sábado, 9 de julio de 2016

Un artista universal en Llabià: Josep Coll.



La mirada del Artista auténtico: Josep Coll, escultor, creador de formas y mundos.


LLabiá es un pequeño pueblo del Ampurdán, situado en un altozano desde el que se contempla la amplia extensión del antiguo estanque de Ullastret, localidad célebre por sus ruinas prehistóricas, un espacio de cultivo rodeado por la Sierra del Dauró y la sierra de Les Gavarres, como si fuera el cráter calmo y fértil de un volcán extinguido. Allí nos condujo la amistad y nos sedujo un paisaje que, como la Flecha a Fray Luis, nos acogió lejos del mundanal ruido y nos serenó incluso el más turbado o baqueteado de los ánimos. Son cuatro casas mal contadas, una iglesia modesta, una casa de turismo rural y unos alrededores por donde el olvido de sí y de los noes del determinismo social se daban amistosamente la mano. No es la primera vez que J. y A. nos invitan, pero sí ha sido la primera en que hemos tenido la ocasión de visitar el taller y museo de un artista discreto, casi escondido, apegado a la tierra y a la imaginación a partes iguales, Josep Coll, a quien poco a poco el tiempo, espero y deseo, irá poniendo en el lugar de honor que le corresponde. 

Quien tiene, como yo, El quadern gris de Josep Pla como una biblia territorial y antropológica catalana, en su creativa versión ampurdanesa, además de un texto fundacional del català antinoucentista (aquel intento diabólico de crear una lengua artificial de minorías selectas y estiradas,  definitely highbrow) entiende perfectamente la existencia de un personaje como Josep Coll, tan volcado en su arte y en los logros del mismo, como olvidado de sí y de la posible importancia que pueda tener su obra magnífica y de alto vuelo conceptual. De profunda raíz agraria, aunque electricista de profesión, Josep Coll es un hombre que recicla cuantos materiales tiene a su alcance en la magnífica masía del siglo XVI de Can Pau de Llabià, hoy establecimiento turístico rural donde “los que saben” escogen pasar unos días de desconexión total, porque Llabià es, realmente, un inexpugnable castillo sin lienzos de muralla, sin almenas, sin adarves…, de la paz más exquisita que se recoge en un paisaje que instala en el espíritu el olvidado ritmo de la madre naturaleza. 

Josep, que tiene en el jardín de su masía una suerte de museo al aire libre de sus piezas, también ha construido un espacio cerrado donde exponer buena parte de su colección, llena de piezas que no solo sorprenden por la forja en metal y la unión con elementos naturales como las piedras o la madera, sino por invenciones luminosas como sus móviles con varios centros de suspensión, al más puro estilo de los de Calder, aunque sin el aditamento del color.

Es una maravilla ver esos móviles en acción rotando en diferentes direcciones al tiempo. Josep experimenta también con los efectos lumínicos, con la sombra de las piezas y con la inversión de las perspectivas a partir de las bombillas rellenas de material que proyectan una visión espectacular del paisaje del antiguo estanque de Ullastret, como se aprecia en las magníficas fotografías de J., tomadas el día de nuestra visita. Impresiona la capacidad formal de Josep Coll y sorprende la aplicación artesanal de su arte mayor escultórico a unas lámparas que son perfecta aplicación práctica de un modo muy original de combinar la forja y los elementos naturales propios de la zona y de la masía. El taller del artista merece una visita tanto o más obligada que la de su pequeño pero espectacular museo, porque en el atelier es donde se conoce verdaderamente al artista, junto a su mundo referencial: herramientas, materiales, proyectos, obras a medio acabar, obras desdeñadas, diseños, esbozos, e incluso los sueños y las figuraciones de lo por venir. Josep, vecino de J., nos trató con esa sencillez sin adulteración posible del hombre arraigado en su hábitat y al tiempo soñador de mundos llenos de formas en las que habita la gracia de la inspiración alada, a juzgar por la querencia aérea de su obra, incluso la de la atada a las moles de piedra o al terreno. Le escuchábamos en silencio, aunque tampoco es artista de palabra torrencial, sino de entusiasmo profundo y sincera modestia. Nuestra sorpresa fue que, hasta el presente, solo haya hecho una exhibición de su obra en los baños árabes de Gerona, y hace ya tiempo. Mientras paseábamos por tal derroche de imaginación artística, me preguntaba cómo es posible que Josep Coll no haya sido descubierto como merece, como un escultor de primera magnitud en un formato medio del que es posible que, con el reconocimiento por medio, diera el salto a la obra de grandes dimensiones. Azarientos son los caminos complejos del reconocimiento artístico -¡y qué me van a decir a mí, Artista Desencajado!-, pero tengo para mí que no ha de pasar mucho tiempo antes de que, sea a través de un reportaje en el dominical de El País o con una gran exposición en una reconocida galería de arte, que la obra de Josep Coll, tan original y sorprendente llegue a conocimiento del gran público. ¿No se invierte en arte en época de crisis? Pues ningún momento mejor que éste para hacerlo con una obra que, en cuanto se conozca, no conocerá sino la revalorización permanente. 
Además, Josep une a su arte de forja, la afición notable de la fotografía, de ahí que busque con sus piezas una experimentación con efectos luminosos que no excluyen ni la fotografía ni la filmación. A ello se añade el placer del artista en fotografiar el paisaje cambiante que se advierte desde el altozano de LLabià teniendo sus propias obras como contraste y fuente de inspiración. Es probable que muy pronto a las piezas se haya de sumar, de forma complementaria, una exposición de sus excepcionales fotografías. Sí, el ojo del creador, la mirada del artista, es siempre la percepción insólita de lo existente, el descubrimiento de lo que a los ignaros y superficiales mortales nos suele pasar desapercibido, de ahí que en el taller y en el museo de Josep me sintiera como en casa y en la mejor de las compañías, la de a quien nada le pasa desapercibido ni por alto, quien se adentra en la materia y en la realidad hasta su tuétano sabroso y nutritivo. Supongo que solo pasando unos días en Can Pau de LLabià puede entenderse de qué hablo, qué admiro y ante quién me descubro con rendido agradecimiento. 










¡Qué suerte tener amigos como J. y A. que, además de su hospitalidad y su afecto, te regalan el conocimiento de un artista singular!





4 comentarios:

  1. Como he pasado muchos días en Can Pau de Llabia, y algunos más con mi imaginación, sé de quien hablas, pedazo de señor, muy buena gene, sé de su magnífica obra, de ese ambiente tan bucólico que le rodea y solo me queda decir que enhorabuena por tu artículo, resume, y muy cariñosamente a nuestro artista y su mundo

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  2. Gracias por tus generosas palabras; las mías me parecen de Justicia, pero la obra de Josep, tan imaginativa, las convierte en palidísima evocación de ella. Sólo deseo que se extienda el conocimiento de un artista "tan arrelat a un espai tan meravellós"...

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  3. Es un escultor fantàstic,val la pena fer una visita i que us ensenyi el museu i si s'escau el taller. Parlar amb ell et fa valorar les coses més sencilles, pedres, bombetes, restes de ferralla.

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    1. És un artista enganxat al terreny, com diu molt bé vostè, depenent de les petites coses que l'envolten, però la seva imaginació vola ben alt, perquè té una mirada que sap captar meravellosament les possibilitats expressives de cada objecte, per humil que sigui. La seva intuició mecànica, d'altra banda, és tot un prodigi.

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