domingo, 5 de mayo de 2013

Método del lápiz: los Microgramas de Robert Walser.


Robert Walser: Microgramas

La libertad creadora, la desolación vital.



Volvamos sobre Walser, un auténtico autor maldito cuya biografía llama tanto la atención como su obra, ligada íntimamente a ella, sin que pueda ser considerada, sin embargo, exclusivamente autobiográfica, por más que su propia muerte –falleció en el transcurso de un paseo a través de la nieve, cerca del psiquiátrico en el que estaba recluido– fuera novelada con antelación, por ejemplo, en su obra Los hermanos Tanner. Se trata de un hombre de vida desdichada, con un carácter difícil, en el sentido de no ser capaz de dominar el difícil arte de las relaciones sociales, y cuya tendencia misantrópica, e incluso misógina, corre pareja con su amor al paseo y a la naturaleza. La dificultad de trato comenzaba por sí mismo, y esa suerte de ciclotimia propia de tantos creadores, tan pronto en la cúspide espumosa de la ola como en el fondo tenebroso del abismo, no le abandonó jamás, aunque tampoco desertaron de él ni la claridad de juicio ni el buen hacer narrativo.
Después de abandonar prematuramente los estudios, sólo cobijó en  su  vida la ida de dedicarse a la literatura y de vivir de dicha actividad, lo que no siempre pudo lograr, a pesar del predicamento de que gozó en vida y del fervor  con que leyeron sus textos autores tan significativos de la mejor literatura del siglo XX como Franz Kafka y su tocayo Robert Musil. Su lucha por la supervivencia marca inevitablemente su propia obra. Pasó de trabajo en trabajo como de domicilio en domicilio, aquejado por una trashumancia vital endógena que le complicó y amargó la existencia, a pesar de su excelente y negro humor. Nos hallamos en presencia de lo que puede considerarse un ejemplar clásico de novelista “intelectual”, más inclinado a la reflexión filosófica, con notables incursiones en la psicología y en la sociología, que propiamente al arte refitolero de  la narración pura.
Los libros que acabo de leer, Microgramas, I,II y III (Siruela, 2005,2006 y 2007) son su última obra, culminada en 1933, momento en que es internado en un psiquiátrico del que ya no saldrá hasta su muerte novelada, poética portada, por cierto, de su obra Historias de amor, de la editorial Siruela, donde puede adquirirse toda su obra. En la imagen se advierten en primer plano las huellas del escritor sobre la nieve, como las de un pájaro solitario al modo místico de Juan de la Cruz, y al fondo el cuerpo yacente del escritor, lleno de una rigidez distinta del rigor mortis. Se trata de una suerte de último gesto del desengaño, de un escorzo trágico de la desesperación resignada. Llevaba 23 años encerrado y sin escribir: No estoy aquí para escribir, estoy aquí para estar loco, le confesó a un visitante, como recoge Coetzee en su ilustrativo artículo El genio de Robert Walser, por más que su estado no pareciera exigir, al decir de sus contemporáneos, semejante reclusión, aunque la vida cotidiana, a juzgar por las prosas de Microgramas, revelen, en algunos momentos, una distancia abismal con el principio de realidad y trasluzcan un desprendimiento feliz de las convenciones y normas sociales y literarias, porque Microgramas es, sobre todo, la obra libérrima de un ser atormentado que no duda a la hora de reconocer sus limitaciones: Escribo muy despacio. Mi fantasía actual carece de fantasía. De hecho, su propia confección manuscrita ya da a entender el carácter transgresor de la obra, porque, después de haber abandonado la pluma y escogido el lápiz como herramienta de trabajo, el método del lápiz lo llamaba Walser, se verifica un cambio en su actividad literaria que le permite recuperar la ilusión por la escritura y crear una obra cuya paciente “traducción” ha supuesto sus buenos quince años largos de trabajo, dada la índole de sus escritos, con trazos de poco más de 1 milímetro, llenos, además, de signos casi crípticos que le permitían, mediante esos trazos de “patita de mosca”, crear un testamento artístico de primera magnitud como documento literario para la elucidación del propio autor, si bien no es menos cierto que buena parte de la obra, excesivamente ligera y deslavazada, no colma las expectativas con que el lector ingenuo se adentra en los tres volúmenes, excepto que se sea lector walseriano, el único que no perdonará ni  una coma de los tres volúmenes y gozará de todos ellos  con la fruición del devoto y la mirada autópsica -¡qué incoherencia léxica tan literaria: que la autopsia (contemplar con los propios ojos) sea obra de otras manos y otros ojos– del propio autor, quien con tan minusculísimos signos ha construido una megalupa a través de la que se escruta con la gelidez y el entusiasmo de quien mantiene consigo mismo la más ambigua de las relaciones.
Una vez conocida, aunque sea someramente, su biografía –y por referencia de una recensión crítica creo que debe de ser muy interesante la publicada también en Siruela por Jurg Amann, Una biografía literaria, en la que va alternando la crónica biográfica con páginas literarias del autor, en un contrapunto tan original como esclarecedor–, y sabedores de que el espectro de la perturbación mental afectó a su madre y a un hermano que se suicidó, los  textos contenidos en Microgramas adquieren una dimensión distinta y el lector se pasea por ellos –porque eso exige Walser de nosotros, que paseemos por sus textos con el desorden y la morosidad de quien no puede pasar por alto los innumerables guiños de todo tipo que el autor nos hace: No es en el camino recto, sino en los rodeos donde se encuentra la vida, nos dice en uno de los fragmentos–  como quien lo hace a la vez por el mapa  y por el territorio y no sabe de qué admirarse más, si de la realidad o de la encriptación deliberada de la misma en un endiablado, pero hermoso, sistema de escritura que le supuso al autor una liberación y una suerte de renacimiento literario auténticamente libre, porque en modo alguno había de ajustarse a ninguna expectativa de éxito y consagración: un autor ridículo y sin éxito, se consideraba a sí mismo, algo que sólo un artista desencajado es capaz de comprender en toda su plenitud. Esa percepción de sí mismo como epítome del fracaso es lo que le permite una libertad de composición tan grande que poco tienen que ver sus infinitas prosas de Microgramas con el resto de su obra, si atendemos al espíritu festivo que se trasluce en muchas de ellas y a la constante experimentación narrativa que se permite. Diríase que, abandonada la esperanza de la consagración popular, Walser se encerró en sí mismo y escribió para sí, de forma autista, y de ahí la microescritura en que decidió preservar su última obra.
La mera contemplación de las páginas manuscritas, escritas en cualquier tipo de papel, usualmente del que solemos tirar a la basura, nos impresiona como si contempláramos el mapa real de  un tesoro rescatado de alguna nave corsaria en la que, milagrosamente, se hubiera conservado intacto. La mera transcripción de los títulos de los breves capítulos es tan sugestiva que le resulta poco menos que imposible al lector no ceder a la tentación de internarse en esos paisajes que Walser construyó con una dedicación de orfebre y un espíritu tan burlón como escéptico. Veamos una breve selección de esos títulos-imán:
·       La gente importante me tilda de niño.
·       Por lo general, antes de ponerme a escribir, me enfundo primero una bata de prosas breves.
·       Al suave viento del este, colgado de la robusta rama de un roble, un gran duque que se había ahorcado agitaba los pies luchando por abandonar el reino de la absoluta certidumbre.
·       A Fräulein Monika, que declaraba que ese pelo azabache era suyo.
·       Oh, era una vida serena, delicada, profusamente adornada con hepáticas.
·       Érase una vez un hombre joven dotado de abundantes nostalgias.
·       Mierda, tiranos y tristes figuras.
·       Si puedes, dueña de mi corazón, discúlpame por haber comido anoche ciervo a la pimienta.
·       Mira que dejarse inquietar por un mayordomo mayor llamado Kalb.
·       La luz cubre el suelo de mi cuartito, que tiene tras de Jean-Jacques Rousseau y que podría estar en una casa isleña.
·       El modo de acurrucarme en casa de esa tal Diana.
·       Las palabras que deseo pronunciar aquí tienen voluntad propia.
·       Con mis débiles fuerzas comento aquí con las menos palabras posibles una película.
·       Una cerda cebada.
·       Las calles tenían pinta de direcciones caligrafiadas.
·       Deseo que este paisaje nevado me quede bonito.
·       Tambaleándome sobre asuntos que bajo mi férula de artista adquirieron la forma de torre o de foro.
·       Llevaba largo tiempo viviendo en la torre de la paciencia.
·       ¿Medrarán los malvados?
·       Ramsés II rejuvenecía de siglo en siglo.
·       Estoy siempre en casa trabajando.
·       Hace un momento se escapó un libro de una editorial.
·       Por fortuna no me ocupo aquí de nada demasiado actual.

Es Microgramas lo que podríamos denominar, popularmente, libro-botica, lo que los clásicos denominaban poliantea (es decir, florilegio), una obra que alberga muchas materias diferentes y un solo género predominante, el narrativo, frente a las ocasiones en que se adopta el género discursivo para hablar del teatro, la literatura, la ópera, la danza o la pintura, entre otras materias. Desde este punto de vista podríamos hablar de un Dietario, pero el volumen de las supuestas entradas del mismo, en comparación con las de registro narrativo estricto, no justifica su clasificación en tan particular género autobiográfico. Para el lector actual, sin embargo, acaso tengan más valor los textos no narrativos que los propiamente tales, pues en estos Walser se deja llevar bastante a menudo por un registro metanarrativo que marca una distancia casi brechtiana respecto de lo narrado, lo cual acentúa el humor irónico que condiciona el desarrollo de casi todos los fragmentos. Incisos al estilo de:
Kätchen rompió a llorar. Les ruego por lo que más quieran que me permitan ahorrarme el relato de sus lamentaciones eternas, ruidosas, propias de los nibelungos.
Por cierto, que he vuelto a escaquearme de tratar tan hermoso asunto para hacer lo que más me apetece –divagar en la maleza de las nimiedades–, y por poco vuelvo a olvidar de qué quería hablar.
“Es una buena persona. Todas las personas con defectos son buenas personas”, se dijo entre risas nuestro Fergo, que pagó su cuenta y se marchó. ¿Lo seguimos? Me temo que será mejor, porque si no abandonaríamos un relato cuyo protagonista es él.
Pero él ha conocido a una persona muy importante para él y su futuro, y eso no se puede cambiar, y en el fondo ella lo comprende, y vaya una historia más tonta y costumbrista esta que estoy contando y con la que, parece, no he acabado todavía.
Supongo que se mordió los labios de la rabia. Siempre pueden no aceptar mis suposiciones.
O la encantadora:
¿Por qué lo tomaba ella por malo? Oh, pregunta, mantente abierta como el portal de una casa elegante, grande, luminosa, provista de salas bien aireadas. Continúa tu viaje, querido autor.
Apunté antes que la lectura de Microgramas no exige la linealidad, y lo reitero como una de sus grandes cualidades. Da igual el fragmento por el que los lectores deseen iniciar su medineo, y sólo los que se las den de filólogos de pacotilla, como mi menda lerenda, incurren en el error de bulto de hacer esa lectura ordenada y seguida, sin interrumpirla con otras lecturas ajenas a ella, algo que solo obra en demérito del lector, pues violenta una típica estructura abierta, semejante en todo al género aforístico o al género poético. Es cierto que la ordenación cronológica de los fragmentos permiten intuir alguna ligera evolución en el tono y el contenido de los fragmentos, y que, a medida que nos acercamos a 1933, el atrevimiento estilístico y temático parece incrementarse, pero no es un rasgo tan significativo como para renunciar al paseo sin dirección que nos permita encontrar la vida atormentada y jocosa que, bañada de amarga ironía, tanto acaba gratificando al lector.
Me es imposible siquiera enunciar los momentos estelares que contienen las 948 páginas del total de la obra, porque prácticamente no hay página en la que el lápiz del empático Desencajado no se haya aplicado al subrayado y comentario de todo aquello en que se ha visto reflejado, tanto biográfica como artísticamente. Microgramas es una autobiografía indirecta, una novela de novelas, una suerte de pessoano Libro del desasosiego y una lección de crítica de artes desde la más radical subjetividad: Durante el Viaje a Italia de Goethe, fui presa frecuente de una somnolencia que en cierto modo me satisfacía, mientras que el Renacimiento de Gobineau me invitaba de continuo a mirar y a permanecer despierto; o Los bandidos son amenos, Cábala y amor me tortura. Al artista desencajado le ha llegado muy adentro la descripción del efecto que produce en el espectador la contemplación y audición de una ópera como La flauta mágica, de Mozart, por razones que no vienen al caso. No me resisto a transcribir aquí esas reflexiones a cuya pregunta final se ha encargado el fanatismo nacionalista de los hombres de darle dramática respuesta:
La música, de una belleza casi sobrenatural, que titila sobre el cuerpo de esa ópera  como si la obra fuera una diosa adormecida y la música sus ropas, despertó en mí miles y miles de impresiones, quisiera creer que imposibles de perder, cuya espléndida totalidad considero un tesoro, un uniforme danzar o balancearse al vaivén de los minutos y de las horas, que refleja de manera variopinta el sentido de la existencia. Creí poder percibir, vivir, la infinitud de los días y las noches, y esto me pareció de suma belleza artística y de un poder afiligranado, donde pura y grandiosamente se oculta una espera y expectación y esperanza de años, concentrada en un aria de diez minutos, empujada a una musicalidad casi abismal o ridículamente espiritual que hizo brotar lágrimas de embeleso de los ojos de mi vecina, acaso una dependienta de unos veinticuatro años. Dentro de las posibilidades que permitían las leyes de la escena y el escaso tiempo de la velada teatral, se derramó allí, cual flores de un cuerno de la abundancia, la novela de la vida, todas las alegrías y penas, hecho que en mi opinión contiene encantos casi infinitos, lo que sin embargo no me impide preguntar si, a pesar de toda esta belleza creada por temperamentos serenos como lo fue, por ejemplo, el del salzburgués, serían después realmente posibles sucesos de naturaleza indeseable como esta guerra mundial.
Por lo demás, son tantas las reflexiones, las intuiciones, los aforismos, las novedades contenidas en esos fragmentos que necesitaría tres o cuatro entregas para darme el gusto de comentarlas todas. Dada mi escasez de tiempo, opto por abreviar y ofrecer algunas muestras de lo que anuncio, para que no se diga que escribo a humo de pajas. Desde el primer volumen hasta el último, las continuas manifestaciones de agudeza e ingenio de Walser son de tal naturaleza que forzosamente el lector (o el escritor) inclinado hacia ellas tendrá materia de fruición para mucho tiempo, porque, no quiero dejar de decirlo, los Microgramas admiten varias lecturas con total confianza de que en cada una de ellas se descubrirá algo que antes es posible que nos haya pasado desapercibido, como ocurre con los poemas, que nunca acaban de leerse (y de comentarse) del todo.
En el primer volumen hay tres fragmentos fantásticos: Soy la poetisa Vögeli, coronada por el éxito, donde se exhibe una brillante disección de la vida literaria de la época (pág.222); El de la pág.249: Hay gente que se toma a mal que uno ame a tal o cual dama y no a otra, en el que Walser reflexiona sobre su obra a partir de la confidencia que le han hecho de que Los cuadernos de Fritz Kocher era su mejor obra, y Excusas baratas, en la página 259, una delicia de planteamiento aparentemente nimio pero cuya dimensión trascendente se percibe en el acto:
 ¡Ah, qué mala es la gente, qué pocilga llena de excusas el corazón humano! Las excusas baratas son extraordinariamente rápidas, y en esta rapidez se adivina algo tremendamente perezoso. Mientras hago estas declaraciones, que bien podrían ser las más sinceras que haya hecho jamás, como chocolate. Quien no es laborioso necesita de las más hermosas excusas baratas para ocultar su desgana. Una buena excusa barata es como una fortaleza. (…)¿Y qué son las excusas sino asesinos que atacan por la espalda? (…)Una cosa sí sé: las excusas baratas nos hacen interesantes, de ahí que sean sencillamente un tesoro.
En el segundo volumen destacaría dos fragmentos: Fuiste muy osada al dirigirme una carta, cariño (página 70), donde Walser se ejercita en la reflexión existencial y diserta sobre el amor. En él reconoce el gran fundamento de sus carencias: El comienzo de la compañía acontece en el propio yo, e indudablemente es capaz de entretener mejor a otros aquel que sabe hacerlo consigo mismo y de sus tropiezos vitales: En realidad, para educar el espíritu de las personas, la vida debería tener más callejones sin salida. Y el de la página 213: Este artículo sobre Frank Wedekind, en el que narra una anécdota con el gran escritor alemán acaecida, se dice en el libro, en el Kurfürstendamm, como si se tratara de un local, cuando es una de las avenidas más conocidas del antiguo Berlín. Quiero creer que Walser se refiere al Romanische Café, ubicado entonces en el 238 de dicha calle, centro de reunión de la intelectualidad berlinesa del periodo de entreguerras y que él mismo frecuentó, como lo refleja en este apunte biográfico en uno de los fragmentos:  En aquella época existía en Kurfürstendamm una taberna donde escritores y literatos se reunían semanalmente en torno a una llamada mesa del jueves para mantener una conversación despreocupada. Y también acudía allí a veces con un sombrero demasiado grande para mi cabeza, que convertía mi figura casi en algo teatral, una especie de enriquecimiento al que ruego se conceda un valor secundario, pero la ausencia de notas a pie de página, para un libro que las requiere, deja al lector inerme ante ciertas referencias. En cualquier caso, lo importante es la diafanidad de una anécdota construida sobre un malentendido que provoca el distanciamiento definitivo entre ambos escritores.
En el tercer volumen quiero destacar, en la página 69, el fragmento titulado Las calles tenían pinta de direcciones caligrafiadas, un auténtico ejemplo de escritura automática sin que tenga ningún dato que me permita establecer un conocimiento fundado de la escuela parisina por parte del solitario escritor suizo: Las calles tenían pinta de direcciones caligrafiadas y desprendían un olor a guantes de señora, y del bosque, surcado por calles rectas, no digo nada, pues podría ser una osadía, pero sí mentiré un poco al respecto, y puesto que de pura mendacidad azul soy blanco como la carita de celestial belleza de una joven tendida sobre su lecho de enferma, el bosque se ha vuelto rojo como el fuego y sus innumerables hojas parecen invitarme a pensar en la posibilidad de creer en la celebración de una cena que existió aunque no se pudo descubrir en parte alguna (…)Es puñeteramente difícil escribir estando loco. En la página 149 hallamos el fragmento De vez en cuando su colega Köbel se cogía una curda en el que se plantea la rivalidad entre dos escritores que recuerda muchísimo una narración de Italo Calvino, no recuerdo ahora si en Palomar. En el fragmento de Walser la oposición se plantea entre un escritor vicioso y amoral con una imaginación fecunda y un escritor virtuoso falto de cualquier atisbo de ingenio: Las maldades del malo eran espontáneas, directas, mientras qque el diligente, que no concedía valor alguno al tabaco y se prohibía la bebida, carecía de riginalidad, una deficiencia que, por así decirlo, echaba la zancadilla y aniquilaba todos sus esfuerzos por tener éxito. Finalmente, para apreciar la vena lúdica y brillante de un autor injustamente tenido por sombrío, quiero destacar el fragmento de la página 172: De la tontería del tonto no dudaba, por ejemplo, el alegre, un puro y divertidísimo retruécano de principio a fin: El tonto olía a alegría, mientras que excepcionalmente el alegre adoptaba un aire de inteligencia, puesto que se le ocurrió que su alegría era tonta. La tontería del tonto no fue siempre tonta para el inteligente, y con la seriedad del serio tampoco aconteció lo mismo en el caso del alegre, porque el alegre pensaba que el serio era alegre, y entre tanto el inteligente se decía que el tonto era inteligente, por consiguiente igual de tonto que él mismo, pues sabido es que la inteligencia es algo tontísimo, y la seriedad, en el fondo, propicia la alegría.
Para concluir he reservado una pequeña antología de  juicios literarios y existenciales, algunos de los cuales bien podrían considerarse aforismos, del género de los extractados de obras que no pertenecen al género aforístico, aunque es bien sabido que como textos pertenecientes a la gran familia del laconismo, de la brevedad, son breverías que enseguida dan el salto a colecciones de aforismos, como se hizo con los de Antonio Pérez, que tanto éxito tuvieron en el XVII, por ejemplo. Se trata de algunos highligths, expresión que se usa en los discos de ópera que contienen las mejores arias, dúos, tercetos o cuartetos del repertorio operístico:

Quizá pueda decirse que mis palabras son como bailarinas, que convierten la decadencia y la perversión de todo lo ideal en algo más o menos grotesco.
No he tenido tiempo de reflejar la poderosa impresión que causó en Walser la contemplación del baile de Isadora Duncan y de los ballets rusos, con un concepto de la desinhibición corporal que le sorprendió gratamente.

A aquellos de mis semejantes que me recriminan algo les desilusiono paladeando sus reproches: tienen el aroma de sahumerio.

A las cosas más bellas no les gusta demasiado ajustarse a las palabras.

Me envuelvo en cierto modo en el terciopelo de la sinrazón más distinguida cada vez que el sano juicio me aburre.

La mentira nos hace ser conmovedores, es, por así decirlo, la virtud más simpática que tenemos. Cuando alguien nos viene con franquezas nos repugna, y eso es así porque somos cultos y refinados.

Para todo hace falta un poco de habilidad, incluso para sufrir.

Sin derrochar atención a lo pequeño, a lo nimio incluso, la gruesa novela de la vida es imposible.
Hallamos en este apunte uno de los pilares del mundo creativo walseriano, porque es conocida para quien haya frecuentado su obra, la capacidad de atención al detalle minúsculo que atraviesa toda la novelística del autor.

Sólo existe personalidad en la distancia, valga la expresión.
Quizá debamos fundamentar en este aserto su huida de Berlín para regresar a Suiza, considerándose un escritor fracasado. Sus continuos traslados domiciliarios, su actitud peripatética, su refugio en el sanatorio son, en suma, distancias interpuestas para sobrevivir a su incapacidad para relacionarse en la corta distancia.

          ¿No encierra cada palabra una indiscreción y cada yo una impertinencia?
          Me parece estremecedora la pregunta, porque nos aboca al autismo, al nihilismo, a la insignificancia, al silencio.

          La escritura está emparentada con los viajes o el excursionismo, cuantos menos preparativos se adopten, mayor interés cobra.
         
La perfección que entraña la renuncia…

          La falta de pretensiones es un arma, quizás de las mejores de la existencia.

          La persona y el escritor nunca son por entero la misma cosa.
         
          Los fracasos entrañan una suerte de amabilidad, de suavidad, de finura, de inteligencia, son simpáticos, y uno los transforma en éxitos con el mismo agrado con que los éxitos se pueden transformar en fracasos.

          Nathan el sabio, Emilia Galotti, quiero decir, sin exagerar lo más mínimo, que hago una reverencia mientras e quito de buen grado el sombrero. ¡Viva Lessing!
          Son varias sus muestras de admiración por escritores conocidos y desconocidos, a lo largo de los tres volúmenes, si bien los textos de crítica literaria son más abundantes en el tercer volumen, como si ya hubiera decidido ejercitarse en el arte de la renuncia que hemos dejado expuesto líneas atrás. Es significativa la elección de Emilia Galotti, que es, como recordarán los buenos lectores, el libro que deja abierto en su mesilla Werther tras suicidarse. He de añadir la predilección total que manifiesta Walser por El conde de Montecristo, una novela que le parece la perfección del género. De igual manera, rinde su admiración hacia Nietzsche:  Nietzsche, por tanto, es a mis ojos un mago seductor del que ciertamente no hay que tomar al pie de la letra ninguna de sus líneas tan bellas, arrebatadoras, sino al que uno ha de traducir siempre en algún sentido, como si él no hubiera vivido, amado y sufrido y escrito y construido volumen tras volumen en la Tierra, sino más bien en un planeta extraño, peculiar, ignoto. Pues en el fondo escribió todo lo que procedía de su ágil pluma ante todo y sobre todo para su propia satisfacción. La misma satisfacción que guió la esforzada redacción encriptada de estos Microgramas por los que constituye un pecado de lesa pereza no pasearse.

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