lunes, 20 de mayo de 2013

Pensar por lo breve. Aforística española de entresiglos. Antología [1980-2012] -I




El género que sale del armario: Canonicación 

del aforismo. (I)

Nunca los estudiosos del aforismo, ni sus lectores, podremos ofrecer suficientes muestras de agradecimiento a José Ramón González, por esta cuidada antología de aforistas que acaba de publicar, y a la editorial TREA, más atenta a la cultura que al negocio, por haber culminado con éxito una publicación que, como otras muchas que forman parte de nuestra Historia de la Literatura, está llamada  a tener un lugar de honor, dado el carácter fundacional de la misma, porque, como sugiero en el título de esta calurosa acogida, nos hallamos ante una prueba irrefutable de lo que mi inminente tesis doctoral se ha propuesto establecer, a pesar de su obviedad: que a la tríada genérica de nuestra Literatura se le ha de añadir la “cuarta locura” platónica de la Aforística en condición de igualdad genérica y, por supuesto, en estricta igualdad en cuanto a la perfección de sus producciones, que no cede ante obras encumbradas y reconocidas de los otros géneros con los que en modo alguno compite, sino con los que, como debe, comparte su apasionante capacidad de seducción estética. Pensar por lo breve confirma mi intuición de un modo irrefutable. De ahí mi alegría y el especial estado de euforia crítica que me ha producido semejante epifanía genérica. Asistimos a la canonicación, que no canonización, del género literario quizás más antiguo de la literatura universal.
Desde el Cancionero de Baena y el de Stúñiga, las compilaciones de autores, las flores, las antologías poéticas han formado parte importantísima de nuestra historia literaria. Se trata de una tarjeta de presentación en la sociedad literaria casi obligada para las nuevas generaciones poéticas. Algunas constituyen momentos decisivos de esa historia literaria nuestra, como la famosa de Gerardo Diego, Poesía española. Antología 1915-1931, donde debutó ni más ni menos que la Generación del 27 (o de la República, en terminología de Bergamín), o las dos bien famosas de Castellet: Veinte años de poesía española (1939- 1959) y Nueve novísimos, de 1970. Hasta el presente, sin embargo, quizás por el “descuido” crítico con que se ha seguido el fenómeno desde instancias académicas, no se había publicado nunca una antología como esta de José Ramón González, de cuya atención al viejísimo-género-nunca-reconocido ya dejó cumplida cuenta en Notas sobre el aforismo la magnífica, por documentada, concisa y sugerente, introducción crítica a Hilos sueltos, de Fernando Menéndez, publicado en la editorial DIFÁCIL.
No me remontaré a los inicios del género en nuestra literatura, porque no es el momento ni el lugar adecuados, pero en otra entrega de este Diario se recogió la versión actualizada del que podemos considerar el iniciador de la Aforistica en la literatura española: Sem Tob de Carrión. Desde él hasta esta antología de José Ramón González, la Aforística ha llevado una existencia oscura que no ha supuesto, sin embargo, una decadencia o merma en el cultivo de las principales características de un género tan reducido a la intimidad o a pequeños círculos de apasionados por las breverías, según las bautizó Savater. Su marginación de la popularidad lectora ha servido para mantener unas tradiciones –porque es plural la historia de la Aforística, como la del corazón de Rubén– que han acendrado su cenceño discurso para mantenerlo fiel a lo mejor del género, de ahí la notable calidad, en su conjunto, del presente volumen, aunque, como es obligado para una antología, no deje de tener sus luces y sombras, sobre las que entraremos más tarde. Autores como Juan Ramón Jiménez, cuya Ideología es una de las cumbres de nuestra Aforística, como Ramón, cuyas Greguerías constituyen un originalísimo subgénero, como Machado, cuyo Juan de Mairena naufraga editorialmente en paradójica tierra de nadie o como José Bergamín, auténtico aforista de índole genética, escriba lo que escriba, ocupan ahora, por obra y gracia de este Pensar por lo breve, un lugar definitivo en la Historia de la literatura española, que ha de reescribirse obligatoriamente, porque no podemos seguir manteniendo extramuros de ella un género cuya vitalidad, aunque hibernada durante siglos, comienza a desbordarse creativa y editorialmente, como lo demuestra esta antología. El auge de “lo biográfico”, como tendencia propia del nuevo siglo, heredada del periodo finisecular, ha llevado al cultivo masivo del Diario y, sobre todo, del Dietario, tan próximo a un género como la Aforistica. Me parece oportuno observar que esta antología es una muestra diametralmente opuesta a lo mucho y malo que en el campo del aforismo podemos encontrar en internet, para desgracia del género y, a la larga, de sus cultivadores: forma parte, la vulgarización internética, del proyecto de barnizado con que se quiere atildar, ¡como si ello fuera posible!, la nesciencia, la falta de formación en que sume a la población nuestro lamentabilísimo e ideologizado sistema educativo.
Pensar por lo breve plantea ya, desde el título, una petición de principio no exenta de suscitar polémica: lo propio del aforismo es la expresión del pensamiento, por encima de cualquier otra posibilidad, como la de transmitir emociones o, y no es incompatible con ninguna de las dos anterior, la creación de belleza a través, principalmente, ya de un registro lírico ya de una exhibición conceptual, de la cual la ironía y la agudeza, con el corolario del humor, serían su fundamento. Si algo queda claro, después de leer esta antología, es que difícilmente nos vamos a poner de acuerdo en la definición del aforismo, como preceptivamente nos lo dejó claro Emilio Blanco en su estudio preliminar a la edición de las Centellas de varios conceptos, de Joaquín Setantí (José J. de Olañeta, Editor, 2006), otro de esos aforistas olvidados cuyos rescates irán confiriéndole entidad y prestigio al canon del género redescubierto. De hecho, una variante inexcusable de la aforística es el cultivo del metaforismo, generoso capítulo del género que nos permite no solo el disfrute de acabadas obras maestras, sino una introducción a la teoría del género desde la doble perspectiva del creador y de la obra creada.
Por otra parte, el planteamiento cronológico de la antología, los últimos 32 años de la historia del género, en la que se mezclan escritores de muy diversas generaciones, ordenados de mayor a menor, tampoco estaría exenta de polémica, porque esa es la naturaleza de estas antologías: dejar agradecidos a unos, insatisfechos a otros y  quejosos a todos. Ello no constituye ninguna objeción de peso a la misma, porque su valor está muy por encima de las pequeñas miserias de la República de las Letras, tan dada a la algarabía de egos como a la endeble arquitectura de la vanidad. José Ramón González a buen seguro habrá hecho suyos, una vez publicado el volumen,  los versos de Cervantes: Unos, porque los puse me abominan; / otros, porque he dejado de ponellos, / de darme pesadumbre determinan. / Yo no sé cómo me avendré con ellos; / los puestos se lamentan, los no puestos / gritan,  yo tiemblo destos y de aquellos. Es cierto, sin embargo, que el escrutinio atento de la obra de los 50 autores antologizados arroja resultados muy variados, y que hay, a veces, desniveles de calidad entre las obras de unos y otros que permitirán, en el futuro, repensar con sosiego y fundamentos críticos la ineludible jerarquía del canon, ahora ofrecido en un plano de igualdad que no hace justicia ni a lo excelso ni a lo prescindible.
Antes de entrar en el despiece de la res  quisiera manifestar mi agradecimiento a José Ramón González porque la lectura de su antología me ha permitido reflexionar con mayor amplitud e intensidad sobre la Aforística, llevándome a la refrendación de conclusiones a las que ya había llegado hace tiempo y que me parecen interesantes, no sólo para mí, sino también para los posibles lectores de la misma, por eso me atrevo a exponerlas. Aun a riesgo de agotar la paciencia del lector de esta entrada del Diario, quisiera consignar aquí el Manual de instrucciones que escribí para mi propia antología de aforismos a la que titulé El amigo manual ( Mi primer libro de aforismos), porque en él se contienen advertencias útiles y consideraciones teóricas que la lectura de Pensar por lo breve ha consolidado. Ahí va:
 1. El libro de aforismos ha de ser una volumen manejable que se tenga siempre a mano, pues su lectura está indicada para los momentos más insospechados. La famosa tríada de los tiempos muertos, las horas sueltas y los ratos perdidos tienen, en El amigo manual, su remedio natural, el específico capaz de resucitar, reconocer y atar buena parte de la propia vida, tan propensa a perderse en esos agujeros negros del tedio o la desorientación. El manual de Epícteto se llama Enquiridion precisamente porque en kheirí significa, en griego, lo que se puede sujetar con la mano.
 2. Un libro de aforismos no tiene comienzo ni final, por lo que nunca ha de ser leído desde la primera hasta la última página, al modo, por ejemplo, de las novelas o las obras de teatro. Por su forma se asemeja más a los libros de poesía, aunque en estos a veces los poemas están de tal suerte dispuestos que el lector ha de respetar su orden preciso si quiere recibir, sin modificarlo, el mensaje del poeta.
        Lectura espigada podríamos denominar al método que consiste en abrir el volumen al azar y leer aquellos aforismos que nos salgan al paso deparándonos el placer estético de lo insólito e invitándonos a la reflexión que siempre exigen de nosotros, porque un aforismo es siempre un pie, nada forzado, para el diálogo cordial y el monólogo esclarecedor.
3.  Lo propio de los libros de aforismos, si no hay un orden lineal que se haya de seguir en su lectura, es que tampoco se nos ofrezcan ordenados por temas, por útil que, para otros menesteres intelectuales, sea el índice temático que suele incorporarse al final del libro y que, a menudo, suele pecar de un excesivo intervencionismo por parte del compilador, siempre dispuesto a escoger interpretaciones que, a la postre, redundan en el menoscabo de la libertad de elección y asignación de los propios lectores, de ahí que este libro no lo incorpore, aunque sí unos Pespuntes biobibliográficos que pretenden servir de discretísima introducción a los autores escogidos.
4.  Buena parte de los aforismos que se han recogido en El amigo manual se presentan a los lectores como un desafío, y como tal hay que tomarlo, si bien con la serenidad de ánimo propia de los retos en los que nos jugamos la propia estimación. Hay aforismos transparentes, ingeniosos, poéticos, trascendentales, anecdóticos, admonitorios, chispeantes, profundos,  enigmáticos, herméticos y cualesquiera otras calificaciones que se les quiera aplicar, pero los lectores han de lidiar con cada uno de ellos y han de establecer una relación personal que les permita hacer suyo el libro, aceptar que les está interpelando individualmente. Nadie debe rendirse ante ningún aforismo, porque ninguno es literalmente incomprensible. Pueden sernos más lejanos o más cercanos, pero todos ellos han sido escritos para llegar a la imaginación, al entendimiento o a los sentimientos de los lectores.
5. Un volumen de aforismos es, por definición, una obra incompleta, parcial, eventual e incluso precaria. El subtítulo del actual, Mi primer libro de aforismos, indica claramente la provisionalidad del propio volumen, pues cada lector, cada lectora, son los responsables últimos de la compilación de su verdadero y definitivo libro de aforismos. Este  amigo manual no es en el fondo sino una invitación a la creación del libro de aforismos que cada cual, a lo largo de su vida lectora -que deseo tan larga y fecunda como placentera- ha de ir formando poco a poco, libro a libro. Recoger aforismos en nuestras lecturas ha de ser una actividad tan natural como consultar en el diccionario el significado de las palabras que desconocemos.
6.   Los libros de aforismos  han sido considerados muy a menudo como un vademécum, un compendio de máximas que nos preparan para la vida, un conjunto de recetas que, supuestamente, nos permiten enfrentarnos a la realidad con la quintaesenciada experiencia de la acreditada sabiduría de quienes nos precedieron. Pero vade mecum significa literalmente "camina conmigo", va conmigo, y esa función de acompañante tiene, a veces, más valor que la de pretencioso maestro de la vida, pues raramente se escarmienta en cabeza ajena. A un libro de aforismos no se ha de ir, así pues, buscando soluciones, sino epifanías que quizás sean simplemente el pórtico para nuevas preguntas, inquietudes y tal vez fecundos desasosiegos
          7.   A un libro de aforismos no deben acercarse los lectores buscando la cita de relumbrón que acredite una cultura que, en todo caso, de muy otras maneras ha de saber manifestarse, pues como sugiere Zabaleta hay que saber saber. Intercalar oportuna y elegantemente, en un texto o en un discurso, una cita no es arte al alcance de cualquiera, y con  frecuencia naufragan en el vasto y proceloso mar del ridículo muchos de quienes lo intentan. Que la cita surja con naturalidad, sin que su brillo ciegue, sino que ilumine, habría de ser la noble aspiración de los lectores de aforismos.
          8.  De igual modo que hay libros específicos de aforismos y una historia del género en la que sobresalen estos o aquellos autores, de todas las latitudes y nacionalidades, no es menos cierto que los aforismos esmaltan la prosa o el verso de todos los demás. En el segundo caso, los aforismos nunca han de permitirnos prejuzgar  a sus autores, a quienes se ha de conocer por sus obras completas. Por otro lado, y como cura contra la falsa solemnidad con que se pueden presentar las compilaciones de aforismos, Jean-Jacques Barrère y Christian Roche publicaron  El estupidiario de los filósofos, cuyo título ahorra explicaciones al buen entendedor.
9.  El amigo manual tiene la finalidad de acercar el mundo del aforismo a los lectores jóvenes para despertar en ellos la afición a la reflexión y al cultivo de la expresión justa, de ahí que la gran mayoría de aforismos estén relacionados con lo que podríamos llamar aspectos generales de la existencia. Esa selección excluye una vena aforística a la que este compilador es devoto aficionado: el aforismo humorístico, basado en el ingenio, la agudeza y el juego de los conceptos. Así, autores como Ramón Gómez de la Serna y sus famosas Greguerías han quedado forzosamente fuera, si bien se indica aquí para que quien quiera descubrirlo, a él y a otros tantos como él, se lleve una grata sorpresa.
          10.  De los libros de aforismos jamás podemos decir que hayamos acabado de leerlos, como ocurre, en realidad, con las obras literarias clásicas, aquellas que siempre admiten una relectura. Con todo, la frecuentación de los aforismos lleva aparejado un efecto perverso del que, para acabar, conviene advertir en estas instrucciones de uso: la tentación de devenir, después de leer tanta quintaesencia de la sabiduría y la agudeza, consejeros de consejos no pedidos. Saber abstenerse de darlos cuesta a veces tanto como escoger el adecuado, por eso, y con un dicho del traductor Çadique de Uclés, quisiera este compilador, a modo de corolario, recordar a sus lectores que "dize sant Gregorio que ninguno te es más fiel en te dar buen consejo commo el que no cobdiçia lo tuyo, mas ama tu persona". Ese amor  ha sido el inspirador de estas instrucciones y del volumen todo.
Vale.
          Aunque suene a verdad de Pero Grullo, o de Monsieur de La Palisse –dada la importancia de la aforística francesa para la resurrección del género en Europa–, la principal enseñanza ya sabida que le debo a Pensar por lo breve es el recordatorio del valor del espacio en blanco entre los aforismos, metáfora del tiempo imprescindible que requiere la lectura y la rumia de todos y cada uno de los aforismos de cualquier libro del género. De hecho, no se trata de un tiempo de exacta medida para todos ellos, sino de un tiempo específico para cada aforismo, y cada lector ha de saber encontrarlo y administrarlo en función de su competencia y su imaginación. Esta verdad lleva implícita, como corolario, la imposibilidad de la lectura lineal del libro, por más que, desde la perspectiva filológica haya estado obligado a hacerla así. Me hago cargo de lo que significan los costos de edición y la imposibilidad de conceder ese espacio/tiempo imprescindible a los desiertos silenciosos y sugerentes que han de preceder y seguir a cada uno de los aforismos –si no se opta por la abstracción gráfica del firulete, por supuesto, con idéntico valor estructural–, pero el lector ha de suplirlos para poder apreciar, en lo que vale, y vale mucho, esta antología aforística epifánica.
                                                                           (Continuará) 

3 comentarios:

  1. Recojo encantado el testigo de la lectura de este libro, y también de aquel otro, El estupidiario de los filósofos. Estimo que el aforismo, no pocas veces, se camufla, como ráfaga que lleva un diablo cojuelo, entre páginas que navegan por un proceloso y denso mar, ejemplo: Borges. Muchas de las ideas, señeras y puntuales, de sus cuentos, han acabado siendo pasto del ejército de frases sueltas que campean por la red su dudosa victoria, eventual alegría para almas superficialmente necesitadas de paradigmas existenciales. Doy fe, en mi escasa experiencia de escritor que, quintaesenciar pensamientos, es la más ardua tarea literaria que hay. Y añado que, aunque tenga el honor de aparecer en tu Flor de aforismos peregrinos, Juan, con nombre y apellidos, creo firmemente en tu teoría de que tal género, a fuer de ser el más antiguo, es también el más anónimo.

    Un abrazo.

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    Respuestas
    1. Son, Manuel, como las ideas liebre de Bergamín, donde menos te lo esperas, saltan... Y hay que estar al caso cinegético, aparejados papel y lápiz para que no huyan como los infantiles gamusinos...

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    2. Tiraré con dardos anestésicos para dormirlas sin matarlas, y abordar así la disección, pertrechado de algún licor espiritoso. Ya quería uno descubrir el tesauro por la vía rápida: jodida posmodernidad, me trae loco.

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