Dietario del dolor o de cómo la consolación de la filosofía es el mejor camino, empedrado de sabiduría, que nos lleva a la ataraxia.
Que Luis Valdesueiro haya decidido sacar a la luz la obra callada de tantos años es una noticia cultural de primera magnitud que no tiene ni tendrá reflejo en la capa superficial y anodina de la cultura que constituyen los media de este país con productos banales vendidos como obras de arte. Lleva su tiempo distinguir las voces de los ecos, como quería el poeta, y más aún discriminar y después rechazar las voces propagadas de los tenores huecos que nos vende el negocio de la cultura, que haylo, aunque al margen de la verdadera vida del espíritu que bulle en otros lugares que los llamémosles «oficiales», y que incluyen los que con ellos se conchaban para destruir el canon, antes que para construirlo, a juzgar por lo que se lee y se oye en ellos. No es ajena a la labor callada del autor lo que él señala en su libro como un gran obstáculo de nuestra época:
CADA VEZ RESULTA MÁS DIFÍCIL charlar amigablemente con uno mismo. Las interferencias aumentan por doquier. Y nos vemos condenados a vivir lejos de nosotros, ocultos a nuestro propio ser, mendigando una cercanía que nos es negada. Fulminados por un rayo, demediados, fantasmas en busca de su centro. Este libro es el resultado de la lucha por ese «centro» desde el que, en la relativa calma que nos dejan las adversidades cotidianas, escrutarnos por dentro, acaso re-conocernos y, siempre, descubrirnos, aunque nos espanten los hallazgos o nos golpeen las sorpresas.
Escribir, ya lo dijo Fray Luis, es «negocio
de particular juicio», y solo quien escribe para sí y es, como quería Lezama,
el mejor crítico de sí mismo, como escribió, pensando en Valéry: «Clásico es el escritor que lleva un crítico
consigo y que lo asocia íntimamente a su trabajo», puede ofrecernos una obra
que vale el gozo de leer con el asombro de la revelación, con la admiración por
los descubrimientos conceptuales y retóricos que nos llega como una bendicción
(sic) a lo más profundo del espíritu desasosegado, trayéndonos la cruda anatomía
del dolor, sí, pero también la sanación de la serena voz en calma que no se
arredra ante abismos que para otros se convertirían en una condena implacable.
Plantar cara al desafío del dolor que nos desarma, que nos desgarra y que nos paraliza, poseídos por un profundo estupor ante las terribles metamorfosis de la adversidad, no es tarea que puede acometerse desde la inanidad, la banalidad o la ignorancia. Solo algunos son capaces de convertir en arte esos sentimientos ambiguos, capaces de ennoblecer y de envilecer, y de los que la mayoría queremos salir «por piernas», mientras que otros, como el autor de esta lúcida anatomía, les planta cara y texto para aviso de quienes corremos, sin darnos cuenta de que lo hacemos, como toos, hacia el mar que es el morir. Al autor no se le escapa, y figura casi como prefacio de su obra, la perepción que desafía al lugar comun: DOLOR. Lo admitamos o no, el dolor nos desiguala. Ello implica que resuenen en el texto, aun siendo sus fragmentos de caracter ensayístico, reflexivo, filosófico, o como cada cual tenga a bien bautizarlos, la propia vida del autor, una biografía delada de la que se nos entrega algo así como el efecto, no la causa, pero bien se intuye que no es necesario un relato de la naturaleza de los golpes con que la existencia tiene a bien entretenernos y tan a menudo maltratarnos, simplemente por la inercia de su propio ser, sin ensañamiento, sin ojeriza, sin enemistas imposible, porque somos organismos vivos sujetos a degradación cosntante. El autor, no obstante, es consciente del riesgo de esa «ocultación»: EL QUE SOLO VIVE SU VIDA, y no la cuenta, es como si no la viviera plenamente.
Por otro lado, la soledad deseante y deseada del autor, en la cual ha ido tejiendo, a la manera de los orfebres, una obra llena de sentidos diversos y complejos, no exentos siquiera de la contradicción, es la garante del aislado trabajo en el obrador, en el taller, donde, a solas, la palabra se aquilata hasta extraer de ella lo más parecido a una respuesta, a un desahogo, a una imprecación, a una perplejidad, y aun hasta a un consuelo. NO hay un método, porque cada texto es hijo de su instante, pero el autor mantiene, de forma permanente, sin decaer nunca, un espíritu crítico que le impide el mayor de los peligros cuando se reflexiona: la complacencia, la insignificancia, la banalidad: ESCRIBIR SIN EMOCION, «Es inútil escribir sin emoción», dictamina Cioran en sus Cuadernos. [...] Y, sin embargo, cuando nos sobrepasa la emoción, quién sabe cuánta ñoñería sobrenada nuestras palabras.
La esciomaquia se define como la lucha con un ser imaginario, y algo hay de esa pugna en estos textos, aunque ese ser imaginario tenga muchos nexos con el ser real, pero desconocido, que solemos ser nosotros para nosotros mismos. No se trata, claro está de una pugna a muerte, aunque a veces, en el más sombrío de los casos, pueda darse a entender, sino de un combate, bastante más frecuente de lo que estamos dispuestos a reconocer, con nosotros mismos, con nuestro enemigo interior: ¡CONÓCETE A TI MISMO! Además de ardua tarea, seguir el mandato oracular puede resultar comprometido. Sobre todo si, a fuerza de conocerse, acaba uno siendo enemigo de sí mismo. Con otras palabras lo die el autor, muy consciente de esas guerras internas que adoptan diversos trajes dialécticos: EL AMO Y EL ESCLAVO. Unas veces somos dueños de nosotros mismos y otras veces somos nuestro esclavo. En cada ocasión vivimos la realidad como si fuéramos dos seres distintos que se disputan un único ser.
Me parece lo fundamental
de esta obra la capacidad del autor para convencernos de postulados que hacemos
nuestros así que los leemos en su obra, porque participamos de la misma
condición humana a la que no son ajenos ciertos planteamientos, salvo en el grado
de intensidad con que se vivan. Para llegar a postular lo que sin duda podemos
entender como nítidas y palmarias percepciones de nuestra aventura existencial
el autor ha escrutado en los adentros de su propia experiencia con una
generosidad y una franqueza que hemos de agradecerle, porque se trata de
lugares comunes que nosotros solo descubrimos a partir de su singularidad: NUNCA
SABREMOS DE ANTEMANO adónde nos llevará la vida, ni el pensamiento ni nuestros
actos. […] El tedio de la vida, tan recurrente en los antiguos, nos sobrecoge
por momentos sin sospecharlo, nos sorprende a la vuelta de una esquina o en el
calvero de una selva de palabras. Y no olvidemos, porque el autor se
encarga de recordárnoslo enseguida, que las palabras nombran a las cosas, pero también
se nombran a sí mismas, y cuando caen víctimas del narcisismo, las palabras se
vuelven insidiosas, intratables, ruidosas hasta el agobio.
Sin embargo,
hay una deuda constante con la palabra y con las palabras de los otros que nos
han ayudado a ser quienes somos, para bien o para mal, para confianza o
desesperación: TANTOS LIBROS. Tantos libros leídos y tan menguados
rescoldos. El tiempo se desliza entre las palabras y avanza sin pausa. Tantas
horas dedicadas a leer, tanto tiempo usado en palabras ajenas; horas y horas
escrutando el devenir de singulares existencias, de pensamientos y fantasías
ajenas. […] No es posible vivir sin palabras. Sin palabras, sin
silencios. No es posible. No estamos, pues, ante un filósofo especulativo,
perdido en las abstracciones del pensamiento, sino ante una razón vital que
actúa dese la vida, desde lo cotidiano, desde las pasiones, desde el
sentimiento, desde una perspectiva que nos arraiga en el vivir , de igual modo
que la poesía, al decir de Gamoneda, podemos considerarla un hecho biológico.
Aun dentro del
tono sombrío que domina este volumen de título quevedesco, y a la par con el
conceptismo propio de su inspirador, el autor no puede renunciar a su bien
ganada fama de aforista —Lucidario (1997) y Segundo Lucidario
(2024)—, y son frecuentes los fragmentos que tienen esa condición, y aun hay
otros que, sin serlo propiamente, incluyen la paradoja como técnica creadora,
lo que los hace muy próximos al género:
LA SOLEDAD es el refugio ideal para los días tristes. Allí
nadie nos encuentra, ni nosotros mismos.
A VECES NUESTRA JAULA es tan grande que creemos vivir en
libertad.
EL SUICIDA hace un corte de mangas a la muerte, echa un
pulso al tiempo y se burla de la vida.
CUANDO PORFIAMOS con nosotros mismos, la razón está
siempre de nuestra parte.
La lucidez no
es un don, como sí lo es la poesía o la música, por eso no hay niños filósofos,
aunque sí los pueda haber legislativos, como el Jesús doceañista que disputaba
de tú a tú con los rabinos en el Templo de Jerusalén, según el evangelio de San
Lucas. Quiero decir con ello que un pensador se forja con el paso de los años y
se forma en el contacto constante con lo mejor del pensamiento, sea de donde
sea, de ahí que abunden en el libro las referencias a grandes cimas del
pensamiento como Sócrates, Montaigne o Pessoa, cuyo Libro del desasosiego
me consta que forma parte de los predilectos del autor, como los Ensayos de a
quien Quevedo llamaba Miguel de la Montaña. Que el autor haya traducido a los
moralistas franceses, con quienes editó el volumen Moralistas franceses (De La Rochefoucauld a
Joubert), a la venta como este que acabo de reseñar, en Amazon. Y con esto
quería acabar. Azar quiso que Luis y yo nos conociéramos a tan temprana edad
como los 16 años y a ambos se debe que hayamos sabido mantener nuestra amistad
hasta hoy, y solo por esa casualidad puedo yo hoy reconocer su obra como la de
un autor absolutamente marginal a los grandes centros de lo que se da en
denominar cultura y, por fortuna para sus lectores, muy por encima de lo que
esos centros son capaces de ofrecernos. Y no habla por mí la amistad, sino un espíritu
crítico tan académico como particular, y del que hay ejemplos para decir basta
en este Diario (y me remito, en
su caso, a la entrada https://diariodeunartistadesencajado.blogspot.com/2024/11/las-esquinas-del-dia-segundo-lucidario.html).
Cultura viva y apasionante es la de Molesta soledad viviendo, no el
simulacro de la misma que los media están acostumbrados a endilgarnos con un
derroche de propaganda digna, en efecto, de mejor causa. Avisados quedan mis
queridos intelectores.