domingo, 12 de febrero de 2017

Un capítulo picante de "La España vulgar"



Una invitación a la lectura.

Como advierto que la lectura de las Obras completas de Platón me impone un tempo que puede revelarse incompatible con mi primitiva intención de no intercalar en este Diario entradas entre las dedicadas a ese empeño megalómano en el que ando inmerso, me complace entretener a posibles intelectores, frecuentes y ocasionales, con algunas desviaciones que me permitan continuar con mi plan lector original, del que en breve ofreceré la segunda entrega. Engaño a propósito a los lectores del titular que no frecuenten este Diario, porque la intención no es otra, lo confieso paladinamente, sino que piquen, esto es, incitar a la compra del libro La España vulgar, no por necesidad, ¡loado sea Hermes!, sino por justificable afán divulgativo.


10.1.  De patriotas y patriotos

El libelista se resiste a la tentación de dejarlo todo y atreverse con esa suprema manifestación de la vulgaridad que es la creación estadística de la realidad, deidad inequívocamente sigloveintera  donde las haya, porque, más allá de las campañas electorales y otras verbenas políticas señaladas,  hay  credos, como el nacionalista –en singular, sí, porque todos son uno y el mismo, siempre y en todo lugar–, que merecen todas las abominaciones posibles, puesto que ninguno como él suma a la perfección la cima de la vulgaridad y el abismo de los bajos instintos para encarnar el máximo exponente de la ranciedumbre moral más abyecta. Vale decir, además, que ninguna fuerza política, por alejada que se proclame de ese misoneísta –en buena lógica– barrizal emocional xenófobo y racista,  se libra de la infección de ese virus deletéreo, de las salpicaduras de viruela de la ciénaga. Por acción, porque se lleva en la sangre, como alegan con orgullo los abanderados de esa peste, o por reacción, para no dejarse birlar los votos con que llegar al PODER, todas las débiles fuerzas políticas acaban sucumbiendo al irracionalismo salvaje que propaga el virus  nostratis.
Son muchas las manifestaciones exotéricas del nacionalismo, pero entre ellas ninguna tan eximia como el trinitario  amor a “lo nuestro”, a “nuestra lengua” y a “nuestra patria”, el atávico sentido de la propiedad del territorio, en definitiva. El sectarismo elevado a los altares. Nada como el lema de los cuarteles de la Guardia Civil, Todo por la patria, para expresar de forma inequívoca la devoción nacionalista que no admite contestación posible salvo que se incurra en el delito de lesa traición. Una, grande y libre es lema que se extiende por la pell de brau con embelesados ardores guerreros que devalúan, hasta reducirlo al silencio, el espíritu crítico que se opone a la majadería constante del fanatismo patriotero. Y aquí en España estamos harto servidos de furibundos patriotas, y sobre todo patriotos, dispuestos a imponer sus patrias a papirotazo de estatutos con ínfulas de constitución y a garrotazos de decretos-ley con ínfulas de dogmas.
 No hay lengua como la nuestra; no hay gastronomía como la nuestra; no hay paisajes como nuestros paisajes; no hay costumbres como nuestras costumbres; no hay gracia como la nuestra; no hay seriedad como la nuestra; no hay cultura como la nuestra; no hay espíritu emprendedor como el nuestro; no hay vino como el nuestro; no hay costas como las nuestras; no hay sierras como las nuestras; no hay tradiciones como las nuestras; no hay ciudades como las nuestras; no hay artistas como los nuestros; no hay saber estar como el nuestro; no hay cielo como el nuestro; no hay música como la nuestra;  no hay..., dice la larguísima y monótona cantilena enfadosa y estomagante del, en lo alto de la sublimación, encendido amor a la  abstracción y a los símbolos que deviene, como quintaesencia, la estatalidad, porque sin estado donde estar no hay ser en que devenir; sin fronteras que marcar y expandir, sin lengua que imponer, y sin carnet de buena ciudadanía, ¿qué queda del sueño de la nación?
Todos los patriotas, en resumen, son propietarios celosos de esa propiedad intangible e indefinible, y no sólo la defienden, sino que también la definen, aunque difuminen la razón al hacerlo,  y establecen las fronteras y los dogmas que no se han de traspasar y se han de creer respectivamente, como los viejos dogmas de fe de la niñería católica. E incluso renuevan apolillados estatutos de sangre para establecer el censo electoral y determinar quiénes pueden y no pueden votar independencias, segregaciones, puertorriqueñerías o desacomplejado Estado Soberano, con las mayúsculas iniciales emblemáticas.
Pongamos por caso, sin extraviarnos en las fantasías genealógicas, el zarzuelero propósito del contrato a los inmigrantes, defendido por el nacionalismo tradicionalista español y los nacionalismos periféricos, especialmente por el catalán, parte de cuya esencia patria consiste en el victimismo a ultranza y la atenta llamada al somatén! para organizar la defensa contra los invasores, como clamaba en el desierto de la prensa comarcal la férrea Ferrusola: “nos quedaremos sin iglesias, Cataluña será un paisaje de mezquitas”, al-armaba la dama de hierro. Hermanados, pues, en los mismos presupuestos teórico-religioso-folclóricos, ambos nacionalismos se empeñan, a toda costa, en definir en qué consiste ser catalán o español, como si tuvieran la patente de tales invenciones, de tales ficciones, como si sólo ellos tuvieran, no derecho, sino el derecho, a decidir quiénes pertenecen y quiénes no a la horda escogida por Dios sobre la faz de la Tierra.
Rinde beneficios electorales espolear los sentimientos de pertenencia a la horda, como no lo ignoran, como buenos imitadores de los machos alfa, los dirigentes deportivos cuando calientan  partidos de la máxima, fuegos en los que a algunos les ha caído la pena máxima de perder la vida, y a otros se les ha curado el fanatismo a partir de que les abrieran el cráneo para que, ¡por fin!, les entraran las ideas que les permitieran aborrecer el salvajismo de la bandería ciega.
Lo que le sorprende al libelista es que ese “amor a la patria”, denso, profundo, irracional, no se lo tatúen  los patriotas en el bíceps o en el pecho como se tatúan –o al menos así lo hacían tiempo ha– los legionarios el clásico “amor de madre”, porque apenas hay diferencia entre ambos amantes. Entiende el libelista que no lo hagan en las nalgas, y lo aplaude, aunque fue batalla patriótica, en el caso catalán, por ejemplo, que apareciera el emblema del país, la C mayúscula, en el culo de los coches, del mismo modo que sobre él tatúan, los más devotos, la borriquería como moderna seña de identidad inequívoca.
En el país de las taifas, los motivos para poner lindes y menospreciar a los vecinos salen de debajo de las piedras; del mismo modo que son infinitos los agravios que se cultivan como flores de invernadero. El infatigable esfuerzo por distinguirse consume generaciones híbridas en el regusto amargo de la pureza imposible. La obtusa religión del nostratismo, con sus ritos ortodoxos, heterodoxos y paradoxos, suele manifestarse a través de complejos rituales iniciáticos que desbordan cualquier capacidad imaginativa. Si infinitos son los caminos del Señor católico; infinitas son las ordenanzas de la nostreidad (cualquiera de ellas) sin las que no se halla gracia ante los definidores del credo, ante los poseedores del protobién máximo, de la inefable fortuna del plurilingüe y común: soy.............., casi ná; Como si el revés del soy no fuera, como de hecho lo es, su negación, la multiplicidad impropia y vital del yo...
En el país del sainete, género teatral de extendida fortuna, pues no hay territorio donde no haya brotado con la fuerza ambigua de la crítica y la complacencia, buena parte de la vida política –sobre todo el subgénero específico  de las  tensiones  separatistas– tiende a verse en términos de tal, por más que quienes los escriben e interpretan calcen coturnos y quieran presentarlos al gran público como altisonantes y catárticas tragedias, todas ellas variantes deplorables y patéticas del “ser o no ser”. Quizás la inclusión en el esperpento valleinclanesco, como a menudo suele hacerse por parte de los ignorantes del género teatral,  dotara a esas piezas mediocres de una calidad artística de la que, de todas todas,  carecen, de ahí que el libelista se abstenga de tomarlo como referencia; del mismo modo que nunca se le ocurriría hablar de charlotada o de quijotada para referirse a ellas, como ya escribió con anterioridad, teniendo en cuenta la excelsitud de las referencias a las que esos vocablos aluden, dignas de un aprecio humano y artístico que excede con creces la simple compasión que levantan, en el avezado espectador, esos dimes y diretes separatistas, esas trifulcas a pie de ley, esas sarracinas –tan taifescas–, esas zurribandas dialécticas, esas zaragatas de payaso sin gracia, esas zalagardas maliciosas, esas pelazgas vecinales, esas gazaperas públicas..., como la protagonizada por los tarroesencialistas de Convergència en su versión “doméstica” e institucional al arremeter, a calzón quitao, contra un M.H. –frío, frío, no es matrícula de honor..– que llegó tarde a Pentecostés y apenas le calentó ni una brizna de llama de la lengua impropia, y hacerlo además con los más prístinos modos xenófobos y, ¡sin embargo!, con un impecable look  atempranillado de racial bandolero español de Sierra Morena.
El libelista lamenta tener que abandonar en este punto y aparte tan fértil terreno para el humor como para el desconsuelo cual es el de las pendencias politiqueras, tópico de barra de bar donde se mima el arte del insulto y la descalificación, y donde cualquier matarife despelleja, entre sorbo y sorbo de cañita tirada, con pontificales prejuicios apodícticos;  pero ha de seguir levantando triste acta de la vulgaridad extendida a diestro y siniestro por la geografía física y humana de este país testucero.

lunes, 30 de enero de 2017

Primera noticia del gran viaje, sin escalas, a través de las “Obras completas” de Platón.



Sócrates
Platón





Decisiones inaplazables: leer las Obras completas de Platón o emplazar a Sócrates para que me saque de quicio y me oree, abierta la puerta de par en par, el mohoso rincón en penumbra del pensamiento.

Hay decisiones en la vida que se toman sin saber exactamente a qué nos comprometemos ni por qué lo hacemos ni cómo vamos a acabar, si somos capaces de ser consecuentes y cumplir al pie de la letra lo decidido. Leer las 1709 páginas de papel biblia de las Obras completas de Platón es, sin duda, una de ellas. No se trata, y discúlpeseme que lo aclare, de leer dichas obras como si fueran una novela de intriga en la que se persigue descubrir con precisión y nitidez el bien, lo bello, lo bueno, la virtud, el deber, la moralidad, la piedad, el logos o cualesquiera otros conceptos que estén, como los citados, en la base de la formación del pensamiento occidental; no, un empeño así, aunque pudiera tener cierto aliciente, no deja de parecerme una puerilidad. Tampoco se trata de una lectura con la que pretenda sentar cátedra como especialista en Platón, porque ando muy lejos no solo de semejante pretensión, inaccesible para mis menguados conocimientos filosóficos y de lenguas clásicas, sino, sobre todo, de la simple idea de que esta lectura me haya de “servir” para algo. A pesar de que algún libro reclame Más platón y menos Prozac, o algo así, cito de memoria, lo cierto es que mi viaje a través de la obra de Platón no pretende sino eso mismo: viajar, meterme en sus diálogos y dejarme llevar por la corriente del verbo socrático y por el ejemplo de su actitud ante el saber: retorciendo siempre cualquier afirmación para exprimir hasta la última gota de la racionalidad posible en los enunciados. Lo digo cuanto antes, porque si no reviento: Sócrates era un genio en tocar las pelotas y desquiciar a sus rivales dialécticos: Tengo algún habito en la presentación de objeciones, dice, con no poca mordacidad. Tenía, además, la capacidad de atraer a los demás a su método de pregunta y respuesta, sucediéndose casi a la velocidad de la luz, que aflojaba las defensas del más aguerrido de los oponentes que tuvieran que lidiar con él y el método riguroso de su mayéutica. Sócrates, esa es la primera impresión dominante que quiero transmitir en esta primera noticia del filósofo en quien Platón encarnó el concepto de filosofía, “amor a la verdad”, era, ante todo, un filósofo “de calle”, un filósofo que no necesitaba ni aulas ni bibliotecas, sino interlocutores que estuvieran en disposición de “perder” el tiempo hablando con él sobre lo humano y lo divino, un hombre pobre -lo fue toda su vida- a quien le apasionaba el enfrentamiento con quienes se ufanaban de detentar un conocimiento que él jamás poseyó ni como bien ni como valor de cambio, porque ni creó escuela ni dejó una línea escrita, y bien saben en su época que podría haberse ganado espléndidamente la vida a poco que hubiera renunciado a esa actitud solo aparentemente quisquillosa de poner en tela de juicio cualquier afirmación a través de la cual se le quería dar el gato por liebre de un conocimiento indiscutible cuya impostura él detectaba a la legua: Hipias, yo no discuto en absoluto que tú seas más sabio y hábil que yo. Yo tengo la costumbre, cuando alguien me dice una cosa, de prestarle toda mi atención, sobre todo cuando el que me habla me parece sabio; y, puesto que yo deseo instruirme con lo que él me dice, le interrogo obstinadamente, y vuelvo sobre sus palabras y las comparo, a fin de comprenderlas mejor.  O, como dice más adelante, en una declaración que sonrojaría a cualquier filósofo actual de los que se presentan como tales en los medios de comunicación o en las aulas, pero nunca en las calles:  Solamente poseo una ventaja maravillosa -y esto es lo que me salva: a mí no me sonroja hacerme instruir.  Sigue siendo un misterio, en la mayoría de los diálogos, qué pertenece a Sócrates y qué pertenece a Platón, y supongo que ese será “el tema” para los especialistas en el autor. Es tan vívido el retrato del filósofo peripatético y urbano que se hace casi imposible discernir la paternidad de uno y otro en las ideas que aparecen, y lo suyo debe de ser, sin duda, que maestro y discípulo coincidan en la mayoría de ellas. El retrato de Sócrates se corresponde más con el de un sabio, al estilo de los viejos presocráticos a cuya era, supuestamente, su persona y su mensaje ponen fin, que con el sistemático, metódico, riguroso y académico del propio Platón, de Aristóteles y cuantos vinieron tras ellos. A su manera, Sócrates es también otro Diógenes, pero en vez de buscar un hombre con el candil encendido en pleno día, Sócrates busca la verdad de todo, y ningún tema filosófico le es ajeno, en todos mete baza, la suya, afilada y escéptica, poco propensa a dejarse enredar en cuestiones nocionales y dispuesta a reconocer que, en según qué asuntos, ni los otros ni él tienen aún “la última palabra”. Quien no tiene ninguna, ni primera ni última, de valor, acerca de estas Obras completas, soy yo, salvo que mi atrevimiento no conoce límites -excepción hecha del de la página 1709 de este volumen que tanto me exige, visualmente, y tantas alegrías me depara, intelectualmente- ni mi osadía enemigo capaz de intimidarla. Me lanzo a la aventura dichosa de esta palabrería inagotable con un espíritu tan abierto y lúdico como con el que el propio Sócrates solía enfrentarse a vanidosos como los sofistas o a amantes compañeros como Critón, cuyas ansias de liberarlo de la muerte inmediata dan lugar a un diálogo Critón o del deber, que habría de ser, junto con la Defensa del propio Sócrates, una lección de espíritu cívico que ningún ciudadano de ninguna democracia debería ignorar. Desconozco el criterio que se ha seguido para ordenar los textos de Platón, pero es una suerte para el lector de esta edición, la de Aguilar, de 1969, reedición de la de 1966, que, a poco de comenzar, pueda uno encontrarse de frente con la Defensa de Sócrates, uno de los grandes textos de Platón. Y antes, como aperitivo, nada menos que con Protágoras o los sofistas, donde se despacha a gusto contra los “señoritos del logos” que edificaban fortunas sobre cimientos tan inestables como él demostró que eran, por más que Platón nunca le pierda el respeto a Protágoras, de quien se dice que fue discípulo de Demócrito y quien, por cierto, también fue acusado de impiedad, como el propio Sócrates. Es todo un espectáculo estimulante seguir el debate de dos figuras prominentes como Protágoras y Séneca, y cómo el sofista por excelencia -aún nos quedan algunos diálogos antes de llegar a Gorgias o de la retórica- se manifiesta decidido partidario de los discursos largos, de esos que parecen una travesía en barco o, como le reprocha Hipias, tratando de buscar un terreno intermedio donde Protágoras y Sócrates puedan entenderse, que Protágoras con todos los aparejos a punto y todas las velas desplegadas no huya a la alta mar de los razonamientos, ocultándose a la tierra firme. Porque Sócrates enseguida se ha escudado en su conocido recurso de la falta de memoria: Protágoras, yo tengo poca memoria, y cuando alguien me hace un razonamiento largo, olvido de qué se me está hablando. A lo que Protágoras le responde: Si hubiera hecho lo que tú me pides, es decir, hablar yo mismo según los deseos de mi interlocutor, si me hubiera plegado a esta norma, no parecería superior a nadie y la fama de Protágoras no llenaría toda Grecia. Hablan de muchas cosas y entre ellas sobre si la virtud puede enseñarse, algo que a Sócrates, por su experiencia, le parece imposible, a pesar de que esa es la especificidad del saber que ofrece Protágoras a sus discípulos (adinerados, está claro): Mira, joven, si frecuentas mi trato, se te dará esto: luego de un día pasado conmigo, volverás a tu casa mejor de lo que eras, y lo mismo al otro día; y así cada uno de tus días registrará un progreso hacia lo mejor. (…) El objeto de mi enseñanza es la prudencia que todos deben tener para la administración de su casa y, en lo referente a las cosas de la ciudad, la capacidad de llevarlas a la perfección por medio de las obras y las palabras; pero el intelector atento a esta esgrima intelectual de primer nivel, no solo repara en las opiniones de los autores sobre aspectos capitales de la vida del individuo como la educación, por ejemplo, sino también, y acaso especialmente, en el marco del debate que permite que este se verifique como tal. Y así lo constata Sócrates, henchido de legítima satisfacción: Cuando son gentes cultivadas las que se reúnen para beber, no se ven junto a ellas ni flautistas ni bailarinas ni citaristas; se bastan ellas por sí misma para la conversación, sin ninguna necesidad de añadir a su propia voz el refuerzo de esos cacareos sin sentido y, aun bebiendo con largueza, saben hablar y escuchar ordenadamente con decoro y dignidad. Quedan, como quedarán en muchos diálogos, las espadas en alto, porque en ciertos asuntos sometidos a debate, no hay sino victorias parciales, iluminaciones concretas, hallazgos sorprendentes, y es difícil ya convencer al adversario, ya sentirse satisfecho totalmente de la propia posición. De hecho, Sócrates encarna algo así como la insatisfacción crónica del pensamiento respecto de la caza definitiva del concepto. Frente al aparatoso despliegue retórico, argumental, de Protágoras, Sócrates reivindica el viejo laconismo: Estas eran efectivamente las características de la antigua ciencia: una lacónica brevedad; Pitaco, en particular, era el autor de un dicho muy frecuentemente repetido en privado y celebrado por los sabios: “Es difícil ser virtuoso”. Recuérdese, en todo caso, que, para Sócrates, como le recuerda a Hipias, también lo bello es difícil. Llamativa les resultará a muchos intelectores la teoría socrática del poeta como mero instrumento de las Musas, ajeno por completo a su creación y sin más mérito que ser habitado por ellas, a cuyo dictado escribe, por más que sea conocida y que de ella se derive el famoso anatema de Platón contra los poetas en La republica. Aunque aún no aparezca, en el Ion o sobre la Iliada, la teoría de las manías, y entre ellas el “furor poético”, la figura de un tal Tinnico de Calcis le sirve a Sócrates para ilustrar su teoría: Nunca ha escrito él ningún poema que se pudiera juzgar digno de memoria, exceptuando el peán ese que anda en todas las bocas, quizás el más bello de todos los poemas líricos un verdadero “hallazgo de las Musas”, como él mismo dice. A través de este ejemplo, más que por ningún otro, la divinidad, a mi ver, nos demuestra, a fin de acallar y prevenir nuestras dudas, que estos bellos poemas no tienen un carácter humano y no son obra de los hombres, sino que son divinos y provienen de los dioses, y que los poetas no son otra cosa que los intérpretes de los dioses, estando cada uno de ellos poseído por aquel de quien recibe la influencia. Para demostrar esto es por lo que la divinidad ha hecho adrede que el más bello poema lírico fuera cantado por la boca del poeta más mediocre. Y llegamos, en esta primera entrega de hoy a una de las cumbres de la obra platónica, la Defensa de Sócrates, la reproducción más o menos fiel del discurso con el que Sócrates se defendió de las irrisorias acusaciones que lo llevaron ante el tribunal del pueblo con el riesgo de ser condenado a muerte por impiedad. Que quede claro que es un texto del que extraer alguna cita revela más importuna mutilación que la admiración oportuna que suscita, porque no se trata de una pieza oratoria forense más, tampoco cuadraría a un hombre de mi edad el comparecer ante vosotros puliendo discursos como un adolescente, sino de la confesión de un hombre que solo apelará a la verdad, podéis estar seguros de que os voy a decir la pura verdad, su única posesión en vida y su única dedicación, a tenor de la interpretación que hizo del conocido oráculo de Delfos que estableció que no había nadie más sabio que Sócrates, lo cual él siempre interpretó como que la sabiduría humana es poco o nada lo que vale. Tres son las acusaciones graves de las que se ha de defender Sócrates: corrompe a los jóvenes; no reconoce a los dioses de la ciudad, y, en cambio, tiene extrañas creencias relacionadas con genios, según él mismo dice. La posición de Sócrates frente a las acusaciones que pueden condenarlo a muerte son sabidas, pero no está de más recordar cómo antepone lo justo a todo lo demás: Estás en un error, amigo mío, si crees que un hombre que valga algo, por poco que sea, ha de pararse a considerar los riesgos de muerte y no ha de considerar solamente, cuando obra, si lo que hace es justo o no lo es y si es propio de un hombre bueno o de un hombre malo. Desarma, en ese momento crucial de enfrentarse a la muerte, la simplicidad humana del argumento socrático, y ello le confiere una grandeza inigualable. No hay más que ver el empeño de cualquier persona, en nuestros días, para rehuir un análisis semejante de la propia conducta ante un tribunal de justicia, por ejemplo, donde la defensa solo atiende a las argucias, y nunca a solidos argumentos. La loa de la virtud como norma áurea de la conducta humana conviene releerla una y mil veces: no nace la virtud de la fortuna y, en cambio, la fortuna y todo lo demás, tanto en el orden privado como en el público, llegan a ser bienes para los hombres por la virtud. Que Sócrates se considere un tábano que aguijonee a sus conciudadanos a través de las censuras de su diálogo en cualquier parte de la ciudad con ellos para educarlos en el bien y la virtud tiene que ver con esa voz que, según él, comenzó a mostrárseme en mi infancia, la cual siempre que se deja oír, trata de apartarme de aquello que quiero hacer y nunca me incita hacia ello. Eso es lo que se opone a que yo me dedique a la política, y me parece que con sobrada razón. Se trata de una dedicación, la suya, que no solo justifica una vida, sino que, en el caso de una terrible acusación sin fundamente, le permite sobrellevar una muerte injusta, caso de ser condenado: el mayor bien del hombre consiste en hablar día tras días acerca de la virtud y acerca de las restantes cuestiones con relación a las cuales me oís discurrir y examinarme a mí mismo y a los demás, y que, en cambio, la vida sin tal género de examen no merece ser vivida. El final no admite discusión sobre el mejor broche que puede tener un discurso: Yo he de marchar a morir, y vosotros a vivir. ¿Sois vosotros o soy yo quien va a una situación mejor? Eso es oscuro para cualquiera, salvo para la divinidad. El diálogo Critón o el deber, tiene tanto que ver con la Defensa, que bien puede añadirse como la continuación lógica de la escena del proceso, ya que Critón lo visita en la cárcel y quiere convencerlo de que escape, de que lo tiene todo preparado a tal fin. ¿Qué poderoso argumento usa Sócrates para convencer a Critón de que lo justo es morir, conforme a la sentencia que así lo establece, después de un juicio justo? Nada más ni nada menos que inventarse una personificación de las Leyes que se dirigen a él, a Sócrates, reprochándole que, tras haberlo protegido desde que llegó al mundo, quiera él ahora no cumplir con su inexorable mandato. El discurso de las Leyes, que se dirigen a Sócrates de tú a tú, con la suma cordialidad de quienes se han sentido bendecidas por el respeto del filósofo, adquiere una dimensión emocional, tan lejana del carácter instrumental de su naturaleza jurídica, que es un hallazgo narrativo de primerísima magnitud: jamás hiciste, como los demás ciudadanos, un viaje ni sentiste el deseo de conocer otra ciudad y otras leyes, sino que nuestra ciudad y nosotras te bastábamos: tal era la fuerza de tus preferencias por nosotras y hasta tal punto estabas conforme con ser ciudadano según nuestras normas. (…) ¿A quién puede gustar una ciudad si no le satisfacen también sus leyes? ¿Y ahora nos sales con que no vas a ser fiel a lo convenido? ¡Ea!, Sócrtates, obedécenos y evita el ridículo que harías saliendo de la ciudad. Quedo emplazado para la segunda noticia, obviamente, aun a riesgo de que disminuyan proporcionalmente los frecuentadores de este Diario a medida que me interne en este territorio platónico donde algunos entrarían con miedo y yo, acaso, con no poca osadía, pero en cuyos escenarios naturales halla, el desprejuiciado, ruegos apasionados de las leyes como el presente. El viaje siempre tiene recompensas y penalidades, incluso el que se hace alrededor del propio cuarto.

miércoles, 18 de enero de 2017

La tesis indefensa, un capítulo...

Caravaggio

Poz propuso y Hermes dispuso...  

A cualquier vida le sobran momentos dolorosos, y tener que abandonar una tesis relativamente avanzada es uno de ellos, pero los caminos ásperos de la existencia nos llevan a veces por sendas tenebrosas en las que se ha de atender a la supervivencia antes que a la complacencia en el estudio, la reflexión y la innovación, relativa, que supone defender una idea atrevida como la de esta tesis postergada: que la aforística es la cuarta pata de la silla que forman los géneros de la Literatura: narrativa, lírica, dramática y aforística. Ignoro cuándo las circunstancias de mi vida me permitirán regresar a ella, y mucho me temo que ni siquiera merezca la pena porfiar en su culminación, por eso dejo aquí, esta muestra, no tanto buscando la aprobación cuanto, acaso, la confirmación de que la vida es sabia y de que Hermes ha hecho lo que debía, vanidades del baqueteado sujeto aparte, por supuesto. En cualquier caso, espero, antes de llegar al buñuelesco último suspiro, reconciliarme con mi maltrecha tenacidad y tener el arrojo  (y la temeridad) necesarios para poder ponerle el latinajo final: finis coronat opus.
He aquí lo engendrado en el desvelado amor:

3.4. Metaforismos y Teoría del aforismo: exploración definitoria.

La siguiente parada en nuestro camino de aproximación al mundo complejo del aforismo es la que nos permite recalar en el  terreno feraz de la teoría y las definiciones sobre el concepto que estudiamos. Si uno ambos pasos es porque en la mayoría de los casos o bien las definiciones son producto de una teoría previa, que es lo suyo, o bien éstas, aun desarrolladas extensamente, se ofrecen como la única definición posible, violentando uno de los constituyentes básicos del concepto, la concisión. Es posible que esta tesis sea un monumento a la incongruencia, hablar tan extensamente del aforismo, pero los estudiosos han de tratar de abarcar cuanto puedan para esclarecer del modo más persuasivo la naturaleza del objeto que estudian.
Son muchos los frentes desde los que iniciar el movimiento hacia ese centro inexpugnable de la definición definitiva, valga la redundancia que altera el orden cronológico: “definición” entra en nuestra lengua en 1438 y “definitivo” en 1380, según Corominas (1976). Es decir, antes de establecer definiciones ya teníamos conciencia lingüística de lo definitivo, de lo irreversible, de lo perenne, o sea, de esa suerte de fatalismo que tanto ha entorpecido el desarrollo del pensamiento en nuestro país. Ceguemos el desvío/desvarío y atengámonos a la teoría y/o definición de nuestro objeto: el aforismo.
Ya dijimos que del mismo modo que existe la polionomasia como uno de los rasgos característicos del genero aforístico –casi todos los aforistas tienden a marcar el territorio para establecer una individualidad que acentúe la distancia respecto de los demás practicantes del genero, sean los pecios de Ferlosio, sean los aflorismos de Castilla del Pino, sean las quintaesencias de Bernard Shaw o los aerolitos de De Ory– también existe el metaforismo, como subgénero esencial de la práctica aforista. Si Cervantes inició con D.Quijote  el fértil camino novelístico de la metanovela, y ello al punto de convertirla casi en un rasgo definitorio del género (no se puede escribir una novela sin incluir dentro de ella una teoría acerca de la misma); los aforistas siempre han reflexionado sobre el género con la esperanza no sólo de describirlo, sino de definirlo e incluso de asignarle incluso una función, individual o social. Así pues, bien podríamos iniciar este capítulo recopilando algunas muestras de esos metaforismos a partir de los cuales acercarnos al gran secreto: si existe o no una definición de aforismo universalmente aceptable, aunque todo parece indicar que no será así y que nos habremos de conformar con la mirada poliédrica que formen todas esas aproximaciones más o menos felices a la naturaleza, límites y función del aforismo.
Los aforistas no suelen confesarlo, porque la afectación de humildad es en ellos hábito, costumbre arraigada, pero el aforismo busca, ante todo, ser memorable. Nace, pues, con un propósito bien firme: convertirse en hito, solidificarse, mineralizarse, erigirse en señal que marca el territorio, en linde inequívoca de un espacio complejo, abarrotado de mensajes que pueden, incluso, llegar a confundirse con él, como el eslogan, sea publicitario, sea político, sea religioso, sea terapéutico, sea, incluso, filosófico.
 Ya mencionamos con anterioridad el fenómeno helénico de los proverbios dejados en los hitos de los caminos, los famosos Montes de Mercurio. En nuestros días, lo que se pretende es sustituir esos montones de piedras por ambuestas de aforismos –puesto que se trata de volúmenes de reducidas dimensiones que ocupan con propiedad el hueco de ambas manos juntas– que se ofrecen, no siempre de buena fe, al caminante que recorre la efímera existencia, bien sea para consolarlo, bien  para iluminarlo o bien para perderlo, en el doble sentido geográfico y moral del verbo.
¿Cuál es el peligro evidente  que ha de sortear ese afán de permanencia, de ser el aforismo, como quería Horacio y repitió Unamuno: monumento más duradero que el bronce? El principal de todos ellos, que varios hay, como lo exige el formidable rival del discurso sistemático que es el aforismo, la superproducción, la sobreabundancia. Desde sus inicios, como ya hemos visto en la introducción, podríamos decir del aforismo, el proverbio, la sentencia o la máxima que lo suyo propio es aparecer en antologías, en florilegios, en compilaciones, con una considerable extensión, lo que reblandece el criterio de selección.
La medida exacta de esa sobreabundancia nos la muestra el número de resultados que nos ofrece el buscador por excelencia, Google, cuando inscribimos en su ventana mágica una petición de búsqueda como esta: “Los aforismos”. Resultado: 1.880.000  páginas dedicadas al aforismo. ¡Cuantísimas de ellas tienen poco o nada que ver con el género del que aquí estamos hablando! Pero ahí están con su ubérrima presencia dispuestas a anonadarnos, a convencernos de que se trata de un género menor, propio de almanaques, de calendarios, de amantes de la miscelánea, de lo anecdótico o, y esto es muy importante, de la cita, porque la presión social sobre el aforismo acaba desnaturalizándolo y convirtiéndolo exclusivamente en cita y,  si es posible,  en cita de relumbrón que asegure el éxito o la relevancia social. Esta sobreabundancia corre pareja con un peligro evidente: el hartazgo, esa suerte de “efecto pepino” que se deriva de su consumo excesivo, porque es impepinable lo desagradable del regüeldo aforístico que nos “vuelve” el ripio del lugar común que no ha sido superado.
 Amontonados indiscriminadamente, o seleccionados por materias mediante una selección hecha un poco al buen tuntún, las interminables columnas de aforismos se le ofrecen al lector con un espíritu de listín telefónico en el que resulta poco menos que imposible identificar las voces y distinguir los ecos. Y de ahí procede su segundo peligro: las  extendidísimas semejanzas, que a veces incurren incluso en el plagio, como lo detecto Canetti (2011), para quien

La muerte de los aforismos es su similitud, su forma intercambiable. Marchitos ya antes del primer aliento. Lo opuesto: la exhalación de Joubert.

La estructura abierta de los libros de aforismos, exige una lectura aleatoria, nunca lineal, en la medida en que cada aforismo es una obra acabada, completa, que no necesita para nada el resto de los que le acompañan en el volumen. O como dije en el prólogo a El amigo manual (Mi primer libro de aforismos) aún inédito: Un libro de aforismos no tiene comienzo ni final, por lo que nunca ha de ser leído desde la primera hasta la última página, al modo, por ejemplo, de las novelas o las obras de teatro. Por su forma se asemeja más a los libros de poesía, aunque en estos a veces los poemas están de tal suerte dispuestos que el lector ha de respetar su orden preciso si quiere recibir, sin modificarlo, el mensaje del poeta.
        Lectura espigada podríamos denominar al método que consiste en abrir el volumen al azar y leer aquellos aforismos que nos salgan al paso deparándonos el placer estético de lo insólito e invitándonos a la reflexión que siempre exigen de nosotros, porque un aforismo es siempre un pie, nada forzado, para el diálogo cordial y el monólogo esclarecedor.
Para entrar en materia en este apartado del capítulo en que pretendo lo que podríamos llamar, sin pretensión ninguna, “teoría” del aforismo a partir de la variante metaforística del género, he llevado a cabo una suerte de análisis estadístico de los conceptos que aparecen en lo que podríamos denominar mi particular “Base de datos de las definiciones de aforismo o de la aforística, entendida como práctica del aforismo o como género”. En el desarrollo de este punto irán apareciendo algunos de los autores y las citas correspondientes de esta base de datos, porque mi intención no es la de sustituir por procedimientos estadísticos, supuestamente conclusivos, ¡casi apodícticos!, la serena y provechosa reflexión sobre los rasgos definitorios de un concepto y un género cuya definición de validez universal se antoja una quimera, a juzgar por la disparidad de puntos de vista desde los que se contempla el género y por el número astrofísico de las definiciones que cualquier estudioso, incluso más oblomoviano que yo, puede encontrar, a la que dedique dos tardes a reunirlas, ya expurgando la bibliografía de su biblioteca propia, ya adentrándose en la nueva biblioteca de Alejandría que  Google pone a su alcance.
Es obvio que los conceptos enumerados en el siguiente cuadro responden exclusivamente a la paternidad de sus numerosos autores. Mi intervención se ha reducido a agrupar aquellos conceptos que guardan una similitud entre sí para establecer, después, una clasificación de los más repetidos en esas definiciones. Que se repitan más en modo alguno quiere decir que tengan un valor determinante en el intento de definición del aforismo, porque bien puedo yo haber distorsionado la clasificación al establecer semejanzas que en realidad no son tales, bien se me pueden haber pasado por alto pertenencias a este o aquel campo semántico que redundarían en cambios de posición en la ordenación definitiva.
Si nos atenemos a la clasificación final a la que he llegado, no creo que me haya excedido a la hora de establecer analogías o contigüidades, porque los primeros puestos se corresponden con  rasgos definitorios del aforismo ampliamente aceptados por la crítica, a pesar de las posibles matizaciones que aceptan todos los teóricos de la aforística.
Sin embargo, he de dejar constancia de la paradoja notable que se produce al registrar extramuros de la clasificación, cuyos 30 elementos contienen un total de 324 rasgos definitorios, la importancia de algunos de los cuales me parece insoslayable a la hora de establecer la teoría del aforismo, como, por ejemplo, su condición citable, la levedad y la estructura binaria de la mayoría de los aforismos, que tanto los hermana con la máxima y el refrán, por ejemplo.
Es evidente que mi tabla estadística no agota el campo de las definiciones y que puede haber, y de hecho habrá, teorías del aforismo sustentadas en concepciones que ni siquiera aparecen en esta base de datos. Repito que no me ha movida el afán de exhaustividad, propio, por otro lado, de este tipo de trabajos académicos, sino el afán categorizador: establecer, de manera fundada, la existencia de un nuevo género en igualdad de condiciones con la tríada clásica y proponer un primer canon del mismo, con sus carencias y sus aciertos, por supuesto.
Quiero avanzar que a la hora de establecer los elementos que me permitirán ir medineando por las diferentes “teorías” del aforismo me he visto obligado a escoger conceptos a los que podríamos considerar como hiperónimos de unos hipónimos cuya capacidad de sugerencia o persuasión es, por lo general, mucho más intensa y esclarecedora, porque todos esos hipónimos que aparecen en la tabla son, de hecho, por su formulación en esos exactos términos, la teoría-en-si.
Considerar los aforismos como una brújula, la humildad pétrea, la dureza diamantina, pensamiento nómada o  como una mónada exige una interpretación a  partir de tales expresiones, no el hiperónimo en el que yo las he incluido. Se trata, en consecuencia, de una clasificación de tipo instrumental que nos permitirá caminar con algo más de seguridad por ese terreno tan lleno de trampas como es la teoría del aforismo.
Finalmente, me parece oportuno señalar que esta tabla en modo alguno pretende tener un carácter definitivo, que se trata, antes bien, de una tabla dinámica, cambiante, en la que pueden aparecer nuevos elementos a medida que el estudioso descubra nuevas fuentes que le permitan modificarla. Hecha la tabla, por ejemplo, para que se entienda el inequívoco carácter provisional de este ejercicio estadístico mío, descubrí un artículo de Andrés Ortiz-Osés en la revista Criaturas Saturnianas donde añade, a la expresada en sus propios metaforismos, una nueva teoría el aforismo basada en lo que él denomina la hermenéutica cervantina, sobre la que más tarde hablaremos. Este ejemplo nos sirve para ilustrar las enormes dificultades que presenta un exhaustivo intento de investigación sobre la Aforística, porque, por lo general, o bien son textos teóricos que se hallan en revistas de limitada circulación o bien se trata de publicaciones, los libros de aforismo, de mínima tirada y con escasa presencia en el mercado editorial o bien son ediciones de autor cuyo radio de difusión se reduce, a menudo, a círculos cercanos al propio autor.

Brillantez
Concisión didáctica
Agilidad crítica   
Tendencia ilustrada    
Forma filosófica
Juego de palabras
Arte poético
Expresión rotunda
Breve
Autónomo
Sentido que rebosa
Impropiedad de la ironía
Rutilante arco iris
Nihilismo
Dogmatismo
Sabe (Con énfasis)
Dionisiaco
Vital
Contención
Ascesis verbal
Pensamiento figurativo
Monolito poético
Humilde (pedrusco)
Dureza diamantina
Literatura salteada
Certero
Compacto
Aristocrático
Afirma
Pensamiento
Inconmensurable
Afirma
Proclama
Completo
Llave (del laberinto)
Brújula (en la noche)
Binario
Absoluto
Antitrivial
Acidez (corrosiva)
Mirada singular
Desnuda las cosas
Deshace los nudos
Observación
Sintético
Memorable
Permanente
Deducción gustosa
Deducción sensual
Deducción caprichosa
La palabra-Dios
Fuego sin llama
Giro de palabras
Breve
Reflexión
Observación
Experiencia
Ironizar
Elegancia escrita
Ambigüedad
Densidad conceptual
Densidad poética
Brevedad
Significado profundo
Significante conciso
Conciliador.
Filosófico-poético
Densidad
Ironía
Inteligencia
Ambigüedad
Marginalidad
Paradojas
Enfático
Dictaminador
Envoltorio elegante
Lucidez
Divertir
Mínimo
Trocea vivencias
Desfascinador de las vivencias
Sedimento vital
Exonerador del alma
Transitoriedad
Complicidad de materia y forma
Conciso
Resplandor (en la tinieblas)
Risa
Alegría
Incendiario
Chispazo de lucidez
Asombro
Reflexivo
Regla
Ironía
Parodia
Frustrante (las  expectativas del lector
Imprevisto
Sorpresivo
Novedoso
Conocimiento
Sensibilidad
Eticidad
Toma posición ante lo dado
Seductor
Invitación a indagar por cuenta propia
Interpretable
Fragmentario
Desorden
Azar
Punto de fuga de una reflexión autónoma
Ficcionalista
Suceso puntual
Microcosmos
Nómada
Pensamiento libre
Pensamiento aventurero
Pensamiento nómada
Propensión dogmática
Carácter utilitario
Indeterminado
Abierto
Intuición sin explotar
Revelación en cierne
Introspectivo
Desdecidor de lo que dice
Ansia de saber
Desencanto  del conocimiento
Contundencia
Aspirante al silencio
Muestra las contradicciones íntimas del lenguaje
Muestra las contradicciones del conocimiento
Levísimo
Antiguo
Licor
Brevedad
Contundencia
Sorpresa
Seducción
Paradójico
Renuncia que vigoriza
Perplejidad que ilumina
Erosionador
(tonalidad) Intelectual
Subversivo de las tradiciones
Sabiduría
Ingenio
Humor
Desparpajo
Equívoco
Locura poética
Espanto
Humor
Sorpresa
Mutismo elocuente
Balbuceo
Nómada o trashumante
Fluido, líquido
Revelación
Descubrimiento
Conciso
Aislamiento (autonomía textual)
Pointe
Sorpresa estética
Sorpresa gnoseológica
Monadológico
Sutil
Sugerente
Vibración estética
Insólito
Subitáneo
Placentero (estéticamente)
Elaborado (lingüísticamente)
Polifacético
Connotativo
Metafórico
Antitético
Paradójico
Quiasmático
Ingenioso
Sabio
Verdadero
Corto
Ingenioso
Autónomo textualmente
Denso
Compacto
Concisión
Tajante
Persuasivo
Indirecto (lenguaje)
Enfático
Incendiario
Satírico
Elíptico
Cosmovisionario
Denuncia la impostura
Oracular
Autosuficiente
Intermitente (pensar)
Concisión
Gnómico
Humorismo
Agudeza
Elíptico
Sorprendente
Discrepante
Moralista
Poético
Perfecto
Cápsula filosófica
Adición retórica
Cita
Autónomo
Similares (el corpus)
Seriedad
Gracia
Profundidad
De libación lenta
Procrustes
Silencio derretido
Golondrinas de la dialéctica
Gaviotas invernales
Precepto
Autosuficiente
Especulativo
Impresiones
Citables
Haikú del pensamiento
Ironía
Sentenciosidad
Luz del lenguaje (Quintiliano)
Personal
Temporal
Observación poética
Analógico
Visuales
Atomizado
Fluctuante
Abierto
Saber provisional
Iluminación
Inspiración
Visión súbita
Autosuficiente
Coherente
Autonomía gramatical
Autonomía referencial
Audaz
Paradójico
Ocultamiento
Desvelamiento
Fórmula cerrada, sintácticamente
Clausura que es apertura
Inmodificable
Mecanismo semiótico
Condensación verbal
Apertura semántica
Metafórico
Analógico
Breve
Compact
Levedad (aparente)
Erosionador de certezas recibidas
Sintético
Poético
Crítico
Ilustrado
Paradójico
Audaz (expresión)
Luminoso
Relámpago
Frase Feliz
Verdad irónica
Filosofía cristalizada
Flecha certera
Inteligencia
Humor refinado
Brevedad
Ético
Ligereza gramatical
Cínico
Lúcido
Elegancia (sintáctica)
Decir arcaico
Decir moderno
Burla sublime
Ingenio científico
Agudeza memorable
Paradoja inquietante
Autobiografía de una línea
Sabiduría lapidaria
Erotismo de la inteligencia
Incertidumbre
Pensar poético
Afirmativo
Creador de duda
Temblor
Indolente (como la del paseante)
Punta
Filosofía a traición
Limadura
Musgo
Volatería
Moral
Ejemplarizante
Robusto (tono)
Sentencioso
Conciso
Tajante
Divinanzas
Revelación impensada
Epifánico
Chispazo
Distancia patricia
Ficción
Retórica
Metonímico
Materialidad (del pensamiento)
Lenguaje límite
Cadencia anímica
Iceberg (La punta)

Sugeridor
Interrogaciones (a pesar de su forma apodíctica)
Unidad mínima del pensamiento
Relámpago
Caos (de ideas claras)
Suspiro (del pensamiento)
Brizna (de poesía)
Zumbido de avispas
Agudeza (ferocidad de la inteligencia)
Pista en el bosque de uno mismo
Frívolo (dosis de)
Arte de la desaparición

Género imposible


Vaciado de la tabla:
Asociación de rasgos comunes en la definición de aforismo:
1. Retórico                                                          55
2. Conocimiento                                                39
3. Ironía + Humorístico                                     36
4. Concisión                                                      22
5. Autonomía                                                     21
6. Originalidad                                                   20
7. Reflexivo                                                       16
8. Brillante                                                          13
9. Corrosivo                                                       12
10. Ético                                                             12
11. Asertivo                                                       11
12. Experiencia vital                                          10
13.  Certero                                                          9
14. Seductor                                                        8
15. Ambiguo                                                        6
16. Memorable                                                    6
 Por debajo de las 6 coincidencias hallamos los siguientes rasgos:
17.Tendencia ilustrada. 18. Fragmentario. 19. Aristocrático. 20.Incomensurable. 21.Binario. 22.Desordenado. 23. Ficción. 24. Nómada. 25. Humilde. 26. Observador. 27. Permanente. 28.Librepensador. 29. Leve.
Es indudable que la  subjetividad del criterio mediante el cual he agrupado los rasgos que figuran en la tabla bajo uno u otro de los conceptos de la lista anterior debería arrojar un +/– muchísimo tanto por ciento de error, más aún si consideramos la escasa amplitud de la base de datos sobre la que levanto el frágil edificio de mis conclusiones.
Por otro lado, cualquier estudioso que  haga la misma operación que yo he realizado podría, con idéntica base documental, llegar a una conclusión  diferente de la mía, pero quiero pensar que no tan alejada como para que nos encontráramos ante dos posibles géneros distintos.
De una u otra manera, se ponga el énfasis en este o aquel rasgo, los ejes básicos que definen la aforística han de salir del listado anterior, tanto de entre los más repetidos en las definiciones más corrientes, como de entre los singulares, pero muy penetrantes, como el carácter de ficción de los aforismos o su naturaleza de pensamiento nómada, por ejemplo.
Antes de comenzar el desarrollo de lo precedente, y aun a riesgo de resultar paradójico, quiero iniciar esta exploración con dos definiciones del aforismo que recogen no pocas de las características que hemos aislado del acervo metaforístico, de manera que, al ir contemplando los diferentes acercamientos a la teoría del género, podamos regresar para validar o refutar lo que me parece, en ambos casos, un brillante acercamiento a lo esencial del género. La primera definición pertenece a Ramón Eder (2012) y se incluye en el epílogo a El cuaderno francés, de donde lo toma José Ramón González (2012) para su antología:

El aforismo, cuando es bueno, es una frase feliz, es una verdad irónica, es filosofía cristalizada, es una flecha que da en el blanco, es la inteligencia buscando una salida y encontrándola, es humor refinado, es una enorme minucia, es la gracia de la brevedad, es ética sutil, es la ligereza de la gramática, es cinismo superior, es un versos irrefutable, es un fragmento lúcido, es la elegancia de la sintaxis, es una manera de decir arcaica y moderna a la vez, es lo contrario a un mamotreto, es una burla sublime, es un cuento sintético, es ingenio científico, es una agudeza memorable, es un juego de palabras revelador, es una paradoja inquietante, es una autobiografía de una línea, es una definición inolvidable, es sabiduría lapidaria, es alegría instantánea, es un espectáculo subversivo, es la nostalgia del latín, el aforismo, cuando es bueno, es el erotismo de la inteligencia.

Tiene todo el aire clásico de la definición del amor hecha por Lope de Vega en su inmortal soneto, pero Eder reúne en ella, aunque sea en enumeración caótica, los rasgos fundamentales del género.
La segunda es del mexicano Javier Perucho (2010) que la vierte en su artículo Un siglo de aforismos mexicanos, publicado en la revista Nexos (México, D.F.) y a diferencia de la anterior, está formulada desde una intención descriptiva y comprehensiva en cuyo resultado final se pierde no poco del profundo misterio de esa obra de arte, mínima y máxima al tiempo, que es el aforismo:

Un aforismo es un argumento controvertible aunque veleidoso, que soporta una experiencia empírica, un saber positivo expresado en una definición conceptual, un pensamiento educado por el libre albedrío. Jamás narra una historia, eventualmente fomenta una lección cívica o moral; por historia y tradición no profesa dogmas, aunque las creencias obtienen su rédito durante la concepción; sus dominios también circundan la estética de las artes, la biografía, los credos, además de ceñir las idiosincrasias y las tradiciones. La prosa es su soporte habitual, regla de oro que admite las excepciones contemporáneas. Nunca es epifánico, pero sí confesional. La experiencia y el dominio de un saber o una técnica, así como el empirismo subyacen en el género, por ello el escritor veter es quien más lo ha frecuentado, según los indicios y las evidencias documentales que sustentan este comentario; en consecuencia, es el género de la madurez literaria.

Desde el punto de vista de Massimo Cacciari (1994), sin embargo, expuesto desde el estudio de Nietzsche, el aforismo es algo así como un instrumento privilegiado que exhibe su capacidad  dialéctica de interpelar al saber establecido para afirmarse como una realidad singular:

Definir es recoger cada diferencia: tener el oído entrenado para la armonía contrastante del arco y la lira, rechazar la conciliatoria <>, descubrir la múltiple contradictoriedad del Dasein, el insuperable pólemos que en él acaece. La forma aforística debe, por consiguiente, articularse en su interior según esta perspectiva: poner al desnudo sus nervios, exaltar sus sonidos singulares, apreciar toda esfumatura, ya que en esto se da la intuición fundamental nietzscheana del devenir. El aforismo es nuance en este sentido particular. La definición aforística no pretende ninguna omnirepresentatividad, más bien quiere valer como crítica absoluta de tal pretensión. Lo que Mittner dice a propósito de la estructura <> del aforismo , en general, de la proposición (<>) revela justamente el status filosófico del aforismo: ser, no solamente mostrar diferencias. Establecer diferencias es el aforismo.

El aforismo se mueve, pues, entre la lírica y la filosofía, sufriendo la presión de ambas para atraerlo a su terreno, para convertirlo en la auténtica “niña bonita” de la disciplina, como ha acabado ocurriendo en autores como el propio Nietzsche o, más tarde, Wittgenstein. Ese carácter sustancial del aforismo, esa presencia contundente de su singularidad retórica y genérica es lo que lo caracteriza frente a discursos tan alejados como el de los dos saberes, el flosófico y el poético, que pretenden acapararlo, prohijarlo. Los aforismo no son discurso filosófico al uso, ni poema hiperbreve, sino otra realidad que, a menudo, choca contra esos discursos, obligándolos a mostrar sus debilidades. La fortaleza de sus proposiciones, eso sí, mide la singularidad de la aforística; pero también complica su definición, dada la labilidad química de su composición. Cacciari sostiene que la forma del aforismo es inescindible de la palabra viva y de su poder, sin embargo, no es tal palabra más que en la <> de la escritura. Hoy ya no podemos ver en el aforismo el residuo del poder del habla, de la palabra viva, porque si alguna vez tuvo tal poder, éste se ha perdido con el paso de la comunicación oral a la comunicación escrita. No hemos de olvidar que los aforismos sirvieron durante siglos para enseñar a leer a los niños en sus primeros años de escuela, y que los refranes son parte fundamental del saber popular transmitido oralmente.
A continuación trataré de reflexionar sobre algunos aspectos capitales de la naturaleza del aforismo para, a través de ellos, acercarnos al, aún no lo sé…, posible o imposible intento de su definición. Me refiero a la concepción retórica del mismo y a su naturaleza gnoseológica, que ocupan el primer y el segundo lugar de la lista de características con las que abordar la posible –la casi seguro que imposible…– definición del aforismo. Recuerdo que en epígrafes anteriores ya hemos elucidado algunas de las características que han de contribuir a la definición del aforismo, como la agudeza y arte de ingenio, la brevedad y la autoría, de ahí que en este epígrafe nos centremos en la vertiente teórica que se manifiesta en las diferentes concepciones del aforismo. Respecto del resto de las características reseñadas, es evidente que, en la mayoría de ellas, la reflexión se agota en la propia enunciación de su existencia, si bien es posible que aparezcan integradas en los motivos de reflexión a los que dedico mi atención. Algunos de esos rasgos ya han aparecido en la introducción y otros irán apareciendo a lo largo de los capítulos por venir.
Encabeza, así pues, la lista de coincidencias la condición retórica del aforismo, que es la que permite inscribir el género en el arte de la Literatura, hurtándoselo, podríamos decir, a la Filosofía o a su literaturizado subgénero que conocemos por el nombre de ensayo, a partir del título de la cumbre del género, obra de, como lo llamaba Quevedo, Miguel de la Montaña; un subgénero, el del ensayo, contiguo a la literatura, pero nunca tanto como para entender que esté dentro de ella –lo que sí es el caso del aforismo–, traspasando esa frontera que nadie ha trazado pero que todos los ensayistas respetan.
 Es el aforismo, pues, un prodigio de condensación expresiva para el que hace falta algo más que ideas brillantes o insólitas, con ser éstas, también, imprescindibles para la Aforística, puesto que sobre lo trivial, sobre lo banal, sobre lo manido es imposible edificar ningún aforismo que pueda ostentar tal nombre, a pesar de que Pitigrilli, como lo recoge Eco (2002), sostuviera que el aforismo expresa con brillantez un lugar común.
Fue Bergamín quien defendió que el aforismo es una dimensión figurativa del pensamiento, lo que lo acerca poderosamente al lenguaje poético. De hecho, Cristóbal Serra (2002) defiende que la condición de poeta es la condición sine qua non para que el aforismo se dé plenamente. Todos los aforistas, así pues, según esta concepción, han de ser, fundamentalmente, poetas, lo que incluye un uso retórico del lenguaje que nos es sobradamente conocido en el género poético, y que estamos obligados a reconocer, también,  como expresión propia de la aforística. No solo el uso constante del repertorio de la retórica tradicional, sea en el nivel del significante, sea en el del concepto, nos permite confirmar la enorme preocupación por el lenguaje de los aforistas, sino también el afán por sorprender, por aportar una novedad expresiva que pueda llegar a consolidarse como una marca individual reconocida, un estilo inconfundible, como el que consiguió Ramón con la greguería, o De Ory con sus aerolitos, muchos de ellos propiamente greguerías, y en los que, según Cristóbal Serra, se muestra habilísimo en el juego semántico en aforismos como  errare divinum est, por ejemplo.
Estos procedimientos retóricos se han estudiado más en las máximas que propiamente en los aforismos, aunque podemos concluir que los paralelismos, quiasmos, falsas simetrías, paradojas y proposiciones rigurosas [que] revelan el funcionamiento esencialmente binario de la máxima, que sostiene Besa Camprubí (1997), por ejemplo, son procedimientos perfectamente trasplantables a la aforística, como cualquiera puede comprobar apenas ha abierto algún volumen de aforismos. Con todo, hay siempre en el aforismo una querencia hacia el mundo de las ideas que no invalida lo que dice Ortega y Gasset (1914) de la lírica, aplicable punto por punto a la aforística:

La lírica no es un idioma convencional al que puede traducirse lo ya dicho en idioma dramático o novelesco, sino a la vez una cierta cosa a decir y la manera única de decirlo plenamente.

 Se trata no ya de la unión de fondo y forma, sino de que la forma, como sostiene Ortega, emana del fondo, como, según recoge Ortega, decía Flaubert que el calor sale del fuego. Ortiz-Osés (2005) sostiene, en esta querella recurrente del fondo y la forma, que

No permanece culturalmente la mera materia como quiere Ronsard, ni permanecen las puras formas como quiere Gil-Albert: queda la complicidad de la materia y de la forma cuyo símbolo es el aforismo.

 Así pues, no se trata, en la aforística, de elaborar un pensamiento al que aplicar después unos patrones retóricos ya definidos en el amplio número de figuras retóricas admitidas por la preceptiva, sino de un acto de creación en el que el concepto se articula a través de la única forma posible que tiene de ser concebido. Este fenómeno se aprecia fácilmente cuando comparamos aforismos con un mismo tema y muy diferente expresión, como, por ejemplo, en los siguientes casos:
Nietzsche: Todo hábito hace nuestra mano más ingeniosa y nuestro genio más torpe.
Ovidio: Nada es más fuerte que el hábito.
Epicteto: Los hábitos contraídos no se corrigen sino con hábitos opuestos.
George Perros: El hábito es el animal que llevamos dentro.
Mientras que Ovidio y Epícteto escriben ligeras variaciones del mismo significado común del concepto, su fortaleza, desde una perspectiva enunciadora neutra, evidenciando lo obvio; Nietzsche y Perros optan por aproximaciones al hábito radicalmente diferentes, aunque se observe en ellas, muy al fondo, el mismo significado común que compartían Ovidio y Epícteto: el poder casi incontestable del hábito; si bien la agudeza antitética del primero y la metáfora desgarrada del segundo interpelan al lector con una fuerza que, ésta sí, excede notablemente la del  propio hábito…
Así pues, es más que objetable la teoría que presenta al aforista como un creador que busca inscribir su obra en el ámbito literario, como si ello dependiese de una supuesta “voluntad” o “deseo” de que así fuera y, para conseguirlo, tuviera a su alcance unos recursos retóricos que le permitieran conseguirlo. Que el aforismo adquiera una dimensión lírica, lo que no ocurre en la totalidad de los casos, en modo alguno puede considerarse siquiera un aval para otorgarle esa carta de naturaleza literaria. Gamoneda, en una declaración al suplemento de cultura Babelia de El País, el 22 de noviembre de 2008 sostiene, por ejemplo, que la poesía no es literatura, ficción, sino emanación directa de la vida, hechos existenciales y, por consiguiente, el concepto de literatura es incapaz, por inapropiado, para definirla. Una concepción hermana de la que tiene Ortega (1914) de la razón: ¡Como si la razón no fuera una función vital y espontánea del mismo linaje que el ver o el palpar! , lo cual nos llevaría a pensar que el aforismo, como la poesía, no debería ser considerado parte de la literatura, sino del género auto biográfico o, retorciendo la concepción de Gamoneda, de la biología…, como sostiene Ortega. En todo caso, su carácter de texto “revelado” o “descubierto” lo aproxima al asombro del que nace la filosofía. El mérito, en definitiva, de la aforística es ser la síntesis de ambas, poesía y filosofía, sin que predomine en ella, en demasía, ninguno de sus orígenes.
Sin embargo, Juan Varo Zafra (2011) defiende la pertenencia del aforismo al campo de la ficción, como un modo de inscribirlo en el paradigma literario:

También creo que sería posible desarrollar un nuevo tipo de aforismo que no tuviera como base la paradoja, sino la polifonía, con el fin de explorar la potencialidad centrífuga del género; esto es, y a modo de ejemplo, un libro de aforismos e donde fuera posible identificar entradas distintas e incompatibles que se negasen y entrasen en discusión, pero no como si el autor hubiese participado en cada una de ellas, o dudase de todas, sino como si se escindiese en personajes diferentes que hablan de manera aforística, distanciándose así de la obra y rompiendo el carácter indubitable que Unamuno le atribuyó al aforismo. Entones podría hablarse de aforismo de ficción, algo que en sí me parece profundamente irónico, en el sentido en el que Kierkegaard se refiere a la ironía en su conocido trabajo sobre esta cuestión.

Fernando Savater, en su artículo Diminuendo, publicado en el País el 16 de setiembre de 2008 defendía que para escribir lo que él llamaba “breverías y otras microcosas” hacía falta un no sé qué contrario a desparramar, por una parte y un saber empaquetar con elegancia la lucidez, por otra.
Dicho con esa agudeza y sorna tan propias del filósofo donostiarra, “empaquetar con elegancia” excluye la sequedad y sentenciosidad que tanto le horrorizaban a Ramón Gómez de la Serna como lo propio del aforismo, e incluye esa suerte de ángel, duende o daimon enunciador que, como en el ejemplo de Perros, nos clava el pasmo en la devoción lectora.
De hecho, los recursos retóricos bajo los que se presenta al lector una nueva visión de la realidad basan su fuerza, como señalan Munguía y Rocha (2003):

En frustrar las expectativas del lector, al comunicarle algo imprevisto, sorpresivo y novedoso, opuesto a lo esperado, y así generar nuevos sentidos y crear un nuevo horizonte de conocimiento, de sensibilidad.

Pensemos, por un momento, en un ejemplo tan cómico como el de Juan Ramón Jiménez (1990), que escojo para sorpresa de quienes no lo asocian con lo que también es: el paradigma de  uno de los más finos sentidos del humor de nuestra República literaria: Cuando me limpio los dientes me parece que estoy aseando ya mi muerte. Humor negro, además, de pura cepa goyesca y solanesca, por el lado de la pintura; quevediano y valleinclanesco, por el de la literatura, traídos todos a vuelapluma. Este efecto de sorpresa que desafía al lector es considerado por muchos tratadistas como un requisito sine qua non para la clasificación de los textos bajo el marbete de aforismos. José Ramón González (2008) recoge la definición de Werner Helmich (2006) que  ilustra a la perfección esa exigencia del aforismo:
Forma literaria en prosa, concisa, aislada de un contexto, privada de función narrativa y provista de ‘pointe’, esto es, de un efecto estilístico destinado a producir en el lector una sorpresa estética o gnoseológica.

Que el conocimiento es consustancial al aforismo lo prueba el hecho de que les resulta difícil a los bibliotecarios ubicar en el sistema decimal clasificatorio de las obras los libros de aforismos. Dudan entre colocarlos en Filosofía, subsección Ensayos, o en Literatura, subsección Prosa Gnómica o didáctica. Ambos epígrafes son auténticos “cajones desastres” –como ironizó Andrés Ortiz-Osés (2013) en su aforismo: La vida es un cajón de sastre: un cajón desastre– donde caben obras muy dispares, el análisis pormenorizado de las cuales daría pie, probablemente, a más divisiones genéricas.
La creación, por otro lado, de un subapartado, Miscelánea, adonde fuera a parar la Aforística, solo conseguiría desdibujar su condición genérica y rebajar la importancia filosófica y literaria de la misma. Si no fuera porque estoy convencido de que la Aforística ha de militar bajo el estandarte de la Literatura, por su inequívoca naturaleza ambigua, entreverada de filosofía, humor, poesía y ficción, propondría que la clasificación decimal bibliotecaria fuera oncenal para recuperar ese agujero negro del 4 y ocupar con la Aforística un espacio de tantas  resonancias cabalísticas y francmasónicas.
Y por esas connotaciones ocultistas (A la naturaleza le gusta ocultarse, dijo Heraclito), llegamos al meollo del asunto: ¿Cuál es el conocimiento de los aforismos? ¿Cómo se  produce ese conocimiento? ¿Tiene un método que pueda ser explicitado?
Lo único seguro que sabemos es cómo se expresa, esto es, a través de unos textos breves, de naturaleza híbrida, básicamente entreverados de filosofía y  poesía, modalidad irónica y formulación aguda y/o paradójica. Ya vimos, al  tratar sobre la condición genérica de la aforística,  por qué defendemos el establecimiento de la cuarta pata de la mesa de los géneros, que tanto tiene de mesa de los trucos cervantina, si nos atenemos a lo mucho que en ese campo de Agramante que es la genérica se combate sin cuartel, bien sea para mantenerse, bien para irrumpir, bien para  lograr una redefinición. Ahora lo que cumple es intentar definir o caracterizar ese singular conocimiento del que son vistoso y sorprendente vehículo los aforismos.
Es evidente que la aforística no vehicula el conocimiento científico, aunque el nombre genérico tenga su origen en los aforismos médico-higiénicos de Hipócrates. Así mismo, a nadie se le escapa que, en el campo de la filosofía, desde Bacon hasta Wittgenstein, pasando por Spinoza o Nietzsche, el aforismo ha estado al servicio de la reflexión filosófica con magníficos resultados. El objeto del conocer aforístico, no obstante, ha ido siempre bastante más allá de los tradicionales campos roturados por la filosofía, de manera que sus cosechas han solido dar, con total naturalidad, frutos excéntricos y poliédricos que se apartan tanto de las cuestiones filosóficas clásicas, que a nadie se le ocurriría abrir un capítulo filosófico donde incluirlos en igualdad de condiciones con los otros saberes ya establecidos.
 “Nada humano le es ajeno a la aforística” podría ser el lema desde el que iniciar el esclarecimiento de cuál sea el saber de ella. Desde este punto de partida, no creo equivocarme si hago mía la expresión de María Zambrano y, robándole la definición de su filosofía poética o de su poesía filosófica, digo de la aforística que su conocimiento es, o se dirige hacia, un saber del alma. Admito que la metafísica es solo una parte, extensa, pero parte al cabo, de la producción aforística y que, bajando de la máxima abstracción, puede este nuevo y potente género literario centrar su foco de atención en la Historia, la Política, el Derecho e incluso las artes manuales, los oficios, y hasta la urbanidad.
La amplitud tan extraordinaria, casi enciclopédica, de los posibles centros de interés de la aforística hacen de ella una herramienta de conocimiento que puede contribuir, que de hecho ya contribuye, a la formación integral de la persona y a su preparación para enfrentarse a la dureza del medio inhóspito en el que ha de desarrollarse su proyecto vital. Si bien es preciso recordar, como se dice jocosamente, que Salomón escribió los Proverbios, pero que ningún libro de proverbios ha conseguido crear nunca un Salomón, lo cual reduce a sus justos límites el alcance de esa función “educadora”, “formadora”, que le acabábamos de atribuir a la aforística. No significa, este reconocimiento de los límites de la aforística, rebajar su creciente importancia para las nuevas generaciones lectoras, tan amantes de piar cibernéticamente.
Si recordamos los primeros momentos del genero, sus orígenes, veremos que la aforística nació en forma de consejos que solía darle, por lo general, un padre a su hijo para que éste pudiera gobernarse en la vida, aunque en Hesíodo, donde primero aparece tal formulación, los consejos son de hermano a hermano. Esa función instrumental del conocimiento nacido de la experiencia es parte consustancial de la práctica del aforismo. No ha de ser modelo de nada ni de nadie el aforista, pero no es menos cierto que la coherencia entre el enunciador y el enunciado contribuye poderosamente a la pervivencia y difusión de las obras del género.
Parte consustancial del género aforístico lo constituye la expectativa que tiene el lector de adquirir un saber instrumental, un conocimiento que pueda aplicar a su propia vida de forma inmediata y con resultados reconocibles y evaluables. Por más que las últimas tendencias líricas del género rehúyan tal o cual expectativa, la presencia incluso ávida de ésta forma parte del concepto genérico predefinido con que acude el lector al encuentro con los aforismos.
El conocer de la aforística es, como no podía ser de otra manera, un modo fragmentario, como las teselas de un mosaico inacabable al que se van sumando sin que podamos siquiera intuir el dibujo final resultante. Y es, también un conocimiento total súbito, fulgurante, que se “revela”, una epifanía ante la que no cabe sino, en primer lugar, el asentimiento y, ya con la posterioridad del reposo y la asimilación, la interpretación y la crítica. No es infrecuente que el carácter polémico del conocimiento aforístico se manifieste en la oposición entre aforismos de distintos autores, e incluso a veces dentro de la obra de un mismo autor; lo cual, sin embargo, no implica que no puedan ser leídos de forma aislada y haya de buscarse siempre, para valorarlos ecuánimemente, el contraaforismo que nos permita alcanzar ese justo medio dialéctico del juicio entre partes enfrentadas. La fragmentariedad del conocer aforístico, en última instancia, responde íntimamente a la condición discontinua de la realidad, y se ofrece como el mejor reflejo de ella, el más fiel a su compleja naturaleza. De hecho, como con perspicacia ha observado P.E. Lewis (1977) al analizar la obra de La Rochefoucauld: Conclusion without introduction, the maxim is a short-circuit, the epitome of the pensé détachée, removed not only from any context but, in its inviolable literality from ordinary language itself. El aforismo, así pues, no solo se ofrece como vía de conocimiento en sí mismo, sino que lo hace desde ese aislamiento que se niega a reconocer un contexto más amplio en el que ser considerado. No todo es tan claro como parece, porque la aforística en tanto que género con notable antigüedad supone en sí misma un contexto que permite entender, hasta cierto punto, cualquier creación de este género, si bien no es menos cierto que el carácter transgresor del aforismo supone un poderoso inconveniente para la aceptación del contexto. Un aforismo no ha de decir la verdad, sino superarla. Con una sola frase ha de ir más allá de ella, escribió Karl Kraus (2003) y aun añadió: El aforismo nunca coincide con la verdad: o es media verdad o verdad y media. En cualquier caso, hay una impulso epifánico en el aforismo que va más allá del propio criterio de verdad, de ahí que se acerque tan apasionadamente a lo literario, incluso a lo poético, entendiendo poético como un modo, antes que como un género. Y en esa voluntad de revelación se elucida buena parte de su inclinación epistemológica, ajena a la dialéctica ortodoxamente filosófica y cercana a la sabiduría aforística, y enigmática,  de los presocráticos.
A Jorge Riechman (2003), por su parte, le resulta antipático el carácter pseudoepistemológico del aforismo, el hecho de que “quien lo enuncia sabe, o cree que sabe, y da a entender que sabe (la mayoría de las veces con exceso de énfasis)”. Tanto es así, que incluso reclama, como defensa contra el exceso de sabiduría, y para salvación de los aforistas, la “docta ignorancia”. W.H.Auden, citado por José Esteban (1981) en su prologo a la obra de Bergamín, reconoce ese carácter “aristocrático” del aforismo: El aforista no discute ni explica, afirma; e implícita en esta afirmación existe la convicción de que es más sabio o más inteligente que sus lectores .Savater siempre ha defendido, por su parte, en numerosos artículos, el humor, la ironía, como eficaz recurso contra la religiosidad del conocimiento y el totalitarismo de las nuevas tecnologías. José Bergamín (1981) en La cabeza a pájaros, defiende la naturaleza gnoseológica del aforismo, si bien le otorga un carácter definitorio que excluye el proceso dialéctico y lo acerca al mensaje poético invariable, inmodificable, casi apodíctico, en la línea de Auden: El aforismo es pensamiento: un pensamiento. Porque se piensa en pensamientos: se dice en pensamientos el pensar. Y si no se dice, no se piensa, o si no se piensa, no se dicen. Pero una vez dichos, ya no hay más que hablar, no hay más que decir. Ni una palabra más: aforismo perfecto. De ahí que, para redondear su tesis, Bergamín, en la misma obra, no le pida al aforismo la prueba de la verdad de lo que el aforismo defiende, porque no importa que el aforismo sea cierto o incierto: lo que importa es que sea certero. Esa concepción del aforismo se aproxima bastante a la descripción del Fragmento, como nuevo género, que nos ofrece Schlegel, según lo recoge James Geary (2005): A fragment, like a miniature work of art, has to be entirely isolated from surronding world an be complete in itself like a porcupine.
 Así pues, el carácter rotundo de verdad compacta, ajena a ambigüedades e interpretaciones, se impone sobre el valor propiamente literario del aforismo. Es indudable que la naturaleza retórica del aforismo puede limitar, en cierta manera, su dimensión gnoseológica, pero es obvio que no le priva de ella, a juzgar por la intención  “práctica” con que los lectores se aproximan al género, aun cuando se trate de variantes de él tan literarias como la greguería. El ingenio está muy bien valorado, la agudeza recibe el aplauso indiscutible, el humor nos parece condimento indispensable, según Deleuze (2005): Un aforismo es una materia pura hecha de risa y alegría. Si somos incapaces de encontrar en un aforismo algo que nos haga reír, esa distribución de humor e ironía y ese reparto de intensidades, entonces no hemos entendido nada); pero siempre exigimos que el aforismo nos descubra nuevas realidades del pensamiento, matices en los que no habíamos reparado, verdades que se nos habían ocultado como se nos oculta la realidad, según Heráclito, intuiciones sorprendentes que nos hacen contemplar con otros ojos la realidad de cada día. De todo ello son capaces los aforismos. Y de lo contrario, que conste, cuando nos las vemos con un torpe simulacro de los mismos.
Considerando ese talante antipático del aforismo, su rotundidez enunciadora, portadora de la irrefutabilidad, el siempre perspicaz y clarividente Rafael Sánchez Ferlosio (2005) tiene claro que esa tendencia apodíctica del aforismo, sustentada en la ambigüedad mistérica y el enigmismo de su enunciación, no le hace ningún bien al género, sino que, antes bien, lo desvirtúa; de ahí que, refiriéndose a sus pecios, su particular manera de bautizar los aforismos, nos prevenga con sano escepticismo frente al culto a la aforística como instrumento de revelaciones que, acaso, hayamos de buscar en otros saberes muy distintos:

Desconfíen siempre de un autor de pecios. Aun sin quererlo, le es fácil estafar, porque los textos de una sola frase son los que más se prestan a ese fraude de la “profundidad”, fetiche de los necios, siempre ávidos de asentir con reverencia a cualquier sentenciosa lapidariedad vacía de sentido pero habilidosamente elaborada con palabras de charol. Lo “profundo” lo inventa la necesidad de refugiarse en algo indiscutible, y nada hay tan indiscutible como el dicho enigmático, que se autoexime de tener que dar razón de sí. La indisentibilidad es como un carisma que sacraliza la palabra, canjeando por la magia de la literalidad toda posible capacidad significante.

Joubert –según Geary (2005)– concibe las máximas desde una perspectiva práctica que le lleva a compararlas, en su relación con la inteligencia, a las leyes en su relación con la acción:  They do not illuminate, but they guide, they control, they rescue blindly. They are the clue in the labyrinth, the ship’s compass in the night.
Está clara esa humilde dimensión práctica que responde al impulso que alumbró el género en la antigüedad: los aforismos eran, sobre todo, recursos útiles con los que saber enfrentarse a las variadas situaciones de la vida corriente y moliente para salir airoso de ellas. Elías Canetti (2011), excelente aforista él mismo, como lo ha demostrado a lo largo de su vida, nos describe, desde otra perspectiva, diferente de la de Geary, la importancia de Joubert dentro de un género en el que no siempre se han establecido las jerarquías con suficiente poder de persuasión:

Joubert tiene seriedad, gracia y profundidad. Estas tres cualidades participan proporcionadamente en su pensamiento, y por eso está más cerca de la Antigüedad que cualquier otro aforista. Un aliciente especial es su falta de peso. Su melancolía no lastra sus frases, sino que les da el condimento de una bondad participante. Es atacado, sin duda, pero él no ataca. Su pudor no le permite  morder; su sentido de la duración lo mantiene alejada de todo lo pequeño. Capta lo espiritual como si fuera un movimiento del aire. Siente las ideas y las palabras como aliento, o como un vuelo de aves que subieran y bajaran planeando.

No entraré ahora, y en este capítulo, a elaborar un intento de jerarquización de los aforistas que han marcado la historia del género, porque es tan grande la disparidad en la estimación de los autores del canon que se vería abocado al fracaso. Sin embargo, no quiero dejar pasar la oportunidad que me brinda esta cita de Canetti para recordar que, como sucede con los poetas, el aprecio de los aforistas tiene más que ver con la radical subjetividad del lector que con la imposible jerarquía de un canon universalmente aceptado, más allá de las figuras descollantes e incontestables.
Para la labor de elucidación de lo real que señala Geary, la máxima actúa, según Starobinski (1964), como una cuchilla afilada que divorcia ser y parecer por disociación analítica, buscando tras los fenómenos su máscara, los componentes simples y las fuerzas universales, sobre todo en aquellas que se construyen siguiendo lo que él denomina modo de identidad restrictiva o reductora: X no es más que Y. Se trata de un procedimiento que contribuye al propósito moral de la aforística, a su empeño en revelarnos el verdadero rostro de la realidad, oculto tras las convenciones, las mentiras y la demagogia. De ahí que, en esta supuesta teoría del conocimiento propia del género aforístico que ni de lejos estamos esbozando, Laura Hernández (2007) nos recuerde que lo propio del aforismo es, por un lado, su cualidad ética, que lo lleva a enfrentarse a lo establecido, con el inherente riesgo de marginación que ese tipo de posicionamientos éticos implica, y, por otro, que su verdad es enemiga de la certeza, y su fin no es moralizar, sino seducir. Exigimos del aforismo ser una vía de conocimiento, en efecto, pero, como acertadamente lo considera Armando González (2005):

El aforismo suele concebirse entones como una forma de escritura fragmentaria y versátil que remite a un conocimiento inconcluso, a una intuición sin explotar o a una revelación en cierne (…) Lo que llamamos aforismo, pues, se vuelve multifuncional y, sobre todo, se erige como uno de los géneros introspectivos de su propia materia, que usa y cuestiona el lenguaje, que transmite ideas pero las critica, que se desdice de lo que dice al decirlo. El aforismo es entones pensamiento y argumento, pero también sus contrarios: quiebra del concepto, desestabilización del significado, suspensión del juicio (…) Esa paradójica connivencia entre el ansia de saber y el desencanto del conocimiento, entre el afán de contundencia y la tentación del silencio, hace del aforismo unos de los géneros más emocionantes, pues vuelve patentes las contradicciones íntimas del lenguaje y del conocimiento que se revelan, a veces dramáticamente, en un individuo.

Es obvio que el afán de conocimiento propio y característico del aforismo tiene también no diremos sus detractores pero sí quienes advierten que ese afán tiene serias limitaciones propias de su naturaleza mixta: poesía y filosofía, como señala un ejemplar estudioso, y notable practicante, como Cristóbal Serra (2005): Para mí, el aforismo es un mutismo elocuente y la nota de una especie de balbuceo, que apenas dice lo que quiere decir. Luego el conocimiento del aforismo caería más del lado de la sugerencia, de la insinuación, que de la declaración tajante o apodítica, aunque también haya ejemplos de ello en aforismos que se confunden con tesis filosóficas como las de la Ética de Espinoza o los fragmentos de Wittgenstein.
Para José Ramón González (2008) esa cierta levedad gnoseológica del aforismo le lleva a asociarlo con lo que él denomina pensamiento fluido, líquido, no acumulativo, frente al suponemos que “estancado” de los sistemas filosóficos, siempre atentos al establecimiento de fundamentos sólidos desde los que expandir su construcción teórica. Para él el aforismo es el pensamiento que se esfuerza en pensar su propio proceso y, en consecuencia, su verdad radica en la epifanía de la revelación que trata de apresar con su palabra. Este cerrarse sobre sí mismo del aforismo nos acerca a la autosuficiencia de la mónada leibnitziana, como muy bien se ha percatado de ello Ana Bundgaard, tal y como lo recoge J. R. González en su estudio: El aforismo es pensamiento completo, una expresión monadológica, artísticamente configurada en unidad inseparable. Lo que añade Bundgaard, como nota distintiva de esa mónada es que el descubrimiento, la revelación llevada a cabo por el aforismo ha de ser el descubrimiento de algo insólito, que invita a la reflexión.
Como el carácter literario del aforismo añade una fuerte dosis de ambigüedad, propia de su condición de lenguaje indirecto, enfático, incendiario, satírico y elíptico, al decir de Jorge Lovisolo (2008), se inclina éste a leerlo más allá de lo que efectivamente dice, porque todo aforismo, según Lovisolo atesora retazos de una cosmovisión portátil. Ese carácter, llamémosle presencial, añade la contundencia de lo dado como un todo que impide el juego de las interpretaciones. Para Lovisolo, el aforismo es la cosa-en-sí, la revelación de su referente. Lovisolo cita un aforismo de Cioran muy expresivo: La ventaja de un aforismo es la de que no hay necesidad de dar pruebas. Se lanza un aforismo como se da una bofetada, y el daño contundente del golpe, como el golpe de Lázaro contra el toro de piedra del puente, adquiere naturaleza de oráculo, como sugería Blanchot(1980): Una frase aislada, aforística, no fragmentaria, tiende a resonar como un habla de oráculo que tuviera la autosuficiencia de una significación en sí misma. A su manera, paradójicamente, esa presencia material  del aforismo como una mónada que se autoexplica a sí misma equivaldría a la pasión materialista de Montaigne (2007): Yo quiero que las cosas sobresalgan y colmen a su manera la imaginación de quien escucha, que no haya ningún recuerdo de las palabras. (…) La elocuencia hace injusticia a las cosas.
Ignoramos, finalmente, si la naturaleza gnoseológica del aforismo puede aspirar a la objetividad y universalidad del conocimiento que vehicula, porque la radical subjetividad desde la que nace induce a pensar que se trata de un objetivo imposible, e incluso indeseable, puesto que si se cumplieran aquellas condiciones el aforismo no caería del lado de la literatura sino del de la ciencia o del de la filosofía tradicional. Así pues, es cierto que los aforismos aspiran a que sus enunciados sean válidos universalmente, pero no lo es menos que su íntima naturaleza es la de discrepar de sí mismos en el mismo acto de la enunciación, que, apenas han sido formulados, florece, como por arte de birlibirloque, su refutación, según hemos leído líneas arriba.
Louis Groarke (2007) sostiene que el conocimiento que se manifiesta en el aforismo constituye una categoría epistemológica básica o primitiva, esto es, la aprehensión inmediata o directa de algún tipo de conocimiento inexplicablemente revelado, lo que lo sitúa inmediatamente en la órbita genérica de lo poético y lo aleja de la del conocimiento tradicionalmente considerado como tal. Sin embargo, la definición del aforismo elaborada por Celia Fernández Prieto y Carlos Castilla del Pino(1994): Frases breves y compactas que, desde su aparente levedad, van erosionando y desmantelando los anclajes lógico-lingüísticos de nuestras certezas, lo que hace es convertir a los aforismos en auténticos dinamiteros de nuestro saber establecido, algo que, en el fondo, tampoco está tan lejos del propósito, nunca declarado, del discurso poético. El carácter iconoclasta del aforismo lo define a la perfección Fernando Aramburu cuando habla de los aforismos como “filosofía a traición”.
Esa concepción del aforismo como un conocimiento revelado, y dependiente, por tanto, de la inspiración, del tradicional “rapto poético”,  no puede hacernos olvidar  la marcada vertiente didáctica de la aforística, un género que nace, como ya sabemos, como un repertorio de consejos para ayudar a los demás a conducirse en la vida de cada día, haciendo frente con ello a situaciones de tipo práctico, alejadas de saberes abstractos. Quizás, de entre los conocimientos clasificados como tales, es el de la Ética, como ya hemos dejado establecido líneas arriba, al que más se acerca el conocimiento propio de la Aforística. O el Aviso, como sugiere Alfonso Lázaro Paniagua (1997):
        
Lejos del pensamiento como género y de la máxima oral; el aforismo no es un apunte que se entrega al discurrir; aspira, más bien, a imponerse como una iluminación súbita. Tampoco pretende adoctrinar. Más cerca del “aviso” en este punto, quiere provocar y afectar a la inteligencia para que se mantenga prevenida, pero lo quiere hacer por sorpresa, desbancando de un trazo todo supuesto dogmático –en efecto, el estilo aforístico es por definición antidogmático– y aún más, afirmando una verdad que despista al sentido común: <>, Bergamín apunta siempre desde un extremo para iluminar el aforismo, para revelarlo en un fogonazo. El aforismo basa su virtud en lo certero de su expresión. La pasión y la razón aunando esfuerzos se lanzan a la diana y ya todo depende del tino del que partió. En el aforismo cuenta el tino, lo certero de su disparo, por eso <>. A veces, el aforismo puede confundirse con la greguería, no en vano Bergamín –frecuentador de Pombo– consideró a Ramón Gómez de la Serna como su maestro.

De más está recordar la distancia ya mencionada a que sitúa Ramón la greguería del aforismo y el carácter envarado y dogmático que a este le atribuye para distanciarlo de la gracia, el lirismo y el humor de sus inolvidables greguerías. Ahora bien, el elogio de lo certero, esto es, del logro de la expresión poética acaba uniendo aforismo y greguería en una sola manifestación genérica.
Volvamos, para acabar, a aquella hermenéutica cervantina de la que escribe Ortiz-Osés (2006), y según la cual:

Los aforismos son quijoterías, gesticulación en el aire, atrapahuecos: proyección de un sentido trashumano en la realidad deshumana,, contrapunteado por la humana presencia sanchopancesca. Recuperamos así la hermenéutica cervantina, la cual trata de mediar entre lo real quijotesco y lo real sanchopancesco, buscando remediar los contrarios en una filosofía de la convivencia a través de la correlativización de los extremos.


De donde, casi por arte de birlibirloque, saldría el justo medio, tanto el aristotélico como el ilustrado, producto de la empatía de los contrarios, de la exploración de la alteridad y de la capacidad equilibradora de la misma. Como más tarde dice el propio Osés en uno de estos aforismos de la serie Aforística y quijotismo: La búsqueda del sentido: la brusquedad del sinsentido, es decir, solo a partir de la sinrazón podemos llegar, mejorados, acaso sublimados, a la razón vital que nos define como especie sobre la tierra.