martes, 3 de marzo de 2026

Kane Ediciones, una empresa cultural de largo aliento dirigida por el reputado crítico Christian Aguilera.

          


          

      John Frankenherimer (Un francotirador en Hollywood), de Christian Aguilera y Alfred Hitchcock (El cine es sueño) de Sergi Grau.

 Reconozco que, a pesar de mi dedicación crítica, a través de mi bitácora a ella consagrada:

  https://elojocosmologicodejuanpoz.blogspot.com/

no ha sido, en mi vida, la lectura de libros dedicados al cine, una constante tan habitual como la de la lectura de  novela, poesía, teatro y filosofía, además de las lecturas profesionales a que obliga la carrera profesional de filólogo. No pasarán de un centenar los libros dedicados al cine que alojo en mi biblioteca, aunque recientemente algunos he añadido vía en línea, como las Notas sobre el cinematógrafo, de Robert Bresson. Es cierto que los documentales sobre el cine, como los quince imprescindibles capítulos de la obra de Cousins: Historia del cine, una odisea, o los innumerables sobre Hitchcock y otros directores, así como los dedicados a actores y actrices de gran relieve, contribuyen a la formación de cualquiera.

Por todo lo anterior es por lo que quiero presentar hoy a cuantos intelectores se acerquen a estas páginas una obra editorial tan seria como necesaria, porque  Kane Ediciones es una «pequeña / gran» editorial de libros de cine que se ha propuesto ofrecer a los cinéfilos y a los aficionados al cine en general unas ediciones perfectamente editadas, con un papel y unas ilustraciones fotográficas de altísima calidad, que satisfarán el paladar crítico de los más refinados cinéfilos;  ediciones, además, de libros que tratan parcelas del cine a las que no siempre se les ha dedicado la denida atención bibliográfica, aunque no desdeñe ofrecer obras sobre los grandes clásicos. La atención a la música en el cine va pareja con el interés de Kane Ediciones en cubrir ciertos huecos bibliográficos que merecen la atención crítica rigurosa.

La editorial trata de abrirse paso en un sector que cada día que pasa añade más lectores, ¡y escritores!. No hay más que entrar en las redes sociales para descubrir que somos acaso miles los aficionados que contribuimos a la mayor gloria del arte cinematográfico a través de espacios críticos que no por no ser profesionales dejan de tener cierto o mucho interés. Los intelectores de este Diario no ignoran que yo mismo cultivo la crítica cinematográfica, como he dicho antes, y gracias a esta dedicación,  y a mi interés por publicar mi libro Cien películas de las que acaso no hayas oído hablar y que no deberías dejar de ver, logré entrar en contacto con esta editorial que merece todo el apoyo de los aficionados al cine. Mi libro lo autopublique en Amazon y está a disposición de todos los aficionados. Pero el contacto con Christian Aguilera me ha permitido no solo conocer por dentro este esfuerzo editorial espléndido y riguroso, sino que, llevado por mi fatal inclinación a la lectura, he «devorado», previo justo pago, dos libros del catálogo que me han parecido formidables, los dedicados a Frankenheimer y a Hitchcock respectivamente.

La información exhaustiva y el fino análisis crítico de los autores, en uno y otro volumen, permiten entender la peripecia de ambos diretores, ciertos títulos ―sobre todo los tenidos por «menores»― y la constante sensación de que el hecho de que una película llegue a las pantallas es siempre un auténtico prodigio, si es que llega, porque Frank Sinatra retuvo durante veinticinco años, en calidad de productor, la exhibición pública de Mensajero del miedo (The Manchurian Candidate), rodada en 1962 y «estrenada» en 1987, aunque, antes de ser retirada dio tiempo a ser estrenada en España, por cierto,  según recoge Aguilera en su volumen dedicado a Frankenheimer, una guía imprescindible para conocer en profundidad al relevante director que nos legó obras tan trascendentales como El hombre de Alcatraz, El mensajero del miedo, Siete días de mayo, El tren,  Orgullo de estirpe y, ya en sus postrimerías, la trepidante Ronin, pero, sobre todas y, sobre todo, quiero yo destacar Plan diabólico, ¡una joya aún por descubrir, me temo, para la mayoría de los espectadores! Sobre ella escribí en mi Ojo cosmológico:  «Mi admiración por Frankenheimer y algunas películas que están en la línea estética de esta, como El mensajero del miedo, Siete días de mayo o El tren, siempre ha sido enorme, pero la visión de esta película, tras de la que andaba, sin saber cuándo Azar la iba a poner en mis manos, ¡bendito sea por hacerlo!, me reconvierte en un devoto que sitúa Seconds, su congruente título original, a la altura de cimas del cine como Ciudadano Kane, sin ir más lejos. La potentísima historia de esta transformación imposible es un prodigio de inventiva literaria, y la extraordinaria realización fílmica de Frankenheimer, apoyado en una fotografía prodigiosa de James Wong Howe, creador del enfoque profundo, que mantiene nítidos el primero y el segundo plano, convierte esta historia en un referente casi totémico para el cine fantástico, chorreante de psicología y empapadito de delirios».

A Frankenheimer se le asocia con la «acción», y es cierto que es un maestro de ella,  pero este volumen de Christian Aguilera nos descubre las preocupaciones sociales y existenciales de un director que, a pesar de su trayectoria, no siempre lo tuvo fácil en la industria usamericana, y ahí está la temprana Los jóvenes salvajes, por ejemplo. Su marcada inclinación a tratar temas sociales lo ubica perfectamente en el seno de esa generación de la televisión a la que Aguilera ha dedicado ya cuatro libros, además del presente, por lo que solo restaría por entregar el último, el dedicado a Schaffner, si la previsión no falla. Es inútil referir aquí siquiera una mínima parte de la ingente información, toda ella interesantísima, con que Aguilera ha escrito su libro, pero lo más sorprendente es que haya hecho lo mismo y con idéntico rigor, no me cabe duda, sobre los otros autores. No está de moda la cultura del trabajo, del esfuerzo, del rigor en los datos y en las citas, y la prueba son todos esos libros de cine que no pasan de «banalidades encuadernadas» sin gracia ni interés alguno. Pues los libros de Kane son la némesis de esas ofensas al estudio serio del Séptimo Arte.

Gracias sobre todo a Filmin y a YouTube, he podido ver todas las películas de la etapa británica de Hitchcock, esas que, aparentemente, son el pasado de lo que luego sería un presente esplendoroso en Usamérica, cuando realiza obras que le han hecho acreedor, para muchos, al título de mejor director de la Historia del Cine, si bien es trono de alta capacidad, porque ahí también se sientan Kurosawa, Ozu, Ford, Dreyer, Welles, Bresson, Erice y un largo etcétera. Lo que está claro es que la obra de Hitchcock despierta cada vez mayor interés, de ahí que la bibliografía sobre el personaje siga creciendo, así como, fílmicamente, los documentales que se centran en su vida y su obra, porque este británico católico es la más rara extravagancia artística que se haya dado en el mundo cinematográfico. Su vida y su obra corren parejas con el  interés que ha despertado siempre otro compatriota suyo: Winston Churchill, y si a este le concedieron el Premio Nobel de Literatura, Hitchcock puede presumir en el Olimpo de los fallecidos de no haber recibido un Oscar en su vida, lo cual deja claro de qué estamos hablando: de cine, y sí, también de industria, y en ningún caso de lo que tanto se asocia con ambos: la «frivolidad».

Decía que la filmografía inglesa de Hitchcock a la que volvió al final de su carrera, con Frenesí, es más interesante de lo que a primera vista pueda parecer, sobre todo teniendo en cuenta que Sir Alfred se inicia en el cine mudo, hace suyo el sonoro y nos ofrece auténticas maravillas en color. Solo cinco años más joven que Ford, la obra de Hitchcock es también un resumen de la historia técnica y artística del Séptimo Arte. En la medida en que de sus 53 películas 23 pertenecen a la época inglesa, ello nos habla bien a las claras de que si no está en ellas «todo Hitchcock», sí, como lo demuestra Sergi Grau, lo esencial de él.  La aspiración máxima de Hitchcock fue tener el control absoluto de su obra, no depender de veleidades de productores como David O. Selznick ni de otros estudios, de ahí la lucha constante y cansadísima por hacer valer sus derechos sobre su obra artística, lo que ha permitido que rodara las joyas que todos conocemos y que prácticamente nos sabemos de memoria: Vértigo ―siempre en los primeros puestos como candidata a la mejor película de la Historia del Cine, en dura pugna con Ciudadano Kane, de Orson Welles, de donde toma el nombre la editorial―,  Con la muerte en los talones, Marnie, la ladrona, Encadenados, La soga, Náufragos, incluso la propia Rebeca, que tan poco le gustaba...

Confieso que he subrayado el libro de Sergi Grau desde la introducción hasta el epílogo dedicado a la producción televisiva de Hitchcock, un medio en el que su intervención tuvo un carácter casi revolucionario, ¡y ya ando detrás de adquirir algún DVD con todos esos episodios de algunos de los cuales tengo muy vaga memoria en la retina, tras haberlos visto en el famoso UHF de los 60! Sería una insensatez transcribir tan valiosa información, porque lo bueno de esta obra de Grau es que se lee, sin serlo, como una apasionada biografía del director, sobre todo si nos atenemos a los ejes temáticos esenciales de sus películas y a su propia vida. Hitchcock se abrió en canal a sí mismo en la famosa entrevista con Truffaut, porque nadie ignora que él tiene hoy la posición que ocupa en este arte por que la nouvelle vague lo colocó allí, del mismo modo que hizo con muchos otros directores no siempre tan valorados, como Jerry Lewis, otra de mis devociones.

Reivindicaba la etapa inglesa de Hithcock porque en ella no solo hay maravillas, sino, en cada una de esas películas, detalles que nos revelan expresamente la brillante imaginación del director, quien es maestro en sintetizar en imágenes partes sustanciales de la historia narrada, así como inventar soluciones inverosímiles para trávelins con grúa y otras tomas casi acrobáticas y llenas de ingenio. Leer Alfred Hitchcock. El cine es sueño es una experiencia tan cinematográfica como haber visto las películas de las que habla con sólido criterio y perspicaz interpretación. El autor entra en detalles de cada una de ellas que no solo se ciñen a la película tratada, sino que se extienden, por contexto, al resto de su obra, dada la reiteración de muchos de sus temas en su filmografía, como la visión de la vida en pareja, por ejemplo, la visión escéptica de la vida o la angustia el falso culpable, tan cercana a la literatura de Kafka, por ejemplo, y ello por no mencionar la torturadas psicologías de personajes a medio camino entre el delirio y la locura, como Norman Bates. Y a propósito, la escena del asesinato en la bañera en Psicosis, acaso la secuencia más famosa de la Historia del Cine por derecho propio, no deja de ser algo casi anecdótico en el conjunto de revelaciones acerca de los intríngulis de las películas de tan complejo autor, porque, parafraseando el dicho, no da plano sin hilo (a seguir)... nuestro amigo Sir Alfred.

Como ferviente aficionado y crítico diletante, ¡y perseverante!, le deseo  a Kane Ediciones la larga y prospera vida que merece un empeño cultural de esta naturaleza en la que hacen falta muchos «quijotes», como Christian Aguilera, para revertir el yermo cultural en que la educación académica, la deseducación paterno-materna y el (mal)uso de móviles y otras herramientas tecnológicas nos están convirtiendo. El cine «escrito», en libros imprescindibles para los cinéfilos y los simples aficionados dará muchas alegrías como las dos que yo he vivido siguiendo muy de cerca todas y cada una de las obras de dos autores tan señalados e importantes, al menos para mí.

 

P. S. Aprovecho esta salutación a tan generoso empeño, anunciando que el próximo 17 de abril a las 19’00h Christian Aguilera presenta en la FNAC de las Ramblas (donde antes estaba Modelo) los libros de la generación de la televisión: Martin Ritt, Arthur Penn, Robert Mulligan, Sidney Lumet, John Frankenheimer y Franklin J. Shaffner. Cuantos puedan asistir comprobarán en persona cuanto sostengo en esta salutación a su esfuerzo editorial: Kane Ediciones.