viernes, 8 de junio de 2012

Un "apunte" de Canetti


Autobiografía por ajenos pulgares...


                        Podríamos hablar de autobiografía por mano ajena, para expresar lo que supone para los lectores el conocimiento de aquellos seres con  quienes nos identificamos casi hasta la hipóstasis. Que nos desvelen es uno de los designios del lector de literatura. Buscamos  reconocernos en lo escrito como en un espejo o en el retrato conciso que emerge de una conversación confidencial con un alma gemela, una afinidad electiva. La maravilla se multiplica cuando eso ocurre con un personaje de ficción que hemos creado. Y ahí entra el bueno de Juan Poz, ex maldito, contable y prohombre del reducido radio vital. Las semejanzas entre J.A. y el protagonista de La manzana de Poz me han asaltado como una epifanía al leer este apunte de 1978 de Elías Canetti, en el primero de los dos volúmenes que recoge todos los suyos, un género tan próximo al aforismo como la carne a la uña. Nos habla Canetti de un autor sin obra, uno de esos raros que son del gusto de quienes se saben raros vivos, singulares. Ejerce no poca fascinación este ejemplo de obra abierta, de desencajamiento. ¡Qué soberbia paradoja nos transmite Canetti: Lo que más rápidamente envejece es lo que se redondea y deviene libro! Diríase que lo hubiera escrito después de haber visitado este rincón desencajado…, en ucrónico viaje de birlibirloque.
                           Canetti pone de manifiesto un rasgo de la creación que, habituados como estamos a la rotundidez de la obra acabada, único valor de mercado, suele pasar desapercibida: el miedo de los autores a cerrar una obra. Lo sufren más los doctorandos embarcados en una tesis, pero no es ajeno a los escritores, quienes difieren y difieren la llegada del momento en que han de desprenderse de un proyecto en el que, como le pasó a Canetti con Masa y Poder, estuvo trabajando más de veinte años. Sé bien lo que es vivir con la exigencia de la búsqueda permanente de información y con el temor a descuidar datos de fuentes fundamentales, pero, al fin,  no es menos cierto que se halla una paz de espíritu incomparable en el deliberado acto de evitar la clausura de un proyecto. Proyectar, otro día hablaremos sobre ello, es consustancial a la creación literaria. Bécquer solía anotar todos los proyectos literarios que se le ocurrían con una minuciosidad de notario, adjudicándole incluso el título definitivo que tendrían, una práctica muy del gusto de Juan Ramón Jiménez un auténtico Bautista de las obras por venir, clasificadas, desclasificadas y reclasificadas como el sudario de Penélope hasta el mismísimo día de su tránsito.
                              Mientras, he aquí el apunte de Canetti en el que se me ha recreado Juan Poz (el personaje):

                              J.A., desde su juventud interesado en todo tipo de quehacer artesanal, pero a la vez en las tradiciones orales de un mundo anterior a los libros.
                             No desdeña nada de lo que le cuentan, lo escucha todo, también historias sobre aparecidos y fantasmas; todo cuanto le cuentan es poco para él. Debe todo a los demás; a su padre y a su madre, nada; sigue a sus maestros, siempre y cuando sepan lo suficiente; aprender y experimentar lo es todo para él. (…) Por la gente del único libro no siente interés alguno, ya que el ama todos los libros. Siente el pasado como algo tangible (…) Tiene la curiosidad de un hombre moderno en un momento en que la edad moderna se estaba inventado y no se había convertido en una caricatura de sí misma. Todo es objeto de esta curiosidad, que no establece diferencias, pero lo que más le atrae es la gente, las razones de su diversidad: eso es lo que interesa a J.A.; el número de personas sobre la que transmite cosas es infinito.
                              Lo que anotaba sobre la gente era siempre un principio; dejaba sitio para más, que podía añadirse luego. Tal vez no pasara de una frase o llegara a escribir cientos; cada una de ellas transmitía algo concreto y memorable. Lo que hoy día es desprestigiado como anécdota por cualquier necio, constituía la riqueza de J.A. Basta con imaginarse aquel tomo único con información sobre unas ciento cincuenta personas, en el que hay más sustancia que en veinte novelas juntas.
J.A. era incapaz de llevar algo a término: su verdadero talento. Parte del cual habría que deseárselo a todos, incluso a quienes han adquirido el hábito de concluir sus trabajos.
                              Y lo llevó a tal extremo que, en realidad, no existe ningún libro suyo. Tanto más inquietante sigue siendo, en cambio, todo cuanto escribió. Lo que más rápidamente envejece es lo que se redondea y deviene libro. En J.A. todo conserva su frescura. Cada noticia está ahí por sí misma. Uno siente la curiosidad con que fue acogida.
                             Son noticias cargadas de emoción porque no sirven para nada más; cada una es su propio objetivo, no es ningún objetivo, es solamente ella misma. J.A., que por doquier recopila infinidad de datos y luego los anota, es un anticoleccionista. No clasifica su material ni lo ordena. Quiere sorprender, no clasificar. Un procedimiento que acaso recuerde lo que hoy hacen los periódicos, si bien es totalmente distinto. Pues en este caso es él solo, un individuo, quien recopila las noticias, y no lo hace en función de un día. Quiere, por el contrario, conservarlas. Lo que lo enfurece es que las cosas sean destruidas y olvidadas. Por eso se agita sin descanso y consigue que el valor de novedad coincida con el de eternidad.

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