienes es imposible que se hagan cargo de la aventura total. Hay otros, sin embargo, que no paran de hablar de ello, y acaban gafando lo bueno por venir con la expansión mediocre de lo revelado. Son dos extremos. Y son pocos los autores que evitan el movimiento pendular entre ellos. Algo está claro, para todos: cuanto más se revela de un proyecto, menos impulso físico se experimenta para culminarlo, para plasmarlo, incluso tal y como se ha explicado, sobre el terrible folio en blanco. El valor incomparable de un proyecto se mide, también, por el valor sepulcral del silencio en que se gesta. Ahora mismo me pasa a mí. Soy capaz de reconocer la importancia del mismo, su novedad, su originalidad, e incluso su trascendencia, en estos tiempos de relatos insustanciales, y soy incapaz al tiempo de volcarme física y mentalmente en él. Tengo miedo. Sí, también se le puede tener miedo a un relato que va creciendo como un parásito en nuestro cuerpo y se va haciendo con su control. Muy a menudo ignoro quien hay detrás del yo con el que suelo contestar mecánicamente cuando se me pregunta quién soy, en el interfono, en el teléfono o en cualquier otra situación semejante. No vivir en uno mismo es señal de enajenación, indudablemente, pero no se me oculta que el lugar donde habito, El Lazareto, y decir el título no sé si es haberlo revelado todo, es la expresión de la máxima cordura cordial. Con todo, ni una sola palabra he escrito al respecto, aun viviendo en ese espacio exterior a mí persona e interior al sueño de la razón. Y más allá de lo revelado hoy, aquí, tampoco diré jamás ni una palabra. Tengo por tesoro incomparable la posesión de un proyecto así, independientemente de que sea capaz de darle forma y sentido. Otros hay de los que he hablado con los famosos pelos y señales únicamente para gafarlos definitivamente, por la imposibilidad de competir, desde la escritura, con la fogosa oralidad entusiasta con que, ante escogidos interlocutores, levanté un edificio narrativo completo. Sí, son extraños los temores a la escritura de los escritores, pero convivimos con ellos cada día y bien sabemos todos que vencerlos tiene una épica de difícil comunicación, porque se confunde con el ámbito del "capricho", del reino indolente de las "ganas", e incluso con el desierto hostil de la pereza. Es visceral, de lo que hablo. Hay un correlato físico que se manifiesta en ciertas náuseas, en retortijones de vientre, en espasmos, en dificultades respiratorias, en una leve taquicardia, en sudor frío y aun hasta en ciertos sofocos que se confunden con la alergia colinérgica... No creo que haya seres vivos que teman más a las palabras que los escritores.

viernes, 28 de julio de 2017

“Representación ante Fernando VII en defensa de las Cortes”, Álvaro Flórez Estrada.



Álvaro Flórez Estrada, un economista liberal y militante activo por las libertades, cuando defenderlas costaba la vida o el destierro, interpela a Fernando VII y le reprocha su traición a la soberanía nacional.


Mientras sigo inmerso en la intelectura reconfortante de Los episodios nacionales, no he podido por menos de desviarme levemente  hacia otros textos, haciendo caso de las sugerencias que hallo en dicha absorbente y gratísima tarea, tanto en el texto de Galdós como en la información complementaria de la edición, todo lo cual me va descubriendo hechos, personas y acontecimientos sobre los que conviene ampliar algo el menguado conocimiento que solemos tener los españoles de nuestra propia Historia; dicho así, en plural, para camuflar mi propia incuria individual… Es el caso de este texto que he leído en edición digitalizada, Presentación ante Fernando VII en defensa de las Cortes, escrito por quien ha resultado ser uno de nuestros primeros economistas e introductor en España del liberalismo inglés clásico: Álvaro  Flórez Estrada, un constitucionalista convencido, redactor, en parte, de la Constitución de 1812, activista en pro de la monarquía constitucional, liberal exiliado en Londres y estudioso e introductor de la economía liberal inglesa. Estamos ante una figura eminente de la reacción liberal contra el absolutismo fernandino, movimiento cargado de razones democráticas que brilló efímeramente con la revolución de 1820 y que se extinguiría tres años después, para desgracia de España y del propio continente europeo. El libelo antiabsolutista que Flórez dirige a Fernando VII, hablando con meridiana claridad del daño que su reinado retrógrado le está haciendo al país me parece un ejemplo perfecto de una línea de pensamiento que no ha podido plasmarse y sobrevivir en nuestro país prácticamente hasta la Constitución de 1978, un logro histórico que algunos quieren rebajar y despreciar hablando del “Régimen del 78”, como los partidarios de Fernando VII denigraban a los demoniacos liberales doceañistas, ni más ni menos. El folleto de Flórez, que cualquiera, con ese título, puede encontrar digitalizado en la red, tiene como eje central de su argumentación un hecho muy sencillo: el rechazo de Fernando VII a la Constitución de 1812 es una traición a la soberanía nacional, porque en ese folleto demuestra con meridiana claridad que, después de la cesión de los derechos dinásticos que hicieron padre e hijo, Fernando VII y Carlos IV, a Napoleón, la única soberanía nacional legítima era la expresada en el articulado de la Constitución de la que Flórez es valedor. El texto del catedrático, sin embargo, es una suerte de lección de teoría política que repasa los principales fundamentos de la acción política y deja bien claros conceptos que, a menudo, incluso en nuestros días u olvidamos o tergiversamos a nuestro antojo. El principio de la libertad a toda costa y para todo es una guía que no admite refutación alguna, una guía segura para persuadirnos de las poderosas razones que defiende Flórez frente a la obra de demolición que suponía el manifiesto de los Persas -toma su nombre del comienzo de su declaración de fe en el absolutismo:  Era costumbre en los antiguos Persas pasar cinco días en anarquía después del fallecimiento de su Rey, a fin de que la experiencia de los asesinatos, robos y otras desgracias les obligase a ser más fieles a su sucesor-, los diputados de las Cortes de Cádiz, que desertaron de su obra y reconocieron la soberanía del rey frente a la soberanía del pueblo español expresamente fijada en la Constitución, de la cual emana la aceptación de Fernando VII como soberano constitucional de la nación española. Ahora todo esto nos parece tan obvio que podríamos estar tentados de pasar por alto el valor que hubo de tener en su momento Flórez para posicionarse frente al partido absolutista del rey y desenmascarar su radical ilegitimidad. Estamos muy acostumbrados a tener como referente de nuestros dramas nacionales la Guerra Civil del 36, pero quienes se han tomado la molestia y el horror de bucear en lo que significaron los enfrentamientos civiles entre liberales y absolutistas, primero, y entre cristinos y carlistas, después, se darán cuenta de que los grados de fiereza, crueldad,  horror y  tragedia que se vivió a lo largo del XIX es difícilmente comparable con esa suerte de acto final que fue la Guerra Civil, a pesar de los pesares. Pensemos que hablamos de una época en la que aún funciona la Inquisición y las torturas son algo así como un medio habitual de lucha política, como lo son las ejecuciones sumarias, por ejemplo. La línea “libertaria” de Florez es evidente a través de todo el folleto. Desde la consideración que le merecen los reyes:  Por desgracia los Reyes no son más que hombres: es decir, como estos, sujetos a sus errores, y a sus pasiones; a iguales inexperiencias, y a iguales necesidades intelectuales y físicas, hasta la apología del derecho soberano de los pueblos a gobernarse por sí mismos, que él hizo extensible a las colonias americanas, cuya independencia vio con buenos ojos y mejores razones: Convengo en que todos los pueblos tienen un derecho para establecer su libertad del modo que les acomode, y aun para separarse del resto de la comunidad siempre que su reunión sea incompatible con su libertad o con los medios de prosperar. Con todo, Flórez está convencido de que ese autogobierno de los pueblos no es fácil de alcanzar con la responsabilidad que lleva implícita:  La idea, dice un filósofo, de obedecer y mandar a un mismo tiempo, de ser súbdito y soberano a la vez exige demasiadas luces y combinaciones para que pueda ser ni bien manejada ni bien percibida sin una previa y larga educación de los pueblos. Las virtudes mismas tienen necesidad de medida, y deben temer el exceso de su práctica. Flórez se afana en demostrar que la renuncia al trono de Fernando VII y de su padre, Carlos IV, deslegitimaron al monarca para ocupar el trono, tras la expulsión de los franceses por obra y gracia de un pueblo que, en ausencia del soberano, hubo de organizarse espontáneamente para echar al invasor, el mismo que se reúne en Cádiz y proclama la Constitución de 1812 contra la que Fernando VII, con ayuda de sus leales, muchos de ellos al servicio de la dinastía francesa que intentó ocupar el trono de España, libra feroz batalla con trágicos resultados para los liberales perdedores. Solo después del nefasto ejercicio de antipoder de su camarilla, creció el descontento lo suficiente para dar pie a la rebelión de Riego y de tantos otros que lograron hacer claudicar al rey y obligarle a decir aquello célebre del Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional... Recordemos que los “cargos” básicos que alientan la represión fernandina son los siguientes: 1. Haberse reunido en Cortes. 2. Haber declarado que la soberanía residía en la nación. 3. Haber tratado de disminuir la autoridad del monarca. El segundo punto, como puede apreciarse, es el eje fundamental del contencioso entre liberales y absolutistas, y a él dedica Flórez hermosas páginas llenas de lucidez y de reflexiones absolutamente de actualidad, en esta época de trilerismos conceptuales con la nación de naciones, la plurinacionalidad, los sentimientos nacionales, y los intentos de golpe de estado secesionista por parte de la oligarquía política nacionalista en Cataluña. Pongamos, por ejemplo, un hermoso punto de teoría política, que Pedro Sánchez ha puesto tan de actualidad: Estoy persuadido que, si uno por uno, se preguntase a todos vuestros consejeros la idea que expresa la palabra Soberano o soberanía, no acordarían de ellos en enunciarla de un mismo modo; a pesar de eso no escrupulizan en declarar por crimen de lesa majestad el que se diga que la soberanía reside en la nación, o que esta es el verdadero soberano. (…) Cuando por la mala inteligencia de una palabra, por su inexacta aplicación o por la dificultad de explicar con ella una idea compleja, no se expresa ni entiende su verdadera significación, el resultado viene a ser el mismo que si careciese de ella. ¿Sensato o no? Pues de ese tenor son la mayoría de los juicios contenidos en este folleto. Flórez no esconde los orígenes de su pensamiento, de ahí que, para un tema tan candente como el de las múltiples soberanías que quiere introducir Podemos en el ámbito político español, se deje aconsejar por Locke, por ejemplo: Aunque en toda sociedad, dice Locke, bien ordenado, esto es, que obra para la preservación de la comunidad, no puede haber más que un supremo poder, que es el legislativo, al cual todo los demás es forzoso que estén subordinados; sin embargo, no siendo el mismo poder legislativo más que un poder únicamente fiduciario por obrar a ciertos y determinados fine, permanece aún en el pueblo un poder soberano para remover o alterar el legislativo, siempre que vea que este obra en contra de la confianza de que se le hizo depositario (…). La comunidad siempre retiene un poder soberano de salvarse a sí misma de las empresas y proyectos de cualquier persona o cuerpo, aunque sea el de sus legisladores, siempre que estos sean tan estúpidos, locos o malos, que atenten contra las propiedades o libertad del individuo (…) El soberano poder siempre reside en el pueblo. Sin embargo, y para distanciarse de las interesadas lecturas podemitas o secesionistas, Flórez hace suyo el pensamiento de Fenelon: ¡Desgraciado el pueblo que no tenga leyes escritas, constantes y consagradas por toda la nación, que sean superiores a todo; de las que los reyes reciban toda su autoridad: por las que se les conceda hacer todo el bien posible, y no se les autorice para hacer ningún mal; y contra las cuales nada puedan. La primacía de la ley es, para Flórez, la única garantía posible del virtuoso ejercicio de la soberanía. Se trata, pues, como queda reflejado en esta aproximación a vuelapluma, de una figura eminente del liberalismo político y económico que supongo enmarcada en el cuadro de honor de los orígenes de los nuevos liberalismos que se van abriendo camino en la sociedad española, como una deuda histórica que teníamos con aquellos prohombres de la libertad, y muy destacadamente de la libertad de expresión, o, como la denomina Flórez, la “opinión”: La opinión  es la reina del mundo, cuyo único imperio es indestructible, Saber crearla supone un gran genio, para dirigir su marcha basta tener prudencia y poder; despreciarla supone depravación de costumbres, mas empeñarse en resistir su torrente demuestra el cumulo de la insensatez o de la desesperación.