sábado, 16 de febrero de 2019

Las campañas electorales o el aburrido circo de los campeadores…Un capítulo-botón de «La España vulgar».



 De gofos y gofas. (¡Ahora sí que sí...!, y sic)
Curiosamente, por ninguno de esos espacios vulgocráticos se pasean los prohombres y las promujeres de la política cuando nos visita, cada cuatro años o asín, el circo de las vulgares campañas electorales, supremo ritual del adocenamiento, la ranciedumbre y la soez estulticia publicitaria.
No hay mejor escaparate para calibrar la vulgaridad de un país que una ocasión excepcional, y al tiempo frecuente, como es la del desarrollo de una interminable campaña electoral. En nada se distinguen las tales del resto de la vida política habitual, sino en la intensidad con que se manifiestan los peores resabios de la desigual comunión que estrecha, hasta la asfixia, a los representantes y a los representados, en un abrazo vivificador para ambos: absoluta confirmación de sus inanidades respectivas. Tales para cuales. Demos los cría y ellos se juntan en la Gogia, en perfecta ouroborosía, y vuelva a disculpársele al libelista el atrevido neologismo, de común significado, no obstante.
En ese periodo excepcional, en el que se suspende el principio de racionalidad, ad maiorem populi gloriam, y los labios se ven desbordados por el ímpetu falaz de las promiscuas lenguas promitentes, ¿dónde esconderse de las necedades que, al modelno bombo y platillo de los cutrísimos vídeos de trasnochado agitprop, ofenden a los escasos y avergonzados depositarios del sentido común, aquellos a quienes ya les ofendieron, en los nefastos tiempos en que los parieron, los ferocísimos doberman que babeaban y ladraban su agresividad de camada negra?
No hay lugar en la realidad donde ocultarse del vocerío desgarrado, del atropello del insulto, de la falacia contumaz, de la chirigota  grosera, del esperpento consumado, de la amenaza del miedo, de los eslóganes aciagos y así sucesivamente hasta la basca final. Se queda pequeña, la realidad, en efecto, para huir de la viscosidad que se extiende hasta lograr que todo se enganche en ella. Allá donde uno vaya, en periodo electoral, le será imposible distanciarse de la sombra pegajosa de la irracionalidad que pretende obnubilarle para que el así ensombrecido –sin asomo de asombro...– acabe dando por buena y justa la derrota de la razón y proclame la buena nueva de la bandería, de la secta, de la horda.
Con razón hablan del juego de la política. Y una campaña electoral es la suprema expresión de ese espíritu lúdico que banaliza cuanto toca, que trivializa cuanto existe, que lo infantiliza todo. De ahí que, con deleznable paternalismo, se apele, con sospechosa constancia, a la mayoría de edad del electorado y a su madura capacidad de decisión. Primero te ponen a bailar el corro de la patata al ritmo del romance del traidor Marquillos o de la adúltera Catalina, y después pretenden que separes el grano de la paja de los diferentes programas que se te ofrecen reducidos a latiguillos, muletillas, chascarrillos y esloganillos que, con pericia y devoción divulgan los organilleros de rigor por todas las plazas de España.
En última instancia, sin embargo, la petición final no es que te guíes por un análisis razonable de las diversas ofertas que se te ofrecen y que decidas en conciencia, sino que reconozcas a qué bando, a qué tribu perteneces y cierres filas para derrotar al adversario, la encarnación de todos los males habidos y por haber. Democracia y espíritu crítico son una pareja mal avenida, incompatible, en constante desavenencia, imposible. Democracia y sumisión, el matrimonio ideal por el que suspira el espectro político desde la extrema izquierda hasta la extrema derecha. Asentimiento entusiasta,  adulación cortesana y obediencia ciega, la tríada mágica que abre las puertas del escalafón que lleva a la gloria del poder con mayúsculas, el PODER, o a la mera ficción del tal, cuando se es el líder de un partido en la oposición, como le ocurre a quienes, como Rajoy o Mas,  tienen el triste hábito de perder elecciones y ganar disgustos.
¿Qué más risible, bochornoso y patético, por poner el ejemplo autonómico bien conocido, que un Molt Honorable in péctore y sin Govern ni DOG que llevarse a la firma paseando su esencialismo  y su carisma presidencial –con heredada gesticulación pujoliana ad hoc– por las inventadas Vegueries de la Cataluña sempiternamente amenazada y en peligro de extinción, de consunción patriótica? El señor Mas, a quien le aplanan el nombre –Àrtur, dicen los amantes de decir A Coruña y LLeida, en vez de los castellanísimos La Coruña y Lérida, para pasar por paletos lingüísticamente correctos– para kennedyficarlo y darle un toque internacional de Prime Minister de mercadillo, es un alma en pena, atiborrada de triunfos electorales morales que no le han deparado sino un eterno aire de apolillado figurón de la política que acabará deshaciéndose en el aire de sus fracasos, como las momias expuestas a la curiosidad de los profanadores de tumbas, antes de alcanzar el poder real, la firma, y la visita de pleitesía a Montserrat. Y si algún día llegara a gobernar, ¿quién duda ya de que lo acabará haciendo como un espectro, como una sombra pitarresca, como el simulacro torpón y difuminado de quien pudo haber sido?
Las campañas electorales derrochan dineros, esfuerzos y euforias levantiscas con una alegría de nuevos ricos que ofende incluso más que sus viciados contenidos de catecismo elemental. Las costosas banderolas, las vallas intimidatorias, la megalomanía sembrada aquí, allá y acullá, las cuñas coñonas y agresivas en las radios, las páginas enteras en la prensa, las ideas esquinadas en los simulacros de debates con espadas de tercera fila, y más aún con los primeros espadas, diestros de postín, pero auténticos postes respondones que monologan y predican.
Pero nada es comparable al gran mitin, el fantástico aquelarre donde el Gran Buco preside el oficio de tinieblas en las que con extático placer se sumergen los participantes, los laicos feligreses. Un mitin es un agujero negro de la realidad: lo engulle todo y no irradia nada, a fuerza de desearlo, no obstante. Cualquier espectador de telediarios desvía la atención cuando, entre rugidos, vítores, aplausos, requiebros, y siempre ¡más caña! y ¡dales duro!, ¡y venga globos!, ¡y banderas, banderolas y banderines!, el líder de turno le quita el torniquete al herido adversario para que se desangre ante la concurrencia sedienta de su fracaso. ¡No en vano se escogen las plazas de toros para el supremo ritual partidario!
Los asistentes y las asistentas al oficio religioso de la comunión colectiva aguardan las revelaciones aduladoras del Buco-Bocazas con la misma fe depositada en otros dioses menores y santos mayores. Un chapuzón de piropos, un baño de elogios, una ducha de localismo, una fiebre de bandería y tres consignas mal cosidas al paño raído de un discurso lleno de mentiras y anacolutos sirven graciosamente al fin perseguido: ruge la marabunta; se desborda la emoción primitiva de la horda; se besan con estruendo las manos al ritmo febril que marcan los himnos fanfarriones y todo el mundo sale satisfecho de haber estado presente y haber contribuido a lograr un nuevo score en la batalla democrática: “¡Que lo superen, si pueden!”, se congratula el jefe de campaña, con fe ciega en la falacia de cantidad. Y a recogerlo todo para llegar a tiempo al próximo escenario, donde se repiten ce por be las mismas escenas, los mismos arrebatos, las mismas bromas ad hominem, las mismas brumas de la razón, los mismos bramidos de entusiasmo y regocijo...
Y el líder entronizado, Gran Buco al que se le rinde pleitesía, vasallaje. Todo gira en torno a su mágica capacidad de seducción: nadie sonríe mejor; nadie es más honesto; nadie inspira más confianza; nadie dice la verdad como él; nadie tiene tantas palabras de aliento para los desfavorecidos y los preteridos; nadie tiene tantos elogios para quienes se acercan a él... ¡y se alejan salvos! ¡Día dichoso aquél en el que, gracias a la mujer del amigo del primo de un vocal tercero de la asociación del barrio, pudo el humilde votante anónimo tener la fortuna de estrechar la mano teresiana, a fuer de santa, del líder, por la suerte de estar sentado al lado del pasillo por donde hizo su entrada triunfal en el coso!
Las campañas electorales van prescindiendo poco a poco de esos grandes mítines por la imposibilidad de movilizar a un electorado que, a medida que pasan los años, es más difícil de engatusar, aunque más fácil de convencer. La división enconada del espectro falaciológico favorece la política de reducción del gasto y la invención de nuevas vías de propaganda: desde las mortecinas páginas web de los candidatos, donde está celosamente reservado el derecho de admisión, razón por la que se censura cualquier mensaje que no sirva de claca al sermón de cada día, hasta los SMS, pasando por los vídeos colgados en la red para solaz y estrechamiento de lazos entre los conmilitones, y para espanto y sonrojo de quienes se niegan a creer que la abyección alcance cotas, ¡y costas!, semejantes.
Aun así, en la quincena infinita de su existencia, ¿quién puede quedarse a salvo de ella?, ¿dónde hay un sagrado al que acogerse, sin riesgo de que la vulgaridad exacerbada se te lleve por delante, como una turbia riada que todo lo anega, dejando un estéril barrizal a su paso? Ni aunque por ley fueran las campañas electorales en el mes de agosto, lograría el sufrido y castigado abstencionista hallar rincón patrio donde refugiarse frente al turbión –3ª acepción– devastador.
El allanamiento de morada electoral es de tal naturaleza que el único remedio radical sería decretar su prohibición, cortar por lo podrido, por la sangría de dineros y de bajezas pseudointelectuales con que se maltrata a la ciudadanía con amparo legal, de tal manera que los ciudadanos hubieran de escoger a sus representantes tras cuatro años de evaluación constante de su acción de gobierno o de oposición. La objeción evidente, se convertirían las legislaturas en cuatro años de campaña electoral constante, queda anulada por la constatación de que eso es lo que ya sucede de hecho. El derecho siempre llega tarde. La realidad siempre va muy por delante de la legislación. Del mismo modo que la acción política siempre camina siguiendo el husmo de las estadísticas cocinadas...


miércoles, 30 de enero de 2019

«Izquierda y derecha», de Joseph Roth: ¿una obra menor?














Joseph Roth: Una cala en ciertos recursos técnicos de Izquierda y derecha que nos permiten identificar el talento de los autores nacidos con el don de la narración.

Hay autores que distinguen bien entre narraciones de largo aliento, como La marcha Radetzky, por ejemplo, y otras obras que a veces son consideradas “menores”, pero que en modo alguno lo son para sus autores, es el caso de Job o de la presente, Izquierda y derecha, que mejor debería de haberse traducido por A diestro y siniestro, lo cual despoja al título actual en castellano de una connotación política que en modo alguno domina la obra con la trascendencia que el título sugiere. Job fue el primer éxito literario del autor, y La leyenda del santo bebedor, llevada algo mortecinamente al cine por Ermanno Olmi, su última novela. Izquierda y derecha es anterior a Job y a ambas es posterior el volumen de ensayos El Anticristo, ya criticado en estas páginas. La presente novela nos ofrece una panorámica moral de la Alemania del periodo de entreguerras, la época de la inflación y el deterioro social y moral que preludia el ascenso del partido nazi al poder, inaugurando un periodo histórico que el propio autor sufrió en su exilio parisino, donde escribió sus últimas obras. El autor escoge la vida de varios personajes representativos de la época que describe y a través de ellos nos muestra esa suerte de banalidad absurda que se extendió por Alemania tras la pérdida de la Primera Guerra Mundial, en una época que conoció un gran despliegue económico y, al tiempo, la dureza extrema de una depresión económica que los llevó a la megainflación del 23 de la que salieron  escarmentados, pero no enseñados. La decadencia de una familia, vista a través de la indolencia de los hijos, que acaba con el patrimonio familiar, o la vida de éxito de un “aventurero” económico inmigrante que construye un imperio de la noche a la mañana con una mentalidad entre nihilista y mafiosa, son los hilos conductores de esta novela de la que voy a ofrecer unos cuantos fragmentos que muestran, a mi leal saber y entender, la destreza narrativa del autor, Joseph Roth, uno de los grandes escritores en alemán del siglo XX. Se trata de breves secuencias  de carácter descriptivo o reflexivo que fortalecen nuestra fe en la intelectura y avalan el crédito del autor, por más que la novela que estemos leyendo, como es el caso, no tenga la enjundia o la ambición de otras. La suprema ironía de quien también fue un maestro del periodismo, su auténtico modus vivendi hasta la llegada del éxito literario, se esparce a lo largo de la novel en multitud de ocasiones como, empecemos por él, el retrato de la madre del que podríamos considerar principal protagonista: Paul Bernheim: No era muy despierta, aunque su capacidad de juicio, teniendo en cuenta sus limitaciones, funcionaba a la perfección. Por desgracia, tendía a valorarse en exceso. A veces opinaba sobre un ministro, un poeta, el Renacimiento o la religión, y siempre con el mismo desprecio con el que solía hablar del servicio. Otras, decía bobadas con una voz de niña mimada que hubiera podido calificarse de simpática, incluso de encantadora, si hubiera tenido treinta años menos. Era como si, porque alguna ve hubiera encandilado a la gente con las tonterías que salían de sus labios carnosos y bellos, se hubiera acabado convenciendo de que era de buen tono opinar de todo lo que no conocía. Olvidaba que ya era una mujer mayor. Lo olvidaba hasta el extremo de que, a pesar del cabello gris que empezaba a teñir cuidadosamente, cuando decía una de sus memeces, un resplandor juvenil iluminaba sus rasgos fláccidos y, por un instante, la sombra de una adorable juventud acariciaba su rostro. Pero la sobra se desvanecía rápidamente y el eco de la idiotez flotaba durante mucho tiempo en el ambiente. El narrador omnisciente de Roth despliega su fundada capacidad de observación para «desnudar» a ciertos personajes cuya inconsistencia acaba convirtiéndose en motivo narrativo satírico que dibuja de una pieza, y para el resto de la obra, al personaje en cuestión. En otra ocasiones, sin embargo, la reflexión del narrador se ciñe a descubrimientos de naturaleza poética que iluminan perspectivas individuales que, bien percibidas, tienen mucho de común:  Cuando el tren se detenía, le tranquilizaba el ruido persistente y monótono de la lluvia que se extendía a lo largo de cientos de illas con la misma tenacidad y con la misma insistencia, borrando las diferencias entre regiones y paisajes. El mundo ya no se componía de montañas, valles y ciudades, sino exclusivamente de noviembre. ¿Es o no es una joya lírica ese quiebro final, reduciendo el clima al tiempo y este al calendario! En esos detalles es en los que los autores demuestran que sobrevuelan, majestuosos, las pequeñeces de la mayoría de narradores que andan atentos a la peripecia y al lugar común. Retrato de época, de la época turbulenta que precede socialmente al conflictivo periodo final de la Republica de Weimar (entre todos la mataron y ella sola se murió) es este «apunte» sobre el vacuo y anglófilo protagonista Paul Bernheim: Y así fue como un día unos soldados le pegaron una paliza y apareció en ciertos periódicos de derechas como un modelo de heroísmo y lealtad a la patria. Era la primera vez que veía su nombre en letra impresa y decidió hacerse conservador y patriota, como si nunca hubiera sido antibelicista ni en el campo de batalla tampoco hubiera antepuesto la vida a la muerte, ni Inglaterra a su patria. Ya se veía de diputado e incluso de ministro Preferiblemente, de ministro. Al otro lado de la novela, el de los refugiados que escapaban de la revolución soviética -Roth iría como enviado especial del Frankfurter Zeitung a conocer de primera mano, en 1926 dicha Revolución, visita de la que volvió con los entusiasmos socialistas pasadísimos por agua-, emerge el retrato del aventurero económico Nikolai Brandeis:  Él también era un desertor, pero no llegaba a entender ese tipo de patriotismo que consistía en llorar a una patria, que aún existía, como si se la hubiera tragado el océano. En realidad, la gente lloraba por su samovar de plata. Con esa habilidad sociológica de Roth, no es de extrañar que sepa caracterizar con tanta ironía a un par de personajes secundarios a uno de los cuales incluso acabará comprándole la mujer, una actriz con quien une Brandeis su destino:  Los encontró simpáticos y los saludó. Ambos eran calvos y sus cráneos brillaban con el reflejo de las luces. Pero eran tan distintos el uno del otro como solo pueden serlo dos rusos: pertenecían a una gran nación compuesta de muchas pequeñas naciones. (…) El moreno pequeño, de tez amarillenta y bigote negro, era del sur de Ucrania. El rubio alto, sin cejas, de cráneo alargado y piel tan sonrosada que parecía que estaba siempre ruborizado, procedía de Polonia o del Báltico. Pero ambos eran dos magníficos rusos. Tenían los mismos gustos, hacían la  digestión de forma parecida, sus cuerpos reaccionaban de la misma forma ante el alcohol. «Y el mío también, y el de los alemanes y el de los judíos. Todos tenemos las mismas necesidades físicas», pensó Nkolai Brandeis, mientras se tomaba otro aguardiente a la salud de sus vecinos de mesa.  La capacidad de Roth para moverse en registros que aparentemente son «poco literarios», como el discurso económico, no deja de sorprender al lector, máxime cuando, en nuestros días, nos hartamos de manejar esos conceptos en el debate político, algo que ignoro si era tan familiar para los alemanes de aquella época:  Los franceses creen en la fortaleza del franco, una característica psicológica que resulta de la mayor importancia para garantizar su estabilidad. O consolidan la deuda o aumentan los impuestos sobe el capital o, lo que es más probable, incrementan si deuda externa con el aval del oro del Banco de Francia. Pero su genialidad se pone de manifiesto cuando hinca la metáfora en algo tan común y corriente como una sala de espera:  Hacía unos años él también había hecho esperar a la gente. Ahora comprendía que la institución de las salas de espera era el purgatorio del cielo capitalista. No hay nada peor que verse obligado a tener paciencia mientras suenan sin cesar los timbres que avisan a los ordenanzas de la llegada de  nuevas visitas y se hojean con desgana unas revistas que se ofrecen para aliviar la espera y solo provocan un desaliento mayor. He ahí, en resumen, un autor de fuste, el que sabe acercarse a lo común desde una visión metafórica o simbólica que lo trasciende: la visión de las usualmente inhóspitas salas de espera, sobre todo las de los bancos, como purgatorio del cielo capitalista es un acierto narrativo de primer orden. En ellos es en lo que es Roth un especialista, y de ahí la afición a frecuentarlo, poco a poco, eso sí…El desmoronamiento del protagonista alemán, de Paul, se advierte cuando observamos cómo va descapitalizándose y se empecina en seguir viviendo sin adquirir una formación que le permita no caer en la miseria: lo fía todo a un golpe de suerte que lo libre de esa caída: En seguida descubrió que una de las características más curiosas de la soledad es que pesa más cuando se vive en una única habitación. No deja de darle vueltas a la constatación de su fracaso vital:  La mención de sus treinta años le resultó especialmente dolorosa, le produjo una angustia casi física. Ya habían llegado los treinta y él no había hecho nada en la vida. Era como si las décadas se amontonaran junto a él, año tras año, día tras día, formando una montaña de tiempo, mientras él permanecía a su lado pasivo, pequeño, sin edad. Por eso, cuando se presenta, a través de la relación con una rica heredera indómita en un baile de disfraces de agarrarse a tan dorada oportunidad, el narrador se lanza de lleno a la creación satírica y consigue una de los mejores hallazgos descriptivos que había leído desde hace mucho: El brillo azul de sus ojos, algo desvaído a consecuencia de la inflación, era tan intenso que la señorita Enders no pudo dejar de admirarlo a pesar de la oscuridad… ¡El azul desvaído por la inflación…! Supongo que en todas las escuelas de escritores deberían de seleccionar ese sujeto gramatical como un acierto/faro que debería de iluminar a cualquier aprendiz para no caer en las rocas del adocenamiento y del juntapalabrismo. Si seguimos un poco más la lectura, entonces la magnificencia del estilo de Roth, en una secuencia de penetración psicológica sin par, nos revela las alturas artísticas por las que no todos están llamados a volar con tan majestuoso vuelo como el suyo. Léase, léase, si no…:   Era presa de una felicidad sosegada y nunca podría escapar de ese limbo en el que uno se dedica a los placeres en vez de disfrutarlos, tiene alegrías en vez de alegrarse y culpa a la mala suerte en vez de ser desgraciado. Es una vida fácil, pero hay que estar completamente vacío para soportarla. Contrasta con esa altura, una tirada narrativa en la que, como en el caso de las salas de espera, el narrador centra su mirada en algo cuyo carácter trivial, el vestíbulo de un hotel, acoge, sin embargo, una reflexión sobre el carácter de un personaje mucho más profunda que el marco descrito, o dicho de otro modo, la singularidad casi extravagante del personaje se define mejor en el contraste con lo común:  Se permitió uno de los placeres con el que más disfrutaba: entrar en el vestíbulo de un gran hotel. En su opinión era el único ligar en el que uno podía ser desdichado sin perder la dignidad (…). Paul se reencontró con su auténtica patria en ese vestíbulo en el que iban y venían los viajeros, ricos, ocupados, con las carteras repletas de billetes de banco que parecían no agotarse nunca. Recordemos que estamos en una época, el primer tercio del siglo XX lleno de inventos que definen la vida moderna tal y como la conocemos, de ahí que la reflexión del narrador sobre el automóvil nos choque no poco a los intelectores actuales de la obra de Roth: Conducía [Paul] a setenta kilómetros por hora, la velocidad que recomiendan todos los novelistas que han analizado las relaciones existentes entre el corazón humano y los motores. La índole viciada de la época la cifra Roth en la preeminencia del rumor frente a la verdad, lo que acerca mucho los años 30 del pasado siglo a los 20 por venir del actual, ¡y esperemos que no a los 30. En fatal círculo histórico!, a tenor de la presencia cada vez más inquietante del fenómeno del populismo:  En una época en que las verdades son cada vez más raras, no hay nada tan creíble como un rumor, Cuanto más absurdo y extravagante sea, mas dispuestas estarán las personas fantasiosas y románticas a creerlo. En cualquier caso, y al margen de esa pincelada feminista tan de agradecer -Las mujeres necesitan creer cualquier cosa que les dé seguridad. Hace siglos que se las seduce con mentiras y no con verdades-, quiero concluir con una reflexión que mezcla a partes iguales la desesperanza y la esperanza ante lo real: Todas las carreteras del mundo se parecen. Los burgueses del mundo entero se parecen. Los hijos se parecen a sus padres. Puede que, quien llegue a esta conclusión, desespere pensando que nunca asistirá a transformación alguna. Por mucho que cambien las modas, las formas de gobierno, el estilo y el gusto, nunca lograrán eclipsar esas leyes eternas que hacen que los ricos construyan casas y los pobres chozas, que los ricos lleven ropa y los pobres harapos. Pero esas mismas leyes son las que hacen también que tanto los ricos como los pobres amen, nazcan, enfermen y mueran, recen y mantengan la esperanza, desesperen y se marchiten.
Pues bien, de ese orden estilístico es todo  lo que los intelectores van a encontrar en esta aparente obra menor que denuncia el poderoso empobrecimiento moral de la sociedad antes de la llegada del Mal nacionalsocialista.

viernes, 18 de enero de 2019

«Robinson Crusoe», de Daniel Defoe: el *longario piadoso de un converso solitario.





Robinson Crusoe o la imposible novela juvenil de la aventura espiritual de un náufrago que se convierte al cristianismo, coloniza una isla y se proclama rey del lugar.

Haberme iniciado en la lectura tan tarde como a los quince años significa que me he perdido una buena parte de las lecturas que, supuestamente, son prescriptivas a ciertas edades. No tengo, por lo tanto, un cielo protector de lecturas que me hayan “marcado” o que hayan contribuido a cimentar ya mi actual pasión intelectora, ya el mundo mítico de los héroes que acompaña el desarrollo de la personalidad en los primeros años de la pubertad y la adolescencia posterior. De igual modo que leí Platero y yo a los 50 años, y concluí que esa era la edad adecuada para acercarse a él, sin poder entender, desde ningún punto de vista razonable que tal obra de JRJ esté catalogada como “lectura infantil”, me he acercado, a mis 65, a Robinson Crusoe, y ello a pesar de haber sido convocado a leerlo mucho antes, cuando, en las páginas inmortales de La piedra lunar, de Wilkie Collins, me tropecé, ¡bendito encuentro!, con uno de los personajes, narrador y protagonista,  más sólidos y entrañables, a pesar de todos los pesares, que me ha sido dado conocer: Gabriel Betteredge. A su juicio, como lo recoge Emilio Pascual en el fundado epílogo que sigue a la obra, No ha sido ni podrá ser escrito jamás otro libro como este. A tal punto lleva Betteredge su admiración por la obra de Defoe que incurre en la extravagancia de la bibliomancia, esto es, abrir al azar el libro de Defoe para leer en la página así escogida la solución al problema que se le ha presentado. Robinson Crusoe, teniendo en cuenta que Betteredge encarna una de las grandes instituciones de los británicos: el mayordomo-jefe, cuyos descendientes, tanto en la literatura como en el cine forman un género propio dentro de las letras y el cine británicos, y ahí está Lo que queda del día, de Ishiguro, por ejemplo, o la gran creación televisiva de la serie Downton Abbey, el mayordomo Carson, interpretado por Jim Carter, entre muchos otros, por supuesto. Lo he leído con la atención con que siempre suelo hacerlo, y más si se trata de obras consagradas que diríase que no admiten refutación posible, y sigo sin entender, como en el caso de Platero y yo, la adscripción a la literatura juvenil de esta obra tan poco atractiva, en principio para un lector de esas edades comprendidas entre los 12 y los 16. De hecho, y salvo la aventura contra los marineros que han llevado a cabo el motín en el buque que ancla en la bahía donde él ha estado viviendo solo casi 30 años, una victoria que le permitirá, ¡por fin!, huir de sus “dominios”, quizás las páginas de acción más interesantes de la novela sean las que transcurren en las montañas nevadas entre Navarra y España, cuando la expedición que se dirige a Calais -para sortear una travesía que pudiera depararles, a Robinson y Viernes, un naufragio no deseado- es atacada primero por un oso, del que se libran con una treta insólita de Viernes, y luego por una numerosa manada de lobos hambrientos que ven en los caballos de los expedicionarios una apetitosa fuente de calorías. Y tras eso, la placidez de las explicaciones finales, que incluyen un viaje a su isla, donde dejó a marineros ingleses delincuentes y españoles que convivían con una tribu aborigen a la que pertenecía Viernes. Robinson Crusoe pasa por ser la creación de las virtudes emblemáticas del pragmatismo británico, forjador de su imperio y virtud máxima que les ha permitido ser considerados, desde siempre, una de las grandes potencias del mundo. Al decir de Betteredge y de no pocos estudiosos, Crusoe es el legítimo representante de la iniciativa británica, siempre activa y dispuesta para “emprender”, sean cuales sean las circunstancias. A ese respecto, son ejemplares, sin duda, tantas y tantas páginas en que Crusoe se organiza en “su” reino para ordenarse la vida de tal manera que se la haga lo más llevadera posible, dado que ignora cuánto tiempo habrá de permanecer en ese islote perdido no sabe dónde. Lo primero a lo que atiende es al modo de garantizar el cómputo de los días. Y poco después inicia la redacción de un diario -recordemos que ha rescatado muchos bienes del barco en que naufraga- en el que nos irá relatando los pormenores de su vida cotidiana, sus progresos y sus fracasos. Desde la construcción de bienes muebles, hasta el cultivo de la tierra, pasando por la cerámica, la sastrería, la cestería - en aquella ocasión fue de gran utilidad para mí el hecho de que, cuando niño, solía experimentar gran placer observando cómo trabajaba el cestero del pueblo donde vivía mi padre, ¡como en el Eusebio, de Pedro Montengón, en el que se exige al infante que aprenda un oficio manual antes de ejercitarse en el adiestramiento cultural! y el que sale elegido es el de cestero-, la cría de ganado -las cabras autóctonas de la isla-, la forja, la pastelería y la construcción naval, no hay capítulo en el que el genio riguroso del orden metódico no nos sorprenda con alguna conquista que le pueden llevar meses o años de aprendizaje, eso sí, pero el protagonista está convencido de que a pesar de que nunca en mi vida había manejado una herramienta (…), al cabo de un tiempo, con trabajo, aplicación e ingenio, llegué a la conclusión de que no había cosa que necesitara que no me fuera posible hacer, si contaba con unas herramientas. Hasta aquí, todo transcurre como es de esperar en un caso de naufrago como el suyo. Pero no tarda en aparecer lo que podríamos llamar la cuestión religiosa, esto es, el proceso de conversión de un agnóstico radical, como lo era Crusoe, en un ferviente cristiano a través de una suerte de “caída del caballo” paulina que ocupará buena parte del libro en adelante. Hasta el momento del naufragio, la vida de Robinson Crusoe tiene algunos aspectos muy llamativos. El primero, que el gran héroe británico, quien encarna las virtudes de un pueblo, resulta ser hijo nada menos que de un alemán, de nombre Kreutznaer (literalmente, “el que está cerca de la cruz”), cuyo apellido adapta al inglés por la facilidad de pronunciación, básicamente, lo cual, hasta el presente, jamás lo había visto destacado; el segundo, que nada más huir de casa para seguir una vida aventurera, naufraga en el puerto, antes de ponerse en camino; y el tercero, que en una de las aventuras marítimas es apresado y convertido en criado de un árabe en la costa atlántica, un cautiverio que dura un par de años y del que escapa con una pequeña barca y otro criado con el que se compincha, un episodio de raigambre cervantina muy marcada. La aventura vital de Crusoe, la que lo llevará al naufragio y a la “colonización” de “su” isla, se inicia, tras haberse establecido en Brasil y alcanzar un cierto estatus social mediante la compra de unas plantaciones, con la idea de embarcarse en un buque para pasar a África y traficar con esclavos. Teniendo en cuenta su deficiente formación, sobre todo entre marineros y gente de semejante ralea, Crusoe  carecía de todo conocimiento religioso; las lecciones que había recibido de la buena instrucción de mi padre se habían agotado en ocho años consecutivos de ininterrumpidos desarreglos, propios de la gente de mar, y la sola frecuentación de incrédulos y profanos en sumo grado, como yo mismo. (…) Era la criatura más empedernida, caprichosa y perversa entre todos los marinos, sin el menor sentimiento ni temor de Dios en el peligro ni la gratitud en la salvación. Poco a poco, no obstante, a medida que se agudiza su capacidad reflexiva, comienza a plantearse las típicas preguntas sobre el ser, la procedencia y el destino, una ontología y una escatología que le hacen desembocar en la, para su formación y en aquella época, única respuesta: Dios. Se inicia, entonces, la historia de una conversión en toda regla. Se autoimpone la lectura de la Biblia, comenzando por el Nuevo Testamento. Poco a poco, a partir de ese movimiento piadoso, va adentrándose en las respuestas, más que en los misterios, de la fe, como consigna el 4 de julio: Dejé el libro y elevé mi corazón y mis manos al cielo en una especie de éxtasis, exclamando en voz alta: -¡Jesús, Tú, hijo de David, Jesús, Tú que eres glorificado como Príncipe y Salvador, concédeme el arrepentimiento y el perdón! Es de tal magnitud su inmersión religiosa, tan acendrado su nuevo sentimiento espiritual que, en un momento dado de su cautiverio forzado, este deja de parecerle tal:  En cuanto a mi vida  solitaria, ya no era nada: ya no rogaba a Dios que me salvara de ella ni lo pensaba, puesto que no significaba nada en comparación con aquello. Y agrego esto aquí para sugerir a quien lo lea que, cuando se llega a aceptar el verdadero sentido de las cosas, el perdón por el pecado es una bendición más grande que la liberación del dolor. Desde esta nueva perspectiva, está claro que la visión de su situación cambia radicalmente, cuando entra en posesión de ese bálsamo precioso para todas las adversidades que es la confianza en Cristo y la esperanza en su promesa redentora. De hecho, incluso se atreve a agradecer lo que le ha ocurrido, si tenemos en cuenta la vida pecaminosa que llevaba antes de naufragar. La cita es larga, pero nos habla claramente de esta perspectiva piadosa que asume la narración y que tan lejos está de o que solemos entender por “literatura juvenil”:  Di humildes y fervientes gracias a Dios por haberme concedido la capacidad de descubrir que acaso podía sentirme más feliz en esta situación solitaria que gozando de libertad en la vida social, rodeado por todos los placeres del mundo. (…) Fue entonces cuando comencé a darme cuenta de cuánto más feliz era mi vida, pese a todas las lamentables circunstancias, que la existencia sórdida, perversa y abominable que había llevado en el pasado. (…) Ahora comenzaba a ejercitarme con nuevos pensamientos Todos los días leía la palabra de Dios y aplicaba si consuelo a mi situación. Una mañana, sintiéndome muy triste, abrí la Biblia y mis ojos recayeron sobre estas palabras: Nunca jamás te dejaré, ni te abandonaré. Inmediatamente pensé que ella se dirigían a mí, ¿a quién si no podían referirse en forma tan pertinente , en el preciso instante en que me sentía tan triste y abandonado por Dios y por los hombres? (…)  Si no puedo decir que me sentía agradecido a Dios por estar allí, sinceramente le daba las gracias por haberme abierto los ojos -aunque las providencias de las cuales se había servido eran muy dolorosas- induciéndome a considerar mi vida anterior bajo otra luz, y a purgar su vileza con mi arrepentimiento. No abrí ni cerré nunca la Biblia sin bendecir a Dios desde lo más profundo de mi alma, por haber inspirado a mi amigo de Inglaterra a incluirla entre mis cosas, sin que yo se lo hubiese pedido, y por haberme ayudado luego a rescatarla del naufragio del barco. Su pasado, así pues, lo contempla, antes bien, como una fuente de pecado del que el naufragio le ha liberado. La nueva vida que lleva, revelada a partir del conocimiento de la religión, acaba dándole auténtico sentido a su existencia: Ahora contemplaba el mundo como algo remoto, con lo que no tenía nada en común, en lo que no depositaba esperanza alguna y, ciertamente, de lo cual no tenía deseos; en una palabra, algo con lo que no tenía nada que ver, ni tendría nunca, de modo que se me aparecía como algo que acaso se podía considerar desde el más allá, es decir, como un lugar donde había vivido, pero al que había abandonado. (…) Me encontraba lejos de la perversidad del mundo. (…) En una palabra, al cabo de una justa reflexión, comprendí que la naturaleza y la experiencia me habían enseñado que todas las cosas buenas de este mundo no son buenas más que por el uso que hacemos de ellas; y que las disfrutamos tanto cuando nos sirven como cuando las juntamos para dárselas a otros, pero no más.
         La esperada aparición de Viernes, por la que cualquier lector que ya conoce el argumento  suspira, se produce hacia el final de la novela, cuando Robinson incluso tiene casa de campo y un sistema de escapatoria, en caso de ser asediado, que incluye la posibilidad de disponer de un segundo aprisco con cabras que le puedan servir de alimento. El encuentro gira en torno al agradecimiento que siente quien devendrá Viernes un poco más adelante respecto de quien se presenta, sin más, como su “amo”, tras matar este a sus perseguidores. La adopción del caníbal, porque Viernes también lo es, es progresiva, pero, en términos narrativos, muy rápida. Tanto que en muy pocas páginas consumimos los dos años a través de los cuales Robinson le ha enseñado el idioma y ha progresado en la evangelización del agradecido salvaje, lo que da pie, sin duda, a uno de los momentos más “comprometidos” y, al tiempo, graciosos del libro: los intentos de Viernes de racionalizar los absurdos religiosos de la doctrina cristiana, como cuando Robinson trata de explicarle la existencia de Satanás y la tensa relación casi de tú a tú entre quienes, sin embargo, son totalmente desiguales, pues Dios está muy por encima del poder de Satán: -Pero si Dios es mucho más fuerte -añadió Viernes-, mucho más poderoso que el diablo, ¿por qué no mata al diablo para que no haga más el mal? -Al final Dios lo va a castigar severamente. Él lo tiene reservado para el día del juicio, en que será arrojado a un abismo sin fondo, donde permanecerá en el fuego eterno. -Al final lo tiene reservado, mí no entender. Razonamientos impecables que llevan a Crusoe a la única conclusión posible: Había, Dios lo sabe, más sinceridad que sabiduría en todos los métodos que adopte para la instrucción de esta pobre criatura.
         El libro, desde el punto de vista del lector español, sin estar tocado por ninguna devoción patriótica ni nada por el estilo, por fuerza ha de chocarle, porque Defoe consigna en él una réplica exacta y contundente del descrédito español por la leyenda negra iniciada, como a nadie se le oculta, por la encendida defensa de los indios hecha por Fray Bartolomé de las Casas. Defoe repite punto por punto ese planteamiento y  arremete contra la obra colonizadora en América que, ciertamente, no estuvo exenta de abusos en todo punto comparables a los e cualquier otra potencia europea que se moviera por aquellos ámbitos y más al norte: Esto justificaría la conducta de los españoles y todas las atrocidades que practicaban en América, donde exterminaron millones de estos seres, pese a ser bárbaros e idólatras y observar varios ritos sangrientos en sus costumbres, como el sacrificio de seres humanos a sus ídolos, con relación a los españoles eran inocentes. Así es que hoy los mismos españoles y todas las otras naciones cristianas de Europa hablan de este exterminio como de una verdadera masacre, de una sangrienta y monstruosa muestra de crueldad, injustificable ante los ojos de Dios y de los hombres. Por ello, el nombre de español se ha vuelto odioso y terrible, para todas las almas plenas de humanidad o compasión cristiana; como si España se hubiese destacado por haber producido un raza de hombres sin principios de piedad y sin entrañas para con los infelices; sentimiento que con razón es considerado como el signo esencial de la generosidad humana. Con todo, cuando aparece un español en la trama, Crusoe habla de él llenándolo de elogios y apreciando su valor y su capacidad de lucha contra los caníbales. Luego, además, los deja en posesión de su isla para que disfruten de ella y, junto con los delincuentes ingleses, se la cuiden y acrecienten, porque Crusoe sigue considerándose el rey y dueño de la misma. 35 años dan para mucho, desde luego, y desde esa perspectiva ha de agradecerse a Defoe que haya tenido tan buena mano para la síntesis y que la novela se lea en un suspiro, aunque sea conventual, por supuesto. Buena parte del libro está dedicada a la conversión religiosa, como ya vengo repitiendo, sin duda porque me parece lo más llamativo de esta extraña aventura espiritual sobre la que tenía formada una vaga idea que, en el recuerdo de lo leído al respecto, no como ahora el original, destacaba otros aspectos más propios del espíritu del capitalismo. En realidad, de lo que ahora me doy cuenta es de que  este libro es algo así como el perfecto ejemplo del libro de Weber: La ética protestante y el espíritu del capitalismo, cuya recensión puede consultarse también en ese Diario de un Artista desencajado. Parte no poco importante de ese proceso religioso y capitalista de Robinson Crusoe son las continuas llamadas de atención a los lectores para que saquen provecho, espiritual y material, de la experiencia individual suya que nos relata en el libro, el cual se nos presenta, en consecuencia, como un prontuario de consejos, avisos y normas para bien vivir, con un criterio utilitario perfectamente adecuado al espíritu emprendedor de quien la redacta. Tomemos nota, pues:
Desde entonces [Decidirse a volver a casa tras el “fiasco” de su huida…], he podido observar a menudo cuán incongruente e irracional es la índole humana, especialmente la juventud, cuando se enfrenta a la razón que debería guiarla en circunstancias de este tipo. A saber, que el hombre no se avergüenza del pecado, sino de su arrepentimiento; que no se avergüenza de los actos por los cuales, con justicia, será considerado como un necio, sino de volver atrás, lo cual les valdría en cambio la reputación de hombres prudentes.
O los consabidos tópicos:
Aprendí a considerar más el aspecto brillante de mi situación que su lado sombrío, y a valorar más lo que disfrutaba que lo que me faltaba, y este recurso, a veces, me proporciono tan inefable consuelo, que apenas puedo expresarlo. (…) Me parecía que todo nuestro descontento por aquello de lo que carecemos procede de nuestra falta de gratitud por lo que tenemos.
La gratitud no suele ser una virtud inherente a la naturaleza del hombre: los hombres suelen evaluar menos su conducta por los favores recibidos que por las ventajas que puedan esperar de ellos.
Además de lo extraído directamente de la experiencia propia:
¡Qué extraña y variada obra de la providencia es la vida de un hombre! ¡Y qué secretos y contradictorios impulsos mueven nuestros afectos, según las diferentes circunstancias! Hoy amamos lo que mañana odiamos. Hoy buscamos lo que mañana evitamos; hoy deseamos lo que mañana nos dará miedo; más aún, lo que mañana nos hará temblar de horror.
¡Oh, qué absurdas resoluciones adopta un hombre poseído por el miedo! Este le priva del uso de los medios que la razón le proporciona para su alivio.
El miedo al peligro es diez mil veces más terrible que el peligro mismo, y el peso de la ansiedad es mayor que el mal que la provoca. Pero aún peor que todo aquello era que en mi inquietud no podía encontrar alivio en la resignación, cosa que antes solía practicar, y de la cual me creía capaz.
         En fin, a día de hoy, una provechosa lectura que desvela la naturaleza religiosa de un texto que imaginé exclusivamente de “aventuras”, aunque no cabe duda de que en la civilización europea la aventura espiritual es de tal naturaleza que nada tiene que envidiar a las de otra naturaleza, como la mística o la ascética se encargas perfectamente de demostrar. Vale.

jueves, 13 de diciembre de 2018

118 Pozaforismos políticos, una reflexión en curso...





Vienen como etimológicos abracadabras y se quedan como recordatorios del deslumbramiento de la epifanía de lo obvio. Helos:

1.La intolerancia no tiene patria; pero todas nacen de ella.
2. Si la política es cosa de ideas y no de personas, estamos perdidos; y si fuera al revés, aún más.
3. La política es el único sainete que no es «de reír».
4. Totalitarios son aquellos a los que les gusta más el palo de la bandera que la propia bandera.
5. ¿No es candoroso que el sujeto se identifique con la libertad?
6. La democracia es una cura de humildad para los inteligentes.
7. La ley es el fracaso de la especie
8. Cuesta admitirlo, pero los perros de dos países limítrofes se entienden mejor que sus dueños.
9. Often the course of History means the curse of History, as everybody knows.
10. La mayoría absoluta, en democracia, no le da la razón a todo el mundo, sino el poder a uno solo.
11. Los tiempos cambian, y los políticos mojoneros acaban viéndolos pasar desde la cuneta de la Historia.
12.¡El humo de las hurnas!
13. No hay fechas electorales, sino fechorías electorales.
14. La duda nos hace libres; la deuda, esclavos.
15. No siempre la libertad de expresión implica la expresión de la libertad.
16. El sueño de la razón: madre patria.
17. En modo alguno el fanático es ferviente devoto del aticismo.
18. El buen español en el arcón descansa.
19. Es bueno crear tradiciones; y óptimo romperlas.
20. No todos los políticos son iguales, pero se parecen demasiado.
21. Hablar en nombre del pueblo es hacerlo en primera y única persona.
22. El discurso político puede ser político, pero en modo alguno discurre…
23. Quienes huyen de la rigidez jerárquica se pierden en la maleada molicie del desorden.
24. Desorientación: la utopía es un tópico.
25. . ¡Que árbitro y arbitrariedad se alimenten de la misma raíz…!
26. . Las enumeraciones las carga el diablo economicopoliticoysocial
27. Las utopías son el catecismo de los desnortados.
28. Las enseñas nacionales, a menudo,son los sudarios de la razón y los pañales de la senectud.
29. Demos gracias por la democracia.
30. En la democracia de hecho, los votos nunca son iguales para el Derecho.
31. Manifestación nazi: perfecta alineación de alienados.
32. No prevalecen contra el sol nuestro de cada día los colores de ninguna bandera.
33. No hay odio sin un embotado oído.
34. Mass is always a mess.
35. Hay que tener aptitudes para mantener ciertas actitudes.
36. La política es la música laica de la religión
37. Las banderas son las cometas de la ignorancia.
38. Si para los políticos las personas tienen género, para los escritores las palabras tienen sexo.
39. Toda generalización es castrense; y castradora.
40.  La Historia: abrevadero de odios y pesebre de iniquidades.
41.  Usísono: el sí al unísono de las masas.
42. España es la prueba irrefutable de que el todo es diferente de la suma de las partes.
43. Algunos tienen la verdad absoluta; otros, la patria absoluta: cuando ambos son uno se da a tinieblas el totalitarismo.
44. El lugar que desea ser: eso es la patria.
45. Al estado propio solo se llega por el reconocimiento del estado ajeno.
46. Cabdillficar: entronitzar un antimonàrquic.
47. La utopía es hija de la desesperación, que es la hermana mayor del pesimismo.
48. ¡Con qué fortaleza sostenemos nuestras debilidades!
49. Una cosa son las decisiones políticas y otras, quién sabe si más puestas en razón, las decisiones polietílicas.
50. Los políticos son taxidermistas de conceptos.
51. Un antisistema no es siempre antisemita, pero un antisemita siempre es antisistema.
52. El listón ético de los políticos no está bajo, porque ellos lo ven desde las alcantarillas.
53. La política del ruido no es lo mismo que el ruido de la política. El último mece; la primera estremece.
54. Político es aquel ciudadano que revienta de palabras las costuras de la realidad hasta que la realidad de los hechos lo enmudece.
55. Si será antiguo el procomún que en España no ha existido nunca.
56. Más parece que tengamos suciedad que sociedad.
57. Responsabulidad; defenderse con bulos de los ataques políticos.
58. El que está en todo es, para la urbanidad, un detallista; para la política, un totalitario.
59. La apariencia de solvencia política se confunde con la falsa solemnidad.
60. El crepúsculo de las ideologías siempre coincide con el orto del poder. 
61. La sociabilidad española no es la construcción de un “nosotros”, sino la huida de un yo en ruinas.
62. El populismo convierte a la masa en tumba de la persona.
63. Verberrea es el nombre de la diarrea política.
64. Los políticos españoles son adictos a la retrórica.
65. Los despachos del poder son las cajas fuertes de la opacidad.
66. Si en la política todo es controversia, ¿Cómo no refugiarse, con los versos, en la poética?
67. Don’t hate, hesitate.
68. Una cosa es el gregarismo y otra muy distinta, el greguerrismo, que podría definirse como la lucha entre sí, a muerte, de los arrebañados.
69. Una ideología es un ejército de ideas que me gobierna; el librepensamiento, el campo de batalla donde todas ellas se pelean.
70. El amor al terruño solo lo cura la opilación.
71. Generalizar cubre territorio, pero nunca captura a la verdad.
72. Encadenados a la política espectáculo, siempre esperamos que salgan conejos de la chistera…, pero siempre salen los monstruos del truco de la razón.
73. Si el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, el político es el animal que la pone.
74. La política es el arte de meterse en callejones sin salida de los que solo unos pocos, sin embargo, logran salir por sus propios medios.
75. El exceso de levadura lastra las alas del discurso político.
76. El nacionalismo es una derivada de la megalomanía y el egoísmo en un lugar dado.
77. De las identidades pétreas solo salen esculturas muertas.
78. A veces, una mayoría absoluta en el Parlamento lleva al parlabsolutismo.
79. Cuando se te llena la boca de “el pueblo”, se te despuebla de razones.
80. La política es un juego diavótico.
81. La testuzdurez, ateniéndonos al aforismo machadiano, es rasgo antropológico de lo español.
82. Cada vez que oigo “pedagogía política”, me veo castigado de cara a la pared.
83. ¡Tiene tanto, la política, de hablar al buen tuntún sin ton ni son!
84. La memoria es una patología del olvido.
85. Ya es curioso que la razón de estado solo apele al ser (o al seguir siendo).
86. En el en-ardecimiento mitinero los eslóganes se convierten en cenizas.
87. ¡Nada tan democrático como la mediocridad!
88. A quienes se les resisten los libros se les rinde la política.
89. ¡Cuantísimo llena  la boca de un político la “identidad”! Tanto como vacío ideológico hay en su cerebro: ¡único caldo de cultivo!
90. En política hablamos de lo que puede suceder porque se nos oculta lo que de hecho sucede.
91. La doblez política nos hiere; la endeblez nos mata.
92. Cuando la desorientación choca con lo real, la demagogia se ofrece como la única vía hacia ninguna parte.
93. La política ha de ser toda ella vida; pero la vida no puede ser toda ella política.
94. La política tiene un sí sé qué de barbería: lo primero, paños calientes.
95. La política es el arte de posponer la epifanía de lo obvio.
96. ¿Qué puede esperarse de un país que convierte auténtico en un insulto?
97. Argumentar con estadísticas es prescindir del sentido de estado.
98. La pereza intelectual es el alma del pueblo, de cualquier pueblo.
99. ¿Un dioscurso es un discurso con dobleces?      
100. Solo a la fuerza amasa la masa.
101. Saber salir del poder acaba teniendo más importancia que llegar a él.
102. Generalizar es militarizar el pensamiento.
103. Políticamente, advierto que se piensa más con cepos que con conceptos.
104. Hay muchos ideologizados a los que no les iría nada mal un baño de ideología.
105. Un hombre libre no posee patria alguna. Cuando la patria lo posee, lo reduce a la más oprobiosa esclavitud.
106. Una ideología es un prejuicio ilógico.
107. Los umbrales son las semillas de las fronteras.
108. La narcopolítica trafica con sueños inducidos.
109. ¡Lo que saldríamos ganando si todas las declaraciones políticas fueran, realmente, declaracciones!
110. ¡Hay tantos autoestopistas de las utopías en la izquierda!
111. El sectarismo no es sino un trompicón lingüístico del cesarismo.
112. El mal de la patria era el conformismo en la desidia; ahora lo hemos sustituido por la insatisfacción del delirio.
113. Cualquier discurso puede llevar al Poder; pero el Poder no avala cualquier discurso.
114. es palabra de poco coste y mucho gasto.
115. En política, todas las respuestas simples, esconden demagogias complejas.
116. ¡Cuántos, creyendo ser oportunos, no son sino meros oportunistas!
117. La democracia es ese virtuoso sistema político en que una mayoría de ignorantes ha de elegir cada cuatro años no a quienes saben sino a quienes mejor los embaucan.
118. Los mensajes gruesos del populismo solo convencen a personas muy delgadas de pensamiento.

miércoles, 5 de diciembre de 2018

Jordi Costa, «Cómo acabar con la contracultura. Una historia subterránea de España.»


Aquellos años (in/)felices de las quimeras juveniles en los escorrederos del sistema o de las onerosas gabelas pagadas en aras de la rebeldía arcádica.

Tenía muchas ganas de meterme en este libro, no solo porque el crédito del autor lo avala, sino porque en otra vida y con otro heterónimo tuve el placer de coincidir con él en la redacción de un suplemento literario, antes de que diera “el salto” a “Madrid” y pasara de la excelente compañía profesional de Jaume Figueres en la televisión autonómica catalana al estatus de crítico  oficial de El País, donde aún  sigue “impartiendo doctrina” con esa capacidad crítica suya nutrida por una formación en los más diversos campos de la cultura, con preferencia de todos aquellos relacionados con los fenómenos marginales al sistema y que podríamos resumir en el término friqui, pues “contracultural” supone ya una neocultura que no siempre aparece en todo lo relacionado con lo friqui. Cómo acabar con la contracultura, un título de inequívoca raigambre alleniana, de Woody, lleva un subtítulo, Una historia subterránea de España, que quizás peque de ambicioso, pero no de inexactitud. En efecto,  el libro de Jordi Costa no es un libro “generacional”, porque su ambición diacrónica -Jordi nació en el 66- lo lleva a una indagación historiográfica que a quienes sí  podemos reclamarnos como hijos de la generación de los nacidos en los 50 nos permite leerlo como “nuestro libro”. Por otro lado, el hecho de centrarse en la “contracultura”, un concepto utilizado con no poca laxitud por el autor, porque hasta un programa de televisión como Último grito, dirigido por Iván Zulueta, es susceptible de entrar en la nómina, si bien relacionado con el primer largometraje de Zulueta, claro está, prototipo de  autor contracultural donde los haya, y cuya biografía algo más extensa, acaso no hubiera estado de más; reduce, sin embargo,  la posibilidad de haber compartido dicho fenómeno o de estar cerca, en todo caso, de sus fenómenos o epifenómenos. Lo bueno del siempre cartesiano Jordi, a la hora de expresarse por escrito, es que, desde buen comienzo nos sintetiza lo que vamos a leer: La historia de la Contracultura en España, de hecho, podría sintetizarse en esta frase: es el fracaso de una revolución utópica que acabo siendo absorbida por el mismo enemigo que nació para combatir, sólo que ese enemigo había cambiado de forma y pasó de la sotana y el atavío militar a la pana (social)demócrata. Dicho de otro modo: identificamos con el término importado de “Contracultura” un disperso conjunto de fenómenos hermanadas por un mismo impulso de transformación utópica que se manifestó en los últimos años de dictadura franquista para, al margen de los rigores programáticos de la ortodoxa resistencia política, esbozar e imaginar unas posibilidades de futuro que los primeros años de democracia irían frustrando de forma progresiva, hasta que el triunfo en las urnas del PSOE (y su consiguiente política cultural) les diese su definitiva estocada de muerte mediante la instrumentalización, explotación y degradación de su capital de seducción. No obstante, toda simplificación corre el riesgo de erradicar el matiz y lo cierto es que la trayectoria de la Contracultura en España está sembrada de contradicciones irresolubles y zonas de sombra. A partir de esa definición, el libro pasará revista a un periodo de la Historia cultural de España que nada tuvo nunca que ver ni, por supuesto, con el franquismo, época en la que nace, ni, después, con la democracia, en la que se desarrolla como un reto mayúsculo a lo que Costa caracteriza en el texto como “jardín socialdemócrata” el socialismo domesticado del PSOE, como se deriva de la crítica implícita al cartel con el concurrió el PSOE a las primeras elecciones tras la dictadura: La estética de El submarino amarillo se aprecia en el imaginario colorista de la primera campaña electoral del PSOE -Pepperland reciclada como jardín socialdemócrata.  Siempre a la contra del “sistema”, la contracultura se alimenta en los márgenes del mainstream  y en permanente conflicto con él, aunque, y eso se repite una y otra vez a lo largo de libro, hay en dicho movimiento la insólita frustración de no haberse podido consolidarse como una corriente artística y social capaz de crear una utopía compartida por la mayoría.  Esa queja reiterada, indicio de cierta puerilidad en quienes la defienden, puntea el libro como la queja melancólica del fracaso por no haber conseguido lo imposible. Sobre ello ya advierte el autor, también desde el inicio del libro:  Conviene poner en cuarentena, desde el principio, toda percepción de la Contracultura como un organismo unitario y coherente: quizá una imagen más idónea para sintetizar su naturaleza sería la de un surrealista cadáver exquisito, un dibujo a varias manos que da a luz a una entidad polimórfica que, en determinado momento, parece avanzar como una sola fuerza en busca de la materialización de diversos ideales de transformación.  El libro arranca en Andalucía, donde aparecen los primeros intentos de articulación de la contracultura, que, vía usamericana, nos llegan a través de los soldados de la base de Rota. La descripción de aquel suceso estrafalario que fue el Palmar de Troya, visto desde la perspectiva de su creador, un homosexual a quien llamaban en los ambientes gay La Voltio, porque era cobrador del recibo de la luz, marca ya el nivel de friquismo consustancial al fenómeno contracultural, por suerte para el lector, porque esta Historia subterránea de España, aunque escrita desde el rigor documental y con la mejor de las intenciones históricas, la de la reivindicación de todo lo que el fenómeno aportaba como novedad liberadora en lo social y lo artístico a la deprimente e inquisitorial sociedad franquista en la que nace, traza un recorrido friqui de personajes estrafalarios, en ocasiones trágicos y con frecuencia a medio camino entre lo absurdo existencial y lo disparatado sainetero que hará las delicias de cuantos lectores se adentren en estas páginas que se nos hacen cortas, dada la excepcional selección de personajes, hechos y movimientos recogida por el autor. Gran parte de la historia seleccionada por Costa tiene que ver con sucesos acaecidos en círculos minúsculos y en la que aparecen personajes de todo tipo, desde los estrafalarios como el Papa Clemente del Palmar de Troya, hasta diseñadores de renombre mundial como Javier Mariscal, a quien se debe el famoso Coby de los JJOO de Barcelona. La nómina de personajes, extensa e interesante a partes iguales, debería haber dado pie a la creación de un índice onomástico que permitiera fácilmente la localización en el relato de los mismos, porque una de las grandes virtudes del libro es el enfoque narrativo desde el que está escrito, que no excluye la reflexión crítica, pero que se recrea, incluso con delectación, en ciertas peripecias como la animada vida del “primer hippy español”, el hijo del psiquiatra del Régimen, Juan Antonio Vallejo-Nágera -el descubridor del “gen rojo” que él podía extirpar en sus pacientes…-, y cuya vida da pie, para quien esté narrativamente dispuesto,  a una seria aventura novelística sobre su persona. El libro se mueve a caballo entre dos épocas perfectamente definidas: el tardofranquismo, con la suerte de “apertura” del Régimen que encabezó Fraga Iribarne en Información y Turismo, relajando los controles censores, y la Transición, así descrita por el autor: La Transición fue la bifurcación entre una posibilidad abortada y un olvido decretado: hubo un tiempo nuevo, pues, que podría haber arrancado entendiendo a ese hombre nuevo como el encuentro entre la sensibilidad anarcosindicalista de José Miranda de Sardi [poeta fusilado] y el potencial de la recién estrenada democracia para pensar y practicar una nueva política. El planteamiento del autor es claro: la contracultura española suponía un intento, desde los márgenes del sistema, de conseguir una revolución en las costumbres que nos liberara de un sistema de dominación y explotación contra el que dirigía todos sus esfuerzos destructores, porque, en el fondo, como metafóricamente pasaba en la primera película de Zulueta, Un, dos, tres, al escondite inglés, hay algo de terrorismo cultural, de sabotaje del sistema que en un momento dado incluso coquetea con el terrorismo de verdad, como el caso, casi de auténtica ficción, de Francesc Tubau, un joven de 18 años que el 24 de agosto de 1969, equipado con ocho cartuchos de dinamita, cuatro metros y medio de mecha y un detonador, se dirigió a la discoteca Tiffany’s de Playa de Haro, con intenciones claras y manifiestas. Lo pillaron y, supuestamente,  cayó desde la azotea. El tal Tubau era miembro de un comité de acción revolucionaria asociada al colectivo Joventut Indiketa Llibertària, formado en Figueres, Tubau adujo que perjudicar al turismo y hundir la dictadura constituían los móviles de esa acción frustrada. Fue condenado a 18 años, y cumpliría 7 en centros penitenciarios de Lérida, Soria y Palencia. De hecho no cayó desde las alturas en el curso de su huida, como recoge el autor de sus fuentes, sino que, al ser descubierto, se lanzó a la calle, cayó sobre un coche, quedó inconsciente y allí mismo fue esposada por los agentes de la Guardia Civil, según lo narra un compañero suyo de célula  que noveló la aventura del joven figuerense. Los esfuerzos contraculturales que recoge el autor se centran, básicamente en tres ámbitos muy definidos: la agitación sociocultural; el cómic y el cine. Como lector, se echa de menos que las muchas páginas dedicadas a la historieta, al tebeo, y al cómic no hayan tenido una presencia ilustrada en el libro, porque lo suyo era poder ver lo que Costa se afana en describir con mucho entusiasmo, dado que ese esfuerzo descriptivo podría haber sido digno de mejor causa, al ser fácilmente sustituible por la presencia de las ilustraciones que él tan bien describe. He de reconocer mi ignorancia en todo lo relativo a lo que se conoce como cómix underground, porque, por edad, me quedé en Hermano Lobo e incluso Por favor ya me quedaba a trasmano ante la necesidad de leer tantos clásicos como una carrera de Filología Hispánica exige, la misma que comparto con el autor, por cierto. De todos modos, esa aventi de los inicios clandestinos y marginales de tantos seres románticos dedicados a la historieta, persecución policial incluida, poca broma…, se leen con auténtico placer informativo. A mí, particularmente, me ha llamado la atención el nexo evidente que establece el autor entre la historieta contracultural y los tebeos tradicionales, de la factoría Bruguera, básicamente; un nexo sobre todo lingüístico, porque buena parte del lenguaje supuestamente marginal de Makoki y otras historias, estaba ya en Bruguera, y fue responsabilidad de un señor a quien Javier Pérez Andújar recuerda con agradecimiento:  Sobre Rafael González dice el escritor Javier Pérez Andújar, quizá el más entregado apólogo del potencial de insumisión encerrado en las viñetas de Bruguera, en su Diccionario enciclopédico de la vieja escuela: La palabra castiza y antigua y muchas veces lumpen que aparece en los bocadillos de Bruguera es el galopín  son de los busiles que se leen o se escuchan en el teatro de Valle, y son también los personajes de ese mismo teatro que van de majos con bombín y bastón, y que andan por casa en pantuflas y albornoz, y que se lleman Juanito Ventolera, pistolo repatriado; Doña Tadea, beata cotillona (…), y que hasta a veces van acompañados de un lorito de ultramar (…) En Valle y en González los personajes son pintorescos y son sobre todo populares y cuando se inventan su idioma popular hablan todos los castellanos posibles.(…) Angelito, que nació como reverso violento y dislocado de los tópicos en torno a la inocencia y a la infancia adorable, era, como doña Urraca, uno de los personajes incómodos del universo de Bruguera. Asunto distinto es cuando Jordi Costa entra, como Pedro por su casa, en el terreno de la cinematografía y nos relata con deliciosos pelos y señales de todo tipo la aventura contracultural -realmente “invisible” incluso para la mayoría de los buenos aficionados e incluso de los cinéfilos- de unos héroes meliescos que, como el valenciano Carles Mira, intentaron, ¡y lo consiguieron!, levantar ampollas en un publico mayoritario al que le pareció una transgresión en toda regla su película La portentosa vida del padre Vicente, interpretada por Albert Boadella, entonces perseguido por la Justicia, tras ser denunciado por su obra La torna, y a quien Costa dedica una suerte de “epitafio” que ha de entenderse, por extensión, del propio movimiento contracultural: La distancia que existe entre La torna y La torna de la torna [algunos actores de Els Joglars denunciaron a Boadella en reclamación de la autoría compartida de la obra, pero perdieron el juicio] y la que hay entre el hombre que fundó Els Joglars y el que ocupó el círculo de afectos de Esperanza Aguirre también contienen, cifrada, otra posible crónica sobre el destino malogrado de la Contracultura en nuestro país. Un presente de ley Mordaza, condenas a tuiteros, titiriteros y raperos, libros secuestrados y un presidente de Tabarnia celebrado por los herederos ideológicos de quienes, en su momento, le condenaron, quizá demuestre que no existe nada que no pueda ser susceptible de eternizar sus medulares averías. Esta suerte de “ajustes de cuentas” aparecen con frecuencia en el libro, porque son la expresión de la contrariedad melancólica del autor por el aciago destino de insignificancia que le tocó vivir a una contracultura que, salvo excepciones, en muchas de sus manifestaciones andaba más cerca del friquismo que de la auténtico cultura, incluso la transgresora, como la dadaísta, pongamos por caso. Así enjuicia la labor de Andrés Rabago, por ejemplo, alias El Roto u Ops: El hecho de que El Roto, antes Ops, (…) fuese uno de los autores que, tras manifestar su apoyo [a los dibujantes de El Jueves que satirizaron a Felipe y su señora en posición jodiente, a propósito de los 2500€ por hijo del magnificente Zapatero], no pudiese evitar añadir que el trabajo de sus compañeros de gremio le parecía de mal gusto constituye quizá un indicio de la impermeabilidad de ciertas esencias ante el paso transformador de los vientos contraculturales. Grande El Roto. Siempre certero el Roto. ¿Siempre consecuente El Roto? En su día, Rábago colaboró con Chumy Chúmez en la introducción editorial del cómix underground en España, una aventura que también tiene muy agradable lectura. He de reconocer que un personaje que me ha llamado la atención, sobre todo por el silencio social mantenido en el Oasis catalán al respecto es la trágica existencia del hermano “maldito” de los hermanos Maragall, Pasqual y el ahora chaquetero Ernest, Pau Malvido, quien se movió en la marginalidad, en la exclusión marcada por la drogadicción y cuya peripecia mortuoria parece extraída de un thriller político últimamente tan en boga: Pau Malvido, hermano de los Maragall, de Pasqual y de Ernest, intentó una crónica de la Contracultura en Cataluña. Se preguntaba si lo que mató a la Contracultura fue su imposibilidad de articularse políticamente. Pepe Blanco, de extracción burguesa, como Malvido, representaba los serios esfuerzos de lo contracultural por conectar con el proletariado. Denunciaba las represalias del PSUC a sus militantes sorprendidos en actividades dionisiacas de corte tóxico o sexual. En mayo de 1994 se hallaba el cuerpo sin vida de Pau Malvido en las Ramblas de Barcelona, víctima de esa adicción a la heroína que tal vez había sido su último gesto ante la constatación de los límites para la utopía que le ofrecía el presente. Como recoge Germán Labrador en su libro: “el juez de guardia Lluís Pasqual Estevill se incauta del cadáver y presiona a la familia con eternizar su devolución si el PSOE no se comprometía a nombrarlo vocal del Consejo General del Poder Judicial, como en efecto sucedería”. Hay en el libro el desaliento de la derrota, aunque se cierre con un canto de esperanza a partir de la entrevista del autor con una youtuber famosa cuya radicalidad contestataria la aproxima, en nuestros días, a aquellos añejos esfuerzos contraculturales por sacudir las conciencias. En Estíbaliz, alias Soy una pringada, que así se llama la youtuber, late, sin embargo, una suerte de inocencia y perversión, en desigual mezcla, que no acaban de conferir a su expresión individual las señales inequívocas de lo auténtico, pero que sí confirman una suerte de puerilidad que empalma con el mítico puer aeternum que está, eso sí, en el origen de las grandes transgresiones artísticas como Dada o el surrealismo. Es poco menos que imposible que me haga eco de todo el contenido que el libro regala a la curiosidad de los lectores, pero puedo garantizar que en esta Historia subterránea afloran historias con un innegable atractivo y sobre las que incluso el autor podría haberse extendido más, porque de Iván Zulueta se traza una semblanza que “desperdicia” buena parte de una vida derramada en facetas muy diversas, como la de cartelista, que ayudan a componer el retrato complejo de un superviviente de la contracultura. De otros personajes, como Antoni Padrós,  autor de Pim, pam, pum, revolución, por  ejemplo, apenas vamos más allá de una escueta noticia de: Empleado de banca de día, artista provocador en sus ratos libres. A la luz del día era un hombre ordenado, pero en su interior bullía un anhelo de desorden. Su primer largo Lock-Out (1973) fue rodada en un vertedero real durante los fines de semana a lo largo de nueve meses, puede verse como la respuesta trash a La Chinoise (1967), de Jean-Luc Godard, o como un claro precedente de Los idiotas (1998) de Lars von Trier. Con todo, es muy de agradecer el afán documentalista del autor y el tesón con que ha confeccionado una Historia subterránea de España, buena parte de la cual algunos lectores la leerán como una revelación sorprendente, y otros como la propia historia de su vida, aunque también los habrá, como ha sido mi caso,  que combinen ambas recepciones de esta obra magnífica y de lectura tan amena como instructiva, que es, en última ratio, lo que se les pedía a las obras en la época clásica: docere et delectare.

P.S. Me acuso de haber cometido la infame injusticia de no haber destacado lo que, por haberlo entendido acaso como algo "privado", debo de haber pensado que no había de traerlo a la publicidad de la presente recensión: la dedicatoria emocionada que Jordi Costa le dedica al periodista cultural, Juanjo Fernández, a quien en mala hora se llevó el SIDA por delante, y que fue tan importante para él como para mí mismo. Sirva esta apostilla para honrar sus memoria y reconocer su magisterio, su calidad humana, su insobornable espíritu crítico y su ácido sentido del humor. De él dice Jordi: Me gustaría cerrar esta lista de agradecimientos recordando a Juanjo Fernández, maestro y colega (no necesariamente por este orden), que aparece brevemente en este libro, porque él fue parte de esta historia contracultural, aunque el término le crispase, pero, sobre todo, porque si él no se hubiese cruzado en mi camino, es muy posible que yo no me estuviese dedicando a esto
Y gracias a Paco Marín, que me ha recordado, con esa fidelidad suya a la amistad que tanto le caracteriza, no olvidarme de incluir este homenaje. Otro amigo suyo, Dimas Mas, con quien también coincidimos en el suplemento literario, le dedicó su novela Nadie en persona. Una historia de Barcelona.  Todos nosotros sabemos que él vuelve a menudo a nuestros huertos y a nuestras higueras por los altos andamios de las flores...