miércoles, 17 de octubre de 2018

Gertrudis Gómez de Avellaneda: «Autobiografía» y «Cartas a Ignacio Cepeda».






La intimidad de una firme voz de mujer en la España romántica: Gertrudis Gómez de Avellaneda o el derecho inalienable a la individualidad temerosa y temida.

No por ninguna razón especial, salvo la de las grandes lagunas por cubrir en una formación tan defectuosa como la mía, me había abstenido de “entrar” en la vida y la obra de Gómez de Avellaneda, quien se postuló para entrar en la RAE y fue preterida por sus colegas. Lo mismo le pasó a Emilia Pardo Bazán, quien, cuando fue rechazada, publicó en la prensa una “carta abierta a Gertrudis Gómez de Avellaneda”, solidarizándose con ella, a más de medio siglo de distancia. Finalmente, ha caído en mis manos un tomito saldado de la benemérita editorial El Parnasillo, de Simancas ediciones, que reúne dos textos aut0biográficos de la autora, el denominado Autobiografía, escrita para ser leída “exclusivamente” por Ignacio Cepeda y Alcalde, estudiante de Leyes,  a quien la autora pide expresamente que se deshaga materialmente del cuadernillo: Después de leer este cuadernillo, me conocerá usted tan bien, o acaso mejor que a sí mismo. Pero exijo dos cosas. Primera: que el fuego devore este papel inmediatamente que sea leído. Segunda: que nadie más que usted en el mundo tenga noticia de que ha existido. Nos hallamos, pues, ante una relación personal extraordinaria e inusual, porque, a lo largo de los dieciséis años de correspondencia entre ellos, nunca, y eso se desprende de los textos, llegó a quedar claro cuál era el verdadero fundamento de dicha relación. Tan pronto estamos ante una amistad pura y desinteresada, una reunión de almas aparentemente gemelas, ya ante una exigencia de fidelidad que roza casi el compromiso matrimonial. En cualquier caso, esa indefinición constituye una de las líneas argumentales de la autobiografía y de la relación epistolar. Cepeda fue para Gómez de Avellaneda poco menos que un Dios sobre la tierra, tales son los acentos “a lo Calixto” con que a él se refiere, y es menester añadir que ambos construyeron un espacio íntimo de libertad en la comunicación de sus pensamientos y sentimientos imposible de disfrutar de él públicamente, de ahí el inmenso valor que la escritora le atribuye, porque ella es consciente de su personalidad transgresora. Pensemos que, mientras dura ese epistolario, la Avellaneda tiene una relación íntima con el poeta sevillano Gabriel García Tassara con quien llega a tener una hija, María (Brenhilde la llama ella -quiero entender que como un eco de la Brunilda wagneriana, quien, por amor, opta por la condición humana frente a la divina…), que muere a los siete meses sin que el padre, atareado en la seducción de otra mujer por aquel entonces, se haya dignado ni siquiera conocerla. Soltera y embarazada en el Madrid de 1850 no es precisamente una situación apta para personalidades de escaso fuste. DE hecho, incluso se casó dos veces, una en 1846, con don Pedro Sabatger, de quien enviudó a los pocos meses, y diez años después, en 1856, con Domingo Verdugo, con quien, tras ser herido de gravedad en un duelo en defensa del honor literario de su esposa, viaja a Cuba para que se recupere, aunque fallece y vuelve a quedar viuda. Gertrudis Gómez de Avellaneda, que volvió de Cuba cuando su madre se casó en segundas nupcias, fue siempre en la sociedad española algo así como un “bicho raro”, una “indiana” que pronto destacó como poetisa, dramaturga y, finalmente, como novelista. Luego hablaré brevemente de Sab, una novela antiesclavista que puede competir perfectamente, en interés narrativo, con Ancho mar de los sargazos, de Jean Rhys. Aunque Baltasar fue su obra dramática más exitosa, leída hoy no está a la altura de Sab y mucho menos a la de estos textos autobiográficos que, aun pertenecientes al reducto íntimo de una privacidad construida con no poco esmero por los dos amigos, son hoy un maravilloso documento de las dificultades de una mujer para afirmarse en sí misma en aquella España de mediados del siglo XIX. Baltasar tiene la virtud de trazar, sin embargo, el retrato de un hombre minado por el nihilismo de una época en que han periclitado los optimismos románticos: ¡La dicha!... ¡fantasma vano,/que sigue loco el mortal!.../¡Nada hay cierto sino el mal!/¡Solo el dolor no es arcano! O, en conversación con su madre: ¿Qué mal sufres? La existencia. En 1860, Avellaneda escribe unos artículos dedicados a “La mujer”, en los que plantea la igualdad intelectual entre mujeres y hombres, e incluso la superioridad intelectual de las mujeres: "No ya la igualdad de los sexos, sino la superioridad del nuestro". En ellos pasa revista a los diferentes ejemplos del “triunfo” de las mujeres a lo largo de la Historia en todos los campos, desde el arte hasta la ciencia, pasando por la política, y llega a esa enaltecedora conclusión. La brevedad de los mismos permite una lectura, a mi juicio, necesaria, porque Gómez de Avellaneda jamás perdió de vista la reivindicación feminista. Pueden leerse en este vínculo.
         La Autobiografía que escribe Avellaneda para “uso y disfrute” de Cepeda nos permite conocer el periodo de formación sentimental de la autora desde su primer compromiso matrimonial, cuando tiene 15 años, que habría de formalizarse cuando ella tuviera 18. Desde su inicial romanticismo acrítico, influida por las lecturas más que por una experiencia imposible, por su situación familiar, Gertrudis no tardará en conocer algunos recovecos del alma humana que, como en el caso de su prima Rosa, su mejor amiga, no duda en acusarla infundadamente de tener planes licenciosos con un posible enamorado, exclusivamente pata birlárselo. Los desengaños contribuyeron no poco a la forja de un carácter que fue, poco a poco, consolidándose como una férrea determinación de gobernar su vida sin ceder a las convenciones sociales: ¡Cepeda!, ¡cuánto me engañaba!... ¿Dónde existe el hombre que pueda llenar los votos de esta sensibilidad tan fogosa como delicada? ¡En vano le he buscado nueve años! ¡En vano! ¡He encontrado hombres!, hombres, todos parecidos entre sí; ninguno ante el cual pudiera yo postrarme con respeto y decirle con entusiasmo: Tú serás mi Dios sobre la tierra, tú el dueño absoluto de esta alma apasionada. Mis afecciones han sido por esta causa débiles y pasajeras; yo buscaba un bien que no encontraba y que acaso no existe sobre la tierra. Ahora ya no le busco, no le espero, no le dese; por eso estoy más tranquila. Tras romper el compromiso de matrimonio, después de “escaparse” a casa de su abuelo, ante quien se postra pidiéndole ayuda, este muere tras haber cambiado el testamento, desheredándolas a ella y a su madre. No son pocas, pues, las adversidades que contribuyeron a la forja de un carácter que, a pesar de su triunfo literario relativamente temprano, hubo de lidiar con situaciones ante las que sintió la soledad de ser mujer, por el mero hecho de serlo: ¡Cuántas veces lloré en secreto lágrimas de hiel, y pedí a Dios me quitase la existencia, que no le había pedido, ni podía agradecerle! (…) Abrumada por el instinto de mi superioridad, yo sospeché entonces lo que después he conocido muy bien: que no he nacido para ser dichosa y que mi vida sobre la tierra será corta y borrascosa. La conciencia de su superioridad forma parte de esos serios impedimentos para la conquista de una paz emocional, digámoslo así, tras de la que anduvo durante toda su existencia. De hecho, su personalidad fogosa (Mi gran defecto es no poder colocarme en el medio, y tocar siempre en los extremos) debió de ser una de las razones, si no la principal, que “amedrentaron” al joven Cepeda e impidieron que un amor platónico, una amistad casi perfecta, se convirtiera en un apasionado matrimonio. Bueno, ello, la superioridad y el convencimiento de que la institución matrimonial, tal y como estaba planteada en su época, se le quedaba bastante más que estrecha: Mi única amiga era ya mi prima Angelita, era como yo desgraciada, y como yo lloraba un desengaño. Su marido, aquel amante tan tierno, tan rendido se había convertido en un tirano (…) y mi horror al matrimonio nació y creció rápidamente. Ya hemos visto, con todo, que ese horror no impidió que se casara dos veces, ni que estuviera a punto de hacerlo en otras dos, con Tassara y con el propio Cepeda, de haber llegado a algo positivo el “proceso de amores” que revelan las cartas y la Autobiografía. Avellaneda no tardará en percatarse de que ella es una mujer que, por su condición de literata, promoverá algo así como el “escándalo” a su alrededor, porque, dado el empuje arrollador de su talante, no tarda en percibir el ataque de las fueras contrarias: Daban mil punzadas de alfiler a mi reputación bajo otro concepto. Decían que yo era atea, y la prueba que daban era que leía las obras de Rousseau y que me habían visto comer con manteca un viernes. (…) Ridiculizaban también mi afición al estudio y me llamaban la Doctora. El panorama final, así pues, es el de una personalidad madura y consciente de su singularidad que ha de hacer frente a la pacatería y gazmoñería de una sociedad anclada en valores ultraconservadores, para los que sus “andanzas” no dejan de constituir un capitulo privilegiado de la chismosería, de la que no se librará propiamente hasta su muerte.
         Las cartas a Cepeda han de leerse como continuación de la Autobiografía, porque, de hecho, esta nace de aquellas. Dieciséis años de correspondencia, con altibajos comprensibles, porque Cepeda ha de atender a sus estudios y también a sus fugaces enamoramientos, hasta que, finalmente, se casa en 1854 con María Córdoba Goyanes, a quien se debe que las cartas, guardadas por su marido durante 70 años, vieran la luz de la publicación, razón por la que todos le hemos de estar muy agradecidos. La relación entre Avellaneda y Cepeda, pasa por muchas fases en las que nunca acaban de estar claros los fundamentos de la misma. Eso sí, Avellaneda es consciente de lo singular de su relación:  Raro, original es el papel que hago contigo. Yo, mujer, tranquilizándote a ti del miedo de amarme. ¡Es cosa peregrina! Pero contigo no soy mujer, no, soy toda espíritu, y ninguna regla es aplicable a este cariño excepcional que me inspiras. Esa situación casi de “privilegio” lleva a la autora a medir con extraordinario tacto los límites de dicha correspondencia: Nuestras cartas serán las de dos amigos, no amigos como lo hemos sido en algún tiempo, porque aquella amistad era una dulce ilusión; la de ahora será más sólida porque no será hija del sentimiento que antecede al amor, seralo, sí, de aquel que sobrevive a él, y que se funda precisamente sobre sus desengaños. No sé si hablaría así otra mujer en mi posición respecto a usted; pero ya he dicho mil veces que no pienso como el común de las mujeres, y que mi modo de obrar y de sentir me pertenece exclusivamente. Con todo, lo que está claro es el poder terrible que ejerce Cepeda sobre nuestra autora, quien no duda en darle sobre ella una autoridad que, consentida, se parece muy mucho al sometimiento matrimonial:  ¡Cepeda! ¡Cepeda!, debes gozarte y estar orgulloso, porque este poder absoluto que ejerces en mi voluntad debe envanecerte. ¿Quién eres?, ¿qué poder es ese?, ¿quién te lo ha dado?... Tú no eres un hombre, no, a mis ojos: eres el ángel de mi destino, y pienso muchas veces, al verte, que te ha dado el mismo Dios el poder supremo de dispensarme los bienes y los males que debo gozar y sufrir en este suelo. Te lo juro por ese Dios que adoro, y por tu honor y el mío; te juro que mortal ninguno ha tenido la influencia que tú sobre mi corazón. Tú eres mi amigo, mi hermano, mi confidente, y como si tan dulces nombres aún no bastasen a mi corazón, él te da el de su Dios sobre la tierra. ¿No está ya en tu mano dispensarme un día de ventura entre siete? ¡Así pudieras también señalarme uno de tormento y desesperación, y yo lo recibiría, sin que estuviese en mi mano evitarlo! Ese día, querido hermano mío, ese día sería aquel en que dejases de quererme; pero yo lo aceptaría de ti sin quejarme, como aceptamos de Dios los infortunios inevitables con que nos agobia. Desde esta perspectiva, diríase que Avellaneda se “abandona” a la confianza en su querido Cepeda y deposita en él su entera reputación. Es emotivo descubrir las inseguridades y flaquezas de una mujer madura que se sorprende ante sentimientos de amor inflamado que creía ya ajenos a su vida cotidiana: Yo he mandado siempre en mi corazón y en mis acciones con mi entendimiento, y ahora mi entendimiento está subyugado por mi corazón, y mi corazón por un sentimiento todo nuevo, todo extraordinario. ¡Posible es, Dios mío, que cuando yo me creía libre ya del dominio del amor, cuando me persuadía haberle conocido, cuando me lisonjeaba de experta y desilusionada haya caído en las garras de hierro de una pasión desconocida, inmensa y cruel!... ¡Posible es, Cepeda, que yo ame ahora con el corazón de una niña de 13 años!..., ¿qué es esto que por mí pasa?, ¿qué es esto que siento?..., dímelo, porque yo no lo sé. Es harto nuevo para mí, te lo juro. Y yo he amado antes que a ti: he amado, o lo he creído así, y sin embargo, nunca, nunca he sentido lo que ahora siento. Es, ya digo, el epistolario, un desfile continuo del proceso de desnudamiento de un alma ajena al ridículo y al qué dirán, por más que haga todo lo posible por encubrir del mundo casquivano  e insidioso sus procesos de amores: Yo no temo jamás el ridículo, es un traje que no le viene a mi talla. (…) No busco la reputación de espíritu fuerte; desprecio íntimamente a los que hacen alarde de una incredulidad que creen necesaria para probar su inteligencia, y doy gracias a Dios porque la mía, la que él me concedió, es capaz de llegar a la altura en que se ve la mezquindad lamentable de aquellas que solo alcanzan la despreciable gloria de escarnecer lo que no son capaces de admirar. Yo temo a Dios, pero solo a Dios. Los hombres pueden inspirarme compasión, si son débiles y sin justicia; afecto, si son rectos y capaces de dignas acciones; pero temor, jamás. Si yo desdeño la opinión del vulgo, es porque conozco a los hombres: conociéndolos, no es posible ni temerlos ni respetarlos. A lo largo de esas preciosas cartas, que contienen un tesoro admirable de la psicología amorosa romántica de la autora, quien no pierde nunca de vista la perspectiva de su enfrentamiento al mundo, siempre al acecho de denigrarla, es emocionante seguir las alternativas de unos sentimientos que van de la exaltación a la retractación y casi el ocultamiento, de la euforia a la pesadumbre. Avellaneda, ya se lo hemos leído, no es una mujer prudente, sino extremada y apasionada, y eso se lee de continuo en las cartas, llenas de un ardor y una exaltación que cautivarán a los letores actuales de las mismas, porque en todas ellas reina una libertad de expresión y de confianza en Cepeda que, sin duda, debió de atemorizar mucho al joven estudiante de Leyes: Ya ves que soy la misma: la franca india, la semisalvaje que no sabrá jamás ser coqueta, ni aun ser cauta. ¡Cómo iba a comprender el joven Cepeda una declaración tan arrolladora como esta!: Yo seré sublime en amarte, y esto me basta. Porque yo te amo con un amor que tú mismo no comprendes: ¡yo lo he conocido! No lo comprendes, no. Este culto de mi corazón, esta pasión pura, inmensa, tu corazón no la ha entendido. (…) ¿Me creerás, empero, si te digo que con todo este amor yo no deseo inspirarte eso que los hombres llaman pasión? (…) ¡Cepeda!, tú no me has conocido; tú no has comprendido mi amor. Yo quiero tu corazón, tu corazón sin compromisos de ninguna especie. Soy libre y lo eres tú; libres debemos ser ambos siempre, y el hombre que adquiere un derecho para humillar a una mujer, el hombre que abusa de su poder, arranca a la mujer esa preciosa libertad: porque no es ya libre quien reconoce un dueño. Digamos que el sensible joven, aun a pesar de su mentalidad liberal, no estaba preparado para ser el recipiendario de unas confidencias y de una pasión como la que le ofrecía una mujer de tanto carácter como la Avellaneda, y de palabra tan contundente y aun un pelín amenazadora:  ¡Oh! ¡Guárdate de enfriar mi corazón y de excitar mi orgullo! Guárdate de despertar en mi voluntad un deseo que nadie ha resistido hasta hoy; porque yo puedo cuanto quiero; mi voluntad es de aquellas pocas que hallan en su furia una omnipotencia terrestre. (…) Estás jugando con fuego peligroso. Si yo te amo, tu conducta es cruel; si no te amo, es ridícula. Porque, en fin, ¿sé yo hasta ahora si eres mi amigo, mi amante, o si no eres nada? (…) Como amante das poco; porque hasta ahora todo lo más apasionado que te he oído es que yo te entretengo, que te consume el hastío, que no crees en la felicidad, que te vas a París, y que amaste, o amas, a una mujer de quien huyes. (…) Sé solamente que tu conducta me hiere, y que no sabiendo qué eres para mí, qué soy yo para ti, comienzo a creer que vale más que no seamos nada el uno para el otro, porque ya sabes que no sufro medianías, que lo indeciso no me place. Cepeda, para su mal, sin embargo, es la encarnación de la indecisión, hasta que, después del episodio de Gabriel Tassara y su embarazo, decide casarse y “sentar la cabeza”. Ese es el momento de la “despedida” entre ambos, cuando ella, consciente de la ardiente intimidad que ha volcado en sus cartas, le pide que se las devuelva y, al tiempo, poder conservar las de él: Escucha una súplica, y por Dios no la interpretes mal. Tú crees y dices que la posesión de un objeto mata el cariño que inspiraba; yo no soy tan material, y sea orgullo, sea espiritualismo excesivo, amo y aprecio todo lo que poseo, todo lo que me pertenece. En este concepto amo las cartas tuyas porque las poseo, porque son mías; y sin embargo, como por idéntica razón, las que te he escrito en estos últimos días deben valer poco para ti, quisiera deberte un favor, y es que me dejes tus cartas y me devuelvas las mías; es decir, las que te he escrito desde que estás en Madrid. Han sido un episodio extraño en nuestra amistad, y me darás un placer en devolverme esas páginas intrusas, que te disgustaban por ser largas. No dudo que te deberé este obsequio, que sabré apreciar debidamente, y si exiges que lo pague dándote tus cartas lo haré, aunque con disgusto. De esa despedida queda el tono orgulloso de haber sabido, ella, estar a la altura de las circunstancias, y jamás arrepentirse de haberse entregado a él, en su correspondencia, totalmente, sin reserva alguna, siendo consciente no solo de lo que Cepeda pierde, sino de la oportunidad que ambos han dejado pasar de cimentar una felicidad que, sobre todo él, no va a encontrar, al menos como la que ella le ofrecía. Ella misma le escribe dos dolorosos epitafios a su proceso de amores frustrado: Yo he dicho en una novela: “No acuséis al corazón de perder sus ilusiones; así como no se acusa al árbol por ceder sus hojas al inclemente soplo del viento.” Y  jamás me siento tan infeliz como cuando, en momentos de desaliento, creo que estoy destinada a sobrevivir a mi corazón. Es lógico que se vea a sí misma derrotada, aunque aún le restarán fuerzas, tras el episodio de Tassara y el “abandono” de su fiel corresponsal, que se casa, de volverse ella a casar, lo que suma a las responsabilidades que se le acumulan, al hacerse cargo de sus sobrinas huérfanas y de su madre enferma. De ahí, pues, el terrible autorretrato que pone fin a la correspondencia:  Abrumada con el peso de una vida tan llena de todo, excepto de felicidad; resistiendo con trabajo a la necesidad de dejarla; buscando lo que desprecio, sin esperanzas de hallar lo que ansío; adulada por un lado, destrozada por otro; lastimada de continuo por esas punzadas de alfiler con que se venga la envidiosa turba de mujeres envilecidas por la esclavitud social; tropezando sin cesar en mi camino con las bajezas, con las miserias humanas; cansada, aburrida, incensada y mordida sin cesar… he aquí un bosquejo de esta mi existencia, que tan fausta y brillante te finges. Envejecida a los 30 años, siento que me cabrá la suerte de sobrevivirme a mí propia, si en un momento de absoluto fastidio no salgo de súbito de este mundo tan pequeño, tan insuficiente para dar felicidad, y tan grande y tan fecundo para llenarse y verter amarguras. (…) Superior e inferior a mi sexo, me encuentro extranjera en el mundo y aislada en la naturaleza. Siento la necesidad de morir. Y sin embargo, vivo y pareceré dichosa a los ojos de la multitud.
         Sab, finalmente, es una novela que lo tiene todo de romántica y, al tiempo, de preludio de un realismo casi naturalista, muy en la línea del posterior de la Pardo Bazán. El protagonista es un mulato que se ha criado en igualdad de condiciones con la hija del indiano en cuyas plantaciones trabajan esclavos, aunque Sab, que técnicamente lo es, va a ser liberado de tan afrentosa condición. Sab está enamorado de Carlota, pero esta es el objeto de deseo pecuniario de un negociante inglés que ha puesto en ella los ojos para casarla con su hijo y acrecentar su negocio, que no atraviesa una buena racha. El esclavo descubre los maquiavélicos intereses del enamorado, quien, a pesar de sentir un cierto afecto por su prometida, no quiere desairar a su padre, quien decide, finalmente, abortar todo el proceso del casorio porque se ha enterado de que el padre de Carlota está poco menos que en la ruina. La descripción de la naturaleza ocupa, como buena novela romántica un lugar destacado en la obra, y diera la impresión de que actúa como un personaje más, sobre todo cuando una tormenta nocturna pone en peligro al candidato a marido y es salvado por Sab, aun a riesgo de su propia vida. Con un giro truculento, un premio de lotería que le hubiera reportado al esclavo 40.000 duros, este se las ingenia, a través de una amiga de la novia, para hacerle llegar el premio a su “ama”, a fin de que el padre del candidato aceda a casar a su hijo con la hija del hacendado, lo que, nada más saber que dispone de esa “dote” de 40.000 duros, se verifica en el acto, para desconsuelo de un esclavo enamorado cuyo gesto altruista jamás será conocido por la hija del hacendado y gentil compañera de juegos de infancia del mulato. Se trata, pues, de un auténtico amor fou que, por lo exótico, tiene algo de relato surrealista, sobre todo, ya digo, por esa presencia dominante de la naturaleza exuberante en el relato, lleno de buenos sentimientos, pero también de una conciencia social por parte del esclavo que lo lleva a formular deseos de iniciar una lucha de emancipación para acabar con la esclavitud. La novela, quede claro, fue prohibida en Cuba, por contestataria. Nadie puede dudar de los profundos sentimientos antiesclavistas que animaron a Gómez de Avellaneda, profunda conocedora de Puerto Príncipe, actual Camagüey, donde nació y se crio. Me limitaré, además de recomendar la letura íntegra de la novela, que está disponible en la plataforma virtual Cervantes, a destacar dos párrafos que aúnan, a mi entender las dos perspectivas que Avellaneda quiso incluir de forma destacada en la novela: la reivindicación de la abolición de la esclavitud, de una parte, y, de la otra, la crítica de la sumisión de la mujer al hombre en una estructura patriarcal que la limitaba hasta herirla de muerte civil: -¡Cuán buena sois! -la dijo-, pero ¿quién soy yo para que os intereséis por mi vida?..., ¡mi vida! ¿Sabéis vos lo que es mi vida?..., ¿a quién es necesaria?... Yo no tengo padre ni madre..., soy solo en el mundo: nadie llorará mi muerte. No tengo tampoco una patria que defender, porque los esclavos no tienen patria; no tengo deberes que cumplir, porque los deberes del esclavo son los deberes de la bestia de carga, que anda mientras puede y se echa a tierra cuando ya no puede más. Si al menos los hombres blancos, que desechan de sus sociedades al que nació teñida la tez de un color diferente, le dejasen tranquilo en sus bosques, allá tendría patria y amores..., porque amaría a una mujer de su color, salvaje como él,  y que como él no hubiera visto jamás otros climas ni otros hombres, ni conocido la ambición, ni admirado los talentos. Pero, ¡ah!, al negro se rehúsa lo que es concedido a las bestias feroces, a quienes le igualan; porque a ellas se les deja vivir entre los montes donde nacieron y al negro se le arranca de los suyos. Esclavo envilecido legará por herencia a sus hijos esclavitud y envilecimiento, y esos hijos desgraciados pedirán en vano la vida selvática de sus padres. Para mayor tormento serán condenados a ver hombres como ellos, para los cuales la fortuna y la ambición abren mil caminos de gloria y de poder; mientras que ellos no pueden tener ambición, no pueden esperar un porvenir. En vano sentirán en su cabeza una fuerza pensadora, en vano en su pecho un corazón que palpite, «el poder y la voluntad», en vano un instinto, una convicción que les grite: «levantaos y marchad»; porque para ellos todos los caminos están cerrados, todas las esperanzas destruidas. ¡Teresa!, esa es mi suerte. Superior a mi clase   por mi naturaleza, inferior a las otras por mi destino, estoy solo en el mundo.
 Y es ella, es Carlota, con su anillo nupcial y su corona de virgen... ¡pero la sigue una tropa escuálida y odiosa...! Son el desengaño, el tedio, el arrepentimiento... y más atrás ese monstruo de voz sepulcral y cabeza de hierro... ¡lo irremediable! ¡Oh!, ¡las mujeres! ¡Pobres y ciegas víctimas! Como los esclavos ellas arrastran pacientemente su cadena y bajan la cabeza bajo el yugo de las leyes humanas. Sin otra guía que su corazón ignorante y crédulo eligen un dueño para toda la vida. El esclavo al menos puede cambiar de amo, puede esperar que juntando oro comprará algún día su libertad: pero la mujer, cuando levanta sus manos enflaquecidas y su frente ultrajada, para pedir libertad, oye al monstruo de voz sepulcral que le grita: «En la tumba».


domingo, 30 de septiembre de 2018

«Bodegones/Still Life», el arte iluminado de Miguel Martí.



Tríptico
Miguel Martí







La discreta colaboración del Artista Desencajado en una exposición pictórica singular: los bodegones dinámicos de Miguel Martí,  una aproximación a las paradójicas naturalezas muertas, llenas de vida y colorido. En Hellín, desde el 28 de setiembre al 7 de octubre.

Ayer por la tarde se celebró en Hellín la inauguración de la exposición Bodegones/Still Life, de Miguel Martí, un artista manchego de quien en Provincia Mayor comenté ya su anterior exposición  Sur Este-Este Sur. Sin renunciar a la marcada seña de identidad del artista, su uso  exuberante del color, la técnica del collage y el uso de objetos cotidianos que rememoran su propia autobiografía, Miguel Martí se ha adentrado en el mundo del bodegón, de la naturaleza muerta o del still life, en inglés, y nos ha ofrecido un recorrido palpitante por las inmensas posibilidades del género pictórico en cuestión. En una cincuentena de obras, el autor ha hecho una profunda inmersión en un mundo de referencias familiares, autobiográficas, que respiran, inequívocamente, en la pasión con que ha sabido captar ese instante mágico de las flores y las frutas en su momento de triunfo absoluto e inicio, por ello mismo, de su decadencia. La exposición está abierta en el Museo de Semana Santa, que fue antiguo palacio del conde de Lumiares, donde fue hecho prisionero el ilustrado Conde de Floridablanca tras su caída en desgracia, hasta el 7 de octubre. Por amistad con el autor, con quien me inicié en los estudios de Filología Hispánica en la Universidad de Madrid hace la intemerata…, he escrito la presentación de la exposición, recogida en un hermoso tríptico que se reparte a los visitantes, y que copio a continuación:

                                      BODEGONES / STILL LIFE
         La revolución protestante, que acabó con el mecenazgo religioso de los artistas introdujo en la pintura la temática dominante de la vida cotidiana y dentro de ella lo que acabó llamándose, en alemán, stilleven y, trasplantado al inglés, still life.; términos que equivalen a nuestro bodegón y al francés nature morte, “naturaleza muerta”. Todo nos habla, en este género pictórico de segundo orden para los académico, pero de gran éxito entre el público, de una dualidad que se percibe mejor en la expresión inglesa: Still Life: “Todavía vida” y “vida inmóvil” o “vida sosegada”. El pintor eterniza en el lienzo la vida tranquila de los dones de la naturaleza, no el bullicio desordenado de las pasiones humanas. Estamos, pues, ante un género pictórico enraizado en los sentidos y en la escenografía, es decir, en la reacción espontánea frente a la belleza plural de las formas y al deslumbrante cromatismo del mundo, por un lado, y, por otro, al artificio de la más exquisita composición, como la de un altar doméstico donde se rindiera homenaje a la vida elemental -como las Odas de Pablo Neruda-: los animales y los vegetales que representan nuestro sustento, junto a los objetos cotidianos consagrados a su culto.
Miguel Martí ha explorado el género del Bodegón, cuyos antecedentes se remontan a los egipcios y a las pinturas greco-latinas, con un impagable afán autobiográfico, porque en sus composiciones late el pulso vital del descubrimiento familiar de la naturaleza a través de sus ubérrimos dones. Como él mismo ha escrito: “ Mi infancia son recuerdos...” de aquella cocina que tenía toda la apariencia de un hermoso bodegón: dos armarios con puertas de cristales, uno a cada lado de la cocina de carbón, que no sé muy bien por qué le decían “económica”. En un lateral y al lado del balcón una gran mesa con tablero de mármol y patas de hierro fundido (del café que otrora tuvo mi abuelo Francisco, “el Pintao”). Los armarios de cristales tenían cuatro anaqueles de madera donde se guardaba los cacharros de cocina, la loza de Pickman y la cristalería. Los anaqueles se “decoraban” con papeles blancos de “barba” que mi madre recortaba con filigranas y yo pintaba con aquella gran caja de lápices de colores “Alpino”. Tomaba como modelo los cestos y fuentes de frutas que aparecían todos los días encima de la mesa, desde los primeros días de verano hasta los últimos de otoño: cerezas, albaricoques, nísperos, higos, brevas, melocotones, sandías, melones, uvas, granadas, membrillos...
Con técnicas ya usadas en otras exposiciones suyas, como el collage que presidía la titulada EN LA OTRA ORILLA. TÁNGER, Miguel Martí ha abordado la creación de estos bodegones, tan llenos de explosivos y brillantes colores como de depurada escenografía, con una técnica de papeles pintados fijados a una base de cartón, papel, lienzo o madera con una variada técnica de realización: pastel, sanguinas, tinta y óleo. Cada objeto representado exige una técnica y solo esa. Y el arte delicado del pintor descubre lo que la naturaleza íntima de cada objeto o de cada pieza vegetal exige, y de ahí la simbiosis perfecta entre el objeto y la técnica con que se le representa en el soporte escogido. El bodegón ha sido la indiscutible escuela de la mirada. Y no hay pintor, desde Cézanne hasta Sánchez-Cotán, pasando por Caravaggio,  Delacroix, Manet Durero o el maestro Chardin, que no se haya ejercitado en ese sutil arte de la aproximación al modelo por excelencia: la vida en trance de  muerte irreparable que los pinceles rescatan y celebran para exaltación de los sentidos. Eso, y no otra cosa, es esta exposición Bodegones/Still Life de Miguel Martí: una exquisita representación teatral de la naturaleza (recordemos que en Europa el bodegón es, propiamente, un género barroco) y una exaltación del poder de percepción de nuestros sentidos. Si hay un elemento común a la mayoría de estas naturalezas extraordinariamente vivas con que Miguel Martí nos deleita, esa no puede ser otra que el color,  entendido, además, a su modo personal, intenso, de comunicación con ese reino vegetal cuyas flores y frutos -¡a veces manufacturados, como la horchata extraída de la humilde chufa!- revientan de color ante nuestros ojos con la pujanza propia de los mejores y más saludables hijos de la madre Naturaleza. En esa indagación, cada objeto tiene un tratamiento formal distinto, porque no exige la misma técnica el amarillo de fuego del membrillo que la acritud dorada del limón; así como el sangrante corazón de la sandía nada tiene que ver con el rojo adormecedor de las amapolas…No pierda de vista el contemplador de estas escenas íntimas, la delicada obra de escenografía que una mirada desatenta puede pasar por alto: esas estudiadas composiciones, que no son hijas del azar, sino de una absorbente relación dialéctica con la Naturaleza, funcionan a veces como contexto, otras como marcos, en pocas ocasiones como decoración realista y siempre, con todo,  como fluido diálogo entre los elementos dominantes y los accesorios, lo que enriquece considerablemente la exposición. Sí, los elementos de los cuadros dialogan entre sí, y estos, a su vez,  con nosotros. Hemos de contemplarlos, si se me permite la sugerencia,  atentos a lo mucho que nos revelan, porque la pintura también es lenguaje que busca, a través de la luz, la escondida senda que lleva desde los sentidos a la emoción.
Juan Poz
Barcelona, en el agobiante verano de 2018.






El día de la inauguración, a la que asistí de mil amores, fui recorriendo los cuadros luminosos y me dio por tomar unas notas que, aun a fuer de improvisadas, leí para el publico asistente como muestra de amor fraternal al autor y a la obra.
El Artista Desencajado
 Siguiendo mi táctica habitual, cuando recorro exposiciones, deambulé por las salas a la espera de que los cuadros solicitaran mi atención, porque no he hallado, hasta el presente, mejor método para identificar mi gusto o mi disgusto con lo expuesto, si las obras tienen algo que decirme y solicitan mi atención, que el  hecho de ser invitado a acercarme para contemplarlas a esta o a  aquella distancia para reparar en su individualidad o en el efecto del conjunto, junto a otras obras; en fin, que, como a mí me parece de justicia, han de ser las obras las que me seduzcan, no ir yo a ellas para forzar una reacción que  solo “opera” la maravilla del encuentro en la dirección que yo señalo. Teniendo en cuenta ese movimiento de vaivén, de acercamiento y alejamiento, respeto de los cuadros, compuse lo que he llamado Pinceladas retóricas para una exposición
En los bodegones el tiempo se detiene, en los de Miguel Martí, sin embargo, el tiempo avanza su labor implacable. Burbujea en los colores, revienta en las frutas en sazón, se remansa en los ocres solemnes de los membrillos y se acelera en los reflejos de las vajillas y la orfebrería de los manteles de papel, y supura su extraño dulzor amargo en las granadas reventadas, como un pomo de claveles. Son, sí, naturalezas muertas, pero paradójicas, como el buen arte, el de birlibirloque, exige: naturaleza en el momento triunfal, por color, tacto, olor y sabor, de exhibirse ante la mirada engolfada del artista, tocado por el reto de dejarlas intactas en el lienzo, de multiplicar, si cabe, el glorioso esplendor de su inminente ocaso. 

¡Qué extraña virtud la de la mano del artista que dispone sus objetos con la delicadeza de un director de escena! Ni las flores ni los frutos se amontonan, sino que se arraciman en venturosa bandería de relieves, perfiles y ángulos que exaltan, ¡dichosa armonía!, la más noble vida posible. Recorremos los senderos de la luz y de las formas como los conquistadores la naturaleza de un nuevo mundo, y sabemos que el abanico de técnicas diversas busca un solo verbo transitivo: emocionar. Desde el fruto en la rama hasta la venerable chufa trasmutada en la bendita horchata pasando por los búcaros que exhalan las fragancias del arco iris en flor, ¡qué difícil les es a los sentidos observar la serenidad de la contemplación juiciosa! ¡Juicy fruits! nos desbordan los labios anhelantes de la dulzura de la creación. El observador aprecia el contraste entre la feraz naturaleza refrenada en los lienzos y el espacio urbano donde se exponen, y, de repente, a nuestro alrededor, si estamos atentos, todo se ha convertido en huerto y en jardín, en alameda, en rosaleda, y respiramos mejor, y nos reconocemos parte de un todo que  nos ennoblece, porque, al cabo, nos rescata de esa sórdida sensación que nos asalta a veces: ser, también, naturalezas muertas.




A la manera de Isabel Quintanilla


lunes, 17 de septiembre de 2018

Unamuno en Fuerteventura; Fuerteventura en Unamuno: Diario íntimo de un destierro…







La vena invectiva y la introspectiva: Unamuno en la isla, pero nunca aislado: Recia la voz en el insulto; serena en la reflexión intima.

En estos tiempos en los que hay políticos que presumen de convertir, con modos saineteros, una huida de la Justicia en un “exilio” provocado por la visión disneylándica de la madrastra España que, poco menos que, tras consentirles cobrar los sueldos más altos de la clase política española, los ha perseguido con amenazas de encerrarlos en siniestras ergástulas inhumanas cargados de cadenas, resulta ejemplar acercarse a una obra como De Fuerteventura a París,  un *sonetario de Miguel de Unamuno en el que, soneto viene, soneto va, nos da cuenta el recio opositor bilbaíno a la Dictadura de Miguel Primo de Rivera, de cómo vivió y sufrió un destierro de la Península que lo tuvo alejado de sus ocupaciones académicas y de la compañía de los suyos, ¡de su Concha del alma suya!, durante casi siete meses, hasta que fue rescatado y llevado a Francia, si bien en esos mismos días de su rescate el Gobierno dictaba la orden de su liberación. He querido releer este poemario, porque he tenido la suerte de viajar a Lanzarote y, desde ahí, expresamente, a Fuerteventura para seguir, aunque fuese solo un día, los pasos de Unamuno en la una isla en la que el filósofo y, sobre todo el poeta, vivió una aventura transcrita en ese *sonetario. Creo recordar que el hábito de mis lecturas in situ, donde las obras fueron escritas, empezó, allá por 1987, en Florencia, con la lectura de la Divina Comedia, y más o menos he seguido siendo fiel a esa práctica hasta nuestros días. Esta relectura del libro de Unamuno me ha servido, además, para cotejar mi perspectiva lectora actual -muy contaminada por la situación política irregular que vivimos en Cataluña- con la perspectiva lectora de hace 20 años, que es cuando lo leí. Lo que más me ha llamado la atención es que don Miguel combina la poesía de combate con la poesía lírica y la reflexiva sin plan ninguno, escribe “a lo que sienta y salga”, y, así, va enlazando divertidas diatribas contra el Dictador y el Rey, y sentidísimos sonetos líricos nacidos por el contacto con una realidad, la insular, en la que despierta a realidades que, hasta entonces, había ignorado. Durante su estancia en la isla, como no podía ser de otra manera, don Miguel trata de establecer una rutina de lecturas, de escritura y de conocimiento de la isla, lo que lo lleva a hacer esas famosas excursiones en camello, de las que hay fotografías que las recuerdan. No acabo de entender que Puerto Cabras, donde se instaló en un hotel que hoy está al lado de la Iglesia y del Cabildo insular, haya cambiado su nombre por Puerto del Rosario. Este, tan anodino, frente al otro, tan evocativo y representativo incluso de la economía de la isla, pues es en ella donde se elabora el queso majorero, de reconocida fama, fabricado a partir de la leche de la cabra majorera, autóctona de Fuerteventura. En el hotel donde se hospedó Unamuno, este se tomó la libertad de practicar, en la azotea, el nudismo, algo que, sin duda, choca con su proverbial imagen casi mormónica, a fuer de seriedad trascendental: Mi Galdós de hoy es el que aprendí a conocer ahí. ¡Qué mañanas aquellas en que le leía en la terraza del hotelito, completamente desnudo y tomando el sol! Pocos habrán leído así una tan grande obra literaria. Así que los héroes -cómicos y trágicos, de don Benito vienen a mi memoria trabados con el sol desnudo de Fuerteventura. El autor concibe su obra, desde buen comienzo como un Diario íntimo de confinamiento y destierro, un género que no es nuevo en él, pues escribió varios a lo largo de su vida, el último de los cuales se publicó en 1970 y mostró la deriva mística que nunca estuvo lejos de sus inquietudes espirituales. Recordemos que el poema El Cristo de Veláquez es uno de los grandes poemas religiosos de nuestra literatura. Lo peculiar de este diario en verso son las apostillas en prosa que Unamuno añade a la mayoría de los poemas y en las que manifiesta su mundo particular de preocupaciones, desde la filología hasta la actualidad más chismosa, chocarrera y vulgar. No se anda con miramientos don Miguel a la hora ni de hablar de la Caoba, una “madame” y camello famosa, amiga del dictador Primo de Rivera, ni de especificar la raíz etimológica de algunas palabras que incluye en su poemario, como si se viera forzado a ella por su condición de helenista y etimologista de pro. Recordemos el aforismo al que adscribe la totalidad de su obra: El hombre avisado hasta improvisando dice cosas de sustancia. Y aunque hay una improvisación emocional en este *sonetario, no es menos cierto que es mucha la sustancia con que nos deleita. De la famosa Caoba, versifica:
¿Conque iban a barrerte? Pura coba.
Lo que hacen es ponerte roja y gualda
De rubor y de bilis, que en la espalda

Te están, España, dando la gran soba.
Y si fueses al menos la Caoba
Con su gobierno de bajo la falda…
Y prosifica:  Famoso se hizo el caso de la ramera, vendedora de drogas prohibidas por la ley y conocida por la Caoba, a la que un juez de Madrid hizo detener para registrar su casa y el Dictador le obligó a que la soltase y renunciara a procesarla por salir fiador de ella.
Las invectivas contra el Ganso, el Tonto y nada espabilado Miguelete Primo de Rivera - Al principio de la dictadura decían algunos de sus admiradores: ¡Si trabajará, que hace cinco días que no va a casa de zorras!- constituyen una vena jocosa de la invectiva  Unamunesca que sorprenderá a quienes tengan de él la imagen del hombre atormentado de sus reflexiones existenciales o el creador de novelas capitales de nuestra historia literaria como Niebla, a la que alude tras haber escrito estos versos:

Lleva tu espalda reflejado el frente;
Sube la niebla por el río arriba
Y se resuelve encima de la fuente;

La lanzadera en su vaivén se aviva;
Desnacerás un día de repente;
Nunca sabrás dónde el misterio estriba.

En mi novela -o nivola- Niebla he expuesto ya esta fantasía -¿solo fantasía?-de una historia que va del porvenir al pasado, de una película que invierte su marcha ordinaria, constata Unamuno, sabedor de que ni siquiera en medio del ajetreo político al que le lleva su conciencia cívica es capaz de orillar intuiciones trascendentales que lo asaltan como quien las respira.
La conciencia crítica, autocrítica, del autor no se reblandece ni en el caso de escribir lo que algunos críticos han llamado “poemas de circunstancias”, esto es, circunscritos a episodios biográficos, lo que pareciera indicar que les resta calidad literaria: Alguna vez un buen verso salva a un soneto malo y aunque se haya dicho aquello de bonum ex integra causa, malum ex qualunque defectu, “bueno por lo entero, malo por cualquier falta”, creo que hasta lo malo ayuda a comprender y sentir mejor lo bueno. ¿Y sé yo, además, si a los otros les ha de parecer lo mío como a mi me parece? No es poca la autoexigencia de Unamuno, aunque sea consciente de que esa vena clásica de los insultos no es donde medrará lo mejor que su literatura puede dar de sí, porque es consciente de que hay una tradición clásica que ha puesto muy alto el listón en ese terreno. Es curioso el recuerdo de Quevedo como potente creador de “idioma” al que se encomienda Unamuno (algo en lo que coincide con Borges, para quien Quevedo es “todo el español”):

Palabras del idioma de Quevedo,
Henchidas de dobleces de sentido,
Cada una de vosotras es un nido
de sutiles conceptos, y el enredo

de la maraña que fraguáis el dedo
del ingenio, con arte recogido,
lo desenreda y salva del olvido
vuestra alma secular. Rendido cedo

de vosotras, palabras palpitantes
de amor a quien os ama, al dulce halago
que endulzó la amargura de Cervantes;

acalladme las voces del estrago,
sed para mí lo que fuisteis antes
y ayudadme a tragar este mal trago.

Fuerteventura es, para el autor, un descubrimiento de enorme trascendencia, porque alega, biográficamente, que en ella descubrió el mar, a pesar de haber nacido junto a la ría de Bilbao: Fuerteventura es una isla hoy pobre, muy pobre, que puede enriquecerse si logra alumbrar agua; pero rica, riquísima en la nobleza de sus habitantes, los majoreros -que así se llaman-, y en la maravilla de su clima. Mas de ella he de escribir largamente en otro libro. Y continúa, más adelante su descripción de la isla: Los campesinos majoreros o fuerteventurosos viven principalmente de gofio, harina de maíz o trigo. (…) Llaman  -antiguamente en castellano se decía conducho- a lo que acompaña a ese fundamental manjar: pescado seco, higos secos, queso, etc., para hacerlo pasar. La aulaga es un esqueleto de planta; la camella es casi esquelética y Fuerteventura es casi un esqueleto de isla. Pero es el mar, al que interroga, ante el que se abisma, en el que se recrea y se enamora, un personaje fundamental de este conjunto de sonetos, del mismo modo que fue personaje de aquella revolución poética que significo el Diario de poeta y mar de Juan Ramón Jiménez, de naturaleza acaso no tan lejana del presente volumen:
¿Qué dices, mar, con tu susurro? ¡Dime!
¿Ríes o lloras? Pasando las cuentas
Del eterno rosario me acrecientas
El ansia de soñar que al pecho oprime.

Es tu oración sin fin canto sublime,
Me traes, trayendo fe, las horas lentas
que me trillan el alma y luego avientas
mi grano con tu brisa que redime.

Es tu silencio España escarnecida…
Páramos de mi España, mar de piedra
Que sufre y calla y al callar olvida

Es tu silencio, que aquí, libre, medra
Y me dice: “Conságrame tu vida,
Que el noble nunca ante el poder se arredra!

Ni la distancia ni la presencia omnipotente de la vasta extensión marina logra, sin embargo, ocultar a la mirada de Unamuno las preocupaciones de la tierra española peninsular en la que piensa constantemente:
Tú, mar que ocultas a mis vivos ojos
La tierra envilecida por la envidia,
En cuyo coso el pordiosero lidia
Para matar el hambre con rebojos

Y disputa al hermano los despojos
Del mezquino botín con sorda insidia,
Tu henchido pecho con su espuma anidia
De esa castiza lepra los rastrojos.

Lo más triste de lo que ocurrió en España, después del criminal Manifiesto del 13 de setiembre, fue el ardor de las denuncias secretas. Salió afuera la que Menéndez Pelayo llamó la “democracia frailuna española”, origen de la Inquisición, y que fue, fundamentalmente, el régimen de la envidia cainita, de la mala baba, de la baba emponzoñada de una plebe -no pueblo- a la que no le deja medrar la excelencia del prójimo o su buena suerte. Lo más del llamado en España tradicionalismo no es sino cainismo.  Anidiar, en la provincia de Salamanca al menos, significa limpiar, enjalbegar. Es voz también portuguesa, de adnitidiare, en francés nettoyer, en catalán netejar.
Advirtamos, con estupor, lo que llama la atención de Unamuno en 1924, a doce años de la Guerra Civil: el cainismo, el clima inmoral y degradado de las delaciones y las venganzas, un panorama terrible que acabará marcando nuestra Historia a sangre y fuego de tal manera que incluso llegan los ecos de aquel aquelarre del odio hasta las nuevas generaciones de mistagogos y demagogos que no se detienen ante nada, con tal de envenenar a la juventud y azuzar los peores instintos de la población.
La animadversión contra Alfonso XIII es tan explícita que no hay duda de que la obra de don Miguel debió de contribuir lo suyo -junto al desempeño de las actividades propias e impropias de su cargo por parte del Rey-, al desprestigio absoluto del monarca:
Ahí tienes a Rubán, que es una vaca
De leche de oro o una gallina clueca.
Mas toma en cuenta que la suerte es loca,
Que no hay ya quien en Flandes ponga pica,
Ni te son nada los de casa y boca.

Rubán fue -explica Unamuno, con afán de editor crítico de su propia obra, para facilitar las referencias a lectores futuros-, como es sabido, el caballo de carrera propiedad de Don Alfonso que ganó un primer premio corriendo en España. De casa y boca se llama a los palatinos a quienes sostiene el rey, pordioseros con títulos de nobleza.
En la medida en que es un diario íntimo, advertimos en la sucesión de los sonetos los estados de ánimo y las preocupaciones inmediatas del autor, que muy a menudo coinciden, ¡y cómo no!, con vertientes propias de sus inclinaciones reflexivas o literarias:
Al frisar los sesenta mi otro sino,
El que dejé al dejar mi natal villa,
Brota del fondo del ensueño y brilla
Un nuevo porvenir en mi camino.

Vuelve el que pudo ser y que el destino
Sofocó en una cátedra en Castilla,
Me llega por la mar hasta esta orilla
Trayendo nueva rueca y nuevo lino.

Hacerme, al fin, el que soñé, poeta.
Vivir mi ensueño del caudillo fuerte
Que el fugitivo azar prende y sujeta;

Volver las tornas, dominar la suerte
Y en la vida de obrar, por fuera inquieta,
Derretir el espanto de la muerte.

Siempre me ha preocupado el problema de lo que llamaría mis yos exfuturos, los que pude haber sido y dejé de ser, las posibilidades que he ido dejando en el camino de mi vida. Sobre ello he de escribir un ensayo, acaso un libro, Es el fondo del problema del libre albedrío.
No pretendo aguarle la lectura del libro a nadie, de ahí que concluya con dos poemas que, a mi entender, permiten comprobar que el Diario va mucho más allá de la poesía de circunstancias y que su calidad está a la altura de otras obras no sujetas a los vaivenes de la vida política activista del catedrático salmantino, el “forjador” del quijotismo: llevando tu bautismo/De burlas de pasión a gente extraña/Forjaré universal el quijotismo.
El propio Unamuno nos introduce la circunstancia de este poema extraordinario:
Esto escribí después de varios días de acudir en vano, por la noche, de diez y media a doce, a la costa, a ver si llegaba señal del barco francés que había de sacarme del confinamiento. La historia de aquella larga y emocionante espera, que duró más de dos meses, he de contarla algún día.
Ya sé lo que es el porvenir: la espera
Tupida de ansias, devorar las horas
Sin paladearlas, confundir auroras
Con ocasos, sentir la senda huera.

Matar el tiempo de cualquier manera
Forzando al sueño con abrumadoras
Pesadillas de hiel y en las sonoras
Oraciones oír rumor de quera.

Siempre aguardando la suprema cita,
La de la libertad, santa palabra,
Pero no más; soñar en la garita

Mientras el tedio en nuestro pecho labra
Y cuando al fin el fin se precipita
Se abre del mar de la oquedad el abra.

No se me oculta que la parte cívica del libro, sobre todo la vertiente crítica de la degradación de nuestra vida política tiene un  atractivo morboso que pueda complacer al lector llamémosle “politizado”, por la vertiente histórica de las referencias al Dictador y al Rey y la necesidad del autor de poner en evidencia la profunda mediocridad de ambos personajes, pero quiero concluir esta revisitación del libro de don Miguel  con su despedida de Fuerteventura, donde, como siempre recordará, descubrió el mar:

Raíces como tú en el océano
Echó mi alma ya, Fuerteventura,
De la cruel historia la amargura
Me quitó cual si fuese con la mano.

Toqué a su toque el insondable arcano
Que es la fuente de nuestra desventura
Y en sus olas la mágica escritura
Descifré del más alto Soberano.

Un oasis me fuiste, isla bendita;
La civilización es un desierto
Donde la fe con la verdad se irrita;

Cuando llegué a tu roca llegué a puerto
Y esperándome allí a la última cita
Sobre tu mar vi el cielo todo abierto.

Y de ahí navegó hacia la Francia ilustrada donde completó la segunda pate de su destierro, porque, a pesar de haber sido amnistiado, Unamuno quiso permanecer en Francia durante un tiempo para poner de manifiesto la perversa raíz antidemocrática y autoritaria de la Dictadura de Primo de Rivera, preludio de los tiempos terribles por venir en toda Europa apenas un decenio después.
Acabemos, sin embargo, con una curiosidad que sorprenderá a viejos y jóvenes lectores: un soneto a la palmera de marcado tono ultraísta, lo que nos habla de un poeta próximo a las nuevas corrientes de la Vanguardia que en aquellos años se abría paso hasta florecer en la más que cuajada Generación del 27:

Es una antorcha al aire esta palmera,
Verde llama que busca el sol desnudo
Para beberle sangre; en cada nudo
De su tronco cuajó una primavera.

Sin bretes ni eslabones, altanera
Y erguida, pisa el yermo seco y rudo,
Para la miel del cielo es un embudo
La copa de sus venas, sin madera.

No se retuerce ni se quiebra al suelo;
No hay sombra en su follaje, es luz cuajada
Que en ofrenda de amor se alarga al cielo,

La sangre de un volcán que enamorada
Del padre Sol se revistió de anhelo

Y se ofrece, columna, a su morada.

miércoles, 5 de septiembre de 2018

Una lectura inesperada : "Du Bonheur", de Frédéric Lenoir.






Vueltas y revueltas alrededor de un concepto abstruso: felicidad. De la receta de manual al encaje de bolillos intelectual para dibujar un tópico locus amœnus

Si el azar “programa” buena parte de mis lecturas y mis películas, el libro que traigo hoy a este Diario se lleva la palma: Du Bonheur, de un autor que me era tan desconocido, Frédéric Lenoir, como conocido el tema sobre el que trataba, siquiera fuera de oídas, de leídas y de reflexiones fugaces, porque no parece sino que la felicidad solo admita una adhesión tan profunda como incuestionable y, sobre todo, irreflexiva. Sería algo parecido a la vieja máxima epicúrea:  La muerte es una quimera: porque mientras yo existo, no existe la muerte; y cuando existe la muerte, ya no existo yo. Mientras se es feliz, uno se deja llevar por ese estado beatífico y  en modo alguno siente el menor deseo de indagar en qué consiste la felicidad que está sintiendo, como si el hecho de dedicarse a ella, a esa indagación, supusiera una traición a la esquiva felicidad que llevara anejo el terrible castigo de perderla en el acto. Cuando uno no lo es, feliz, no hay duda de que lo último que desea el sufrido sujeto en ese estado es dedicarse a discriminar en qué consiste la felicidad y de qué manera puede alcanzarse semejante disposición que, en esos momento de infelicidad, parece no querer otra cosa que burlarse de nuestra carencia.
Meditar sobre la felicidad exige, pues, no necesariamente ser infeliz, pero sí una suerte de estado neutro, impasible, muy propio del desapego místico que, a veces, quien se adentra en ese campo de reflexión, acaba confundiendo con la propia felicidad, como aconsejan algunas religiones: el olvido de sí mismo, la renuncia al yo que es fuente de ansiedades, temores, deseos, expectativas, ambiciones y otros “males” propios de nuestra humanidad.
Frédéric Lenoir es un filósofo, ensayista e historiador de las religiones, disciplina en la que habrá tenido por maestro a Mircea Eliade, quiero imaginar, quien es lectura obligada en ese terreno. Su especialidad, y temo ser infiel a los verdaderos méritos del autor, es la divulgación, una necesidad de todo tipo de lectores agradecidos a esfuerzos como el de Lenoir, quien resume para nosotros a la perfección una aproximación generosa al concepto de felicidad a través de la historia del pensamiento y la religión.
 Se trata de un tipo de obras, como la presente, en la que el autor, al hilo del concepto de la felicidad según lo han concebido desde los filósofos clásicos hasta los más próximos a nosotros, desde Platón y Aristóteles hasta Nietzsche, pasando por el ensayista por atonomasia, Montaigne, filósofos precavidos, como Spinoza y corrientes religiosas como la budista o la hinduista, va desgranando un rosario de citas de campanillas que jalonan un recorrido magnífico y generoso en la queste de esa especie de Santo Grial que es, para la mayoría de los mortales, la felicidad.
La pequeña historia del azar de esta lectura me lleva a los bancos del aeropuerto donde esperábamos, ¡con 4 horas de antelación, para desesperación de mis acompañantes, y aun así salimos con retraso…!, la salida de nuestro vuelo a la isla mágica de Lanzarote. Mi hija recogió el libro, que había sido abandonado en el contiguo a los que nosotros ocupábamos y, conociendo mi pasión por los libros, me lo pasó enseguida para que le echara un vistazo. Así lo hice. Y me encontré con un libro cuyo contenido objetivo -las citas de autores leídos por mí a lo largo de mi vida- me animó a leer un poco para ver si estaba ante una obra digna de ser leída o ante un producto de consumo para lectores en agraz. Todo lo ignoraba del autor; poco del contenido del libro. De hecho, y aunque como tal autor solo se usa de él un epígrafe para un capítulo, en este Diario tengo a gala haberle dedicado una entrada al libro de Alain Mira a lo lejos, 66 escritos sobre la felicidad.
En mi vida solo he hecho un curso intensivo de francés de un mes, aunque ese mes, mi Conjunta y yo, a través de la música y las canciones bien puede decirse que practicamos, dentro de nuestras posibilidades, una inmersión completa. Mi condición de filólogo aficionado, el conocimiento del catalán y mi pasión por la etimología me han ayudado notablemente a leer el libro en su idioma original, el de la edición de bolsillo que encontramos en la silla del vestíbulo del aeropuerto. Mientras leía, me daba cuenta de que el lenguaje sencillo con que estaba escrito el libro apenas me presentaba ninguna dificultad. He de reconocer que no es el primer libro en francés que he leído, aunque no domine el idioma, pero en modo alguno es un idioma que nos pueda resultar, en términos generales, incomprensible a los lectores de las lenguas de origen latino. Así pues, ante la incredulidad de mi hija, opté por continuar la lectura del ameno ensayo sobre la felicidad que me proponía Frédéric Lenoir. ¡Qué mejor lectura de vacaciones!  Le puse punto final en el vuelo de vuelta, que salió a su hora…
La felicidad es un concepto que da pie a la brillantez del aforismo, como el de Jacques Prévert: J’ai reconnu le bonheur au bruit qu’il fait en partant o el narcisista de Goethe : Le bonheur le plus grand est la personnalité;  pero Lenoir ha preferido el orden diacrónico para llevarnos desde los comienzos, desde Aristóteles, hasta Spinoza, cuya Ética analiza con poderosa capacidad persuasiva. De hecho, cierra el libro con la confesión de la devoción spinozista de Einstein:  Je crois au Die de Spinoza qui se révèle dans l’harmonie de tout ce qui existe, mais non en un Dieu qui se préoccuperai du destin et des actes des humains. A lo largo de este recorrido, el lector interesado en el tema, será abastecido con los más selectos argumentos que imaginar pueda, a fin de que, a la hora de enfrentarse a su propia reflexión sobre la felicidad, no pueda quejarse de no tener los que el caso requiere. El libro en sí es una reducción, un acotamiento del campo conceptual para que el lector no se pierda en razonamientos abstrusos que no le ayuden a forjare su propia idea de la felicidad, de su contenido y de su necesidad. Desde ese punto de vista, la lectura es muy provechosa y no decepciona. Si añadiera a continuación todos los aforismos subrayados, seguro que el lector me lo agradecería bastante más que mi intento de desentrañarle, a grandes rasgos, el contenido del libro.
Nous constatons que le bonheur est quelque chose de subtil, complexe, volatil, qui semble profondément aléatoire. C’est la raison pour laquelle la communauté scientifique n’emploie presque jamais le mot, escribe Lenoir. El punto de partida, curiosamente, está muy cerca del punto de llegada, porque la definición de Aristóteles se acerca mucho a la que propone el propio autor: Le secret d’une vie heureuse ne réside donc pas dans la poursuite aveugle de tous les plaisirs de l’existence, pas plus que dans le fait d’y renoncer, mais dans la recherche du maximum de plaisir avec le maximum de raison. La dialéctica entre el placer y la virtud, entre el egoísmo de la propia satisfacción y la concepción solidaria de la felicidad como un bien social, que compartimos con los demás, atraviesa todo el libro de escuela en escuela, porque en lo tocante a la felicidad, las teorías son tantas como personas reflexivas pueden enunciarlas. Y, para muestra, lo que significaba para Flaubert: Être bête, égoïste et avoir une bonne santé: voilà les trois conditions voulues pour être heureux. Mais si la première nous manque, tout est perdu y, en el lado opuesto, para Alain : Il est impossible que l’on soit heureux si l’on ne veut pas l’être ; il faut donc vouloir son bonheur et le faire. La dicotomía entre el deseo y la razón está presente también a lo largo del libro, de tal modo que, siguiendo la dirección marcada por Aristóteles en su elogio de la virtud, el autor defina la felicidad de la siguiente manera: Le bonheur, c’est la conscience d’un état de satisfaction global et durable dans une existence signifiante fondée sur la verité. Más allá de la suerte de abandono de nuestro ser al determinismo de nuestra personalidad, sobre todo, y de las circunstancias que nos condicionan, según Shopenhauer, Lenoir se opone parcialmente al gran presimista: Je pense doncs, comme Schopenhauer, que le bonheur et le malheur sont en nous, et qu’ « avec le même environnement, chacun vit dans un autre monde ». Mais je suis convaincu, contrairement à lui, que nous pouvons modifier notre monde intérieur. Y ahí aparece lo que podríamos denominar la orgullosa ebriedad del yo agente a cuyo alcance está “torcer” los caminos de los oscuros determinismos y llevarnos a la claridad de la felicidad conseguida a través del conocimiento de nosotros mismos, cumpliendo el imperativo délfico por excelencia. Ello implica no poco de disciplina, por supuesto, un mucho de la antigua “fuerza de voluntad”-hoy con tan mala fama- y una capacidad de perseverancia que se opone al escaso dominio de la atención que padecemos quienes hemos sucumbido a la revolución cibernética y a las exigencias modernas de la ausencia de exigencia para casi cualquier cometido. En la línea de lo indicado por André Comte-Sponville : La sagesse indique  une direction : celle du maximum de bonheur dans le maximum de lucidité, Lenoir está convencido de que la formation du jugement est indissociable de la connaissance de soi : un éducateur doit apprendre à l’enfant à se faire un jugement sur les choses à partir de lui-même, de sa sensibilité, de son expérience propre. Cela ne signifie pas qu’on doive renoncer à lui transmettre des valeurs essentielles à la vie en commun, comme la bonne foi, l’honnêteté, la fidélité, le respect d’autrui, la tolerànce. (…) À une tête « bien pleine », Montaigne préfère « une tête bien faite », algo que, visto desde Cataluña, por lo menos, está lejos de ser una noble realidad. Las trampas de la alienación que los niños y jóvenes han de soportar en según qué realidades escolares catalanas poco menos que los convierten en aspirantes perpetuos a la consecución de la felicidad inducida, no asumida. El espíritu crítico es, por lo tanto, un requisito indispensable para aproximarnos, poco o mucho, a la realización del concepto de felicidad, porque, como parece del todo evidente, la raison nous permet de fonder le bonheur sur la vérité, non sur ne ilusion ou sur le mensonge. El autor está convencido de que lo que nos falta, en nuestros días, es, curiosamente, “tiempo libre” en el que poder construirnos interiormente. La hiperactividad que nos aqueja socialmente, nadie tiene tiempo para nada ni para nadie, constituye un obstáculo fundamental para la búsqueda y el encuentro de la felicidad:   Je suis frappé de voir que nombre d’enfants souffrent de difficultés d’attention, sont hyperactifs et nerveux. Or, le plus souvent, ces enfants sont sollicités sans relâche par des stimulations extérieures : effort e concentration à l’école, omniprésence chez eux de la télé, de l’ordinateur, des jeux vidéo interactifs. Il n’y a lus de place ni de temps libre dans leur vie pour construire leur intériorité. Y contra esa realidad adversa, demencial, no hay más solución, por supuesto, que buscar una manera de « estar » en el mundo que propicie, que facilite, que aliente… la aparición de ese estado tan huidizo y difícil de reconocer  y/o de disfrutar, y que a Kant le parecía, por inexistente, un  mero ideal de la imaginación :  Notre esprit donc tout autant besoin de se concentrer, d’être attentif, que de se détendre et se régénérer par le silence intérieur -fruit, par exemple, de la méditation-, mais aussi par la rêverie, le vagabondage de l’imagination. L’inactivité et le silence, l’écoute de la musique, la lecture de poésie, la contemplation de la nature ou d’œuvres artistiques sont autant d’atouts précieux pour fortifié notre vie intérieure.
En el fondo, cuando reflexionamos sobre la felicidad, no hay duda de que se pone en cuestión la dicotomía individuo/sociedad, presente ya desde el nacimiento de la filosofía en Grecia. Si l’harmonie politique étant conçue par les Grecs comme supérieure à l’équilibre individuel, il n’est pas concevable, pour eux, qu’on puisse être heureux sans participer de manière active au bien de la cité. Les stoïciens lient la bonheur du sage à son engagement, à son civisme, no es menos cierto que el desarrollo de la perspectiva meramente individual, la persona como medida de todas las cosas, nos ha llevado al narcisismo del individualismo contemporáneo -como lo recogió Christopher Lasch en su célebre ensayo- que contempla la felicidad acotada por las fronteras del yo o, en términos de Voltaire:  Le paradise terrestre est oú je suis. La exploración de Lenoir, sin embargo, teniendo en cuentas las brillantes páginas que dedica al pensamiento de Spinoza y al budismo, nos acercan a una visión de la felicidad estrechamente ligada a nuestra vertiente social, de modo que, para él, es difícil concebir que podamos ser felices si esa felicidad no se extiende a los demás. Con todo, si hay una pregunta crucial en esta queste de la felicidad no es otra que la muy socorrida a que nos envía  la definición ya psicológica, ya sociológica, sobre ella: aimons-nous la vie que nous menons ? Al decir de los estoicos he ahí la verdadera prueba del tres del reconocimiento de la felicidad, porque, según el más célebre de los aforismos de Epícteto: N’attend pas que les événements arrivent comme tu le souhaites ; décide de vouloir ce qui t’arrive et tu seras heureux.
Está claro que ante tantas voces autorizadas resulta poco discreto teorizar sobre el asunto, máxime cuando tan sabio refrán no dice que todos contamos de la feria según nos va en ella. Hay conceptos sobre los que ni merece la pena pararse a considerar sus límites, rumiar una posible definición o establecer, siquiera, si existen o no, que hay juicios para todos los gustos, como hemos visto. La felicidad es uno de ellos. Coincido plenamente con el autor cuando resume en una sola palabra la filosofía de Montaigne, cuyos Ensayos son mi único libro de cabecera: Toute la sagesse de Montaigne se résume à une sorte de grand « oui » sacré à  la vie. ¡Brindo por ese !