miércoles, 8 de abril de 2026

«Antropología filosófica», de Paul Ricœur, o la reflexión como forma de vida.

 

Una visión diacrónica de las preocupaciones filosóficas del defensor del «yo narrativo» y una magnifica síntesis de la fenomenología y la hermenéutica.

 

          Este libro no es una obra propia de Ricœur, como tal volumen y con ese título, sino que se trata de una selección de dieciséis textos suyos hecha por Johan Michel y Jerôme Porèe, y que constituye el tercer volumen de Écrits et Conférences,  que recopila trabajos dispersos y de difícil acceso. La antología abarca desde 1939 hasta 2004, un arco creativo de sesenta y cinco años que da pie al autor para acercarse al fenómeno de la reflexión desde perspectivas muy diversas.

 El hecho de titular el volumen Antropología filosófica, a pesar de las reticencias de los autores, se compadece con la voluntad expresa del autor de definir su filosofía como una antropología filosófica. Es algo que el lector irá descubriendo a medida que avance en la lectura del volumen, el cual tiene, además, otras virtudes, porque puede considerarse como una suerte de «carnet filosófico» en el que Ricœur apunta ciertas direcciones de su pensamiento que no aparecen en otros textos canónicos suyos, lo que permite acercarse a planteamientos singulares y originales que, en algunos momentos, se acercan a un cierto didactismo sobre algunos planteamientos filosóficos como la fenomenología, fuente de la que el autor bebió en abundancia y la hermenéutica, un campo en el que su participación  le ha granjeado una notoriedad indiscutible.

          Para lectores profanos y diletantes de variado pelaje, sumergirse en este volumen constituye una experiencia de «naturalista», porque contempla un aspecto de la naturaleza, en este caso el proceso de reflexión filosófica, con el pasmo propio de quien admira la técnica, la imaginación y los muchos saberes desde los que el autor, en este caso Paul  Ricœur,  indaga en problemas que, a veces, podemos considerar algo alejados de nuestras preocupaciones humanas cotidianas, pero en otros nos acerca a reflexiones sobre el yo que nos enfrentan a una realidad por la que nos interesamos, aunque sin el bagaje del autor, pero con el mismo interés por llegar a alguna conclusión que nos consuele o nos estimule.

          He escogido la vía cronológica para la lectura, por mor de ser fiel al contenido del volumen. No se me escapa que quizás algunas reflexiones de mayor enjundia «técnica» hubieran podido ser obviadas en favor de aquellas otra que nos «tocan» más de cerca, pero me parece sumamente interesante que los intelectores tengan una visión de qué es lo que le «preocupa» a un filósofo que en todo momento se interesó por la estrecha vinculación de la teoría con la práctica, porque, a su manera, hallo ecos aquí de esa «razón vital» que definió la filosofía de Ortega y Gasset. Eso sí, me voy a permitir la licencia de arrancar con lo que a mi modesto entender son las tesis que más pueden interesar a los intelectores que se acerquen al contacto con esta luminaria del pensamiento que, a buen seguro, contribuirá a facilitarnos conceptos que nos enriquezcan.

De Ricœur, adalid de la teoría del «yo narrativo», de la vida como relato que puede y debe ser expresado mediante palabras, ha llegado a nuestros días la perversión política de la obsesión por el «relato», que nada tiene que ver con la tesis de Ricœur, sino con el vulgar shitprop ―o *mierdificación, como tradujeron en El País el término acuñado por Cory Doctorow―, como variante también degradada del viejo agitprop inventado y aplicado por los regímenes totalitarios a izquierda y derecha: Todas las respuestas a la cuestión ¿quién? ―cuestión conductora del problema de la identidad personal― llevan a la designación del sí como aquel que puede: puede hablar, iniciar un curso de acontecimientos mediante su intervención física en el curso de las cosas, unificar la historia de su vida en un relato coherente y aceptable. [Y de ahí que] Mi tesis es la siguiente: esta fórmula no es como tal una proposición moral, ni en términos de deseo de la vida buena, ni en términos de obligación o prohibición, ni en términos de sabiduría práctica; la proposición soy aquel que puede tiene incontestablemente una dimensión cognitiva, exactamente en el sentido que Marco Olivetti da al término cognición: «la capacidad de formular enunciados que corresponden a la realidad». En efeto, designarse como aquel que puede es identificar el tipo de ser que soy.

A través de la atención que dedica el autor a un número concreto de asuntos filosóficos iremos viendo cómo Ricœur lleva el agua de esas reflexiones al imponente molino de su preocupación humanista, lo que implica que, por abstrusa que sea la meditación, su fin último es siempre cómo afecta a la persona y de qué forma podemos utilizarla para definirnos como seres responsables que toman decisiones que nos comprometen éticamente. ¡Esta es la gran aventura de la presente colección de escritos, cuyas inquietudes acabaron dando forma a sus obras capitales, y entre ellas la monumental Tiempo y narración, en tres volúmenes, escrita en Usamérica, después de haberse «exiliado» culturalmente tras sufrir la befa y el escarnio de los «neorrebeldes» de Mayo del 68. Tras su vuelta a Francia, Ricœur trabajó en muchas direcciones humanísticas, pero a mí me ha interesado mucho su atención a ese gran problema, entre lo psicológico y lo ontológico, del sí mismo; en su caso, lo enuncia así: «el sí mismo como otro», porque la identidad, para el filósofo es inseparable de la vida en comunidad, de la relación con los otros. Y en ese punto observaremos..., bueno, ea, me adelanto, porque, en el fondo es un asunto capital del volumen, a mi entender. Recuerdo a quien lea que el sí mismo es una de las formulaciones de la identidad, de ahí que la reflexión sore el yo lleve al autor a considerar dos grandes paradojas: Primera paradoja: el yo ―ya veremos que no es poca cosa decir «el» yo― tiene esta extraña propiedad de designar tanto a cualquiera que hable y hablando designarse él mismo o ella mismo, como al único yo, este que soy yo mismo, P.R. [...] Concerniendo a la primera acepción, el yo, como lo subrayaba Benveniste, sigue siendo, a diferencia de los términos generales un término vacante tal que cualquiera que se apodere de él se apodera de la lengua entera para hacerla suya. Para el lingüista Émile Benveniste, el “yo” no es simplemente una palabra que nombra a una persona fija, sino una forma lingüística que existe solo en el acto de hablar. Pero atendamos a la segunda paradoja: en la situación dialógica de interlocución el yo y el tú, aunque cada uno anclado, ejercen roles reversibles. [...] Cuando yo me dirijo a ti, tú entiendes yo. Y cuando tú me hablas y me dices tú, entiendo yo. Y aunque el autor evalúa, a continuación la función del yo en la narración, conviene retener la obvia complicación que añade a estos planteamiento la creación del sí mismo como la más seria expresión de nuestro reducto íntimo y último, definitorio de cada uno de nosotros: El adjetivo mismo introduce a su vez un nuevo equívoco que nos puede interesar para la discusión que tendremos después con Emmanuel Levinas: a saber, que la palabra mismo traduce igualmente las palabras latinas ipse e idem. Idem, es decir, lo idéntico en el sentido de lo extremadamente parecido; ipse, es decir, lo idéntico a sí, en el sentido de no extraño. Evitamos parcialmente el doble equívoco de lo mismo y lo idéntico juntando ely el mismo en un término compuesto: sí-mismo. Semejante expresión compuesta se encuentra en aquel bello texto de las Confesiones de san Agustín, texto, por lo demás, citado por Heidegger en Sein und Zeit: «pero ¿qué hay más cercano a mí que yo mismo [meipso mihi] [...] para mí al menos, me esfuerzo en eso y me esfuerzo sobre mí mismo  [et laboro in meipso]». Una reflexión que sintetiza el autor en una nueva paradoja en la que el ipse se asocia con el concepto de «promesa» que nos hace responsables de nosotros mismos ante el mundo y los otros, lo cual caracteriza la identidad vinculada a la ética, a los principios morales: Vivimos la paradoja bajo el modo de la cuestión sin respuesta, al menos inmediata: ¿quién somos nosotros? [...] La cuestión ¿quién? pide una respuesta equívoca, una respuesta escindida, cuyos dos extremos estarían ilustrados por el carácter, que marca la permanencia del idem y por la promesa, que ilustra el mantenimiento del ipse.

 

Antes de pasar a considerar un aspecto muy importante de las preocupaciones filosóficas de Ricœur íntimamente relacionadas con sus preocupaciones sobre la decibilidad y la condición narrativa del ser humano: la «atención», quisiera dejar constancia de la antinomia del «carácter» y la «felicidad», porque, como se advertirá, es un modo de aproximación al concepto de identidad que, a mi juicio, es el que a todos más nos atrae, porque a todos nos afecta por igual, sin distinción posible alguna: ¿Qué es, efectivamente, el carácter? Si no se quiere hacer lo que la caracterología ha hecho ―un retrato fijo, quieto, encerrado en una fórmula caracterológica―, es necesario decir que el carácter es una generalización de la noción de perspectiva. [...] El carácter añade la consideración de una totalidad, la totalidad finita de mi existencia. Y añade: El carácter es la orientación perspectivista del campo total de motivación; la felicidad es el término hacia el que se orienta toda mi motivación, lo cual nos mete de lleno en otro de sus campos de estudio: la «intencionalidad», la «voluntad», del que también la «atención» forma parte. No ha de extrañar, dada la perspectiva socializadora con que afronta Ricœur, todos estos asuntos, que recuerde a su maestro: Husserl señaló que el ego se constituye en sus hábitos.

 

          El estudio fenomenológico de la atención realizado por Ricœur es una muestra perfecta de dicho método, que convirtió a Husserl en una referencia filosófica fundamental del siglo xx, y que impregnó gran parte de los itinerarios que siguió desde él el pensamiento filosófico. Si para Husserl la conciencia es siempre conciencia de algo ―y de ahí su motto: Zu den Sachen selbst! («¡A las cosas mismas!»)―, no nos puede extrañar que Ricœur considere que percibir no es «tener una representación en la conciencia» ni «tener conciencia de una representación», sino que  percibir es conocer los objetos del mundo, por lo que, forzosamente, la atención es un acto intencional. [...] Yo no presto atención a mis percepciones; presto atención a lo que percibo. Y en el desciframiento de esa atención cabe distinguir dos elementos muy distintos: estaremos de acuerdo en aceptar dos caracteres esenciales en el proceso de atención: un fenómeno de selección (este objeto y no este otro) y un fenómeno de claridad (percibo mejor). Estos dos caracteres son inseparables. Desde esta perspectiva, y aquí Ricœur se ciñe escrupulosamente a su maestro: El objeto desborda la percepción porque la percepción atenta destaca lo percibido sobre el campo total. [...] Como ha subrayado Husserl, pertenece a la esencia de un objeto el sernos dado en una multiplicidad de «esbozos», de «perspectivas». Así pues: La esencia de un acto de percepción consiste en estar comprometido en la aprehensión de un objeto. Presto atención a esto.

          El carácter «activo» de la atención la caracteriza con absoluta idoneidad: El carácter interrogativo de la atención me parece esencial: solo se busca y se encuentra lo que se piensa; pero se busca explorando, cuestionando el objeto. También se puede en el límite interrogar el trasfondo sin tener idea a priori. Aunque lo suyo no es la «anticipación», quede claro, sino lo que constituye uno de los fundamentos de la propia filosofía como tal actividad humana: la suspensión, la ποχή: El verdadero nombre de la atención no es anticipación, sino asombro. [...] Para Malebranche y Berkeley [...] la atención es ciertamente la inocencia del espíritu. Ahora bien, esta perspectiva introduce una interpretación de la atención que nos deja a merced de «lo atendido»: En la fascinación, pierdo mi capacidad de cambiar de objeto. La vida mental se encuentra como fijada, congelada; el tiempo fluye pero como in situ. No tengo el objeto, soy absorbido por él. Según Berkeley, una de las muchas referencias usadas por el autor, la idea no obra, es conocida, de ahí que, como insiste el autor la verdad solo aparece a los espíritus atentos.

          Sé que seguir estos razonamientos, tan distantes del moroso desarrollo que el autor hace en el libro, no facilita su aprehensión, porque, leídos, incluso con interés, advertimos la falta de eslabones de la cadena de razonamientos que les acaban de dar sentido pleno. Me excuso por ello, pues se debe a mi impericia sintetizadora, pero espero y deseo que la importancia de los temas a los que dedica el autor su reflexión empujen a algunos intelectores a sumergirse en las páginas de su libro, de esta Antropología filosófica tan ambiciosa como luminosa, porque nada humano le es ajeno al autor y todas sus reflexiones, incluso esta «fenomenología de la atención» nos conducen a esclarecer el misterio del yo, de lo humano y el lugar de la persona en el mundo. Él mismo lo señala: La referencia al yo está inscrita en todo acto intencional. La atención es un «rayo del yo» (Husserl lo llama Lichtstrahl), sea lo que sea en última instancia la naturaleza de esa inherencia del acto al Yo y la naturaleza de la conciencia que ahí se aprehende. [...] Nuestros actos dependen de nuestros juicios, pero nuestros juicios dependen de nuestra atención. Dueños de nuestro juicio porque somos dueños de nuestra atención: este es todo el sentido del cartesianismo. La idea clara solo se presenta al espíritu atento. Pascal no decía algo muy distinto en el fragmento 99 de Los Pensamientos. [«La voluntad es uno de los principales órganos de la credibilidad; no que forme la credibilidad sino que, como las cosas son verdaderas o falsas según el lado por el que las miramos, la voluntad, que se gusta en uno más que en otro, aleja al espíritu de considerar las cualidades de aquellas que prefiere no ver; y así el espíritu yendo conjuntamente con la voluntad, se detiene a mirar el lado que prefiere; y así lo juzga por lo que ve.»].

          Finalmente, conviene distinguir, ya puestos, entre deliberación y elección, porque así lo exige el planteamiento fenomenológico: El acto de elección es simplemente hacer que un determinado consentimiento sea el último. [...] La deliberación es la atención en su movimiento; lo que llamamos elección es la atención en tanto que ella se detiene. [Conforme a lo que determinó A. Michotte]. En el fondo, pues, y concluyo: La atención significa un acto muy elevado de conocimiento y la indigencia más completa frente al objeto. [...] Tengo la experiencia concreta de la distinción entre lo que depende de mí y lo que no depende de mí, y también de una zona intermedia donde se ejerce sin embargo mi responsabilidad. Hay un imperio de la voluntad que va degradándose hasta ese amplio mundo que no depende de mí. Habría que poder clasificar todos los actos desde este punto de vista. [...] Estas dos experiencias: que puedo algo en el mundo y sobre el mundo y que, en su conjunto, no depende de mí, se ajustan en cada caso concreto sin que estas dos situaciones puedan ser verdaderamente pensadas separadamente, ni yuxtapuestas, ni acopladas lógicamente según una relación pensable, ni destruidas por otra.

          El punto final, sin embargo, el que enlaza este análisis de la «atencion» con la identidad y la dimensión social de la persona a través de la importancia del «decir» es la afirmación del filósofo de que El conocimiento es una relación a tres y no a dos. El objeto es de lo que yo hablo con otro.

          Aunque todo el volumen está lleno de sustanciosa reflexiones que significan, en cierto modo, una breve historia de la Filosofía desde la revolución kantiana ―y he de agradecerle al autor que me haya remitido a varios textos que he leído, además de este volumen, con absoluta delectación complementaria, como el instructivo A Plea for Excuses, de J.L. Austin, el padre de la Pragmática o  el sugerente Personal Identity, de Derek Parfit―, no quiero alargarme mucho más, porque no ignoro la «pigricia lectora» que se ha extendido por la geografía española de un tiempo reciente a esta parte. Pero no estaría completa esta recensión de libro tan arduo como necesario para la reflexión de cada uno sobre la identidad y la responsabilidad si no dedicara un breve espacio a otro análisis fenomenológico tan esencial para los intereses humanísticos del autor como el que él hace de uno de los clásicos filosóficos de todos los tiempos: la «voluntad». De ahí que se remita a Aristóteles como argumento de autoridad y de clarividencia: El tercer libro de la Ética a Nicómaco puede ser llamado propiamente la primera fenomenología de la voluntad. [...] La fenomenología de la voluntad aparece como un refinamiento continuo de las descripciones de Aristóteles y de los estoicos. Esta fenomenología culmina en el concepto de decisión, que implica: a) el proyecto, en tanto que intención de la voluntad; b) la elección, en tanto que acto mismo que lanza el proyecto; c) la alternancia resuelta, en tanto que contenido del acto, que los escolásticos han llamado «poder sobre los contrarios» (potentia ad opposita). Y continúa después con el filósofo por excelencia de la Ilustración, tras reconocer que , de hecho, la libre elección nunca ha sido el principal problema, sino más bien: ¿qué tipo de acción tiene sentido?, Immanuel Kant: la Crítica de la razón práctica no es otra cosa que el análisis trascendental de la buena voluntad, es decir de las condiciones de posibilidad de una voluntad buena, de la misma manea que la Crítica de a razón pura recaía sobre las condiciones de posibilidad de un juicio verdadero sobre la percepción. Ese acto decisivo, a juicio del autor no puede caer sino bajo el paraguas de lo que Aristóteles denominaba «el justo medio», como elemento esencial de su teoría de la virtud. Y en tanto que transición del deseo a la racionalidad, Aristóteles definía la voluntad como «deseo deliberado».

          Sorprende a los profanos en la alta reflexión filosófica como yo, la facilidad con que, desde los presupuestos anteriores, el autor deriva su análisis a la quiebra que introduce el pensamiento Nietzscheano en la filosofía clásica:  La primera crisis que Nietzsche opera en la filosofía moderna del ser sitúa la investigación moderna sobre la voluntad en dos tiempos: el tiempo de la subjetividad, que ha sido el de la filosofía clásica de Platón a Hegel y otro tiempo del que se habla solo bajo un modo kerigmático.[ Nietzsche critica duramente el cristianismo precisamente como religión del kerygma (anuncio de salvación, verdad revelada, etc.). Sin embargo, muchos intérpretes señalan que su filosofía adopta a veces una forma casi profética o proclamativa, como en Así habló Zaratustra: no argumenta como un tratado, sino que anuncia, proclama, interpela, introduce figuras como el superhombre o el eterno retorno casi como «mensajes»].

En definitiva, concluye Ricœur : Si la filosofía hegeliana planteaba la cuestión del lugar del filósofo cuando decía la verdad ―la verdad absoluta―, una filosofía de la interpretación como la de Nietzsche plantea la cuestión de los criterios de una interpretación que pretende ser la interpretación justa. Dejo abierta esta última cuestión. La dejo abierta como una herida en el corazón del discurso filosófico. [...] La clave de la respuesta ha de buscarse en una mejor comprensión de los tres modos de discurso en los que la filosofía habla de la voluntad: el discurso fenomenológico; el discurso dialéctico y el discurso interpretativo.

Y a los lectores no se les escapa que el autor nos remite, en última instancia a los «discursos», porque es en el ámbito de la elocución, del lenguaje y de las relaciones que establecemos a través e él, con él y con los otros, donde se resuelven todas las aporías filosóficas que suelen dejarnos perplejos. Quizás el mejor resume de cómo se resuelven en el ámbitos de los sujetos todas las cuestiones planteadas se halle en este párrafo clarísimo, una claridad que, a pesar de la profundidad de pensamiento que ofrece el autor, es una hermosa cortesía para con sus lectores, y especialmente con los menos capaces ―¡y me tienta sobremanera cerrar con la definición que el autor nos da de la persona «capaz»―: El «poder narrar» ocupa un lugar eminente entre las capacidades en la medida en que los acontecimientos de cualquier origen solo llegan a ser legible e inteligibles cuando son narrados en historias. [...] La puesta en relato marca una bifurcación en la propia identidad ―que ya no es solamente la de lo mismo e integra el cambio como peripecia―. Podemos  halar desde ese momento de una identidad narrativa: la de la trama del relato que  permanece inacabado y abierto a la posibilidad de contar de otra manera y de dejarse contar por los otros.  La imputabilidad constituye una capacidad claramente moral. Un agente humano se considera como el verdadero autor de sus actos, independientemente de las causas orgánicas y físicas. Asumida por el agente, lo vuelve responsable; tratándose de un daño hecho a otros, ofrece la reparación y la sanción [penal]. La promesa es posible sobre esta base: el sujeto se compromete en su palabra y dice que hará mañana lo que dice hoy. La promesa limita la imprevisibilidad del futuro, con el riesgo de la traición: el sujeto puede mantener o no su promesa; compromete así la promesa de la promesa, la de mantener su palabra, ser fiable. [Y ahora, como ejercicio práctico, trasladen lo que en el párrafo anterior se ha dicho a nuestro panorama político... ¡Para no echar gota!, y perdóneseme el exabrupto...]