miércoles, 14 de junio de 2017

Un vanguardista ordenado: Salomo Friedlaender, un “raro” canónico.



Un escritor casi anónimo, Mynona fue el pseudónimo que él hizo célebre, respetado por Benjamin, venerado por los dadaístas y gurú ideológico de Fritz Perls, creador de la terapia Gestalt.








Leyendo estos días un breve librito de Walter Benjamin, Juguetes, una mera recopilación de artículos dedicados al análisis sociológico de esa doble realidad, el juego como artesanía y el juego como aspecto antropológico de primerísimo orden en la configuración de la persona y del grupo social, encontré, destacada, esta cita de Mynona: Si los niños han de ser hombres cabales algún día, no debemos ocultarles nada de lo humano. Su inocencia se encarga de crear las necesarias barreras, y más tarde, cuando estas vayan cediendo poco a poco, lo nuevo penetrará en almas ya preparadas. Los pequeños se ríen de todo, aun de los lados sombríos de la vida; precisamente, esa hermosa extensión de la alegría hace que su luz alcance zonas por lo general privadas de ella y que solo por eso resultan tan tristes. Logrados atentados terroristas en miniatura, contra príncipes que se parten en dos, pero pueden curarse; grandes tiendas que sufren incendios, robos y hurtos, muñecos-víctimas que pueden sufrir las muertes más diversas, y sus correspondientes muñecos-verdugos, con todos los instrumentos especiales--- Mis hijos nunca querrán prescindir de sus guillotinas y horas. De Friedlaender  solo tenía referencias indirectas y una directa en forma de narraciones, traducidas al inglés, Goethe speaks into the phonograph y The abduction, dos “cachondadas” muy del gusto del humor absurdo y transgresor de los dadaístas. La primera, propiamente de ciencia-ficción, nos habla de un inventor que ha sido capaz de recuperar la voz de Goethe, y declaraciones que ni siquiera recogió Eckermann; el segundo narra el secuestro de los nobles llevados a cabo por un grupo rebelde que los fuera a tener hijos con jóvenes de la clase obrera para tratar de equilibrar la carga genética y huir del determinismo social que hace imposible el progreso de los pobres. Como se advierte, no estamos lejos de la inquietud social, y más cerca aún del burlesque y del grotesque, géneros colindantes con las creaciones vanguardistas del dadaísmo y de otros ismos que dominaron el panorama literario de entreguerras. Pero Mynona (palíndromo de Anonym) va más allá de la creación estrictamente literaria, porque su preocupación fundamental es la filosofía y destacan, sobre todo, sus estudios sobre Kant y Nietzsche. Su familia quería que estudiase medicina, y así lo hizo, acabando los estudios y especializándose en odontología, pero luego se trasladó de su Posen natal a Berlín para estudiar filosofía, frente a la oposición de su padre, quien lo deshereda por ello. lo dejó por la escritura y vivía de sus colaboraciones en revistas y de la publicación de sus libros, de escasa tirada y reducidas compras. Su prestigio intelectual, en el Berlín de entreguerras, fue, sin embargo, inmenso, como lo demuestra nada menos que la cita elogiosa de Benjamin con que hemos abierto esta noticia sobre su persona. Fritz Perls lo reconoció como su primer gurí, el único ser al que se rindió intelectualmente de forma incondicional y cuyas sentencias bebía con fervor en los salones del Café des Westens, más conocido por Café Grössenwhan (Café de la megalomanía), por los artistas e intelectuales que allí se daban cita. Ha sido la edición de una pequeña antología de sus escritos en Mandala Ediciones lo que me permitió acceder, siquiera sea de forma fragmentaria a una obra que merecería la publicación completa de algunos de sus textos fundamentales, porque se trata de un autor cuya lectura perfilaría con bastante nitidez un pilar importante del movimiento cultural tan apasionante que se vivió en Berlín desde 1920 hasta 1933, en que el nazismo forzó la dispersión de tanto genio como se había concentrado en aquella “Babilonia” que la ebriedad asesina de los nazis acabó reduciendo a escombros. Se trata de un autor cuyo aspecto hierático y cuyas morigeradas costumbres, una disciplina espartana de descanso y trabajo que cumplía con escrupulosidad kantiana, aunque en la zona diurna del día, porque lo suyo era la vida nocturna, como buen amante de la bohemia, y que contrastaban con esos “rasgos de humor absurdo” como el que se describe en el segundo capítulo del libro: Myonona saca su reloj de bolsillo, lo desliza lentamente, colgado de la cadena, en el vaso de agua de seltz que tiene ante él y anuncia tranquilamente: “¡Ah, cómo refresca esto!”. Mynona es una figura muy relevante de aquella animación cultural que responde al nombre de dadaísmo berlinés, pero, junto a esa dimensión trasgresora y revolucionaria del movimiento vanguardista, Mynona cultiva una faceta intelectual clásica que lo lleva a escribir, no solo sus conocidos libros sobre Kant y Nietzsche, sino una obra que aún no ha sido traducida al español, a pesar de la importancia decisiva que tuvo en su momento tanto en Alemania como, a través de la difusión que de ella hizo Fritz Perls como referente para la creación de su terapia Gestalt: La indiferencia creativa, libro en el que trabajo durante muchos años y del que fue desgranando los principios básicos en la tertulia en la que ocupaba un puesto central indiscutible. Recordemos, y esa fue la experiencia de Perls, que todos los médicos eran bien recibidos en esa tertulia, tenían un plus de “credibilidad” científica que les permitía participar con pleno derecho en aquellas asambleas pacíficas de la Atenas del Spree, que es como se conocía en Berlín la zona de los museos, denominación que fácilmente se extendió a aquellas reuniones en las que, como es preceptivo, se sabía de todo y se arreglaba el mundo en dos patadas. Como tantos otros, la llegada del nazismo le obligo a exiliarse y recaló en París, desde donde intentó conseguir, a través de Thomas Mann, un visado para Usamérica, pero el autor de La montaña mágica se negó a mover un dedo en su favor. Mynona representaba para él la disolución de los valores burgueses que sustentaban su vida, algo así como un peligro que debía ser conjurado. A duras penas, sobrevivió, enfermo, a la invasión nazi de París y murió en la absoluta pobreza en 1946. Mynona fue un escritor cuyo magisterio oral quizás tuvo más influencia que sus escritos, aunque aquel se basara en estos. Aún hay manuscritos suyos inéditos que aguardan una edición que quizás no llegue nunca, tal y como soplan los aires de la Historia, poco o nada favorables al inalienable pensamiento individual e individualizador. Mynona siempre supo que el yo era el gran tema de su obra, y que a él dedicó todas sus reflexiones. El descubrimiento de la polaridad, eje de la teoría de la Indiferencia creativa, se lo representó como el hilo de Ariadna en el laberinto del mundo. El punto cero entre dos extremos, un par complementario a que todo puede ser reducida, es, parta Mynona, el lugar exacto de la creatividad. Sin embargo, ese centro, aquello que constituye a la persona verdadera, al auténtico in-dividuo realmente no dividido, al centro esencial creativo del si mismo, supera los principios de nuestra comprensión intelectual. No puede decirse de Friedlaender que el suyo sea un pensamiento nítido, perfectamente discernible. De hecho, como buen discípulo de Nietzsche optó por expresarse en términos enigmáticos con aforismos a medio camino entre la reflexión filosófica y la poesía de vanguardia: Yo surgí de mi propio sombrero de copa. Su demoledor espíritu crítico no conocía barreras y su insobornable libertad de juicio crítico le permitía defender posiciones que no siempre eran ni siquiera comprendidas por quienes más cercanos eran a su persona y a su obra. Hay, en él, a pesar de su apariencia burguesa, sus exquisitas maneras y su ordenada vida bohenia…, un espíritu transgresor de primer orden. No son pocos los aforismos que nos permiten tener un conocimiento más o menos riguroso de su personalidad y de sus planteamientos vitales y filosóficos, pero baste destacar  algunos de ellos a modo de aperitivo de lo que los intelectores pueden encontrar en el volumen de Mandala Ediciones: El ser humano es un parásito de su propia divinidad; el autodescubrimiento es una forma inicial de magia; la falta de egoísmo absoluto idiotiza; hay que ser divino para ser uno mismo realmente; todo sufrimiento no es  más que felicidad deformada y distorsionada; la superación perfecta de lo humano constituye la disciplina más difícil que existe: la liberación de uno mismo; la indiferencia es el suicidio de la muerte; el ser humano que no procede de su propio individuo no es más que un fantasma de sí mismo. Es curioso percatarse de lo cerca que estuvieron los vanguardistas berlineses del Partido Comunista y lo pronto que fueron “represaliados” por carecer de la “obediencia debida” a la ideologización del arte, que había de estar sometido a los prioritarios intereses del pueblo. Tan “degenerados” les acabaron parecieron los artistas berlineses de entreguerras a los nazis como a los comunistas, curiosamente. Está fuera de lugar ese cultivo del yo que se manifiesta en la frase de Friedlaender: El conocimiento de sí mismo es el más tardío de los conocimientos, pero la tradición de este arranca de Max Stirner, a pesar de ciertos rasgos antisemitas de este, y, sobre todo, de Nitzsche y su repudio del ser-masa, ayuno de individualidad y de criterio propio. Fritz Perls hizo un uso restringido de las teorías de Friedlaender, porque se centró casi con exclusividad en la teoría de las polaridades, que él convirtió en un fundamento de su terapia psicológica, pero leyendo al filósofo y conociendo algo de su vida, se advierte enseguida que ese rango de “gurú” que le adjudicó se permea en la vida y obra del propio Perls, muy amigo del uso del aforismo, de la tendencia zen a la paradoja y del afán de sorprender siempre al interlocutor con la salida más inesperada y descolocadora. Perls fue un experto en “sacar de contexto” en “desubicar” para permitir un enfoque renovado del problema que se tuviera que considerar o de la gestalt del paciente que se estuviera analizando. La vía de la sorpresa, es una vía fértil para salir de la visión gastada y de los tópicos, una vía que permite ver, con ojos nuevos, todo aquello que haya de ser analizado y que signifique la conquista de un bienestar para el paciente. En su caótica autobiografía, Dentro y fuera del cubo de la basura, Perls recuerda que durante la época de la inflación alemana, gracias a que a él le pagaban en dólares en Bremerhaven, tratando a unos comerciantes, se erigió en el garantizador del sustento de Salomo Friedlaender, a quien le pasaba cestos de comida que contribuyeron a aliviarle en una época muy difícil para muchos alemanes y que llevó a no pocos de ellos a la muerte, fuera por hambre, fuera por suicidio impulsado por la desesperación.  En fin, la vida y la obra de Friedlaender, la de un raro absoluto, bien merecería una atención editorial  cuya inversión en tan peregrino autor no ignoro que tendría difícil amortización, pero la cultura es una ganancia neta construida sobre pérdidas absolutas. Sí, también se le llama romanticismo, mecenazgo (ahora ya micromecenazgo…) y otras benéficas cualificaciones, pero ¿qué sería de nosotros sin ese generoso impulso culto?

jueves, 1 de junio de 2017

“Guía y avisos de forasteros que vienen a la corte”, o el protocostumbrismo de Antonio Liñán y Verdugo.



En la estela de Timoneda y su Patrañuelo, la Guía… de Liñán y Verdugo acota el territorio de la escena costumbrista con una excelente prosa barroca.

Habremos de comenzar por hacer caso a la crítica especializada y someternos a ciertas evidencias que aconsejan otorgar la autoría de esta obra a Fray Alonso Remón, quien escogió un pseudónimo que se aviene a la perfección con el propósito moral, ejemplificador, de sus historias:  Liñán y Verdugo, aliña sus consejos con unas narraciones ad hoc y pone en la picota, como es lo propio del verdugo, los vicios de la que él bautiza como  Babilona madrileña. Las pruebas no son concluyentes, pero todo indica, análisis estilístico incluido,  que la autoría pertenece al fray socarrón que se lo pasó estupendamente hilvanando Avisos y novelas y escarmientos para el recién llegado al que alecciona un Don Antonio que, como se suele decir, es gato viejo y se las sabe todas, que no son otras que las narraciones ejemplares con que acompaña los avisos que le brinda al joven recién llegado al proceloso mar de la Corte. Desde casi un siglo antes, el Menosprecio de corte y elogio de aldea, de Antonio de Guevara, prevenía ya a los lectores de los peligros sin par de la Corte y la brújula de navegar que habían de llevar quienes se engolfaran en aguas tan peligrosas. Mala prensa tuvo siempre la Corte y pábulo de mil fábulas fueron las pretensiones de los medradores y oportunistas que en ella buscaron alivio a sus muchas necesidades u ocasión propicia para que prosperara su fortuna. Ese es el fundamento del libro de Remón, autor teatral que compartió cierto renombre con el mismísimo Lope de Vega, y que recibió elogios del propio Lope -a quien a su vez él elogia en la Guía-, de Cervantes y aun de Quevedo. Sería, sin duda, su condición de eclesiástico la que lo indujera a utilizar el pseudónimo, como tantos religiosos han hecho a lo largo de nuestra historia literaria. Fue compañero de orden de Tirso de Molina, aunque, ¡váyase a saber por qué rivalidad o celos o lo que fuese!, no se conservan noticias de una estrecha relación entre ellos, que ambos se perdieron, está visto. Destacó como orador sagrado, una actividad que trasladó a obras doctrinales como La espada sagrada y arte para nuevos predicadores (1616) o La casa de la razón y el desengaño (1625), dos volúmenes cuyos títulos me incitan a leerlos, si los encuentro, cuanto antes  pueda, una vez que satisfaga una deuda onerosa que contraje con los votantes de Gorjeolandia y que me lleva a iniciar mañana, tras mi operación de menisco, la lectura de los Episodios nacionales de Galdós, de todos. Ya me imagino que, por los títulos, no deben de andar muy lejos de aquellos infolios que satirizaba Isla en su Fray Gerundio de Campazas, una larga novela para la que no creo que existan ya lectores, a pesar de sus virtudes y de su excelente humor. El catedrático Ángel Romera, fija bien la paternidad de Remón: Como autor dramático el tema más persistente a través de sus obras es la llegada a la corte de un extranjero, los peligros que corre, los malos compañeros, y los engaños que le ocasionan. Encuéntrase en las obras de casi todas las épocas del teatro remoniano: en el auto El hijo pródigo (1599), Santa Catalina (1599), el segundo acto de la obra ¿De cuándo acá nos vino? (1610-1615) [obra escrita, por cierto, en colaboración con Lope de Vega], aunque un poco alterado, y Las tres mujeres en una (1609-1610). Tampoco falta en casi todos los cuentos de la Guía y avisos de forasteros, sirviendo además de tema central y estructural para todo el libro. Una similitud temática que abona la justa adscripción de la obra de Liñán a Remón. Por si hicieran falta más pruebas, la primera noticia sobre esta obra aparece en un libro publicado un año antes por Remón:  Vida ejemplar y muerte del Caballero de Gracia, Madrid, 1619, por lo que es posible que, aun publicada con posterioridad a la biografía de Caballero de Gracia, estuviera ya escrita un año antes de su publicación. Con todo, y dado el carácter ejemplarizante que tiene la obra, dentro de la total ortodoxia católica de la época, Remón sostiene en la Guía una opinión muy crítica respecto del teatro: ¿Sabéis lo que siento de las comedias?, lo que de los coches, que si fueran menos, fueran menos dañosos. (…) De obscenas a escenas pocas letras hay… La obra consta de ocho avisos y catorce novelas y escarmientos en los que, en un desarrollo narrativo se ejemplifica el aviso que se le da al joven don Diego, recién llegado a la Corte. Resumamos los avisos, pues ellos nos darán una idea de cuál es la temática de las “novelas”: Aviso I: el peligro que coge en tomar posada; aviso II: qué amigos elige; aviso tercero: que mire por qué calles pasea; aviso cuarto: que mire en qué manos da y en qué manera de hombres pone la solicitud de sus negocios; aviso quinto: que huya el forastero de los entretenimientos vanos; aviso sexto: que el forastero se guarde y huya de otra manera y suerte de hombres;  aviso séptimo: A donde se le enseña al forastero, si fuere mozo y quisiera tomar estado en la Corte, cómo se haber en ella; aviso octavo: cómo ha de repartir el tiempo y acudir a sus ocupaciones cristianamente. Para lo último, ya que estamos al lado, cierra Remón su libro con una prolija enumeratio de todos los templos de Madrid donde el joven recién llegado puede cumplir con la obligación piadosa de oír misa diariamente. De igual manera, el objetivo del aviso nos permite ver en todo su esplendor el método compositivo de Remón/Liñán, porque como las buenas polianteas de la época, la Guía es, por el mismo precio, un compendio de los mejores aforismos y apotegmas legados por la tradición y que, sin duda,  Remón fijó en sus estudios en Salamanca. La Guía actúa, por lo tanto, una suerte de prontuario ético abastecido por una tradición de apotegmas y aforismos que corrieron entre los creadores desde la Edad Media, del mismo modo que los compilaciones de latinismos, como el que usaba Lope, por ejemplo. Sigamos en el final para advertir el modo como se introducen en la narración:  También quiero avisar -dijo el Maestro- a nuestro forastero, que sea cortés en las palabras y bien criado en sus acciones, de modesta presencia y de mirar humilde; no intente sus cosas con soberbia, que es vicio aborrecido en todas partes y en nadie parece peor que en el negociante y en el pobre. “Ignorancia sobrada es -dijo Sófocles- venir a rogar y entrar mandando”. (…) [Sin pasarse de precavido, claro, porque] al hombre vergonzoso el diablo lo trajo a palacio. (…) Y Séneca dijo en sus Proverbios: “el que ruega con temor enseña a negar al que ruega”. El libro se abre con un denuesto de los pleitos, muy del estilo de la época: Terribles cosas son pleitos -dijo don Antonio-: consumen las vidas, gastan las haciendas, desasosiegan los ánimos, perturban el entendimiento, quitan el sueño, resucitan bandos olvidados y engendran pasiones no imaginadas, que supera con mucho el estilo cuatrimembre de la obra de Antonio de Guevara, tan peculiar. Por eso inmediatamente añade el recuerdo de los dos preceptos de Delfos que, siendo también de Chilón, tan olvidados andan respecto del famosísimo Conócete a ti mismo, estos son: no codicies la hacienda ajena y Huye los pleitos. La Guía es, a los efectos de la construcción del carácter, una suerte de libro de “Educación y mundología”, como el que recuerdo haber leído ya a mis 13 años, ¡el único que leí hasta los quince, y no completo!, que va desgranando consejos de todo tipo relativos al comportamiento en la ciudad, a la dieta, al cumplimiento de los deberes religiosos, al vestido, a la bebida y a la comida en compañía, a la cortesía debida a tirios y troyanos, etc. Junto a mensajes propios de los aforismos de Hipócrates, quien dio nombre al género aforístico: El manjar moderado y la bebida templada conservan la vida con buena salud, enseguida aparecen los inevitables argumentos de autoridad: Séneca: Más se ja de mirar con quién se come y bebe, que no lo que se bebe y come. O Inocencio [Tratado de la vileza y miseria de la condición humana]: ¡Cuántos daños hizo la gula desde que cerró el Paraíso Terrenal!  Pero a este intelector le complacen mucho las noticias costumbristas, aquellas propias de las sociedades de una época determinada, como la de que en la universidad de Alcalá de Henares bachiller de estómago se llamara  a los que no sabían expresar vocalmente el concepto mental. El carácter de poliantea del libro de Remón lo convierte en una lectura entretenida en la que no solo se queda uno con una imagen muy fidedigna de la España del XVII, sino que, por el mismo precio, va acumulando esos saberes inútiles que tanto ayudan a mejorar la cultura general que resulta imprescindible para ser tenido por una persona de amena conversación, uno de los requisitos del caballero o la dama discretos e ingeniosos. Noticias al estilo de la muy famosa referencia a la frase quevediana: la necesidad tiene cara de hereje, una deformación espontánea o deliberada del latinismo jurídico necessitas caret lege, que en realidad quiere decir “la necesidad carece de ley”. Recurre incluso a la cita espúria si ello le permite cerrar brillantemente una anécdota o una escena: No faltó quien atribuyese al Rey don Alonso el Sabio aquel parecer y sentencia, de que las cosas no se habían de labrar fijas sino sobre un timón o quicio, como los navíos, para que si saliese malo un vecino se pudiesen mudas las puertas y ventanas a mejor aire, y a mejor vecindad, ¡de tantísima actualidad en estos tiempos okupados! Y no puede faltar, dada la época, una referencia a las obras de saberes oscuros, a esos sucesos naturales sin explicación científica que acaban cayendo en el oscurantismo de la superstición: A propósito de un dicho común: Podríamos decir de estas calles al revés, lo que de la albahaca, que ella cuanto más pisada huele más bien y ellas más mal. No tarde un contertulio en introducir ese mundo de lo extraordinario, a medio camino entre la teratología y lo fabuloso: De la albahaca he oído decir (y aun pienso que lo he leído) una cosa notable, que el olerla a menudo hace tanto daño al cerebro, que muchas veces ha causado espantosas enfermedades. Como que a un aficionado a olerla mucho, le creciera en el cerebro un sapo, por ejemplo. Referencia que leyó en Jerónimo Cardano, en su libro De Varietate rerum.  Teniendo en cuenta la condición de religioso del autor, nadie espere una posición exesivamente liberal sobre la mujer, porque, al respecto, Remón se ciñe a una misoginia de larga tradición en las letras españolas; con todo, no es menos cierto que destellos hay, de ese liberalismo, que contrarrestan algunas afirmaciones respecto de la mujer que pueden y deben considerar, por más que sean hijas de su época, injuriosas: Así, del mismo modo que describe a las criadas -mal sempiterno de las casas, por quienes entra el mal a robar la virtud de sus habitantes-: Las criadas eran estas gitanas españolas maestras de la jerigonza, que les habían enseñado sus dueños y, debajo de su retórico fregonil, a lo mesurado y zonzo, se atrevieran a vender a Ulises en buen mercado, juzga un atraso penoso el analfabetismo femenino:  Este no saber leer las mujeres, que quiera que digan maldicientes, es grande falta o que siga instaurada la cruel ley del casamiento forzoso en el que…, pero Remón lo dice mejor: En este al mundo que alcanzamos, no se casan las doncellas por hermosas, sino por bien hacendadas, y ya primero se preguntan la dote que por la calidad y virtud. Desde la casa que ha de tomar, hasta las personas con que ha de tratar o las mozas susceptibles de serles propuesto matrimonio y las prevenciones con que ha de entablar contacto con los demás, la Guía puede entenderse también como un estandarte del Desengaño contra los crédulos que, de siempre, han invadido la ciudad confundiéndola con el Reino de Jauja. En ese camino, como ya hemos indicado, los argumento de autoridad de los filósofos grecolatinas y aun de los Padres de la Iglesia van a levantar un edificio de consejos que conviene tomar al pie de la letra. Dejo para el final la transcripción de una breve descripción llena de sabor barroco de un mozo entre estudiantón y valentón y su osada amiga. Me ciño ahora a esas lecciones intemporales para el ser humano que se prodigan en la Guía sin que en ningún momento el intelector se considere abrumado o sentado en el escaño de un aula magna, porque Remón no solo las introduce en el momento adecuado y ceñidas a la narración que ilustre el aviso pertinente, sino que, aunque así no fuera, el interés objetivo de las mismas hace imposible que el lector recibiera las hipotéticas digresiones como un estorbo. Pongamos por caso el “tiempo”: Es el tiempo una joya preciosísima, es el caudal que nos dieron para que nos supiésemos aprovechar de la ganancia de él; y es cosa muy lastimosa y digna de llorar en lo poco que estimamos su pérdida, con qué facilidad le gastamos vana y viciosamente y le dejamos pasar, como si el tiempo pasado y perdido una vez, estuviese en nuestra mano el volverle a nuestro poder para emplearlo mejor. Establecida la tesis general, pasamos a los argumentos de autoridad pertinentes y de obligada comparecencia: De todo son avaros los hombres (dijo Séneca en un tratado que intituló De la brevedad de la vida); el oro dan de mala gana, las joyas, las pensiones y otras cosas de menor estimación; y llegado a tratar del empleo del tiempo, con facilidad y con prodigalidad grande lo dan a quien lo quiere de balde, al juego, a la chacota, a la murmuración y a otros vanos entretenimientos, y aun viciosos y culpables, que es lo peor. Y de ahí sale una convicción tan profunda, que por fuera ha de repetirla en la conclusión del libro, como no podía ser de otra manera:  Me parece que habremos cumplido si le enseñaos a repartir el tiempo, que es un arte y facultad de tanta importancia, que dijo Anaxágoras, que quisiera más saber repartir el tiempo de su vida, que saber toda la filosofía natural perfectamente. Y Simonedes, según refiere Estobeo, en el sermón 95, dijo que todo el tiempo de la vida era corto para saber acomodar el tiempo a la vida, de manera que fuese fructuoso para la vida el tiempo. ¿Qué diremos de los juicios que, en vez de al tiempo, se le dedican a la persona? Esos seres de los que lo más halagüeño que se pregunta es: ¿Hay, por ventura, cosa más difícil de conocer que el corazón de un hombre? La respuesta la busca nada menos que en Jeremías, un viejo conocido de los lletraferits…: Malo es el corazón del hombre, y dificultoso de vadear el fondo y profundidad del mar de los secretos que en él se encuentran. La Guía, por lo tanto, se ofrece como un libro “defensivo” que permita instalarse en la Corte sin sufrir sus asechanzas ni sus daños, porque, como recuerda con Plauto: de los muchos hombres que parecen a propósito para ser amigos de un hombre, pocos suelen salir buenos y ciertos y con Hesíodo: Los amigos no han de ser muchos ni pocos, de la que deduce con discreción y advertencia que es muy de nuestra condición humana mirar lo que es en nuestro favor con anteojos, que de hormigas hacen gigantes, y si es en disfavor nuestro, al revés. Recordemos que, desde el comienzo de la obra, quedó fijada la tesis de partida: No os puedo negar que deja de haber apariencias engañosas, y más en los miserables tiempos que ahora corren, a donde la ruin costumbre  y mal uso ha querido hacer al suyo algunas virtudes aparentes, y algunas bondades fingidas; virtudes enmascaradas y santidades trasnochadas, con los primeros crespúsculos de la mañana, aun antes de llegar la luz del día, a un volver de ojos se deshacen esas mentiras, como las nieblas con los rayos del sol. A la Guía, en consecuencia, bien le cuadraría el subtítulo de su libro de sermones, La casa de la razón y los desengaños, pues no tiene otra finalidad. A lo largo de la obra, en la que, como en las polianteas, cabe de todo, ya lo he mencionado, no puede no tener cabida la preceptiva burla del culteranismo: Era menester un perro perdiguero, para que sacara por el olfato el principio de la oración….  e incluso una pequeña parodia estilística del mismo: Los veinte que me pidió reales no tengo, si bien mi deseo con vuesa merced grande de servirle, los posibles pasa límites de gratisfacerle, la más que conocido ha mostrado voluntad en todas las ocasiones de me honrar y favorecer con sus extremadas en todo visitas, sutil, que es ingeniosa conversación, en que mejore y aumente el que puede, que es Dios, y pudo dársela. El que le guarde, Dios, amén. Si bien luego el autor acaba usando algún latinismo crudo, fuera de ese contexto paródico, hasta las fundulas que eran las calles sin salida. Fundulus es un latinismo crudo, diminutivo de fundus, que da en catalán Fondalada, “trozo de terreno entre otros más elevados , pero nada en castellano, quien sí tiene, de fundus, “hondonada”.  Dentro de ese batiburrillo de anécdotas, noticias curiosas y juicios singulares, a muchos les llamará la atención este juicio de Remón sobre nuestras tradiciones: España, tan indomable en observar sus antigüedades, como se ve en el correr toros, una cosa, que (como dijo el otro caballero) cuando no hubiera otros inconvenientes en correrlos, no se habían de permitir, siquiera por no enseñar a huir a los hombres, de que se había de correr la Nación española tan poco enseñada a criar hijos que volviesen las espaldas a enemigos, cuanto y más a una bestia, compatible, sin embargo, con una delicadeza romántica como la de considerar que la fineza del amor consiste, no en esperar  a que se pida lo que se apetece, sino en adivinar lo que se desea y madrugar a darlo antes que se imagine lo que se quiere pedir. Un estilo “elevado”, podríamos decir, que contrasta con narraciones como la de la relación prematrimonial de dos personas ya entradas en años que someten su convivencia a prueba a lo largo de un tiempo prudencial para saber si deben casarse o no. La narración es de las más divertidas del volumen, porque uno y otro, haciéndose eco del proverbio “cada maestrillo su librillo”, sacan sus libros respectivos para leer cada uno de ellos en sus Fueros particulares el récipe que el otro ha de oír hasta que le toque a él devolverlo, al estilo de lo que ahora se lee:
-También tengo yo libros -dijo Casquillas.
Y sacándole leyó así: La mujer casada ociosa, o dará en liviana o en golosa, y la andariega y galana en perdida o vana. Lo que habéis de hacer es trabajar, que yo también trabajaré.
-Vos sois el que tiene la obligación; por eso se llama el matrimonio carga, porque la carga de uno solo es llevada.
-Antiguamente las cargas del matrimonio se llamaban carga, y ahora, como han crecido tanto, se llaman carretada, y a la carretada dos son a llevarla.

Se aprecia, espero, ese fino costumbrismo que, andando el tiempo, acabará pasando de los entremeses a los sainetes, una vena del humor teatral español que tuve la oportunidad de recordar hace unas semanas en la crítica de El Clamor, de Muñoz Seca y Azorín. Bien, como siempre peco de prolijo, y ya veo que me cuesta enmendarse, dejo aquí la presentación de esta obrita con un texto lleno de gracia, picaresca y dominio estilístico que es posible sea bastante a convocar a los intelectores a la lectura completa de estas obras de nuestra tradición que conviene ir rescatando como lo que son, lecturas populares, entretenidas y divertidas. Antes de dejarles con el texto, dos palabras sobre la edición, preciosa, del texto en la colección longitudinal El Parnasillo, de Simancas Ediciones, de Dueñas (Palencia) Tienen un fondo excelente, y de aquí a no sé cuándo volveré a este Diario con Enrique de Villena y con las Epístolas familiares de Guevara, y espero que con alguna que otra más. Lo lamentable es que la editorial esté en liquidación concursal, lo cual es ejemplo doloroso del destino de ciertas iniciativas auténticamente culturales en nuestro país. De momento, me atengo al compromiso de los Episodios Nacionales. Y, sin mas dilación, he aquí ese texto que sirve como botón de muestra de las riquezas estilísticas que cualquier intelector disfrutará en esta obra de Antonio Liñán y Verdugo, pseudónimo de Alonso Remón: [Novela y escarmiento séptimo]  Enviudó en Sevilla una mozuela criolla, que había venido casada de los reinos del Perú con un soldado, y como moza y libre y no de demasiadas buenas inclinaciones, apenas acabó el luto cuando dio en el lodo, arrimándose a un gentilhombre mancebo, de buen talle, entre estudiante y valiente, de los que comienzan en Sevilla a ganar nombre de hombres de bien. Habíase ya acuchillado una o dos veces, y aunque no mató ni hirió, no huyó, que son principios de la jerigonza valentónica: con todo eso, aunque por los padres o padrastros de la facultad matante fue aprobado y se gastaron en el día de su examen espadachil algunos tragos, roscas y ostiones crudos y e le dio la borla, con todo eso no se inclinaba tanto Aguado (que este era su nombre) a esto de lo valiente, cuanto a lo de ingenio y agudeza, y así luego fue descubriendo más inclinaciones a sastre que a herrero, quiero decir que cortaba sin seda y paño lo que era bueno, y trazaba mejor un embuste y embeleco, que Juanelo una casa o castillo. Era entre galán y lindo, calzaba puntos menos, cubría con el cabello las orejas a lo inglés, hablaba en falsete, gastaba goma para los bigotes y alzacuellos para el colodrillo; al fin, para decirlo de una vez, ya que no era ninfa, tenía mucho de ninfo: picole a la criolla este tapador de espejo flamenco; son etas mujeres de allá, entre pardillas y españolas, viciosas y vivas: encontráronse Sancho con su rocín, andaban a hazme la barba y harete el copete: despolvoreoles la flor no sé qué alguacil del alcalde de la justicia y ciertas primerizas estafas que se les probaron que habían hecho, ella a lo mulato y él a lo socarrón, con que salieron desterrados a letra vista, y a no haber buenos terceros y buen por qué, se vieran en mayores peligros, traspasándolos del mar Océano al Mediterráneo, sin ser jugadores de pelota de viento, a jugar palas de manos: tomaron por buen partido el destierro, y recogiendo no sé qué dinerillos, que no eran pocos, y un ajuar de más ruido que sustancia dieron consigo en Córdoba, aunque no había menester Aguado pasar por el potro para ser padre de caballos voladores.

miércoles, 24 de mayo de 2017

Las “Elegías” de Sexto Propercio o el siervo libre de amor…




Manual para devotos enamorados: las Elegías de 

Propercio o la voz inconfundible del amor que

traspasa las fronteras de la muerte.


La lectura de los clásicos siempre depara sorpresas y, en este caso, una tan estupenda como la de leer a quien tuvo una influencia determinante en la creación, para mi gusto, de uno de los mejores sonetos de la lírica en lengua castellana, Amor constante más allá de la muerte, de don Francisco de Quevedo: Sexto Propercio, nacido en el 50 a.C. en Asís. No solo influyó Propercio en Quevedo, por supuesto, sino en Rojas, en Herrera, en Medrano, en Bécquer, en Cernuda, en Alberti, en Goethe y en tantos cuantos fueron sensibles a la poderosa voz lírica con que el poeta de Asís supo plasmar el proceso de amores en un conjunto de poemas que, en el siglo XIV, imitaría Petrarca en su Cancionero, cuando andaba afanado en rescatar para la posteridad el nombre y la obra del lírico latino. Es cierto que Catulo, más lascivo que él, tiene más fama, pero hay en Propercio una espontaneidad en la manera de afrontar los numerosos lances amorosos que lo convierten en un poeta muy cercano a quienes también se hayan visto inmersos en esa vorágine de sentimientos encontrados que el poeta latino describe con sutileza e inspirado lirismo. Propercio, sin embargo, no es original, pues él aspira a incluirse entre el selecto grupo de poetas que dedicaron su obra a una enamorada, como lo refleja en sus propias poesías, puesto que en sus poemas no solo tienen cabida los amatorios dedicados a Cintia, sino algunos de carácter metapoético y no pocos de ellos de carácter civil, e incluso algunos de naturaleza épica, por más que él supiera que no era ese el camino que había de recorrer su musa, como señala en el poema Elegía, no épica: ¿Qué tienes tú que ver, loco, con esa corriente de agua?/¿Quién te ha mandado emprender la tarea del verso heroico?/No debes esperar de aquí, Propercio, fama alguna. En el poema titulado Méritos poéticos de Propercio es en donde cifra él su canon particular, en el que le gustaría ser incluido: ¿De qué te ha servido ahora la sabiduría de tus libros socráticos/ o poder describir la naturaleza de las cosas?/¿O de qué te sirve la lectura de los versos del poeta ateniense?/De nada sirve vuestro anciano en un gran amor./Imita más bien en tus poesías a Filetas de Cos/y el Sueño del nada florido Calímaco./ Estas canciones también componía Varrón, terminado su Jasón,/ Varron, pura pasión por su Leucadia;/ estas canciones cantaron también los escritos del lascivo Catulo,/ que hicieron a Lesbia más famosa que la misma Helena;/ estas canciones proclamaron también las páginas del docto Calvo,/ cuando cantaba la muerte de la desgraciada Quintilia:/ y ¡cuántas heridas a causa de la hermosa Licoride Galo, ha poco/fallecido, lavó en las aguas del Infierno!/ Cintia con mayor razón será alabada por el verso de Propercio/ si la Fama tiene a bien colocarme entre estos poetas. Estamos, así pues, ante un poeta que no solo no lucha contra la tradición, sino que la reconoce y quiere ser incluido en ella. De hecho, Filetas de Cos y Calímaco, serían los iniciadores de la corriente elegíaca amatoria en la que se inscriben cuantos el propio Propercio ha fijado en su canon. Recordemos, porque viene a cuento, que Filetas de Cos fue un filólogo, un erudito, además de poeta, y que Calímaco, además de poeta, claro, fue bibliotecario de la Biblioteca de Alejandría, lo cual indica lo cerca que anda siempre el espíritu poético del cultivo científico y estilístico de la lengua. La historia de Propercio y Hostia -nombre real de a quien el poeta se refiere con el poético Cintia- dura cinco años, pero incluso en el último de sus libros hay un hermosísimo poema, Aparición de Cintia, en el que la enamorada, desde más allá de la muerte, se dirige a Propercio para asegurarle que, aunque ahora lo posean otras, llegará el día en que, solo ella lo poseerá, porque, como abre el poema: Existen los Manes: la muerte no lo acaba todo,/ y una pálida sombra se escapa de la pira extinguida. Hemos de recordar también, para quienes aún no se hayan ejercitado en la lectura de Propercio, que la amada escogida respondía a un modelo también fijado por la tradición, el de la puella docta, es decir, no solo una belleza física, sino un ser lleno de gracia, saber estar y cierta formación artística, literaria, musical, etc. Tengamos presente que estamos ante una pasión arrebatada, ante un auténtico amor fou que vuelve loco a quien lo sufre, y de ahí los extremos a que llegan los amantes y las pasiones extraordinarias que viven ambos, sobre todo el poeta, la voz cantante, podríamos chistosear, de tal proceso de amores. Las elegías están llenas de afortunadas expresiones de la pasión amorosa que no nos sonarán extrañas ni rebuscadas, porque, a su manera, algunas se han fijado en esquemas narrativos propios de la poesía popular, como no ignoraban los autores de Tatuaje, Valerio, León y Quiroga: Y no dejaré de preguntar con insistencia a los marineros: /“Decidme, ¿en qué puerto está retenida mi amada?”, /Y añadiré: “Aunque esté en la orilla de Atracia,/y aunque en las de Iliria, ella ha de ser mía, o en expresiones de tipo coloquial que incluso han servido como título de película:   ¿Qué he hecho para merecer esto? A lo largo de las elegías va a ir emergiendo una visión del amor y, sobre todo, de la mujer, que contribuirá a fijar, por una parte, el ideal del amor único, apasionado, devoto hasta la esclavitud (Te juro por los huesos de mi madre y de mi padre/(si miento, ¡caigan, ay, sobre mí las pesadas cenizas de ambos!)/que yo seré tuyo, vida mía, hasta las últimas tinieblas:/La misma felicidad, el mismo día nos arrebatará a los dos./Y aunque ni tu renombre ni tu belleza me retuvieran,/Podría retenerme la dulce esclavitud a tu persona), y, por otra, el de la mujer como un ser cruel y de insatisfecha lascivia, siempre dispuesta a preferir el interés al amor, y fuertemente caprichosa: Pero a vosotras os es fácil urdir mentiras y engaños:/Esto es lo único que la mujer siempre ha aprendido.. Ninguna descendencia más directa de las elegías de Propercio que la novela sentimental del XV, las famosas narraciones Siervo libre de amor y Cárcel de amor, de Juan Rodríguez del Padrón y de Diego de San Pedro, esta última, por cierto, el primer best-seller europeo del que se tiene noticia. La esclavitud voluntaria de Propercio no está muy lejos, al menos en la expresión, de lo que Unamuno sentía por Concha, su mujer: Tú eres mi única casa, tú, Cintia, mis únicos padres,/tú, cada instante de mis alegrías. Ni siquiera un tópico de las relaciones amorosas como las inscripciones en las cortezas de los árboles falta en este “manual” de amores: Vosotros seréis testigos, si es que un árbol conoce el amo,/ haya y pino, queridos del dios de Arcadia./¡Ah, cuántas veces resuenan mis palabras bajo vuestras sombras/y se graba el nombre de Cintia en las tiernas cortezas! Pero no cabe duda de que el momento culminante de la emoción lectora es advertir en el poema 19 de Propercio,  Amor más allá de la muerte, el origen inequívoco del soneto quevediano: No temo yo ahora, Cintia mía, los tristes Manes/Ni me importa el destino debido a la postrera hoguera,/Pero que acaso mi funeral esté privado de tu amor,/Ese miedo es peor que las exequias mismas./No tan superficialmente entró Cupido en mis ojos/ Como para que mis cenizas estén libres de tu amor olvidado./(…)/ Allí, sea lo que fuere, siempre seré tu espectro:/ Un gran amor atraviesa incluso las riberas del destino./(…)/ Aunque los Hados te reserven una larga vejez./ Queridos sin embargo serán tus huesos a mis lágrimas./ ¡Que esto mismo puedas tú sentir viva sobre mis cenizas!/(…)/ Mientras podamos, gocemos juntos de nuestro amor:/ El amor, dure lo que dure, nunca es demasiado largo. Está claro que la condensación poética de Quevedo supera con mucho la elegía de Propercio, pero el mismo fuego de la emoción lectora consume al lector de ambos.  Constantemente, Propercio nos alecciona sobre las múltiples fases que pueden vivirse en un proceso de amores como el suyo, y los lectores las vamos identificando, dándole unas veces la razón y reconociendo siempre su maestría a la hora de identificar el origen de los males y de los éxtasis, como ocurre en el poema 4 del Libro II, donde sentencia, desde el título, algo que es de dominio común: El amor no tiene cura: Pues, ¿de qué falso adivino no soy yo una presa?/¿qué vieja no revuelve diez veces mis sueños?/Pues en el amor no vemos las causas ni los golpes directos:/ Ciego es el camino por donde, sin embargo, llegan tantos males./Este enfermo no necesita de médicos, no de blando lecho,/A este no le perjudica ningún estado del tiempo o el viento;/ pasea… ¡y de pronto sus amigos están viendo a un cadáver!/ Así es de sorprendente lo que se supone que es el amor. Recordemos que en el poema dedicado a la Infidelidad de Cintia, el poeta, no obstante, se atiene a un principio de realidad que, sin desmentir la pasión extraordinaria, la mienta sujeta a cauces ordinarios, de reacción: No sentirás tú dolor alguno, excepto la primera noche:/Todos los males en el amor, si los superas, son livianos. Con todo, Propercio fija un tipo de relación amorosa en el que, para mal de nuestra época, que ha hecho de las relaciones individuales entre enamorados una cuestión social de planes quinquenales e inversiones, hay una violencia expresa que, para nuestro mal, ya digo, se identifica con la verdadera llama de la pasión, tal y como se expresa en el poema titulado Riñas de amor, que hoy sería no solo visto con recelo, sino seguramente sometido al lecho de Procusto de la corrección política: Dulce me resultó la bronca de ayer a la luz de los candiles,/y las maldiciones sin cuento de tu boca furiosa,/cuando, enloquecido por el vino, empujaste la mesa y contra mi/arrojaste copas repletas con manos furiosas./¡Pero, venga, atrévete a tirarme de los pelos/y a marcar mi cara con tus lindas uñas;/amenázame con quemarme los ojos con el fuego de una antorcha/y desnuda mi pecho rasgándome la túnica!/
Son síntomas evidentes de una pasión sincera:/pues ninguna mujer sufre si no es por un amor profundo./(…)/No es verdadera la fidelidad que no experimente riñas:/¡a mis enemigos toque una amada insensible!/(…)/ En el amor quiero sufrir o sentirte sufrir,/ver mis propias lágrimas o las tuyas./(…)/Detesto los sueños que nunca arrancan suspiros:/quisiera estar siempre pálido cuando ella está airada./ Ya  he dejado escrito que incluso al final de su obra poética y de su vida, porque Propercio murió joven, en la treintena, como muchísimos poetas, como el propio Catulo, como Byron, como Espronceda, como Larra, como Garcilaso, como Jorge Manrique…, aún la presencia de Cintia tiene un poder sobre su obra y sobre él que lo marcan, definitivamente, como uno de los grandes amadores, al estilo de Abelardo o del inmortal, también por ficticio, Romeo. Pero para acabar esta presentación algo apresurada y un si es no es esquemática de la obra de Propercio, quiero transcribir un poema lleno de inspiración y delicadeza, Quejas de la puerta de Cintia, que me ha parecido delicioso, de invención y de elocución. A su manera, el poema sigue uno de los rasgos de la terapia Gestalt a la hora de hacer un análisis de los sueños, el que, acaso, sea el más original de los inventados por Fritz Perls a lo largo de su vida errante en pos del reconocimiento para su terapia y su propia persona, lo que solo le fue dado muy cerca ya de su propia muerte. Perls les pedía a los participantes en las terapias que, a la hora de describir sus sueños, no los “contaran”, sino que los “vivieran”, esto es, que se convirtieran en todos y cada uno de los elementos aparecidos en ellos, que asumieran su identidad con ellos y que hablaran desde su condición de camino, cuchillo, palangana, armario, carretera, esposa, ola, bombilla…, ¡todo, en definitiva, con lo que fuera que se hubiera soñado! Algo así, aunque no relacionado con un sueño, es lo que hace Propercio, adoptar la personalidad de la puerta de Cintia y quejarse, en un discurso entrañable que, a buen seguro, dejará tan buen sabor de boca a los intelectores de este Diario, que ya me imagino a las librerías desbordadas por las peticiones de las elegías de Propercio, ¡ojalá!:

16. Quejas de la puerta de Cintia.
Yo, que antaño fui abierta para grandes triunfos,
Puerta conocida por el pudor de Tarpeya,
Y cuyos umbrales, humedecidos por las lágrimas de los prisioneros
Suplicantes, adornaron con frecuencia carros de oro,
Ahora, herida por las peleas nocturnas de borrachos,
Me quejo de ser a menudo golpeada por manos indignas;
Nunca me faltan vergonzosas guirnaldas que cuelgan sobre mí
Ni ver antorchas tiradas, señales de enamorados excluidos.
Y no puedo alejar de mí las noches infamantes de mi dueña,
Yo, noble ultrajada con poesías obscenas;
Ella tampoco se preocupa de mirar por su buen nombre, pues vive con másdesvergüenza que la que permite el desenfreno de la época.
Entre estas cuitas se me obliga a llorar con graves lamentos,
Muy triste a causa de las largas guardias del enamorado                                                                                                     [suplicante. 
Este nunca consiente que mis jambas descansen,
Entonando versos con melodiosos requiebros:
‘Puerta, más cruel incluso que tu misma dueña,
¿por qué, atrancada, callas con hojas que me son tan esquivas?
¿Por qué, cerrada, no admites nunca mi amor,
sin saber, conmovida, responder a mis súplicas furtivas?
¿Es que no se concederá fin a mi dolor
y dormiré vergonzosamente en tu indiferente umbral?
De mí la media noche de mí, aquí tirado, las estrellas que llenan el
Cielo, y la fría Aurora con el hielo de la mañana de mí se                                                                                                     [compadecen:
Tú eres la única que nunca sientes compasión del sufrimiento 
humano y respondes por tu parte con tus goznes callados.
¡Ojalá mi débil voz, a través del hueco de una rendija
Pueda llegar a herir los oídos de mi amada!
Y, aunque ella aguante más que la roca de Sicilia
Y sea más dura que el hierro de los cálibes,
Sin embargo, no podrá contener el llanto
Y entre sus lágrimas se le escapará sin querer un suspiro.
Ahora duerme reclinada en los brazos afortunados de otro,
Y mis palabras se pierden en el Céfiro de la noche.
Pero tu sola, tú eres, puerta, la causa mayor de mis penas,
Jamás doblegada por mis regalos.
A ti no te he ofendido con ningún insulto salido de mi lengua,
Como los que suele bebida lanar contra lugares ingratos,
Por tolerar que yo, ronco por tan prolongados lamentos,
Pase en vela angustiosas esperas en las esquinas.
‘Por el contrario, en tu honor he elaborado a menudo poesías
Inéditas y estampé besos, apoyándome en tus gradas.
¡Cuántas veces, pérfida, me volví a tus jambas
y ofrendé votos obligados, ocultando mis manos!’
Esto dice el suplicante y lo que bien sabéis los desgraciados
Enamorados, de todo lo cual hace eco el canto de los gallos.
Así yo ahora, por los vicios de mi dueña y los llantos del eterno
Enamorado, me veo condenada a perpetuo desprecio.


domingo, 14 de mayo de 2017

Séptima noticia de la “Obras completas” de Platón: “El político o de la realeza”, “Timeo o de la naturaleza” y “Critias o la Atlántida”.







De un árido intermedio dialéctico: Del político como técnico de la mediación a las raíces ficticias de la ciencia, pasando por el lugar sin tiempo del mito: La Atlántida.



He de reconocer que esta séptima noticia me ha costado algo más de lo ya habitual y ello porque el excurso de fictaciencia que supone el Timeo me ha erosionado profundamente la devoción con que, hasta el presente, sigo instalado en la lectura del monumento fundacional de la razón crítica en Europa. Critias, por su parte, es un diálogo inacabado y, por tanto, llevadero; y el primero, El político, no aporta grandes novedades a lo que he podido leer en La república o, presumiblemente, leeré después en Las leyes, si bien, como ocurre en cualquier diálogo de Platón, no es difícil encontrarse con alguna formulación que sorprende e incluso cautiva al lector que persiste en su fidelidad a un razonamiento dialéctico incansable y poderoso.  Comenzaré por El político o de la realeza, no tanto porque sea el primero de los tres en el orden de lectura que sigo, sino porque la matización, o de la realeza, que sirve para titularlo, nos indica la clara preferencia de Platón hacia la aristocracia no tanto social cuanto espiritual. Platón jamás va directo al asunto que lo ocupa, sino que a través de rodeos periféricos va despejando el camino gracias al cual llegaremos, sin atajos, pero persuadidos, al corazón de su convicción. La imaginación filosófica de Platón no está lejos de la imaginación poética, y ya hemos ido viendo la capacidad lírica que, a través de ciertas imágenes o narraciones míticas, le han permitido expresar su pensamiento con total claridad, como el mito de la caverna, por ejemplo, o, en esta séptima noticia, el de la Atlántida, algo así como una renovación del mito de la Edad de Oro, descrito con suntuosidad y precisión de explorador puntilloso o agrimensor prekafkiano, puesto que hablará de oídas de un espacio que jamás hollarán las plantas de sus pies. En parte, en El político, resucita Platón la Edad de Cronos, concibiéndola como esa Edad de Oro en que se transformará la Atlántida, suma de todo bien y ningún mal, enfrentada a la Edad de Zeus. Mientras en la primera todo cae del lado de la divinidad, la condición humana incluida; en la segunda nos hallamos en la realidad histórica en la que la naturaleza humana solo ve la naturaleza divina como la legítima aspiración del alma a conseguir tal bien absoluto mediante la sabiduría y la virtud. Como dice el Extranjero que lleva la voz cantante de la exposición ante un Sócrates jovencísimo: Cuando se nos preguntaba por el rey y el político de ciclo actual y del actual modo de generación, fue un gran error el ir a buscar hasta el periodo opuesto el pastor que regía el rebaño humano de aquel tiempo, pastor que era divino, no humano. Por otra parte, presentarlo como jefe de la ciudad entera sin explicar de qué manera lo es, era, esta vez, decir la verdad pero, sin embargo, no la verdad completa ni la verdad clara: por eso nuestra última equivocación fue menor que la primera. Así pues, ayunos de modelos divinos que puedan servirnos de orientación para la determinación del político idóneo que gobierne al pueblo, el Extranjero va a determinar cuál puede ser el modelo que sira de referencia para tal menester social. Después de varias tentativas, y de definir el concepto de paradigma (Lo que constituye un paradigma es el hecho de que un elemento, al encontrarse idéntico en un grupo nuevo y totalmente distinto, se interprete en él exactamente y permita, una vez identificado en los dos grupos, incluirlo en una noción única y verdadera), el Extranjero nos propone la identificación del arte de la política con la del arte de tejer (una comparación muy de actualidad, por la referencia que ha hecho una candidata de las primarias del PSOE a la labor que se ha de realizar en el partido: coser las heridas que haya producido el descabalgamiento del anterior Secretario General). Fiel a la suerte de tecnocracia que orienta el pensamiento social de Platón, quien fía incluso el criterio de verdad al saber especializado de cada disciplina, contra la que no se puede combatir desde la mera opinión, sin disponer de la sabiduría técnica pertinente, una actividad propia de los sofistas y contra la que tan hermosas páginas llevamos leídas en los Diálogos, no es de extrañar que su reflexión sobre la política la oriente, precisamente, en la búsqueda de cuál sea el saber específico de los políticos para definir su actividad social, porque está claro que ese saber no puede ser -como lo dicta la experiencia- un saber al alcance de todos, sino de muy pocas personas, e incluso de una sola, el rey:  El carácter que debe servirnos para diferenciar estas constituciones no es ni el “algunos” ni el “muchos”, ni la libertad o la sujeción, ni la pobreza o la riqueza, sino la presencia de una ciencia, si queremos ser consecuentes con nuestros principios. (…) ¿En cuál de las constituciones dichas se realiza la ciencia del gobierno de los hombres, la ciencia que podemos decir es la más difícil y la mayor que sea posible adquirir? (…) ¿Habremos de creer que, en una ciudad, la multitud sea capaz de adquirir esta ciencia? SÓCRATES: ¿Cómo creerlo? EXTRANJERO: Y, en una ciudad de diez mil hombres, ¿acaso habría un centenar o una cincuentena que fueran capaces de llegar a poseerla de una manera satisfactoria? SÓCRATES: Según eso, la política sería la más fácil de las artes todas; y sabemos muy bien que entre todos los griegos existentes, no se encontraría, sobre diez mil, una proporción como esta de campeones del juego de los dados, sin hablar de querer encontrar otro número igual de reyes. EXTRANJERO: La forma recta de gobierno hay que buscarla solamente en uno, o bien en dos, o a lo más en algunos, para el caso en que esta forma correcta de gobierno llegue a tener realidad. A diferencia, o si no diferencia, sí un matiz en parte opuesto a lo defendido en La república, Platón va a defender en este diálogo la preeminencia del político, el rey, sobre las leyes, porque el carácter inmutable de las leyes es incapaz de lidiar con la multiplicidad de las situaciones humanas que exigen una interpretación adecuada y, sobre todo, una intervención justa por parte de la autoridad. Se trata, por lo tanto, de una potestad, la del gobierno y la justicia, que recae en una persona cuya virtud ha de hallarse íntimamente unida a su sabiduría política, un saber especializado, como ya hemos indicado, que no está al alcance de todo el mundo ni puede ser llevado a la práctica de forma común. O, como lo expone el Extranjero: Es del todo evidente que, de alguna manera, la legislación es una función regia; pero lo que más importa no es el dar fuerza a las leyes, sino al hombre regio dotado de prudencia. (…) Porque la ley no será nunca capaz de captar a la vez lo que es mejor y más justo para todos, de forma que dicte las prescripciones más útiles. Pues la diversidad que hay entre los hombres y los actos y el hecho de que ninguna cosa humana se encuentra, por así decirlo, nunca en reposo, no dejan lugar, en ningún arte y en ninguna materia, a una norma absoluta que valga para todos los casos y para todos los tiempos. (…) ¿No es por tanto imposible que lo que siempre se mantiene como absoluto se adapte a lo que nunca es así? ¿Por qué, pues, es necesario hacer leyes, si la ley no es la regla perfecta? Es preciso que encontremos la razón de esto. No obstante Platón introduce una reserva que aleja su “realeza” de la tiranía, porque Si alguien conoce leyes mejores que las de los antepasados, ese tal no tiene derecho a imponerla a su propia ciudad, sino cuando haya obtenido el consentimiento de cada ciudadano; de otra manera, no. Finalmente, y sin una capacidad suasoria excesiva, porque son muchos los puntos débiles de su argumentación, Platón descubre la esencia de la “política” en la capacidad de mediación de quien la ejerce sobre los conflictos inevitable de intereses que se producen en las sociedades, a los que califica como la enfermedad más vergonzosa que pueda haber para las ciudades. La labor del político, así pues, es la del tejedor, la de “tejer complicidades” entre los antagonistas para evitar el caos social: EXTRANJERO: ¿A qué ciencia asignaremos, pues, la virtud de persuadir a las masas y a las multitudes contándoles mitos en lugar de instruirlas?  SÓCRATES: Evidentemente, creo que esto corresponde aún a la retórica. EXTRANJERO: Ahora bien, acerca de la cuestión de saber si es necesario para con tales o cuales personas y en tales o cuales casos emplear la fuerza o la persuasión o simplemente no hacer nada, ¿a qué ciencia daremos la decisión? SÓCRATES: A la que dirige el arte de persuadir y el arte de hablar. EXTRANJERO: Pues bien, esta no es otra, imagino yo, que aquella ciencia de que está dotado el político. La que las gobierna a todas, la que tiene el cuidado de las leyes y de todos los asuntos de la “polis” y que une todas las cosas en un tejido perfecto no haremos, al parecer, más que hacerle justicia escogiéndole un nombre lo suficientemente amplio para la universalidad de sus funciones y llamándola “política”. Está tan convencido Platón de la dificultad de la acción política que llega a decir que si en lo que respecta a lo bello, al bien, a lo justo y a sus contrarios, arraiga en las almas una opinión realmente verdadera y firme, digo que se ha realizado algo divino en un linaje demoníaco. Eso divino no es otra cosa que el poder real de la política para crear la armonía social que permita el desarrollo de los individuos y de la ciudad, sin que el caos de los enfrentamientos acabe con ella: aquí se halla toda la función de este arte regio del tejido: la de no permitir nunca que se imponga este divorcio o separación entre los caracteres comedidos y los caracteres enérgicos, la de tejerlos en una unidad, por el contrario, por medio de la comunidad de opiniones, de honras, de distinciones, por medio del recíproco intercambio de prendas, a fin de hacer de ellos un tejido ligero y, como se dice, bien apretado, y confiarles siempre en común las magistraturas en las ciudades. (…) Con esto queda concluido como tejido bien hecho ese algo que urde la acción política, cuando, tomando las características humanas de energía y moderación, la ciencia regia ensambla y une sus dos vidas por medio de la concordia y la amistad y, realizando así el más excelente y magnífico de todos los tejidos, envuelve con él, en cada ciudad a todo el pueblo, esclavos u hombres libres, los estrecha juntos en su trama y, garantizando a la ciudad, sin fallos ni desfallecimientos, toda la dicha de que ella es capaz. Manda y gobierna. Se trata, ya se advierte, de un conjunto de buenos deseos que tienen poco o nada que ver con la vida real de los pueblos, porque las disensiones han predominado siempre sobre los consensos y porque esos caracteres, “comedidos” y “enérgicos”, en los que sintetiza Platón los enfrentamientos sociales, suelen andar siempre a la greña y muy raramente la política acaba de tejerlos en una sola pieza en la que ambos se sientan cómodos y felices. El Timeo o de la naturaleza, es una excursión cosmológica y biológica que no se plantea como una exploración del ser humano como ciudadano, ni las repercusiones sociales que pueda tener dicha naturaleza, sino como una fantasía poética que basada en las pocas evidencias científicas que por aquel entonces se tenían sobre el funcionamiento real del cuerpo humano y de la creación del cosmos, le permite a Platón aventurar teorías que hoy nos hacen sonreír, desde el punto de vista científico, pero no así desde el punto de vista literario, aunque la prolijidad del diálogo y el entusiasmo descriptivo de Platón sean a todas luces excesivos para un lector moderno habituado al conocimiento objetivo, científico, sobre todas esas materias. La decantación de Platón hacia  la tecnocracia: sobre ciertas realidades han de hablar aquellos que las dominan tanto a nivel teórico como a nivel práctico, lo lleva a embarcarse en una teoría cosmogónica con fundamento geométrico que  hace entre difícil e imposible seguir, a veces, su razonamiento, expresado además de una manera casi vehemente y apodíctica. El diálogo se abre con un recordatorio de cuanto se había dicho en La república sobre la clase de los guardianes y sigue con el inicio del mito de la Atlántida, para el que se utiliza la técnica literaria del “manuscrito hallado”, quizás por vez primera, aunque no sé si García Gual le otorgaría ese lugar de privilegio en la formación del tópico, pero la afirmación de Critias en el diálogo de su nombre no deja lugar a dudas: los manuscritos mismos de Solón estaban en cada de mi abuelo, actualmente se hallan todavía en mi casa y yo los he estudiado mucho en mi juventud. Sea como fuere, lo cierto es que Critias va a leer un texto elaborado por su bisabuelo a partir de las revelaciones de Solón, uno de los siete sabios de Grecia, como nadie ignora, quien, a su vez, reproduce el contenido de los escritos que los sabios egipcios crearon sobre los orígenes de Grecia y sobre la Atlántida, imperio contra el que lucharon los griegos antes de sucumbir ambos, el ejército griego y la propia Atlántida tras uno de los grandes diluvios de los tiempos remotos. Estamos, se advierte, en esa frontera entre la historia y el mito que acaba decantándose hacia el mito, como lo veremos más tarde en el Critias inacabado. Comencemos por el final: Al final de razonamiento verosímil hay que decir que el mundo es realmente un ser vivo, provisto de un alma y de un entendimiento, y que ha sido hecho así por la Providencia del Dios. El Demiurgo, creador del cosmos y de los seres vivos, lo primero que crea es el alma, tomándose como modelo a sí mismo, de ahí que, desde el inicio del cosmos, haya dos realidades muy distintas: la del alma igual siempre a sí misma y la del alma unidad al mundo sensible, a la Tierra y a los seres vivos. Esa doble realidad, casi una doble naturaleza de todo lo creado va a marcar el dualismo platónico entre el mundo autosuficiente, bello y sabio de las ideas y el mundo de la realidad que aspira a elevarse hacia él: Toda esta composición el Dios la cortó en dos en su sentido longitudinal y, habiendo cruzado una sobre otra las dos mitades, haciendo coincidir sus puntos medios como una X, las curvó para unirlas en círculo, uniendo entre sí los extremos de cada una, en el punto opuesto al de su intersección. Los rodeó del movimiento uniforme que gira en el mismo lugar y, de los dos círculos, hizo uno interior y el otro exterior. Destinó el movimiento del círculo exterior a ser el movimiento de la sustancia de lo Mismo; y el del círculo interior a ser el de la sustancia de lo Otro. He de reconocer que en la exposición platónica de la naturaleza de ambos mundos, el ideal y el real, entra en juego una dimensión especulativa de origen matemático que se me hace difícil de seguir sin escepticismo. Lo que está clara es la correspondencia entre lo que llamaremos el macrocosmos y el microcosmos, puesto que ambos son creación del Demiurgo y el alma de ambos es de la misma naturaleza, con la única diferencia de la imperfección  que afecta al segundo: Debido a todas estas afecciones o modificaciones, el alma, desde el momento de su nacimiento, cuando acaba de ser encadenada a un cuerpo mortal, es al comienza y primitivamente loca. Pero cuando disminuye la afluencia de sustancias que nutren y hacen crecer el cuerpo y cuando de nuevo, al volver a conseguir la calma, las revoluciones del alma siguen su propio camino y se afirman más y más en él a medida que pasa el tiempo, y las revoluciones de cada uno de los círculos comienzan a enderezarse regularmente, según la figura que les es natural, estas revoluciones se estabilizan; ellas dan ya a lo Otro y a lo Mismo sus nombres exactos y ellas hacen de manera que el que las posee adquiere la sensatez. Si, junto a esto, viene a sumarse al proceso un buen metido de educación, el sujeto vuelve a ser normal y a estar totalmente sano, y escapa así a la más grave de las enfermedades. Por el contrario, si se ha sido negligente y se ha llevado una vida sin equilibrio, entonces se retorna nuevamente al Hades, a estado de ser inacabado e insensible. Respecto de la creación de la especie humana, Platón sigue marcando las diferencias entre ambos planos, macro y micro, basándose en la doble naturaleza de la Tierra y los seres humanos, hijos de la necesidad y de la inteligencia, y el cosmos, hijo de la sabiduría, el bien y lo bello: Habiendo recibido de él el principio inmortal del alma, han envuelto este principio con el cuerpo mortal que lo acompaña; le han dado como vehículo el cuerpo entero. Además modelaron en él otra especie de alma, la especie mortal. Esta conlleva consigo pasiones temibles e inevitables. En primer lugar, el placer, ese incentivo poderosísimo para el mal; los dolores, luego, causas de que abandonemos el bien; y luego aún, la temeridad y el miedo, consejeros estúpidos; el apetito sordo a todo consejo y, finalmente, la esperanza, tan fácil a la decepción. Han mezclado todo esto a la sensación irracional y al amor dispuesto a arriesgarlo todo. Y así han compuesto, siguiendo procedimientos necesarios, el alma mortal. (…) [ El cuello es el istmo que separa la cabeza y su alma espiritual del resto del cuerpo, con su alma corporal:] Con este fin, dispusieron una especie de istmo o de límite entre la cabeza y el pecho y han colocado entre ellas el cuello para mantenerlas separadas.  La inmortalidad del alma del cosmos frente a la mortalidad del alma individual es producto de esa inextricable relación entre el alma y la materia que caracteriza a los seres humanos, hechos para dominar el mundo a imagen y semejanza del Demiurgo que domina el cosmos. En la escala jerárquica biológica de Platón me ha llamado mucho la atención el hecho de que considere a los árboles como la especie viva más próxima a nosotros, y ello porque los árboles se afirman en las raíces y crecen hacia los cielos y el ideal, mientras que las especies animales viven atadas a la tierra por sus cuatro, ocho o ningún pie, en el caso de los reptiles, en señal de dependencia, de esclavitud. De hecho, en la descripción de la naturaleza humana, Platón, con una hermosa imagen de tipo surrealista, nos dice que los cabellos de la cabeza, separada del resto del cuerpo por el istmo del cuello, son nuestras raíces. Antes de seguir, conviene no olvidar la precaución expresada por Timeo en su largo discurso: Yo, el que habla, y vosotros que juzgáis, no somos más que hombres, de manera que en estas materias nos basta aceptar una narración verosímil y no debemos buscar más. Ahora bien, cuando Platón entra de lleno en el análisis de las almas del cuerpo, su ubicación fisiológica y demás características, aquella verosimilitud de la que  habla acaba lindando con la poesía o con la ficción metafísica (si es que esto no es un pleonasmo per se): Hizo el hígado espeso, liso, brillante dotado de dulzura y de amargura: de esta manea la vehemencia de los pensamientos que proceden del entendimiento se proyecta sobre él como sobre un espejo que recibe rayos de luz y permite la aparición de imágenes. Con ello el entendimiento asusta al hígado. (…) Utilizando la dulzura que encierra el mismo hígado, rehace y libera todas sus partes llanas y lisas. Y vuelve así alegre y serena la parte del alma que habita en torno al hígado. Durante la noche, la calma la hace capaz, en el sueño, de hacer uso de la adivinación. (…) En efecto, ningún hombre dotado de su sano juicio llega a la adivinación de origen divino y verídica, sino que es necesario que la fuerza de su espíritu esté trabada por el sueño o la enfermedad, o bien que se haya desviado en una crisis de entusiasmo. Y aquí conviene recordar, porque es lo congruente con las doctrinas platónicas, la etimología de entusiasmo, “rapto divino”. Recordemos, además, que, para Platón, el hígado forma parte, así mismo, del sistema auditivo: El movimiento que determina ese choque, que comienza en la cabeza y acaba en la región del hígado, es la audición. La teoría creacionista de Platón no pierde de vista esa dualidad materia-espíritu a la que hemos de responder tratando de hacer lo posible para lograr el equilibrio y, sobre todo, la preeminencia de la inteligencia que aspire a captar el mundo puro y esencial, ideal, del Demiurgo. En esa lucha que el cuerpo ha de sostener contra sí mismo para superar el anclaje a la bestialidad que supone nuestra materialidad, y ahí están nuestras muchas almas corporales y la necesidad de que la inteligencia las domine a todas, las meta en cintura, Platón recomienda la mejor estrategia posible, ayer, para hoy, y quizás para siempre, si la ciencia no lo impide: Es pues necesario que el matemático y todo aquel que ejerza enérgicamente alguna actividad intelectual dé también movimiento a su cuerpo y practique la gimnasia. (…) En consecuencia, de entre todos los medios de purificar y disponer el cuerpo, el mejor es el que se consigue por medio de os ejercicios gimnásticos, porque, como ya había dicho Timeo al comienzo  de su discurso: El Dios, en cambio,  ha formado el alma antes que el cuerpo: la ha hecho más antigua que el cuerpo por la edad y la virtud, para que ella mandara como señora y el cuerpo obedeciera. Renuncio a reproducir siquiera en esbozo la minuciosa descripción que hace Platón de la organización social y la disposición física de la Atlántida, que es el meollo del diálogo Critias o la Atlántida. Baste decir, si acaso, que la disposición en círculos concéntricos separados unos de otros por canales de agua, como si se tratara de una Venecia circular, tiene un poderoso atractivo para el lector. La Atlántida la presenta Platón como la realización histórica de su República, con unos “guardianes” que se atienen a lo establecido en su diálogo político. La descripción de la isla responde al mito de la Edad de Oro y el Paraíso perdido, si bien puede también ser entendido como  el primer relato utópico: el bien exento de mal, que solo perece, como es lógico que así suceda, por causa natural, no porque su perfección se hubiera pervertido, porque entonces perdería, la narración, ese carácter utópico.

jueves, 4 de mayo de 2017

Una olvidada y, sin embargo, actualísima obra de Pedro Muñoz Seca y Azorín, “El Clamor”.





Un corrosiva crítica al periodismo sensacionalista a la altura de Primera Plana, de Wilder: El Clamor, de Muñoz Seca y Azorín o un estreno que, como en los buenos tiempos de La venganza de don Mendo, sería, hoy, de lleno diario…

Doy por descontado que el hecho de que la primera obra de teatro que vi en mi vida, representada por los cadetes de la Academia de Aviación de San Javier,  fuera La venganza de don Mendo influyó decididamente no solo para convertirme en un aficionado al teatro como espectáculo, sino, específicamente en el amor al sainete como forma artística que en nuestro país ha tenido cultivadores tan geniales como los hermanos Quintero, como Carlos Arniches -¡aún me río, casi como un tic nervioso, al recordar la excelentísima El señor Badanas, vista en televisión e interpretada por un genial Quique Camoiras-¡, el propio Muñoz Seca o lo que podríamos considerar la superación del mismo a través de los esperpentos de Valle Inclán y, más tarde, un teatro humorístico que hereda del sainete no pocos de sus rasgos característicos y que cultivan autores como Jardiel Poncela o Mihura entre otros. No hay más que recordar, por ejemplo, la película de Jerónimo Mihura, sobre texto de su hermano, Mi adorado Juan, curiosamente un plagio de un personaje creado por Manuel Mur Oti en su película dramática Un hombre va por el camino, de lo cual doy razón en la crítica que hice, esta, en mi Ojo Cosmológico.  La venganza de don Mendo tiene para mí, un significado emocional que no adultera en modo alguno la entusiasta apreciación crítica que he ido consolidando con el paso de los años y en la que no poco tuvo que ver la que me parece la mejor versión que he visto de la misma: la película, con el mismo título, de Fernando Fernán Gómez, adelantadísima a su momento, 1961 y no del todo bien comprendida por la crítica. El mejor homenaje que puede hacérsele es verla, sin prejuicios, y dejarse llevar por un humor que no te arranca la risa de la boca desde el comienzo hasta el apoteósico final: una joya, salvo para siesos (y algo ciegos). Algún día tendré que escribir sobre mi relación con el teatro, como actor, como director y como escritor -por algún cajón debe de parar La duermevela de Segismundo, durmiendo su particular sueño desencajado…-, pero quede de momento, a título anecdótico, que participé, como actor novel, en el estreno en España, en el festival de teatro universitario, en Madrid, de todo un hito teatral: El canto del fantoche lusitano, de Peter Weiss, representada clandestinamente en otro Colegio Mayor distinto del anunciado debido a las presiones de la embajada portuguesa ante las autoridades españolas. Si el teatro “es” la vida, en condiciones de realidad difícilmente igualables por cualquier otra disciplina artística, no es de extrañar que, de repente, haya acabado haciendo autobiografía a partir de la divertidísima lectura de El Clamor, de Muñoz Seca y Azorín, que hice ayer y que me ha dejado tan buen recuerdo que me ha movido a proponer su lectura a cuantos quieran no solo pasar un rato divertido, sino asistir a una representación que, como digo en el título, nada tiene que envidiarle a la mismísima Primera Plana de Wilder, si es que no la supera, en corrosión y en estructura teatral. La obra con notable éxito de público y reducido de crítica, conllevó, incluso, la expulsión de la Asociación de la Prensa del mismísimo Azorín, famoso por tantísimas obras pero, desde el punto de vista periodístico, por unas crónicas parlamentarias que merecen ser leídas urgentemente: Parlamentarismo español. La trama de la obra es sencilla: El Clamor, un periódico impulsado por un figurón político para garantizarse elecciones y cargos con los dineros de la herencia de su hija y los de su mujer, que no está dispuesta a seguir sufragando esa “aventura” del marido, está al borde la quiebra y la desaparición: Esto se va, querido Astudillo. ASTU. Esto se ha ido ya hace un rato. Y se ha ido. adonde yo me sé, que es adonde nos vamos a ir tos. ¡Malhaya sea! ¡Con lo bien que estaba yo en Sevilla escribiendo de toros!.... La acción transcurre en la redacción del diario, que no resulta, bien mirado, muy distinta de aquella que visitan los jóvenes modernistas en Luces de bohemia para exigir que se proteste contra la detención de Max Estrella, aunque lo que en Valle acaba siendo una evocación de la juventud perdida, en Muñoz Seca y Azorín es una crítica despiadada del periodismo basura que no se paraba ni siquiera en la corrupción de los cronistas o en lo miserable de las condiciones de los periodistas en general, amén de lo que podríamos considerar el meollo de la obra, la denuncia del amarillismo sensacionalista, porque, dada la crítica situación y la ausencia de fondos, al impulsor de El Clamor se le ocurre la brillante idea de autosecuestrarse y convertir en noticia su imposible presencia en la Sociedad de Naciones para presentar un informe sobre la necesidad imperiosa e irrefutable de la descolonización de Gibraltar. La verdad es que, por actualidad, hasta sale un consejero del Consejo de Administración del diario que se llama Marhuenda – (Marhuenda dará la sensación de un tendero con el traje de los días festivos), dice la acotación con insólita capacidad de clarividencia futura-, no digo más… La obra se abre con el intento de conseguir el patrocinio de en empresario catalán a quien el director le va enseñando las dependencias del diario con la esperanza de que se decida a invertir en él, pero el corro de periodistas enseguida contrarresta la visión heroica de la profesión con que quiere convencer el director al empresario: Lo que yo digo, hombre: que no puede ser. Con aprendises en los talleres, un regente que no cobra casi na y unos redactores que cobramos cuando repican gordo, no se puede hacer na de provecho. Cuando el director se reintegra a la redacción, confiesa su derrota: GARCÍ. (Entrando en escena, por la derecha.) Bueno, ya lo dijo también el... sabio de Grecia: A un banquero de Monjuí, reservado y escamón, no hay quien le saque en Madrí, ni un botón. (Risas.) ¡Caballeros, con Picornell! ASTU. En hueso, ¿eh? GARCI. Y con el estoque partido, que es lo peor. ¡Qué lástima! Yo que quería haber llevado esta tarde al Consejo alguna grata nueva... No obstante, acostumbrado a tener que lidiar realidades adversas constantemente, se empeña en convencer a sus colegas de que saldrán adelante: GARCI. Tengo mis planes. ¡Animo, pues, señores! Confiad en mí. Triunfaremos. Estamos habituados a triunfar diariamente. Si bien se mira... un periódico representa una batalla diaria; un general da una batalla y descansa; nosotros hemos de dar una todos los días y hemos de ganarla. ¡Adelante! Seamos optimistas. Esta tarde hablaré a Tostuera como he hablado a Picornell. ¿Vosotros no os reís cuando me oís hablar de ese modo vibrante, intenso?... (Ríen todos.) No les voy a hablar a ellos como os hablo a vosotros. Riámonos todos, alegremos un poco la vida. ¿Habrá vidas tan heroicas como las nuestras? ¿Qué sería de nosotros si no fuéramos un poco absurdos y extravagantes? ¡Señores, que no acabe nunca entre los periodistas el espíritu romántico. Y usted, amigo Martín, baje y haga una nota sobre la visita de Picornell. Póngale usted ilustre, opulento, cultísimo.  MARTÍN. ¿Cultísimo también? Recuerde usted que éste es de los que creen que Cicerón fué el primer romano que se dedicó a enseñar las catacumbas. GARCI. Póngale cultísimo; no perdamos las esperanzas. (Mutis de Martin por la izquierda.) Y ahora que hablamos de adjetivos, usted, querido Gallardo, baje también y repase la crónica de sociedad. Ponga usted, en lo referente al baile de Cembrano, bellísima, donde pone distinguida, y Lhardy, donde dice café de Jorge Juan. Refuerce, refuerce los adjetivos y los conceptos. No se pueden usar medias tintas en los periódicos. El periodismo es como la escenografía: se necesita recargar los colores, pintar con gruesos trazos, hacer que las gentes se fijen a fuerza de luces violentas... Aunque Luces de Bohemia no se estrenó en vida de Valle, si que fue publicada en 1924, y no me extrañaría nada que Azorín la hubiera leído mas que atentamente, sobre todo por expresiones tan inequívocamente valleinclanescas como esta: ¿Qué sería de nosotros si no fuéramos un poco absurdos y extravagantes? ¡Señores, que no acabe nunca entre los periodistas el espíritu romántico! Al propietario del periódico, el hombre político, se le describe del siguiente modo: ASTU. Déjeme usté hablá, hombre. ¿Usté sabe que don Lorenzo Tostuera es un hueso? Bueno, pues es un hueso. ¿Usté cree que es un buen escritor y un gran erudito? Pues no es nada de eso. No es más que un fantasmón más fresco que un sótano y más vasío que la plasa de toros el día de Nochebuena; un tío que se gasta los miles en figurá lo que no es, en firmá lo que no hase y en publicá lo que no escribe, pa que usté se entere. Ahí lo tiene usté, representando a España en la Sosiedá de las Nasione y discutiendo de Derecho, y el otro día dijo aquí que un choque de automóviles era una avería gruesa. Con esa presentación, está claro que el enredo que supone su autosecuestro, con las informaciones que va dosificando el director de los rastros que van poniendo a disposición de la policía poco a poco, para engordar la historia y sacar el provecho pertinente de los anunciadores, puede esperarse casi cualquier cosa, que es precisamente lo que sucede, a través de los celos de la mujer del director, y de los del político del director, quien se inventa una vida adúltera del político que la mujer rica está dispuesta a acallar mediante el dinero que haga falta para no herir de muerte la reputación del marido. Ni que decir tengo que las escenas de enredo, como la que tiene lugar estando el político debajo de una mesa revestida para una ceremonia, sin que lo sepan su mujer y el director, con el consiguiente cortejo de ella por parte de este, ignorante de la presencia del político, abundan y adquieren un nivel de jocosidad superlativo, digno de esa representación que esta obra exige urgentemente: GARCI. (Rendidísimo.) A mí me pide usted la luna, y yo subo, la cojo, la biselo y se la doy. ANGE. (Complacidísima.) ¡Qué esageradol Parese usté andaluz, y es usté de Navarra, ¿no? GARCI. Sí, señora; de una villa muy bonita: de El Busto, y... (Bajando la voz, y en son de piropo, contemplando su pecho.) no sabe usted lo que me gusta a mí el busto. ANGE. (Con cierto rubor.) ¡Por Dios, Garcillán!... Los valores de la obra no recaen exclusivamente en la crítica del sensacionalismo periodístico y en la falta de ética de quienes comercian con noticias, sino, para quien esto firma, en la desbordante y graciosísima imaginación lingüística que siembra el texto de ingenio y gracia en cada acto. A modo de ejemplo de lo que pueden encontrar los lectores vayan estas muestras por delante de lo que en el texto encontrarán, un texto que está a su disposición en las digitalizaciones de Google. Primero, la presentación de uno de los accionistas del diario, un redicho: ROZ. (Por la derecha entran en escena don Adelfo Roz, Pastranita y Marhuenda. Adelfo es un señor elegante, que usa barba gris, cuidadísima, y gafas de concha. Cuando habla, se escucha, y no se aplaude porque siempre hay alguien delante. Pastranita, su secretario, es un muchacho barbilampiño, pálido y escuálido) No me extraña: son similígenos. (Sin mirar a Pastranita, que está detrás de él, le indica con el pulgar de la mano derecha que debe inter- venir para aclarar el concepto. PASTRANA. (Como un eco, sin mover un solo músculo, tieso, rígido.) Del mismo género.... ROZ. Son dos tipos igualmente asóficos...  PASTRANA. (Como antes.) Sin ciencia. ROZ. Acaros...  PASTRANA. Sin gracia.  ROZ. Y arcadios.  PASTRANA. Sin corazón. Y, en segundo lugar, un breve repaso de las tan frecuentes como temidas erratas o gazapos de imprenta:  ROZ. (Sacando del bolsillo un número del periódico.) Aquí está el número de ayer. He señalado las erratas con palotes rojos, y vean ustedes que en todas las planas hay palotes. (Lee.) "De Antenas", que yo supuse era algo de la radio; pero no. (Lee.) "De Antenas, Grecia." GARCI. ¡Bah! Una ene... ROZ. ¿Y esta otra de la boda de mis sobrinos? (Lee.)  “Los nuevos esposos salieron para París. Deseamos a la feliz pareja todo género de aventuras” GARCI. ¡Una "a"...! ROZ. ¿Le parece a usted poco? Una "a" diferencia al caballo del cabello. GARCI. Y al barro del burro, sí, señorROZ. Además, señores, y esto sí que merece una apaneresis... PASTRANA. Amonestación. ROZ. "Al ver el ladrón que iba a ser aplaudido por los guardias, sacó una pistola y se levantó la tapa de los sexos." GARCI. Eso fué un lapso. ROZ. Un lapso... al cuello, amigo Garcillán. Y yo pregunto: ¿Por qué se incurre constantemente en estas falencias? PASTRANA. ¿Errores?    ROZ. ¿Es que el personal es poco orsado? PASTRANA. ¿Versado? GARCI. El personal, señor Roz, es orsado, versado, adecuado, honrado, y está cansado, volado y jorobado de estar mal pagado. CALA. Pues así estamos todos. Se advierte, pues, que si algo no le falta a El Clamor, es esa creatividad lingüística que a través del sainete creó, incluso, una suerte de argot chipén del madrileño castizo, por ejemplo, un arte en el que Arniches destacó con verbo propio. La obra tiene algunas referencias que me han llegado también al cogollo biográfico, porque, cuando se planea la “resurrección” del secuestrado, y se piensa en un gran acto de “bienvenida” al mundo de los vivos, se habla de la intervención de la rapsoda argentina Berta Singerman, quien, a sus 27 años era ya la celebridad a quien yo fui a ver, lleno de fervor poético, en una actuación en el Teatro Lara de Madrid con 15 años recién cumplidos y donde escuché por primera vez obras de Lorca, de Neruda, de Machado, de Alberti, de León Felipe… en una interpretación que entonces me pareció fascinante y que ahora sé que fue irrepetible. El Clamor, así pues, es una obra, como digo, que bien merece los honores del reestreno, y aficionados al teatro hoy que lo agradecerían de corazón y no tanto de diafragma, porque garantiza las carcajadas.