domingo, 12 de febrero de 2017

Un capítulo picante de "La España vulgar"



Una invitación a la lectura.

Como advierto que la lectura de las Obras completas de Platón me impone un tempo que puede revelarse incompatible con mi primitiva intención de no intercalar en este Diario entradas entre las dedicadas a ese empeño megalómano en el que ando inmerso, me complace entretener a posibles intelectores, frecuentes y ocasionales, con algunas desviaciones que me permitan continuar con mi plan lector original, del que en breve ofreceré la segunda entrega. Engaño a propósito a los lectores del titular que no frecuenten este Diario, porque la intención no es otra, lo confieso paladinamente, sino que piquen, esto es, incitar a la compra del libro La España vulgar, no por necesidad, ¡loado sea Hermes!, sino por justificable afán divulgativo.


10.1.  De patriotas y patriotos

El libelista se resiste a la tentación de dejarlo todo y atreverse con esa suprema manifestación de la vulgaridad que es la creación estadística de la realidad, deidad inequívocamente sigloveintera  donde las haya, porque, más allá de las campañas electorales y otras verbenas políticas señaladas,  hay  credos, como el nacionalista –en singular, sí, porque todos son uno y el mismo, siempre y en todo lugar–, que merecen todas las abominaciones posibles, puesto que ninguno como él suma a la perfección la cima de la vulgaridad y el abismo de los bajos instintos para encarnar el máximo exponente de la ranciedumbre moral más abyecta. Vale decir, además, que ninguna fuerza política, por alejada que se proclame de ese misoneísta –en buena lógica– barrizal emocional xenófobo y racista,  se libra de la infección de ese virus deletéreo, de las salpicaduras de viruela de la ciénaga. Por acción, porque se lleva en la sangre, como alegan con orgullo los abanderados de esa peste, o por reacción, para no dejarse birlar los votos con que llegar al PODER, todas las débiles fuerzas políticas acaban sucumbiendo al irracionalismo salvaje que propaga el virus  nostratis.
Son muchas las manifestaciones exotéricas del nacionalismo, pero entre ellas ninguna tan eximia como el trinitario  amor a “lo nuestro”, a “nuestra lengua” y a “nuestra patria”, el atávico sentido de la propiedad del territorio, en definitiva. El sectarismo elevado a los altares. Nada como el lema de los cuarteles de la Guardia Civil, Todo por la patria, para expresar de forma inequívoca la devoción nacionalista que no admite contestación posible salvo que se incurra en el delito de lesa traición. Una, grande y libre es lema que se extiende por la pell de brau con embelesados ardores guerreros que devalúan, hasta reducirlo al silencio, el espíritu crítico que se opone a la majadería constante del fanatismo patriotero. Y aquí en España estamos harto servidos de furibundos patriotas, y sobre todo patriotos, dispuestos a imponer sus patrias a papirotazo de estatutos con ínfulas de constitución y a garrotazos de decretos-ley con ínfulas de dogmas.
 No hay lengua como la nuestra; no hay gastronomía como la nuestra; no hay paisajes como nuestros paisajes; no hay costumbres como nuestras costumbres; no hay gracia como la nuestra; no hay seriedad como la nuestra; no hay cultura como la nuestra; no hay espíritu emprendedor como el nuestro; no hay vino como el nuestro; no hay costas como las nuestras; no hay sierras como las nuestras; no hay tradiciones como las nuestras; no hay ciudades como las nuestras; no hay artistas como los nuestros; no hay saber estar como el nuestro; no hay cielo como el nuestro; no hay música como la nuestra;  no hay..., dice la larguísima y monótona cantilena enfadosa y estomagante del, en lo alto de la sublimación, encendido amor a la  abstracción y a los símbolos que deviene, como quintaesencia, la estatalidad, porque sin estado donde estar no hay ser en que devenir; sin fronteras que marcar y expandir, sin lengua que imponer, y sin carnet de buena ciudadanía, ¿qué queda del sueño de la nación?
Todos los patriotas, en resumen, son propietarios celosos de esa propiedad intangible e indefinible, y no sólo la defienden, sino que también la definen, aunque difuminen la razón al hacerlo,  y establecen las fronteras y los dogmas que no se han de traspasar y se han de creer respectivamente, como los viejos dogmas de fe de la niñería católica. E incluso renuevan apolillados estatutos de sangre para establecer el censo electoral y determinar quiénes pueden y no pueden votar independencias, segregaciones, puertorriqueñerías o desacomplejado Estado Soberano, con las mayúsculas iniciales emblemáticas.
Pongamos por caso, sin extraviarnos en las fantasías genealógicas, el zarzuelero propósito del contrato a los inmigrantes, defendido por el nacionalismo tradicionalista español y los nacionalismos periféricos, especialmente por el catalán, parte de cuya esencia patria consiste en el victimismo a ultranza y la atenta llamada al somatén! para organizar la defensa contra los invasores, como clamaba en el desierto de la prensa comarcal la férrea Ferrusola: “nos quedaremos sin iglesias, Cataluña será un paisaje de mezquitas”, al-armaba la dama de hierro. Hermanados, pues, en los mismos presupuestos teórico-religioso-folclóricos, ambos nacionalismos se empeñan, a toda costa, en definir en qué consiste ser catalán o español, como si tuvieran la patente de tales invenciones, de tales ficciones, como si sólo ellos tuvieran, no derecho, sino el derecho, a decidir quiénes pertenecen y quiénes no a la horda escogida por Dios sobre la faz de la Tierra.
Rinde beneficios electorales espolear los sentimientos de pertenencia a la horda, como no lo ignoran, como buenos imitadores de los machos alfa, los dirigentes deportivos cuando calientan  partidos de la máxima, fuegos en los que a algunos les ha caído la pena máxima de perder la vida, y a otros se les ha curado el fanatismo a partir de que les abrieran el cráneo para que, ¡por fin!, les entraran las ideas que les permitieran aborrecer el salvajismo de la bandería ciega.
Lo que le sorprende al libelista es que ese “amor a la patria”, denso, profundo, irracional, no se lo tatúen  los patriotas en el bíceps o en el pecho como se tatúan –o al menos así lo hacían tiempo ha– los legionarios el clásico “amor de madre”, porque apenas hay diferencia entre ambos amantes. Entiende el libelista que no lo hagan en las nalgas, y lo aplaude, aunque fue batalla patriótica, en el caso catalán, por ejemplo, que apareciera el emblema del país, la C mayúscula, en el culo de los coches, del mismo modo que sobre él tatúan, los más devotos, la borriquería como moderna seña de identidad inequívoca.
En el país de las taifas, los motivos para poner lindes y menospreciar a los vecinos salen de debajo de las piedras; del mismo modo que son infinitos los agravios que se cultivan como flores de invernadero. El infatigable esfuerzo por distinguirse consume generaciones híbridas en el regusto amargo de la pureza imposible. La obtusa religión del nostratismo, con sus ritos ortodoxos, heterodoxos y paradoxos, suele manifestarse a través de complejos rituales iniciáticos que desbordan cualquier capacidad imaginativa. Si infinitos son los caminos del Señor católico; infinitas son las ordenanzas de la nostreidad (cualquiera de ellas) sin las que no se halla gracia ante los definidores del credo, ante los poseedores del protobién máximo, de la inefable fortuna del plurilingüe y común: soy.............., casi ná; Como si el revés del soy no fuera, como de hecho lo es, su negación, la multiplicidad impropia y vital del yo...
En el país del sainete, género teatral de extendida fortuna, pues no hay territorio donde no haya brotado con la fuerza ambigua de la crítica y la complacencia, buena parte de la vida política –sobre todo el subgénero específico  de las  tensiones  separatistas– tiende a verse en términos de tal, por más que quienes los escriben e interpretan calcen coturnos y quieran presentarlos al gran público como altisonantes y catárticas tragedias, todas ellas variantes deplorables y patéticas del “ser o no ser”. Quizás la inclusión en el esperpento valleinclanesco, como a menudo suele hacerse por parte de los ignorantes del género teatral,  dotara a esas piezas mediocres de una calidad artística de la que, de todas todas,  carecen, de ahí que el libelista se abstenga de tomarlo como referencia; del mismo modo que nunca se le ocurriría hablar de charlotada o de quijotada para referirse a ellas, como ya escribió con anterioridad, teniendo en cuenta la excelsitud de las referencias a las que esos vocablos aluden, dignas de un aprecio humano y artístico que excede con creces la simple compasión que levantan, en el avezado espectador, esos dimes y diretes separatistas, esas trifulcas a pie de ley, esas sarracinas –tan taifescas–, esas zurribandas dialécticas, esas zaragatas de payaso sin gracia, esas zalagardas maliciosas, esas pelazgas vecinales, esas gazaperas públicas..., como la protagonizada por los tarroesencialistas de Convergència en su versión “doméstica” e institucional al arremeter, a calzón quitao, contra un M.H. –frío, frío, no es matrícula de honor..– que llegó tarde a Pentecostés y apenas le calentó ni una brizna de llama de la lengua impropia, y hacerlo además con los más prístinos modos xenófobos y, ¡sin embargo!, con un impecable look  atempranillado de racial bandolero español de Sierra Morena.
El libelista lamenta tener que abandonar en este punto y aparte tan fértil terreno para el humor como para el desconsuelo cual es el de las pendencias politiqueras, tópico de barra de bar donde se mima el arte del insulto y la descalificación, y donde cualquier matarife despelleja, entre sorbo y sorbo de cañita tirada, con pontificales prejuicios apodícticos;  pero ha de seguir levantando triste acta de la vulgaridad extendida a diestro y siniestro por la geografía física y humana de este país testucero.

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