jueves, 7 de junio de 2018

"Máximas y pensamientos" de Napoleón Bonaparte en el ocaso de su aventura vital.



El político, el militar y el filósofo: Máximas y pensamientos de la ambición de un hombre forjado en la extraña aventura romántica del absolutismo ilustrado.

No cabe duda de que cuando Orwell bautizó al cerdo de su novela Rebelión en la granja con el nombre de Napoleón estaba lanzando un mensaje sobre su valoración histórica del personaje, quien, por ley, estableció que en Francia no se pudiera llamar jamás Napoleón a ningún cerdo, so pena de incurrir en delito. Que Beethoven le retirara la dedicatoria de su tercera sinfonía, la Heroica o que Stendhal fuese incondicional admirador del general nos indica que estamos ene presencia de un ser complejo y poiédrico, capaz de suscitar rencores tan profundos como los que Jefferson expresó sobre él y admiraciones como la propia de Stendhal. Y miedo, mucho miedo. Durante un decenio, Napoleón fue algo así como la personificacón del terror para las monarquías europeas, que advertían en él, al margen de su entronización como Emperador, al embajador de ideas revolucionarias que acabarían con sus reinados, como las propias de su Código Civil, por ejemplo. Que Bonaparte fuera un aventurero de la política explica no solo lo azaroso de su vida, sino también los vaivenes a que estuvo sometida hasta que, derrotado en Waterloo, fue desterrado a la isla de Santa Elena, frente a las costas de Angola. Allí vivió, intentó aprender inglés y murió, no se sabe si envenenado o no. Un leal ayudante suyo, Emanuel Augustus Dieudonné, le Comte de Las Casas, se encargó de ir recogiendo en papel las máximas, pensamientos, aforismos y ocurrencias de Napoleón, un corpus que constituye la base de la presente edición de las máximas y pensamientos de Napoleón, de cuya mano autobiográfica sí que conocemos las memorias, aunque en solo 40 páginas de las 84 que componen el libro, las restantes las dictó al mariscal Bertrand y a los generales Montholon y Gourgaud. La difusión rocambolesca de las Máximas  y pensamientos, porque los textos burlaron la férrea vigilancia impuesta a todo lo relativo al destronado Emperador y se publicaron primero en inglés, supuso una nueva condena para el conde Las Casas, autor del Memorial de Santa Helena, quien fue enviado al Cabo de Buena Esperanza. La fiabilidad total de su Memorial, sin embargo, deja mucho que desear, al parecer, pues, según los expertos, se permitió numerosas licencias sobre lo que nos ofrece como reflexiones propias del Emperador. El conde fue el encargado de enseñar inglés a Napoleón, y de esa enseñanza se conservan algunos ejercicios de puño y letra del aplicado estudiante. Al margen de estas circunstancias que encuadran el contenido indudablemente napoleónico de sus aforismos, lo cierto es que el texto como tal, y a pesar de la pasión que Napoleón sintió toda su vida por Plutarco y otros historiadores antiguos, no destaca por una originalidad que le haya permitido, al general francés, pasar a la historia de los grandes aforistas, aunque muchos de ellos revelan el gran caudal de experiencia que acumuló en su corta vida el intrépido militar, al que tanto se le admira como se le odia. Acabados de leer los Episodios nacionales es evidente que, al menos en España, no dejó “gran memoria de sí”…, por más que, desde el plano racional exento de cualesquiera emociones, mucho perdió España con la vuelta al absolutismo tradicional que abortó las reformas ilustradas de los afrancesados. Los aforismos de Napoleón revelan fielmente la mentalidad de un ser decidido, expeditivo, consciente de su destino y conocedor de no pocos resortes de la naturaleza humana que le ayudaron a forjar su imperio: La desgracia es la comadrona del genio.  A través de ellos, con el poso de quien reflexiona sobre su vida, descubrimos un modo de pensar que fundamenta el autoritarismo al servicio del procomún y del propio ego: El hombre superior no marcha por caminos ajenos No está entre todos los que he leído, sin embargo, el más célebre de todos, que pasa por proverbio universal: El fin justifica los medios, escrito por él en la última página de su volumen anotado de El príncipe, de Maquiavelo, autor a quien, por cierto, desprecia olímpicamente Napoleón, a pesar de haberlo traducido y comentado ampliamente. En ese mismo volumen escribió también una variación del aforismo anterior: El éxito justifica todas las causas, que se corresponde fielmente con un ideal de vida que hacía de la conquista del poder, de todo el poder, y de la admiración ajena, su ideal de vida. Este último aforismo parece incluso más propio de la mentalidad del siglo XXI que de la del XIX suyo. El hermoso volumen en octavo del Círculo de lectores lleva un prefacio de Balzac, otro de los grandes admiradores del corso, que traza los caracteres básicos del carácter que va a manifestarse en las máximas, de ahí que, a su parecer, destaque lo coherencia del personaje como un valor indiscutible: Hay que reconocerle en justicia que fue franco y no retrocedió ante ninguna consecuencia; glorificó la acción y condenó el pensamiento. Aunque agrupados en bloques que resaltan la unidad temática de los mismos: lo militar, la experiencia política, la vida íntima, el republicanismo…, lo cierto es que la poderosa personalidad de Napoleón se vierte en todas las facetas de su vida con la misma intensidad ardiente: La tortura de tomar precauciones es superior a los peligros que se pretenden evitar: es mejor abandonarse al destino. Si algo puede decirse de él es que no era una persona adicta a las medias tintas, desde luego, aunque cifró en el azar la gran ley de la existencia: El azar es el único rey legitimo del universo. De lo que no cabe duda es de que su origen periférico -siempre habló el francés con acento italiano- en la política francesa, su ambición y sus cualidades, permitieron que, a partir de una identificación con la Revolución, captara fielmente el espíritu popular no expreso ni en códigos ni en el folclore, sino en ese reducto de la intimidad compartida  que construye la “nación”: En Francia solo se admira lo imposible. Y de ahí a su dictamen sobre la inoperancia republicana hay un paso: En Francia no puede haber ya república: los republicanos de buena fe son idiotas; los demás, incautos o intrigantes. Algo tendrá que ver su admiración por Robespierre, desde luego… Lo que está claro es que Napoleón aboga rápidamente por una institución que se sitúe por encima de los partidos, todos ellos jacobinos, a su parecer, y poco de fiar por su propia naturaleza: Los partidos se debilitan por su miedo a las personas capaces, de lo que aquí en España tenemos sobrados ejemplos. Digamos que su “teoría” política pasa por sobreponerse, desde el genio, a la mediocridad de las formas republicanas: Es raro que una gran asamblea razone; se apasiona demasiado pronto y Toda asamblea tiende a convertir al soberano en un fantasma, y al pueblo en un esclavo. De algún modo, el ideal aristocrático que él encarna, sería algo así como una enmienda a la totalidad de las viejas aristocracias europeas: La nobleza habría subsistido si se hubiese interesado más por las ramas que por las raíces. No estamos en presencia de un demócrata, y mucho menos de un socialista utópico, sino de un pragmático que se afirma en la realidad a partir de la constatación de ciertas tendencias individuales y sociales que no nos permiten llamarnos a engaño: La igualdad solo existe en teoría, nos recuerda; de ahí que ni se le ocurra entrar en dinámicas de nominalismos inoperantes:  El nombre y la forma de gobierno no significan nada, con tal de que los ciudadanos sean iguales en derechos y se imparta bien la justicia. Napoleón es conocedor de un secreto a voces que él sabe administrar a la perfección: En política, un absurdo no constituye un obstáculo. Su gran capacidad analítica, no solo en términos presentes de la situación política y social que le permite esta o aquella decisión, sino en términos históricos lo apreciamos en esta aguda observación que constituye al tiempo la constatación de una verdad apodíctica y un canto a la esperanza de la esperanza, por infundada que pueda aparecer a ojos de todo el mundo:  Los cirios que se encienden hoy a la luz del día iluminaron en otros tiempos las catacumbas. Nadie discute su genio militar, aunque en su haber consten casi por igual los grandes éxitos como los grandes fracasos, pero Le petit caporal  -así lo llamaban sus soldados- era, sin duda, un caudillo a la antigua usanza, esto es, a la de los nueve héroes de la fama para la Antigüedad. Un militar próximo a sus hombres y que anteponía la resistencia a la fatiga al valor, por ejemplo, como la gran cualidad de un soldado:  La primera cualidad del soldado es la constancia para soportar la fatiga; el valor es solo la segunda. Cuantos intelectores lean estos aforismos, descubrirán una capacidad de reflexión, e incluso cierto aire repentino a los grandes moralistas franceses, que les sorprenderá: Los sentimientos son, en su mayoría, tradiciones o Quien practica la virtud con la sola esperanza de adquirir una gran fama se halla muy cerca del vicio, en el que oímos los ecos de toda una escuela francesa del aforismo. Hay, curiosamente, dada la época,  una suerte de antirromanticismo que choca en el caudillo militar, como si la dedicación épica hubiera acallado el espíritu romántico de la época: El amor es una necedad cometida por dos personas, aunque haya corrido la leyenda del apasionado amor por Josefina. Todo esto que llevamos dicho ha de predicarse de un hombre que no dudó en reconocer lo siguiente: No hay nada más difícil que tomar una decisión, casi como dándole la razón a un Rajoy que por no tomar la decisión de dimitir cuando abrazó por sms a su tesorero, ha sufrido un revolcón parlamentario que lo ha llevado a la tumba política, de imposible noche de Walpurgis ya. Aunque desterrado a un islote en medio del Atlántico, Napoleón llevaba dentro el demonio de la política, él que había configurado la de toda Europa durante más de un decenio, y murió con los análisis puestos, podríamos decir, porque de se final son algunas reflexiones que merecen toda nuestra consideración: Es injusto que una generación se ve comprometida por la anterior; los empréstitos deberían estar limitados a cincuenta años (…) Hay que hallar un medio de preservar a las generaciones futuras de la codicia de las presentes sin tener que recurrir a la bancarrota. Un señora advertencia a aquellos gobiernos que, más amantes del gasto que de la creación de riqueza, no solo se endeudan ellos, sino que implican en esas deudas, a menudo para empresas faraónicas absurdas, a las siguientes generaciones. No sé si podríamos hablar de una política de “quita” de la deuda como la que exigió el rompecabezas de la deuda griega para evitar la ruina del país y el arrastre de la UE por la misma senda, pero por ahí parece andar la sugerencia. DE igual modo, no deja de sorprender que en aquellos tiempos de colonialismo y aranceles, Napoleón intuyera la aldea global en que vivimos: El sistema colonial ha terminado: hay que aceptar la libre navegación de los mares y la libertad de intercambio universal. Todo ello nos habla, así pues, de una personalidad que supo extraer lecciones de su derrota, cuando ya solo tenía ante sí una vida de reclusión imposible de soportar para quien había cabalgado victorioso por toda Europa. No se sabe si murió envenenado, pero no es descabellado pensar que, de ser cierto, dicho envenenamiento hubiera sido con toda propiedad un suicidio, por más que reconociera, con inequívoco estoicismo que  Sufrir con constancia los males de la vida supone tanto valor como mantenerse firme bajo la metralla de una batería. Él esta hecho de esa pasta, según se desprende de su concepción de la formación de carácter: Los golpes del destino son como los de la prensa de acuñar moneda: imprimen su valor a las personas.



jueves, 24 de mayo de 2018

“La secreta guerra de los sexos”, de la Condesa de Campo Alange.

              
Con Eugenio D'Ors y Luis Felipe Vivanco


Un concienzudo estudio sobre la condición de la mujer, el discutido concepto  de “lo esencialmente femenino” y un repaso cronólogico de su lucha emancipatoria. Un libro lleno de intuiciones felices y constataciones dolorosas.

Hace mucho tiempo que le tenía echado el ojo a este librito valiente, y seguro que polémico en nuestros días, de la condesa de Campo Alange, título que ostentó por su matrimonio con José Salamanca y con el que firmó algunas de sus obras, aunque a ella los apellidos no le vienen de anteayer, precisamente: María Lafitte y Pérez del Pulgar, nada menos. Estamos en presencia de una mujer que parecía destinada a convertirse en la madre de los hijos de su marido -¡3 tenía ya a los 24 años!- , absorta en sus tareas domésticas de cuidadora, pero su autodidactismo la llevó a interesarse por la condición de la mujer y a escribir sobre ello, a pesar de no tener una formación académica homologada. Su curiosidad innata, su buen juicio y su despejado intelecto le permitieron sobresalir enseguida en una sociedad, la de la Republica y la de la España de la posguerra, en la que se codeó con nombres señeros de nuestra intelectualidad como Ortega y Gasset. Eugenio D’Ors y el Doctor Marañón, por poner ejemplos conocidos de todos. Su activismo feminista, aunque ella cuestiona la palabra en su famoso ensayo, fue incansable y le ocupó casi toda su existencia:   A través de la Edad Media y el Renacimiento se inicia una larga época de transición. [Para el decaimiento del patriarcado]  (…) No hay sino esperar unos siglos -estas evoluciones son lentas- y se producirá, con la pérdida de la autoridad paternal, la emancipación de la mujer y eso que llamamos, en forma tan convencional, el “Feminismo”. Y ya que desembocamos de golpe en la actualidad y tropezamos con esta antipática palabra empleada hasta la saciedad en nuestros días, creo oportuno traer aquí a cuento la definición que de ella hace un profesor de sociología [Gaston Richard, La femme dans l’Histoire]. Dice así: “El término feminismo ha sido improvisado y ha llegado a ser de uso corriente sin haber sido sometido jamás a la prueba científica. Es una expresión sentimental que no puede ni debe entrar en la terminología de las ciencias sociales; peca, en efecto, por una extrema impropiedad. Se ve sobradamente a qué impresión han obedecido aquellos que lo han creado. Han estado alimentados por los prejuicios literarios, morales y jurídicos, que hacen de la desigualdad de los sexos el fundamento mismo del orden social. Extraños a la sociología comparada, atribuyen a la familia patriarcal una antigüedad y una duración que no ha tenido”.  Como su primera obra de envergadura, una biografía de María Blanchard, no “encajaba” en editoriales que rechazaban su innombradía, decidió editarla por su cuenta, una decisión valiente que consiguió, después, abrirle no pocas puertas. Haber escogido a la enigmática y contrahecha artista española de Vanguardia supone toda una declaración de principios, porque la vida de Blanchard es una vida de superación, nada fácil, en la que consigue ir abriéndose paso por su mérito, por su esfuerzo y por la calidad intrínseca de su obra, todo ello sin apenas contar nunca con una presencia varonil en la que poder apoyarse en sus muchos momentos de dificultad. Poco a poco, María Lafitte consiguió introducirse en el mundo cultural de su época y sus actividades la llevaron incluso a ser Vicepresidenta del Ateneo de Madrid y miembro de la Academia de Buenas Letras de Sevilla. En la época del desarrollismo, a partir de los años 60, fundó y financió el SESM, Seminario de Estudios Sobre la Mujer, que sobrevivió hasta su muerte en 1986. Los estudios reunidos bajo el título sugerente y con intención polémica de La secreta guerra de los sexos constituyen ciertamente un desafío a la sociedad española de 1948 y, como se indica en sus biografías, se adelantó a la publicación por parte de Simone de Beauvoir de su libro-manifiesto El segundo sexo, si bien formaba parte de la atmósfera cultural el hecho de que era necesario y urgente la reivindicación de una nueva concepción de la mujer en la Europa de la posguerra, cuando todo parecía posible para conformar una sociedad más igualitaria y más justa. Los progresos de la lucha de las mujeres por la igualdad con los hombres  no dependen ciertamente de la publicación de ciertos libros, por importantes que sean, sino de unas conquistas que se van arrancando al mundo cerrado del poder masculino casi con cuentagotas y cuya obtención no son sino el peldaño que lleva a la siguiente reivindicación. Desde esta perspectiva, y desde una posición social acomodada como la de la autora, su reflexión sobre la condición de la mujer y todo lo relativo a la nueva concepción de ella y del papel que ha de jugar en la sociedad nos va a llevar a través de un recorrido que parte de la Historia, se adentra en la antropología, se nutre de la sociología y desemboca en la psicología. No hay disciplina de la que María Lafitte no extraiga aquello que le conviene para construir su punto de vista acerca de la mujer. Los títulos de los breves ensayos nos dan a entender por dónde discurrirá la línea argumental de la autora: a) Dos tendencias en pugna; b) ¿Qué es lo femenino?; c) Maternidad física y maternidad psíquica.; d) Judits, Salomés y Verónicas; e) Eva y María; f) Un ideal de mujer en el siglo XIV; g) El sexo débil ante el amor; h) Egoísmo productivo; i) La mujer después de la Segunda Guerra Mundial; j) La secreta guerra de los sexos. Como se advierte, estamos ante un ensayo muy en la línea de sus referentes, porque la autora se acerca al tema desde consideraciones muy plurales que toman como motivo ya el arte, ya disciplinas académicas estrictas como la Historia o cualesquiera otros acercamientos, como de tipo costumbrista, por ejemplo, reparando en los hábitos y las tradiciones para abordar desde ese rico abanico de realidades el sentido de la mujer a través de la Historia y específicamente en la España de 1948. ¡Nada que ver, desde luego, con el modelo de mujer que el Movimiento Nacional se empeñaba en fomentar! De todos modos, conviene aclarar que la autora deriva enseguida hacia terrenos de especulación que acaso busquen no entrar en conflicto con las prescripciones del Régimen, tan rígidas en aquellos años de la posguerra, pero sin ceder ni un ápice en su defensa de la mujer, sobre la que sus puntos de vista seguro que a más de una, y de uno,  puede llegar a escandalizar, porque hay una suerte de  mística de la feminidad explícita en el libro que conviene reconocer en sus justos términos y, sobre todo, tener en cuenta el momento histórico en que fue formulada. Siguiendo sus fuentes antropológicas, la  autora defiende que primero hubo un matriarcado que no tardó en ceder el puesto a un patriarcado que se extiende durante tantos siglos como hasta el XIX, cuando, como en realidad sucedió, el derecho familiar fue sustituido por el derecho individual y la mujer comenzó, simplemente comenzó, a no ser un objeto propiedad del padre o, mediante el intercambio comercial de la boda, del marido:  Al implantarse el patriarcado, la noción de parentesco va a sufrir una transformación lenta, pero profundísima. (…) El poder absoluto del padre sobre la hija es transmitido por este al marido. (…) Esa ruptura con la familia donde nació, para unirse a otra nueva, da origen a un pacto; el contrato de esponsales no es sino la fórmula de esta enajenación. Al romperse estos lazos, el clan paterno renuncia a uno de sus miembros, a un individuo que ha cuidado y mantenido desde su nacimiento. Por ello exige una indemnización. Esta indemnización resulta ser el precio de la desposada, y mediante este convenio, la mujer se convierte en un objeto de propiedad. El contrato se efectúa sin tener en cuenta el consentimiento de la interesada. Consultar con la hija la orientación de su porvenir es algo que el padre de entonces no concibe siquiera. Tal es la lógica del patriarcado.  Ese momento auroral de la posibilidad de escoger marido marca un punto de no retorno en la liberación de la mujer. Desde ese punto de vista hasta podemos considerar “revolucionaria” la obra del ilustrado Moratín: El sí de las niñas. De ahí en adelante poco faltará para la irrupción combativa de los movimientos sufragistas cuyas militantes están dispuestas incluso a sufrir la persecución y la cárcel para defender sus reivindicaciones. La percepción de la mujer h aunado, desde siempre, el viejo prestigio del antiguo matriarcado, el respeto hacia ciertos “dones” singulares  que elevan a la mujer incluso por encima de los hombres como lo refleja la institución de las sibilas, de las que ha quedado eterna memoria: San Jerónimo alaba en sus escritos el don adivinatorio de estas enigmáticas mujeres.[La Pérsica, la Líbica, la Délica, la Cimérica, la Cítrea, la Samia, la Elespóntica, la Frigia, la Pitia y la Terbentínica.] (…) En el baptisterio de la catedral de Autun hay un bajorrelieve de 1520 representando doce sibilas que ostentan símbolos diversos relativos a la vida de Jesús, y el respeto hacia la maternidad como augurio de fecundidad, de tal manera que desde tiempos remotos la mujer fecunda ha sido asociado con la prosperidad y la estéril con la carencia, de donde se seguía su marginación de la vida social: La fecundidad es también transmitida a los animales que ella cuida; por ello, ya bajo el patriarcado, una mujer prolífera traerá la riqueza a la hacienda de su marido, mientras la estéril puede ser repudiada por presentar un elemento de ruina. Con todo, la autora nos recuerda enseguida que, junto a ese prestigio reconocido por el hombre, en los principios de la historia encontramos, junto a unos restos de prestigio de la feminidad -que parecen venir de lejos- el máximo rigor y la esclavitud más cruel para la mujer. Nunca, en ningún momento, pierde la autora de vista que la historia de la mujer es exactamente eso, la historia de una esclavitud cruel, de un vasallaje ignominioso y de un menosprecio sin par que se remonta a la dualidad que analiza la autora en el capítulo cuarto, Eva y María, la gran pecadora y la madre de Dios. La liberación de esa condena terrible, sin embargo, se ha visto asociada a modificaciones en la conducta del varón que han contribuido decisivamente, del mismo modo que lo hiciera en su momento el rechazo de la poligamia en favor de la monogamia, auspiciado por el cristianismo, y la exigencia de fidelidad mutua entre los cónyuges, por ejemplo. Desde esa perspectiva es desde donde ha de entenderse la diferencia entre patriarcado y sentimiento paternal -recordemos que mientras los hijos eran recibidos con el alborozo de quien recibe nueva fuerza de trabajo para la “empresa” que era cada hogar, las niñas se despreciaban e incluso se suprimían, llegado el caso, como ha sucedido en China hasta muy muy entrado el siglo XX-: No debemos confundir el sentimiento paternal con el patriarcado. (…) El patriarcado es un hecho social que se produce tardíamente y mediante una lenta evolución. En el siglo XIX se discutió largamente entre los sociólogos este tema y parecer ser que las opiniones, después de bien pesadas, terminaron por aceptar que el hombre  es naturalmente inclinado al afecto paternal. Cosa que aun después de este fallo favorable, sigue pareciéndome dudosa. (…) El sentimiento de afecto del padre hacia sus hijos es, a mi modo de ver, obra del tiempo; nace al calor de la familia monogámica y está fortalecido por el cristianismo. Resulta sin embargo, de un valor inapreciable para la mujer, aunque surja en unas condiciones adversas para ella, y es, sin duda, un elemento que, unido a otras circunstancias, será indispensable en el logro de sus ideales de mujer y de madre. Sí, han leído bien: sus ideales de mujer y de madre. Para maría Lafitte está claro que la reivindicación de la maternidad como lo específicamente femenino también ha sido una lucha contra el patriarcado, aunque parezca inverosímil, porque como bien se expresa Apolo en Las Euménides, de Esquilo: No es la madre engendradora del que llaman su hijo, sino nodriza del germen sembrado en sus entrañas. Quien con ella se junta es el que engendra. La mujer es como huéspeda que recibe en hospedaje el germen de otro y lo guarda, si el cielo no dispone otra cosa. Tal convencimiento -dice la autora poco después-  se me antoja que fue la causa de una curiosa costumbre extendida por los lugares más diversos del mapa: la que los sociólogos designan con el hombre de Covada. Costumbre que los historiadores antiguos dicen propia, en España, de los vascones. Consistía la covada en que la mujer, nada más acabar de parir, se incorporaba a las faenas agrícolas y ganaderas propias de la “empresa” familiar -en la que ella también era fuerza de trabajo no retribuida- y el hombre se acostaba en la cama esperando a familiares y amigos que venían a honrarlo y felicitarlo por el “feliz” acontecimiento. O sea, que incluso por el protagonismo en la maternidad ha tenido que luchar la mujer a lo largo de la Historia, de ahí que María Lafitte la coloque en el centro de su concepción de “lo femenino”, una definición que aún hoy está sometida a no poca polémica -su forma psicológica está llena de cicatrices deformativas-, aunque, y eso me parece uno de los grandes aciertos conceptuales del libro, dice Lafitte que lo específicamente femenino tardaremos mucho en saberlo reconocer, y sobre todo la propia mujer, porque su definición ha venido mediatizada por la visión masculina y la institución del patriarcado: Recluida, ignorante, atemorizada, en unas condiciones evidentes de inferioridad, todo lo que emana de ella está como impregnado de un carácter especial, de un temor, de una desconfianza en sí misma, de una ingenuidad que se prolonga hasta la vejez y presta a sus manifestaciones un tono especialmente característico, clasificado, sin más análisis, de “femenino”. Si hoy este carácter empieza a borrarse, decimos que la mujer se “masculiniza”, sin pensar que en gran parte es que va adquiriendo una expresión más consciente y, por lo tanto, más parecida a la de los seres conscientes que ya lo eran con anterioridad. El camino para descubrir lo esencialmente “femenino” es un camino de jungla, no un sendero campestre que serpea por valles idílicos. El esfuerzo de la mujer por liberarse de la tutela masculina llevó, desde los inicios del sufragismo, a cierta imitación de los valores masculinos dominantes y de ahí el remoquete de masculinización de la mujer con que se despreciaban los loables intentos de conseguir la igualdad con el hombre. Ello supuso que…Estos polizones femeninos se vieron obligados a disfrazarse exteriormente -y hasta mentalmente- de varones para introducirse en a Cultura sin despertar la desconfianza. (…) Agnodicia se vistió de hombre para oír las lecciones de medicina de Herófilo. (…) Paulina Hortensia de Castro (muerta en 1595), portuguesa cultísima, estudió en la Universidad de Cimbra, ataviada con prendas masculinas, en compañía de sus hermanos varones. (…) Feliciana Enríquez de Guzmán, distinguida escritora española (…) reseñada por Lope de Vega en el Laurel, fue estudiante en Salamanca. (…) Y, por último, nuestra Concepción Arenal se vistió de hombre para entrar en la Universidad madrileña. (…) Cuando por ser un requisito indispensable para entrar en la Universidad se ve obligada a adoptar el porte masculino, lo acepta sin gazmoñería, sin escrúpulos, sin titubeos. Y allá va dentro de su levita, envuelta en su capa, la más honesta y exquisita feminidad de su siglo. (…) Si una de las potencias maternales más fuertes que conocemos tuvo que enmascararse así, ¿nos extraña que un poco más tarde otras mujeres, quizás menos definidas, usen el traje sastre, el pelo liso y los zapatos planos cuando quieren aparecer como inteligentes? Ser capaces no solo de reconocer, sino también de aceptar una intuición de lo propiamente femenino supone renegar, en primer lugar de la concepción dominante de “femenino” como concepto cargado de connotaciones negativas, aun a pesar de que vengan envueltas en pretendidos elogios, como el de Jung: El eros es, para el hombre, un país de sombras, que le enreda en lo inconsciente femenino, en lo anímico, y, a su vez, el logos es, para la mujer, un razonamiento mortalmente aburrido, cuando no terriblemente aborrecible, que no abundan sino en el prejuicio machista de que el Logos es  solo “cosa de hombres”; supuestos elogios, ya digo, que, junto a otras como las siguientes: “Il veut comprendre. Elle veut vivre. Il explique la vie, la femme la donne”, dice Marcelle Tynaire con clara y bella expresión. Y Simmel, por otro lado, dice: “La mujer es, mientras el hombre va siendo”, nos llevan a la vieja concepción del apego terrenal de la mujer, de su condición telúrica, frente a la ctónica del varón, según Frobenius, como lo recoge la autora:  la forma matriarcal -a la que llama cultura telúrica- y la patriarcal -a la que llama ctónica- se distinguen y se caracterizan por su relación con la tierra. La primera se dirige al interior de esta, como las raíces de la plantas; la segunda se levanta y “se orienta hacia una vida de raíz ramínea”, lo que, traducido, nos habla de esos dos mundos separados y casi siempre opuestos del sedentarismo asociado al hogar en el que la mujer gobierna  frente al nomadismo belicoso del varón. En esa lucha para la identificación de lo propiamente femenino, recuerda la autora que el dominio social masculino ha generado, como no podía ser de otro modo, unos valores de los que se ha apropiado como si per se fueran exclusivos del varón: Parece evidente que así como existe una feminidad tipo, obra del hombre, este formó también el tipo varonil, reservando para sí cualidades que patentó como masculinas, persiguiendo con ánimo vigilante toda extralimitación y condenando biológicamente a lo patológico a toda mujer que, poseyendo alguna de estas cualidades clasificadas como “varoniles”, hiciese uso de ella en vez de ahogarlas con un sentimientos vergonzoso. Nada vergonzoso le parece a Lafitte que la mujer haya de haberse sometido a ese travestismo masculino para abrir brecha en un mundo tan sólidamente amurallado frente  a la invasión de su territorio que la liberación de la mujer tarde o temprano iba a depararles: Una mano demasiado blanca, demasiado débil, no hubiera podido nunca abrir tantas y tan pesadas puertas como se encontraban cerradas para ella. Y lucha con todas sus fueras para desetiquetar de “femenino” la connotación de “limitación” que el hombre le ha adjudicado: El carácter de “femenino” disculpa sin duda muchas deficiencias; por eso se acogen a él talentos vacilantes, sin disciplina técnica, que temen la lucha abierta. Tenemos tan profundamente arraigado el sentimiento de inferioridad del “bello sexo”, que todo esfuerzo que nos llega de él, por pequeño que sea, nos parece suficiente y hasta sobrado. Convencimiento tal hace que se disculpen cosas que en el campo más exigente de la producción masculina hubieran resultado inadmisibles. (…) Yo creo que la obra de arte perfecta, o al menos sobresaliente, es asexuada en su estructura como en su ejecución. Dice esto Lafitte a propósito, sobre todo, de esas “hirientes” clasificaciones, tan masculinas, sobre la Literatura femenina, la Pintura femenina, etc., que son tan ridículas, para ella, como si habláramos, a propósito de Marie Curie, de la Ciencia femenina… Decíamos que la maternidad es para Lafitte el concepto axial de lo femenino y es bueno que leamos, en sus propias palabras, lo que quiere decir exactamente: La maternidad es la forma primordial y magnífica de la feminidad, es cierto. Será preciso que la mujer de ahora -antes de ir más lejos- se afirme en esta creencia, de la que ya ha empezado a dudar. La maternidad física, consciente y deseada; la maternidad psíquica, que puede concretarse a los hijos -caso de existir estos- o extenderse, los tenga o no, a la humanidad entera. Esa dualidad, maternidad física y psíquica, permite salvar el obstáculo que, para la definición, supone la existencia de mujeres que no responden al atávico instinto maternal ni a su prescripción masculina: Creced y multiplicaos… Y aquí empieza la parte más polémica del ensayo de la condesa de Campo Alange, porque la aceptación de la maternidad como hecho decisivo en la vida de la mujer va a condicionar su presencia social, vehiculando a través de la acción del marido y de la influencia que la propia mujer puede ejercer sobre él: La mujer no es ni más ni menos inteligente, ni más ni menos apta para el estudio, ni más ni menos ambiciosa en principio, ni más ni menos decidida, etc., que el hombre. Pero, pasada su niñez y al llegar a la edad adulta, se produce en ella una crisis anímica que puede variar en intensidad y en duración, pero cuyo origen es siempre el mismo. Se trata de una especie de estupor o pasmo que la invade totalmente y la paraliza, dejando como en suspenso todas sus facultades. Sin duda esto se debe al asombro que la mujer experimenta, en un recóndito lugar de su alma, ante la anunciación angélica de  la maternidad. No es casual el adjetivo “angélica”, porque la dualidad Eva/María en la concepción de lo femenino , y aun siendo obra del hombre, está tan arraigada en la sociedad que  luchar contra ella forma parte del proceso de liberación de la mujer. A nadie le es extraña la sacralización de la madre en este país nuestro. Todas las madres, desde la perspectiva de los hijos, son unas “santas, y ninguna mujer les llega a la suela de los zapatos, aunque todas ellas o puedan serlo o lo sean, madres, como la propia esposa, llegado el caso del matrimonio. Es cosa común de nuestro propio presente la renuncia que muchas veces hace la mujer en aras de la maternidad, algo que a la autora le parece totalmente apropiado, dada su concepto de lo específicamente femenino: Es evidente que la mujer, como tal, siente necesidad de influir en la vida pública, de tomar parte en el conjunto de inquietudes humanas. Esto es lo que generalmente nos empeñamos en ignorar. Sin embargo, esta necesidad no llega a ser en ella, de ordinario, tan apremiante como lo es su instinto maternal. Por eso, generalmente, cede ante él cualquier otra ambición que pasa discretamente a un lugar secundario de su existencia. Desde allí, no obstante, esta ambición busca su cauce de salida calladamente, y encuentra por fin su expansión dentro de la sociedad pasando precisamente a través del hombre; y. sobre todo, dada la sociedad y la época en el seno de la cuales desarrolla su pensamiento. Y en ello podemos observar los enormes progresos que ha hecho la mujer en el camino de sus aspiraciones igualitarias. A fuer de justos, hemos de decir, sin embargo, que ese papel que parece “subordinado” al varón, a juzgar por lo que hemos leído, se matiza enormemente cuando la aceptación de la maternidad se convierte en una suerte de nuevo “contrato social” de la vida en pareja, y ahí intuye mi menda leyenda que la autora aporta una dimensión autobiográfica al estudio, aunque lo desconozco todo sobre si vida matrimonial, por supuesto…: Hay toda una gradación en estas formas de influencia que la mujer puede ejercer a través del hombre, que va desde el encanto provocativo de la hembra hasta la abnegada colaboración de la mujer superior. Llegar a un acuerdo, en este punto, entre la pareja humana, es quizá una de las más bellas formas del amor, y me atrevería a decir que el amor verdadero solo tiene lugar cuando se realiza este milagro. El hombre que se refugia en la vida de hogar, contacto directo con la misteriosa noche de la feminidad, cálida relación entre las almas (esfera de la mujer). La mujer que se libera de su centro, hondo, envolvente, y se ensancha y prolonga fuera de él, por medio del varón, en un interés objetivo por las cosas (esfera del hombre). ¡Qué grande la diferencia, sin embargo, cuando de lo que se trata es de que el hombre asuma un rol paternal equivalente al maternal y se proyecte a través de la obra intelectual de una mujer! Para la autora es evidente que una obra intelectual o artística requiere de un egoísmo primario  que garantice su desarrollo, y supongo que ahí también habla en primera persona: Nos damos cuenta de que existe un egoísmo legítimo cuando trae como consecuencia la justificación de una obra; es decir, cuando es productivo. (…) Ciertamente que no todos los artistas ni todos los científicos  han de verse obligados a romper bárbaramente con sus deberes familiares o con sus compromisos sociales, pero sí han de ser lo bastante fuertes para situarse en la vida en forma adecuada y saber imponer en torno suyo a las personas que les rodean, ciertas normas sin las cuales se haría imposible su trabajo de elaboración mental. (…) En cambio, si una mujer prueba a introducir en su vida de hogar cualquier trabajo de índole intelectual que requiera la soledad y la calma durante algunas horas seguidas, se dará cuenta inmediatamente de las dificultades que obstaculizan su labor. Pensemos, por ejemplo, en el caso paradigmático de María Moliner y su cocina/oficina, o en el agobio que supuso para Blanchard, la biografiada por Lafitte, agasajar a su familia en París, a la que había de mantener de su peculio. Esa diferencia e criterio social la señala la autora con una estupenda anécdota de dos investigadoras que hablan sobre sus dificultades para desarrollar sus tareas: ¡Hay que desengañarse, amiga mía -dice una de ellas-: a usted y a mí lo que nos haría falta es una buena esposa! Que la realidad nos dice que la guerra de los sexos no ha acabado es una obviedad, algo que en nuestro siglo XXI aún somos capaces de constatar diariamente en el rosario inacabable de discriminaciones de todo tipo que sufre la mujer por el hecho de serlo, lo cual, sin embargo, no nos puede cegar ante los avances espectaculares que podemos constatar, porque no de otra manera podemos entender que sea un auténtico escándalo social el descubrimiento de cualquiera de esas discriminaciones que ahora los hombres tratan de esconder, avergonzados, y ahí está el nombramiento de la famosa comisión judicial para revisar el supuesto penal de violación en el que no se había incluida ninguna jurista… La autora, partidaria del buen entendimiento entre los sexos, está convencida de que el camino de la lucha feminista será siempre más corto si esa lucha es una lucha común de hombres y mujeres que establecen nuevas relaciones igualitarias a la luz de la razón : El hombre ha perdido la sencilla firmeza de sus convicciones primitivas. Ya está dentro de la ciudad, de la gran ciudad. Sus ideas se han hecho vacilantes. Anda entre calles que se entrecruzan como un laberinto -como el laberinto de sus propias experiencias seculares, de sus ideas, de sus conocimientos-, entre enormes edificios que recuerdan las colmenas. Entra en ellas y se sienta, cansado de tan largo camino. Llama al lado suyo a su antigua adversaria y la hace sentarse junto a él. Ya no lo teme: su obra está terminada. La hora del descanso es también la hora de los placeres, y entre ellos, ¿por qué no gozar de algo que indudablemente debe de ser delicioso y de lo cual se vio privado el hombre hasta entonces por un instintivo temor, por una especie de interna disciplina castrense? ¿Por qué, en fin, no tratar a la mujer como a un amigo? No se trata, solamente, de que la claudicación del hombre provenga del cansancio por el ejercicio represivo tan continuado sobre la mujer, sino de que esta, gracias a su lucha, ha logrado que aquel reconozca el sinsentido de su dominio y explotación y haya cedido ante semejante empuje: La esposa aspira a una fidelidad espiritual, a una comunión entre las almas que al hombre no se le había ocurrido nunca plantearse. Hace tiempo ya que surgió la ibseniana Nora, y su crisis espiritual, que delató por entonces un sentir tan nuevo, dentro de lo viejo, prendió más tarde en cada corazón femenino, transformándolo. Es la misma Nora la que a su entrada en los Parlamentos pide la ley del divorcio como solución a ese conflicto anímico, que, de surgir, le resulta insoportable. (…) La figura espiritual de Nora le resulta positivamente antipática y antinatural y prefiere a la mujer toda ella instinto, incapaz de analizar sus propios sentimientos. Pero esta mujer sencilla, guiada únicamente por su intuición; tímida, ignorante y sumisa, ha desaparecido de la vida moderna. De ahí lo patético de la actitud de aquel catedrático de Oxford o de Cambridge, no recuerda bien la autora, que comenzaba sus clases dirigiéndose a los alumnos con el tradicional gentlemen y que, a pesar de la entrada de alumnas en las aulas, siguió utilizándolo. Cuando en una de sus clases, todas eran mujeres, con la excepción de un hombre, comenzó así: Sir


miércoles, 16 de mayo de 2018

Quinta serie de Los episodios nacionales de Benito Pérez Galdós.






De una Revolución sin plan, la Setembrina, a una República sin republicanos para acabar hundiéndose, España, en el marasmo del caciquismo de la Restauración o la gloriosa invención narrativa del irrefutable ojo clínico de Galdós.

Bien, llego al final de mi aventura intelectora con Los episodios nacionales y lo lamento horrores, porque se me había convertido en un hábito estupendo eso de tener siempre un volumen en las manos que me deparaba la ración cotidiana indispensable de galdosina, la conocida droga narrativa que todos los lectores del enigmático Galdós, a pesar de cuanto se conoce de su vida, suelen paladear con infinito placer. A su manera, y salvando las distancias, me ocurre otro tanto con las obras de Simenon, aunque no me he propuesto una lectura sistemática de ellas, como sí lo he hecho con estos Episodios cuya intelectura culmino, cumpliendo lo que me dije a mí mismo mientras estudiaba Filología Hispánica: cuando te jubiles los leerás de un tirón, para que nada te estorbe ni distraiga de ese placer -intuición que ahora se ha convertido en constatación. Quienes hayan entrado de cuando en cuando en este Diario habrán advertido que, a pesar de mi programa de lectura galdosiano, he ido alternándolo con otras lecturas más ligeras de las que también he dado noticia en este espacio. No traicionaba mi plan, sino que, según las circunstancias, viajes, salas de consulta, etc., no quería exponerme a perder los valiosos libros de la colección de Espasa-Calpe en que los he leído o a “cargar” con ellos, dado su peso. Así, no hace mucho leí en un desplazamiento en AVE los Ensayos liberales de Marañón, por ejemplo, como leí el Jardín de flores curiosas, de Torquemada, y como, dentro de poco, si aún no hubiera culminado mi aventura, daría noticia de La secreta guerra de los sexos, de la Condesa de Campo-Alange, cuya intelectura acabaré de aquí a pocos días. En el fondo, dilecto intelector, habrás advertido que todas esas intelecturas no han sido sino el único modo eficaz que he encontrado para alargar en el tiempo la convivencia con los Episodios. Mi desconsuelo se ha visto  compensado con la leve y comprensible decepción que me ha supuesto saber que he acabado un proyecto incompleto, que Galdós no logró coronarlo como tamaña aventura se merecía, a pesar del incomparable esfuerzo gigantesco que Galdós, sin comparación alguna en nuestra literatura, realizó con un rigor impecable y con una fortuna narrativa que, he de reconocerlo, hace las delicias de los galdosianos, pero puede satisfacer otros paladares intelectores, porque ¡es tanta la maestría del madrileño en su mester que no admitirlo es, sobre injusto, un grave error de apreciación literaria! La quinta serie abarca desde la solución dinástica buscada por Prim, Amadeo de Saboya, que le cuesta la vida, hasta la Restauración borbónica en la persona de Alfonso XII, en quien no tarda en abdicar Isabel II, consciente de que solo de esa manera podrá la dinastía volver a reinar en España. Si esta serie destaca por algo es, a mi entender, por la invención de los diferentes narradores que se toman el relevo. El proyecto de Galdós, queda nítido desde el inicio de la serie y es una reafirmación del motivo que lo animó a crear un fresco histórico incomparable: indagar en la vivencia común, cotidiana, anónima, de la Historia que se está escribiendo en el presente de sus personajes, no todos ellos ni insertos en el drama histórico ni primordialmente interesados por esos aconteceres de naturaleza institucional al que, por crianza, interés o inclinación, son completamente ajenos. Es decir, lo que Unamuno calificaría como “intrahistoria”:  Los íntimos enredos y lances entre personas, que no aspiraron al juicio de la posteridad, son ramas del mismo árbol que da la madera histórica con que armamos el aparato de la vida externa de los pueblos, de sus príncipes, alteraciones, estatutos, guerras y paces. Con una y otra madera, acopladas lo mejor que se pueda, levantamos el alto andamiaje desde donde vemos en luminosa perspectiva el alma, cuerpo y humores de una nación… Por lo expuesto, y algo más que callo, pedida la licencia, o tomada si no me la dieren, voy a referir hechos particulares o comunes que llevaron en sus entraña el mismo embrión de los hechos colectivos. Conviene insistir en que en esta última serie Galdós intensifica la calidad de las tramas amatorias y se aparta de los esquemas tópicos par perfeccionar la psicología de los personajes y presentárnoslos como individualidades que nos atraen y de quienes queremos saberlo todo, como el caso de la pareja Fernanda (hija de Santiago Ibero) y el donjuanesco don Juan de Urríe, un caso extremo en el que la trama incluye hasta el asesinato de la amante del donjuán con quien este burla a Fernanda, ¡a manos de la propia Fernanda!, lo que acabará implicando un trastorno depresivo notable que tiene en un sinvivir a sus padres, de ahí que Ibero llegue a decir algo que debió de levantar notable polvareda en su tiempo: Ya hemos dicho que el mal ocasionado por un hombre infame, otro puede curarlo. Ya sabes mi lema: “Un hombre, un hombre para la niña”. Fíjate que no digo “un marido”, ni siquiera “un novio”, sino “un hombre”. (…) Si en efecto se nos enamora de este joven, dejémosles que hagan lo que quieran. ¿Qué la deshonra? Ese será el mal menor, en todo caso preferible al estado presente… Ya te lo he dicho, mujer: “Contra un cataclismo, otro cataclismo”. ¿NO has oído que un clavo saca otro clavo? Pues un hombre saca otro hombre… Venga la resurrección de la niña, aunque nos traiga un poco de vilipendio. ¿Qué supone una mácula en la extensión de eso que llamamos “ser”, “vivir”? Exhaló Gracia un suspiro que quería decir: “Amén”.  Lo que viene después de que la hija, Fernanda, haya dado una inequívoca muestra de liberalismo en las costumbres frente al consejo de un cura: -Mi tío lo dice: “Niñas que estáis ciegas de amor, frotaos los ojos con el desprecio de los hombres… Despreciadlos y curaréis” -Por cura y por viejo -replicó Fernanda, dejándose llevar camino abajo-, no es tu tío el mejor médico para estas enfermedades del alma… En esta quinta serie va a acentuar su protagonismo el hijo de Lucila, Vicente Halconero, un revolucionario impedido por su cojera de participar en las Milicias o en cualesquiera acciones que requieran el ardor bélico con el que él ha nacido, un militar de vocación postrado en la cama, podríamos decir. Derivado hacia la vida intelectual, experimentará, no obstante, la descarga de adrenalina de la acción física, a resultas de la cual es gravemente herido y se ve de nuevo obligado a convalecer largo tiempo, pero a Galdós le sirve para trazar, a través de él, algo así como la biografía literaria de un joven de su época. La cita es larga, de acuerdo, pero el contenido más que interesante, porque nos permite observar los fundamentos de su formación: Las primeras borracheras las tomó el neófito con Víctor Hugo, que en verso y prosa le entusiasmaba y enloquecía. Vino luego Lamartine con sus dramáticos Girondinos; siguieron Thiers con El Consulado y El Imperio con sus admirables Historias. En su fiebre de asimilación empalmaba la Filosofía con la Literatura, y tan pronto se asomaba con ardiente anhelo a la selva encantada de Balzac, La comedia humana, como se metía en el inmenso laberinto de Laurent, Historia de la Humanidad. Por complacer a su padrastro don Ángel Cordero, apechugó con Bastiat y otros pontífices de la Economía política, y para quitar el amargar de estas áridas lecturas, se entretuvo con la socarronería burguesa del Jerónimo Paturot. Impelido por intensa curiosidad, dedicose el incipiente lector a los maestros alemanes. Devoró a Goethe y Schiller; se enredó luego con Enrique Heine, Atta Troll, Reisebilder, y por esta curva germánica volvió a Francia con Teófilo Gautier, Janin, Vacquerie, que le llevaron de nuevo a la espléndida flora de Víctor Hugo. Mayores estímulos se sed ardiente le empujaron hacia Rousseau y Voltaire, de donde saltó de un brinco a las constelaciones de la antigüedad clásica, Homero, Virgilio, Esquilo, el cual, como por la mano, le condujo hacia el espléndido grupo estelario de Shakespeare, Otelo, Hamlet, Romeo y Julieta. De aquí, por derivaciones puramente caprichosas, fue a parar a Jorge Sand, Enrique Murger y al desvergonzado Paul de Kock. El espíritu del neófito se remontó de improviso, requiriendo arte y emociones de mayor vuelo. Releyó historias y poemas, y buscando al fin con la belleza la amargura que a su alma era grata, se refugió en Werther como en una silenciosa gruta llena de maravillas geológicas, y ornada con arborizaciones parietarias de peregrina hermosura. No tardó Halconero en tomar grande afición a la literatura concebida y expuesta en forma personal: las llamadas Memorias, relato más o menos artificioso de acaecimientos verídicos, o las invenciones para suplantar a la realidad se revisten del disfraz autobiográfico, ya diluyendo en cartas toda una historia sentimental, ya consignando en diarios apuntes las sucesivas borrascas de un corazón atormentado. En densas epístolas puso Rousseau su Nueva Heloísa, y en espasmos de amor y desesperación, diariamente trasladados al papel, contó Goethe las desdichas del enamorado de Carlota. De este arte apasionado, melancólico y amarguísimo se prendó tanto el hijo de Lucila que sin quererlo, y por inopinadas comezones de la edad juvenil, fui inducido a imitarlo… Todo lo relativo a los sucesos históricos posteriores a la Revolución de Setiembre, también conocida como La Gloriosa, el intento de Prim de introducir en España una dinastía sin la malhadada historia de los Borbones -contada magistralmente por Michel del Castillo en Las lobas del Escorial, para quien quiera regocijarse en la descripción magistral de aquella depravación tontuna-, su posterior asesinato -sobe el que hicieron no hace mucho una excelente adaptación televisiva: Prim. Asesinato de la calle del Turco-, la conjura de carlistas y progresistas contra Amadeo I, la posterior renuncia de este y la proclamación de la Primera República, más celebrada, paradójicamente en los balcones por la aristocracia que por los proletarios: Doscientos cincuenta y ocho votos contra treinta y dos decidieron que España no era ya monarquía sino república. (…) Con puntualidad absolutamente espontánea, pues no mediaron órdenes ni avisos, aparecieron iluminados casi todos los balcones de Madrid en la noche del 11 al 13 de febrero. (…) Sin más auxilio que nuestro criterio y el conocimiento en cierto modo adivinatorio que teníamos del vecindario matritense, leímos aquella página y la diputamos por vergonzosa y repugnante. Las casas de los republicanos, que eran los legítimos triunfadores en la jornada del 11 de febrero, estaban a obscuras, y en cambio los palacios aristocráticos, las moradas de las damas católicas y de los señorones alfonsinos y carlistas brillaban con espléndido alumbrado, signo de lisonjeras esperanzas. Mayormente nos escandalizó la cínica refulgencia de las cosas donde se albergaban los corifeos del viejo progresismo , que hasta el día 10 fueron cortesanos y servidores de don Amadeo; y la inmediata extensión de los movimientos cantonales, entre los que solo triunfo el de Cartagena, constituyen una sucesión de hechos históricos capaces por ellos mismos de atraer poderosamente el interés de los lectores. Todo muy atractivo, sí, pero hete aquí que de pronto por la mente se Galdós se cruza una idea disolvente: encarnar a la propia Historia, Clío, darle categoría de personaje y convertirla en algo así como la madre amantísima del último narrador, Proteo Liviano (Yo, Proteo Liviano, mensajero de los Dioses), Tito Livio, Tito, un enano don Juan (Yo no sé qué tengo, señores que me leéis, no sé qué tengo… Lo mismo es hablar yo con una mujer, que esta se pone tierna y no tarda en enloquecer por mí… No sé lo que tengo, repito, no sé…) cuya peripecia vital a medio camino entre lo documental y lo fantástico me parece un hallazgo narrativo extraordinario y que hará algo más que las delicias de los intelectores en los que pueda haber sembrado la semilla loca de leer esta aventura novelística sin parangón en nuestra historia literaria, y creo que tampoco en la de ningún otro país, que son Los episodios nacionales. El propio narrador, sin embargo, se presenta por extenso, consciente de la importancia de su desempeño individual en todo cuanto ha de contar, a pesar de insistir en su escasa capacidad para hacerlo concienzuda, clara y ordenadamente: Misterios de la conciencia, misterios de la política, ¿quién os entiende, quién os deslinda, quién os baraja? Perdóneme el piadoso público la falta de método que habrá notado en mis escritos, los cuales aparecen reñidos con el orden cronológico. Este defecto mío radica en el fondo de mi naturaleza, y sin darme cuenta de ello refiero los acontecimientos invirtiendo su lugar en el tiempo. Si nunca me ha entrado en el cerebro la aritmética, tampoco hice migas con la cronología, y sin pensarlo refiero lo de hoy antes que lo de ayer, y la consecuencia antes que el antecedente… Va siempre por delante lo que hiere mi imaginación con más viveza… Al franquearme contigo, noble y cachazudo lector, presumo que desearás conocerme, saber quién soy, de dónde he salido, y el cómo y por qué de mi metimiento, de mi colaboración en estas historias. Por de pronto diré que soy un hombre chiquitín de cuerpo, grande de espíritu y dotado de amplia percepción para ver y apreciar las cosas del mundo. Reservo por ahora mi verdadero nombre, y entre los diferentes motes que suelo usar en mi labor periodística, escojo el más adecuado, que es también el más breve: Tito (…) Mi abolengo es, pues, de una variedad harto jocosa. Yo, con paciencia y saliva, quiero decir tinta, he reconstruido mi árbol, y en él tengo señoras linajudas, títulos de Castilla, que casi se dan la mano con logreros y mercachifles de baja estofa; tengo un obispo católico, un cura protestante, una madre abadesa, dos gitanos, una moza del partido, un caballero del hábito de Santiago y varios que lo fueron de industria… Soy, pues, un quedo de múltiples y variadas leches. Debo declarar que de la heterogeneidad de mis fundamentos genealógicos he salido yo tan complejo, que a menudo me siento diferente de mí mismo. (…) En la época de mi cuento amadeísta, tenía yo 23 años.  Habiéndolos leído todos con imperecedero agradecimiento a su autor por haber dedicado tanto tiempo de su vida a tan magna obra, me pregunto cómo es posible que RTVE no haya aún pensado en hacer una serie que, sin duda, lograría los mayores índices de audiencia jamás logrados en las televisiones desde que se mide (y controla) la audiencia. En su lugar, han de sufrir, quienes la vean, sucedáneos absurdos como ese Ministerio del Tiempo de difícil visión con cierta experiencia lectora y visual. Pero entremos en la presentación de Clío, quien, poco después, con la entrada en acción de Proteo Liviano -que, al margen de la alusión al historiador Tito Livio, incluye una sutil al Larvatus prodeo de Descartes, si no me paso de hermeneuta, claro-, se convertirá en la magistral Mariclío, especialista en metamorfosis. Cuando aparece, lo hace en una escena en la que Vicente Halconero acaba en un prostíbulo:  Al tener que referir el cómo y el cuándo recibió Halconero la carta, y dónde fue a leerla con el curioso manuscrito que contenía, la Historia, más pudibunda y remilgada en aquel caso que en otro alguno, se tapó la cara y disfrazó su voz para que no se la tuviese por persona de baja ralea. (…) La narradora de los grandes hechos humanos no tuvo reparo en decir que la costurerilla encontró a don Vicent saliendo de su casa (…); pero, dicho esto, se negó rotundamente a puntualizar y describir el sitio adonde fue a parar con su cuerpo el hijo de Lucila. Digna de respeto es la gazmoñería de la sabia matrona. Por conducto más bajo se sabe que Halconero dio fondo en un gabinete exornado de frescachonas láminas al cromo, de panderetas y paisajes taurinos, y que a su vera se puso una linda muchacha rubia, la cual con gozosos modales y tiernas voces celebraba su presencia… (...) Lo que ocurrió en la entrevista con la ninfa de cabellos de oro, no se narra. La Historia está presente, y vuelta de cara a la pared para no ver nada, recomienda con bronca voz la total omisión de lo que allí se ve y se oye. Pero un poco más adelante, toma asiento junto a dos de los protagonistas mientras estos leen las condiciones publicadas para conceder la emancipación a la isla de Cuba, que fue sujeto de controversia ciudadana y política: En el momento en que Halconero esto leía, la Historia, que con los dos amigos había entrado invisible en la tasca indecente, se dejó ver… quiero decir que, espiritualmente hubo de presidir la reunión, y entre los dos jóvenes tomó asiento, sin mostrar repugnancia del ambiente plebeyo y vinoso. En la mesa puso la gentil matrona sus codos augustos, y con ambas manos sostuvo su rostro clásico, modelado por los padres de la estatuaria. Atentos los ojos y el oído a la lectura, que era recreo inocentísimo de dos almas españolas, no vio profanación en los lectores ni en el sucio lugar que les albergaba; antes bien, dio con su presencia grave solemnidad a lo que se leía. Su laureada frente no se humilló en aquel cuadro de apariencias groseras; los bordes de su clámide recamada de elegantes grecas, resbalaban de su cuerpo sobreaño y caían en el suelo entre polvo, heces de vino y salivazos, sin que estas confundidas suciedades en manera alguna los manchasen. Me parece evidente que en el personaje de Tito hay una cierta evocación de la profesión periodística que ejerció Galdós en sus primeros años en Madrid. De hecho, en la serie televisiva, Galdós es personaje destacado como periodista que investiga los sucesos. Ello lo prueba el retrato de José Luis Albareda, director de El Debate, que fue quien le abrió las puertas del periodismo, y de quien dice: Ni cuando te pone en los cuernos de la luna te envanezcas, ni demasiado te aflijas cuando te trate a zapatazos. Esa Mariclío tras cuyas intervenciones perderá el resuello el lector, se nos presenta, paradójicamente como le toca: adaptada a la circunstancia en la que ha de participar: De la tía Clío, por cuya procedencia y oficio le pregunté, díjome lo que a la letra copio: Es una vieja medio loca que en el piso bajo tiene una tienda de muebles, armas y papelorios antiguos. Lejos de aquí la hemos visto vestida de señora con borceguíes de tacón dorado, y aquí se nos presenta hecha un pingajo, con chinelas que dice fueron de una tal doña Urraca. Charlotea de trifulcas que pasaron u de las que están pasando, y es una criticona que no hace más que gruñir. Se va como viene, sin saludar a nadie y diciendo no más que: “Hasta ahora”. Y el ahora quiere decir “siempre”. A medida que los hechos se acercan a la experiencia propia del autor, Galdós acentúa los pronunciamientos políticos con un indudable acierto moderado, porque su condición de observador de dichos acontecimientos lo libra de la humana tentación de considerarlos desde la pasión individual. Desde esa perspectiva, lamenta el fracaso de Amadeo de Saboya: De aquel Gobierno se dijo que era una “república con Rey”. ¡Lástima que no hubiera sido cierto, y que no durara lo bastante para que se consolidase la utopía y se hiciera verdad de carne y hueso”, pero también se opone a los intentos desesperados de los republicanos por crear una República sobre las arenas movedizas de una voluntad popular que no la avalaba, salvo como pronunciamiento cantonal que acabó como el rosario de la aurora o toda ella con una insurrección, la de Pavía, con ocupación del Congreso por guardiaciviles en una operación muy pero que muy parecida al reciente golpe de estado de 1981. La propia Mariclío lo dice: -¡Ay, Tito, no sé cómo no me río hablando de estas cosas que son, vive Dios, tan tristes! Que un país, donde hay sin fin de hombres que discurren con juicio, y sienten en sí mismos y en conjunto el malestar hondo de la Patria; que una nación europea y cristiana esté en manos de esta cuadrilla de politicajos por oficio y rutinas abogaciles, hombres de menguada ambición, mil veces más dañinos que los ambiciosos de alto vuelo! Si algo pudiera contra ellos, los barrería como barro esta sala, regándolos antes para no levantar polvo, y mezclados con serrín los metería en su más adecuado sumidero, que es el eterno olvido. Aquella Primera Republica en las que las tentaciones centrífugas provocaron una alarma social y militar que forzó el pronunciamiento del militar Pavía, acaso de los más proclives a la República. Los propios protagonistas de la República, desde la espantá de Estanislao Figueras hasta los temores de Pi i Margall, quien dimitió a los 37 días por negarse a reprimir el cantonalismo, aunque aisló la revuelta que se gestaba en Barcelona, pasando por el miedo de Castelar: Hubo días de aquel verano en que creíamos completamente disuelta nuestra España […] No se trataba allí, como en otras ocasiones, de sustituir un ministerio existente ni una forma de Gobierno a la forma admitida; tratábase de dividir en mil porciones nuestra patria, semejantes a las que siguieron a la caída del califato de Córdoba”,   hasta desembocar en la impotencia de Salmerón, el filósofo sin realidad, que decía maliciosamente Castelar de él;  todos ellos, ya digo, nos hablan no solo de una intentona republicana fallida, sino de nuestro más actualísimo presente, a poco que sepamos leer las líneas de fuerza que operaban entonces y, mutatis mutandi, operan hoy. Mientras, sin embargo, y, como decimos en catalán, per acabar-ho d’adobar, las intentonas carlistas seguían operando no solo en los territorios del País Vsco y de Navarra, sino incluso tan cerca de la capital como en Cuenca, tomada por la cuñada del pretendiente, doña María de las Nieves Braganza, el equivalente femenino auténtico de Cabrera, El tigre del Maestrazgo. Y firme acreedora al título de “hiena”:  Dijeron algunos: “Esa mujer es una hiena”. Pues yo os digo que será todo lo hiena que se quiera en determinada ocasión; pero me permito enmendar la frase de este modo: “Esa mujer… es un hombre”, el primer hombre del absolutismo, desde los tiempos de don Carlos María Isidro hasta la edad presente. (…)Chispazos del genio de Atila y del Tamerlán iluminaban el cerebro de aquella hembra temeraria y cruel, negación de su sexo. Desde el momento en que Cuenca cayó en poder de las honradas masas, la doña Nieves les pemitió todas las brutalidades, crímenes, atropellos y vandálicas libertades. (…) Consintiéndoles la saciedad de sus apetitos, les adiestraba para continuar peleando por ella y allanando los caminos por donde corría desenfrenada la feroz ambición del marimacho más genial que ha tenido España. Cánovas es el último volumen de los Episodios… y Galdós no se recata en desmontar la restauración borbónica como una derrota de quienes, desde el intento de establecer la Primera República, acaban viendo cómo se impone el caciquismo político, la corrupción de las concesiones industriales y la conformidad con una estructura política y de producción que deja intactas las injusticias y los agravios insufribles cuyas padecimientos hemos visto volumen tras volumen a lo largo de este viaje histórico sin comparación. Aquí se recoge la anécdota adjudicada al Presidente del Gobierno, Cánovas, cuando los comisionados para la redacción de la nueva Constitución de 1876 le consultaron cómo definían quiénes eran españoles: Hallábase una tarde en el banco azul el presidente del Consejo, fatigado de un largo y enojoso debate, cuando se le acercaron dos señores de la Comisión para preguntarle cómo redactarían el artículo del Código fundamental que dice: “son españoles los tales y tales”… Don Antonio, quitándose y poniéndose los lentes, con aquel guiño característico que expresaba su mal humor ante toda impertinencia, contestó ceceoso: “Pongan ustedes que son españoles… los que no pueden ser otra cosa”. Como no podía ser de otra manera, a medida que se va acercando el fin del volumen y se adquiere verdadera conciencia del retraso social y democrático que supone para España la Restauración, a pesar de la paz artificial que se deriva de dar por extinguido el foco de tensión bélico de ls intentonas carlistas, e entiende el desengaño del narrador, que ha luchado con la ceguera metafórica que le ha aquejado, como parte de la vida fantástica que ha llevado desde que fue prohijado por Mariclío y acosado por las Efémeras, verdaderas diablesas que lo mortifican: Sostuve que en España no existe la representación nacional, y que los diputados no expresan más opinión que la de unos cuantos señores; que en las Cortes no reside ninguna parte de la soberanía, y que la ley fundamental del Estado no es más que una edición bonita y esmerada de las coplas de Calaínos. Todos los poderes residen en el Rey y en las camarillas, a las que están subordinados los jefes de las ganaderías políticas. Y más aún se comprende el trágico parlamento que cierra la aventura novelística, en boca indignada, ¡y de quién mejor, si no!, de Mariclío: : Los políticos se constituirán en casta, dividiéndose hipócritas en dos bandos igualmente dinásticos e igualmente estériles, sin otro móvil que tejer y destejer la jerga de sus provechos particulares en el telar burocrático. No harán nada fecundo; no crearán una Nación; no remediarán la esterilidad de las estepas castellanas y extremeñas; no suavizarán el malestar de las clases proletarias. Fomentarán la artillería antes que las escuelas, las pompas regias antes que las vías comerciales y los menesteres de la grande y pequeña industria. Y por último, hijo mío, verás, si vives, que acabarán por poner la enseñanza, la riqueza, el poder civil y hasta la independencia nacional, en manos de lo que llamáis vuestra Santa madre Iglesia. Alarmante es la palabra Revolución. Pero si no inventáis otra menos aterradora, no tendréis más remedio que usarla los que no queráis morir de la honda caquexia que invade el cansado cuerpo de tu Nación. Declaraos revolucionarios, díscolos si os parece mejor esta palabra, contumaces en la rebeldía. En la situación a que llegaréis andando los años, el ideal revolucionario, la actitud indómita si queréis, constituirán el único síntoma de vida. Siga el lenguaje de los bobos llamando paz a lo que en realidad es consunción y acabamiento… Sed constantes en la protesta, sed viriles, románticos, y mientras no venzáis a la muerte, no os ocupéis de Mariclío…Yo, que ya me siento demasiado clásica, me aburro… me duermo… Y aquí se acaba la historia, y el esfuerzo minúsculo de este Artista Desencajado por invitar a los intelectores a sumergirse en ese mundo lleno de lo mejor de Galdós, casi lo peor de la Historia de España y de todo lo interesante que puede haber en un pueblo como el español tan baqueteado por la Historia, por las historias y aun por las historietas. Los Episodios… hunden sus raíces en lo mejor de nuestra tradición literaria y Galdós se eleva a tanta altura que por puede codearse de tú a tú en ese panteón de escritores ilustres tan nutrido de las Letras españolas con cuantos genios la habitan desde los tiempos de Berceo. ¡Feliz invención galdosiana, la de estos Episodios trascendentales, nada anecdóticos y llenos de vida, literatura e historia auténtica a raudales!  Me reservo, claro está, más allá de las torpes recensiones en que he ido dando cuenta de las cinco series de novelas, un juicio particular sobre la experiencia de esta aventura intelectora, una confesión de mi admiración sin límites por quien tantísimas horas de placer intelector me ha deparado a lo largo de mi vida, sobre todo en esas ediciones tan luminosas como prácticas de la editorial Hernando. Los episodios nacionales, con las minúsculas de la vida cotidiana, humilde y encopetada, ridícula y generosa, brava y cobarde, infecta y admirable, mirífica y deleznable… de tantas generaciones, son España misma.

domingo, 6 de mayo de 2018

Cuarta serie de “Los episodios nacionales” de Benito Pérez Galdós.



La perfección del machihembrado de la intrahistoria y la Historia: De la degradación del reinado de Isabel II al triunfo de la setembrina: ¡El hallazgo narrativo de Mariclío!

Tanto en  la Cuarta como en la Quinta serie de estos Episodios nacionales, la invención de los narradores correspondientes va a ser determinante para elevar el tono de la narración, al tiempo que para mostrar con mayor profundidad la complejidad de los tiempos “nuevos” que se abren para quienes vana entrar, tras la Revolución europea de 1848, en una época dominada por la aparición de agentes históricos determinantes como las organizaciones obreras o los partidos progresistas que se acercan al socialismo y abandonan el liberalismo bajo el que hasta entonces se encuadraban. La invención de un narrador como José García Fajardo -Pepe para todos, incluidos los lectores- de extracción popular y enviado a formarse a Italia para ser sacerdote, vocación de la que desiste por la tentación de la carne, tiene tal entidad en esta cuarta serie que va mucho más allá del valor testimonial, porque en sí mismo, Pepe es un personaje propio de su tiempo que, a través de la suposición de su mucho valer acabará siendo más reconocido por la presunción de esos saberes que por la demostración de los mismos, lo cual le abre las puertas incluso de la nobleza, gracias a un matrimonio con una mujer Ignacia, fea e inteligente, decidida y enamorada de él, lo que lo acerca a personajes fundamentales para la historia de España de ese periodo. Su intención testimonial es inequívoca: Estoy resuelto a perpetuar la verdad de mi vida para enseñanza y escarmiento de los venideros, aunque tome sus precauciones para solo ser leído después de muerto. Su teoría es la propia del afán galdosiano, que luego será unamuniano en su concepto de la intrahistoria: Todos los hombres hacen historia inédita; todo el que vive va creando ideales volúmenes que no se estampan ni aun se escribe. (…) Todo ejemplo de vida contiene enseñanza para los que vienen detrás, ya sea por fas, ya por nefas, y útil es toda noticia del vivir de un hombre. Como revela Sofía, la cuñada del memorialista y narrador: Sofía: Todo ello [la agitación revolucionaria] es por haber tomado en serio ese poema católico y político del papado al frente del liberalismo y de la unidad de Italia, que en rigor nos importa un comino. [Sofía es conservadora y critica la visión “progresista” de Pío nono.] (…) Ya en Francia no se dice las “turbas” -indicó Sofía-, sino las “masas”, nombre nuevo del populacho, y me parece que también por acá vamos a tener masas, que es lo único que nos faltaba. En efecto, la aparición de los partidos de ideología progresistas que se dirigen a las “masas”: liberales progresistas, republicanos, y republicanos federalistas es a lo que vamos a asistir en esta Cuarta serie que nos acerca a la contemporaneidad del propio Galdós, quien, de hecho, no tardará en narrar sucesos ya vividos por él en primera persona cuando se instala en Madrid como joven periodista, antes de dedicarse en cuerpo y alma a la elaboración del corpus novelístico más importante de nuestra literatura después del cervantino. La intimidad que establece el narrador con los lectores es clave para entender el modo como aquel nos acerca incluso a las desgracias que nunca llegan solas, porque, por amor del juego y de las mujeres, Pepe se ve envuelto en situaciones muy comprometidas de las que sabe, sin embargo, salir con un espíritu materialista: Déjame, déjame, ¡oh, ignoto público de la posteridad, si en efecto existes y me lees!; déjame que me tome respiro y ataje los vuelos de mi pluma en esta parte de mis Memorias, pues tantas desdichas en ella se reúnen, que me será difícil transcribirlas con orden para que aparezcan en la serie aterradora con que me las ha deparado el Destino. Esa biografía, salpicada de aconteceres de todo pelaje, permite entender lo cercano que Pepe se siente del pueblo y de su malhadado destino histórico: El orden por sí no es nada, y cuando se ejerce contra la voluntad del pueblo, es el desorden con insignias usurpadas… El pueblo ama la libertad… solo que no le dejan manifestarlo… ¿Pies la tropa? ¿Qué es la tropa más que pueblo con uniforme? La sensibilidad del narrador ante lo inevitable, la inexorabilidad de un levantamiento popular que genere un contrato social diferente del sistema casi feudal que domina las relaciones de producción y de poder, es fácilmente comprensible, así como su decidida voluntad de librarse de la degollina: La revolución vendrá… La tormenta que vaga por Europa, de pueblo en pueblo, descargando aquí centellas, allá granizo, en una parte y otra eléctrico fluido que todo lo trastorna, ha de ser, andando el tiempo, furioso torbellino que arrase el vano edificio de nuestra propiedad, sin que contra él nos valgan falanges ni falansterios… ¿Tardará meses, años, lustros; tardar siglos?... Que a mí no me coja es lo que deseo, y que cuando estalle, ya estén leídas y dadas al olvido mis deslavazadas Confesiones…Para ello, su “plan de vida” se acomoda a la clase a la que pertenece y a la iniciativa de la que se precia: Mi riqueza me hace benévolo. Imitando al filósofo inglés, erigiré una gran fábrica o manufactura al estilo de la New Lanark, y entre mis felices y bien alimentados obreros practicaré todas las virtudes evangélicas. Solo “desde dentro” de aquella degradada estructura de poder que fue el reinado de Isabel II es posible mostrar a los lectores del futuro -mi menda mismo…, para quienes realmente escribe Galdós, y ahí ha de encontrarse el sentido de este homenaje que ha significado mi lectura continuada de su magna obra- cómo fue posible no solo su destronamiento, sino, sobe todo, el fallido intento de cambio de dinastía gracias Prim o el impensable fracaso de la Primera República, incapaz de gestionar unos anhelos de libertad que descarrilaron sobre el frágil proyecto del federalismo mal entendido, como lo demostró el cantón de Cartagena y el posterior golpe de estado de Pavía, que devolvió a España a la tradición borbónica. Estamos aún en la España de los “espadones”, con un Narváez conservador y mesiánico sustituyendo a la figura del progresista Espartero, que concitó la esperanza de los trabajadores en una época en la que comenzaron a surgir en Barcelona lo que primero fueron Asociaciones de Socorros mutuos antes de devenir lentamente sindicatos organizados y futuras bases electorales del republicanismo federal. Galdós acentúa en esta Cuarta serie las tramas folletinescas que ya vimos en las series anteriores, pero se vale de unos personajes a los que insufla una vida no meramente instrumental, sino densa, compleja y propia, de lo que se deriva que estamos, en estas dos última series ante novelas en todo equiparables a las más famosas de su ciclo de novelas contemporáneas. De hecho, no en esta Serie, sino en la siguiente, incluso aparecerán personajes de aquellas, como Ido del Sagrario, por ejemplo, entre otros. Lucila, la hija del gitano Ansúrez, cuya belleza tanto impacto al narrador, Pepe, hasta el punto de incluso pode poner en peligro su matrimonio, si bien la aventura de la joven pronto se aparta del derrotero estrecho de la vida del desclasado: ese ser fronterizo entre la aristocracia, acaba siendo Marqués de Beramandi, y el pueblo humilde del que procede por origen familiar. De hecho, él mismo se ofrece como síntesis que permita superar antagonismos sociales y emprender una vía de entendimiento entre los españoles que nos aleje de las luchas fratricidas y los sempiternos enfrentamientos. Los juicios de Pepe, sin embargo, sobre el presente y el inmediato futuro están impregnados de un pesimismo y un escepticismo muy notables:  Si la Historia, mirada de hoy para lo pasado, nos presenta la continuidad monótona de los mismos crímenes y tonterías, vista de hoy para lo futuro, no ha de ofrecernos mejoría visible de nuestro ser, sino tan solo alteraciones de forma en la maldad y ridiculez de los hombres como si estos pusieran todo su empeño en amenizar el Carnaval de la existencia con la variación y novedad pintoresca de sus disfraces morales, literarios y políticos. La vida del campo que describe Pepe y que conocen ambos, él e Ignacia, durante su veraneo, arroja una visión tenebrosa de la realidad española más allá de los círculos de la Corte. Desde los quintos que quieren escaparse del servicio por vía expeditiva:  Leyó mi padre que en un pueblo de Soria se había descubierto el estupendo caso de que todos los mozos útiles y robustos, de ocho años acá, daban en la flor de cortársela primera falange del dedo índice de la mano derecha con el santo fin de eludir el servicio militar…, hasta la pobreza de quien, como Miedes, pierde la cabeza de tan bien llevarla sobre los hombros:  Es un sabio tonto y un alma de Dios, en la cual se juntan la erudición pasmosa y una simplicidad digna del limbo, pasando por una de esas genialidades de Galdós como la recreación de los lenguajes populares o de argot, que no son mera invención, sino callado trabajo de campo, apuntes tomados del natural. Las quejas de las trabajadoras del campo, que oye el matrimonio, constituye un excelente repertorio tomados cuando Pepe y su mujer, Ignacia, entran en contacto, como señores, con los padecimientos de los ¡aún! propiamente “siervos de la gleba”: “¡Señor, Señor, que esté una trabajando todo el año para que venga una cochina nube de ese cochino cielo a quitarle a una lo ganado!” U por otra parte oíamos: “Santos, ¿qué jacedes que esto consentides? Mala peste con vos y con el cura que no echa las aconjutaciones”… “Virgen del Pilar, acude pronto acá y líbranos”… “San Roque, ¿a dónde vos metéis, santico, que estos cielos dejáis a los demonios?”…”Padre nuestro… todo perdido, todo arrasado… venga a nos tu reino… mi patatal que estaba como un verjel de Dios, y ahora… el pan nuestro… Perdición, Señor, perdición y vengan rayos”… “Jesús, Jesús, ¿aónde estás metío, señor Jesús de la cruz a cestas?”… “Tiran coces los ángeles, y aquí nos mandan los cascos del pavimento celestial”… “Virgen, para, para; ya no más… que nos morimos”… “¿Quién da patás en el cielo, y quién descuaja los afirmamentos y nos echa encima too este vridio?”…”¡Malhaya quien trabaja, malhaya quien trae criaturas a mundo! Santo Jesús, ¿no diz que sodes Pastor? ¿Por qué matas tu ganado? ¡Trocarte has en labrador que no mandes truenos, no esta encandilación de tufo de azufre, ni estos cantos de dos libas!”… “¿Qué pecado hicistes, patatas mias; en qué habedes faltado, judías, tomates y lechugas?”… “Apóstoles y mártires, ¿qué enfado tenéis? Semos pobres, trabajamos para vivir, y nos dejáis en los huesos. Pelados huesos, ya no tenéis sino hebras de carne, y estas hebras los perros de la contribución vendrán a quitárnoslas. El niño no saca de nuestros pechos más que amargura, y el marido, si no le dan vino, quiere que seamos burras para el trabajo”… “¡Malhaya el mundo, malhaya el trabajo, ábranse las sepulturas!” “¡Justicia caiga sobre los malos, no sobre los pobres, que meten su alma en la tierra!”… “Virgen pura, Madre nuestra, líbranos de todo mal perverso, quítanos el rayo y la piedra, amén, y guarece nuestros campos, amén, amén y amén”. Parte de ese arte narrativo de Galdós es el fragmento que extraje en su momento, lleno de admiración, y que colgué en una separata de estas recensiones para que los intelectores pudieran admirarlo en todo su esplendor (http://diariodeunartistadesencajado.blogspot.com.es/2018/01/el-arte-narrativo-de-galdos-o-el.html.). Entre los conflictos de todo tipo que van a alimentar la decadencia del reinado de Isabel II, entregada a las tenebrosas influencias de Sor Patrocinio, la monja de las llagas, de su confesor, el padre Claret y la intransigencia ultraconservadora del rey consorte, Francisco de Asís, no falta ni siquiera el problema regional, mezclado, en aquel entonces, con las aspiraciones carlistas al trono. Tan es así, que resulta muy chocant este diálogo -visto desde nuestro presente- entre Egaña, Madoz y el Presidente Narváez:  -“¿Pero esto es España o la ermita de San Jarando que hay en mi tierra, donde cada sacristán no pide más que pasa su santico? Ea, caballeros, yo estoy aquí para mirar por el padre eterno, que es la nación, y no por los santos catalanes o vascongados… -“General -le contesta Madoz-, es usted atroz, y a este paso iremos… a donde no queremos ir.” Desde los tiempos de la Pepa, no ha habido militar en España que no se haya considerad el hombre “providencial” que el país necesitaba, algo que hemos sufrido propiamente hasta casi el último tercio del siglo XX, y de ahí la reflexión que Narváez, desde la soledad del poder que no tardará en ceder, siguiendo el voluble capricho de la reina, le hace al narrador, a Pepe: A veces, metido yo en mí mismo, me pregunto: ¿Pero seré yo solo el cuerdo entre tanto tocado, y mi papel aquí es el de rector de un manicomio?... ¡España y los españoles! ¡Vaya una tropa, compadre! Aquí, el Gobierno no halla día seguro; aquí es imposible acostarse sin pensar: ¿qué absurdo, qué disparate nos caerá mañana? (…) El que inventó el llamar “cosas de España” a todos los desatinos que da de sí esta nación, ya supo lo que decía. Y aquí no se puede gobernar porque nadie está en su puesto, nadie en su obligación y en su papel, sin todo el mundo en el papel de los demás. (…) ¡Ay, pollo! Usted no es militar, usted no ha hecho la guerra, peleándose con otros españoles por “un sí y un no”; usted no se ha metido hasta la cintura en ríos de sangre. ¿Y todo para qué? Para que, a la vuela de algunos años de lucha y de otros tantos de celebrar la victoria con himnos y luminarias, nos encontremos como el primer día… ni más ni menos que el primer día, creyendo, como antes se creyó, que puede venir el Zancarrón, y que aquí no ha pasado nada… Lo que digo: todos locos… Otra de las especialidades novelísticas de Galdos es esa suerte de labor informativa que levanta acta de oficios e industrias que han formado parte de nuestra vida social. En este caso se trata de la industria de la cera, la fabricación de velas, un negocio que acabará atendiendo una exclaustrada del convento, Domiciana, quien se interpondrá en el camino de los amores de Lucila, la gitana, y un militarote revolucionario al que Domiciana acaba secuestrando e introduciendo en las dependencias de la servidumbre en Palacio, donde ella también ha entrado a servir. Estamos ante una parte de la historia que nos es contada por un narrador desconocido en 3ª persona, centrada en ese proceso de amores rotos que nos llevará a un matrimonio desigual entre Lucila y un rico hacendado, Vicente Halconero, que la corteja y ante el que cede para no caer en la miseria, si bien mantiene siempre viva la esperanza de volver a encontrarlo, aunque los diferentes nacimientos de sus hijos acaban enterrando aquella etapa de su vida, sobre todo el primogénito, que tantos cuidados necesita por su delicado estado de salud desde el mismo momento de nacer. Al final, Lucila, que también sirvió en Palacio durante un tiempo, sabe reconocer que es incomparablemente mejor la situación de rica hacendada que la de sierva sin oficio ni beneficio: Te lo aseguro, Rosenda: no supe lo que llevaba… pienso que no sería cosa buena. Déjame que suspire un poco. El recordar mi vida de palacio me pone aquí un peso, una opresión…! Nunca he sido más inútil que en aquel tiempo; nunca me he sentido más sola; nunca me han aburrido tanto las máscaras, pues máscaras me parecían cuantas personas traté en aquella casa… Tanto me amarga este recuerdo, que no he contado los lances de aquella mi vida boba más que a dos personas, a Tomín, a poco de conocerle, y hoy a ti. A la boticaria, nada o muy poco de esto le conté, porque con esa maldita nunca tuve yo verdadera confianza… siempre la temía, siempre de ella desconfiaba… No sirvo yo para esa vida de los palacios grandes, grandes… Las personas me parecen figuras que han salido de los tapices, y que hablando y moviéndose siguen siendo de trapo… En todo no ves más que vanidad, mentira, y todo se te confunde y se te vuelve del revés; llegas a no saber si los criados parecen señorones o los señorones parecen criados. La revolución de los sargentos en Vicálvaro fue el aviso de lo que acabaría pasando, aunque la represión de la reina fue tan severa que, en vez de granjearse el respeto de los súbditos, se granjeó su enemistad más profunda, y por esa razón, si bien a Pepe le pareció un juego de chiquillos la sublevación, no es menos cierto que “entiende” los fundamentos del conflicto: No espero nada; no creo en nada… Me hastía el recuerdo de la batalleja que vi en Vicálvaro. Me figuro  los niños de Clío jugando con soldaditos de plomo, dice al recordarlo; pero enseguida, casi desde una perspectiva republicana, Pepe es usurpado por el autor para exponer un punto de vista en parte ajeno a la relevancia social aristocrática del narrador:  Mañana, pensaba yo, se juzgarán estos hechos como atentados a la propiedad, como profanación de la ley o arrebatos de salvaje cólera. ¡Y las culpas de esta brutal plebe, nadie las atenuará con el recuerdo de las horribles violaciones de toda ley moral y cristiana que se contienen en el gobierno regular de la sociedades; nadie verá la inmensa barbarie que encierra el régimen burocrático, expoliador del ciudadano y martirizador de pobres y ricos; nadie se acordará del sinnúmero de verdugos que constituyen la familia oficial, y cuya única misión es oprimir, vejar, expoliar y apurar la paciencia, la sangre y el bolsillo de tantos miles de españoles que sufren y callan!... Nadie se fijará en el crimen lento, hipócrita, metodizado, de la acción gobernante, mientras que salta a la vista el crimen desnudo, instantáneo, de unas gavillas de insensatos que asaltan, queman, matan, sin respetar haciendas ni vidas. Nadie ve las víctimas obscuras que inmoló la ambición de los poderosos, ni los atropellos que se suceden en el seno rescatado de una paz artificiosa, sostenida por la fuera bruta dominante, y todos se horrorizan de que la fuera oprimida y dominada se sacuda un día y, aprovechando un descuido del domador, tome venganza en horas breves de los ultrajes y castigos de siglos largos… Y bien mirado esto, delante del sacro altar de Clío, ante el cual no cabe falsear la verdad; bien miradas estas vindicaciones instantáneas frente a las demasías que las motivaron, todo se reduce a una bella variedad de formas de justicia dentro del canon de la Naturaleza. (…) Puestos todo a violar no creo que deban cargarse a la cuenta de la plebe las más escandalosas violaciones. El favoritismo en altas esferas no hace menos estragos que la desatada barbarie en las bajas. No es el pueblo quien da forma de embudo a las leyes, ni quien envenena las aguas del poder en su propio manantial. Su ignorancia no es el único mal; otros males hay, de que son responsables los que leen de corrido, los que escriben con buena sintaxis, y los que hablan con sonora elocuencia. Así están las leyes, arrinconadas como trastos viejos cuando perjudican a los que las han hecho, Así huele tan mal el libro de la Constitución Resulta curiosa la implicación que acaba teniendo Pepe en la vida de Lucila, a quien tanto deseó, porque, al final, cuando Gracián, liberado del “secuestro” de Domiciana, quiere volver a meterse en la vida establecida y decente de quien fuera su amante en la pobreza y en el ocultamiento a las autoridades, es Pepe quien se lo acaba impidiendo matándolo en una pelea. La familia de Lucila, el padre y su hermano Leoncio, que se va a vivir con una mujer casada, y lo hacen al campo, para estar en contacto con la naturaleza, en una prefiguración ecologista de primer nivel (Tan hechos estaban  Mita y Ley al vivir campestre, que no podían pasarse sin salir los domingos a ver grandes espacios luminosos, tierra fecunda o estéril, árboles siquiera matas o cardos borriqueros, la sierra lejana coronada de nieve, agua corriente o estancada, avecillas, lagartos, insectos, todo, en fin, lo que está fuera y en derredor del encajonado simétrico que llamamos poblaciones) , así como el hermano que se instala en Marruecos, se hace comerciante y se “naturaliza” árabe, llegando incluso a participar en la Guerra de África, de la que se habla en esta Serie, tomará un relieve que se extenderá incluso al cambio de narrador, porque el hermano de Lucila que se hará llamar El Nasiry,  narrará la batalla de Tetuán desde el punto de vista marroquí y entra, en el curso de la acción bélica, en relación con Juan Santiuste, el místico pacifista a quien lleva consigo a su casa antes de “despacharlo” para la península, consolándolo después de su fallida boda con la hija del comerciante. Su crónica tiene, como no puede por ser menos en Galdós, todos los resabios cervantinos de la de Cide Hamete Benengeli. Ese personaje, José Santiuste, un periodista sin fortuna, cuya participación en la Guerra de África, donde descubre el pacifismo, va a tener, de la mano de Pepe, un importancia relevante, aunque por la vía de la enajenación, convirtiéndose en otro de esos personajes enajenados que pueblan la novelística galdosiana. De hecho, José Santiuste será también narrador de esta serie, por encargo del marqués de Beramndi, Pepe, quien nos describe como vuelve a encontrarse con él, una vez regresado de la aventura africana:  Quien conoció a este hombre hace un año y ahora le vea -dijo Beramendi-, no comprenderá que así podamos saltar de la juventud alegre a la triste vejez. El que se llamó Santiuste, ahora lleva el nombre de “Confusio”, que él mismo se aplica olvidado de su verdadero apellido. Una enfermedad terrible de la que escapó mal curado, para caer luego en un tifus horroroso, deshizo su naturaleza física y mental. Y el que ahora ven ustedes es un guapo mozo comparado con el que me encontré hace meses, cuando salió del hospital, y se arrastraba por los declives de Gilimón como un pobre animal moribundo. Yo lo había perdido de vista: ignoraba su paradero y sus enfermedades… Pues Señor, le recogí; le puse en una vivienda saludable, al cuidado de personas caritativas. Se le reconstituyó lo mejor que se pudo. Fue como cadáver que resucitamos trayéndolo un poco más acá de los linderos de la vida. A fuerza de cuidados recobró la acción muscular, el uso de la palabra con torpeza de pronunciación y penuria de voces; luego vino la escritura, que con el ejercicio gradual llegó a ser lo que fue, a medida que se iba corrigiendo el temblor de la mano. La reparación del entendimiento fue más perezosa, y las facultades del hombre muerto reaparecieron en el resucitado como destello de la luz de otros días. Casi todas sus ideas habían volado; olvidó su nombre y los anteriores sucesos de su vida, que fueron complejos y muy interesantes, dramáticos los unos, otros graciosísimos. (…) Le estimulo para que trabaje en eso que él llama Historia lógico-natural de los españoles de ambos mundos en el siglo XIX. Tras un paréntesis por una no explicada crisis de salud que le impidió seguir sus memorias, Beramendi recupera la voz narrativa, descolgándose con un retrato burlón de Clío, la diosa de la Historia, que no nos va a abandonar prácticamente hasta el final de esta y de la última serie novelística. Este giro sarcástico acentúa el escepticismo de Galdós no solo respecto de la narración de la Historia, sino de las posibilidades del pueblo español como artífice de un destino que se aparte del diagnóstico relativamente reciente de Gil de Biedma: De todas las historias de la Historia/la más triste sin duda es la de España/ porque termina mal. Como si el hombre,/ harto ya de luchar con sus demonios,/ decidiese encargarles el gobierno/ y la administración de su pobreza. La desesperación del gitano Ansúrez, el padre de Lucila, Leoncio y “el africano”, a quien un cura prestamista, Merino, que luego atentaría contra Isabel II, le niega la posibilidad de establecerse por cuenta propia, acierta con la descripción de la época: Loco es en España el que fíe del trabajo para vivir a gusto, que de su sudor no ha de sacar más que afanes, y ser el hazmerreír de los que manipulan con lo trabajado. Tres oficios no más hay en España que labren riqueza, y son estos: bandido, usurero y tratante en negros para las Indias. (…) Mientras los cortesanos se hartan en banquetes, el pueblo cena pan seco, y por no tener para carbón, que vale, como sabéis, a catorce reales, no puede ni calentar agua para hacer unas tristes sopasPero estaba comentando, antes de esta digresión, ese tono zumbón del narrador sobre el acertado personaje que incorpora Galdós al último tramo de su Episodios, Doña Mariclío, es decir, la musa inspiradora de la Historia, Clío: O’Donnell es el rótulo de uno de los libros más extensos en que escribió sus apuntes del pasado siglo la esclarecida jamona doña Clío de Apolo, señora de circunstancias que se pasa la vida escudriñando las ajenas, para sacar de entre el montón de verdades que no pueden decirse, las poquitas que resisten el aire libre, y con ellas conjeturas razonables y mentiras de adobado rostro. Lleva Clío consigo, en un gran puchero, el colorete de la verosimilitud y con pincel o brocha va dando sus toques allí donde son necesarios. Pues cuenta esta buena señora Llevado por esa vena de lo grotesco, la extiende el narrador, vía Galdós, a la impagable descripción de la Gaceta, esto es, de lo que actualmente denominamos BOE, órgano de gobierno real y efectivo del país: Daba gusto ver la Gaceta aquellos días, como risueña matrona, alta de pechos, exuberante de sangre y de leche, repartiendo mercedes, destinos, recompensas, que eran el pan, la honra y la alegría para todos los españoles, o para una parte de tan gran familia. (…) La Gaceta, con ser tan frescachona y de libras, no podía con el gran cuerno de Amaltea que llevaba en sus hombros, del cual iban sacando credenciales y arrojándolas sobre innumerables pretendientes, que se alzaban sobre las puntas de los pies y alargaban los brazos para alcanzar más pronto la felicidad. (…) La Gaceta tenía rasgos de locura en su semblante iluminado por un gozo parecido a la embriaguez. Diríase que había bebido más de la cuenta en los festines revolucionarios, o que padecía el delirio de grandezas, dolencia muy extendida en los pueblos dados al ensueño, y que fácilmente se transmite de las almas a las letras de molde. El camino que nos lleva hasta la Revolución del 68 va a incluir dos salidas narrativas de la península, la Guerra de Marruecos, en uno de los mejores volúmenes de la serie y aun de todas ellas,  y la lucha en las colonias americanas, a partir, sin embargo, de un viaje de carácter científico, con lo que Galdós quiere equilibrar el pasado irremediablemente perdido de un Imperio imposible y la fe en el porvenir. Así mismo, habrá de salvarse el espectáculo grotesco del intento de los carlistas, desembarcando en San Carles de la Ràpita para fracasar una vez más en su empeño trinitario: dios, patria y rey:  En San Carlos de la Rápita desembarcó la locura. Venía guiada por la necedad, y a recibirla salió la ceguera. ¡Y nos habían hecho creer que todo lo tenían muy bien dispuesto… que Francia estaba en el ajo… que Madrid se pronunciaba, que palacio se pronunciaba, y que Prim en África se pronunciaba!   La novedad narrativa es la aparición, ya de nuevas generaciones de personajes que tuvieron protagonismo en series anteriores, como el hijo de Santiago Ibero o el hijo de Lucila, generaciones que se acercan al ideal republicano, porque ciertos episodios, como la represión de la revuelta campesina de Arahal y Utrera, obligan a una reflexión cuyo dramatismo el narrador no nos ahorra en su verdadera crudeza: Cuando se hicieron públicos los graves sucesos del Arahal [y Utrera], una revolución más agraria que política, no bien conocida ni estudiada en aquel tiempo, no podía el buen hombre contener su ira, y en medio de la calle con descompuestos gritos expresaba su protesta contra la bárbara represión de aquel movimiento. (…) ¿Pues qué hace el Gobierno con estos pobres hambrientos? ¿Mandarles algunos carros cargados de hogazas? No. Les manda dos batallones con las cartucheras surtida de pólvora y balas. La tropa, bien comida, pone  cerco al pueblo, embiste, penetra en las calles y acosa con tiros a la multitud revolucionaria para que se entregue. ¿Por ventura los soldados apuntan a la cabeza? No. ¿Apuntan al corazón? No. Apuntan a los estómagos, que son las entrañas culpables. El corazón y el cerebro no son culpables… No van los tiros a matar las ideas, que no existen; no van a matar los sentimientos, que tampoco existen: van a matar el hambre…(…) Pues escogidos cien democráticos, o dígase cien estómagos vacíos, los llevaron contra unas tapias que hay a la salida del pueblo, y allí les sirvieron la comida, quiero decir, que los fusilaron… Y ya se les cerró el apetito, que abierto tenían de par en par. No hay cosa que más pronto quite la gana de comer que cuatro tiros con buena puntería. He de reconocer que a medida que avanza la penúltima serie, el interés narrativo va creciendo, no solo porque los diferentes personajes que siguen las novelas en su peripecia personal son muy atractivos para el lector, sino porque los hechos históricos asumen la importancia decisiva que tendrá en nuestra historia tanto el intento de Prim de cambiar de dinastía reinante como, finalmente, la declaración republicana hecha en falso y que acabó, propiamente, como el famoso rosario de la aurora con el cantonalismo militante. La perspectiva sarcástica que adoptan los narradores de esta Cuarta serie y aun los de la Quinta, lleva a que Galdós ponga el acento en esa cara cómica que es el reverso de la solemnidad de ciertos hechos supuestamente heroicos o históricos como el de la sublevación contra Isabel II, cuando Prim, Serrano y Topete están a punto de desembarcar en Cádiz para poner España patas arriba y acabar con el reinado de Isabel II. Prim no tiene el uniforme y busca algún remedo de autoridad ornamental para saltar a tierra desde el buque en el que ha llegado a Cádiz: Mandó que con lanilla roja de banderas le hicieran una faja; se la puso, y en verdad que una vez ceñida al cuerpo y vista de lejos, todo el mundo la disputara por legítima y noble seda. Para cubrirse tomó la gorra del oficial de Marina cuyas medidas de cabeza correspondían a las de la suya. Tocó este honor a la cabeza del ilustrado oficial don Camilo Arana. Véase cómo un gran suceso de la Historia contemporánea fue precedido de incidentes vulgares, cómicos, contrarios a toda solemnidad. Ni que decir tiene que la jugada de Prim salió feliz, y que, sin apenas resistencia de los militares fieles a la reina, consiguió que Isabel II renunciara al trono y se exiliara a Francia, sin querer abdicar en su hijo Alfonso, a quien, según Beramendi, educaban más para idiota que para rey: Alfonso es un niño inteligentísimo; posee cualidades de corazón y pensamiento que bien cultivadas,  bien dirigidas, nos darían un Rey digno de este pueblo; pero semejante ideal no veremos realizado, porque se le cría para idiota: en vez de ilustrarle, le embrutecen; en vez de abrirle los ojos a la ciencia, a la vida y a la naturaleza, se los cierran para que su alma tierna ahonde en las tinieblas y se apaciente en la ignorancia. (…) Compadezco a ese niño y compadezco a mi patria. En Alfonso vi una esperanza. Ya no veo más que un desengaño, un caso más de esta inmensa tristeza española, que ya ¡vive Dios! se nos está haciendo secular. (…) Así sabrás la verdad [se dirige a Confusio] de la educación del príncipe, que no es educación, sino todo lo contrario, un sistema contraeducativo. Sus maestros le enseñan a ignorar, y cuanto más adelantan en sus lecciones, más adelanta el niño en el arte de no saber nada”. De hecho, la reina no abdicaría en el hasta dos años después, en 1870. 
Apéndice documental
Quizás porque fue muy famosa en su tiempo, reproduzco aquí, para los verdaderamente interesados en estos pormenores de la Historia, la proclamación de la rebelión contra Isabel II, escrita por Adelardo López de Ayala y conocida popularmente como la de los Queremos
Españoles: La ciudad de Cádiz, puesta en armas con toda su provincia, con la armada anclada en su puerto y todo el departamento marítimo de la Carraca, declara solemnemente que niega su obediencia al Gobierno que reside en Madrid, asegura que es leal intérprete de los ciudadanos que, en el dilatado ejercicio de la paciencia, no hayan perdido el sentimiento de la dignidad, y resuelta a no deponer las armas hasta que la nación recobre su soberanía, manifieste su voluntad y se cumpla. ¿Habrá algún español tan ajeno a las desventuras de su país que no pregunte las causas de tan grave acontecimiento? Si hiciéramos un examen prolijo de nuestros agravios, más difícil sería justificar a los ojos del mundo y la historia la mansedumbre con que los hemos sufrido que la extrema resolución con que procuramos evitarlos. Que cada uno repase en su memoria, y todos acudiréis a las armas. Hollada la ley fundamental; convertida siempre antes en celada que en defensa del ciudadano; corrompido el sufragio por la amenaza de soborno; dependiente la seguridad individual, no del derecho propio, sino de la irresponsable voluntad de cualquiera de las autoridades; muerto el Municipio; pasto la Administración y la Hacienda de la inmoralidad y del agio; tiranizada la enseñanza; muda la prensa; y solo interrumpido el universal silencio por las frecuentes noticias de las nuevas fortunas improvisadas, del nuevo negocio, de la nueva real orden dada encaminada a defraudar al Tesoro público; de títulos de Castilla vilmente prodigados; del alto precio, en fin, al que logran su venta la deshonra y el vicio; tal es la España de hoy. Españoles, ¿quién la aborrece tanto que se atreve a exclamar: “Así ha de ser siempre”? No, no será. Ya basta de escándalos. Desde estas murallas, siempre fieles a nuestra libertad e independencia, depuesto todo interés de partido, atentos sólo al bien general, os llamamos a todos a que seáis partícipes de la gloria de realizarlo. Nuestra heroica Marina, que siempre ha permanecido extraña a nuestras diferencias interiores, al lanzar la primera el grito de protesta, bien claramente demuestra que no es un partido el que se queja, sino que los clamores salen de las entrañas mismas de la patria. No trataremos de deslindar los campos políticos, nuestra empresa es más alta y más sencilla: peleamos por la existencia y el decoro.
Queremos que una legalidad común, por todos creada, tenga implícito y constante el respeto de todos.
Queremos que el encargado de observar y hacer observar la Constitución no sea su enemigo irreconciliable.
Queremos que las causas que influyen en las supremas resoluciones las podamos decir en voz alta delante de nuestras madres, esposas e hijas.
Queremos vivir la vida de la honra y la libertad.
Queremos que un Gobierno provisional que represente todas las fuerzas vivas del país que asegure el orden, en tanto que el sufragio universal echa los cimientos de nuestra regeneración social y política.
Contamos para realizar nuestro inquebrantable propósito con el concurso de todos los liberales, unánimes y compactos ante el común peligro; con el apoyo de las clases acomodadas, que no querrán que el fruto de sus sudores siga enriqueciendo la interminable serie de agiotistas y favoritos; con los amantes del orden, si quieren verlo establecido sobre las firmísimas bases de la moralidad y del derecho; con los ardientes partidarios de las libertades individuales, cuyas aspiraciones pondremos bajo el amparo de la ley; con el apoyo de los ministros del altar, interesados antes que nadie en cegar desde en su origen las fuentes del vicio y del ejemplo; con el pueblo todo y con la aprobación, en fin, de la Europa entera, pues no es posible que en el consejo de las naciones se haya decretado ni se decrete que España ha de vivir envilecida.
Españoles: acudid todos a las armas, único medio de economizar la efusión de sangre, y no olvidéis que en estas circunstancias en que las poblaciones van sucesivamente ejerciendo el gobierno de sí mismas, dejan escritos en la historia todos sus instintos y cualidades con caracteres indelebles. Sed, como siempre, valientes y generosos. La única esperanza de nuestros enemigos consiste ya en los excesos a que desean vernos entregados. Desesperémoslos desde el primer momento, manifestando con nuestra conducta que siempre fuimos dignos de la libertad que tan inicuamente nos han arrebatado. Acudid a las armas, no con el impulso del encono, siempre funesto, no con la furia de la ira, siempre débil, sino con la solemne y poderosa serenidad con que la justicia empuña su espada.
¡Viva España con honra!
Duque de la Torre, Juan Prim, Domingo Dulce, Francisco Serrano Bedoya, Ramón Nouvillas, Rafael Primo de Rivera, Antonio Caballero de Rodas, Juan Topete.