miércoles, 2 de abril de 2025

«Molesta soledad viviendo», de Luis Valdesueiro o la anatomía de la lucidez.

 

Luis Valdesueiro (derecha) y Dimas Mas "in illo tempore".



Dietario del dolor o de cómo la consolación de la filosofía es el mejor camino, empedrado de sabiduría, que nos lleva a la ataraxia.

                Que Luis Valdesueiro haya decidido sacar a la luz la obra callada de tantos años es una noticia cultural de primera magnitud que no tiene ni tendrá reflejo en la capa superficial y anodina de la cultura que constituyen los media de este país con productos banales vendidos como obras de arte. Lleva su tiempo distinguir las voces de los ecos, como quería el poeta, y más aún discriminar y después rechazar las voces propagadas de los tenores huecos que nos vende el negocio de la cultura, que haylo, aunque al margen de la verdadera vida del espíritu que bulle en otros lugares que los llamémosles «oficiales», y que incluyen los que con ellos se conchaban para destruir el canon, antes que para construirlo, a juzgar por lo que se lee y se oye en ellos. No es ajena a la labor callada del autor lo que él señala en su libro como un gran obstáculo de nuestra época:

CADA VEZ RESULTA MÁS DIFÍCIL charlar amigablemente con uno mismo. Las interferencias aumentan por doquier. Y nos vemos condenados a vivir lejos de nosotros, ocultos a nuestro propio ser, mendigando una cercanía que nos es negada. Fulminados por un rayo, demediados, fantasmas en busca de su centro. Este libro es el resultado de la lucha por ese «centro» desde el que, en la relativa calma que nos dejan las adversidades cotidianas, escrutarnos por dentro, acaso re-conocernos y, siempre, descubrirnos, aunque nos espanten los hallazgos o nos golpeen las sorpresas.

          Escribir, ya lo dijo Fray Luis, es «negocio de particular juicio», y solo quien escribe para sí y es, como quería Lezama, el mejor crítico de sí mismo, como escribió, pensando en Valéry:  «Clásico es el escritor que lleva un crítico consigo y que lo asocia íntimamente a su trabajo», puede ofrecernos una obra que vale el gozo de leer con el asombro de la revelación, con la admiración por los descubrimientos conceptuales y retóricos que nos llega como una bendicción (sic) a lo más profundo del espíritu desasosegado, trayéndonos la cruda anatomía del dolor, sí, pero también la sanación de la serena voz en calma que no se arredra ante abismos que para otros se convertirían en una condena implacable.

           Plantar cara al desafío del dolor que nos desarma, que nos desgarra y que nos paraliza, poseídos por un profundo estupor ante las terribles metamorfosis de la adversidad, no es tarea que puede acometerse desde la inanidad, la banalidad o la ignorancia. Solo algunos son capaces de convertir en arte esos sentimientos ambiguos, capaces de ennoblecer y de envilecer, y de los que la mayoría queremos salir «por piernas», mientras que otros, como el autor de esta lúcida anatomía, les planta cara y texto para aviso de quienes corremos, sin darnos cuenta de que lo hacemos, como toos, hacia el mar que es el morir. Al autor no se le escapa, y figura casi como prefacio de su obra, la perepción que desafía al lugar comun: DOLOR. Lo admitamos o no, el dolor nos desiguala. Ello implica que resuenen en el texto, aun siendo sus fragmentos de caracter ensayístico, reflexivo, filosófico, o como cada cual tenga a bien bautizarlos, la propia vida del autor, una biografía delada de la que se nos entrega algo así como el efecto, no la causa, pero bien se intuye que no es necesario un relato de la naturaleza de los golpes con que la existencia tiene a bien entretenernos y tan a menudo maltratarnos, simplemente por la inercia de su propio ser, sin ensañamiento, sin ojeriza, sin enemistas imposible, porque somos organismos vivos sujetos a degradación cosntante. El autor, no obstante, es consciente del riesgo de esa «ocultación»: EL QUE SOLO VIVE SU VIDA, y no la cuenta, es como si no la viviera plenamente.

         Por otro lado, la soledad deseante y deseada del autor, en la cual ha ido tejiendo, a la manera de los orfebres, una obra llena de sentidos diversos y complejos, no exentos siquiera de la contradicción, es la garante del aislado trabajo en el obrador, en el taller, donde, a solas, la palabra se aquilata hasta extraer de ella lo  más parecido a una respuesta, a un desahogo, a una imprecación, a una perplejidad, y aun hasta a un consuelo. NO hay un método, porque cada texto es hijo de su instante, pero el autor mantiene, de forma permanente, sin decaer nunca, un espíritu crítico que le impide el mayor de los peligros cuando se reflexiona: la complacencia, la insignificancia, la banalidad: ESCRIBIR SIN EMOCION,  «Es inútil escribir sin emoción», dictamina Cioran en sus Cuadernos. [...] Y, sin embargo, cuando nos sobrepasa la emoción, quién sabe cuánta ñoñería sobrenada nuestras palabras.

                   La esciomaquia se define como la lucha con un ser imaginario, y algo hay de esa pugna en estos textos, aunque ese ser imaginario tenga muchos nexos con el ser real, pero desconocido, que solemos ser nosotros para nosotros mismos. No se trata, claro está de una pugna a muerte, aunque a veces, en el más sombrío de los casos, pueda darse a entender, sino de un combate, bastante más frecuente de lo que estamos dispuestos a reconocer, con nosotros mismos, con nuestro enemigo interior: ¡CONÓCETE A TI MISMO! Además de ardua tarea, seguir el mandato oracular puede resultar comprometido. Sobre todo si, a fuerza de conocerse, acaba uno siendo enemigo de sí mismo. Con otras palabras lo die el autor, muy consciente de esas guerras internas que adoptan diversos trajes dialécticos: EL AMO Y EL ESCLAVO. Unas veces somos dueños de nosotros mismos y otras veces somos nuestro esclavo. En cada ocasión vivimos la realidad como si fuéramos dos seres distintos que se disputan un único ser.

          Me parece lo fundamental de esta obra la capacidad del autor para convencernos de postulados que hacemos nuestros así que los leemos en su obra, porque participamos de la misma condición humana a la que no son ajenos ciertos planteamientos, salvo en el grado de intensidad con que se vivan. Para llegar a postular lo que sin duda podemos entender como nítidas y palmarias percepciones de nuestra aventura existencial el autor ha escrutado en los adentros de su propia experiencia con una generosidad y una franqueza que hemos de agradecerle, porque se trata de lugares comunes que nosotros solo descubrimos a partir de su singularidad: NUNCA SABREMOS DE ANTEMANO adónde nos llevará la vida, ni el pensamiento ni nuestros actos. […] El tedio de la vida, tan recurrente en los antiguos, nos sobrecoge por momentos sin sospecharlo, nos sorprende a la vuelta de una esquina o en el calvero de una selva de palabras. Y no olvidemos, porque el autor se encarga de recordárnoslo enseguida, que  las palabras nombran a las cosas, pero también se nombran a sí mismas, y cuando caen víctimas del narcisismo, las palabras se vuelven insidiosas, intratables, ruidosas hasta el agobio.

          Sin embargo, hay una deuda constante con la palabra y con las palabras de los otros que nos han ayudado a ser quienes somos, para bien o para mal, para confianza o desesperación: TANTOS LIBROS. Tantos libros leídos y tan menguados rescoldos. El tiempo se desliza entre las palabras y avanza sin pausa. Tantas horas dedicadas a leer, tanto tiempo usado en palabras ajenas; horas y horas escrutando el devenir de singulares existencias, de pensamientos y fantasías ajenas. […] No es posible vivir sin palabras. Sin palabras, sin silencios. No es posible. No estamos, pues, ante un filósofo especulativo, perdido en las abstracciones del pensamiento, sino ante una razón vital que actúa dese la vida, desde lo cotidiano, desde las pasiones, desde el sentimiento, desde una perspectiva que nos arraiga en el vivir , de igual modo que la poesía, al decir de Gamoneda, podemos considerarla un hecho biológico.

          Aun dentro del tono sombrío que domina este volumen de título quevedesco, y a la par con el conceptismo propio de su inspirador, el autor no puede renunciar a su bien ganada fama de aforista —Lucidario (1997) y Segundo Lucidario (2024)—, y son frecuentes los fragmentos que tienen esa condición, y aun hay otros que, sin serlo propiamente, incluyen la paradoja como técnica creadora, lo que los hace muy próximos al género:

LA SOLEDAD es el refugio ideal para los días tristes. Allí nadie nos encuentra, ni nosotros mismos.

A VECES NUESTRA JAULA es tan grande que creemos vivir en libertad.

EL SUICIDA hace un corte de mangas a la muerte, echa un pulso al tiempo y se burla de la vida.

CUANDO PORFIAMOS con nosotros mismos, la razón está siempre de nuestra parte.

          La lucidez no es un don, como sí lo es la poesía o la música, por eso no hay niños filósofos, aunque sí los pueda haber legislativos, como el Jesús doceañista que disputaba de tú a tú con los rabinos en el Templo de Jerusalén, según el evangelio de San Lucas. Quiero decir con ello que un pensador se forja con el paso de los años y se forma en el contacto constante con lo mejor del pensamiento, sea de donde sea, de ahí que abunden en el libro las referencias a grandes cimas del pensamiento como Sócrates, Montaigne o Pessoa, cuyo Libro del desasosiego me consta que forma parte de los predilectos del autor, como los Ensayos de a quien Quevedo llamaba Miguel de la Montaña. Que el autor haya traducido a los moralistas franceses, con quienes editó el volumen  Moralistas franceses (De La Rochefoucauld a Joubert), a la venta como este que acabo de reseñar, en Amazon. Y con esto quería acabar. Azar quiso que Luis y yo nos conociéramos a tan temprana edad como los 16 años y a ambos se debe que hayamos sabido mantener nuestra amistad hasta hoy, y solo por esa casualidad puedo yo hoy reconocer su obra como la de un autor absolutamente marginal a los grandes centros de lo que se da en denominar cultura y, por fortuna para sus lectores, muy por encima de lo que esos centros son capaces de ofrecernos. Y no habla por mí la amistad, sino un espíritu crítico tan académico como particular, y del que hay ejemplos para decir basta en este Diario  (y me remito, en su caso,  a la entrada https://diariodeunartistadesencajado.blogspot.com/2024/11/las-esquinas-del-dia-segundo-lucidario.html). Cultura viva y apasionante es la de Molesta soledad viviendo, no el simulacro de la misma que los media están acostumbrados a endilgarnos con un derroche de propaganda digna, en efecto, de mejor causa. Avisados quedan mis queridos intelectores.

 

 

sábado, 29 de marzo de 2025

«Memorables reflexiones socráticas y otros textos», de Johan Georg Hamann y «Escritos de Hamann», de G.W. Hegel, o el prestigio de la rareza y la excentricidad.


La razón encarnada frente a la razón abstracta: la lucha de Hamann contra Kant.

 

          El azar intelector me ha llevado al conocimiento de Johan Georg Hamann, un escritor alemán que pasa por ser el «campeón» del irracionalismo, debido a sus acerbas críticas a la Crítica de la razón pura, de Kant, de quien fue amigo en la ciudad de Königsberg y con quien mantuvo una curiosa relación, a pesar de sus encontronazos. Se trata de un dotado pensador, seguidor de la Ilustración en sus inicios, que sufrió una transformación religiosa en un  viaje a Londres en el que, tras ser asaltado y robado, permaneció casi un año en miserables condiciones y estudiando la Biblia, tras haber leído con anterioridad, en Alemania, a Hume en inglés. Su peculiar peripecia vital e intelectual hizo de él un caso tan particular en su tiempo que, admirado por Goethe, entre otros, Hegel le dedico dos escritos en los que creyó oportuno mezclar su biografía y su pensamiento, un caso insólito en la obra del paladín del idealismo, porque suponía un reconocimiento, en parte, de la indisolubilidad de la unión biológica, digámoslo así, entre las ideas y el sujeto que las defendía, algo que, forzosamente, había de repugnar a su bien establecido método filosófico.

          Nada mejor, pues, que trazar esa biografía de la mano de Hegel, a quien debemos buena parte de los datos que del autor se conocen. Cabe anticipar que Hamann es autor de cartas, opúsculos inverosímiles y ensayos breves como el que a mí me llamó la atención, este titulado Memorables reflexiones socráticas, de poco interés si comparado con la crítica que le hace a Kant, donde expone los fundamentos de un «holismo» que se anticipa casi dos siglos al de Jan Smut y de una concepción de la razón como «razón vital» que también se anticipa a la concepción de Ortega y Gasset.

La profesora Cinta Canterla, en un estudio dedicado a Hamann, nos deja clara la concesión de la razón que tiene Hamann: Hamann creía en la razón: una razón crítica, pragmática y comunicativa. la filosofía no es para él irracionalismo (aunque frente a cierto tipo de razón lo mejor sea rebelarse), pero tampoco erudición, escolástica o autoritarismo dogmático: es sabiduría basada en la creencia, pragmatismo. lo que significa en él: instinto, razón biológica, un instrumento de conocimiento vivo basado en el cuerpo, la comunicación y el intercambio —también el sexual—. Por ello la filosofía trascendental de Kant, con sus sucesivas purificaciones en el campo del conocimiento —al que separa del lenguaje, del cuerpo situado y de la tradición, consagrando la escisión solipsista entre el yo, la naturaleza y sus semejantes—, su radical demarcación del ámbito del saber del de la creencia moral, y su escisión entre el fenómeno y la cosa en sí reproducida después en las contraposiciones antinómicas dadas como irresolubles, le parecería la peor forma de nihilismo e irracionalismo: la negación de la vida, que era la verdadera, santa y justa razón, sustituida ahora por un nuevo aparataje conceptual. Pero paradójicamente, fue Hamann el que pasó a la historia de la filosofía como irracionalista.

Pero sigamos a Hegel, de quien se extrae una sucinta biografía que, sin dar explicación pormenorizada de la vida del «Mago del Norte» —luego explicaremos de dónde sale ese apodo—, nos permite calibrar la desordenada vida que no impidió a nuestro autor ser considerado un autor digno de ser leído, una voz digna de ser escuchada, a pesar de las reservas de  Mendelssohn, según recoge Hegel: «Todavía hay quien se sobrepone y atraviesa los sombríos recovecos de una cueva subterránea, si a la postre se pueden descubrir secretos sublimes e importantes: pero si el esfuerzo de desentrañar un escritor oscuro no permite esperar más recompensa que ocurrencias, entonces bien puede quedar el escritor sin ser leído».  El propio Hegel no tiene empacho en reconocer que, , en cierto modo, la estrafalaria vida de Hamann habían arruinado lo que prometía ser una obra muy interesante y que quedo en poco menos que esas «ocurrencias» de las que hablaba Mendelssohn: Su forma de vida insociable y extravagante, que era en parte apariencia, en parte falsa inteligencia, en parte consecuencia de su desasosiego interno, del que ha adolecido largo tiempo en su vida —una insatisfacción y una imposibilidad de aguantarse a sí mismo, un pretencioso querer convertirse a sí mismo en enigma— lo corrompieron y lo tornaron indecoroso. […] La energía de su inteligencia intelectual adopta simplemente la forma de un hambre salvaje de dispersión espiritual, sin cuajar en fin alguno.

 Esto es lo que destaca, a grandes rasgos, de su vida Hegel:

Hamann nació el 27de agosto de 1730 en Königsberg, Prusia; su padre era un cirujano barbero y, según parece, bien situado. [El padre de Cervantes, por cierto,  también era cirujano («zurujano» en la época), aunque «menor».] […] Siguiendo su viaje a Londres, perdió su dinero, víctima de la estafa de un inglés, al que había encontrado por la mañana de rodillas, mendigando, y al que por ello había tomado confianza. En Londres, donde Hamann llegó el 18 de abril de 1757 [Fue enviado por los Berens, familia de comerciantes para quienes trabajaba como educador], su primer paso fue el de buscar un charlatán de feria del que había oído que sabia sanar todas las deficiencias de lenguaje (ya arriba se ha mencionado dicha deficiencia, concretamente el tartamudeo). […] Lo vemos, después de un año vivido sin ocupación y sin meta alguna, alojado, desde el 8 de febrero de 1758, en la casa de un matrimonio honrado y pobre, donde, en tres meses, a lo sumo tuvo cuatro comidas adecuadas, y donde toda su alimentación consistía en gachas de agua [en realidad, con avena], y por el día un café. […] H. vivió, como ya se ha dicho, desde que abandonara en enero de 1759 la casa de los Berens, sin profesión ni determinación, en casa de su padre, y a expensas del mismo. También el único hermano de H., que había estado empleado en Riga como profesor de instituto, debió retornar a la casa paterna porque cayó en un estado de melancolía, que lo incapacitaba para su puesto, y que finalmente desembocó en una idiotez absoluta; todavía durante dieciocho años hubo H. de hacer frente a sus cuidados y a su tutela. […] En el año 1763 contrajo —con una campesina, que, según parece, no se distinguía por nada especial— lo que él llama a veces un «matrimonio de conciencia» [Se trata de una larga convivencia extramatrimonial], el cual fue muy frutífero en hijos, y que mantuvo a lo largo de su vida. […] [Sobre su segunda mujer, la campesina, nos dice que] «Su juventud floreciente, su salud de roble, su manifiesta inocencia, su candidez y lealtad, provocaron en mí un arrebato enfermizo que ni la religión ni la razón, ni el bienestar, tampoco la medicina, los ayunos, ni los nuevos viajes o las diversiones, podían dominar». […] En 1767 lo ayudó generosamente Herder, con motivo de un apuro económico, el cual lo habría forzado, de lo contrario, a vender su biblioteca. […] A comienzos de 1777 fue nombrado finalmente Director de Depósitos Aduaneros; su salario era el mismo, 300 táleros reales, pero se completaba con el derecho a una vivienda y un jardín gratis, así como una participación en los llamados Fooigeder, que superaba los 100 táleros reales. […] A finales de 1777 muere su hermano y, a pesar de la herencia que le cae en suerte, dado su inclinación a la compra de libros y las pérdidas por la venta de las cosas en las que había invertido su patrimonio, se encontró en una situación cada vez más apurada. […] El tiempo que tenía que estar en la oficina, de 7 a 12 por las mañanas, y de 2 a 6 por las tardes, lo pasaba básicamente leyendo. La lectura es completamente variada; sin planteamiento de un objetivo, todo al azar y sin orden, aquella tenía en su escritura un efecto perverso más bien que una influencia formativa. [Carta a Lavater en 1781:] «Desde hace tiempo solo disfruto de un escritor mientras tengo el libro en las manos; tan pronto como lo cierro, todo se confunde de nuevo en mi alma, como si mi memoria fuera un papel secante».

A mí, y no solo por su relativa pobreza, sino por su ardor religioso y su cristianismo socrático, fundado en el ejemplo moral de los hechos, no en la prédica, me ha traído a la memoria la figura de Léon Bloy, con quien Hamann, mediante un imaginativo salto diacrónico, hubiera hecho excelentes migas. Téngase presente que fue de los pocos contemporáneos de Kant que le desafió en su propio terreno, el de las idea, con argumentación tan contundente que Kant optó por refugiarse en un altivo silencio propio de quien está convencido de que hablaban en dos lenguas distintas; pero, para Hamann, es el idealismo kantiano el verdadero nihilismo, porque, habiendo escogido el terreno impoluto de la abstracción como territorio  propio de la razón, excluye de su ámbito el mundo, la naturaleza, de la que nosotros formamos inextricable parte. Hamann vio nítidamente la seria contradicción de la filosofía kantiana: «Nada hay en el entendimiento que no haya estado antes en nuestros sentidos, así como nada hay en todo nuestro cuerpo que no haya pasado antes por nuestro propio estómago o por el de nuestros padres. Los stamina [las fibras] y los menstrua [los nutrientes] de nuestra razón son, por eso en sentido estricto, revelaciones y tradiciones que asumimos como nuestras y que transformamos en humores y fuerzas de toda clase».

Tres son las objeciones fundamentales que plantea Hamann a la obra fundamental de Kant, piedra angular del edificio ilustrado: La primera consiste en hacer independiente la razón de lo transmitido, de la traición y de la fe en ella. La segunda se cifra en nada menos que su independencia de la experiencia y de su inducción cotidiana. La tercera afecta al lenguaje, el único órgano y el criterio primero y último de la razón, sin ninguna credencial aparte de la que recibe de la tradición y el uso. Desde este triplete, Hamann pone el énfasis en una inseparabilidad del cuerpo y el pensamiento que inaugura una línea de pensamiento que llegaría hasta Niezsche y, desde él, a nuestra modernidad: El instinto es la más inteligente de todas las especies de inteligencia descubiertas hasta ahora o Hay más razón en tu cuerpo que en la mejor de las sabidurías. Nada más contemporáneo, pues, que el rechazo a la abstracción deshumanizadora del idealismo que culminará en la obra casi ininteligible de Hegel, al decir de Adorno, ¡y recordemos que esa ininteligibilidad es la que se le achacaba a Hamann, por más que el propio Hegel tenga que reconocer que no la hay en lo que considera su obra capital, una cita que reproduzco íntegra porque en ella se contiene una descripción de ese cristianismo socrático al que me referí ut supra y que lo emparenta, a mi juicio, con Bloy:

La mayor convulsión se la ocasionó el famoso escrito de Mendelssohn Jerusalén o sobre el poder religioso y el judaísmo. El folleto de réplica de H., Gólgota y Scheblimini, es sin duda lo más significativo que ha escrito [La búsqueda de ese título en Google apenas da tres resultados…] una obra cuyo contenido bien habría merecido verse libre de toda bufonada. [En él se halla su definición del cristianismo:] «La no creencia en el sentido histórico más profundo de la palabra es el único pecado contra el espíritu de la verdadera religión, cuyo corazón está en el cielo, y cuyo cielo está en el corazón. No es en los servicios, sacrificios, votos que Dios exige de los hombres, donde reside el secreto de la bendición  divina en el cristianismo, sino más bien en las promesas, en los cumplimientos y en los autosacrificios, que Dios ha hecho y prestado a los mejores de los seres humanos; no en el más noble y grande mandamiento, que impone, sino en el Bien más sublime que ha regalado; no en las legislaciones y dotrinas morales, que solo conciernen a las opiniones y acciones humanas, sino en la ejecución de los hechos, obras e instituciones divinas para sanación del mundo entero. La dogmática y el derecho eclesiástico pertenecen a fin de cuentas a las instituciones educativas y administrativas públicas, y como tales están sujetas al arbitrio de la autoridad. Estas instituciones visibles, publicas, comunes, no son ni religión ni sabiduría, sino terrenas, humanas y demoniacas, en consonancia con la influencia de los cardenales latinos, o de los cicerones latinos, confesores poéticos o prosaicos curas ventrudos, y en consonancia con el cambiante sistema de equilibrio y dominio estatales o de la tolerancia y neutralidad armadas».

Volvamos un momento a la disensión de Hamann respecto de la obra de Kant, porque conviene tener presente el supremo valor que él le concedía a la indisolubilidad del pensamiento y los sentidos y al aspecto simbólico del lenguaje:

Pero si la sensibilidad y el entendimiento, como dos troncos del conocimiento humano, surgen de una misma raíz común de forma que todo objeto dado a la una es pensado por el otro, ¿con qué objetivo se efectúa una separación tan tajante, inoportuna y partidista de lo que ha unido la naturaleza? ¿No se agostarán y perecerán ambos troncos a través de una dicotomía y una escisión de su raíz común? ¿No se adecuaría mejor como imagen más fidedigna de nuestro conocimiento la de un único tronco con dos raíces, una que sale hacia arriba y se eleva por los aires y otra que se hunde hacia abajo en las entrañas de la tierra? La primera se presta a nuestra sensibilidad, mientras que la segunda es invisible y se tiene que pensar por medio de entendimiento, lo cual se aviene muy bien con la aprioridad de lo pensado y con la aposterioridad de lo dado o recibido, así como también con la tan apreciada inversión de la razón pura en lo que respecta a sus teorías. Pero lo que se da es más bien un alquímico árbol de Diana. [En oportuna nota del libro, todas ellas excelentes, se nos informa de que el «árbol de Diana» es una amalgama que surge de la solución de mercurio en nitrato de plata que genera estructuras arboriformes. Para los alquimistas la plata era un elemento representado por la diosa Diana, de ahí el nombre que recibe esta formación dendrítica.]

¿Es posible, se pregunta el idealismo por una parte, encontrar a partir de la mera intuición de una palabra el concepto de la misma? ¿Es posible a partir de la materia de la palabra «Vernunft», de sus siete letras y sus dos silabas; es posible, a partir de la forma que determina el orden de estas letras y de estas sílabas, descubrir algo del concepto de la palabra «razón»?

Y Hamann no tarda en concluir que el lenguaje es también el punto clave de la confusión de la razón consigo misma. Y enseguida nos lo explica en detalle: Los sonidos y las letras son, por tanto, puras formas a priori en las que no está presente nada de lo que es propio de la sensación o del concepto de un objeto. Son los verdaderos elementos estéticos de todo conocimiento y de toda razón humana. El lenguaje más antiguo es la música y este es, junto al ritmo palpable de los latidos el corazón y de la respiración perceptible en nuestras narices, el vivo modelo por el que se rige toda medición del tiempo y toda relación numérica. La escritura más antigua es la pintura y el dibujo. Estos se ocupan, desde hace el mismo tiempo, de la economía del espacio, de su limitación y definición a través de las figuras. Por eso, por la constante influencia omnímoda de los sentidos más nobles, la vista y el oído, estos conceptos de espacio y tiempo se han vuelto en todo el ámbito del entendimiento tan necesarios y universales como lo son la luz y el aire para los ojos, los oídos y la voz, hasta el punto de que espacio y tiempo, sin ser ideae innate [ideas innatas], parece al menos que son matrices de todo conocimiento intuitivo.

          Al parecer, Hamann fue, en su tiempo un auténtico polemista, como los muchos que generaría la Ilustración en el fértil siglo XVIII, un momento apasionante del desarrollo del pensamiento en Europa, y del que, a modo de respuesta airada, surgiría la emotividad desatada del Romanticismo y cierto culto a la irracionalidad, el misterio y lo inefable. En el caso de nuestro autor, estuvo muy presente la reacción religiosa de sometimiento a la fe y a la verdad revelada como muestra de humildad frente a la soberbia desmesurada de la Razón. Fueron ciertos círculos pietistas los que, tras un ensayo de Hamann sobre la Epifanía, bautizaron a Hamann como «el mago del Norte», concretamente Friedrich Karl von Mosser. A Hamann, que firmaba a menudo con seudónimos, algo muy propio de los libelistas ilustrados, le cayó en gracia el apodo y lo usó en algunos escritos.

          Cerremos esta árida reseña con la voz autorizada de quien conoce sobradamente a Hamann, la profesora Cinta Canterla: La nueva filosofía debía abandonar la erudición y el dogmatismo para pasar a ser, en su opinión, una filosofía dionisíaca que, adoptando una forma contracultural, liberase al hombre de la alienación, la enfermedad y la decadencia. De ahí que se enfadase tanto más tarde cuando Kant publicara su artículo ¿Qué es la Ilustración?, en el que la divisa hamaniana ilustrada («¡Sé fuerte y atrévete a saber!» Vale et sapere Aude!) quedaba amputada legitimando el sometimiento. Pues durante los años intermedios a esas dos fechas, 1756 y 1784, Hamann había dedicado sus esfuerzos, situándose en posiciones de un liberalismo radical, a mostrar las trampas de la emancipación lisiada que proponían muchos ilustrados, que justificaban el sometimiento apelando a un poder razonable que tutelase a aquellos colectivos humanos que, como las mujeres, los negros o los desprovistos de recursos, se considerasen inmersos aún en la animalidad. Y Kant se alineaba de nuevo en su escrito con los falsos tutores.

          He mentido, prefiero, con permiso de la eminente profesora Canterla, que sea el propio Hamann en uno de los fragmentos de las Memorables reflexiones socráticas quien confiese la identidad de propósito entre la obra del filósofo ateniense y su propio quehacer en la sociedad ilustrada de su época: En resumen, Sócrates tentó a sus conciudadanos a salir de los laberintos de los eruditos sofistas en pos de la verdad que yace en lo oculto y en pos de la secreta sabiduría para reconducirlos desde los altares de sus devotos sacerdotes medradores hasta el servicio del dios desconocido. Platón se lo dijo sin ambages a los atenienses: Sócrates les había sido dado por los dioses para hacerlos conscientes de sus locuras y para animarlos a perseguir la virtud. A quien no soporte que se cite a Sócrates entre los profetas deberá planteársele la cuestión de quién fue el padre de los profetas y de si Dios no se proclamó a sí mismo y se mostró como un Dios de los paganos.

lunes, 17 de marzo de 2025

«La vida de Esopo», una protonovela con generosa descendencia…

    
                                         


 El origen de las vidas ingeniosas, de los manuales de príncipes y de la picaresca.

 

          De aquellos lejanos tiempos de la universidad, cuando, en tercero de carrera, sumé a mi condición de lector compulsivo la de lector voraz de la bibliografía correspondiente, guardo aún el recuerdo de las referencias a La vida de Esopo como una de esas obras seminales de la literatura occidental a la que, bien por pereza, ¡teniendo tantas otras obras maestras pendientes!, casi como propiamente hoy…, medio siglo después; bien por no tenerla físicamente a mano (siempre he preferido, frente a las bibliotecas, la lectura en casa con libro propio, de segunda mano, donde meter el lápiz a mansalva), no me había acercado, hasta hoy, tras tropezarme con una edición de los saldos de la hiperexcelente editorial Gredos (cuya colección «Biblioteca clásica», lamentablemente desaparecida, tanto ha hecho por la cultura en este país) que no solo contiene la famosa Vida de Esopo, sino también sus fábulas y, como premio, la primera traducción al castellano de las fábulas de Babrio, autor al que acabo de conocer gracias a esta magnífica edición a cargo de Pedro Bádenas de la Peña y Javier López Facal, con un prologo del gran especialista clásico Carlos García Gual. [Pedro Bádenas acaba de publicar, en 2023, una nueva edición de la Vida de Esopo en la editorial Pepitas de calabaza.]

          La fabula parece un genero bien definido y propio de las primeras lecturas que hacen los niños, porque, a su manera, son algo así como un vademécum moral, ético, que inculca en los jóvenes lectores lecciones que conviene tener bien aprendidas para poder desenvolverse en la vida sabiendo como hacer frente a situaciones como sobre las que nos aleccionan las fábulas. Se trata, pues, de un género mixto que está a medio camino del apotegma, el proverbio, el refrán, la sentencia y la narración breve. O, como repasa García Gual en su estupenda introducción, y de acuerdo con los especialistas: Nøjgaard la define como un «relato ficticio de personajes mecánicamente alegóricos con una acción moral que evaluar», si bien nos recuerda que, en la
Antigüedad, Aristóteles no considera la fábula como un género de ficción independiente, sino como uno de los numerosos medios de orador para provocar la persuasión (
pístis), es decir, como figura retórica. […] Aristóteles considera la fábula como una especie de ejemplo (paradéigma) empleado por los oradores, y señala dos rasgos de la misma: que es una narración ficticia y alegórica.

          La ficción fundamental de las fábulas consiste en la elección de los animales como personajes de las mismas, con uso de la razón y de la palabra, al modo de los humanos. Y se repite en varias fábulas, aunque nosotros nos remitiremos al prólogo que Babrio pone a las suyas: En la edad de oro también los otros animales tenían voz articulada y conocían las palabras con las que nosotros hablamos unos con otros, y celebraban asambleas en medio de los bosques, y a la justificación de Esopo ante los samios: Hubo un tiempo en que los animales hablaban el mismo lenguaje que los hombres, para justificar el uso de la fábula como herramienta privilegiada de su argumentación. Es de suma importancia recordar que si los animales son trasunto de las personas, estos han de tener un carácter que se ajuste a ellas. ¿De dónde salen esos caracteres puestos a prueba en los conflictos de las fabulas? Pues de Teofrasto —el apodo que le puso Aristóteles, pues él se llamaba Tirtamo—, sin duda, autor de un libro tan leído como comentado: Los caracteres. Como concluye García Gual: Es probable que las moralejas con referencias a determinados tipos de personas de tal o cual carácter estén influidas por los epimitios moralizados de la colección de Demetrio de Falero, discípulo de Teofrasto. Recordemos que epimitio es la moralización final, opuesta a la promitio que es la moralización inicial. Ambas palabras griegas pueden ponerse en relación, en efecto, con el mito de Prometeo y de su hermano Epimeteo, uno, por simplificar, mira hacia el futuro y el otro hacia el pasado.

          La vida de Esopo [ La primera traducción en castellano muy difundida en España es la famosa Vida del Ysopet con sus fábulas hystoriadas, impresa en Zaragoza por el alemán Hans Hurus en 1489] es propiamente una novela ejemplar en la que un personaje que carece del más mínimo encanto y que además es mudo, acabará, por su bondad, transformándose y cambiando, además las vidas de sus amos, puesto que Esopo es un esclavo, pero, por obra de su gentileza para con una sirvienta de Isis, se convertirá en el más afortunado de los hombres, en un paradigma del ingenio y la habilidad para resolver cualquier situación social conflictiva en la que se halle. El Esopo real vivió en la segunda mitad del siglo VI a.C., pero quien populariza sus fábulas en Grecia es Demetrio de Falero en el siglo IV a.C. Y esas fábulas de Esopo se divulgan en Europa a partir del siglo XV, gracias a las ediciones del monje griego Máximo Planudes. Veamos cómo se nos presenta al personaje protagonista en la propia novela biográfica: El utilísimo Esopo, el fabulista, por culpa del destino era esclavo, por su linaje, frigio, de Frigia; de imagen desagradable, inútil para el trabajo, tripudo, cabezón, chato, tartaja, negro, canijo, zancajoso, bracicorto, bizco, bigotudo, una ruina manifiesta. […] Era desdentado y no podía articular. Estamos en presencia, pues, casi del mito de la bella y la bestia, aunque aquí la bella es la vida libre, y la bestia una encarnación de la degradación humana, del esclavo miserable que ni para el trabajo sirve. Es importante esta caracterización de Esopo, porque, en términos modernos, representa al extraño, al forastero, al «otro», la alteridad que rompe la homogeneidad del grupo social en el que se inserta como forzada herramienta de trabajo de quien el amo correspondiente puede disponer como le plazca. En la memoria, claro esta, bulle inquieta la figura del Lázaro de mil amos que leeremos en la obra que marca el comienzo de la modernidad novelística en Europa: La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades. Al cruel retrato de Esopo le sigue la intervención de la diosa Isis que va a cambiar su destino: —Miradlo, hijas, a este hombre, deforme de figura, pero capaz de vencer toda burla con su piedad. Este, en una ocasión, mostró el camino a una diaconisa mía que anda extraviada. Aquí estoy con todas vosotras para recompensar a este hombre. Así, yo le restituyo la voz y vosotras a la voz añadid la gracia del discurso excelente. Tras decir esto y quitarle la aspereza de su lengua, la misma Isis le agració con la voz y persuadió además a las Musas para que cada una de ellas le agraciara con algo de sus propios dones. Estas le otorgaron a inventiva de los razonamientos y la facultad de crear y construir en griego. Una vez que la diosa expresó su deseo de que llegara a ser famoso se retiró. A mí me llama la atención ese extremo de la narración formulado por Isis: su deseo de que llegara a ser famoso. Me parece un punto de atrevimiento retórico tan original casi como la segunda parte del Quijote. Tengamos presente que en ella don Quijote es consciente de su fama y de que anda en boca de todo el mundo, y de ahí la complejidad de su aventura y su final definitivo, un prodigio retórico, en su conjunto, que aún nos sigue admirando y al que volvemos los ojos críticos en busca de la interpretación definitiva. Está claro, pues, que el anónimo redactor de la La vida de Esopo, quien acaso era consciente de que su personaje real formaba ya parte de la leyenda, y de ahí la perspectiva de estar escribiendo ficción sobre una base real, aspiraba a que la vida y obra de a quien se consideraba el inventor de la fábula alcanzara el lugar de preeminencia que merecía en la historia de la literatura y de la propia Grecia. Hoy sabemos, sin embargo, que la fábula, como género, no es invención de Esopo, y que, antes de él, hay ya muestras de fábulas en Herodoto, por ejemplo, y también en la tradición mesopotámica, que tanto influye en Babrio, compilador y adaptador en verso de la obra de Esopo, quien manifiesta ese otro origen  de la fábula, como él mismo reconoce en el prólogo a la segunda parte de sus fábulas: La fábula, hijo del rey Alejandro, es un invento de los antiguos sirios. […] Dicen que el primero que contó fábulas a los hijos de los griegos fie Esopo, el sabio, y que Cibises se las contó a los libios. Yo por mi parte las presento con una nueva forma poética, embridando con brida de oro el yambo de la fábula, como si fuera un caballo guerrero. En pertinente nota de excelente editor, López Facal nos aclara esa referencia yámbica del texto de Babrio: «El yambo estaba asociado a los versos ‘amargos’ de Arquíloco o Hiponacte, los primeros poetas que lo utilizaron en sus sátiras personales». Los estudiosos reconocen, para fortalecer el vínculo mesopotámico de la fábula, que en la redacción de la vida de Esopo ha tenido una importancia decisiva la influencia de un texto propio de aquella tradición, la denominada Vida de Ahikar, quien fue consejero de Senaquerib, rey de Asiria; un texto que el autor de La vida de Esopo, como nos dice el editor: resumió y adaptó, helenizando algunos factores para asimilarla a las andanzas de Esopo. La Vida de Ahikar se inscribe, por su contenido en el mundo de las obras didácticas relacionadas con una tradición como la de la educación de principues que tendrá un gran desarrollo en la tradición europea a partir e la Edad Media, y que enlaza con los apólogos, fábulas y sentencias de libros orientales como el Panchatantra, modelo de obra como nuestro Calila e Digna o El conde Lucanor.

          Esopo es vendido por su poseedor a un filosofo, Janto, quien lo compra tras admirar su facundia, y guiado por la intuición, como filósofo, de que puede tener felices diálogos con  ese esclavo con tanto desparpajo. Dos muestras de este:

—Muy charlatán eres.

—Los gorrioncitos cotorros se venden caros —respondió Esopo.

Poco después, ya adquirido por Janto, una esclava que lo ve tan horroroso, decide burlarse de él:

—¿Dónde tienes el rabo? —preguntó la moza.

Esopo miró a la esclava y comprendió que se había burlado de él como si fuera un mono. Dijo entonces:

—No tengo el rabo detrás, como tú sospechas, sino delante.

          Como la novela es básicamente un texto dialogado, con poquísima narración, los futuros intelectores de esta amenísima obra no me perdonarían que yo fuera desgranándosela. Básteles saber que el rasgo distintivo de Esopo es el ingenio, la capacidad sofística de no ser vencido en discusión alguna, y menos aún por su año, Janto, razón por lo que acaba accediendo a liberarlo, para que este se convierta en «consejero» de Licurgo, rey de Babilonia. Voy a referirme exclusivamente a uno de los más brillantes episodios de la novela, cuando su amo le pide a Esopo que vaya a comprar lo mejor que encuentre en el mercado y lo sirva en el banquete que Janto ofrece a sus amigos. Esopo les sirve lengua, plato tras plato, todos eleaorados de diferente manera, pero con la lengua como único ingrediente principal. Cuando es recriminado por su amo, Esopo se justifica: Me dijiste: «si hay algo bueno en la vida, muy dulce e importante, cómpralo». ¿Qué hay más útil o importante en la vida que la lengua? Aprende que por medio de la lengua se ha organizado todo saber y cultura. Sin la lengua no hay nada, nada se puede dar, ni tomar, ni comprar. Por la lengua se enderezan los Estados, se precisan los decretos y las leyes. Así que, si por medio de la lengua está toda la vida organizada, nada hay más poderoso que la lengua. Tiempo después, repite el convite, pero su amo, Janto, le pide que compre lo peor que encuentre en el mercado, o que esté a punto de corromperse, incluso. Reunidos los amigos, Esopo vuelve a servirles lengua, en un calco del primer banquete. —¿Qué es esto otra vez, desgraciado? —dijo Janto—. ¿Por qué has comprado esto? ¿No te dije: «vete al mercado y lo que peor encuentres, lo que esté podrido, cómpralo»? Y Esopo se justifica: —¿Qué mal no hay que no venga por culpa de la lengua? Por la lengua hay odios, por la lengua hay insidias, engaños, peleas, celos, discordias, guerras. Así que nada hay peor que la maldita lengua.

          La novela continúa por esos derroteros hasta que llega al final, cuando Esopo viaja a Delfos y, tras un encontronazo con los sacerdotes de la ciudad sagrada, sede del famoso oráculo, es acusado, mediante una artimaña incriminatoria por parte de los sacerdotes, de robar una copa sagrada y es condenado a convertirse en lo que los griegos llaman fármaco, esto es, un chivo expiatorio, que ha de pagar con su vida. En este caso, Esopo no llega a ser arrojado desde lo alto de un precipicio, sino que después de maldecir a los sacerdotes y a la ciudad, es él quien se lanza al vacío. Es interesante conocer, como nos dicen en el prólogo a la Vida… esta tradición griega de la que se oye hablar poco: No se olvide que la tradición siempre hace a Esopo bárbaro y más concretamente minorasiático, y una transposición popular de un elemento mítico como es el fármaco, identificado con el personaje que se mataba en Delfos. Este tema del fármaco, típicamente griego, encaja plenamente con Esopo, ya que se trata de la expiación de la muerte injusta de alguien. Aquí, el motivo o pretexto para dar muerte a Esopo es el robo de una copa del templo de Apolo. En realidad, la muerte del fármaco reasume el tema universal, sobre todo en oriente, de a desaparición temporal de las divinidades agrarias, que una vez a año mueren para volver a vivir. Recuérdese a Osiris en Egipto, Telepinu entre los hititas o Dionisio y Perséfone en Grecia.

          Parte de la novela son las fábulas que, un poco ortopédicamente, desde el punto de vista de la narración, le sirven a Esopo para dejar clara su postura ante ciertas exigencias discursivas. Veamos un ejemplo: —No daré mi opinión. Os lo diré con una fábula. Por encargo de Zeus una vez señaló Prometeo a los hombres dos caminos: uno, el de la libertad, y otro, el de la esclavitud. Y el camino de la libertad lo hizo en sus comienzos escarpado, de difícil salida, abrupto y seco, lleno de obstáculos, todo él peligrosísimo, pero al final tenía una llanura lisa, con paseos, lena de frutos en el bosque, con agua, para que se llegara al descanso de las fatigas con el final. En cambio, el camino de la esclavitud lo hizo al principio liso, cubierto de flores, con una perspectiva agradable y mucha suavidad, pero su final era de difícil salida todo seco y escarpado. Pero en el desarrollo de la misma hay, también, un episodio en el que se recoge la influencia oriental que pesa sobre la novela. Me refiero a los consejos que le da al hombre que Licurso pone a su disposición como ayudante, un auténtico manual de vida que recoge la intención formativa, educadora, que vemos en lo que luego se convertirá, en el Renacimiento europeo, en los clásicos manuales para la educación de los príncipes, un discurso que, tantísimos siglos después, mantiene en buena parte su vigencia:

—Atiende a mis palabras, Lino, hijo mío, con las que antes fuiste educado y me las devolviste con desagradecimiento. Guárdalas ahora, pues, como un tesoro que se te confía. Respeta, primero, a la divinidad, como es debido. Honra al rey, porque su poder goza de igual rango. Honra a tu maestro de la misma manera que a tus padres, porque, por naturaleza, hay que tratarlos bien y hay que devolver el doble de agradecimiento a quien ha amado por adelantado. Toma el necesario alimento cotidiano, todo cuanto puedas, para que al día siguiente estés más activo y así estés sano. Si oyes algo en el palacio real, que muera dentro de ti, para que no seas tú el que muera enseguida. Mantén fidelidad a tu mujer para que no sienta el deseo de probar la experiencia de otro hombre; porque este linaje de las mujeres es liviano y cuando se ve poco adulado, piensa en hacer lo que no debe. No discursees bebido haciendo gala de tu educación, porque al caer inoportunamente en sofismas quedarás en ridículo. Ábrete camino con lo más agudo de tu lengua. No tengas celos de los que obran bien, al revés, congratúlate con ellos y participarás con ellos de su bien obrar, porque quien es envidioso, sin darse cuenta, se perjudica a sí mismo. Cuídate de tus esclavos, hazlos partícipes de lo que tienes para que no solo te respeten como a su señor, sino para que te honren como a su bienhechor. Domina tu ánimo. Si aprendes algo fuera de lugar, no te avergüences, pues es mejor que te llamen pedante que inculto. Guárdate de tu mujer y no le des a conocer nada que no deba ser, porque al ser una especie hostil para la convivencia, sentada todo el día prepara sus armas, maquinando cómo adueñarse de ti. Examina tu vida diaria con vistas a recoger lo provechoso y a atesorarlo para mañana, pues es mejor legarlo a los enemigos que, vivo, estar falto de amigos. Sé afable y sociable con los que te encuentres, porque debes saber que el rabo procura pan al perro y la boca, palos. Enorgullécete con la mesura, no con el dinero, porque a este el tiempo se lo lleva y, la otra, permanece inalterable. Al hombre maledicente y que calumnia aunque sea tu hermano, después de probado, recházalo a tiempo, porque esto no lo hace por ser benévolo, sino que aplicará tus palabras y tus hechos contra otros. No te alegres con una fortuna grande, ni te entristezcas con una pequeña.

Por no alargarme más, porque el objetivo de esta reseña es La vida de Esopo, quisiera añadir tres fábulas, dos del propio Esopo y una de Babrio, quien merecería, sin lugar a dudas una entrada propia. En todo caso, sépase que nunca está de más, en honor a la niñez propia, volver a las fábulas de Esopo que tan feliz descendencia tuvieron en los grandes autores que las tradujeron o las parafrasearon o las imitaron:

La vieja y el médico.

Un anciana, que estaba enferma de la vista, llamó a un médico con la promesa de pagarle si la curaba, pero no hacerlo en caso de que no fuera así. El médico, pues, empezó el tratamiento. Cada día visitaba a la anciana y le ponía un ungüento en los ojos, y, mientras ella no podía ver a causa del ungüento, él le robaba alguno de los enseres de la casa. La anciana notaba que sus pertenencias disminuían hasta el punto de que, cuando al final del tratamiento estuvo curada, no le quedaba nada. El médico, entonces, exigió el pago prometido porque la anciana pudiera ver bien y llamó a testigos del trato, pero ella le replicó: —Ahora no puedo ver nada, puesto que, incluso cuando mis ojos estaban enfermos, veía muchas de mis cosas en casa, y ahora, en cambio, cuando dices que puedo ver, no veo ninguna en absoluto.

La fábula enseña cómo los malvados se olvidan de que sus actos sirven de prueba contra ellos mismos.

El lobo médico.

 Un burro que estaba pastando en un prado, cuando vio que un lobo venía hacia él, se hizo el cojo. El lobo se le acercó y le preguntó por qué cojeaba. Dijo que al saltar una valla había pisado una espina y le aconsejó que, primero, le quitara la espina, así luego se lo podría comer sin atravesarse al masticar. El lobo se dejó convencer y mientras tenía levantada la pata del burro y puesta toda su atención en la pezuña, el burro le sacudió una coz en la boca, quitándole los dientes. El lobo, que quedó muy maltrecho, dijo: «Me está bien empleado. ¿Por qué cuando mi padre me ha enseñado el oficio de carnicero he tenido que meterme a aprender el de médico?».

 Así, también las personas que se ponen a hacer lo que no les compete se buscan naturalmente la desgracia.

El labrador y las grullas.

Unas grullas escarbaban en la finca de un labrador recién sembrada de pan de trigo. Este durante mucho tiempo las echaba blandiendo una honda vacía que les producía mucho miedo, pero cuando se acostumbraron a sus disparos de aire dejaron de preocuparse y a partir de entones dejaron de huir. Entonces aquel ya no actuaba como antes, sino que disparaba piedras y les daba a más de una. Y ellas, al dejar el sembrado, se gritaban unas a otras: «Huyamos al país de los pigmeos. Este hombre paree que ya no piensa en asustarnos, sino que empieza a hacer algo».

 

         

jueves, 27 de febrero de 2025

«Españoles de tres mundos», de Juan Ramón Jiménez, caricaturista.

 



La diversión  (etimológica) del ensimismado o JRJ y sus contemporáneos, vivos y muertos.

 

          Juan Ramón Jiménez (jamás Mantecón…)es uno de los escritores más singulares de nuestra historia literaria, un caso de ensimismamiento artístico que solo una persona en el mundo, la inteligente, dulce, hermosa y fuerte Zenobia Camprubí, supo soportar durante toda su vida, en parte vivida voluntariamente en función de la de su marido. Siempre he pensado en la clamorosa injusticia de aquel brevísimo poema, un solo verso, dedicado a Zenobia, como todo el libro en el que se halla: Diario de un poeta recién casado, posteriormente, Diario de poeta y mar: ¡Cuánto me cuesta llegar contigo a mí!, pero siempre llevo en mis ojos la imagen del poeta solitario y desvalido, próximo a su propia muerte, sentado en una silla ante la tumba de su mujer.

          Es célebre en la República de las Letras el carácter maledicente de JRJ y su mucha exigencia crítica, en justa correspondencia con lo que a él mismo se exigía, una labor de poda y reordenación en la que vivió desde su juventud hasta su muerte: la obra inacabable, la obra en progreso constante, siempre provisiona, aunque su propia rigor le llevara a defender que en lo provisional se había de tener la misma perspectiva que si fuera lo definitivo. Recordemos que JRJ era el poeta que había secuestrado a la Poesía, con la que vivía como celoso enamorado. Su vena lírica, tan impetuosa, nutrió también su prosa, y, quienes me hayan leído en este Diario, acaso recuerden lo que dije de su Platero y yo: De igual modo que leí Platero y yo a los 50 años, y concluí que esa era la edad adecuada para acercarse a él, sin poder entender, desde ningún punto de vista razonable que tal obra de JRJ esté catalogada como «lectura infantil»… Esta obra que hoy ofrezco a la consideración de los pacientes intelectores de este Diario no puede ser malinterpretada, porque se trata de una obra para lectores adultos interesados en la imagen que tenía JRJ de una pléyade de autores, vivos y muertos, artistas o gente relativamente común, sobre cuyas «caricaturas» aplica el poeta una lírica muy cercana a los mimbres de su poesía, si bien se permite una malévola proximidad al menosprecio, el sarcasmo e incluso el insulto que salpimenta sus retratos con gracia y excelente «ojo clínico».

          El retrato es técnica literaria de sólida tradición, y formaba parte de las exigencias de la vieja Retorica. El retratista había de dominar los dos elementos que componen el retrato: la etopeya o descripción moral, y la prosopografía o descripción física. Juan Ramón domina ambos procedimientos, si bien se empeña en no hablar de retratos, sino de «caricaturas», como tiene a bien explicar en el prólogo, donde, tras explicarnos la peripecia del título, entre los que ni siquiera está este que ha sido adoptado como definitivo, Españoles de tres mundos: Su título general fue primero Retratos y caricaturas de españoles variados, luego Héroes españoles varios, después Españoles, nos informa del método seguido para componerlo:  Al principio pensé separar las siluetas en retratos y caricaturas, retratos de los entes más formales y caricatura de los más pintorescos, pero pronto comprendí que la división era innecesaria y que todos los retratos podían ser caricaturas. Y así ha quedado, pero cabe añadir que JRJ hubo de salir precipitadamente de Madrid, porque fue detenido e intimidado por unos milicianos del Frente Popular, y Azaña decidió otorgarle un pasaporte diplomático y asignarlo como agregado cultural en la embajada de España en Washington hacia donde salió, junto con Zenobia, desde  Cherburgo en el buque Aquitania. Su casa fue asaltada y perdió buena parte de sus papeles, y, por lo que hace a este libro, nos dice: He reunido estas caricaturas, de copias diversas que conservaban algunos amigos mías; no he podido comparar ninguna de ellas con mis originales; es posible, por lo tanto, que haya variantes, ya que yo vario siempre mi letra cuando publico de nuevo cualquier página mía.

          El mero índice de cómo se han agrupado los personajes caricaturizados, ¡tan valleinclanesco!, nos ofrece una clara idea de la diabólica imaginación retratista de JRJ: Muertos transparentes; Rudos y entrefinos del 98 y demás; Internacionales y solitarios; Entes de antro y dianche; Estetas del limbo… La edición canónica de este libro es, sin embargo, la del crítico Ricardo Gullón, quien ha añadido no pocos documentos que acercan el libro a lo que acaso hubiera tenido en mente JRJ, como el propio autorretrato del autor, titulado: El andaluz universal. Autorretrato (para uso de reptiles de varia categoría.), en el que puede leerse: He conseguido, en cambio, cuanto me he propuesto, menos oro mercantil, y que ésa es mi única desgracia, porque, ¡lo que haría yo con dinerito! […] Mi vida y mi obra son una rueda de fuego constante de arrepentimientos; pero mi estética y mi ética, mi locura y mi cordura, mi calma y mi guerra tienen siempre una meta suficiente, que me consuela de todo: la mujer desnuda. […] Con mi vida y con mi pluma hago lo que me da la gana. […] Nunca he sentido, sin embargo, deseos de ser otro que yo. Las dos normalidades que más me gustan son: quedarme en mi casa con mi mujer y mi obra y viajar con mi mujer y conmigo. […] Perdón. De niño, mi madre, bellísima, buenísima, perfecta, me reñía cariñosamente con pintorescos nombres, exactos como todas las palabras de ella, gráfica maravillosa, que son las de mi léxico: «Impertinente, Exijentito, Juanito el Preguntón, el Caprichoso, el Inventor, Antojado, Cansadito, Tentón. Loco, Fastidiosito, mareón, Exajerado, Majaderito, Pesadito y… «Príncipe». Y perdóneseme que empiece por el final que, en el fondo, es el mejor principio posible, porque la sinceridad del autorretrato permite enjuiciar con absoluta ecuanimidad las caricaturas que JRJ hace de tantísima gente, amigos y «enemigos», porque conviene recordar que las jóvenes generaciones no siempre ni mayoritariamente lo aceptaron como el poeta español de referencia, e incluso circularon no pocas crueldades contra él. Que viviera un tiempo en la famosa Residencia de Estudiantes, lo acercó, sin embargo, a los nuevos poetas y, como tenía como máxima a la hora de escribir sus retratos, según lo dice en el prólogo, de lo que se trataba era de exaltar a los jóvenes, exigir y castigar a los maduros, tolerar a los viejos.    

          Aunque la selección de fragmentos de esta obra merecería ser expuesta en su totalidad, por la gracia y hermosura de la prosa juanramoniana, voy a picotear al azar entre lo que para mí me he transcrito, de modo que pueda servir de aliciente a los intelectores de estas líneas y, como siempre pretendo, se acerquen a libro de tan amena lectura como este, un complemento ideal de la lectura de su obra poética, y una faceta, la del interés por los demás, no insólita en persona tan profundamente ensimismada como fue Juan Ramón Jiménez, pero sí curiosa. Y sí, quienes vayan buscando algo del vitriolo famoso de sus comentarios, aquí y allá hallará algunas gotas corrosivas que provocarán la sonrisa, la admiración o el enojo, según los gustos literarios y artísticos de cada intelector. El libro también es interesante desde el punto de vista sociológico, no solo desde el psicológico o el artístico, porque de la lectura del mismo se extrae una particular visión de la España convulsa que le tocó vivir, y aunque en algunos retratos, sobre todo de mujeres, hay un cierto eco de los álbumes decimonónicos [como en el retrato de Margarita de Pedroso: ¿Y qué es lo deseado para esta Margarita? ¿Qué ve o qué quiere ver con sus ojos claros, de grises y oros claros, en el oro y el gris de la vida exterior?, de quien el poeta estuvo enamorado. Margarita fue todo un personaje en la cultura de los años 30, aunque inclinada al lado «falangista». De muy intensa su biografía, fue promotora de la recuperación de la villa histórica de Brihuega], en otras caricaturas JRJ le toma el pulso a la España del cincel, que cantó Machado, y destaca los sólidos valores del emprendimiento intelectual en pro del amejoramiento del país. Respecto de los muertos y de autores a los que no llegó a conocer, como José Martí, JRJ se apoya en ellos para extraer una lección estética que los acerca a su propia obra.

          Comencemos por el gran referente poético del autor: Rubén Darío:  ¡Tanto Rubén Darío en mí, tan vivo siempre, tan igual y tan distinto; siempre tan nuevo! […] Su palabra favorita, «archipiélago». Cuando se la decía hacia dentro, parecía que se la estaba engullendo como una docena de ostras, con gula de jigante marino enamorado. Y prestemos atención a un requisito pictórico que nos habla de la poética del autor, a propósito de José Martí: Yo quiero siempre los fondos de hombre o cosa. El fondo me trae la cosa o el hombre en su ser y estar verdaderos. Si no tengo el fondo, hago el hombre trasparente, la cosa trasparente. Y de ahí el que muchas de las caricaturas se hagan del retratado en acción, atareado en su mester, porque para JRJ el trabajo es una razón de ser, como advertimos en la caricatura de la mujer de Cossío (Tiene mucho Cossío de tierno vejetal y de rico mineral. Pocos hombres me han parecido tan paisaje), Carmen López Viqueira: Con su imajinacion morena y fosfórica y su ardiente hablar pintoresco, gracioso, de mora céltica del norte, ilumina, esculpe, ríe, talla, mima, suscita personas, cosas.

          Continuemos con una suerte de «hermano mayor», Antonio Machado, hermano en el simbolismo poético:  Siempre, cuando se va Antonio Machado, me lo represento alzada la carta del azar, pensando distraído (perpetuo marinero en tierra eterna) en el hermano viajero del ultramar hispano, héroe confuso y constante de su Del camino, ese librito secreto de los callejones y trasmuros del triste, sofocado horizonte. [Del Camino fue una antología de jóvenes poetas, en la que figuraron Machado, Azorín, Villaespesa, etc.] y aprovechemos la semblanza del dandi José Asunción Silva, joven suicida al estilo de Larra, pero no por amor (la leyenda en torno a su muerte habla de la postrera lectura de El triunfo de la muerte de D’Annunzio) para ver a JRJ tocar un tema al que fue muy sensible, el dandismo: Mal está siempre el dandismo, sobre todo el dandismo esteriorizado, en cuanto es representación inútil, teatralidad fuera de tiempo y espacio, estravagancia en la vida cotidiana. Todavía puede comprenderse, no aguantarse el dandismo auténtico y posible, es decir, cuando el dandi puede serlo plenamente, cuando no es un cursi. He oído en mi Andalucía que, entre los moros, los Cursis eran los príncipes segundones que no heredaban nombre ni bienes, los quiero y no puedo de la aristocracia convenida. El dandismo de quiero y no puedo, de imitación poblana, me parece nauseabundo. Pase, quizá en una primera juventud inconsciente, ya que la juventud suele vivir de fuera; ya mayorcitos, no. Existen muchas clases de dandismo, muchos tipos a lo tipo más o menos. Petronio, más o menos Brummell [Para conocer a Brummell, véase la entretenida película: «Beau Brummell», de Curtis Bernhardt], Wilde, D’Annunzio, Remy de Gourmont, Cocteau, Gómez de la Serna, Dalí, etcétera. Disfrazarse de ente a lo protoente X es monería, cursilería de imitación, digo, cursilería segunda. Nada más cursi que figurar en persona a Mozart, Goya, Chateaubriand, Goethe, ser cómico para uno mismo, Lo natural, lo sincero nunca es cursi, cursi es lo refigurado; no es cursi el «sentimiento» juvenil, podrá ser injenuo, inocente, simple si se quiere. Bécquer no fue cursi porque no fue snob, dandi; Silva si por su parodia ligera de París, hasta por la manera de matarse ante los demás. Esta mitad del dandismo reflejo no es siquiera sentimentalismo; el sentimentalismo es afección, generosidad; es para y por los demás, un niño muerto, la madre lejana, una hermana desgraciada; o para el propio sufrimiento, soledad, enfermedad, etc.; entrega, sí, pero no cursilería. Es la caridad de San Pablo, noble negación. Por eso no es cursi ni podrá serlo nunca el maravilloso nocturno de José Asunción Silva.

          Escojamos ahora dos manifestaciones sociales alejadas de su dedicación artística: la pintura  y la política. JRJ amaba la pintura, y fue un admirador incondicional de  Benjamín Palencia, de cuya pasión creadora se siente tan próximo:  Está nuestro pintor manchego (un niño también casi) hundido todo él, como en un soleado mar hermoso, en la profunda virtud primera del artista: la sensualidad; ese hacer lo que a uno le gusta, lo que a uno le da la gana, que es lo que hacen, hasta llorar, patear y pegar ¡fuerte! si no los dejan, los perfectos artistas que son los niños. Y en la expresión de esa sensualidad, Benjamín Palencia va flechado a la síntesis. Sensualidad y síntesis. ¿Necesita otras armas, otras manos, el joven creador? En las antípodas podría considerarse el retrato del pintor «feísta» José Gutiérrez Solana, aunque el hecho de coincidir con él en el Pombo, el café literario en cuya cripta ejercía de maestro de ceremonias su querido Ramón Gómez de la Serna, es ya, tratándose de JRJ, una circunstancia excepcional:  La vez que lo vi (Pombo, vaho de invierno, banquete con olor delgado a orín de gato y a cucharadas señoritas en el ambiente más exacto de los espejos) me pareció un artificial verdadero, compuesto con sal gorda, cartón piedra, ojos de vidrio, atún en salazón, raspas a la cabeza. Estaba lisamente encorsetado en su propio cristal triple de botella, conservado en su propio alcohol; y su presa vitalidad cuajada no se hermanaba con ninguna presencia circunstante de entonces. Cuello, corbata, ropa, botas, lo añadido, tratado sin semejante circunstancial. Ya no estaba. Y nada que ver con los dos anteriores tiene el retrato de José María Izquierdo, cercano a los postulados de Ideal andaluz, de Blas Infante: Los que lo conocieron saben que esto no es exajeración; su silueta daba en el sol de oro, en la noche azul, una emanación blanca, tierna, delicadísima, como un olor de nardo o una tibieza de leche recién ordeñada, esencia, templanza visibles ¡quizás ya un fuego fatuo, ay! La sonrisa de su fina boca grande, su navaja, era luz indudable; luz su mirada ancha, paralela a su sonrisa, del tamaño de su frente; luz del desnudo pensamiento, estrella de su mente buena; luz toda su inmaterial, su sal delgada, su «ángel» triste.

          Su distanciamiento de los miembros de la Generación del 27 recoge en la misma red a dos de sus poetas mayores y más cercanos a él, Salinas y Guillen, en quienes advierte, en diferente medida, un formalismo academicista muy lejano de sus propios planteamientos: A Jorge Guillén, como a su paralelo distinto, discípulo y maestro Pedro Salinas, yo no los llamaría hoy «poetas puros», que tampoco es mi mayor nombre, sino literatos puristas, retóricos blancos, en diversos terrenos de la retórica. Les sobra el neoclásico virtuosismo de la redicción; les falta la embriaguez, la emanación, el acento, lo natural mejor: naturalidad en lo gracioso, lo sensual, sobre todo en lo difícil, milagro auténtico de la poesía. Les falta ¡dios nos la dé! «gracia». Esa gracia que no sabemos si por solidaridad andaluza no le regatea a Federico García Lorca, en cuyo retrato se intuye un profundo respeto por la obra del autor granadino: Las paredes de añil de los callejones de su barrio secreto las dejó todas pintorreadas con cisco: rosas y ascos. En el puente de  las candilejas, encendidas ya en la tarde larga, les dijo un despectivo taco concreto a las tres brujas del agua mejor. Habló por tal oculto atajo vertical con el agüero de la escalerilla de arriba. Se encaramó en otra tapia y le tiró un nardo a la monja blanca que cavaba su huerto entre dos luces. Con una gran risa cerrada, de pronto, saltó a la comba que encontró a su paso, o pidió candela por las cuatro esquinas, de niño a niña. Luego, bajó cabriteando por el camino viejo de las lagartijas de blanco bronce, de las campanillas azules salpicadas de cal, de los hormigueros incesantes. Aunque da rienda suelta a la animadversión hacia quien, bastantes años después de él, alcanzaría el reconocimiento del Premio Nobel, Pablo Neruda: Siempre tuve a Pablo Neruda […] por un gran poeta, un gran mal poeta, un gran poeta de la desorganización; el poeta dotado que no acaba de comprender ni emplear sus dotes naturales. Neruda me parece un torpe traductor de sí mismo y de los otros, un pobre esplotador de sus filones propios y ajenos, que a veces confunde el original con la traducción; que no supiera completamente su idioma ni el idioma de que traduce. […] Hago su caricatura estando él vivo, contra mi norma, porque lo he oído por teléfono cantando contra mí en coro de necios o beodos, cuando yo no quise firmar su desairado documento de respuesta a Vicente Huidobro. […] Neruda me cantaba, con los varios suyos de entonces, coplas soeces por teléfono. Yo le digo sin soecia o que es para mí como escritor, por ser honrado con él y conmigo. Siente, por el contrario, una gran estimación por su compañero de generación novecentista Gabriel Miró, aunque no comparte la admiración que suscita otro miembro de la llamada Generación del 14, Ramón Pérez de Ayala [que a mí, aquí entre corchetes, tanto me deslumbra…]:  Si el cuerpo fuera todo corazón, y no llevara vestidos, podría decirse que era Gabriel Miró. Carne de corazón desnuda. Parece que escribe mientras guarda, pastor solo en prados hondos, un rebaño de sentimientos humanos, caliente, humeante y rayante. […] La emoción parece en él carne. ¡Emoción, emoción! Es emoción la carene de una fruta, el agua del mar, la tela de un vestido; todo es emoción hecha vida, como si, en su creación, fuera en el principio, la emoción.

          Y aquí lo dejo, no sin ceder a la tentación de cerrar la galería con el de uno de mis escritores favoritos, José Bergamín, cuya agudeza e ingenio tanto debieron sorprender a Juan Ramon, porque Bergamín bien puede decirse que nació ya a la vida literaria y a la vida común con hechuras de clásico: Delgado y largo de estirarse para cazar pájaros incojibles (casi siempre). Pero él ha cogido algunos por el pecho; de otros se ha quedado con preciosísimas plumas o con plumas vulgares como el dolor del ruiseñor; de otros, con la tibieza ligera de su roca, con el olor errante, con una nota caída de su fuga cantora, con la forma momentánea de su vuelo. (Y no es peor caza la de lo que se nos va.) […] José Bergamín se dedica a coger hilos de araña en la conversación y a trabajar con ellos una asintáxica tela crítica inverosímil, que casi siempre se le rompe. Otras veces se le alarga y se le enreda, alguna se le queda entera e igual. A la luna, esta flor de araña da reflejos entremájicos, difíciles de sostener en el sol vivo. Son telas que no se pueden lavar. ¡Qué lejos esta admiración hacia los jóvenes de su desprecio por una literatura caduca como la de Benavente, que tan mal parado sale en su galería!: He intentado releer o leer algún pasaje de Benavente en estos últimos años. Sí, veo su viveza, su lijereza, su injenio. Y sin embargo me aprieta el cuello y me pellizca la nuez, me pesan los hombros, se me entran «los bigotes» en la nariz y en los ojos. ¡Qué incomodidad y qué cursilería! Porque el injenio…, ¿hay nada malabarista de los sesos huecos, que canse, que rebaje, que pase más que el injenio?

          Sí, Juan Ramón, es, lo asociemos o no con ello, un poeta con ángel, y una boquita con incursiones de boquirrubio que ya ya…

 

lunes, 17 de febrero de 2025

«Genealogía de los sosos», de Dimas Mas.


François Damiens en La delicadeza.

Un fragmento de la primera novela de Dimas Mas: Poliantea.

 

DIMAS ME DICE QUE NO ME PREOCUPE, QUE ESCRIBA CON TODA LIBERTAD, como si con lo escrito no se hubieran de entretener otros ojos que los míos y los suyos. Insiste mucho en que escriba sin complejos, que lo que precede a mi contribución, y lo que después le seguirá, no son sino pasatiempos. ¿Cómo dijo él? Ah, sí: “insípidos zumos del ocio”. Advertencias todas ellas innecesarias: ¡como si yo pudiera escribir de otro modo que del que escribo! La verdad es que estoy arrepentido, ¡y apenas he comenzado!: me ha engaratusado de mala manera, como solo él sabe hacerlo. En fin, ya que estoy puesto, lo mejor será, para bien de todos, cumplir el compromiso con la mayor brevedad y concisión deseables; que no son previsibles, si nos atenemos a la índole del tema sobre el que (¡en mala hora!) he aceptado escribir estas líneas.

El ser soso no consiente definición: este es el Himalaya de mi empeño. De consentirla, satisficiera yo mi deuda en un decir amén. Aunque Dimas me invita a hacerlo, no veo yo con buenos ojos eso de ponerme como ejemplo y, en consecuencia, hablar de mí; pero habré de vencer mi repugnancia si quiero dar cima a mi empresa, y ello no por cosa distinta de mi verdadero deseo: rescatar cuanto antes la tranquilidad; ser, de nuevo, dueño avaro de mi intimidad.

Ser soso no es algo que se escoja: estoy convencido de que se nace soso como, pongamos por caso, se nace emprendedor, pelirrojo, patizambo, braquicéfalo o abúlico. El soso, a diferencia del loco, percibe, ya desde niño, que lo es; y sabe que habrá de serlo, además, para el resto de su vida. De ello no se sigue ningún drama, porque esa condición es irreversible e incompatible (¿pues no estaba tentado de escribir que por definición...?) con aquel: ¿cómo sufrir por ser ajeno al sufrimiento…? No se ha de creer, sin embargo, que el soso es un ser indiferente, que vive de espaldas a la realidad; de hecho, es muy frecuente encontrarse con sosos en puestos de responsabilidad, pública o privada: la sosería actúa como un aval de seriedad, y, no pocas veces, de supuesta (aunque no siempre bien fundada) competencia.

Las relaciones interpersonales: esta es la fuente de donde manan los tibios desasosiegos de los sosos. Para nadie debería ser un secreto que los sosos estamos marginados en una sociedad como la española, tan devota de la gracia, de la sal. Y yo no niego nuestra posible cuota de responsabilidad, dada la dificultad de trato que supone la sosería, de la que (¡no se olvide!) somos víctimas inocentes; pero siempre, teniendo en cuenta lo anterior, me parecerá excesiva esa respuesta humillante que es la marginación.

Tuve yo hace tiempo la peregrina idea, la quimérica idea, de fundar un club de sosos, del mismo modo que los hay de solteros, divorciados, cazadores, ajedrecistas, colombófilos o nazarenos, y si no lo hice fue porque la sosería no induce a la asociación y porque, a mi modo de ver, el soso aún no ha tomado conciencia (¡hasta cuándo!) de la marginación social en que vive. De entre esas relaciones interpersonales destaca, por las escasas posibilidades que tenemos los sosos de acceder a ella, la que se establece en términos de seducción amorosa. Sosos y sosas, en ese sentido, lo tenemos, como se dice vulgarmente, muy crudo. No imposible, claro, pues la inclinación afectiva es (esta sí que por definición) caprichosa; y a veces la sosería es un atractivo plano sobre el que apoyar esa inclinación por la que se deslice el nutritivo matalotaje (también, Dimas, tiene esta otra acepción…) de ternezas con que sostener el alma y el cuerpo en la travesía de la vida. Atajo la lógica objeción: como polos del mismo signo, que se repelen, así nos está vedado a sosos y sosas establecer esas relaciones amorosas entre nosotros; la experiencia lo demuestra: cuantas veces se ha intentado, los sosos emparejados han acabado por hastiarse uno del otro y por arruinar su convivencia hasta el inevitable extremo de tener que recobrar su soltería, esto es, su soledad.

Aunque por dos veces la soledad haya sido mencionada, de manera que pudiera entenderse como un trágico destino, no es en modo alguno así. Si supiera explicarme con claridad (¡Dimas, socórreme!), quizá no necesitara repetir ahora que el soso, fundamentalmente, es un ser acomodado a su suerte, resignado a ella. No viene a cuento, pero conozco a un soso llamado –y ya es ironía– Amador. Pues bien, nadie jamás, según él confiesa, ha relacionado su nombre con el amor, ¡ni él mismo!, todo lo más con dorado, o la ciudad marroquí…; así están las cosas.

Los sosos no somos fácilmente reconocibles a primera vista, lo que nos diferencia profundamente de los locos, así como de los bobos y también de los ñoños y los zonzos, aunque con estos últimos (¡qué le vamos a hacer!) las diferencias se adelgazan hasta un punto de sutileza tal que sólo los sosos somos capaces de percibirlas. Sin duda, Dimas le hubiera sacado punta (¡ánimo!) a esta curiosidad léxica: loco, tonto, bobo, ñoño, zonzo, soso…; como si la O nos encadenara, aun siendo tan distintos, a unos con otros; o como si fuera la sangre negativa de una familia cuyos miembros se ignoran mutuamente; ya digo, Dimas, a buen seguro, le hubiera sacado la punta que mi torpeza (¿o mi *sosez, que, aun inexistente, prefiero a sosería?) no ha podido.

Decía que no se nos reconoce fácilmente, y eso es verdad siempre y cuando no exista trato alguno, por superficial que sea, con nosotros: en este caso pronto se nos descubre, se nos marca y se nos evita, como ya dije. Muy a menudo, el soso es confundido con un aquejado de úlcera gástrica; pero ese se debe a la escasísima sensibilidad discernidora del común de los mortales, no sujetos, en su mayoría, a una oprobiosa marginación como la nuestra.

¿Virtudes? La principal de ellas, la más perceptible, es que los sosos somos muy pacíficos; un pacifismo que nace de nuestra seña de identidad más querida: la tolerancia. Sucede, no obstante, que ese bonancible carácter que nos es propio muy a menudo se toma por mansedumbre de cabestro, de ahí que no pueda considerarse paradoja nuestra enérgica reacción, lindante si es preciso con la violencia, contra tamaña equivocación de juicio, o intento de abuso; ni es el panfilismo religión en la que militemos con ciego acatamiento y humilde servidumbre: quede bien claro, para aviso de vivales y maulas sin escrúpulos.

¡Cuantísimas veces, sin embargo, preferimos los sosos no hacer caso y dejar que los necios mastiquen su necedad hasta morderse la lengua o desangrarse las encías! Mal que bien, he evitado hasta ahora lo que mucho me temía que habría de hacer: hablar de mí; aunque indirectamente lo haya hecho al incluirme en ese inevitable plural del que formo parte solidaria. Esta reticencia a mostrarse, a publicar la intimidad, no es exclusiva de los sosos, pero sí un rasgo fundamental de nuestro carácter; junto con la notoria ausencia de curiosidad por la intimidad de los demás. Es por ello (te pongas Dimas como te pongas) por lo que voy yo a poner, por mi parte, el punto final a esta superficial descripción del ser de los sosos, antes de que la inercia de estas líneas degenere en inepcia, ¿o ha ocurrido ya?