sábado, 10 de noviembre de 2012

María Zambrano: La filósofa pasmada






Maria Zambrano: la serena claridad desasosegante del discurso en enigma de las razones vital y poética.

Desde que me aventuré en la lectura de la primera obra de María Zambrano que cayó en mis manos, Los claros del bosque, siempre he tenido, al leer a esta filosofa inclasificable, la misma sensación de permanecer sumido en la perplejidad y en el pasmo tras la lectura de una prosa poética que me eleva a las regiones místicas desde el trampolín de la razón hecha cuerpo y latido vital, es decir, socia amorosa de la irracionalidad.
Desde aquella primera lectura ya me deje mecer por el verbo poético y polifónico que formaba una red de melodías en las que el lector se abismaba, tan lleno de claridad y convicciones como de dudas fecundas y atrevidas hipótesis. Ninguna prosa filosófica me había embaucado nunca hasta aquel momento como la suya (excepción hecha Unamuno, en la adolescencia, del Foucault de Las palabras y las cosas, en la media madurez,cuyo primer capítulo sobre Las meninas siempre me pareció el norte de mis desvelos intelectores,  y, en la vejez, de  Clement Rosset, en su Lógica de lo peor y, sobre todo, en  Lo real y su doble, un libro, éste último, de obligada lectura para quienes sientan la pasión del filosofar y gocen con la maravilla del razonar en estado puro) ni ninguna otra me ha sumido en mayor perplejidad. La verdad es que nunca sé a qué carta quedarme, cuando me engolfo en las páginas desafiantes de María Zambrano. [Se hizo una película sobre ella que me negué a padecer: hay en la pseudoizquierda española una ñoña tendencia a la hagiografía que no puede explicarse más que por su inveterado conservadurismo y su apego a la educación católica recibida.] Tan pronto me llena de entusiasmo como me parece una embaucadora. Y paso de un estado al otro en cuestión de páginas. Acaso sea que, como buena hija de su tiempo, y heredera de la mejor tradición de la modernidad, Zambrano escogió el fragmento como método de indagación filosófica. Ese método supone una suerte de filosofar por aluvión que depende mucho del trato intelectual que se tenga en el momento en que se escribe. De hecho, buena parte de los textos de Zambrano son la respuesta a otros textos filosóficos.  Hay ciertos motivos que atraviesan de forma recurrente toda su obra, sea La agonía de Europa, sea La confesión, sea Hacia un saber del alma, sea el que ha motivado estas líneas, Notas de un método, en el que entraré con mayor detalle en breve, sea el recopilatorio Obras reunidas. Primera entrega o el aparentemente modesto, pero excepcional España, sueño y verdad, donde pueden leerse dos textos tan dispares y tan emotivos, ambos, como La mujer en la España de Galdós y Un capítulo de la palabra: “El idiota” , prólogo imprescindible para entender la pasión intelectual de Zambrano, quizás más cercana a la crítica literaria que propiamente a la filosofía, entendida ésta al modo tradicional, no al posterior a la aparición del deconstructivismo derridiano,  aunque, en su caso, se trata de una crítica enriquecida por sus saberes filosóficos. Esos motivos tienden a la interrogación esencial sobre la relación entre la razón y la vida, que su maestro, Ortega, encerró en la definición de su doctrina: la razón vital, por más que la exploración de ese fundamento acerque más a la autora a la antropología filosófica que propiamente a la filosofía clásica.  Corona toda esa obra una expresión que, aun siendo hija de su maestro predilecto, Ortega, cuya facilidad e ingenio expresivo son sobradamente conocidos, acierta a tener una deriva unamuniana y bergaminesca que enriquece su prosa con los mejores recursos de las generaciones del 98 y del 27. Al fin y al cabo, la voluntad de estilo (siguiendo el título del magnífico ensayo de Marichal) es un rasgo definitorio de la pensadora, y ello hasta tal punto que acuñará una nueva razón al acervo de las conquistas filosóficas: la razón poética, esto es, la razón como un “quehacer”, un poieo, una artesanía que exige la realización de la única obra que nos compromete: la construcción de la propia identidad, más allá de la máscara, más allá de la persona, una metafísica, al cabo.
          Notas de un método es un libro que requiere varias lecturas, en mi caso, torpe como soy hasta la exasperación,  las tres que he hecho antes de decidirme a pergeñar estas líneas, porque María Zambrano aborda en él aspectos fundamentales de la filosofía, como el nacimiento de la misma o el nacimiento del sujeto pensante. En este libro diríase que hay un aliento antimodernista, a juzgar por la distinción que hace la autora entre ritmo y melodía: Solamente en la melodía puede haber revelación; la melodía es creadora, imprevisible. El ritmo, por el contrario, es expresión de la falta de libertad. (…) Lo que  es más que ritmo es un infierno, castillo infernal, mortal por sí mismo. Rubén Darío tenía por lema: ama tu ritmo y ritma tus acciones. Pero la autora ve clara la diferencia entre someterse a la naturaleza y crear a partir de ella. Zambrano, discípula aventajada de Ortega, como ya dijimos, concibe el método como un camino que se recorre una y otra vez, pero que se ofrece al sujeto sin guía alguna que le permita recorrerlo. Es el hombre quien, en palabras de Ortega: ha de hacerse su propia vida, y ahí es donde el método se revela como una exigencia fundamental. Zambrano realiza, al hilo del poco leído –dice ella– libro de Max Scheler, El puesto del hombre en el cosmos, una distinción entre las bestias, cuya sabiduría secreta se corresponde con sus posibilidades corporales  y el hombre –término que ella usa supongo que para escándalo retrospectivo ¡y nada menos que compasivo! de las pseudofeministas de hoy– que, posterior a las bestias, devino primero residente en la Tierra y, finalmente, su extraño huésped dominador.
          Para mientes, María Zambrano, en la paradoja que usualmente pasa inadvertida al común de los pensantes: Decir sujeto es enunciar una especie de esclavitud. (…) ¿Cuándo comienza el hombre a sentirse sujeto? Cuando ha reflexionado, cuando se ha mirado a sí mismo. Mas lo primero en el ser humano no es mirar, sino sentirse mirado, sin sabe por quién ni cómo, y en la que reparé no hará mucho, con anterioridad a la lectura del libro, para construir uno de mis aforismos:  ¿No es candoroso que el sujeto se identifique con la liberad?
          La escisión primordial del sujeto procede de haber entronizado la psique hasta reducir el ser humano a mera psique, olvidando el saber primordial propio de la especie, de ahí la impostura propia de la invención del Yo o, como lo die la autora: cuando el sujeto se embebe en ese Yo, cuando se deja embeber por él, se hace personaje, deja de ser persona y entra a representar todo aquello que su Yo le impone. El sujeto de inventa a sí mismo, inventa una máscara, un tipo, un personaje; de lo que tenemos abundantes ejemplos en el cercano y ya caso olvidado Benito Pérez Galdós(…). Cuánta ambigüedad hay en este humano sujeto obligado a manifestarse. Porque si no se manifiesta, no es.
          Quisiera mostrar un fragmento emblemático del razonar de Zambrano, donde se manifiesta ese gemelaridad expresiva con José Bergamín: La experiencia nos dice que no se ve cuando se va. Al ir, si es que entendemos que el venir no sea un ir también, no se ve ni siquiera adónde se va. Si el volver es realmente un volver y no la repetición del ir, es cuando el ver se presenta. Así lo testifica el recordar, la necesidad de la mirada retrospectiva. El movimiento propio del vivir personal, único que puede llegar a sernos relativamente diáfano, es el de avanzar a ciegas primero y haber de retroceder después en busca del punto de partida. El buscar el punto de partida es el motor, la verdadera “causa movens” del recordar, del revivir para ver; un ver que es un entrever. Ver entre el asalto de los sentimientos, de las percepciones, más intensas y más nítidas también que cuando surgieron. Ya que todo lo que nace irrumpe ciegamente, invasoramente en la lucha con lo que le rodea, en agonía de crecer y de mostrarse. Un fragmento que parece una paráfrasis del Génesis, libro al que remite María Zambrano para extraer de la serpiente la analogía del camino que lleva al árbol de la Ciencia del bien y del mal, ese sendero retorcido que es el propio método que no se adquiere, sino que se manifiesta, se recibe. Al fin y al cabo, es María Zambrano una excelente creadora de metáforas que no las concibe como un adorno del discurso, sino como un más allá de él, una instancia de plenitud y una visión del centro que articula lo que le rodea, capaz de definir su quehacer filosófico. Para ella, la metáfora es una forma de relación que va más allá y es más íntima, mas sensorial también, que la establecida por los conceptos y sus respectivas relaciones. Se trata de una
relación, en definitiva, que llega a ser intercambiabilidad entre formas, colores, a veces hasta perfumes, y el alma oculta que los produce.
Eje sustancial del filosofar de Zambrano es que todo él arranque de un factor fecundo: el asombro:  El suceso que decidió el dejar en suspenso la sabiduría para preguntarse por el ser de las cosas, de la realidad, fue el asombro. (…) No hay palabra en el asombro, tan sólo el silencio y, a lo más, una exclamación. El asombro es pasmo, el pasmo que se da cuando se vislumbra algo insólito, pero que es aún más puro y fecundo cuando se  produce ante algo de sobra conocido y que de repente se presenta como nunca visto. El pasmo es, pues, el estrato más profundo e íntimo del asombro. Filósofa pasmada, podríamos denominarla, a ella, que así se ha quedado tanto ante textos capitales de la historia del filosofar humano, como las Confesiones o los Pensamientos de Pascal, como ante su propia experiencia vital, fuente constante de su asombro y de su pasmo.
          Hay una distinción entre sabiduría y pensar que interpela al lector con una agudeza tal que nos pincha de una vez por todas el globo de los tópicos al que nos subimos para sentirnos seguros, porque desde ellos creemos que dominamos el mundo, teniéndolo ante los ojos: La sabiduría es riqueza, y es ancha, inmensa. El pensar es pobreza, porque es renuncia a saber y después dificultad casi insuperable de entender lo que no se adquirió pensando, lo que no es hijo del pensamiento. (…) Si la acción del pensamiento descubre, desvela las cosas, es porque la sitúa en el orden del ser. Y si descubre los sucesos es porque los sitúa en el orden del tiempo.
Así pues, concluye Zambrano: No hay método, pues, para el saber de la vida. Porque la vida es irrepetible, sus situaciones son únicas y de ellas sólo cabe hablar por analogía y eso haciendo muchos supuestos y aun suposiciones.(…) El saber, el saber propio de las cosas de la vida, es fruto de largos padecimientos, de larga observación, que un día se resume en un instante de lúcida visión que encuentra a veces su adecuada fórmula.  ¿Cómo no advertir en esa formulación una defensa del aforismo como síntesis vital? Al fin y al cabo, la autora está convencida de que el más hondo saber, el de las cosas de la vida, no pueda apenas transmitirse: viene a la mente la imagen del fondo de las edades del sabio envuelto en su silencio: “el que más sabe más calla”.  Y ahora, ¿quién se atreve a continuar después de tal conminación a guardar el silencio del que, acaso, surja el pensar sinuoso?

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