sábado, 21 de diciembre de 2013

Lecturas ad locum: Los Anales, de Tácito



Cornelio Tácito:
Annalium ab excessu divi Augusti libri 
(Libros de anales desde la muerte del divino Augusto)

De un tiempo a esta parte se han popularizado los viajes turísticos literarios. El Dublín de Joyce, con el ya internacionalmente famoso Bloomsday,  por ejemplo; el Madrid de los  Austrias de algunas novelas de Galdós o el de Luces de Bohemia de Valle; el París de Balzac, el Londres de Conan Doyle, el Bomarzo de Mújica Láinez o el Nueva York de Dos Passos, por ejemplo, son destinos que cada vez atraen a más viajeros amantes de lo que los economistas denominan el “valor añadido”. Frente a esta modalidad turística a mí me ha dado por una variante que bien puede atraer a los impenitentes lectores que se paseen por estas páginas. Consiste en llevarse como lectura de viaje alguna obra cuya acción transcurra en los lugares que vamos a visitar, no tanto para localizar ciertas referencias espaciales en el plano, cuanto para dedicarnos a leer dichas obras “en” esos espacios, en el famoso in situ, como si nuestra lectura fuera parte de la obra misma y, al volver alguna página, nos sorprendiéramos mencionados en ella como parte del paisaje, salvando todos los anacronismos, por supuesto. Podría fijar como precedente imperfecto la relectura de Campos de Nijar, de Goytisolo, hecha  durante el viaje que nos dio a conocer, a mi “conjunta” y a mí, aquella zona ásperamente andaluza. Aquel viaje se acerca más al típico viaje literario mencionado al principio, si bien el hecho de volver a leer la obra en los lugares descritos en ella puedo considerarlo una anticipación  de mi hábito actual. Hace cuatro años leí Brooklyn Follies  en dicho barrio y en el magnífico jardín japonés de su cuidadísimo Jardín Botánico, sin que ello me permitiera tener una opinión favorable de la obra, aburrida y previsible, shallow… Hace 30, sin embargo, leí, con devoción la Divina Comedia, no en Florencia, sino en Verona, Lucca y Rávena, lugares de su exilio donde es plausible que fuera componiéndola el perseguido vate.
Este año, en Roma, pero también en Nápoles y Capri, he leído los Anales de Tácito, un historiador que marca el inicio tímido de la historiografía moderna, pues reclama no solo la fidelidad a las fuentes, sino la neutralidad del redactor y la necesidad de avalar con documentación lo que se describe, discriminando cuándo se recogen meros rumores y cuándo se hace eco de hechos y dichos concretos verídicos, objetivos. Sentarse en una reparadora sombra del Foro romano para leer, en pleno ferragosto, el desarrollo de hechos ocurridos en esos lugares me ha llenado de una emoción extraña, casi indescriptible, porque es poderosa la voz narradora de Tácito y deja espacio para veleidades imaginativas. La época descrita se corresponde casi punto por punto con la magnífica novela histórica de Robert Graves Yo, Claudio, después convertida en más que memorable serie de televisión. De hecho, bien puede decirse que poco trabajo tuvo don Robert, a juzgar por la detallada información que nos facilita Tácito y la acertada  caracterología casi novelesca con que nos presenta los variados actores de sus Anales . Este historiador tuvo una enorme influencia doctrinal durante la época del Renacimiento y el Barroco españoles, porque su estilo lacónico y lleno de aforismos lo convirtió en modelo de prosa y en fuente de doctrina moral y política. De hecho, en las postrimerías del franquismo, aún hubo un grupo de intelectuales que firmaba sus artículos, en los que planteaba la exigencia de la democratización del país, bajo el pseudónimo de Tácito: Landelino Lavilla, Álvarez de Miranda e Íñigo Clavero estaban entre ellos.
La lectura de los Anales no sólo es interesante por la visión de la política de la época Imperial, sino, sobre todo, porque a Tácito nada humano le es ajeno, y él es un observador atentísimo a las corrientes sociales que se manifiestan durante los años que describe. Para el lector desinformado, hay en estos dos volúmenes muchas sorpresas, entre las cuales, acaso, el dominio de la oratoria que exhibe Tiberio sea lo primero que le llama la atención. Como en el caso de la petición formulada por Marco Hórtalo para que el emperador lo sacara de la pobreza, a él, nieto de Hortensio, el gran orador. Tiberio se excusa de esta manera: [Si tal hiciera] Se relajaría el esfuerzo personal y crecería la indolencia si nadie saca sus temores o esperanzas de sí mismo, y si todos esperan tranquilos la ayuda ajena, holgazanes para sí y carga para nosotros. Un certero dardo actual a quienes todo lo fían a la subvención estatal y nada a su propia iniciativa.
A lo largo de toda la obra están presentes los principales rasgos de la civilización romana, entre los que la importancia de la oratoria no es el que menos espacio ocupa. El libro está lleno, sin embargo, de un rico anecdotario que favorece la lectura del mismo, como, por ejemplo, el conocimiento de algo tan insospechado como que Calígula sea un diminutivo de cáliga, la sandalia típicamente militar, con la que se le relaciona por haber vivido en los campamentos romanos siendo niño en compañía de sus padres.
Dada mi dedicación al mundo del aforismo, no puede extrañarle al lector de estas páginas que aporte aquí una muestra significativa de ese saber sentencioso que cimentó el prestigió de Tácito desde que escribió sus Anales hasta nuestros días, en que aún es objeto de estudio y de admiración:
*    A los rumores habría que dejarles tiempo para que envejecieran: casi siempre los inocentes se ven desprotegidos ante los odios frescos.
*    Las esperanzas de dominación van al principio cuesta arriba, pero tras arrancar no faltan apoyos y servidores.
*    En un estado de corrupción moral es tan peligrosa la adulación cuando es nula como cuando es excesiva.
*    Me veo obligado a dudar de si la inclinación de los príncipes hacia unos y su odio hacia otros depende, como lo demás, del hado y suerte ingénita, o si, por el contrario, hay algo que depende de nuestra sabiduría y es posible seguir un camino libre de granjería y de peligros entre la tajante rebeldía y el vergonzoso servilismo.
*    La verdad, a la que da sombra la adulación.
*    Cuán estrecho es el confín entre la ciencia y el error, y qué oscuridades oculta la verdad.
*    Tal es la costumbre del vulgo, que busca un culpable para los males fortuitos.
*    Los ánimos de los hombres se reblandecen en la calamidad.
*    Los males públicos son aprovechados por los individuos como ocasión de ganarse gracia.
*    Si es más lamentable el verse acusado por amistad o el acusar a un amigo, no me atrevería a decirlo.
*    Casi siempre ocurre que, tras unos comienzos enérgicos, al final se impone la indiferencia.
*    La infamia es, para los que ya lo han hecho todo el último de los placeres.
*    El aspecto de los lugares no se cambia del mismo modo que los rostros de los hombres.
*    Todo gran escarmiento tiene algo de inicuo, pues se compensa el daño de unos pocos con el bien común.
*   Muchas veces se cometen más errores tratando de hacer bien que ofendiendo.
*   Hay virtudes que provocan la aversión, como la severidad sin quiebra y el ánimo que no se deja ganar por granjerías.
Lo propiamente importante, con todo, no son estos aforismos que esmaltan sus Anales, sino, al margen de las noticias de toda índoloe que nos ofrece, la reflexión sobre su cometido de historiador, tan alejada, por cierto, de los compromisos mitológicos y fundacionales de tantos pseudohistoriadores –porque más les casaría el título de fabuladores...– catalanes, recientemente tan “en candelabro”… Tácito es plenamente consciente de la necesidad de remitirse a fuentes fiables:  No ignoro que parecerá fabuloso el que haya habido mortales que, en una ciudad que de todo se enteraba y nada callaba, llegaran a sentirse tan seguros. (…) Ahora bien, no cuento nada amañado para producir asombro, sino lo que oí a personas más viejas y lo que de ellas leí, y de rechazar los rumores: El motivo por el que he recogido y criticado el rumor ha sido el de invalidar con un claro ejemplo las falsas habladurías, y la de rogar a aquellos en cuyas manos caiga nuestro trabajo (que no) antepongan los rumores ni las cosas increíbles que se escuchan con avidez a la verdad y a los hechos que no han sido alterados en función de lo maravilloso; así como de adoptar una imparcialidad ante los hechos que aún es, para él, un objetivo, no una conquista, porque nuestro historiador se entromete en el curso de la narración de los hechos, si bien pide disculpas enseguida, advirtiendo que transgrede un principio irrenunciable: Acerca del origen de Curcio Rufo, de quien algunos contaron que era hijo de un gladiador, no quisiera declarar falsedades, pero me da vergüenza relatar la verdad. (…) Tiberio trató de disimular sus pocos honrados orígenes con estas palabras: “Curcio Rufo me parece nacido de sí mismo”. Resulta interesante también la  convicción de Tácito acerca de la importancia de ciertos hechos en apariencia marginales o anecdóticos, pues ellos, a su juicio, permiten explicar ciertos sucesos históricos: No ignoro que la mayor parte de los sucesos que he referido y he de referir pueden parecer insignificantes y poco dignos de memoria; pero es que nadie debe comparar nuestros anales con la obra de quienes relataron la antigua historia del pueblo romano. (…) Sin embargo, tiene su utilidad el examinar por dentro hechos a primera vista intrascendentes, pero de los que con frecuencia surgen grandes cambios de la situación. Aquí podría parecer que se acerca al concepto unamuniano de la intrahistoria, pero el ciudadano común, el pueblo llano, apenas aparece más que como sujeto pasivo  de la Historia, casi como mera decoración de la “alta política”  de la clase dirigente. Con todo, Tácito sabe establecer la importancia real de ciertos sucesos que, en apariencia, parecen tangenciales al devenir de la “gran” historia.
La imparcialidad histórica, esa suerte de fenomenológico poner entre paréntesis las propias ideas, deseos, pasiones, emociones y juicios para no “contaminar” el relato, está ausente  de los Anales, pero tampoco su presencia es tan dominante como para que ésta se convierta en una obra moralizadora, ni Tácito en un dómine cuyo único afán sea edificarnos. Por otro lado, las vidas nada “ejemplares” cuya crónica le toca escribir casi fuerzan a la invectiva distanciadora, aunque muy a menudo son estimables reflexiones sobre el poder, la historia o la naturaleza humana el resultado el resultad de ese choque entre su afán de verdad y los irracionales hechos que le toca relatar: Aun entre las conductas honestas se mantiene a duras penas el pudor, ¡Cuánto más difícil era que se conservara la dignidad de la moderación o un resto de honestidad en medio de aquella competición de vicios! O, más adelante: Aun cuando yo estuviera narrando guerras exteriores y muertes sufridas por el estado, al ser tan similares en sus circunstancias, se hubiera apoderado de mí la saciedad, y debería esperarme el tedio de los demás, quienes ya no querrían saber de muertes de ciudadanos, aunque gloriosas, tristes y continuas. Pero es que en estas circunstancias la servil sumisión y la cantidad de sangre desperdiciada en plena paz agobian mi ánimo y lo hacen encogerse de tristeza. A quienes lleguen a conocer todo esto no pediré, a modo de defensa, sino que me permitan no odiar a quienes perecieron con tanta resignación. Aquella cólera de los dioses contra Roma no fue, como los desastres militares o la cautividad de ciudades, tal que se pueda dejar de lado una vez contada. Concédase a la posteridad de los hombres ilustres el que al igual que en sus exequias quedan al margen de la sepultura común, así, en la narración de sus momentos supremos, reciban y tengan un recuerdo individual.
De todo ello ha de deducirse, por fuerza, una visión negativa de los asuntos humanos y de las posibilidades explicativas de la historia como disciplina: Cuantas más vueltas doy a los acontecimientos recientes y a los antiguos, tanto más claramente me encuentro con que el capricho anda en todas las cosas humanas.  Y ya se sabe que por donde trisca el capricho es raro que discurra el curso de la razón. Cuando oigo estas y otras historias parecidas, [Relativas a las arbitrariedades de Tiberio], no sé si pensar que las cosas de los mortales ruedan según el hado y una necesidad inmutable o bien según el azar, una reflexión, como se advierte, que calcará Fernando de Rojas para ponerla en boca de Pleberio cuando hace el planto por su hija Melibea,  uno de los monólogos fundamentales de la literatura española, del mismo modo que lo es también el de la pastora Marcela del Quijote. Cuán estrecho –nos dice, finalmente, a guisa de conclusión de su denodado esfuerzo histórico– es el confín entre la ciencia y el error, y qué oscuridades oculta la verdad. Una visión sorprendentemente moderna respecto de las posibilidades de conocer “realmente” la inabarcable dimensión oculta de la verdad, como nos lo han permitido conocer las revelaciones de Snowden o, antes, las de Assange.
Tácito es un defensor de las tradicionales virtudes romanas, sometidas a durísima prueba con los gobiernos de los sucesores de Augusto, especialmente con  Calígula y con Nerón, cuyos años de gobierno pueden leerse como sendas monografías de la depravación que incluso hacen bueno a Tiberio o a Claudio, el primero, un excelente orador, el segundo, un gramático aficionado que consiguió imponer tres nuevas letras al alfabeto latino que, sin embargo, no han quedado. Son constantes a lo largo del libro las apelaciones a las esencias romanas puestas en entredicho por las acciones incalificables de los monstruosos emperadores a los que, sorprendentemente, tanto tardaron en pararles los pies. Para no alargarme en exceso, dejaré una muestra de la oratoria tiberiana, de modo que se aprecie el elogio que Tácito hace de ella:

No ignoro que en banquetes y reuniones se denuncian estos excesos y que se pide un límite; pero si alguno promulga una ley y establece penas aquellos mismos clamarán que se subvierte la ciudad, que se fragua la perdición de los más resplandecientes ciudadanos, que nadie está totalmente libre de culpa. Y sin embargo, tampoco las enfermedades corporales viejas y agravadas por crónicas pueden reprimirse a no ser con remedios duros y ásperos; el espíritu a un tiempo corrompido y corruptor, abrasado y ardiente, es preciso apagarlo con remedios no más leves que las pasiones que lo abrasan. De tantas leyes que los mayores excogitaron, tantas que promulgó el divino Augusto, están aquéllas abolidas por el olvido, y éstas, lo que es más escandaloso, por el desprecio, con lo que han venido a hacer del lujo algo más seguro. Pues si deseas lo que aún no está prohibido, puedes temer que se te prohíba; pero si violas impunemente las prohibiciones, ya no te quedará ni miedo ni vergüenza. ¿Por qué reinaba antaño la austeridad? Porque cada cual se moderaba a sí mismo, porque éramos ciudadanos de una sola ciudad; tampoco cuando nuestro dominio se limitaba a Italia teníamos esas tentaciones. Aprendimos en las victorias exteriores a consumir los recursos ajenos, y en las civiles también los nuestros. Y después de todo, ¡qué limitada importancia tiene eso sobre lo que llaman la atención los ediles, qué poca consideración exige si se mira a lo demás! Porque, por Hércules, nadie nos cuenta que Italia está necesitada de ayuda exterior, que la vida del pueblo romano se desenvuelve día a día entre las incertidumbres del mar y de las tempestades [el cereal que llegaba por barco desde África y Oriente]; y si los recursos de las provincias no nos subvinieran a señores, esclavos y campos, parece que tendrían que protegernos nuestros parques y nuestras villas. Ésta es, senadores, la preocupación del príncipe: si se la descuida arrastrará al estado a la ruina. Para lo demás hay que aplicar el remedio dentro del alma: que a nosotros el honor, a los pobres la necesidad, a los ricos la hartura nos haga mejores. O si alguno de los magistrados promete tanta actividad y severidad que se siente capaz de salir al paso del problema, yo lo alabo y reconozco que me libera de una parte de mis fatigas. Pero si lo que quieren es acusar los vicios y luego, cuando el asno les ha proporcionado la gloria, dejan abiertos los enconos para pasármelos a mí, creedme, senadores, que tampoco yo estoy ansioso de resentimientos; y si por el bien del estado los afronto graves y muchas veces injustos, tengo derecho a rechazar los vanos y sin fundamento y que ni a mí ni a vosotros reportan beneficio alguno.”

sábado, 7 de diciembre de 2013

Confesiones de un "docilitador" de nuevo cuño...

 El docilitador (o el cortaúñas).*
 (Basado en hechos reales)

docilitar: Hacer a alguien dócil, suave, apacible, capaz de recibir fácilmente la enseñanza. (RAE)

Antes, siempre, aunque no sin reparos, ponía “Docente” en la casilla dedicada a la “profesión” en el impreso de renovación del DNI. La última vez que me caducó tuve que escoger entre la realidad y la ficción. Escogí la realidad y acabé poniendo Docilitador. Declarar mi profesión a los demás, por el motivo que fuera, suponía el embarazo de tener que defender unos periodos de vacaciones con un periodo ciceroniano capaz de persuadir a mis interlocutores de la bondad de mis argumentos, es decir, de la hórrida aspereza del desempeño profesional. Desde que me declaro docilitador, en vez de docente, la percepción ajena de mi trabajo ha cambiado de modo radical. Donde antes se precisaba una elocuencia ática, ahora recibo una compasión empática que justifica e incluso ve cortos esos periodos vacacionales: “Debe de ser muy duro, ¿no?” “¡Ciento ochenta adolescentes a tu cargo! Yo tengo dos y ya estoy desesperada…” “¡Qué valor, encerrarte con tantas fieras! ¡Y cada uno hijo de su padre y de su madre!” “¿Y dices que nos has hecho ningún curso de artes marciales? ¡Admirable!” “El vuestro sí que es estrés, no el de esos controladores salvajes…”
La degradación franca de las condiciones de mi puesto de trabajo y de mis funciones en un INS me han obligado a este cambio que se adecua a la perfección al nombre de mi nueva profesión. De poder explicar la crisis intelectual del 98, según el oportuno estudio de Inman Fox, a la labor de docilitación actual, media un abismo, en efecto, pero, sin pretender ser cínico, porque la situación es lo suficientemente patética como para no caer en el vicio retórico, es evidente que, desde la perspectiva material, el progreso ha sido notable: pocas horas de trabajo previo; pocas horas de corrección posterior; jornada laboral aceptable; vacaciones espléndidas; insufribles reuniones que se convierten en ocasión idónea para que el cuerpo se exprese libremente en forma de sopor tan invencible como disculpable (¿quién puede luchar contra la naturaleza cuando ésta se desata?); clases de docilitación que desarrollan el espíritu de mando y que exigen dominar la añosa  y previsible retórica del “por vuestro bien, vuestro futuro, vuestra autoestima, vuestra integración social, el día de mañana, personas de provecho, etc.”
Como en cualquier disciplina, también en la docilitación –lo propio sería docilitacencia– hay algunos insoslayables highlights –discúlpeseme el barbarismo, producto de la afición a las piezas estelares de la ópera– que se repiten a lo largo de la impartición de la materia:
“He dicho que está prohibido desperezarse en clase”
“Siéntese bien, hombre de Dios, la espalda contra el respaldo de la silla, los codos sobre la mesa, que no está Vd. en un bar, sino en una clase”
“¡Pero cómo se le ocurre escupir en el suelo! ¿Dónde se ha creído Vd. que está! Coja un papel, limpie esa porquería y tírelo después a la papelera, inmediatamente”.
“Haga el favor de no sorber los mocos, que es de muy mala educación –y un puntito nauseabunbo–. Los pañuelos de papel están para algo, ¿no le parece? ¿Pero es que nadie le ha dicho que convertir las narices en una cafetera es algo que está mal visto socialmente”
“¡Pero quiere dejar de darle pataditas a su compañero de delante! ¿Es que no recuerda cuáles son los animales que se expresan mediante coces?”
“¡Quieren hacer el favor de hablar de uno en uno! Levanten la mano, si quieren hablar, y háganlo a medida que yo les diga que pueden hacerlo. ¿Pero cómo es posible que en más de seis meses de curso que llevamos aún no hayan entendido una orden tan sencilla como ésta?”
“¡Vd., ese chicle, a la papelera! ¿Pero cómo es posible que ¡a las ocho de la mañana! esté Vd. ya  masticando chicle? ¿Ha desayunado? ¿Cómo que tantos de Vds. no han desayunado? ¡Pero cómo creen que funciona el cerebro! O le dan Vds, su alimento, hidratos de carbono de asimilación lenta, o no me extraña que se despisten Vds. con esa facilidad asombrosa… Tomen nota de lo que ha de ser un desayuno saludable…”
“¡Que no griten, por el amor de Cristo! ¡Quién les ha dicho que los seres humanos se entienden a gritos proferidos al tiempo! ¿No se dan cuenta de que cada vez que gritamos  dejamos de ser personas? Lo propio de las personas es el diálogo, ¡y por riguroso turno!; lo propio de los animales, chillarse amenazadoramente al unísono”.
“¿Cuántas veces les he de decir que no les está permitido insultarse entre Vds., que los insultos son manifestaciones violentas que sólo conducen a un mayor grado de violencia?
“¿Cómo que no ha traído el material? ¿Entonces a qué viene Vd. a la clase, a pasar el rato, a hacer vida social, a molestar, de “visita”? ¿Y le parece normal? Ni un papel ni un bolígrafo ni nada… Pues así aquí no lo quiero: vaya a la sala de profesores y diga que está Vd. expulsado por no haber traído el material mínimo indispensable.”
“¡Pues claro que se va a sentar con su compañera y va a hacer el ejercicio con ella, hasta ahí podríamos llegar! Y más valía, la verdad, que la imitara un poco y se pusiera Vd. a trabajar”.
“Veamos, he explicado el ejercicio diez veces ¿y me quiere Vd. hacer creer que no lo ha entendido? Para entender algo, amigo mío, hay que hacer un esfuerzo por comprender; no puede uno repantigarse en la silla, como si hubiera venido a una sesión del Circo de la Alegría, en vez de a una clase. El conocimiento se aprende, sí, pero primero se aprehende, con su hermosa hache intercalada, y eso sólo puede salir de Vd., desgraciadamente...”
“¡Ay, que desgraciado poder tienen Vd. en sus inconscientes manos! ¡Un poder que no se lo merecen! Fíjense bien en lo que les digo: nadie, absolutamente nadie, tiene poder sobre la Tierra para hacerles a Vds, estudiar, si Vds. no quieren, ¡nadie!; ni nosotros ni sus padres ni las autoridades: ¡nadie! Si Vds. dicen que en esas ociosas molleritas no entra el más mínimo conocimiento, pues no entra. ¿No es una tragedia? ¡De calibre mayor!”
Podría seguir rellenando “planas” que en modo alguno servirían para enmendárselas a quienes nos las presentan impolutas, inmaculadas, llenas de insignificancia y triste determinismo; pero como botón de muestra casi da en sotana… He ahí, pues, parte de los contenidos de la profesión docilitadora, una tarea que tiene otras labores anejas como las de vigilancia de patios, de pasillos, de puerta de acceso al centro, de aulas, de acompañante de accidentados al ambulatorio, etc.,  muy propias de la capacitación profesional de quienes han hecho una carrera universitaria y han pasado unas oposiciones de las que, es un suponer, han salido investidos con la acreditación de un alto grado de competencia profesional. Sí, la profesión docente en la Secundaria se parece cada día más a la de los cirujanos que, por falta de plazas en la Sanidad, están empleados de pedicuros en los geriátricos y han cambiado el bisturí por el cortaúñas.

* Texto publicado en la desaparecida revista digital Deseducativos y que hoy rescato para hacerlo llegar a nuevos públicos. 




miércoles, 27 de noviembre de 2013

El arte de dejarse seducir


Apuntes stendhalianos del Artista Desencajado.

Soy  vocal  (y a veces bocazas) de una Sociedad Limitada (padre, madre, hijo e hija) bien avenida y a la que le gusta compartir la mayor parte del tiempo de vacaciones del que disfrutan una vez al año. Todo menos el dedicado a la visita de los museos. Traspasado el umbral de alguno, parece que los cuatro puntos cardinales tiren cada uno hacia sí desmembrando la entidad de la que hasta ese momento formaban parte armónica, como si cada parte sufriera una opa hostil. Cada miembro de la sociedad tiene un modo específico y distinto de relacionarse con los museos. La madre aún está en el panel inicial, contextualizando, mientras el padre va ya por mitad del edificio. El hijo dibuja y dibuja, copiando, como si viera a través de la punta del lápiz. La hija lleva su guía (escrita o sonora) y dialoga a tres bandas con las obras a las que sólo presta atención si aparecen descritas o explicadas en la guía. Yo voy a mi aire, que es el muy extravagante de no mirar a los cuadros o esculturas sino de reojo, dejándose antes mirar por ellos o ellas, que ir al abordaje del descarado encuentro visual. No presto mi atención, me hago de rogar. Espero que desde las paredes o desde el centro de las salas esas obras de arte me la arrebaten, y sólo me detengo cuando “algo”, por inverosímil que sea, me caza a lazo y me lleva a plantarme ante el objeto en cuestión para, entonces sí, cumplir con la canonicidad de la visita y no dejar centímetro cuadrado por escudriñar, con dispares resultados. Se trata de un método que siempre me ha satisfecho, aunque ha colaborado poco a mi formación  artística, porque grandes obras me han pasado literalmente desapercibidas y he reparado en otras que a nadie llaman la atención, con la consiguiente ausencia de complicidad en mis interlocutores cuando les hablo de mis experiencias museísticas. Este verano pasado (¡y tan cercano aún en el recuerdo!) me he hartado, a la manera stendhaliana, de empapuzarme de obras artísticas que han contribuido lo suyo a incrementar el abanico de mis sensaciones y el repertorio de mis rarezas artísticas. Roma es única para ese mester de clerecía, porque buena parte de las piezas cobradas en la caza de altanería artística pertenecen a la esfera de lo religioso. Una vez que alguna obra me ha ensogado, pasto en ella como un sufí a la espera de la unión mística. Me sumerjo literalmente en el cuadro o entro en las tres dimensiones de la escultura y me alojo con intención de no salir aunque sea alcanzado por el lento peregrinaje de la madre, que no deja panel de información sin ser leído, como se debe. Y me debo, sin embargo, a mi capricho, y trisco por las paredes y las salas hasta encontrar el estímulo que justifica mi recorrido arbitrario. La prohibición de fotografiar, en aras del negocio, me fuerza a recurrir a la libreta de notas para guardar memoria de mis impresiones.
He aquí algunas de las obras que he atesorado en la memoria gracias a las tres frases con que las evoco:
 De Bernini, que ha sido una constante a lo largo de las jornadas romanas, me cautivó este autorretrato en edad madura, absolutamente Velazqueño. Los ojos alucinados, los pómulos angulosos y el bulto espartano (de esparto), nos presentan un ser abstraído en una belleza que no está lejos de provocarle el horror de la plenitud:

            
De Guido Reni me sedujo este Moisés con las tablas de la ley. Riberiano. Perfecto claroscuro, perfección fisiológica y total poderío visual. El cielo borrascoso contrasta con el rojo vital del manto y la seriedad de Moisés, como si fuera consciente de la dura exigencia ética que implica el código que sostiene en sus manos.
                 

Me planté ante Il sonno, de Alessandro Algaardi porque se representaba a un niño durmiente, rodeado de granadas y con una nutria a sus pies. Fanático como soy de esa fruta, que consumo por kilos diarios mientras dura su corta temporada, no me llamó menos la atención la presencia de una nutria a los pies del mozo plácidamente dormido: imagen de plenitud para un insomne crónico. Hube de regresar a Barcelona para averiguar que a la nutria se le ha llamado desde mucho tiempo ha “perro de agua”, y que se destacaba de ella su espíritu juguetón y su alegría, cualidades enteramente atribuibles a los niños. Así mismo, según la enseñanza sufí, beber el mosto de la granada es acceder al verdadero conocimiento de lo real, algo que muy a menudo sólo se cumple, como bien sabemos, a través del sueño, siempre tan revelador. Además, según la mitología griega, Perséfone, hija de Démeter, es engañada por Hades haciéndole comer granos de granada para retenerla en el inframundo durante el tiempo del invierno, lo que equivale a una suerte de sueño de la naturaleza. Desde el punto de vista católico, es símbolo de la resurrección en manos del niño Jesús, lo que se compadece a la perfección con el simbolismo del futuro despertar del plácido durmiente. El abandono sensual de la criatura al sueño del que goza añade una lectura escabrosa de la que el observador no puede separarse, e intuye que tampoco pudo su creador.
                 

De Vittore Carpaccio (1495-1500) me silbó en los ojos el Ritratto de donna en el que destaca el gorro que lleva la mujer como una serpiente enroscada que es lo más parecido a un perfecto y escatológico zurullo. La textura del retrato entre flamenca y expresionista me seduce. Me interrogo si  el óleo sobre tabla es lo que permite la creación de una textura que potencia la materialidad del retrato. A pesar de la inequívoca condición femenina de la retratada, hay un evidente sesgo varonil en sus facciones, como si estuviéramos en presencia de un delicado travestido o un andrógino.
                      

Del Veronese me atrajo esta predicación del Bautista. Sobre todo el marcado contraste cromático entre la palidez mortecina de las piernas del santo, que no del torso, y la brillantez textil de los personajes a quienes parece no convencer, a juzgar por sus poses escépticas. Sorprende la acción de la mujer del primer plano a la derecha, quien parece querer coger una piedra para lapidarlo, aunque es madre de un niño pequeño que, apenas visible en la tela, se abraza a ella, quizás con la intención consciente de impedir el deleznable intento de lapidación protagonizado por la madre. Suele haber a menudo un contraste entre el lujo de las ropas de algunos personajes  la desnudez y palidez de los santos, para marcar los mundos antagónicos que representan. Propenso a la hipotensión como soy, me chocó la inclinación de la parte izquierda del cuadro: árboles y personas, como si el brazo derecho del santo varón hubiese empujado cuanto quedaba a su derecha hasta inclinarlo como una demostración de poder.
                                  

Del retrato de la joven mujer con unicornio, de Rafael, me llamó poderosamente la atención la mirada enigmática y severa de la modelo y apenas nada la presencia del unicornio diminuto. Sorprenden mucho en la pintura clásica las proporciones, como si no fueran el realismo y la verosimilitud valores pictóricos. La mirada de la joven implica una censura y la voluntad de mantener un secreto que no va a permitir que capte el pintor. Digamos que la modelo no se “entrega” al pintor, sino que se reserva, se “opaca” para que quede de ella una apariencia. Ve la confección del retrato como una impertinencia a la que sin embargo, ignoro por qué, se somete no de grado. Aguarda, altanera y resignada al tiempo  a que el pintor termine su labor

                  

Andrea del Sarto es un pintor de tamizados, nada amigo de los colores vivos. Siempre me ha sorprendido la facilidad con que, incluso mirando de reojo, sé que un cuadro es suy. En éste, la Madonna col Bambino e S. Giovanni, los oscuros y los colores fundidos: azul oscuro, grises y cuerpos cerúleos. Parece que el conjunto haya sido sometido a una veladura que destierra brillos y viveza de los colores, otorgándole una textura uniforme en el que se aprecian con mayor interés las cualidades psicológicas de los protagonistas. No hay, en esta pensativa y silenciosa Sagrada Familia ninguna alegría, sino una profunda preocupación y una compasión implícita. Parece que la desazón se haya encarnado. O que el futuro trágico se haya anunciado de forma inequívoca.
                         



De Ghirlandaio siempre he guardado en el recuerdo el retrato de una joven que coincidía con el ideal de la mujer renacentista retratada en “mientras por competir con tu cabello en vano”, entre otros sonetos imperecederos.  Leda, sin embargo, me ofreció un soberbio contraste entre ella, casta y dulce, y la mirada despiadada y cinegética de un Júpiter depredador que ni siquiera guarda las formas de don Juan, sino que exhibe, despiadado, la arrogancia de su poder. Ni siquiera, eso sí, puede competir su blancura con la alabastrina de Leda, cuya inocente mirada realza el escorzo
                                

De Lelio Orsi, ¿cómo no dejarse arrebatar la atención por esta pareja de Santa Cecilia y Valeriano, tan hiperrealista como kistch. Vivísimos colores en un interior geométrico lleno de perspectivas que anticipan las velazqueñas. Resulta entrañable la visión del matrimonio místico de Valeriano y Cecilia, ella, sin embargo, leyendo, aunque cerca del órgano y de lo que parece un violonchelo, como buena patrona de los músicos que es, y él con el paso decidido de la pasión que, queriendo llevarle al tálamo nupcial, lo deposita en el reclinatorio de la oración compartida, aunque el andrógino ángel que les da la corona del triunfo parezca insinuar unos pechos tentadores. La expresión de ambos, sumida ya en el éxtasis religioso, les indica el camino de su ardor. En la escena de interior no deja de sorprender la nube contra la que se recorta el ángel de las guirnaldas.

Es difícil pasar de largo junto a los Caravaggio, a cualquiera de ellos. Todos tienen una impronta que a nadie puede dejar indiferente. Su autorretrato como Baco, no meramente disfrazado de él, por más que a Caravaggio le gustase mucho el travestismo, nos dice mucho de él y nos confirma el contraste entre su singularidad física y la excelencia de su pintura. Pequeño, moreno, de ojos y mirada picarescos y boca irregular de grueso labio inferior. La pose es afeminada, a pesar de representar a Baco, como una reinona anticipada a su tiempo. Su pequeñez no significa escualidez, porque hay en él una dimensión muscular atlética. Su mirada traviesa y desafiante parece jugar con el equívoco nalgar/testicular de los últimos melocotones de la temporada, del estilo de los de Calanda (o como oí en Cádiz: de Calandria…)
            

Este conjunto escultórico de Bernini, Apolo y Dafne, es difícil que tenga rival. La gracia y el instante hechos arte de filigrana y pasión. Resulta increíble cómo el tronco le va envolviendo el cuerpo, envainándolo, mientras las manos alzadas se le van convirtiendo en ramas. Parecen componerse frente a una racha de viento, a juzgar por el vuelo de la escasa túnica/púdica de Apolo. ¡Qué belleza las cabelleras de ambos! Un paso de ballet de la coreografía de la pasión amorosa detenido para la eternidad, porque no se cansa uno de contemplar la estatua ni de admirar la obra preciosa y airosa del artífice delicada y exquisito. No se trata sólo de las proporciones o de la exactitud, sino de algo que va más allá, de la gracilidad, de la delicadeza, de la juventud de la narratividad del conjunto. Tenemos la sensación de que sea la crisálida la que ha decidido volver al capullo para deshacer la rigidez temporal. Gira el asombrado espectador alrededor de la pareja en un travelling circular inagotable, y siempre le sorprende que sea él el que se traslada.


De Francesco di Gentile, y a pesar de que el título del cuadro es : Madonna de la farfalla, no me atrajo la presencia casi exótica del insecto, acaso representación de la psique, que vuela, flechado, hacia la primera dama del catolicismo, sino la cara de niño viejo, sufrido, agotado, del bambino, como si ya hubiera vivido el futuro adverso que le espera. La impasibilidad de María tiene que ver con la asunción del trágico destino de ese niño viejo que se recuesta, con desmayo, sobre su brazo. Ninguno de los dos parece haber sonreído nunca. Como si la venida de Cristo hubiera sido la imposición de un destino aciago que le toca sobrellevar con la máxima compostura y ninguna alegría. Hay algo de protestante en esas actitudes, algo de resignación, de austeridad emocional.
          

Las dificultades intrínsecas de las obras con muchos personajes son resueltas por los genios con una sencillez que admira y desconcierta, porque se advierte tal fluidez en la composición que ni siquiera tiene uno, el abducido, la sensación de que hayan sido necesarios algunos bocetos. Es el caso del cuadro de Rafael La transfiguración en el monte Tabor. ¡Hay que ver el movimiento que consiguen cuatro manos extendidas en direcciones opuestas! Lo diferentes centros de interés del cuadro, con conversaciones paralelas, aún le dan más vitalidad a la escena. La levitación de Cristo y sus discípulos orantes consuman la fuerza poderosa del cuadro, a pesar de la pose “escocida” del Cristo, la propulsora de Elías y la tramoyesca de Moisés, si no me equivoco en el reconocimiento. El juego de brazos y manos de la mayoría de los personajes le da al cuadro un sonido que el observador escucha como un vocerío.
               



Las pinturas de interior, íntimas, necesitan de una capacidad de visión notable. Sobre todo si la protagonista, como en el caso de esta Santa Elena de Veronese aparece dormida, ausente del cuadro, y es observada como un cuerpo incapaz de manifestarse si no es indirectamente. La posición de la santa, sin embargo, llena de una cotidianeidad entrañable, dormida sobre un asiento y con el pie apoyado levemente en el asiento que tiene delante se despliega un vestido floreado, con capa, de tonos ocres que parece puramente hiperrealista, a juzgar por el detallismo. Los tonos apagados que acompañan el sueño prefiguran el dolor de la muerte intuida en la cruz del martirio que le presentan los ángeles, quienes, enmarcados en la ventana parecen, a su vez, otro cuadro junto al que la santa quisiera olvidar su destino. Es espectacular la calidez con que Veronese ha descrito el cansancio de la mujer que, cargada siempre de trabajos, dentro o fuera del hogar, decide descabezar un breve sueño que la repare, que la renueve, que la permita seguir afrontando sus heroicidades cotidianas.
                  

Hay cuadros tan familiares que descubrirlos en la pared de un museo supone encontrarse con un conocido. La sorpresa en este caso consiste en acercarse a la chapa identificadora y leer el nombre del pintor que hizo célebre la imagen: Quentin Metsys. Ni idea, hasta que lo leí allí y lo apunté en mi libreta de notas. In situ se acentúa mucho más la extrañeza que siempre me ha causado el cuadro: la inadecuación entre la acción del protagonista y su pose facial, ajena a lo que hace su mano, consiente, parece, de que se trata de un simulacro, ¡él, Erasmo, metido de lleno en un simulacro! Cuesta mucho imaginar que Erasmo se hubiera prestado a posar de esa manera, y más aún la estrechez de su mesa de estudio, la de alguien hecho a trabajar con fuentes y bibliografía.
                            

Si en el Judith y Holofernes de Caravaggio el entrecejo de Judith no se corresponde con la parsimonia con que ejecuta, parece que sin resistencia, el descabezamiento; la vieja que ayuda a Judith, con el saco preparado para guardar la cabeza, sí que parece confirmar el destino que se merece un Holofernes al que no le ha dado ni tiempo a darse cuenta de que ha perdido la cabeza, como todo el mundo recuerda, en esta composición teatral, Amor sacro y amor profano, un ángel de guardarropía con una clara y airosa posición de ballet ofrece una escena llena de dinamismo y de sensualidad. El ángel se interpone entre Cupido y el Sátiro, éste pintado con las clásicas orejas puntiagudas. El único que mira al espectador es el sátiro, horrorizado de que le pillen en plena humillación. El amor, por su parte, afeminado, mórbido, está a punto de rozar la mano del ángel como señal de reconocimiento: somos tal para cual, parece indicarle.
                 

Finalmente, de un autor como Lionello Spada, cuya existencia hubiera ignorado si no me hubiera sentido llamado por su notabilísimo San Jerónimo, representado en acción de escribir sentado y con lentes, quiero destacar el porqué de la atracción:  creo que es el primer San Jerónimo que veo con gafas, y es muy probable que las necesitase, él, que tanto consumió la vista sobre los textos. La escritura del santo es un prodigio de caligrafía. En el acto de escribir, mantiene el tintero en la mano izquierda, sin dejarlo sobre la mesa, quizás para no perder el hilo de lo que escribe, para no tener que sufrir ni el más mínimo parón que lo distraiga. En la cueva hay una estera de caña recogida, como una alfombra que protegiera en invierno, a pesar de ser de caña, al fondo su incómodo lecho. Se le ha sorprendido en una pausa de esas en las que los escritores aguardan que llegue el modo exacto como seguir el texto o la palabra adecuada que permita, como una esclusa levantada, que la hoja en blanco se inunde de texto.
                                                      

Y como yo ya creo haber encharcado las mías, aquí lo dejo y a la benevolencia de los lectores/contempladores me encomiendo.



sábado, 16 de noviembre de 2013

Sobre el fracaso, y el éxito...

El fracaso y  nosotros.

Es extraña la relación con el fracaso -que viene del lejano frangere, romperse algo; de igual modo que viene de dicha voz latina sufragio, por los golpes de las espadas contra los escudos para elegir a los antiguos caudillos-, porque no hay dos fracasos iguales y, por lo tanto, en ausencia de idónea vara de medir, resulta casi imposible valorarlos sin excederse o quedarse corto. Está uno tentado de decir que, cuando se ha experimentado el fracaso personalmente, no hay nada tan íntimo como él, ni tan incomunicable, porque no afecta tanto a la posible obra fallida cuanto a nosotros fallando, algo que puede volvérsenos insoportable. 
Lo cierto es que el fracaso no deja indiferente. Y lo paradójico, que hay que saber fracasar, lo que no es lo mismo que saberse fracasado, desde luego. Son juegos de palabras, sí, pero encubren heridas profundas y sin cicatrización posible; aunque también es profundo el gozo de sentirse vivo  que nos permite  la herida abierta, en carne viva; ser la uña que se separa de la carne del Cantar del Cid. Lo doloroso del fracaso es, también,  pero solo hasta cierto punto, la incomprensión de algunos de los demás, casi más que nuestra impotencia deseada frente a él.
Podemos hablar  del fracaso como de nuestros otros yoes, pero los fracasados sabemos que el fracaso es el usurpador del único yo en el que quisiéramos  reconocernos. No se fracasa de una vez, sino por partes de un todo imposible. No se trata, sin embargo, de pequeños fracasos que se van sumando como una lista de agravios que poder presentar ante una instancia todopoderosa, dígase dios, dígase el gobierno central, dígase el Tribunal de La Haya, dígase el mismo de uno mismo…
La conciencia del fracaso es determinante, incluso más que el propio hecho del fracaso, que el acto de fracasar, que puede acabar no revistiendo ninguna importancia. Entran en juego las expectativas, ese modesto pseudónimo plural de la esperanza, y también la visión distorsionada, sin llegar a esperpéntica, ¡o si!, de nuestros méritos. El fracasado es un lince para detectar en sí ese estado de derrota y melancolía, de devastación moral y de depresión física que no lo conduce a ningún muro de las lamentaciones, sino al exquisito suplicio de la conmiseración morbosa, si se siente con algo de fuerzas para ello, porque el fracaso pesa, físicamente. Todos los fracasados andamos algo cargados de espalda, y algunos jorobean, ¡y aun jorobamos…!, sin caer en el exhibicionismo.
Ni que decir tengo que cuando se convive con tres heterónimos –mal, en una persona tan cerrada, tan estrecha, con tantos humos y con escasas vistas al exterior- se fracasa entonces a lo funcionario, esto es, por triplicado. Y las obras del fracaso se van almacenando en los cajones como paradójicos cadáveres  vivos que añoran el olor de las multitudes, que no el loor…

El fracaso, aunque a alguien le cueste aceptarlo, no digamos ya creerlo,  no es el reverso del éxito, su antónimo. El fracaso tiene entidad propia y aun hay quienes lo persiguen con una intensidad que admiraría a quienes buscan, atolondrados locuelos, el espejismo del éxito. El éxito es evanescente, y el fracaso residente; pues mientras el éxito está hecho de humo, el fracaso es de pórfido: ambos, sin embargo, comparten el efecto devastador, pero mientras en el primero  el sujeto casi es ajeno a lo que sucede, en el segundo es protagonista indiscutido. Cultivar el fracaso es alegre pasión consciente; desear el éxito es un enajenado desvivirse cotidiano. No todos están llamados al fracaso, pero casi todos se creen llamados al éxito. Allá ellos. Acá nosotros.

sábado, 9 de noviembre de 2013

ICON (léase “aicon”), nocivo iconódulo (o iconólatra)


La banalidad esteticista o la vulgaridad pija.

                  ¡Cómo hemos podido vivir los hombres tantos años sin ICON, perdidos en el piélago de la vulgaridad, en los abismos de la garrulería, en las simas de la ordinariez, en los antros de la inestilidad! El PAÍS, que quiso convertir la cabecera en desatildado (en sentido primigenio) icono, hubo de reconocer, aunque le llevó sus buenos años hacerlo, que era una palabra viva y un significado ambiguo, antes que un icono de molde, yerto como el sudario de la escayola pintada de negro de la que parecía hecho. He mirado con atención el centón publicitario que es ICON, he leído, con estupor,  algunos de sus escasos artículos, expresión máxima del adocenamiento y la cursilería, y he llegado a la única conclusión posible: ¡Estamos perdidos! o ¡nos hemos hallado en la peor de las versiones de lo que puede ser ser hombre, para una empresa de comunicación en el siglo XXI! Fijémonos en  la retórica comercial de la que emana este engendro, la paternidad del cual, afortunadamente, ha de buscarse fuera de nuestras fronteras, porque hasta para lo deplorable hemos de pagar copyright (léase “copirrait”), y saquemos conclusiones: En ICON hemos trabajado para que cada página, cada foto, sea cuando menos interesante, siempre sugerente, y misteriosa algunas veces. Misteriosa en el sentido más potente que tiene la palabra aplicada a la revista: cuando una vez cerrada, nos damos cuenta de que algunas de sus imágenes, quizás solo una, se han grabado en uno de los innumerables pliegues de nuestro cerebro y se quedan ahí, durante horas o para siempre, formando ya parte de nuestros anhelos, de nuestros gustos, de nuestros deseos. De nuestra personalidad. ¡Qué generosidad pliegal la del señor Moreno! La revista parece dirigirse a quienes solo tienen un pliegue y el resto de los “innumerables” planchados como los modelos-objeto, como se decía antes de las mujeres en revistas tristemente iguales. 
                    Que para presentar, con tópicos rancios, un producto anacrónico como éste, el maestro de ceremonias cite a Borges y a Susan Sontag, bucando una coartada cool, pone sobreaviso de la inmensidad de la mediocridad que ofrece a los videntes, que no leyentes, de su catálogo publicitario. Coche-Perfume-Moto-Dolce…, ¡y la galbana infinita que se apodera de uno para no seguir! son como una declaración tópica del mundo macho metrosexual por el que pretenden cobrar ¡nada menos que 3€ por ejemplar! ¿En qué sueño de la razón se ha abismado la mente calenturienta que imagina un exitazo de ventas? Le ahorro al lector de estas líneas las irreproducibles, sin vergüenza ajena, del director de la “cosa”. Pero no les ahorra la síntesis: ICON quiere ser una guía sensata del mundo del consumo, sin complejos pero sin la menor intención de adoctrinar: Zapatos. Reloj. Perfume. Bolso. Chaqueta. Perfume. Reloj; Perfume; Crema hidratante para piel barbuda. Chaqueta. Polo. Reloj. Perfume. Coche. Camisa. Zapatos. Plumífero (sic. Acaso ex-parka.  Los ya vetustos sólo reconocíamos como plumífero al periodista lagotero, que conste). Bolso. Ron. Coche. Ron. Chaqueta. Ginebra. Telefonica (sic. Iconica, sic, claro). Viajes. Botas. Cochecito. Banco. Banco. Inmobiliaria. Banco. Revista. Reloj…Todo ello, como mandan los cánones de la iconología publicitaria, con abundantes jóvenes para ensueños homo y bisexuales de cenicientas tardes de domingos aplánicos (sic, sin plan, está clariconico, ¿no?)
                   En la serie anterior he querido reproducir lo que podríamos considerar como el flagelante algoritmo infernal de la visión de la revista –porque poca lectura se ofrece-, para quienes hubieran considerado la posibilidad de hallar en ella algo, ¡lo que fuera!, capaz de apelar a su inteligencia y su sensibilidad.
                  ¿El mayor desengaño? Que Mendoza haya prestado su nombre y su menguante talento para semejante engendro. Le pagarán bien y eso lo justifica, porque es un profesional y, como los fontaneros, trata de arreglar los desastres donde se produzcan, pero ¿de verdad que lo necesitaba? Sus viejos lectores no esperaban esto. Él es elegante, está fuera de toda duda, pero también es inteligente, de ahí la perplejidad de quien encuentra su firma al otro lado de la página que comparte con Joana Bonet, autora de un texto infumable.

                 Para este intelector que tira a proletario bastorro, ICON le parece tan sofisticada y lejana como exótico le debe de parecer a sus diseñadores el tradicional bocadillo de calamares o de rodajas de merluza rebozada. Advierto, no obstante, si soy capaz de volver a recorrer un ejemplar de cabo a Mendoza, que se me abre un brillante futuro relacional: oleré mejor; daré la hora deslumbrante; invitaré a subir a un casihaiga a mis amistades; me caerán las prendas como de molde, en vez de “embutirme en ellas” como ahora me sucede; y estaré al cabo de la calle de las mejores marcas del momento... Y en cuanto a las tardes de domingo, pues me lo reservo(ir dogs…).

domingo, 3 de noviembre de 2013

Puesto ya el pie en el estribo…




Dedicatoria, autobiografía, teatro…  
Entre Pascual y Cervantes, de autor a autor, una tiramira de melancolía, nostalgia, ingenio y amor.

      No es habitual en este Diario hablar de libros recientes, recentísimos incluso, como es el caso de La última dedicatoria de Cervantes, de Emilio Pascual, quien suma en su persona dos condiciones no siempre conciliables, la de magnífico escritor y la de eminente editor, de las cuales ha dado muestras sobradas como para que esta laudatio inicial ni suene hiperbólica ni obligada por la amistad, puesto que el Artista Desencajado se siente honrado por poder disfrutar de ella. Quienes ya conocen a Emilio, en cualquiera de ambas facetas, saben que Ray Bradbury escribió Fahrenheit 451 después de haberlo conocido, por haber tenido noticia de que era el único ser vivo en el planeta Tierra que podía decir de coro las dos partes de El Quijote
Volviendo de la ficción a la realidad, bien cierto es que de esa hipóstasis con el Quijote de Cervantes ha nacido esta obra de teatro en que, tomando como pie el del autor en el estribo de la célebre dedicatoria de su incomprendido –e incomprensible– Persiles y Sigismunda, Emilio Pascual nos pasea, con la melancolía y a veces con la nostalgia, propias de la ocasión, por la apretada biografía del alcalaíno. En Oportet, su editorial personal –después de haber trabajado durante toda una vida editorial para Anaya y Cátedra–, va Pascual creando un fondo de obras que en modo alguno responden a crípticos mensajes mercadotécnicos sobre los seguros caminos por los que se mueve el grueso de los lectores cándidos, sino a un criterio literario que obvia el afán mercantil, aunque, como buen editor, no les haga ascos a los ingresos que engrasan la ya desaparecida rotativa; un fondo, en fin , que irá consolidándola como un depósito seguro del buen gusto y el mejor criterio, aquel que satisface el de los morenos lectores.
Presentada como obra de teatro, quién sabe si en esos estratos culturales del autor no recaló su inspiración en el género de la famosa comedia humanística, aquella que, como La Celestina -y perdóneseme que renuncie al excurso de la comparación entre D.Quijote y Calixto...-, exigía ser leída en jardines cerrados para mucho…, en vez de ser representada. Al final, La Celestina ha sido carne de escenario, como lo fueron las complejas Luces de Bohemia, y yo espero y deseo que haya visionarios, y amantes de la obra de D. Miguel, que se atrevan a encamarlo sobre un escenario para que desde el lecho fértil de la memoria sepamos de él por él, en sus propias palabras, porque ese es el otro prodigio técnico, literariamente hablando, de Emilio Pascual: escribir la vida de Cervantes redactada por éste, pero adobada (adobar en francés, de donde procede nuestro vocablo, significa “armar caballero”…) por el único adobador capaz de sintetizar en el lapso de la duración de un espectáculo teatral no solo la discreta vida del autor, sino su relación con la mayor parte de su obra inmortal, del  mismo modo que fue capaz de reducir el Quijote a un romance en la celebrada Días de Reyes Magos.
La obra tiene dos partes bien definidas. En la primera hay una evocación autobiográfica y en la segunda, sin apartarse de la autobiografía, se produce una transfiguración que satisface enormemente a los cervantinos: la identidad entre autor y personaje, D. Quijote, claro está. Si el personaje acaba su asendereada vida en el lecho del que pasará a la huesa, desde idéntico lecho la tranquila sin hueso de D. Miguel querrá hacernos la merced de relatarnos sin muchos pelos ni señales, qué fue de él y cómo nunca llegó a saber quién era, adelantándose a la puesta en cuestión del sujeto en la que aún vivimos, como paradigma filosófico/psicológico de nuestro recién inaugurado siglo. La discreción, la nula afectación de Cervantes, se refleja con exquisita elegancia en un texto –centón de textos cervantinos lo llama su autor, con absoluta injusticia– en el que se prodigan elipsis tan hermosas como la de la pág. 29: [habla de Hasán Bajá, quien lo tenía prisionero y quien varias veces le perdonó la vida] o no quiso cerrar para siempre la seducción de mis alegres ojos. Y quédese aquí, que estas no son de las cosas cuya averiguación se ha de llevar hasta el cabo, ni toda la vida se puede reducir a geometría. En ella se hace referencia a la hipótesis de la homosexualidad de Cervantes, defendida hace ya tiempo por Canavaggio. Adentrados ya en la hermosa textualidad de la obra –en algo notablemente distinto la convertirían la dicción y la gesticulación del actor–, confieso que he de manifestarle al autor –en absoluto menardiano, que conste– un pero doble: lo que denomino un “problema de enunciación y decoro”. Entiendo que el reto de componer una vida con la pauta y los textos ya marcados deja poco lugar para lo que acaso el autor consideraría un entrometimiento imperdonable, y osado atrevimiento: enmendarle la plana al otro autor.  Me refiero, y con un ejemplo lo entenderemos mejor, a la expresión repetida en la pag. 36: me llamó a Esquivias, famosa por sus ilustrísimos vinos, que, pocas líneas más tarde aparece como Esquivias, la de los ilustres linajes y los ilustrísimos vinos. El problema, decía, es el de la enunciación y el del decoro: ¿en el lecho de muerte, y aunque pase Cervantes revista a su vida y nuestro segundo autor haya escogido hacerlo con las palabras del alcalaíno, cedería a decirse, a relatarse a sí mismo don Miguel, con esa retórica fraguense de Información y turismo? No lo creo. ¿No es curioso que la textualidad atente contra la verosimilitud –o una de las posibles verosimilitudes? Nada digo de la intertextualidad creativa con que Pascual, mediante referencias a otros autores, especialmente Machado, pero también Góngora y Borges –y una no sé si buscada analogía con la maleta de Portbou de Benjamin…–, le da olor, color y sabor al adobo, pero de igual modo quizás hubiera sido conveniente traicionar para traducir y ofrecernos el auténtico Cervantes que se escurre entre la ignorancia que acumulamos sobre sus días y sus obras, siendo éstas, madres oscuras de un hijo escurridizo.
  Me ha llamado la atención la profunda visión que nos ofrece Pascual de Cervantes como la encarnación de un eterno aspirante, como un Poulidor de Lope, como un ser siempre “al borde de” grandes cosas, sin que hubiera podido, en vida, acceder a ninguna. A buen seguro que,  más allá del Tiempo y despojado de las humanas flaquezas, estará compartiendo más que buenos momentos con Lezama Lima y habrá hecho suya la serena reflexión del cubano:  He soportado la indiferencia con total dignidad, y ahora soporto la fama con total indiferencia. Eso sí, cuando le llegue noticia de esta obra, la leerá con su proverbial bonhomía y su afectuosa agradecimiento. El mismo que le debemos los lectores, encajados o desencajados, cándidos o morenos, a Emilio Pascual.


Lexinota,  acaso impertinente por mera ignorancia: es probable que Cervantes, en cuyos tiempos la ortografía era tan variable y enrevesada como la caligrafía del infierno de Madama Collet haya escrito alguna vez píctima, pero como yo no tengo registrado el vocablo, sino pítima, es decir, socrocio, no sé si se ha producido uno de esos hermosos híbridos lingüísticos –en este caso entre pítima y víctima– que se me llevan la admiración tras ellos o bien Cervantes pecó de enfático.