martes, 24 de julio de 2018

“Celebración del sentido”, una novela inédita de Rafael Carreras.



El privilegio de leer una obra singular que difícilmente verá la luz  en un panorama literario adocenado y bestselerificado...

 Los caminos de la cultura son bastante más inescrutables que los de las divinidades, siempre tan previsibles y con una tendencia hacia la complicación melodramática que los vuelve aburridos, pesados. En el ámbito de la verdadera cultura, que no suele necesariamente coincidir -vamos, que no coincide nunca…- con lo que oficialmente entendemos por cultura reconocida o consagrada, las posibilidades de la epifanía feliz están en relación directa con la capacidad de ocupar, en el tiempo y en el espacio, el lugar por el que Azar ha de portar sus dones. Mi condición de Artista Desencajado me ha permitido tener acceso a realizaciones culturales cuya existencia, de otro modo, hubieran permanecido ignotas para mí y para el resto de los mortales, a quienes ahora me dirijo para hablarles de un texto, Celebración del sentido, que  he tenido el privilegio de conocer. Sí, privilegio, y entiéndase la palabra en el sentido en que la emplea Clarín para hablar de un personaje, Fernando Vidal, en el cuento Un jornalero: el de que podía permanecer en la Biblioteca de la ciudad, él solo, cuando todo el mundo había tenido que abandonarla por imperativo horario, aunque corriera por su cuenta el gasto de las velas para la iluminación durante esas horas de trabajo en que, como un fantasma, investigaba sobre las revueltas gremiales del medievo en su ciudad. Rafael fue alumno mío en el primer año de profesión, uno de esos alumnos en quienes los profesores advertimos enseguida, a su favor, el injusto reparto de las luces y de la sindéresis. Recuperado, gozosamente, el contacto casi cuarenta años después, no solo me encuentro con un pianista admirable, sino con la sólida, poderosa y compleja voz de un escritor en busca del género donde verter sus incomparables dones. Sí, Celebración del sentido, pretende ser una novela, y es posible que lo sea, porque hay un género de novela -ya ha escrito sobre él abundantemente en este Diario, e incluso ofrecí una Receta para confeccionarlas… , el de la novela mittleuropea, al que propiamente se ajustaría esta novela en su estado actual, que tiene tanto de derroche íntimo, intelectual, irónico, como de ajuste de cuentas con la propia biografía y una complejo visión del mundo. Es difícil, salvo en los casos de decantación nítida desde un buen comienzo, saber cuál es el género más adecuado para desarrollar nuestras capacidades expresivas. En esta novela, muy próxima a la narrativa de Robert Walser y la de Robert Musil, hay, sin embargo, fragmentos de texto que no desmerecerían, en absoluto, en El libro del desasosiego, de Fernando Pessoa, o en Orbe, de Juan Larrea. Doy estas referencias, antes de meterme en harina, como contexto indiscutible de un proyecto narrativo al que quizás el propio concepto de narración no le es del todo predicable. La novela nos habla de un amor perdido, el de Elsa, de unos amigos que constituyen un grupo de agitación cultural, de una codiciada cantante de ópera y de unos personajes corruptos que representan las flaquezas de una democracia formal en la que la cultura y los dineros establecen relaciones prohibidas y miserables al amparo de una ideología “regionalista”, digámoslo así, porque la indignada parodia contra ese estado de cosas  se refugia, precisamente, en la ironía, el sarcasmo y la ambigüedad transparente. Hay no poco de autobiográfico en la novela, no solo por lo que afecta al narrador, limitado sosias del autor, sino también por multitud de detalles reflexivos de los otros personajes, sobre de Aymart, en cuya boca pone el autor no pocas reflexiones que él mismo podría asumir y defender como suyas. Esa novela centroeuropea tan intelectualizada nos tiene acostumbrados a una construcción expositiva -más que narrativa- que convierte  la percepción en el eje central de la imposible acción que, como concesión a la arqueología del género, aparece, aquí y allí, a lo largo del libro con una sólida vocación de pretexto que desaparece así que nos dejamos llevar, cautivar, seducir  y deslumbrar por los hallazgos de todo tipo que el texto nos brinda con una generosidad digna, desde luego, de que sea yo solo el único Fernando Vidal que disfrute de este privilegio. A la quintaesenciada capacidad de observación de Rafael Carreras ha de sumarse una depurada expresión capaz, además, de registros muy diversos: líricos, filosóficos, sociológicos, cómicos…, porque, además de los finísimos planteamientos en todos esos órdenes de la realidad que nos ofrece el autor, este intelector infatigable agradece, sobre todas las cosas, el incisivo y brillante sentido del humor que preside toda la peripecia de unos personajes muy a menudo presentados como meras voces elocutivas, desprendidas de las circunstancias concretas de condiciones vitales tan comunes como el cuerpo, los hábitos, el espacio común o las expresiones vitales habituales: la calle, la casa, la cocina, la alimentación, la higiene, el clima, qué sé yo…, todos esos minúsculos actos casi insignificantes que nos construyen como seres sociales en un tiempo y un espacio concretos, en una lengua y en una Historia, y en una formación. He de excluir, eso sí, las hermosas páginas que aparecen en la novela dedicadas al paisaje, a su descripción minuciosa y al romanticismo implícito en ellas, porque, además de una sensibilidad hacia la materialidad específica del paisaje, hay una proyección emocional indiscutible, al menos a mi modesto entender. Es hora de entrar en la selección de esos higlights operísticos que ayuden al lector de estas líneas a hacerse una idea más o menos cabal de qué tipo de narrativa nos propone el autor. Hay, me parece, una cierta intención de construir los capítulos como “retratos”, individuales, dobles o múltiples, corales, ateniendo al encadenamiento de discursos que, aun perteneciendo a personajes distintos -y eso incluso podría entenderse como una cierta debilidad del intento narrativo-, este intelector se atreve a defender que pueden ser asociados -hasta donde se me alcanza- con el autor, lo cual nos deriva hacia una “confesionalidad” o la creación de un “yo lírico” que aproxima este intento novelístico a aquellos autores, sobre todo Pessoa y Larrea, de quienes ya hablé ut supra. Que nos movamos en ese ámbito de inclinaciones expresivas nos permite identificar algunos rasgos creativos que son, sin duda, habilidades notables del autor, como la finura en e análisis psicológico de la pasión amorosa: Pero quién entiende, por otro lado, la gramática del dolor cuyo léxico destruye la carne. Quien ha pasado por el dolor, quien se ha fortalecido y debilitado por el dolor, tendrá cosas particulares que decir, o que evitar decir. El contacto del narrador/protagonista con el círculo de “iniciados” en la dialéctica que se enfrenta al Todo con afán de comprenderlo, de reducirlo, de disolverlo, para lo que es preciso abordarlo desde un pluriperspectivismo que queda manifiesto en el texto con las reflexiones, desde ángulos tan insólitos, como las que nos asaltan durante la lectura: Desde un punto de vista intelectual, el deseo es poco más que una pulsión desasida de objeto. Sin embargo, quien conoce el placer, tan ratificador, que resurge inmediatamente tras la satisfacción y que consiste en saber que pronto se volverá a desear lo mismo, con la seguridad de que se obtendrá aquello que se desea, cuenta el tiempo a su manera, en forma de cumplimiento, retorno y ausencia. A los lectores avisados no les habrá pasado por alto ese final de párrafo, tan barroco, como quien cierra, con la recolección de rigor, una estructura de diseminación. En efecto, las páginas de Celebración del sentido constituyen un hermoso capitulo actual de una tendencia reunida y clasificada por Baltasar Gracián en uno de los grandes libros de nuestras Letras hispánicas: Agudeza y arte de ingenio. Es frecuente, además, que a esa fina agudeza se una el afán paradójico, tan propio de los seres libres. Sin duda, la gran paradoja del libro es la expuesta en el capítulo 13, tras haberle precedido, en el 8, una reflexión que la prepara: No sabemos gran cosa del sueño, ni tampoco dónde está el que duerme, desconocemos cuál es el lugar y si lo atraviesa o permanece en él, y si su permanencia es feliz (si es posible dar a este término un carácter plenamente simbólico, como el de una celebración) o bien está llena de incertidumbres y repeticiones obsesivas. Tal vez la inmovilidad  exterior nos engaña sobre el suceso del sueño y la posición en apariencia relajada que ha adoptado el cuerpo es la que necesita el esfuerzo interior para afrontar las dificultades que impiden un descanso profundo. Con ese antecedente, donde ya se manifiesta el grado de elucubración a que llega el autor, desembocamos, más adelante, en una paradoja fecunda como pocas: Pero, ¿quién es él, ese que nos recuerda quiénes somos? Nada más individual que un sueño nocturno, y sin embargo su imaginería abunda en lugares comunes. También es común el lenguaje de la vigilia, el lenguaje que ordena el mundo, el indescifrable. ¿Por qué el sueño elige este durmiente en lugar de otro? El recurrente, el evasivo, elige sus hombres, sus criaturas de predilección. ¿Poseen una predisposición innata o adquirida? En cualquier caso, ellos serán testigos, en la vigilia, de lo que anuncia la falta de descanso. Inevitablemente, el sueño es el anuncio de una lucidez. ¿Se puede concebir planteamiento más audaz que el de una suerte de Central de los Sueños que elige a los durmientes para endosarles este o aquel sueño? El propio final del párrafo, con toda la propiedad retórica del epifonema, es un broche de oro que nos habla bien a las claras de los sólidos fundamentos clásicos del autor, a quien seguro que no le gusta que yo aquí diga que lee a Tucídides en el original griego…, pero yo me acojo al también clásico facta, non verba… Al narrador/autor no se le escapa que el gran peligro de la inteligencia y de las personas es la dispersión - una forma de esterilidad que conduce inevitablemente al desengaño de sí mismo. Es bueno, si uno saca las conclusiones adecuadas. Pero uno cree abrazar el mundo con la vaguedad, y lo único que hace es sostener los brazos en el aire-, de ahí ese sutilísimo recordatorio que enuncia como una conjuración del peligro: Una atención dirigida constantemente a muchas cosas corre el riesgo de convertirse, más que en el ejercicio de un talento, en un tóxico. Pero eso sí que parece inevitable, en la novela, porque toda ella es una sucesión de atenciones en las que parece complacerse el narrador a modo de evasión y diversión, en su raíz etimológica, di verter: dar giro en dirección opuesta, alejarse, entretenerse, recrear. Desde esta perspectiva, la novela, a quien los fulgores de la inteligencia le susciten una emoción profunda -¡es mi caso!- es una tentación a la que resulta difícil resistirse. Es cierto que es una rareza, una novela que se ajusta a ese “cabe todo” que decía Cela del marbete “novela” que precede a cualquier texto, una pieza singular poco identificable con esas vulgaridades que “atrapan” y que te hacen leer “perdiendo el huelgo” y que “no se te cae de las manos”, pero una vez que los intelectores han aceptado el reto que el narrador les plantea, esto es, seguir desde su percepción el asalto a la ciudadela de las imposturas de la  realidad, ninguna lectura más atractiva que Celebración del sentido, probablemente una obra que, bien entrado el capítulo segundo -el primero es una joya lirica- , pierda no pocos lectores de esos a los que no se les puede pedir esfuerzos de intelección, los ariádnicos que se limitan a seguir tranquilamente el hilo que los lleva al desenlace y los devuelve al seguro anodino de la entrada del laberinto. Esa supuesta dispersión, más se parece a la aspersión mediante la que el narrador/autor va regando el jardín emblemático donde Sánchez Ferlosio pasaba sus semanas de recreo, evocación, a su vez, de los de Soto de Rojas: Paraíso cerrado para muchos, jardines abiertos para pocos, que a buen seguro son lecturas que el autor, licenciado en Filología Hispánica, habrá hecho en sus años mozos… En ese asalto a las innúmeras manifestaciones de lo real, la cuestión de la identidad ocupa un lugar preeminente, el propio que ha de ocupar en personas de tan marcado individualismo militante: Si el deseo encarna nuestra personalidad, lo hace rodeado de máscaras. Hay una multitud de posibilidades que no se han desarrollado, porque otros deseos se han situado en primera fila. Entonces, uno de ellos decide hacer de crítico y aprobar -o desaprobar- mientras el resto se limita a aplaudir y desaparecer por los corredores. De hecho, y esta vinculación literaria se me ocurre al hilo de la propia definición del concepto “espacio propio”, ¿se advierte o no el eco de Virginia Woolf en esa reivindicación de ese espacio, equivalente a la habitación propia de la autora británica?: Todos necesitamos un espacio propio, o pertenecer a un espacio que sentimos como propio, en el que estamos y nos movemos. Es un espacio imaginario en primer lugar. A veces los hechos lo rebasan, lo reducen y hasta cierto punto lo aniquilan. Pero ese espacio está ahí, de todos modos, en confrontación, tanto si lo defendemos como si no. Y allí encontramos el esperar y el desear, el prometer y el recordar. Pues bien, Celebración del sentido “es” ese espacio, y hemos de agradecer el valor del autor para ofrecerlo a la consideración ajena con un valor que a los escritores se les supone, como a los militares, pero que echa a muchos para atrás a la hora de dar el paso de “ofrecerse” casi abierto en canal ante ojos críticos que no siempre tendrán las claves de lo que el narrador les expone. La sinceridad sobre las propias limitaciones, en modo alguna fingida, sino sentida en lo más vivo del dolor que produce siempre la poca confianza en la capacidad del lenguaje para expresarnos propiamente, aparece a menudo en boca del narrador, por más que a sus lectores nos parezca una exageración que raya la falsa modestia, pero no hay tal; antes al contrario, en las páginas de la novela hay, también, como no podía ser de otra manera en un texto tan intelectualizado, una epistemología subyacente: Trataba de rehuirlas [las voces interiores del un pelma que no hay quien lo aguante] apelando a su insignificancia, a la verdadera falta de poder sobre mí de esos restos , desechos que no eran capaces de prolongarse en una ensoñación ni menos aún de articularse en un discurso, pues no eran más que el resentimiento de la incapacidad de expresarse de otra forma. Y por ahí sí que entramos en la parte más ardua, pero también gratificante para ciertos lectores, porque siempre es emocionante el reto de describir el proceso del conocimiento, y perdóneseme la longitud de esta dos citas: A esa experiencia, productora de posibilidades, pertenecía una semántica recorrida por constantes bifurcaciones, de apariencia fluida e inquieta, en la que “fuego”, por ejemplo, describía un estado singular que recreaba con sólo pronunciar esa palabra, sin aludir necesariamente al fuego. Su dinamismo impreciso, evolutivo, hacía que evitara referir tal vivencia, y guardaba para mí los símbolos que contenía. Presentía que tratar de expresarla habría sido como si, después de contemplar un cuadro que representa una escena campestre, me hubiese puesto a dar lección sobre el uso de determinada herramienta que en el aparece pintada, una hoz, y sobre la correcta forma de empuñarla, afilarla y guardarla. Y, más adelante:  La vivencia era única, se repetía porque volvía a sí misma, y en eso consistía su amplitud. Sin embargo, como las palabras son comunes no solo con oros hablantes sino también con los momentos menos extraordinarios en los que un término acostumbra a denotar de forma directa, estas acudían como por sí solas, generadas por un impulso que escapaba enteramente a mi voluntad, de tal modo que la misma palabra que nombra la llama de la hoguera servía para la agitación del álamo y también para la exaltación que surgía en mí, si se asociaba con ese momento, Y así lo hacía, como por sí sola. No se crea, sin embargo, que esta deriva gnoseológica domina la mayor parte de la novela. Aparece como forma inequívoca de manifestarse no solo el narrador sino el resto de los miembros del círculo cultural que el autor frecuenta y en el que él se incluye, si bien desde una posición ciertamente periférica y, sobre todo, crítica. Podría seguir, sin duda, porque la novela es rica en reflexiones de poderoso calado, al estilo de los dos siguientes apuntes que el narrador nos regala con esa insultante facilidad suya para captar los movimientos del espíritu: Seguramente uno pervive en la lucidez solo cuando esta proporciona, en compensación, cierto deleite en la indiferencia, o mejor aún, en el desprecio y esta magnífica apología de la radical heterogeneidad del ser que defendiera Antonio Machado en su Juan de Mairena, otro inequívoco referente para este libro singular de Rafael Carreras: Nos apresuramos a juzgar a quienes frecuentamos, pero la opinión  no abarca la multitud de personas que es un individuo a quien hemos tratado durante años, nosotros, es decir, las muchas personas que también somos y a las que, para ser justos, deberíamos exigir unanimidad para dar crédito a su plural dictamen. Pero su contenido limitado halaga nuestra inteligencia. Nunca alcanzamos a aquel que perseguimos, por eso, en lugar de guardar silencio, hablamos, intrusores en la sombra del silencio, creyendo sacudirnos de incertidumbres y temores para adoptar el protagonismo de una verdad. Y, tarde o temprano, nos permitimos una opinión, más o menos apresurada, más o menos acomodada al ecosistema de la voluntad, compuesto de carácter, deseo, representación, discriminación, desconfianza, impulso, repetición, crecimiento y fatiga. Debería dejar un espacio en blanco equivalente a quince o veinte líneas para que todas estas ideas luminosas, formuladas con tan rico estilo, fueran, a modo de berbiquí, abriéndose paso en ese otro ecosistema del lector que es la reflexión sobre lo leído…, propiamente la degustación. No quiero acabar, sin embargo, sin rebajar un poco la tensión conceptual que se ha ido apoderando de esta presentación de mi privilegio, porque acaso se acabe en mí la lista de intelectores a quienes les ha sido otorgado, por más que este presentación busque todo lo contrario, darlo a conocer para que alguien  con poder y verdaderamente amante de la cultura, con las mayúsculas de rigor, advierta el riquísimo mineral sin ganga que esta obra, de indeterminado género, es y, justo por eso mismo, sin valor comercial alguno en el mercado, pero valiosísimo  para quienes saben apreciar paraísos de Rojas como el presente. Quería acabar, ya digo, con el comentario de unas cuantas curiosidades que salpican la lectura con un espíritu de saber misceláneo que, al menos a mí, me parece que siempre enriquecen los textos. Una breve descripción de gestos tan cotidianos a los que se les encuentra una analogía insospechada: Charlaban y se reían agachando la cabeza en un gesto compartido, repetido, accionado por el resorte de la jovialidad contagiosa en la que iba y venía el ping-pong del fastidio.O una descripción lírica del amor perdido: En la aridez del lugar, su piel relucía como un bronce que disuelve la pátina de luz en humedad. O el chiste que emerge de un comparación parecida a la popular de los “colmos”: Como esperar que creciera el césped en un estadio regándolo con escupitajos…, que provoca incluso la carcajada. O el saber folclórico y social a los que remite en un paisaje, la presencia de un brote lejano de vidalba… catalanismo en el texto -clemática vitalba en castellano- , porque es la hierba con que se rodean el cuello para no quemarse los participantes en la Patum de Berga, ciudad de donde el autor es originario, y, en castellano, una especie a la que se llama “hierba de los pordioseros” porque los tales se untaban con ella el cuerpo para provocarse la aparición de llagas con las que sacar buen partido de su limosneo. ¡O la referencia, insólita para mí, un ser descorbatado durante toda mi vida, del nudo de corbata Windsor, que fui a comprobar a un tutorial de YouTube! De hecho, el propio autor viene a decirnos que esa perspectiva “rebajada” al nivel anecdótico de lo real es el alimento básico de lo que él denomina el kitsch, necesario, a su entender, para sobrellevar esta existencia nuestra en un medio tan hostil: Como publico agradecemos el kitsch, porque nos resguarda de la rigidez ética, ante la que es preferible una fantasía a medio camino entre la suposición de lo digno y lo útil, que en todo caso amuebla el mundo, siempre demasiado vacío. Y no seré yo quien le contradiga, ¡faltaba más! Lamento muy sinceramente no haber sido capaz de articular un comentario crítico que exprimiese este texto de modo que extrajera de él ese zumo de granadas que Rebeca, la cantante de ópera, sirve al protagonista, porque sería el néctar de los dioses que los escasos intelectores de esta entrada merecían. ¡Quién sabe si entre las volteretas de saltimbanqui que da la vida no acaba este texto a la venta algún día, para íntimo placer de cuantos intelectores podrían disfrutarlo! Ojalá así sea. Si no, de lo que estoy seguro es de que la voz interior del autor acabará encontrando la unión perfecta entre su dominio conceptual y narrativo y la forma genérica adecuada para que ese acceso a la difusión pública se produzca.

sábado, 30 de junio de 2018

"Terapia Gestalt: Excitación y crecimiento de la personalidad humana", de Frederick S. Perls; Ralph Hefferline y Paul Goodman



Los fundamentos libertarios de una terapia que exige de los pacientes el valor del enfrentamiento y la aceptación con y de uno mismo para recuperar la espontaneidad, la libertad y la autonomía a la hora de escribir el guion de su propia vida.

Es curiosa la historia del libro “fundacional” de la terapia Gestalt, no solo la de su redacción, sino, sobre todo, la de su destino: devenir un texto de referencia que no tiene, para los gestaltistas profesionales, ese carácter de “verdad revelada” que suelen tener las obras donde se fijan los principios básicos de cualquier teoría, sea psicológica, religiosa, política, antropológica, artística, etc. A veces pasa, que los manifiestos envejecen deprisa y quedan, al final, muy distanciados de los avances que se han ido produciendo en las disciplinas que, en su día, partieron de esos textos programáticos. Piénsese, por ejemplo, en el corpus freudiano, cada día más en entredicho y buena parte de él desacreditado definitivamente, si hacemos salvedad de La interpretación de los sueños, y al margen, por supuesto de las cientos de intuiciones geniales que pueblan sus muchas páginas; considérese, hoy en día, que se habla de la refundación del capitalismo, quién abre El capital, de Marx y organiza su ideología en función de sus postulados… Algo así ha sucedido con este libro extensísimo que, en su momento, fue leído con agrado por no pocos psicólogos y terapeutas que vieron en su método una posibilidad de plantear el análisis y la curación de las neurosis con la perspectiva de un “cierre” de terapia que supusiera la curación del paciente. Cuando Perls, después de Yo, hambre y agresión, decidió probar fortuna editorial con un nuevo texto que le sirviera de carta de presentación en Usamérica de su nuevo planteamiento terapéutico, en realidad una continuación de los fijados en el primer libro, editado en Sudáfrica, atravesaba una época delicada en su vida, porque, a la profunda insatisfacción familiar, el fracaso de su vida marital y paternal, para las que, como sabía desde muy joven, “no estaba hecho”, se añadían serios problemas de salud, diversas anginas de pecho incluidas, y, sobre todo, una cierta fase de desidia y desesperanza que, poco tiempo después de publicado el libro, lo llevó a tomar la decisión de “retirarse a morir” a Miami. Para escribir el libro, Perls se asoció a dos pacientes con quienes supo organizarse para hacer él lo menos posible y obtener idéntico crédito que los dos “machacas”.  Dividieron el proyecto en dos partes, una teórica -de la que se iba a encargar Paul Goodman- y una práctica -de la que se iba a encargar Ralph Hefferline-, y Perls trabajaría codo con codo con ambos para que los borradores imperfectos que él facilitó a sus colaboradores alcanzaran un grado de calidad que permitiera convertir el texto en algo así como el texto de referencia del nuevo Instituto Gestalt de Nueva York, recién creado por el círculo reducido de pacientes de los Perls con quienes lo crearon. Por más que reprocharan a Freud la puerilidad de su círculo secreto del anillo, lo cierto es que los Perls reprodujeron, a su modo, ese ambiente de “conjurados” de la Gestalt en el círculo íntimo de los 7 defensores de la nueva terapia: Fritz y Laura Perls, Paul Goodman, Isadore From, Paul Weisz, Elliot Shapiro, Sylvester Eastman y Ralph Hefferline). Salvo Isadore From, que fue el único que usaba el texto en sus cursos de formación siguiendo un método de lectura frase a frase del mismo, al más puro estilo de la enseñanza medieval en las primeras universidades, el libro se vendió poco y mal, y sufrió una alteración capital por parte del editor, Arthur Ceppos, que acaso influyese poderosamente en su indefinición, a medio camino entre el libro de autoayuda -un género exitoso en aquellos años 50 en Usamérica- y el libro de fundamentación teórica de una nueva terapia. Ceppos había publicado, en Hermitage House,  un año antes otra “biblia” muy diferente, Dianetics, de Ron L. Hubbard, el creador de la Cienciología, aunque acabó siendo acusado de peligroso comunista por el desequilibrado fundador de la iglesia de Tom Cruise. Ese giro, anteponer la práctica en forma de procedimiento de autoayuda a la teoría, lastró el libro de Perls y muy pocos fueron capaces de empaparse de los sólidos fundamentos teóricos que desarrolló Goodman en la segunda parte. De hecho, cuando Perls se instaló en Esalen, para su aventura carismático-totémica, se olvidó completamente del libro, del que renegó diciendo que era auténtica elephant shit, aunque esa aversión a la teorización que aleja del contacto espiritual y físico con el aquí y ahora forma parte de sus innovaciones: Sobreenfatizar lo abstracto es característico de los llamados intelectuales. Con algunos de ellos se siente que lo que dicen deriva únicamente de otras palabras -los libros que han leído, las conferencias que han oído, o las discusiones en las que han tomado parte- sin tener un fuerte contacto con lo no verbal. Para estas personas el intento de empezar a ser conscientes de su experiencia inmediata podría ser perturbador al principio y sentirlo como un trabajo extenuante.
Hefferline fue el encargado de pasar a sus alumnos universitarios una serie de ejercicios que les ayudarían a explorarse a sí mismos en el camino de superación de sus posibles desequilibrios e incluso neurosis, una serie bien pautada que se basaba en la potenciación del awareness, el punto de partido indiscutible de la nueva terapia. A través de esas prácticas académicas, Hefferline y Perls establecieron, mediante las respuestas de los alumnos, de todo tipo, elogiosas y despreciativas, los fundamentos de la nueva terapia, sobre todo los mecanismos de evasión mediante los cuales el yo pretende rehuir su necesidad de enfrentare a sí mismo para encontrarse entre estrategias de disuasión de la aceptación de nuestra responsabilidad indiscutible en cuanto nos ocurre: la retroflexión, la proyección, la introyección y la confluencia, mecanismos que elucidó Perls a partir de la provechosa lectura del libro de Anna Freud: El yo y los mecanismos d defensa. A diferencia de otras terapias, la Gestalt establece desde el principio la responsabilidad inexcusable del paciente en el tratamiento: Lo que es esencial no es que el terapeuta aprenda algo sobre el paciente y después se lo enseñe a él, sino que el terapeuta enseñe al paciente cómo puede aprender sobre sí mismo. Esto supone empezar a ser, directamente, consciente de cómo funciona, verdaderamente, un organismo vivo. Y junto a esa responsabilidad, añade, como rasgo singular el concepto de organismo como una totalidad, abandonando la vieja separación psique-cuerpo que domina en el corpus freudiano, por ejemplo. Las enseñanzas del holismo de Smuts y el concepto de campo de la psicología Gestalt son la base de esa concepción que va a llevar al siguiente paso lógico: ese organismo total se autorregula, pero los pacientes pueden impedir ese fenómeno o facilitarlo, y ahí es donde se agigante la figura del terapeuta Gestalt como guía que contribuye a que el paciente sepa ayudarse a sí mismo, hacerse cargo de sí mismo, responsable, para lo cual ha de empezar por no negar ninguna de sus respuestas, la agresividad incluida, porque se trata de un fenómeno organísmico del que el paciente puede obtener progresos incuestionables en el conocimiento, la aceptación y la regulación de sí mismo: Se ha de aprender a reconocer la agresividad como una función sana que evita la introyección. La atención a la unificación del campo que formamos con el entorno es básico para la Gestalt, porque es ahí en esa frontera  donde se produce el contacto entre el self y el entorno que nos define, porque el self no es una entidad material, sino una frontera de contacto con nuestro ser y el entorno, y solo el reconocimiento de ello nos permite llegar a asumir el yo verdadero, aquel al que le hemos quitado de encima los famosos cinco estratos superficiales que define la Gestalt para un ser neurótico. Está claro que solemos huir de cualquier elemento que nos defina negativamente y que tendemos a reprimir los aspectos poco favorables de nuestra conducta o, en el peor de los casos de nuestro carácter o de nuestra personalidad, un juego de máscaras en el que nos movemos con una sorprenden habilidad para tratar de ignorar lo que, al final, acaba, sin embargo, obsediéndonos y volviéndonos neuróticos. La Gestalt nace para ayudar a esos pacientes a reconocerse incluso en sus aspectos más desfavorables porque está claro que “somos” también esas inclinaciones o esas pulsiones: Algunos sentimientos negativos son habitualmente rechazados por su significado emocional. Cosas como la frigidez o el aburrimiento, por ejemplo, son realmente sentimientos muy intensos, ya que no son simplemente ausencia de sentimientos. Se siente el hielo lo mismo que se siente el fuego. El entumecimiento -la ausencia de sentimiento donde lo hubiéramos esperado, es, paradójicamente, un sentimiento abrumadoramente intenso, tan intenso que pronto queda excluido de la consciencia inmediata. O dicho más brevemente: Se ha de aprender a reconocer la agresividad como una función sana que evita la introyección. Toda esta teoría parte de la concepción de los Perls, porque en ella tuvieron tanta parte Laura como Fritz, de la concepción de las resistencias orales frente a las resistencias anales fijadas por el psicoanálisis. En su momento, la defensa de ese  concepto les valió incluso la excomunión de la iglesia psicoanalítica oficial, oficiado a través de Marie Bonaparte, en Sudáfrica, donde se habían instalado los Perls como representantes, por así decirlo, de la Iglesia oficial en la que la Princesa acabó actuando como ministra plenipotenciaria. Perls contó con gracia su estupor cuando Bonaparte le recriminó que “hubiera dejado de creer”, ¡de “creer”!, en la teoría de la libido. La alimentación, los problemas de la misma y la analogía de los procesos digestivos con hechos psicoanalíticos básicos como la introyección o la confluencia, supusieron un enfoque nuevo que fue abriéndose paso poco a poco en los planteamientos terapéuticos de la pareja y, después, en Usamérica, de sus seguidores, hasta consolidarse como una de la terapias existenciales más exitosas en la actualidad, a pesar de sus detractores. Vamos viendo que el principal objetivo de la terapia Gestalt es conseguir que la persona sea libre, que se asuma como tal y que sea la única responsable de su propia vida, que, como solía decir Fritz, “escriba el guion de su propia vida” o sea capaz , como definía Selig Morgenrath, el arquitecto de Esalen, a las personas adultas: “de limpiarse su propio culo”. La ausencia de prejuicios, la libertad moral, la ausencia de credos religiosos a los que ajustar la propia vida y otros muchos planteamientos de ese talante liberal conforman una visión de la persona auténticamente libre, no condicionada por los estándares sociales usualmente represivos. Una prueba excelente es el análisis que en Gestalt Therapy hace Fritz de la masturbación, y recordemos el año de publicación, 1951, para percatarnos de lo que entonces supondría para tantos y tantos puritanos usamericanos la lectura de estas líneas que hoy nos parecen absolutamente inocuas: En teoría, la frigidez masculina y femenina es meramente uno de estos unos ciegos y se puede curar con una concentración correcta. (…) El bloqueo muscular principal en la frigidez es la represión de la pelvis, principalmente en la zona lumbar y en las ingles. Esto a menudo está ligado a la masturbación incorrecta. (…) Se ha dicho que el sentimiento de culpa y el remordimiento son los daños provocados por la masturbación, y esto es cierto; sin estos sentimientos no se causa uno ningún daño. (…) La culpabilidad no concierne tanto al acto de por sí, como a las fantasías que lo acompañan -por ejemplo, el sadismo, el estar a la espera de que alguien le pille y le castigue a uno, la autoglorificación  ambiciosa, etc.-. Dado que la masturbación sana expresa n impulso saliente -es un sustituto de un coito-, la fantasía de una masturbación sana sería el acercarse y el tener una relación sexual con una persona querida. (…) El segundo punto, en cuanto al peligro de la masturbación, es la carencia de la actividad pélvica. El acto se transforma en algo en donde las manos son el compañero activo y agresivo del coito, mientras los genitales están meramente violados. Un hombre que está tumbado boca arriba concibe una fantasía femenina pasiva. O, en la ausencia de una excitación sexual que va desarrollándose espontáneamente, la situación se transforma en una lucha, un esfuerzo por conseguir la victoria -las manos intentan violar mientras los genitales resisten y desafían al violador. La pelvis, mientras tanto no se mueve en oleadas y sacudidas orgásmicas, se mantiene inmovilizada, tensa y rígida. No se obtiene ningún orgasmo satisfactorio, la excitación, estimulada artificialmente, se descarga de modo inadecuado, se produce la fatiga y la necesidad de intentarlo de nuevo.
La segunda parte del libro, escrita íntegramente por Paul Goodman, el anarquista y humanista usamericano que formó parte de la generación de artistas transgresores que cambiaron el panorama artístico usamericano a finales de los cuarenta y en la década de los 50. Goodman se enfrenta a la doctrina Gestalt desde un planteamiento estrictamente teórico, aunque todas las referencias  a la práctica clínica provienen, como es lógico, de la experiencia de Perls y de su mujer, Laura. Paul Goodman, un intelectual brillante y consumado artista -su novela The Empire (publicada por entregas desde 1942 a 1959) define canónicamente la figura emergente del hipster-  atraído desde bien joven por el psicoanálisis freudiano y por la impronta que dejó en su persona la lectura de La interpretación de los sueños, algo en lo que coincide plenamente con su mentor, Frtiz Perls, va a dar algo sí como el do de pecho ensayístico para dotar a la Gestalt de unos ascendentes intelectuales- la psicoterapia es una disciplina que forma parte de las Humanidades, un desarrollo de la dialéctica socrática- tan sólidos que garanticen el lugar de excepción que, para él, había de ocupar la terapia Gestalt en un mundo, el de los tratamientos psicoanalíticos, en constante ebullición de novedades, no todas recomendables. Aunque sigue las pautas marcadas por Fritz, Goodman incluye en su exposición un capítulo suyo, La Antropología de la Neurosis, que ya había sido editado en la revista psicoanalítica Complex, aunque se lo había adjudicado a Perls porque él, como editor y único redactor de la revista, aparecía de forma omniprensente. Enseguida apreciamos que  el estilo ensayístico de esta parte es muy distinto del sencillo de la primera, de tipo práctico, más cercano a los libros de autoayuda que, se supone, quería remedar, aunque los contenidos son, como no podía ser de otra manera, los mismos. La gran diferencia entre Freud y la terapia Gestáltica es que la primera pretendía adaptar al paciente al “principio de realidad”, pero, para la Gestalt, esa “realidad” no deja de ser un introyecto más del que el paciente se ha de liberar mediante una serie de ajustes creativos que le permitan vivir íntegramente su realidad desde la experiencia genuina de sus emociones y la percepción lúcida de su auténtico yo, no de las falsificaciones que, habitualmente, casi todos usamos, en mayor o menor medida, para sobrevivir en entornos no siempre agradables o complacientes: Nos autoinfligimos una buena parte de las perturbaciones que vivimos. Goodman recoge la idea básica de Perls, que la toma su vez de Heráclito, de que la realidad es cambio constante: Πάντα ε, todo fluye, nada es nunca igual a sí mismo ni siquiera efímeramente. No existen por lo tanto caracteres trabajados en mármol, sino una sucesión de experiencias que ponen a prueba la flexibilidad de nuestro sistema de adaptación: La terapia Gestalt es una fenomenología aplicada. Tal como la concibe la Gestalt, la frontera-contacto es una construcción fenomenológica. Lo mismo sucede con el self, en sus retrocesos y avances, y también es así el momento presente, que aparece y desaparece. Ninguna de estas concepciones supone una entidad fija que se detenga lo suficiente para ser cosificada o medida cuantitativamente. (…) Una fijación crónica e inconsciente tratada como una realidad es evidencia de neurosis, tanto en una teoría como en una persona.  De su preparación humanística, Goodman rescata la idea clásica del nosce te ipsum de Delos como fin de la terapia: El objetivo de la psicoterapia no es que el terapeuta se vuelva consciente de algo del paciente, sino que el paciente se vuelva consciente de sí mismo.(…) La idea aquí es que la máxima “Conócete a ti mismo” es una ética humana; no es algo que se aplica a alguien que tiene dificultades, sino algo que se hace uno a sí mismo, en tanto que humano. (…) Debería ser evidente que la horrorosa falta de curiosidad de la gente es un síntoma neurótico y epidémico. Sócrates había comprendido que esto era debido al miedo al conocimiento de uno mismo. Ese miedo es, precisamente lo que lleva al sujeto a crear los mecanismos de evasión necesarios par rehuir su responsabilidad frente a sí mismo, pero Goodman, en esta parte del libro, remacha lo ya descrito por Perls y Hefferline en la primera. Además de constituir un repertorio de las diferencias que separan al psicoanálisis freudiano de la terapia Gestalt, Goodman se detiene ampliamente en lo que él titulo La teoría del self, porque la concepción holística del individuo como un ser con un cuero en un entorno con el que interactúa determina qué concepción tiene de la realidad individual la Gestalt y cómo es posible ayudar a recuperar esa conciencia de totalidad en la que se integran armónicamente todas las partes. De hecho, durante un tiempo, Perls y los suyos dudaron de si deberán llamar Terapia de integración o de concentración a lo que acabará llamándose terapia Gestalt por la importancia de la autorregulación organísmica, el concepto de campo y el juego fondo/figura que permitirá hablar de las gestalts que se le presentan al individuo en el primer y que ha de resolver de forma urgente para que pasen al segundo y emerjan otras nuevas a las que tener debidamente, porque, como ya hemos dicho con anterioridad, el concepto de fluidez es básico en la teoría de la Gestalt: la rigidez es el síntoma neurótico por excelencia: Es el organismo en tanto que totalidad, en contacto con el entorno, quien es inmediatamente consciente, manipula o siente. Esta integración no es pasiva; es el ajuste creativo. La oposición sanidad/enfermedad o perturbación/normalidad se disuelve, desde la perspectiva de la Gestalt cuando se asume que el término proscrito de la dualidad forma parte también el individuo: Si la concepción básica de una naturaleza humana sana (sea cual sea) es correcta, entonces todos los pacientes al curarse serían iguales. ¿Es este el caso? Por el contrario, es precisamente en la salud y en la espontaneidad en donde los hombres son más diferentes, más imprevisibles, más “excéntricos”. Como una clase de neurosis los hombres se parecen mucho: la enfermedad tiene como efecto atenuar las diferencias. Aquí, de nuevo, se puede constatar que el síntoma tiene un doble aspecto: como rigidez, hace de un individuo un simple ejemplo de un tipo de “carácter”, y según esto existe una media docena. Pero como obra de su propio self creativo, el síntoma expresa el carácter único de un individuo. Es muy interesante el análisis que hace Goodman del poder creativo y curativo de la poesía frente a la verbalización incontrolada del sujeto como sustituta de la realidad, y en esa dimensión creativa hace hincapié la terapia gestáltica, porque lo que pretende, básicamente, es recuperar la espontaneidad e  ingenuidad literal del ser humano, aquella que se manifiesta en su etimología: ingenuus, “nacido libre”: Lo contrario a la verbalización neurótica es el habla variada y creativa; no es ni la semántica ni el silencio, es la poesía.(…) Como decía Freud, la obra de arte reemplaza al síntoma. (…) La poesía es, por lo tanto, el opuesto exacto al discurso neurótico, ya que es lenguaje en tanto que actividad orgánica de resolución de problemas, es una forma de concentración; mientras que la verborrea es un habla que trata de disipar la energía del discurso, que reprime la necesidad orgánica y que repite una escena subvocal inacabada en lugar de concentrarse en ella. (..) En lugar de ser un medio de comunicación o de expresión, la verborrea protege al individuo aislándole a la vez del entorno y del organismo. (…) El verborreico raramente oye su propia voz y, cuando la escucha, se sorprende. Pero el poeta está atento al murmullo subvocal y a los susurros, los hace audibles, critica el sonido y vuelve a ello. (…) El verborreico, por lo tanto, aburre porque pretende aburrir, quiere que le dejen solo. El compromiso consiste en hablar mediante estereotipos, en utilizar abstracciones vagas, particularidades superficiales u otras formas de decir la verdad no diciendo, de hecho, nada. Hemos de destacar, en la parte de Goodman, que hay una descripción muy ajustada del proceso terapéutico y de las situaciones que permiten progresar o no en él. Del mismo modo que el paciente acude libremente a un terapeuta, dice Goodman, debería poder dejar de ir cuando lo estimara conveniente, algo que choca, ciertamente, con ese “control” que cualquier psicoanálisis le impone al paciente y que este suele aceptar, por lo general, desde la situación inferior de quien sufre frente a quien, teóricamente, ha de ayudarlo. En la Gestalt, sin embargo, esa relación cambia sustancialmente: No es el objetivo de la terapia disuadir al paciente de ninguno de sus deseos. Incluso debemos añadir que si, en el presente, no se puede satisfacer la necesidad, y por lo tanto no se satisface realmente, todo el proceso de tensión y de frustración volverá a empezar y el individuo o bien reprimirá de nuevo la toma de consciencia y caerá en la neurosis o bien, como es más probable, se conocerá a sí mismo y sufrirá hasta saber que puede crear un cambio en el entorno. El terapeuta Gestalt vendría a ser algo sí como un facilitador de la toma de control sobre ellos mismos de los pacientes, únicos en quienes está la posibilidad de aplicar cambios en sus vidas capaces de disolver sus síntomas y recobrar “las riendas” sobre su propia vida. Ello implica un coraje -es decir, la transformación de la agresividad que suele dominarlos y que dirigen ya contra ellos mismos, ya contra otros- que no siempre está a su alcance. Lo más normal, como bien describe Goodman, es la huida instintiva a una acomodación incluso al sufrimiento: Frente a la amenaza crónica de dejar de funcionar, el organismo se repliega a sus mecanismos de seguridad: represión, alucinación, desplazamiento, aislamiento, huida, regresión; y el hombre trata de hacer del “arte de vivir sobre sus nervios” una nueva proeza de la evolución. La terapia Gestalt tiene algo de revolucionario en su concepción, porque se opone a que la función de la misma sea llevar a la persona a la aceptación del principio de realidad, que era el objetivo del psicoanálisis freudiano, dado que el propio concepto de “realidad” es lo que la terapia se encarga de demoler, revelando, digámoslo de un modo algo tremendista, el lado oscuro de esa herramienta de alienación social: Considerada fríamente, en los términos como la describió [Freud], la adaptación a la “realidad” es precisamente la neurosis: es, en efecto, una interferencia deliberada en la autorregulación del organismo, una transformación de las descargas espontáneas en síntomas. Una civilización así concebida es una enfermedad. (…) La pregunta es: ¿cuál es la realidad que es importante? Durante el tiempo que la actividad sentida transcurra suficientemente bien, el niño va a aceptar cualquier propuesta: el centro de la realidad está, en todos los casos, en la acción. En comparación, el adulto “maduro” está esclavizado, no por la realidad, sino por una abstracción de la realidad neuróticamente fija, llamada el “conocimiento”, que ha perdido su subordinación al uso, a la acción, a la felicidad. En consecuencia, solo los individuos con talento son quienes saben mantener esta capacidad de la infancia, ya que el individuo medio se encuentra metido en responsabilidades hacia cosas que no le interesan profundamente.
Está claro que la Biblia de la Gestalt ni siquiera remotamente puede ser reducida a los límites de un artículo de presentación de las líneas maestras de la misma, porque, en la medida en que afecta a la vida toda, todo lo vital cae dentro de lo que a la Gestalt le interesa del sujeto que en modo alguno está separado de la realidad de la que forma parte como elemento del continuo sin el cual resulta inexplicable su existencia. La concepción del self como un símbolo de identificación, en vez de como una realidad física -y recordemos a dónde le llevó a Reich su creencia en la realidad física de la libido: ¡nada menos que al diseño de los tanques de orgón para apresarla!- abrió, en su momento, las puertas de la percepción de una manera que aún nos beneficiamos de ello.

jueves, 7 de junio de 2018

"Máximas y pensamientos" de Napoleón Bonaparte en el ocaso de su aventura vital.



El político, el militar y el filósofo: Máximas y pensamientos de la ambición de un hombre forjado en la extraña aventura romántica del absolutismo ilustrado.

No cabe duda de que cuando Orwell bautizó al cerdo de su novela Rebelión en la granja con el nombre de Napoleón estaba lanzando un mensaje sobre su valoración histórica del personaje, quien, por ley, estableció que en Francia no se pudiera llamar jamás Napoleón a ningún cerdo, so pena de incurrir en delito. Que Beethoven le retirara la dedicatoria de su tercera sinfonía, la Heroica o que Stendhal fuese incondicional admirador del general nos indica que estamos ene presencia de un ser complejo y poiédrico, capaz de suscitar rencores tan profundos como los que Jefferson expresó sobre él y admiraciones como la propia de Stendhal. Y miedo, mucho miedo. Durante un decenio, Napoleón fue algo así como la personificacón del terror para las monarquías europeas, que advertían en él, al margen de su entronización como Emperador, al embajador de ideas revolucionarias que acabarían con sus reinados, como las propias de su Código Civil, por ejemplo. Que Bonaparte fuera un aventurero de la política explica no solo lo azaroso de su vida, sino también los vaivenes a que estuvo sometida hasta que, derrotado en Waterloo, fue desterrado a la isla de Santa Elena, frente a las costas de Angola. Allí vivió, intentó aprender inglés y murió, no se sabe si envenenado o no. Un leal ayudante suyo, Emanuel Augustus Dieudonné, le Comte de Las Casas, se encargó de ir recogiendo en papel las máximas, pensamientos, aforismos y ocurrencias de Napoleón, un corpus que constituye la base de la presente edición de las máximas y pensamientos de Napoleón, de cuya mano autobiográfica sí que conocemos las memorias, aunque en solo 40 páginas de las 84 que componen el libro, las restantes las dictó al mariscal Bertrand y a los generales Montholon y Gourgaud. La difusión rocambolesca de las Máximas  y pensamientos, porque los textos burlaron la férrea vigilancia impuesta a todo lo relativo al destronado Emperador y se publicaron primero en inglés, supuso una nueva condena para el conde Las Casas, autor del Memorial de Santa Helena, quien fue enviado al Cabo de Buena Esperanza. La fiabilidad total de su Memorial, sin embargo, deja mucho que desear, al parecer, pues, según los expertos, se permitió numerosas licencias sobre lo que nos ofrece como reflexiones propias del Emperador. El conde fue el encargado de enseñar inglés a Napoleón, y de esa enseñanza se conservan algunos ejercicios de puño y letra del aplicado estudiante. Al margen de estas circunstancias que encuadran el contenido indudablemente napoleónico de sus aforismos, lo cierto es que el texto como tal, y a pesar de la pasión que Napoleón sintió toda su vida por Plutarco y otros historiadores antiguos, no destaca por una originalidad que le haya permitido, al general francés, pasar a la historia de los grandes aforistas, aunque muchos de ellos revelan el gran caudal de experiencia que acumuló en su corta vida el intrépido militar, al que tanto se le admira como se le odia. Acabados de leer los Episodios nacionales es evidente que, al menos en España, no dejó “gran memoria de sí”…, por más que, desde el plano racional exento de cualesquiera emociones, mucho perdió España con la vuelta al absolutismo tradicional que abortó las reformas ilustradas de los afrancesados. Los aforismos de Napoleón revelan fielmente la mentalidad de un ser decidido, expeditivo, consciente de su destino y conocedor de no pocos resortes de la naturaleza humana que le ayudaron a forjar su imperio: La desgracia es la comadrona del genio.  A través de ellos, con el poso de quien reflexiona sobre su vida, descubrimos un modo de pensar que fundamenta el autoritarismo al servicio del procomún y del propio ego: El hombre superior no marcha por caminos ajenos No está entre todos los que he leído, sin embargo, el más célebre de todos, que pasa por proverbio universal: El fin justifica los medios, escrito por él en la última página de su volumen anotado de El príncipe, de Maquiavelo, autor a quien, por cierto, desprecia olímpicamente Napoleón, a pesar de haberlo traducido y comentado ampliamente. En ese mismo volumen escribió también una variación del aforismo anterior: El éxito justifica todas las causas, que se corresponde fielmente con un ideal de vida que hacía de la conquista del poder, de todo el poder, y de la admiración ajena, su ideal de vida. Este último aforismo parece incluso más propio de la mentalidad del siglo XXI que de la del XIX suyo. El hermoso volumen en octavo del Círculo de lectores lleva un prefacio de Balzac, otro de los grandes admiradores del corso, que traza los caracteres básicos del carácter que va a manifestarse en las máximas, de ahí que, a su parecer, destaque lo coherencia del personaje como un valor indiscutible: Hay que reconocerle en justicia que fue franco y no retrocedió ante ninguna consecuencia; glorificó la acción y condenó el pensamiento. Aunque agrupados en bloques que resaltan la unidad temática de los mismos: lo militar, la experiencia política, la vida íntima, el republicanismo…, lo cierto es que la poderosa personalidad de Napoleón se vierte en todas las facetas de su vida con la misma intensidad ardiente: La tortura de tomar precauciones es superior a los peligros que se pretenden evitar: es mejor abandonarse al destino. Si algo puede decirse de él es que no era una persona adicta a las medias tintas, desde luego, aunque cifró en el azar la gran ley de la existencia: El azar es el único rey legitimo del universo. De lo que no cabe duda es de que su origen periférico -siempre habló el francés con acento italiano- en la política francesa, su ambición y sus cualidades, permitieron que, a partir de una identificación con la Revolución, captara fielmente el espíritu popular no expreso ni en códigos ni en el folclore, sino en ese reducto de la intimidad compartida  que construye la “nación”: En Francia solo se admira lo imposible. Y de ahí a su dictamen sobre la inoperancia republicana hay un paso: En Francia no puede haber ya república: los republicanos de buena fe son idiotas; los demás, incautos o intrigantes. Algo tendrá que ver su admiración por Robespierre, desde luego… Lo que está claro es que Napoleón aboga rápidamente por una institución que se sitúe por encima de los partidos, todos ellos jacobinos, a su parecer, y poco de fiar por su propia naturaleza: Los partidos se debilitan por su miedo a las personas capaces, de lo que aquí en España tenemos sobrados ejemplos. Digamos que su “teoría” política pasa por sobreponerse, desde el genio, a la mediocridad de las formas republicanas: Es raro que una gran asamblea razone; se apasiona demasiado pronto y Toda asamblea tiende a convertir al soberano en un fantasma, y al pueblo en un esclavo. De algún modo, el ideal aristocrático que él encarna, sería algo así como una enmienda a la totalidad de las viejas aristocracias europeas: La nobleza habría subsistido si se hubiese interesado más por las ramas que por las raíces. No estamos en presencia de un demócrata, y mucho menos de un socialista utópico, sino de un pragmático que se afirma en la realidad a partir de la constatación de ciertas tendencias individuales y sociales que no nos permiten llamarnos a engaño: La igualdad solo existe en teoría, nos recuerda; de ahí que ni se le ocurra entrar en dinámicas de nominalismos inoperantes:  El nombre y la forma de gobierno no significan nada, con tal de que los ciudadanos sean iguales en derechos y se imparta bien la justicia. Napoleón es conocedor de un secreto a voces que él sabe administrar a la perfección: En política, un absurdo no constituye un obstáculo. Su gran capacidad analítica, no solo en términos presentes de la situación política y social que le permite esta o aquella decisión, sino en términos históricos lo apreciamos en esta aguda observación que constituye al tiempo la constatación de una verdad apodíctica y un canto a la esperanza de la esperanza, por infundada que pueda aparecer a ojos de todo el mundo:  Los cirios que se encienden hoy a la luz del día iluminaron en otros tiempos las catacumbas. Nadie discute su genio militar, aunque en su haber consten casi por igual los grandes éxitos como los grandes fracasos, pero Le petit caporal  -así lo llamaban sus soldados- era, sin duda, un caudillo a la antigua usanza, esto es, a la de los nueve héroes de la fama para la Antigüedad. Un militar próximo a sus hombres y que anteponía la resistencia a la fatiga al valor, por ejemplo, como la gran cualidad de un soldado:  La primera cualidad del soldado es la constancia para soportar la fatiga; el valor es solo la segunda. Cuantos intelectores lean estos aforismos, descubrirán una capacidad de reflexión, e incluso cierto aire repentino a los grandes moralistas franceses, que les sorprenderá: Los sentimientos son, en su mayoría, tradiciones o Quien practica la virtud con la sola esperanza de adquirir una gran fama se halla muy cerca del vicio, en el que oímos los ecos de toda una escuela francesa del aforismo. Hay, curiosamente, dada la época,  una suerte de antirromanticismo que choca en el caudillo militar, como si la dedicación épica hubiera acallado el espíritu romántico de la época: El amor es una necedad cometida por dos personas, aunque haya corrido la leyenda del apasionado amor por Josefina. Todo esto que llevamos dicho ha de predicarse de un hombre que no dudó en reconocer lo siguiente: No hay nada más difícil que tomar una decisión, casi como dándole la razón a un Rajoy que por no tomar la decisión de dimitir cuando abrazó por sms a su tesorero, ha sufrido un revolcón parlamentario que lo ha llevado a la tumba política, de imposible noche de Walpurgis ya. Aunque desterrado a un islote en medio del Atlántico, Napoleón llevaba dentro el demonio de la política, él que había configurado la de toda Europa durante más de un decenio, y murió con los análisis puestos, podríamos decir, porque de se final son algunas reflexiones que merecen toda nuestra consideración: Es injusto que una generación se ve comprometida por la anterior; los empréstitos deberían estar limitados a cincuenta años (…) Hay que hallar un medio de preservar a las generaciones futuras de la codicia de las presentes sin tener que recurrir a la bancarrota. Un señora advertencia a aquellos gobiernos que, más amantes del gasto que de la creación de riqueza, no solo se endeudan ellos, sino que implican en esas deudas, a menudo para empresas faraónicas absurdas, a las siguientes generaciones. No sé si podríamos hablar de una política de “quita” de la deuda como la que exigió el rompecabezas de la deuda griega para evitar la ruina del país y el arrastre de la UE por la misma senda, pero por ahí parece andar la sugerencia. DE igual modo, no deja de sorprender que en aquellos tiempos de colonialismo y aranceles, Napoleón intuyera la aldea global en que vivimos: El sistema colonial ha terminado: hay que aceptar la libre navegación de los mares y la libertad de intercambio universal. Todo ello nos habla, así pues, de una personalidad que supo extraer lecciones de su derrota, cuando ya solo tenía ante sí una vida de reclusión imposible de soportar para quien había cabalgado victorioso por toda Europa. No se sabe si murió envenenado, pero no es descabellado pensar que, de ser cierto, dicho envenenamiento hubiera sido con toda propiedad un suicidio, por más que reconociera, con inequívoco estoicismo que  Sufrir con constancia los males de la vida supone tanto valor como mantenerse firme bajo la metralla de una batería. Él esta hecho de esa pasta, según se desprende de su concepción de la formación de carácter: Los golpes del destino son como los de la prensa de acuñar moneda: imprimen su valor a las personas.



jueves, 24 de mayo de 2018

“La secreta guerra de los sexos”, de la Condesa de Campo Alange.

              
Con Eugenio D'Ors y Luis Felipe Vivanco


Un concienzudo estudio sobre la condición de la mujer, el discutido concepto  de “lo esencialmente femenino” y un repaso cronológico de su lucha emancipatoria. Un libro lleno de intuiciones felices y constataciones dolorosas.

Hace mucho tiempo que le tenía echado el ojo a este librito valiente, y seguro que polémico en nuestros días, de la condesa de Campo Alange, título que ostentó por su matrimonio con José Salamanca y con el que firmó algunas de sus obras, aunque a ella los apellidos no le vienen de anteayer, precisamente: María Lafitte y Pérez del Pulgar, nada menos. Estamos en presencia de una mujer que parecía destinada a convertirse en la madre de los hijos de su marido -¡3 tenía ya a los 24 años!- , absorta en sus tareas domésticas de cuidadora, pero su autodidactismo la llevó a interesarse por la condición de la mujer y a escribir sobre ello, a pesar de no tener una formación académica homologada. Su curiosidad innata, su buen juicio y su despejado intelecto le permitieron sobresalir enseguida en una sociedad, la de la Republica y la de la España de la posguerra, en la que se codeó con nombres señeros de nuestra intelectualidad como Ortega y Gasset. Eugenio D’Ors y el Doctor Marañón, por poner ejemplos conocidos de todos. Su activismo feminista, aunque ella cuestiona la palabra en su famoso ensayo, fue incansable y le ocupó casi toda su existencia:   A través de la Edad Media y el Renacimiento se inicia una larga época de transición. [Para el decaimiento del patriarcado]  (…) No hay sino esperar unos siglos -estas evoluciones son lentas- y se producirá, con la pérdida de la autoridad paternal, la emancipación de la mujer y eso que llamamos, en forma tan convencional, el “Feminismo”. Y ya que desembocamos de golpe en la actualidad y tropezamos con esta antipática palabra empleada hasta la saciedad en nuestros días, creo oportuno traer aquí a cuento la definición que de ella hace un profesor de sociología [Gaston Richard, La femme dans l’Histoire]. Dice así: “El término feminismo ha sido improvisado y ha llegado a ser de uso corriente sin haber sido sometido jamás a la prueba científica. Es una expresión sentimental que no puede ni debe entrar en la terminología de las ciencias sociales; peca, en efecto, por una extrema impropiedad. Se ve sobradamente a qué impresión han obedecido aquellos que lo han creado. Han estado alimentados por los prejuicios literarios, morales y jurídicos, que hacen de la desigualdad de los sexos el fundamento mismo del orden social. Extraños a la sociología comparada, atribuyen a la familia patriarcal una antigüedad y una duración que no ha tenido”.  Como su primera obra de envergadura, una biografía de María Blanchard, no “encajaba” en editoriales que rechazaban su innombradía, decidió editarla por su cuenta, una decisión valiente que consiguió, después, abrirle no pocas puertas. Haber escogido a la enigmática y contrahecha artista española de Vanguardia supone toda una declaración de principios, porque la vida de Blanchard es una vida de superación, nada fácil, en la que consigue ir abriéndose paso por su mérito, por su esfuerzo y por la calidad intrínseca de su obra, todo ello sin apenas contar nunca con una presencia varonil en la que poder apoyarse en sus muchos momentos de dificultad. Poco a poco, María Lafitte consiguió introducirse en el mundo cultural de su época y sus actividades la llevaron incluso a ser Vicepresidenta del Ateneo de Madrid y miembro de la Academia de Buenas Letras de Sevilla. En la época del desarrollismo, a partir de los años 60, fundó y financió el SESM, Seminario de Estudios Sobre la Mujer, que sobrevivió hasta su muerte en 1986. Los estudios reunidos bajo el título sugerente y con intención polémica de La secreta guerra de los sexos constituyen ciertamente un desafío a la sociedad española de 1948 y, como se indica en sus biografías, se adelantó a la publicación por parte de Simone de Beauvoir de su libro-manifiesto El segundo sexo, si bien formaba parte de la atmósfera cultural el hecho de que era necesario y urgente la reivindicación de una nueva concepción de la mujer en la Europa de la posguerra, cuando todo parecía posible para conformar una sociedad más igualitaria y más justa. Los progresos de la lucha de las mujeres por la igualdad con los hombres  no dependen ciertamente de la publicación de ciertos libros, por importantes que sean, sino de unas conquistas que se van arrancando al mundo cerrado del poder masculino casi con cuentagotas y cuya obtención no son sino el peldaño que lleva a la siguiente reivindicación. Desde esta perspectiva, y desde una posición social acomodada como la de la autora, su reflexión sobre la condición de la mujer y todo lo relativo a la nueva concepción de ella y del papel que ha de jugar en la sociedad nos va a llevar a través de un recorrido que parte de la Historia, se adentra en la antropología, se nutre de la sociología y desemboca en la psicología. No hay disciplina de la que María Lafitte no extraiga aquello que le conviene para construir su punto de vista acerca de la mujer. Los títulos de los breves ensayos nos dan a entender por dónde discurrirá la línea argumental de la autora: a) Dos tendencias en pugna; b) ¿Qué es lo femenino?; c) Maternidad física y maternidad psíquica.; d) Judits, Salomés y Verónicas; e) Eva y María; f) Un ideal de mujer en el siglo XIV; g) El sexo débil ante el amor; h) Egoísmo productivo; i) La mujer después de la Segunda Guerra Mundial; j) La secreta guerra de los sexos. Como se advierte, estamos ante un ensayo muy en la línea de sus referentes, porque la autora se acerca al tema desde consideraciones muy plurales que toman como motivo ya el arte, ya disciplinas académicas estrictas como la Historia o cualesquiera otros acercamientos, como de tipo costumbrista, por ejemplo, reparando en los hábitos y las tradiciones para abordar desde ese rico abanico de realidades el sentido de la mujer a través de la Historia y específicamente en la España de 1948. ¡Nada que ver, desde luego, con el modelo de mujer que el Movimiento Nacional se empeñaba en fomentar! De todos modos, conviene aclarar que la autora deriva enseguida hacia terrenos de especulación que acaso busquen no entrar en conflicto con las prescripciones del Régimen, tan rígidas en aquellos años de la posguerra, pero sin ceder ni un ápice en su defensa de la mujer, sobre la que sus puntos de vista seguro que a más de una, y de uno,  pueden llegar a escandalizar, porque hay una suerte de  mística de la feminidad explícita en el libro que conviene reconocer en sus justos términos y, sobre todo, tener en cuenta el momento histórico en que fue formulada. Siguiendo sus fuentes antropológicas, la  autora defiende que primero hubo un matriarcado que no tardó en ceder el puesto a un patriarcado que se extiende durante tantos siglos como hasta el XIX, cuando, como en realidad sucedió, el derecho familiar fue sustituido por el derecho individual y la mujer comenzó, simplemente comenzó, a no ser un objeto propiedad del padre o, mediante el intercambio comercial de la boda, del marido:  Al implantarse el patriarcado, la noción de parentesco va a sufrir una transformación lenta, pero profundísima. (…) El poder absoluto del padre sobre la hija es transmitido por este al marido. (…) Esa ruptura con la familia donde nació, para unirse a otra nueva, da origen a un pacto; el contrato de esponsales no es sino la fórmula de esta enajenación. Al romperse estos lazos, el clan paterno renuncia a uno de sus miembros, a un individuo que ha cuidado y mantenido desde su nacimiento. Por ello exige una indemnización. Esta indemnización resulta ser el precio de la desposada, y mediante este convenio, la mujer se convierte en un objeto de propiedad. El contrato se efectúa sin tener en cuenta el consentimiento de la interesada. Consultar con la hija la orientación de su porvenir es algo que el padre de entonces no concibe siquiera. Tal es la lógica del patriarcado.  Ese momento auroral de la posibilidad de escoger marido marca un punto de no retorno en la liberación de la mujer. Desde ese punto de vista hasta podemos considerar “revolucionaria” la obra del ilustrado Moratín: El sí de las niñas. De ahí en adelante poco faltará para la irrupción combativa de los movimientos sufragistas cuyas militantes están dispuestas incluso a sufrir la persecución y la cárcel para defender sus reivindicaciones. La percepción de la mujer ha aunado, desde siempre, el viejo prestigio del antiguo matriarcado, el respeto hacia ciertos “dones” singulares  que elevan a la mujer incluso por encima de los hombres como lo refleja la institución de las sibilas, de las que ha quedado eterna memoria: San Jerónimo alaba en sus escritos el don adivinatorio de estas enigmáticas mujeres.[La Pérsica, la Líbica, la Délica, la Cimérica, la Cítrea, la Samia, la Elespóntica, la Frigia, la Pitia y la Terbentínica.] (…) En el baptisterio de la catedral de Autun hay un bajorrelieve de 1520 representando doce sibilas que ostentan símbolos diversos relativos a la vida de Jesús, y el respeto hacia la maternidad como augurio de fecundidad, de tal manera que desde tiempos remotos la mujer fecunda ha sido asociado con la prosperidad y la estéril con la carencia, de donde se seguía su marginación de la vida social: La fecundidad es también transmitida a los animales que ella cuida; por ello, ya bajo el patriarcado, una mujer prolífera traerá la riqueza a la hacienda de su marido, mientras la estéril puede ser repudiada por presentar un elemento de ruina. Con todo, la autora nos recuerda enseguida que, junto a ese prestigio reconocido por el hombre, en los principios de la historia encontramos, junto a unos restos de prestigio de la feminidad -que parecen venir de lejos- el máximo rigor y la esclavitud más cruel para la mujer. Nunca, en ningún momento, pierde la autora de vista que la historia de la mujer es exactamente eso, la historia de una esclavitud cruel, de un vasallaje ignominioso y de un menosprecio sin par que se remonta a la dualidad que analiza la autora en el capítulo cuarto, Eva y María, la gran pecadora y la madre de Dios. La liberación de esa condena terrible, sin embargo, se ha visto asociada a modificaciones en la conducta del varón que han contribuido decisivamente, del mismo modo que lo hiciera en su momento el rechazo de la poligamia en favor de la monogamia, auspiciado por el cristianismo, y la exigencia de fidelidad mutua entre los cónyuges, por ejemplo. Desde esa perspectiva es desde donde ha de entenderse la diferencia entre patriarcado y sentimiento paternal -recordemos que mientras los hijos eran recibidos con el alborozo de quien recibe nueva fuerza de trabajo para la “empresa” que era cada hogar, las niñas se despreciaban e incluso se suprimían, llegado el caso, como ha sucedido en China hasta muy muy entrado el siglo XX-: No debemos confundir el sentimiento paternal con el patriarcado. (…) El patriarcado es un hecho social que se produce tardíamente y mediante una lenta evolución. En el siglo XIX se discutió largamente entre los sociólogos este tema y parecer ser que las opiniones, después de bien pesadas, terminaron por aceptar que el hombre  es naturalmente inclinado al afecto paternal. Cosa que aun después de este fallo favorable, sigue pareciéndome dudosa. (…) El sentimiento de afecto del padre hacia sus hijos es, a mi modo de ver, obra del tiempo; nace al calor de la familia monogámica y está fortalecido por el cristianismo. Resulta sin embargo, de un valor inapreciable para la mujer, aunque surja en unas condiciones adversas para ella, y es, sin duda, un elemento que, unido a otras circunstancias, será indispensable en el logro de sus ideales de mujer y de madre. Sí, han leído bien: sus ideales de mujer y de madre. Para maría Lafitte está claro que la reivindicación de la maternidad como lo específicamente femenino también ha sido una lucha contra el patriarcado, aunque parezca inverosímil, porque como bien se expresa Apolo en Las Euménides, de Esquilo: No es la madre engendradora del que llaman su hijo, sino nodriza del germen sembrado en sus entrañas. Quien con ella se junta es el que engendra. La mujer es como huéspeda que recibe en hospedaje el germen de otro y lo guarda, si el cielo no dispone otra cosa. Tal convencimiento -dice la autora poco después-  se me antoja que fue la causa de una curiosa costumbre extendida por los lugares más diversos del mapa: la que los sociólogos designan con el nombre de Covada. Costumbre que los historiadores antiguos dicen propia, en España, de los vascones. Consistía la covada en que la mujer, nada más acabar de parir, se incorporaba a las faenas agrícolas y ganaderas propias de la “empresa” familiar -en la que ella también era fuerza de trabajo no retribuida- y el hombre se acostaba en la cama esperando a familiares y amigos que venían a honrarlo y felicitarlo por el “feliz” acontecimiento. O sea, que incluso por el protagonismo en la maternidad ha tenido que luchar la mujer a lo largo de la Historia, de ahí que María Lafitte la coloque en el centro de su concepción de “lo femenino”, una definición que aún hoy está sometida a no poca polémica -su forma psicológica está llena de cicatrices deformativas-, aunque, y eso me parece uno de los grandes aciertos conceptuales del libro, dice Lafitte que lo específicamente femenino tardaremos mucho en saberlo reconocer, y sobre todo la propia mujer, porque su definición ha venido mediatizada por la visión masculina y la institución del patriarcado: Recluida, ignorante, atemorizada, en unas condiciones evidentes de inferioridad, todo lo que emana de ella está como impregnado de un carácter especial, de un temor, de una desconfianza en sí misma, de una ingenuidad que se prolonga hasta la vejez y presta a sus manifestaciones un tono especialmente característico, clasificado, sin más análisis, de “femenino”. Si hoy este carácter empieza a borrarse, decimos que la mujer se “masculiniza”, sin pensar que en gran parte es que va adquiriendo una expresión más consciente y, por lo tanto, más parecida a la de los seres conscientes que ya lo eran con anterioridad. El camino para descubrir lo esencialmente “femenino” es un camino de jungla, no un sendero campestre que serpea por valles idílicos. El esfuerzo de la mujer por liberarse de la tutela masculina llevó, desde los inicios del sufragismo, a cierta imitación de los valores masculinos dominantes y de ahí el remoquete de masculinización de la mujer con que se despreciaban los loables intentos de conseguir la igualdad con el hombre. Ello supuso que…Estos polizones femeninos se vieron obligados a disfrazarse exteriormente -y hasta mentalmente- de varones para introducirse en a Cultura sin despertar la desconfianza. (…) Agnodicia se vistió de hombre para oír las lecciones de medicina de Herófilo. (…) Paulina Hortensia de Castro (muerta en 1595), portuguesa cultísima, estudió en la Universidad de Cimbra, ataviada con prendas masculinas, en compañía de sus hermanos varones. (…) Feliciana Enríquez de Guzmán, distinguida escritora española (…) reseñada por Lope de Vega en el Laurel, fue estudiante en Salamanca. (…) Y, por último, nuestra Concepción Arenal se vistió de hombre para entrar en la Universidad madrileña. (…) Cuando por ser un requisito indispensable para entrar en la Universidad se ve obligada a adoptar el porte masculino, lo acepta sin gazmoñería, sin escrúpulos, sin titubeos. Y allá va dentro de su levita, envuelta en su capa, la más honesta y exquisita feminidad de su siglo. (…) Si una de las potencias maternales más fuertes que conocemos tuvo que enmascararse así, ¿nos extraña que un poco más tarde otras mujeres, quizás menos definidas, usen el traje sastre, el pelo liso y los zapatos planos cuando quieren aparecer como inteligentes? Ser capaces no solo de reconocer, sino también de aceptar una intuición de lo propiamente femenino supone renegar, en primer lugar de la concepción dominante de “femenino” como concepto cargado de connotaciones negativas, aun a pesar de que vengan envueltas en pretendidos elogios, como el de Jung: El eros es, para el hombre, un país de sombras, que le enreda en lo inconsciente femenino, en lo anímico, y, a su vez, el logos es, para la mujer, un razonamiento mortalmente aburrido, cuando no terriblemente aborrecible, que no abundan sino en el prejuicio machista de que el Logos es  solo “cosa de hombres”; supuestos elogios, ya digo, que, junto a otras como las siguientes: “Il veut comprendre. Elle veut vivre. Il explique la vie, la femme la donne”, dice Marcelle Tynaire con clara y bella expresión. Y Simmel, por otro lado, dice: “La mujer es, mientras el hombre va siendo”, nos llevan a la vieja concepción del apego terrenal de la mujer, de su condición telúrica, frente a la ctónica del varón, según Frobenius, como lo recoge la autora:  la forma matriarcal -a la que llama cultura telúrica- y la patriarcal -a la que llama ctónica- se distinguen y se caracterizan por su relación con la tierra. La primera se dirige al interior de esta, como las raíces de la plantas; la segunda se levanta y “se orienta hacia una vida de raíz gramínea”, lo que, traducido, nos habla de esos dos mundos separados y casi siempre opuestos del sedentarismo asociado al hogar en el que la mujer gobierna  frente al nomadismo belicoso del varón. En esa lucha para la identificación de lo propiamente femenino, recuerda la autora que el dominio social masculino ha generado, como no podía ser de otro modo, unos valores de los que se ha apropiado como si per se fueran exclusivos del varón: Parece evidente que así como existe una feminidad tipo, obra del hombre, este formó también el tipo varonil, reservando para sí cualidades que patentó como masculinas, persiguiendo con ánimo vigilante toda extralimitación y condenando biológicamente a lo patológico a toda mujer que, poseyendo alguna de estas cualidades clasificadas como “varoniles”, hiciese uso de ella en vez de ahogarlas con un sentimientos vergonzoso. Nada vergonzoso le parece a Lafitte que la mujer haya de haberse sometido a ese travestismo masculino para abrir brecha en un mundo tan sólidamente amurallado frente  a la invasión de su territorio que la liberación de la mujer tarde o temprano iba a depararles: Una mano demasiado blanca, demasiado débil, no hubiera podido nunca abrir tantas y tan pesadas puertas como se encontraban cerradas para ella. Y lucha con todas sus fueras para desetiquetar de “femenino” la connotación de “limitación” que el hombre le ha adjudicado: El carácter de “femenino” disculpa sin duda muchas deficiencias; por eso se acogen a él talentos vacilantes, sin disciplina técnica, que temen la lucha abierta. Tenemos tan profundamente arraigado el sentimiento de inferioridad del “bello sexo”, que todo esfuerzo que nos llega de él, por pequeño que sea, nos parece suficiente y hasta sobrado. Convencimiento tal hace que se disculpen cosas que en el campo más exigente de la producción masculina hubieran resultado inadmisibles. (…) Yo creo que la obra de arte perfecta, o al menos sobresaliente, es asexuada en su estructura como en su ejecución. Dice esto Lafitte a propósito, sobre todo, de esas “hirientes” clasificaciones, tan masculinas, sobre la Literatura femenina, la Pintura femenina, etc., que son tan ridículas, para ella, como si habláramos, a propósito de Marie Curie, de la Ciencia femenina… Decíamos que la maternidad es para Lafitte el concepto axial de lo femenino y es bueno que leamos, en sus propias palabras, lo que quiere decir exactamente: La maternidad es la forma primordial y magnífica de la feminidad, es cierto. Será preciso que la mujer de ahora -antes de ir más lejos- se afirme en esta creencia, de la que ya ha empezado a dudar. La maternidad física, consciente y deseada; la maternidad psíquica, que puede concretarse a los hijos -caso de existir estos- o extenderse, los tenga o no, a la humanidad entera. Esa dualidad, maternidad física y psíquica, permite salvar el obstáculo que, para la definición, supone la existencia de mujeres que no responden al atávico instinto maternal ni a su prescripción masculina: Creced y multiplicaos… Y aquí empieza la parte más polémica del ensayo de la condesa de Campo Alange, porque la aceptación de la maternidad como hecho decisivo en la vida de la mujer va a condicionar su presencia social, vehiculando a través de la acción del marido y de la influencia que la propia mujer puede ejercer sobre él: La mujer no es ni más ni menos inteligente, ni más ni menos apta para el estudio, ni más ni menos ambiciosa en principio, ni más ni menos decidida, etc., que el hombre. Pero, pasada su niñez y al llegar a la edad adulta, se produce en ella una crisis anímica que puede variar en intensidad y en duración, pero cuyo origen es siempre el mismo. Se trata de una especie de estupor o pasmo que la invade totalmente y la paraliza, dejando como en suspenso todas sus facultades. Sin duda esto se debe al asombro que la mujer experimenta, en un recóndito lugar de su alma, ante la anunciación angélica de  la maternidad. No es casual el adjetivo “angélica”, porque la dualidad Eva/María en la concepción de lo femenino , y aun siendo obra del hombre, está tan arraigada en la sociedad que  luchar contra ella forma parte del proceso de liberación de la mujer. A nadie le es extraña la sacralización de la madre en este país nuestro. Todas las madres, desde la perspectiva de los hijos, son unas “santas, y ninguna mujer les llega a la suela de los zapatos, aunque todas ellas o puedan serlo o lo sean, madres, como la propia esposa, llegado el caso del matrimonio. Es cosa común de nuestro propio presente la renuncia que muchas veces hace la mujer en aras de la maternidad, algo que a la autora le parece totalmente apropiado, dada su concepto de lo específicamente femenino: Es evidente que la mujer, como tal, siente necesidad de influir en la vida pública, de tomar parte en el conjunto de inquietudes humanas. Esto es lo que generalmente nos empeñamos en ignorar. Sin embargo, esta necesidad no llega a ser en ella, de ordinario, tan apremiante como lo es su instinto maternal. Por eso, generalmente, cede ante él cualquier otra ambición que pasa discretamente a un lugar secundario de su existencia. Desde allí, no obstante, esta ambición busca su cauce de salida calladamente, y encuentra por fin su expansión dentro de la sociedad pasando precisamente a través del hombre; y. sobre todo, dada la sociedad y la época en el seno de la cuales desarrolla su pensamiento. Y en ello podemos observar los enormes progresos que ha hecho la mujer en el camino de sus aspiraciones igualitarias. A fuer de justos, hemos de decir, sin embargo, que ese papel que parece “subordinado” al varón, a juzgar por lo que hemos leído, se matiza enormemente cuando la aceptación de la maternidad se convierte en una suerte de nuevo “contrato social” de la vida en pareja, y ahí intuye mi menda leyenda que la autora aporta una dimensión autobiográfica al estudio, aunque lo desconozco todo sobre si vida matrimonial, por supuesto…: Hay toda una gradación en estas formas de influencia que la mujer puede ejercer a través del hombre, que va desde el encanto provocativo de la hembra hasta la abnegada colaboración de la mujer superior. Llegar a un acuerdo, en este punto, entre la pareja humana, es quizá una de las más bellas formas del amor, y me atrevería a decir que el amor verdadero solo tiene lugar cuando se realiza este milagro. El hombre que se refugia en la vida de hogar, contacto directo con la misteriosa noche de la feminidad, cálida relación entre las almas (esfera de la mujer). La mujer que se libera de su centro, hondo, envolvente, y se ensancha y prolonga fuera de él, por medio del varón, en un interés objetivo por las cosas (esfera del hombre). ¡Qué grande la diferencia, sin embargo, cuando de lo que se trata es de que el hombre asuma un rol paternal equivalente al maternal y se proyecte a través de la obra intelectual de una mujer! Para la autora es evidente que una obra intelectual o artística requiere de un egoísmo primario  que garantice su desarrollo, y supongo que ahí también habla en primera persona: Nos damos cuenta de que existe un egoísmo legítimo cuando trae como consecuencia la justificación de una obra; es decir, cuando es productivo. (…) Ciertamente que no todos los artistas ni todos los científicos  han de verse obligados a romper bárbaramente con sus deberes familiares o con sus compromisos sociales, pero sí han de ser lo bastante fuertes para situarse en la vida en forma adecuada y saber imponer en torno suyo a las personas que les rodean, ciertas normas sin las cuales se haría imposible su trabajo de elaboración mental. (…) En cambio, si una mujer prueba a introducir en su vida de hogar cualquier trabajo de índole intelectual que requiera la soledad y la calma durante algunas horas seguidas, se dará cuenta inmediatamente de las dificultades que obstaculizan su labor. Pensemos, por ejemplo, en el caso paradigmático de María Moliner y su cocina/oficina, o en el agobio que supuso para Blanchard, la biografiada por Lafitte, agasajar a su familia en París, a la que había de mantener de su peculio. Esa diferencia e criterio social la señala la autora con una estupenda anécdota de dos investigadoras que hablan sobre sus dificultades para desarrollar sus tareas: ¡Hay que desengañarse, amiga mía -dice una de ellas-: a usted y a mí lo que nos haría falta es una buena esposa! Que la realidad nos dice que la guerra de los sexos no ha acabado es una obviedad, algo que en nuestro siglo XXI aún somos capaces de constatar diariamente en el rosario inacabable de discriminaciones de todo tipo que sufre la mujer por el hecho de serlo, lo cual, sin embargo, no nos puede cegar ante los avances espectaculares que podemos constatar, porque no de otra manera podemos entender que sea un auténtico escándalo social el descubrimiento de cualquiera de esas discriminaciones que ahora los hombres tratan de esconder, avergonzados, y ahí está el nombramiento de la famosa comisión judicial para revisar el supuesto penal de violación en el que no se había incluida ninguna jurista… La autora, partidaria del buen entendimiento entre los sexos, está convencida de que el camino de la lucha feminista será siempre más corto si esa lucha es una lucha común de hombres y mujeres que establecen nuevas relaciones igualitarias a la luz de la razón : El hombre ha perdido la sencilla firmeza de sus convicciones primitivas. Ya está dentro de la ciudad, de la gran ciudad. Sus ideas se han hecho vacilantes. Anda entre calles que se entrecruzan como un laberinto -como el laberinto de sus propias experiencias seculares, de sus ideas, de sus conocimientos-, entre enormes edificios que recuerdan las colmenas. Entra en ellas y se sienta, cansado de tan largo camino. Llama al lado suyo a su antigua adversaria y la hace sentarse junto a él. Ya no lo teme: su obra está terminada. La hora del descanso es también la hora de los placeres, y entre ellos, ¿por qué no gozar de algo que indudablemente debe de ser delicioso y de lo cual se vio privado el hombre hasta entonces por un instintivo temor, por una especie de interna disciplina castrense? ¿Por qué, en fin, no tratar a la mujer como a un amigo? No se trata, solamente, de que la claudicación del hombre provenga del cansancio por el ejercicio represivo tan continuado sobre la mujer, sino de que esta, gracias a su lucha, ha logrado que aquel reconozca el sinsentido de su dominio y explotación y haya cedido ante semejante empuje: La esposa aspira a una fidelidad espiritual, a una comunión entre las almas que al hombre no se le había ocurrido nunca plantearse. Hace tiempo ya que surgió la ibseniana Nora, y su crisis espiritual, que delató por entonces un sentir tan nuevo, dentro de lo viejo, prendió más tarde en cada corazón femenino, transformándolo. Es la misma Nora la que a su entrada en los Parlamentos pide la ley del divorcio como solución a ese conflicto anímico, que, de surgir, le resulta insoportable. (…) La figura espiritual de Nora le resulta positivamente antipática y antinatural y prefiere a la mujer toda ella instinto, incapaz de analizar sus propios sentimientos. Pero esta mujer sencilla, guiada únicamente por su intuición; tímida, ignorante y sumisa, ha desaparecido de la vida moderna. De ahí lo patético de la actitud de aquel catedrático de Oxford o de Cambridge, no recuerda bien la autora, que comenzaba sus clases dirigiéndose a los alumnos con el tradicional gentlemen y que, a pesar de la entrada de alumnas en las aulas, siguió utilizándolo. Cuando en una de sus clases, todas eran mujeres, con la excepción de un hombre, comenzó así: Sir