jueves, 20 de octubre de 2016

Los aforismos ociosos (escoliásticos) de Gómez Dávila o la Sabiduría de siempre que habitó entre nosotros: “Escolios a un texto implícito.”






  La fiesta de la inteligencia, el rigor intelectual, la libertad, la sed intelectora y el don de la expresión lacedemónica: Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila, un reaccionario ejemplar.

A Gregorio Luri y David Ruiz, que me precedieron en la admiración.
El más sutil disfraz de la estupidez es la brevedad epigramática. Cave…(Nicolás Gómez Dávila)

¿Qué poder de seducción no tendrá la inteligencia en estado puro cuando es capaz de atraer como poderoso imán incluso a lectores que están en la antípoda ideológica de quien nos interpela desde la exhibición magistral y ejemplar de la misma? La obra de Nicolás Gómez Dávila es ya la de un clásico que admite parangón con otros aforistas y escritores tan reconocidos como quienes fueron sus maestros, Montaigne, Nietzsche, Rivarol, Valéry, Lichtenberg, Pascal, Donoso Cortés, Chamfort, La Bruyère, Karl Kraus, Tocqueville, Schopenhauer, los griegos y los latinos sin excepciones y con comprensible predilección por Platón y Tucídides, o, más próximo a él en el tiempo, Cioran, con quien tanto comparte; y como tal clásico que es, habrá de ser estudiado en esos centros académicos por donde él no pasó, lo que no sólo no fue obstáculo para escribir una obra tan impresionante, auténtica síntesis de lo mejor del saber de la civilización occidental, tan puesta en entredicho en estos tiempos de desorientación cultural y egoísmo político, sino, acaso, lo que posibilitó que la llegara a escribir, ¡de cuántos nobles esfuerzos intelectuales no disuade la mediocre, endogámica, banal y prosopopéyica vida académica! La figura de Gómez Dávila me trae a la memoria la del también “eremita” Cristóbal Serra, autor de una notable obra aforística y crítica. Efigies, 2002, publicada por Tusquets, fue un libro que Serra publicó como homenaje a sus autores predilectos y en la nómina de esa obra antológica pueden hallarse buena parte de los autores a los que ha leído con fruición y provecho Gómez Dávila. Dudo que Serra y Dávila llegaran a conocerse, pero ¡qué hermoso y fecundo diálogo de silencios expresivos hubiera dado de sí semejante encuentro! La vena de ficción que me da la vida y me quita el sosiego comienza a alborotarse con la imaginación de una narración en la que se describiera, no sé, un largo cruce epistolar entre ambos o una temporada en un monasterio benedictino, en celdas contiguas, esa orden de la que Gómez Dávila advierte en uno de sus escolios que Salvo la regla benedictina, todos los estatutos de las colectividades humanas son grotescos y toscos. No se olvide, para entender el contexto de semejante afirmación, que, de niño, en Francis, Gómez Dávila estudió en un colegio de dicha orden. Gabriel García Márquez, que asistió a alguna de sus tertulias, donde, por cierto, no era Gómez Dávila quien llevaba la voz cantante, sino el oído alerta, confesó que, “si no hubiera sido de izquierdas hubiera pensado exactamente igual que él”, lo que en realidad era una aceptación implícita del poder de su pensamiento, en modo alguno encasillable políticamente, aunque es evidente que de su obra emerge un pensamiento más próximo a lo que tradicionalmente, y con no pocas limitaciones conceptuales, conocemos como “derecha”, una opción política, la conservadora, que le parecía ridícula a Gómez Dávila, y tan deleznable como el indisimulado afán totalitario del comunismo. Gómez Dávila jamás tuvo actividad política expresa e incluso rechazó algún ofrecimiento en ese sentido. Su único compromiso era con su pasión, la lectura, y con su atrevimiento, la escritura, en forma de escolios de lo leído. Aunque se vende la imagen de un ser recluido en su biblioteca -y parte de esa leyenda áurea es que instalaran su cama hospitalaria de enfermo terminal en la biblioteca, para estar cerca de lo que había sido el alfa y el omega de su vida, el aleph desde donde había explorado la realidad toda-, lo cierto es que Gómez Dávila, acaudalado miembro de la sociedad patricia de Bogotá, tuvo una vida social que no excluía la asistencia a tertulias o actos sociales típicos de la alta sociedad, y menos aún la visita de fin de semana a la hacienda familiar, donde practicaba la equitación y donde, al parecer, tuvo el accidente que lo dejó con una notoria cojera de por vida. Alguna leyenda que añade un toque superficial a la vida del escritor dice que el accidente se produjo jugando al polo, pero era su hermano el aficionado a ese deporte. En cualquier caso, es evidente que desde los 23 años Nicolás Gómez Dávila organizó su vida en torno a la lectura y la escritura como actividad fundamental, a resultas de la cual creó una biblioteca, “su” biblioteca, es decir, su álter ego, cuyos fondos varían según las diferentes versiones que me ha sido dado consultar: desde los 40.000 hasta los 23.000 volúmenes, en todo caso, lo importante es que se trata de una biblioteca leída, no simplemente almacenada. Puede decirse que en ella no entraban más libros que aquellos que D. Nicolás quería leer o consultar. La casa estilo Tudor donde la formó es ahora, ¡ay!, sede de una empresa aeronáutica, en vez de lo que debería ser, una biblioteca con su nombre donde los investigadores pudieran, en contacto con sus fuentes, esclarecer su obra, porque, al contrario de muchos autores, Gómez Dávila no tenía la costumbre de hacer anotaciones en los libros, ni subrayados ni cualesquiera otros comentarios. No es mi caso, ciertamente, y doy fe de que mi edición de Atalanta de sus más de 9000 aforismos está absolutamente subrayada y anotada, porque es muy difícil resistirse al comentario admirativo, jocoso o airado frente al desafío de sus escolios. Hay quien quiere ver en la palabra, escolio, que viene de escholé, ‘ocio’, la raíz de la actividad intelectual y vital de Gómez Dávila: cultivador del ocio del que ha salido una obra capaz de acompañar, como libro de cabecera, la vida de cualquier aficionado al pensamiento. Gómez Dávila vendría a ser algo así como el reverso de la decadencia imaginada por Gil de Biedma en De vita beata: No leer, no sufrir, no escribir, no pagar cuentas, y vivir como un noble arruinado entre las ruinas de mi inteligencia. Gómez Dávila era un noble (sin título), rico, que leía, escribía y vivía entre la naturaleza feraz de su inteligencia deslumbrante. Gómez Dávila, que vivió parte de su infancia en Francia, donde recibió una educación exquisita, aunque paralela a la oficial, pues la enfermedad lo retuvo dos años en el lecho, se forjo en los ideales de la nobleza y del cristianismo, cuyos valores convirtió en norte y guía de su existencia, lo cual no implica que no los someta a crítica descarnada. Él mismo, en una de sus primeras obras, entre las que hemos de consignar Textos y Notas, dos recopilaciones de textos fragmentarios que anticipan las sucesivas ediciones de Escolios, no solo se declara reaccionario, sino, como reza el título del libro, El reaccionario auténtico, para dejar claro que su “reacción” nada tiene que ver con el conservadurismo ni con las “derechas” tradicionalmente entendidas por tales. Él define “reaccionario” como aquel que está en contra de todo porque no existe nada que merezca ser conservado. Su crítica de la democracia formal, así como de las ideologías de derecha y de izquierda, tiene la virtud de situarnos ante una visión crítica que desnuda las incoherencias de esas ideologías, sus contradicciones y el sinsentido de muchos de sus postulados, y todo ello lo hace con una inteligencia incisiva ante la que cualquier lector sin anteojeras ha de claudicar y reconocer su poder de persuasión. Más partidario de los deberes que de los derechos, de un ideal aristocrático en el que se reconozca la superioridad de la inteligencia frente a la estulticia, a Gómez Dávila se le descubrió en Europa gracias a una antología de sus escolios que se le presentó al lector, de forma excesivamente equívoca, bajo el título de Les Horreurs de la Démocratie, lo cual ha contribuido, sin duda, a encasillarlo en ese oscuro mundo del pensamiento reaccionario en el que él, sin embargo, no solo se siente la mar de a gusto, sino orgulloso de estar. Dos escolios suyos son suficientemente explícitos respecto de esta contienda: Solo un talento evidente hace que le perdonen sus ideas al reaccionario, mientras que las ideas del izquierdista hacen que le perdonen su falta de talento. Y Del libro del reaccionario el lector sale menos indignado de lo que entra. Del segundo soy la prueba viviente, aunque reconozco que no entré indignado, sino entusiasmado por el conocimiento previo que tenía del autor, en el que destacaban, como dos faros, los aforismos que acabo de transcribir. ¡Son tantas las creencias e ideas que me separan de Gómez Dávila que no sé cómo explicar que ese fenómeno sea compatible con el de las otras tantas, y más, que nos acercan! Frecuentarlo supone un ejercicio dialéctico del que no puede haber intelector que no salga enriquecido, porque su capacidad de penetración intelectual es de tal magnitud que a la fuerza se ha de reconocer que tiene a la razón como asistente, como edecán constante. Sus escolios, aumentados en sucesivas ediciones, y publicados de forma casi clandestina, puede decirse que han seguido una vía insólita para llegar al conocimiento del gran público, porque, dada su profunda herencia europea, fue descubierto primero en Europa, quizá fue la publicación de una selección de los Escolios al cuidado de Franco Volpi hecha por la editorial Adelphi en Milán (2001), la ruta por donde el escritor habría de ganar un reconocimiento más profundo en Europa, y, a partir del predicamento que fue obteniendo entre los intelectuales europeos, Botho Straus,  Dietrich Von Hildebrand  y Martin Mosebach, entre otros,  ha acabado convirtiéndose en el escritor universal que hoy puede considerarse que es, porque su obra, ¡afortunadamente!, nada tiene de “nacional”, en el sentido en que si bien puede hablarse, aunque con no pocos reparos, de la novela “colombiana”, en modo alguno sería lógico hablar, de su obra, en términos de “pensamiento colombiano”. Él se despacha a gusto contra esa visión reduccionista del arte nacional, por supuesto: Las actuales literaturas nacionales parecen imitaciones provincianas de una literatura central que no existe. Como dice Alfredo Abad en su estudio Pensar lo implícito sobre la obra de Gómez Dávila: Encasillar a Gómez Dávila dentro de la lista de autores colombianos es una singular aberración de taxonomía literaria, él sencillamente no pertenece a ninguna de las tradiciones que influyeron dentro de la literatura y el pensamiento colombianos. Hubo, incluso, quien desde la universidad se atrevió a descalificarlo con esa prepotencia de quienes administran totémicamente el saber, sin construirlo. Gómez Dávila, no obstante, siempre fue indiferente a ese tipo de críticas, tenía demasiado que leer, que escribir y que estudiar como para dedicar algo de su tiempo a esas cominerías. Los Escolios a un texto implícito no son solo una biografía intelectual, sino también una biografía vital, porque en la vida de Gómez Dávila, su dedicación polígrafa es algo así como el eje fundamental de su existencia, en torno al cual giraban los demás acontecimientos. Su infinita curiosidad, además, se extendía a cualesquiera campos de la realidad, desde la organización política, a la historia, pasando por la literatura, la filosofía, la música, la sexualidad o cualquier materia, disciplina o fenómeno sobre el que cayera su aguda percepción. Desde esta perspectiva, bien podemos considerar que hay en la escritura constante de Gómez Dávila algo de la actividad propia del dietario, por más que jamás entren en esos apuntes, en esos escolios, acontecimientos de su vida cotidiana, excepción hecha de sus copiosas lecturas, claro está, las cuales, sin embargo, bien podrían considerarse como excepción de su vida cotidiana, dada su tendencia a encerrarse en la biblioteca y a frecuentarla por la noche, “estando la casa sosegada”… Gómez Dávila reflexionó, obviamente, sobre su propia condición de escoliasta y se autorretrato en no pocos escolios o en sus primerizas notas, como en esta: Yo carezco de opiniones, sólo tengo breves ideas, transitorias y fugaces, más parecidas a las posadas destartaladas donde descansamos una noche que a las mansiones espléndidas, donde no sabemos bien si moramos, o si somos prisioneros de su misma magnificencia. No es extraño que escogiera en el prefacio a las Noches áticas, de Aulo Gelio, algo así como la divisa de su actitud curiosa, de su entrega a la indagación intelectual y la estampara como epígrafe de sus Notas para efectivo aviso de navegantes con plena vigencia. A su manera, le cabe a estos Escolios de un texto implícito, el título de la famosa obra de Pedro Soto de Rojas, Paraíso cerrado para muchos, jardines abiertos para pocos, y  esa actividad suya escoliástica, siempre pendiente de escribir notas o escolios, lucubratiúnculas las llamó Aulo Gelio, la convertirá en requisito sine qua non para que los intelectores puedan disfrutar de ellas, marcando quiénes caben en esa calificación:  Será, sin embargo, muy bueno -escribe AuloGelio- que quienes nunca se han dado al placer de la lectura, de la escritura, del comentario, ni pasaron noches en vela en estos menesteres, ni se instruyeron con discusiones y contraste de pareceres entre los émulos de la misma musa, sino que están metidos de lleno en sus negocios y desarreglos, esos, digo, que se alejen de mis Noches y busquen otra clase de diversiones [En traducción de Santiago López Moreda]. Dávila, acaso por ahorrar la redundancia, no transcribe el final de la cita: Que es viejo el adagio que dice: “El grajo nada tiene que ver con la lira,/ni el cerdo con la mejorana”. ¿No es curioso que, en su primer libro, el autor lo primero que haga sea ahuyentar a curiosos a quienes nada, dice, se les ha perdido en él? Desde luego es una muestra del talante de Gómez Dávila, de ese aristocratismo que profesó siempre como una divisa de su archipeculiar manera de concebir el mundo: Noble no es el que cree tener inferiores, sino el que sabe tener superiores. Y por ese camino, el de la búsqueda de lo mejor y lo bello, se va forjando la personalidad a contracorriente de Nicolás Gómez Dávila, capaz de escandalizar a tirios, a troyanos y aun hasta al propio narrador de sus querellas. Gómez Dávila es un desafío constante, un revulsivo extraordinario del aburguesamiento de las convicciones o, como él dice, llevándolo al terreno de la moral: Todo vicio se aburguesa fácilmente. Quiero entender, siguiendo a alguno de sus estudiosos, que había no poco de pose amedrentadora en esa declaración de Dávila como "católico, reaccionario y retardatario", un poco al estilo  del Bradominiano Feo, católico y sentimental, porque era una manera de ahuyentar al papanatismo de la juventud deseosa de admirar que llamaba a su puerta y a quienes, llegado el caso de la condescendía hospitalaria fugaz, no mostraba más que sus odios furibundos, y ninguna de sus discretas admiraciones, un poco al estilo del Borges que asumía con ironía proverbial su condición de autor de “derechas” a quien, por ello mismo, le sería eternamente negado un premio, el Nobel, que, premiándolo a él, acaso se hubiera redimido de sus muchas decisiones insólitas y ridículas. No practicaba él, ciertamente, aquello de lo que abominó: El cemento social es el incienso recíproco.  En esa primera aparición en forma de publicación, en edición hecha por iniciativa de su hermano Ignacio, quien, prácticamente, se lo arrancó de las manos al autor, siempre reacio a publicar, a pasar a la esfera pública, algo que contemplaba como un gesto de osadía intelectual que en modo alguno compartía; se trataba, con todo, de una edición limitada, dirigida a contadísimos lectores, lo cual no empecía, sin embargo, para que Gómez Dávila, como ya hemos visto por el epígrafe, se “explicase” -literalmente, abrir la plica muda que hasta ese momento había sido su actividad intelectual-: Estas notas no aspiran a enseñar nada a nadie, sino a mantener mi vida en cierto estado de tensión. (…) Las proclamo de nula importancia, y, por eso, notas, glosas, escolios; es decir, la expresión verbal más discreta y más vecina del silencio. (…) La nota breve no abusa de la paciencia del lector, y simultáneamente permite que lo que deseamos escribir se halle concluido antes que la conciencia de su mediocridad nos impida continuarlo. (…) No veo en estos cuadernos el repositorio de raras revelaciones; me contento con arrancar a mi estéril inteligencia unas pocas centellas fugitivas. (…) Anhelo que estas notas, pruebas tangibles de mi desistimiento, de mi dimisión, salven de mi naufragio mi última razón de vivir. A título anecdótico, quiero recordar que “centellas” fue también el referente metafórico que uso el aforista barcelonés Joaquín Setantí y Alcina, muy poco conocido fuera de los especialistas, para bautizar sus aforismos: Centellas de varios conceptos. Gómez Dávila, poco ecuánime en este aspecto, habla de su “estéril inteligencia”, acaso porque su respeto hacia la inteligencia adquiere dimensiones de culto totémico, un poco al estilo de lo que el pueblo judío hizo con la Sabiduría, a la que incluso en alguna estela se la representa en compañía de Yahvé, como diosa madre con igual dignidad jerárquica: La inteligencia es una patria. (…) La inteligencia no se manifiesta con un gesto de acogimiento y de cariño. La inteligencia es aleve y traicionera, recelosa y desconfiada, siempre comienza por repeler y refutar, siempre rechaza y siempre protesta. La inteligencia, pues, ocupa un amplio capítulo en la obra de Gómez Dávila, y ello hasta tal punto que, para el autor, se convierte en algo así como la medid de todas las cosas, de ahí que incluso hasta sus arrebatos los prefiera a cualesquiera otras templanzas desabridas: Confío menos en los argumentos de la razón que en las antipatías de la inteligencia. Tanto, que incluso está por encima de sus propios defectos inexcusables: Sin anfractuosidades y vacíos una inteligencia tiene la rotundidad insípida de canto rodado. Por todo ello, está claro cuál es la guía vital de Gómez Dávila: En la vida, como en las artes, la inteligencia que asume y ordena rescata de cualquier naufragio. Pero…, y él hubiera dicho que es “el único pero que valga”, Gómez Dávila solo reconoce un tótem por encima de la inteligencia, y eso no es otro que la fe cristiana que profesó con esperanza de náufrago, porque, como él la definió, la fe es abstersión de la inteligencia. Y ya es curioso que para esa definición obligara a quien quisiera entenderla a pasar por el diccionario para conocer que “absterger”, un término de la ciencia médica, lo define la RAE como “limpiar y purificar de materias viscosas o pútridas las superficies orgánicas”. Contemplar, pues, la inteligencia como algo orgánico, dice bien a las claras la estrechísima relación biológica que establece Gómez Dávila entre su vida y su obra, una simbiosis que se aprecia claramente en la totalidad de sus escolios, construidos como una hipóstasis perfecta, muy difícil de distinguir del maestro universal que ha devenido el escritor colombiano. Con todo, hay algo que Gómez Dávila, como si fuera un presocrático, y en paralelo a la fe religiosa, pone por encima de la inteligencia: La inteligencia se apresura a resolver problemas que la vida aún no le plantea. La sabiduría es el arte de impedírselo. Suponemos que su propia vida, ordenada y fecunda, debió de ser reflejo de esa preeminencia de la sabiduría incluso sobre la inteligencia. Quede claro que la tentación de añadir una ristra inacabable de aforismos de Gómez Dávila a esta breve semblanza que estoy trazando es muy fuerte y es posible que haya de ejercer sobre mí mismo no poca violencia para contener ese afán expansivo que la lectura de los mismos provoca y del que han sido sufridos partícipes mis allegados más próximos, quienes,  durante  casi un mes, no han oído de mí más que requerimientos de este jaez: “escucha este, por favor”; “mira lo que dice Gómez Dávila”, “¿te puedo leer una joya de Gómez Dávila?”, “fíjate lo que se le ha ocurrido a este hombre…”, “no te lo vas a querer creer, escucha esto…”, et sic de caeteris. Mi único corolario a esos requerimientos ha sido siempre el mismo: “¿no es maravilloso?”, porque la inteligencia en acción, como en el caso de los escolios de Gómez Dávila, y acaso por su propia rareza y extrañeza etimológicas, es siempre, “el” espectáculo, el único digno de tal nombre el mirífico (que comparte raíz con maravilloso, por cierto). La crítica de la democracia que lleva a cabo Gómez Dávila puede parecerle chocante a quien busca en las ideas más la complacencia y la tranquilidad de ánimo que la batalla a muerte que, al estilo de Unamuno, han de librar en el campo de batalla del individuo si quieren hacerse acreedoras al nombre de idea, o, como dejó escrito Oscar Wilde:  Una idea que no sea peligrosa es completamente indigna de ser llamada idea. El repertorio de críticas fundadas que hace Gómez Dávila de las incoherencias e inconsistencias del sistema democrático son solo parangonables con las descalificaciones de la actividad política, de sus móviles, de sus miserias, de sus parvos logros, etc.:  mientras más graves sean los problemas, mayor es el número de ineptos que la democracia llama a resolverlos.  El malévolo título de traducción francesa de sus escolios, Los horrores de la democracia no llama a engaño, ciertamente, pero esconde los soberbios fundamentos de esa crítica que todos los demócratas hemos de hacer continuamente, si queremos mejorar “el menos malo de todos los sistemas políticos posibles”:  La democracia es el régimen político donde el ciudadano confía los intereses públicos a quienes no confiaría jamás sus intereses privados, nos dice; pero también añade esa visión crítica del estudioso que se ha dejado las cejas en la lectura: La democracia ateniense no entusiasma sino a quienes ignoran a los historiadores griegos. Gómez Dávila predica con el ejemplo, sin duda, porque su crítica feroz de la institución eclesiástica y de quienes usan el nombre de cristiano en vano alcanza niveles que casi puede decirse que la política sale bien librada. De hecho, desde su altiva soledad reflexiva sabe perfectamente que la fe -cualquier fe- se pierde frecuentando correligionarios, pero no ignora, y es confesión estremecedora, por la honda verdad que en ella palita, que no viviría ni una fracción de segundo si dejara de sentir el amparo de la existencia de Dios. A lo largo -¡a lo larguísimo… y sin embargo breve!- de estos escolios, 1400 páginas de aforismos…, el lector hallará desde la diatriba hasta el apunte lírico pasando por la paradoja, las filias y las fobias a palo seco, el desprecio olímpico, la piedad cristiana, la reivindicación del silencio, el retiro y el estudio o el acercamiento a los grandes problemas del pensamiento occidental, del que él exprime escolios que a veces son introducción a esos temas, a veces ingeniosos corolarios, a veces apóstrofes retóricos y en muchas ocasiones confidencias a media voz. Gómez Dávila es algo más que un aforista ingenioso o lúcido, algo más que un surtido de aforismos brillantes que pueden servir de citas de campanillas; los Escolios a un texto implícito es una obra fundamental del pensamiento moderno en su vertiente no solo divulgativa, sino también sintetizadora. Gómez Dávila no solo es un crítico acerbo de la modernidad, sino un ariete potentísimo contra la impostura, la falacia y la demagogia. Leer sus escolios constituye un reto intelectual de primer orden, porque constantemente está reenviando al lector hacia este o aquel autor, hacia esta o aquella obra, hacia este o aquel siglo, como cuando, a propósito de la mala literatura, nos dice que cuando los escritores de un siglo no pueden escribir sino cosas aburridas, los lectores cambiamos de siglo. Su estricta visión religiosa de la existencia no convierte a Dávila en un ser tridentino, o poco menos, pero no es menos cierto que algunas aversiones suyas son tan chocantes como, al menos para mí, repelentes, como hacia la sexualidad, según se advierte en este escolio desdichado que me provoca un rechazo visceral: El amor puede tener primavera erótica, pero su otoño debe ser casto. Pocas suposiciones más desagradables que las de cópula de cincuentón con cuarentona. Desde la sesentena recién estrenada, me entran ganas de contestarle con un aforismo reciente de mi propia cosecha: me parece imprescindible que en todo erotismo hay una fuerte dosis de erostratismo… En otras ocasiones es su defensa de la jerarquía aristocrática lo que llega a incomodarme tanto que me siento realmente violento ante la sola lectura de algunas afirmaciones que, aun a pesar de su carácter provocador -Gómez Dávila es, con su talante reaccionario el gran provocador de nuestros mediocres tiempos socializantes y tan torpe como neciamente igualitarios-, no dejan de escocer por atrabiliarias y por injustas: El pueblo solo es civilizado mientras perdura la huella de una clase alta, látigo en mano. O esta otra que repugna tanto al recto entendimiento como a los antirracistas blancos norteamericanos la simple audición de la palabra nigger: Libertad real no existe sino donde una pluralidad de amos permite trasladarse de uno a otro fácilmente. Otras, más atenuadas, aunque hirientes, no dejan de esconder parte de la verdad oculta en la demagogia rampante que domina el discurso social, como cuando sostiene que “pueblo” es la suma de los defectos del pueblo. Lo demás es elocuencia electoral, o que la gente nace cada día más apta a encajar perfectamente en estadísticas.
         Si tuviera que levantar un retrato de Gómez Dávila a partir de sus escolios, necesitaría, en realidad, comentarlos uno por uno para ver las complejas implicaciones que se desprenden de su lectura y de la comprensión de los mismos, hasta donde sea posible dicha comprensión, que no está claro que siempre lo sea. La enorme variedad de temas, acorde con el modelo escogido, Las noches áticas, de Aulo Gelio, ese cajón de sastre del saber profundo, pero también del saber anecdótico, hace de la lectura de los Escolios a un texto implícito una lectura amena que yo he hecho de forma continuada por amor a la inteligencia magnífica y esplendente de Gómez Dávila, pero lo suyo, sin duda, es colocar este libro encima de su padre putativo, los Ensayos, de Montaigne, que no pueden faltar en ninguna mesita de noche, e ir poco a poco degustando, como gotas de ambrosía, su saber milenario. Por no decepcionar a los intelectores que acaso lo esperen de mi manera de actuar, cada vez que he hablado de un aforista, añadiré, a modo de provocación, una brevísima selección de aforismos que no vayan más allá, en cualquier caso, del derecho de cita, porque, hágaseme caso, concédaseme esa gracia, este libro de la editorial Atalanta ha de figurar forzosamente en la librería de cualquier intelector que se precie de serlo. He aquí, pues, esa selección un tanto aleatoria, y tan parcial como es el gusto particular de quien esto escribe:
Las perfecciones de quien amamos no son ficciones del amor. Amar es, al contrario, el privilegio de advertir una perfección invisible a otros ojos.
El interlocutor incoherente irrita más que el interlocutor hostil.
Las ideas confusas y los estanques turbios parecen profundos.
Nada cuesta tanto al escritor como resignarse a sus cualidades.
Si la circunspección crea pedantes, el entusiasmo crea imbéciles.
Una verdad confusa vale menos que un error lúcido.
Ciertas virtudes son las astucias de un vicio.
La verdad es la suma de las contradicciones en que incurren los hombres inteligentes.
Desconfiemos de quienes primordialmente anhelan expresarse.
Solo es católico cabal el que edifica la catedral de su alma sobre criptas paganas.
La sabiduría, en este siglo, consiste ante todo en saber soportar la vulgaridad sin irritarse.
En todo reaccionario Platón resucita.
La nada es la sombra de Dios.
Aun entre igualitarios fanáticos el más breve encuentro restablece las desigualdades.
Nadie se aferra tanto a sus pareceres como el que es sólo eco de su época.
La idea del “libre desarrollo de la personalidad” parece admirable mientras no se tropieza con individuos cuya personalidad se desarrolló libremente.
No hay que esperar nada de nadie, ni desdeñar nada de nadie.
Seamos livresques, es decir: sepamos preferir a nuestra limitada experiencia individual la experiencia acumulada en una tradición milenaria.
Las opiniones no son todas respetables sino muertas. Es sólo como cadáveres que las estupideces no hieden.
Hombre culto es aquel para quien nada carece de interés y casi todo de importancia.
La vulgaridad nace cuando la autenticidad se pierde. La autenticidad se pierde cuando la buscamos.
Escribir es muchas veces ineludible; publicar es casi siempre impúdico.
Las palabras nacen en el pueblo, florecen entre escritores, mueren en boca de la clase media.
Evidentemente yo no sé bien lo que sé; pero, por lo menos, ignoro totalmente lo que ignoro.


La independencia intelectual se ha conquistado cuando no son tales o cuales opiniones lo que nos deslumbra sino la sola inteligencia.

P.S. En su generoso comentario, David alude, con "Viva mi dueño" a la entrada "Gira la rueda de Fortuna...", que ahora vinculo para intelectores noveles en este Diario, a raíz de la cual se cimentó nuestra amistad actual, de la que me honro.

4 comentarios:

  1. Agradezco los honores de la mención y, como aquí podemos explayarnos en una suerte de reunión familiar, aclaro de seguido que los recibo más por la magnanimidad del glosador que por mérito debido a mejor razón que mi discreto papel de impulsor en el acercamiento a una obra cuyos prodigios aún me reservan varias decenas de páginas, demora que puedo explicar en parte, accusatio manifesta, por la dosificación que mi temperamento influenciable adopta por norma en su relación con sustancias fuertes, y en menor medida por algunas secuelas indeseables de mi curiosidad, hecha de avideces que me impelen hacia rutas de lectura y digresión que parecen contravenir la disciplina elemental para encarrilar un estudio. El autovampírico hábito de escribir no contribuye, por supuesto, a dilatar el espacio mental disponible para la concentración en otros menesteres y el resultado, como no puedo negar, es un ritmo de procesamiento intelectual bastante irregular. Aun así, el método promiscuo de trenzar los hilos de las experiencias propias con las procedentes de autores, épocas y géneros bien distintos —¿acaso hay otro método?—, no está exento, como sabe todo espíritu inquieto, de fructíferas figuraciones y serendipias, además de estimular como pocos productos de laboratorio el campo de visión, aunque nada nuevo haya bajo el sol de aquello que uno ha de volver a contemplar durante el transcurso de sus descalabros. Consciente, pues, de mis vicios o flaquezas, me admira más si cabe que tu arte de poligrafómano, tu disciplina para orientar el temple maratoniano hacia metas donde trabajo e inteligencia puedan darse de amorucones sin desfallecer en el intento. Creo no faltar a la verdad, ni al alivio de desasirse de un deber complejo, si te felicito por la riqueza de unas líneas sobre Gómez Dávila muy superiores a las que yo hubiera podido esbozar de haber aceptado el desafío. No es lisonja, sino sensato reconocimiento. No hubiera, por ejemplo, podido traer a colación a Soto de Rojas porque aún no me he demorado en su carmen.

    Bien supe desde el principio, con aquellos cincuenta motivos implícitos transmutados en Escolios gracias a la alcancía de Viva mi dueño, que el improvisado mecenas Juan Poz, sorprendido por el título que escogí, se encargaría de encajar, en un futuro que ya es, la radiografía de un libro que, sin duda, ni acepta ni permite ser tratado con indiferencia. Gómez Dávila es, por encima de otras irreductibles peculiaridades, una individualidad en (casi) permanente estado de iluminación, un abismo de lucidez transversal a la historia del pensamiento, siempre capaz de entrar en erupción con el aleteo de una mariposa o de decorarse (o si se quiere, de traicionar su mirada infinita) con las fumarolas de su cristianismo medievalizante y de sus grimas hacia todo lo que huela a carne en estado de lujuria. Sea como fuere, sus aforismos, que invitan a ser leídos en tantas direcciones como aventurar pueda su explorador, cumplen una función oracular que jamás pretendió quien los gestó. Es posible que Gómez Dávila a pesar de Gómez Dávila sea de aquellos contadísimos, imprescindibles talentos que no nos ofrece otra opción más que pensar sobre y contra todo para, después de todo, demostrar que nada hay que merezca ser pensado sin ser amado...

    Para terminar este abuso de la paciencia, quisiera reflejar una anécdota de sincronicidad que nos atañe a ambos, a ti y a mí. Mi última entrada, publicada ayer, incluye la palabra «escolio» en el título. También, aproximadamente a la misma hora que publicabas la tuya con esa dedicatoria (de lo que tuve constancia horas más tarde), yo recomendaba en un comentario la lectura de La España vulgar. Los caminos del azar son inescrutables.

    Un abrazo.

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  2. "Es posible que Gómez Dávila a pesar de Gómez Dávila sea de aquellos contadísimos, imprescindibles talentos que no nos ofrece otra opción más que pensar sobre y contra todo para, después de todo, demostrar que nada hay que merezca ser pensado sin ser amado..." Lo hago mío y confieso que envidio sana e insanely no haber podido escribir una apreciación tan ajustada, en forma y fondo, a la experiencia intelectora extraordinaria que es internarse en esa floresta de los "Escolios" donde uno se pierde de mil amores, en la pausada y pasmada busca del único grial posible: la sabiduría. A ver si puedo vincular el "Viva mi dueño" para posibles intelectores noveles que se atrevan a entrar en este Diario. Por otro lado, David, aun agradeciendo tus palabras, ambos sabemos que hay más del buen hacer de Gómez Dávila en cualquiera de tus propios escolios que en esta entrada mía, eso sí, de andar por casa, que es el contexto, bien lo has visto, para este espacio casi familiar, puesto que esclavos somos, al fin y al cabo, y no solo etimológicamente, del afán de saber.

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  3. Gracias. Le agradezco la co-dedicatoria y, sobre todo el magnífico texto. Ya no hay dudas de que Gómez Dávila es un fenómeno literario serio.
    Pero hay quien quiere hacer de él también un ideólogo. Lo estoy viendo aparecer entre autores conservadores que pretenden hacer pasar sus chispeantes aforismos por razonamientos. Una de las gracias afiladas del aforismo es que no es un "horismós" (una definición: Aristóteles) sino otra cosa. Si la definición aísla el género y la especie, el aforismo -me parece a mí- exagera algún rasgo o del género o de la especie de algo para hacerlo chocar contra las definiciones que ya tenemos de ese algo. Y ahí está el chisporroteo, porque nos hace pensar que nuestras definiciones no recogen nunca toda la realidad de las cosas. Me atrevería a improvisar la tesis de que el aforismo es un cinismo serio y, por lo tanto, un nihilismo borderline (que bordea el "horos", el mojón, el límite, el término... de la definición).
    Saludos cordiales.

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    1. En efecto, el chisporroteo de sus "centellas"... Lo de que "el aforismo es un cinismo serio" es, en serio, un magnífico aforismo.

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