jueves, 16 de marzo de 2017

Cuarta noticia de las "Obras completas" de Platón: El “Banquete” y “Fedón”.


El amor y el alma o hablamos de palabras mayores: el Banquete y el Fedón o la lectura como excepcional deliquio dialéctico.


Contrariando el normal desarrollo de los diálogos anteriores, en los que se especifica el método mayéutico de Sócrates, en El banquete o del amor, se opta, por un género, el encomio, que nos va a deparar una sucesión de monólogos en los que los invitados al banquete de Agatón, quien celebra con él su triunfo como poeta trágico, van a ir desgranando sus pensamientos sobre lo que sea el amor. Sócrates se encarga de acabar la rueda de intervenciones, pero lo hace, no podía ser de otro modo, reproduciendo el diálogo que mantuvo con Diotima, de quien se reconoce discípulo en todo lo relativo a la reflexión sobre el amor; finalmente, casi de forma inesperada, se  suma una última intervención, de Alcibíades, que tiene más de panegírico de Sócrates, propiamente, que de exposición teórica sobre el tema propuesto como entretenimiento en el banquete. De hecho, bien podría entenderse como una declaración de amor a Sócrates, con lo que la velada filosófica acabaría con una demostración práctica de cómo se manifiesta el amor. Que Alcibíades guardara gratitud eterna a Sócrates por haberle salvado la vida en una batalla no explica el amor que profesa al maestro y cuya raíz va más allá de la gratitud para caer en la admiración hacia quien le reconoce el mérito absoluto de ayudarlo a convertirse en un ser virtuoso, razón por la cual reclama ser admitido en su lecho. Aunque me adelanto, tampoco está de más que abramos esta recensión de un diálogo tan famoso con la respuesta que le da Socrates al temperamental Alcibíades: ¡Ah, querido Alcibíades!, tal vez no seas realmente un hombre frívolo, si resulta verdad eso que dices de mí y existe en mí una virtud por la cual tú pudieras hacerte mejor. En ese caso, verías en mí una belleza indescriptible y muy superior a tu bella figura. Por consiguiente, si la ves en mí y pretendes participarla conmigo y cambiar belleza por belleza, no es poca la ganancia que piensas sacar de mí: lo que intentas es adquirir algo que es bello de verdad a trueque de lo que es bello en apariencia, y lo que pretendes es en realidad cambiar oro por bronce. Sin embargo, ¡oh, bienaventurado!, mira mejor, no se te vaya a escapar que yo no valgo nada, pues la vista de la inteligencia comienza a cesar en su vigor la de los ojos, y tú todavía te encuentras lejos de esto. Lo que va a leer a renglón seguido el intelector que aún no se haya aburrido de estas entregas es una reflexión sobre el amor, o sobre Amor, porque todo parte de lo poco que se elogia a un dios que todo parece gobernarlo, que ha definido nuestra vivencia del mismo desde que Platón dio a conocer su diálogo. Sí, es evidente que los poetas del Dolce Stil Novo, y antes de ellos los trovadores provenzales, adoptaron buena parte de lo que aquí dicen los comensales y lo transformaron en un ideal poético del que aún vivimos, salvando las distancias y las variaciones telúricas que introdujeron las Vanguardias. No sé si cada generación reinventa el amor, pero sí que buena parte de los materiales con que lo hace están presentes en El banquete o del amor. Abre Fedro el baile con un elogio del que destacamos un concepto arrebatado del amor: es el único que compromete, en vida y muerte a quienes son tocados por él:   A dar la vida por otro únicamente están dispuestos los amantes, no solo los hombres, sino también las mujeres. Y, siguiendo ese hilo, advertimos, para pasmo de muchos que lo lean, una crítica feroz a Orfeo, a quien nosotros tenemos como paradigma de proverbial enamorado, y  con cuya historia Gluck compuso una de las óperas más hermosas que he oído nunca: Orfeo y Eurídice. Fedro le reprocha a Orfeo…, pero mejor que lo diga él: en cambio,  [a] Orfeo le despidieron del Hades sin que consiguiera su objeto, después de haberle mostrado el espectro de la mujer en busca de la cual había llegado, pero sin entregársela, porque les parecía que se mostraba cobarde, como buen citaredo, y no tuvo el arrojo de morir por amor como Alcestis, sino que buscóse el medio de penetrar con vida en el Hades. Este tipo de sorpresas son, desde un punto de vista literario, que es el mío, no propiamente filosófico, un aliciente de primera magnitud para la lectura, y que los "citaredos" sean cobardes por antonomasia, tiene también su puntito de gracia. Sorpresas como la propia costumbre de Sócrates de quedarse inmóvil, donde estuviera, hasta resolver una argumentación o distinguir las voces de los ecos de su daimón particular que alguna reputación de venado le granjeó entre sus conciudadanos menos formados: Ese Sócrates se ha retirado al portal de los vecinos y allí está clavado sin moverse. Por más que lo llamo, no quiere entrar”. “Dejadlo, pues tiene esa costumbre. De cuando en cuando se aparta allí donde por casualidad se encuentra y se queda inmóvil. Pausanias, a continuación de Fedro hace la distinción entre los dos amores, el espiritual y el físico, a los que él llama Uranio y Pandemos. Este último, según leemos en la nota pertinente a pie de página, es una Afrodita creada con posterioridad a la hija de Urano y fue llamada Pandemos, “protectoras de todos los demos”; posteriormente se dio a este sobrenombre un sentido peyorativo, equivalente a pánkoinos, “vulgar” y en la época de Platón se consideraba a esta Afrodita como Venus Meretrix, patrona de las heteras y protectora del amor carnal, mientras que la otra era símbolo del amor puro y espiritual. Despreciado como vulgar y soez ese tipo de amor, Pausanias se aplica en describir las características de los devotos del verdadero Amor: No todo amar ni todo Amor es bello ni digno de ser encomiado, sino solo aquel que nos impulse a amar bellamente. (…) El Amor de Afrodita Pandemo verdaderamente es vulgar y obra al azar. Este es el amor con que aman los hombres viles. Y a continuación elabora una defensa de la “locura de amor” que llega a nuestros días como un hilo ininterrumpido, como bien se refleja en el Libro de Buen Amor, en el que, a propósito de enaltecerlo, al buen Amor, se nos describen con gracia eterna los jugosos y exaltados desatinos del Mal Amor:  La costumbre -sigue Pausanias-  permite alabar al enamorado que por tentar una conquista comete actos extravagantes, actos que si alguien osara realizar, persiguiendo otro fin cualquiera o queriendo alcanzar otra cosa salvo esta, incurriría en los mayores vituperios [de la filosofía]. (…) Actos similares a los de los amantes con respecto a sus amados, que ponen súplicas y ruegos en sus demandas, pronuncian juramentos, se acuestan a la puerta del amado y están dispuestos a imponerse servidumbres de tal especie que ni siquiera un siervo soportaría. (…) En el enamorado que hace todo esto hay cierta gracia; y le permite la costumbre obrar así sin oprobio, porque se piensa que realiza un acto enteramente bello. Y lo que es más asombroso, al decir del vulgo, es que el enamorado es el único que, al hacer un juramento, alcanza el perdón de los dioses si lo infringe, pues dicen que no hay juramento amoroso. Poco le falta, en efecto, para añadir el clásico en el amor, como en la guerra, todo vale…, porque de que hay una tensión en la relación amorosa que procede del asedio al amante que tiene mucho que ver con la guerra, no cabe duda alguna. De hecho, Pausanias, recomienda vivamente resistir frente al asedio, porque  se considera deshonroso en primer lugar el dejarse conquistar prontamente, lo que tiene por objeto que transcurra el tiempo, que parece ser una excelente piedra de toque para la mayoría de las cosas. Y alerta contra quienes, frente al verdadero amor, al Uranio, no persiguen sino el materialista de la estricta sexualidad, porque  es hombre vil aquel enamorado vulgar que ama más el cuerpo que el alma y que, además, ni siquiera es constante, ya que está enamorado de una cosa que no es constante, pues tan pronto como cesa la lozanía del cuerpo, del que está precisamente enamorado, se marcha en un vuelo, tras mancillar muchas palabras y promesas. Si implícitamente el amor es una guerra, al menos entonces, parte del feliz resultado de ella era la captura de esclavos, de ahí que el amante caído en esa contienda, el enamorado,  lo haya hecho en una suerte de esclavitud voluntaria, vituperable, para Pausanias, quien considera que también hay otra esclavitud voluntaria no vituperable, una tan solo: la relativa a la virtud. De hecho, el titulo fundacional de la novela sentimental española del siglo XV fue Siervo libre de amor, de Juan Rodríguez del Padrón, obrita, por cierto, que junto con Cárcel de Amor, de Diego de San Pedro, el primer best-seller europeo, me sigue pareciendo lectura imprescindible para los amantes de la mejor literatura y, por descontado, para los amantes del amor. El punto culminante de este diálogo, aun más allá de la intervención de Diotima en coloquio con Sócrates, es la intervención de Aristófanes y su curiosa antropología sobre la que han vuelto las generaciones una tras otra para encontrar en ella fundamento a las más curiosas teorías, como fue el caso de Otto Weininger y su Sexo y carácter, del que ya nos hemos ocupado en este Diario. La descripción que hace Aristófanes, de quien Platón parece haber aprendido magníficamente los fundamentos de la sátira, es un prodigio de inventiva que a mí me ha recordado la imaginación transgresora de Jonathan Swift y la de El jardín de las delicias, de Jheronimus Bosch, “El Bosco”. La teoría de los tres sexos está ya en la antología de las invenciones literarias como una muestra del poder magnífico de la invención humana, pero, por mi propia experiencia al releerla, reparamos poco en los pormenores de dicha invención y, como  a mí me pasó, supongo que muchos pasan por alto detalles estupendos que no solo redondean la descripción, sino que se extraen de ella, lo hace el propio Aristófanes, conclusiones que avalan la primacía de la homosexualidad, masculina y femenina, en aquella cultura griega. La intervención de Aristófanes sirve, pues, como prueba última del fundamento antropológico de una cultura amorosa contra la que lucharon las diferentes religiones que, para bien y para mal, con su dominio político y moral, relegaron a la filosofía griega a la oscuridad durante muchos siglos en Europa y en Asia Menor. A pesar de que la cita es larga, me temo que nada mejor que el propio texto para evitarme una paráfrasis en la que, forzosamente, seré injusto con la invención platónica: Después de una afirmación preliminar: es el Amor el más filántropo de los dioses en su calidad de aliado de los hombres y médico de males, cuya curación aportaría la máxima felicidad al género humano, inicia Aristofanes la lección antropológica: Pero antes que nada tenéis que llegar a conocer la naturaleza humana y sus vicisitudes, porque nuestra primitiva naturaleza no era la misma de ahora, sino diferente. En primer lugar, eran tres los géneros de los hombres, no dos, como ahora, masculino y femenino, sino que había también un tercero que participaba de estos dos, cuyo nombre perdura hoy en día, aunque como género ha desaparecido. Era en efecto entonces el andrógino. (…) Ahora no es más que un nombre sumido en el oprobio. En segundo lugar, la forma de cada individuo era en su totalidad redonda, su espalda y sus costados formaban un círculo; tenía cuatro brazos, piernas en número igual al de los brazos, dos rostros sobre un cuello circular, semejantes en todo, y sobre estos dos rostros, que estaban colocados en sentidos opuestos, una sola cabeza; además, cuatro oreja dos órganos sexuales y todo el resto era tal como se puede uno figurar por esta descripción. El macho fue en un principio descendiente del Sol; la hembra de la Tierra, y el que participaba de ambos sexos de la Luna.  No recordaba, por cierto, lo que viene a continuación, una paráfrasis de la historia bíblica de la Torre de Babel en la que se cambia la lengua por el sexo y se mantiene el pecado de orgullo desmedido, pues el origen de la división de los sexos estriba en su intento de “asaltar los cielos” para derrocar a Zeus, de ahí que Aristófanes reniegue de aquellos seres terribles que intentaron hacer una escalada al cielo para atacar a los dioses. Zeus, tras la amenaza: “Voy a cortarlos en dos a cada uno de ellos y así serán a la vez más débiles y más útiles para nosotros por haberse multiplicado su número.” Tras decir esto, dividió en dos a los hombres, al igual de los que cortan las serbas para ponerlas a secas o de los que cortan los huevos con una crin. Mas una vez que fue separada la naturaleza humana en dos, añorando cada parte a su propia mitad, se reunía con ella. Se rodeaban con sus brazos, se enlazaban entre sí, deseosos de unirse en una sola naturaleza, y morían de hambre y de inanición general, por no querer hacer nada los unos separados de los otros. (…) Compadeciéndose Zeus imaginó otra traza, y les cambió de lugar sus vergüenzas, colocándolas hacia adelante, pues hasta entonces las tenían en la parte exterior y engendraban y parían no los unos en los otros, sino en la tierra, como las cigarras. Desde tan remota época, pues, es el amor de los unos a los otros connatural a los hombres y reunidor de la antigua naturaleza, y trata de hacer un solo ser de los dos y de curar la naturaleza humana. Cada uno de nosotros, efectivamente, es una contraseña [el symbolon, la tesera hospitalis de los romanos, tablilla partida en dos cuyas mitades guardaban los hombres unidos por el vínculo de la hospitalidad] de hombre; como resultado del corte en dos de un solo ser, y presenta solo una cara como los lenguados. Estamos, como bien se advierte ante ese tópico de la media naranja, sin que me haya sido posible averiguar, después de un par de horas viajando por la red, cuándo nace la expresión literal “media naranja”, porque todos remiten al texto de Platón, pero todos ignoran el uso que hace este de la “contraseña” o el symbolon, en vez de la naranja. ¡Lo que daría yo por que alguien me permitiera saber cuándo se cambió, al menos en español, de la media pieza de cerámica a la naranja…! Después, Aristofanes, nos describe el efecto de las particiones de Zeus:  cuantos hombres son sección del androgino son mujeriegos; los adúlteros también proceden del andrógino y las mujeres aficionadas a los hombres y las adúlteras derivan también de él. Las mujeres que son corte de mujer no prestan atención a los hombres , sino que se inclinan a las mujeres y de este género proceden las tribadas [etimológicamente, la palabra procede del verbo tribein, "frotar"]. Los que son sección de macho persiguen a los machos, y mientras son muchachos, como lonchas de macho que son, aman a los varones y se complacen en acostarse y en enlazarse con ellos; estos son precisamente los mejores entre los niños y los adolescentes, porque son en realidad los más viriles por naturaleza. Algunos, en cambio, afirman que son unos desvergonzados. Se equivocan, pues no hacen esto por desvergüenza, sino por valentía, virilidad y hombría, porque sienten predilección por lo que es semejante a ellos. El que es de tal índole se hace “pederasta”, amante de los mancebos, y “filerasta” amigo del amante, porque siente apego a lo que le es connatural. Al margen de ese acierto de traducción impagable loncha de macho, me llama la atención que no haya cuajado en nuestra lengua ese término tan preciso y hermoso, filerasta; pero mucho más me la llama, sin duda, la defensa acérrima de la acendrada virilidad de los homosexuales, algo que al homofobismo rampante que nos rodea debería dejarlo en auténtico estado de shock. Pero dejemos que Aristófanes concluya con los efectos de las separaciones obradas por Zeus:  cuando se encuentran con aquella mitad de sí mismos, tanto el pederasta como cualquier otro tipo de amante, experimentan entonces una maravillosa sensación de amistad, de intimidad y de amor, que les deja fuera de sí, y no quieren, por decirlo así, separarse los unos de los otros ni siquiera un instante. Estos son los que pasan en mutua compañía su vida entera y ni siquiera podrían decir qué desean unos de otros. Una unión, sin embargo, que nada tiene que ver con el uso de afrodisíacos: no, es otra cosa lo que quiere, algo que no puede decir, pero que adivina confusamente y deja entender como en enigma. De ahí que, concluye Aristófanes, Si cuando están acostados en el lecho, se presentara Hefesto y les dijera si querían ser fundidos los dos en uno, ninguno diría que no. Lo que yo digo lo aplico en general a hombres y a mujeres, y es que tan solo podría alcanzar la felicidad nuestra especie si lleváramos el amor a su término de perfección y cada uno consiguiera el amada que le corresponde, remontándose a su primitiva naturaleza. En estas palabras finales de Aristófanes, ¿quién no ha descubierto el dulce abandono del amante en la poesía erótico-espiritual de Juan de la Cruz? Sí, el arrobo místico es, también, arrobo erótico, éxtasis de felicidad procurado por la unión más allá de cualquier explicación racional. Finalmente, le llega el turno a Sócrates, quien, tras después de un frío discurso del anfitrión, Agatón, en el que poco menos que enumera el poder de Amor sobre todos los dioses, se presenta con su humildad habitual: El elogio -dice Sócrates, refiriéndose a quienes lo han precedido en el uso dela palabra-  no solo resulta bello, sino también pomposo. Pues bien: yo no conocía ese tipo de alabanza y por no conocerlo os prometí hacer yo también en mi turno un encomio. Fue, sin duda, “la lengua la que prometió, no la mente”. Adiós, pues, al encomio. Yo ya no lo hago de este manera, porque no podría hacerlo. Sin embargo, la verdad, si os parece bien, estoy dispuesto a decirla a mi manera, mas sin poner en parangón mi discurso con los vuestros, para no incurrir en ridículo, y comienza la narración del diálogo con Diotima en el que Sócrates pretenderá mostrar la “verdad del amor” frente a la invención retórica del mismo. Y Diotima, por oponerse a Fedro y a Aristófanes, nos ofrece otra genealogía del Amor:  cuando nació Afrodita, los dioses celebraron un banquete, y entre ellos estaba también el hijo de Metis (la Prudencia), Poro (el Recurso). Una vez terminaron de comer, se presentó a mendigar Penía (la Pobreza) y quedóse a la puerta. Poro, entre tanto, como estaba embriagado de néctar, penetró en el huerto de Zeus y en el sopor de la embriaguez se puso a dormir. Penía, entonces, tramando, movida por su escasez de recursos, hacerse un hijo de Poro, del Recurso, se acostó a si lado y concibió al Amor. Por esta razón el Amor es acólito y escudero de Afrodita, por haber sido engendrado en su natalicio, y a la ve enamorado por naturaleza de lo bello, por ser Afrodita también bella. Pero como hijo que es de Poro y de Penía, el Amor quedó en la situación siguiente: en primer lugar, es siempre pobre y está muy lejos de ser delicado y bello, como le supone el vulgo; por el contrario, es rudo y escuálido, anda descalzo y carece de hogar, duerme siempre en el suelo y sin lecho, acostándose al sereno en las puertas y en los caminos, pues por tener la condición de su madre es siempre compañero inseparable de la pobreza. Mas, por otra parte, según la condición de su padre, acecha a los bellos y a los buenos, es valeroso, intrépido y diligente; cazador temible, que siempre urde aluna trama; es apasionado por la sabiduría y fértil en recurso; filosofa a lo largo de toda su vida y es un charlatán terrible, un embelesador y un sofista. En esta doble naturaleza de Amor, que choca frontalmente con las anteriores concepciones expuestas en el banquete, advertimos una visión insólita del Amor aliado de la pobreza y otra, la de la proclividad a filosofar, que tiene su razón de ser en la aspiración del Amor hacia la belleza, porque, al decir de Diotima, nada hay más bello que la sabiduría, de ahí que esta sea una de las cosas más bellas y el Amor es amor respecto de lo bello, de suerte que es necesario que el Amor sea filósofo, y, por ser filósofo, algo intermedio entre el sabio y el ignorante. Esa posición intermedia la define a continuación: El tener una recta opinión sin poder dar razón de ella. Si a ello añadimos la propia posición intermedia del Amor entre lo mortal y lo inmortal, advertimos, en palabra de Diotima, que el verdadera Amor no se realiza sino en la fecundación, en la propagación de la especie, que es, como bien supo y practicó Unamuno, el único camino para la especie humana hacia la inmortalidad: los que son fecundos según el cuerpo se dirigen en especial a las mujeres, y esta es la forma en que se manifiestan sus tendencias amorosas; a través de la descendencia consiguen la inmortalidad. Pero enseguida Diotima distingue, como ya lo hicieran los comensales en los discursos previos, al hablar del amor espiritual y del amor vulgar, que hay amantes fecundos físicamente, pero también intelectualmente: Los hay, sin embargo, que son fecundos según el alma, pues hay hombres que conciben en las almas más aún que en los cuerpos, aquello que corresponde al alma concebir y dar a luz. ¿Y qué es lo que les corresponde? La sabiduría moral y las demás virtudes de las que precisamente son progenitores los poetas todos y cuantos artesanos se dice que son inventores.  (…) En honor de estos hombres [fecundos según el alma] son muchos ya los cultos que se han instituido por haber tenido tales hijos [Solón, Licurgo, etc.]; en cambio, no se han instituido todavía en honor de nadie por haberlos tenido humanos. Así pues, y ahora entramos de lleno en el concepto tópico del “amor platónico”, es menester hacerse enamorado de todos los cuerpos bellos y sosegar ese vehemente apego a uno solo, despreciándolo y considerándolo de poca monta. Después de esto, tener por más valiosa la belleza de las almas que la de los cuerpos, de tal modo que si alguien es discreto de alma, aunque tenga poca lozanía, baste ello para amarle, mostrarse solícito, engendrar y buscar palabras tales que puedan hacer mejor a los jóvenes a fin de ser obligado nuevamente a contemplar la belleza que hay en las normas de conducta y en las leyes y a percibir que todo ello está unido por parentesco a sí mismo, para considerar así que la belleza del cuerpo es algo de escasa importancia.  El diálogo Fedón o del alma no deja de ser, desde mi punto de vista, un ars moriendi  stricto sensu, precedente singular del  Tractatus (o Speculum) artis bene moriendi, del siglo XV, que marcó las pautas generales del género de los que se elaboraron durante la época del Humanismo, destacando sobre ellos el de Erasmo: Preparación y aparejo para bien morir; con  traducción de Bernardo Pérez de Chinchón  y del que mi amigo Joaquín Parellada realizó una magnífica edición crítica para la Universidad Pontificia de Salamanca. Fundación Universitaria Española. Un Erasmo que, tras leer este Fedón, llegó a exclamar, como nos indica Luis Gil en su preámbulo: Sancte Sócrates, ora pro nobis. Que el diálogo sobre el alma tenga como pretexto la inminente muerte del filósofo, rodeado de sus amigos, con quienes mantiene una profunda reflexión que incluye posiciones muy opuestas entre quienes aceptan la inmortalidad del alma y quienes creen que la muerte física pone punto final a nuestro paso por la Tierra, añade a la lectura un plus de verdad y emoción que hasta ahora solo había encontrado en la propia Apología de Sócrates defendiéndose, con serenidad e ironía ejemplares,  de las acusaciones endebles que se lanzaron contra él. ¿Es una celda el espacio imprescindible para reflexionar sobre el alma? ¿Es metáfora de la cárcel del cuerpo en la que mora? Lo ignoro, pero no está de más recordarlo, porque es mucho lo que el pensamiento y la literatura le deben a la celda como institución represiva. Y ahí está la décima de Fray Luis, que nunca está de más recordar:  Aquí la envidia y mentira/me tuvieron encerrado./Dichoso el humilde estado/ del sabio que se retira/de aqueste mundo malvado,/y con pobre mesa y casa,/en el campo deleitoso/con sólo Dios se compasa,/ y a solas su vida pasa,/ni envidiado ni envidioso;  o la concepción no solo del Quijote, sino también del Guzmán de Alfarache o, paradigma incuestionable, la creación oral del Cántico espiritual de Juan de la Cruz en la celda miserable en que le encerraron los carmelitas calzados. En todo caso, lo cierto es que en esas horas postreras de la vida del filósofo, este no pierde el tiempo ni en lamentos ni en despedidas traspasadas de dolor -y enseguida le pide a Critón que alguien lleve a su mujer, la Jantipa plañidera, a su casa- , sino que se embarca en un diálogo en el que se ventilan conceptos trascendentales como el de la propia existencia del alma, su inmortalidad o mortalidad y la peregrina teoría de la reencarnación, que acabaría haciendo suya un filósofo tan combativo como Nietzsche, amén de una teoría del conocimiento que va muy ligada a la especulación sobre el alma cuya existencia nos define, pues el cuerpo, para Sócrates, no deja de ser un envoltorio y, respecto del alma, una fuente de engaños y de errores. Pero vayamos por partes. Lo que choca a cualquier lector es un breve par de apuntes descriptivos de la situación del prisionero: Los Once están quitándole los grillos a Sócrates y dándole la noticia de que en este día morirá. (…) Entramos, pues, y nos encontramos a Sócrates que acaba de ser desencadenado y a Jantipa con su hijo en brazos y sentada a su lado. ¡Sócrates encadenado! La sola imagen de su rechoncha figura maniatada por tales medidas de seguridad asombra en tal medida que nos parece un castigo inhumano para quien ha dado muestras de tan serena conformidad con la sentencia que lo condena a muerte. El otro consiste en la objeción que le trasladan sus amigos, de parte del verdugo, de que no hable en exceso para no acalorarse e impedir una mejor acción del veneno, ahorrándole los dolores de la agonía: Mándale a paseo. Que cuide tan solo de preparar su veneno para darme doble dosis, o triple incluso, si es preciso, replica el filósofo, para quien su actividad es el pasaporte hacia la gloria de la bienaventuranza en el más allá: Me parece a mí natural que un hombre que ha pasado su vida entregado a la filosofía se muestre animoso cuando está en trance de morir, y tenga la esperanza de que en el otro mundo va a conseguir los mayores bienes, una vez que acabe sus días. Y añade: Tengo la esperanza de que hay algo reservado a los muertos, y, como se dice desde antiguo, mucho mejor para los buenos que para los malos. Con todo, Sócrates inicia su discurso desde la prudencia, porque sabe que va a moverse, dialécticamente, en terrenos resbaladizos, si no directamente cenagosos: se entra en ellos, pero no se sabe cómo salir de ellos: También yo hablo sobre esto de oídas. Así que lo que buenamente he oído decir no tengo ningún inconveniente en repetirlo. Es más: tal vez sea lo más apropiado para el que está a punto de emigrar allá el recapacitar y referir algún mito sobre cómo pensamos que es esa emigración. En su último momento, parece que Sócrates dude de su propia capacidad de persuasión, porque está en el umbral del no ser, donde cesa el saber y solo se despliega la creencia: Tal vez requiera una justificación y una demostración no pequeña eso de que exista el alma cuando el hombre ha muerto, y tiene capacidad de obrar y entendimiento. Se aventura, entonces, el filósofo en una demostración de la “necesidad” de la existencia del alma previamente al cuerpo porque lo liga a la teoría del conocimiento, según la cual las almas recuerdan lo que han conocido con anterioridad en el plano de las ideas, lo que implica esas existencias separadas, la de las almas y la de los cuerpos, como acepta Cebes, uno de sus interlocutores: Según ese argumento, Sócrates, que tú sueles con tanta frecuencia repetir, de que el aprender no es sino recordar, resulta también, si dicho argumento no es falso, que es necesario que nosotros hayamos aprendido en un tiempo anterior lo que ahora recordamos. Mas esto es imposible, a no ser que existiera nuestra alma en alguna parte antes de llegar a estar en esta figura humana. De suerte que también, según esto, parece que el alma es algo inmortal. Sócrates enseguida toma el relevo para remachar el argumento:  Pues bien: si lo adquirimos antes de nacer y nacimos con él, ¿no sabíamos ya antes de nacer e inmediatamente después de nacer, n solo lo que es igual en sí, sino también lo mayor, lo menor y todas las demás cosas de este tipo? Pues nuestro razonamiento no versa más sobre lo igual en sí, que sobre lo bello en sí, lo bueno en sí, lo justo, lo santo, o sobre todas aquellas cosas que, como digo, sellamos con el rótulo de “lo que es en sí”, tanto en las preguntas que planteamos como en las respuestas que damos. De suerte que es necesario que hayamos adquirido antes de nacer los conocimientos de todas estas cosas. (…) Se ha mostrado que es posible, cuando se percibe algo, se ve, se oye o se experimenta otra sensación cualquiera, el pensar, gracias a la cosa percibida, en otra que se tenía olvidada y a la que aquella se aproximaba bien por su diferencia o bien por su semejanza. Así que, como digo, una de dos: o nacemos con el conocimiento de aquellas cosas y lo mantenemos todos a lo largo de nuestra vida, o los que decimos que aprenden después no hacen más que recordar, y el aprender en tal caso es recuerdo. Sus interlocutores no parecen poner objeciones a esa teoría, pero el meollo de la cuestión sobre la que discuten , recordemos que solo momentos antes de ser ejecutado Sócrates es el muy punzante requerimiento de Cebes: Es evidente que se ha demostrado algo así como la mitad de lo que es menester demostrar: que antes de nacer nosotros existía nuestra alma, pero es preciso añadir la demostración de que una vez que hayamos muerto existirá exactamente igual que antes de nuestro nacimiento, si es que la demostración ha de quedar completa, al que Sócrates responde con su proverbial ironía:  Teméis, ¡oh Simmias y Cebes!, como los niños, que sea verdad que el viento disipe el alma y la disuelva con su soplo mientras está saliendo del cuerpo, en especial cuando se muere no en un momento de calma, sino en un gran vendaval. Lo temen, en efecto, y en honor del propio Sócrates ha de decirse que ni siquiera él está convencido de que no sea así, por más que, reducida a creencia, la invoque para afrontar con esperanza el trance de su desaparición física ¿y espiritual? A partir de ese momento, entramos en una suerte de taxonomía de las almas que no solo las divide entre las que se desligan el cuerpo y las que están atadas a él, sino que incluye las condiciones de ambas y cómo unas entran en la inmortalidad de la pureza invisible y las otras  quedan ligadas al cuerpo que las ha maleado: El alma, entonces, la parte invisible que se va a otro lugar de su misma índole, noble puro e invisible, al Hades en el verdadero sentido de la palabra [Se juega con Haides, “Hades” y con aidés, “invisible”], a reunirse con un dios bueno y sabio, a un lugar al que, si la divinidad quiere, también habrá de encaminarse al punto mi alma. (…) Si se separa del cuerpo en estado de pureza, no arrastra consigo nada de él, dado el que, por su voluntad, no ha tenido ningún comercio con él a lo largo de la vida, sino que lo ha rehuido, y ha conseguido concentrarse en sí misma, por haberse ejercitado constantemente en ello. Y esto no es otra cosa que filosofar en el recto sentido de la palabra y, de hecho, ejercitarse a morir con complacencia, ¿o es que esto no es una práctica de la muerte. (…) Pero en el caso de que se libere del cuerpo manchada e impura, por tener con él continuo trato, cuidarlo y amarlo, hechizada por él y por las pasiones y placeres, hasta el punto de no considerar que exista otra verdad que lo corporal, que aquello que se puede tocar y ver, beber y comer, o servirse de ello para gozo de amor, en tanto que aquello que es oscuro a los ojos e invisible, pero inteligible y susceptible de aprehenderse con la filosofía, está acostumbrada a odiarlo, temerlo y seguirlo; un alma que en tal estado se encuentre, ¿crees tú que se separa del cuerpo sola y en sí misma sin estar contaminada? (…) Un alma de esa índole es entorpecida y arrastrada de nuevo al lugar visible, por miedo de lo invisible y del Hades, según se dice, y da vueltas alrededor de monumentos fúnebres y sepulturas, en torno de los que se han visto algunos sombríos fantasmas de almas: imágenes esas que es lógico produzcan tales almas, que no se han liberado con pureza, sino que participan de lo visible, por lo cual ven. (…) Y andan errantes hasta el momento en que por el deseo que siente su acompañante, el elemento corporal, son atadas a un cuerpo. Y, como es natural, los cuerpos a que son atadas tienen las mismas costumbres que ellas habían tenido en su vida. Construye, entonces, el filósofo una suerte de bestiario moral con el que adjudica a ciertos vicios unos animales y a ciertas virtudes otros. Así, las almas disolutas: glotonería, desenfreno y afición a la bebida, las relaciona con el linaje de los asnos; y a los injustos, los tiranos y los ladrones los relaciona con el linaje de los lobos, halcones y milanos. Las almas nobles, sin embargo, se encarnan en seres nobles y civilizados: abejas, avispas y hormigas. Pero, al margen de unas y otras, hay otras almas que Sócrates relaciona con la divinidad: pero al linaje de los dioses, a ese es imposible de arribar sin haber filosofado y partido en estado de completa pureza; que ahí solo es licito que llegue el deseoso de saber. (…) Los amantes de aprender saben que al hacerse cargo la filosofía de nuestra alma en tal estado, le da consejos suavemente e intenta liberarla, mostrándole que está lleno  de engaño el examen que se hace por medio de los ojos y también el que se realiza valiéndose de los oídos y demás sentidos; que así mismo aconseja al alma retirarse de estos y a no usar de ellos en lo que no sea de necesidad, invitándola a recogerse y a concentrarse en sí misma, sin confiar en nada más que en sí sola, en lo que ella en sí y de por sí capte con el pensamiento como realidad en sí y de por sí. A pesar del esfuerzo desplegado por el filósofo en lo que bien podría entenderse como su testamento filosófico, Sócrates sigue desconfiando de su propia convicción: Hay algo que es incierto para todo el mundo. Helo aquí: tal vez el alma, tras de haber desgastado muchos cuerpos y muchas veces, al abandonar el último cuerpo, quede entonces destruida, y precisamente en esto estribe la muerte, en la destrucción del alma, ya que el cuerpo está pereciendo incesantemente, se trata de un temor muy humano, porque la endeblez de las pruebas -o como le objeta Simmias: los argumentos que realizan las demostraciones valiéndose de verosimilitudes son impostores y, si no se mantiene uno en guardia ante ellos, engañan con suma facilidad- de Sócrates aparecen evidentes ante sus propios ojos, de ahí que les recomiende a sus discípulos: Vosotros, si me hacéis caso, habéis de preocuparos de Sócrates poco; de la verdad, mucho más. Y no es excepcional que en ese duro trance por el que ha de pasar, acuda el recuerdo de las palabras de Homero: Y golpeándose el pecho, reprendió [Ulises] a su corazón con estas palabras: “Aguanta, corazón, que cosa aún más perra antaño soportaste”.  Antes de concluir se embarca Sócrates en una pormenorizada descripción del Hades, un dibujo que bien puede entenderse como una premonición de en lo que habría de convertirse la Divina Comedia de Dante; pero no se le escapa que su afán es más un intento narrativo mitologizante que una de esas verdades como puños que él había sembrado en la ciudad con su método dialéctico en una vida dedicada en cuerpo y alma a la filosofía:  Ahora bien: el sostener con empeño que esto es tal como yo lo he expuesto  no es lo que conviene a un hombre sensato. Sin embargo, que tal es o algo semejante lo que ocurre con nuestras almas y sus moradas, puesto que el alma se ha mostrado como algo inmortal, eso sí estimo que conviene creerlo, y que vale la pena correr el riesgo de creer que es así. Pues el riesgo es hermoso y con tales creencias es preciso, por decirlo así, encantarse a sí mismo. Para un descreído como yo, que no concibo la existencia del alma ni antes de haber nacido ni más allá de la muerte, que soy reticente al empleo del concepto “alma”, porque me parece demasiado ligado al fenómeno religioso, y que estoy convencido de que no quedará de mí, una vez muerto, más que el recuerdo de los otros y la obra realizada, me parece no poco consuelo que Sócrates renuncie al conocimiento positivo para refugiarse en la creencia consoladora, como si fuera un feligrés de San Manuel Bueno, mártir. Sabemos, porque es ya casi un tópico, que sus últimas palabras fueron que se le debía un gallo a Asclepio, pero en este Fedón o del alma nos enteramos de que acaso las penúltimas fueron estas otras, no menos humildes y sensatas:  Me parece mejor beber el veneno una vez lavado y no causar a las mujeres la molestia de lavar un cadáver.


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