miércoles, 30 de enero de 2019

«Izquierda y derecha», de Joseph Roth: ¿una obra menor?














Joseph Roth: Una cala en ciertos recursos técnicos de Izquierda y derecha que nos permiten identificar el talento de los autores nacidos con el don de la narración.

Hay autores que distinguen bien entre narraciones de largo aliento, como La marcha Radetzky, por ejemplo, y otras obras que a veces son consideradas “menores”, pero que en modo alguno lo son para sus autores, es el caso de Job o de la presente, Izquierda y derecha, que mejor debería de haberse traducido por A diestro y siniestro, lo cual despoja al título actual en castellano de una connotación política que en modo alguno domina la obra con la trascendencia que el título sugiere. Job fue el primer éxito literario del autor, y La leyenda del santo bebedor, llevada algo mortecinamente al cine por Ermanno Olmi, su última novela. Izquierda y derecha es anterior a Job y a ambas es posterior el volumen de ensayos El Anticristo, ya criticado en estas páginas. La presente novela nos ofrece una panorámica moral de la Alemania del periodo de entreguerras, la época de la inflación y el deterioro social y moral que preludia el ascenso del partido nazi al poder, inaugurando un periodo histórico que el propio autor sufrió en su exilio parisino, donde escribió sus últimas obras. El autor escoge la vida de varios personajes representativos de la época que describe y a través de ellos nos muestra esa suerte de banalidad absurda que se extendió por Alemania tras la pérdida de la Primera Guerra Mundial, en una época que conoció un gran despliegue económico y, al tiempo, la dureza extrema de una depresión económica que los llevó a la megainflación del 23 de la que salieron  escarmentados, pero no enseñados. La decadencia de una familia, vista a través de la indolencia de los hijos, que acaba con el patrimonio familiar, o la vida de éxito de un “aventurero” económico inmigrante que construye un imperio de la noche a la mañana con una mentalidad entre nihilista y mafiosa, son los hilos conductores de esta novela de la que voy a ofrecer unos cuantos fragmentos que muestran, a mi leal saber y entender, la destreza narrativa del autor, Joseph Roth, uno de los grandes escritores en alemán del siglo XX. Se trata de breves secuencias  de carácter descriptivo o reflexivo que fortalecen nuestra fe en la intelectura y avalan el crédito del autor, por más que la novela que estemos leyendo, como es el caso, no tenga la enjundia o la ambición de otras. La suprema ironía de quien también fue un maestro del periodismo, su auténtico modus vivendi hasta la llegada del éxito literario, se esparce a lo largo de la novel en multitud de ocasiones como, empecemos por él, el retrato de la madre del que podríamos considerar principal protagonista: Paul Bernheim: No era muy despierta, aunque su capacidad de juicio, teniendo en cuenta sus limitaciones, funcionaba a la perfección. Por desgracia, tendía a valorarse en exceso. A veces opinaba sobre un ministro, un poeta, el Renacimiento o la religión, y siempre con el mismo desprecio con el que solía hablar del servicio. Otras, decía bobadas con una voz de niña mimada que hubiera podido calificarse de simpática, incluso de encantadora, si hubiera tenido treinta años menos. Era como si, porque alguna ve hubiera encandilado a la gente con las tonterías que salían de sus labios carnosos y bellos, se hubiera acabado convenciendo de que era de buen tono opinar de todo lo que no conocía. Olvidaba que ya era una mujer mayor. Lo olvidaba hasta el extremo de que, a pesar del cabello gris que empezaba a teñir cuidadosamente, cuando decía una de sus memeces, un resplandor juvenil iluminaba sus rasgos fláccidos y, por un instante, la sombra de una adorable juventud acariciaba su rostro. Pero la sobra se desvanecía rápidamente y el eco de la idiotez flotaba durante mucho tiempo en el ambiente. El narrador omnisciente de Roth despliega su fundada capacidad de observación para «desnudar» a ciertos personajes cuya inconsistencia acaba convirtiéndose en motivo narrativo satírico que dibuja de una pieza, y para el resto de la obra, al personaje en cuestión. En otra ocasiones, sin embargo, la reflexión del narrador se ciñe a descubrimientos de naturaleza poética que iluminan perspectivas individuales que, bien percibidas, tienen mucho de común:  Cuando el tren se detenía, le tranquilizaba el ruido persistente y monótono de la lluvia que se extendía a lo largo de cientos de illas con la misma tenacidad y con la misma insistencia, borrando las diferencias entre regiones y paisajes. El mundo ya no se componía de montañas, valles y ciudades, sino exclusivamente de noviembre. ¿Es o no es una joya lírica ese quiebro final, reduciendo el clima al tiempo y este al calendario! En esos detalles es en los que los autores demuestran que sobrevuelan, majestuosos, las pequeñeces de la mayoría de narradores que andan atentos a la peripecia y al lugar común. Retrato de época, de la época turbulenta que precede socialmente al conflictivo periodo final de la Republica de Weimar (entre todos la mataron y ella sola se murió) es este «apunte» sobre el vacuo y anglófilo protagonista Paul Bernheim: Y así fue como un día unos soldados le pegaron una paliza y apareció en ciertos periódicos de derechas como un modelo de heroísmo y lealtad a la patria. Era la primera vez que veía su nombre en letra impresa y decidió hacerse conservador y patriota, como si nunca hubiera sido antibelicista ni en el campo de batalla tampoco hubiera antepuesto la vida a la muerte, ni Inglaterra a su patria. Ya se veía de diputado e incluso de ministro Preferiblemente, de ministro. Al otro lado de la novela, el de los refugiados que escapaban de la revolución soviética -Roth iría como enviado especial del Frankfurter Zeitung a conocer de primera mano, en 1926 dicha Revolución, visita de la que volvió con los entusiasmos socialistas pasadísimos por agua-, emerge el retrato del aventurero económico Nikolai Brandeis:  Él también era un desertor, pero no llegaba a entender ese tipo de patriotismo que consistía en llorar a una patria, que aún existía, como si se la hubiera tragado el océano. En realidad, la gente lloraba por su samovar de plata. Con esa habilidad sociológica de Roth, no es de extrañar que sepa caracterizar con tanta ironía a un par de personajes secundarios a uno de los cuales incluso acabará comprándole la mujer, una actriz con quien une Brandeis su destino:  Los encontró simpáticos y los saludó. Ambos eran calvos y sus cráneos brillaban con el reflejo de las luces. Pero eran tan distintos el uno del otro como solo pueden serlo dos rusos: pertenecían a una gran nación compuesta de muchas pequeñas naciones. (…) El moreno pequeño, de tez amarillenta y bigote negro, era del sur de Ucrania. El rubio alto, sin cejas, de cráneo alargado y piel tan sonrosada que parecía que estaba siempre ruborizado, procedía de Polonia o del Báltico. Pero ambos eran dos magníficos rusos. Tenían los mismos gustos, hacían la  digestión de forma parecida, sus cuerpos reaccionaban de la misma forma ante el alcohol. «Y el mío también, y el de los alemanes y el de los judíos. Todos tenemos las mismas necesidades físicas», pensó Nkolai Brandeis, mientras se tomaba otro aguardiente a la salud de sus vecinos de mesa.  La capacidad de Roth para moverse en registros que aparentemente son «poco literarios», como el discurso económico, no deja de sorprender al lector, máxime cuando, en nuestros días, nos hartamos de manejar esos conceptos en el debate político, algo que ignoro si era tan familiar para los alemanes de aquella época:  Los franceses creen en la fortaleza del franco, una característica psicológica que resulta de la mayor importancia para garantizar su estabilidad. O consolidan la deuda o aumentan los impuestos sobe el capital o, lo que es más probable, incrementan si deuda externa con el aval del oro del Banco de Francia. Pero su genialidad se pone de manifiesto cuando hinca la metáfora en algo tan común y corriente como una sala de espera:  Hacía unos años él también había hecho esperar a la gente. Ahora comprendía que la institución de las salas de espera era el purgatorio del cielo capitalista. No hay nada peor que verse obligado a tener paciencia mientras suenan sin cesar los timbres que avisan a los ordenanzas de la llegada de  nuevas visitas y se hojean con desgana unas revistas que se ofrecen para aliviar la espera y solo provocan un desaliento mayor. He ahí, en resumen, un autor de fuste, el que sabe acercarse a lo común desde una visión metafórica o simbólica que lo trasciende: la visión de las usualmente inhóspitas salas de espera, sobre todo las de los bancos, como purgatorio del cielo capitalista es un acierto narrativo de primer orden. En ellos es en lo que es Roth un especialista, y de ahí la afición a frecuentarlo, poco a poco, eso sí…El desmoronamiento del protagonista alemán, de Paul, se advierte cuando observamos cómo va descapitalizándose y se empecina en seguir viviendo sin adquirir una formación que le permita no caer en la miseria: lo fía todo a un golpe de suerte que lo libre de esa caída: En seguida descubrió que una de las características más curiosas de la soledad es que pesa más cuando se vive en una única habitación. No deja de darle vueltas a la constatación de su fracaso vital:  La mención de sus treinta años le resultó especialmente dolorosa, le produjo una angustia casi física. Ya habían llegado los treinta y él no había hecho nada en la vida. Era como si las décadas se amontonaran junto a él, año tras año, día tras día, formando una montaña de tiempo, mientras él permanecía a su lado pasivo, pequeño, sin edad. Por eso, cuando se presenta, a través de la relación con una rica heredera indómita en un baile de disfraces de agarrarse a tan dorada oportunidad, el narrador se lanza de lleno a la creación satírica y consigue una de los mejores hallazgos descriptivos que había leído desde hace mucho: El brillo azul de sus ojos, algo desvaído a consecuencia de la inflación, era tan intenso que la señorita Enders no pudo dejar de admirarlo a pesar de la oscuridad… ¡El azul desvaído por la inflación…! Supongo que en todas las escuelas de escritores deberían de seleccionar ese sujeto gramatical como un acierto/faro que debería de iluminar a cualquier aprendiz para no caer en las rocas del adocenamiento y del juntapalabrismo. Si seguimos un poco más la lectura, entonces la magnificencia del estilo de Roth, en una secuencia de penetración psicológica sin par, nos revela las alturas artísticas por las que no todos están llamados a volar con tan majestuoso vuelo como el suyo. Léase, léase, si no…:   Era presa de una felicidad sosegada y nunca podría escapar de ese limbo en el que uno se dedica a los placeres en vez de disfrutarlos, tiene alegrías en vez de alegrarse y culpa a la mala suerte en vez de ser desgraciado. Es una vida fácil, pero hay que estar completamente vacío para soportarla. Contrasta con esa altura, una tirada narrativa en la que, como en el caso de las salas de espera, el narrador centra su mirada en algo cuyo carácter trivial, el vestíbulo de un hotel, acoge, sin embargo, una reflexión sobre el carácter de un personaje mucho más profunda que el marco descrito, o dicho de otro modo, la singularidad casi extravagante del personaje se define mejor en el contraste con lo común:  Se permitió uno de los placeres con el que más disfrutaba: entrar en el vestíbulo de un gran hotel. En su opinión era el único ligar en el que uno podía ser desdichado sin perder la dignidad (…). Paul se reencontró con su auténtica patria en ese vestíbulo en el que iban y venían los viajeros, ricos, ocupados, con las carteras repletas de billetes de banco que parecían no agotarse nunca. Recordemos que estamos en una época, el primer tercio del siglo XX lleno de inventos que definen la vida moderna tal y como la conocemos, de ahí que la reflexión del narrador sobre el automóvil nos choque no poco a los intelectores actuales de la obra de Roth: Conducía [Paul] a setenta kilómetros por hora, la velocidad que recomiendan todos los novelistas que han analizado las relaciones existentes entre el corazón humano y los motores. La índole viciada de la época la cifra Roth en la preeminencia del rumor frente a la verdad, lo que acerca mucho los años 30 del pasado siglo a los 20 por venir del actual, ¡y esperemos que no a los 30. En fatal círculo histórico!, a tenor de la presencia cada vez más inquietante del fenómeno del populismo:  En una época en que las verdades son cada vez más raras, no hay nada tan creíble como un rumor, Cuanto más absurdo y extravagante sea, mas dispuestas estarán las personas fantasiosas y románticas a creerlo. En cualquier caso, y al margen de esa pincelada feminista tan de agradecer -Las mujeres necesitan creer cualquier cosa que les dé seguridad. Hace siglos que se las seduce con mentiras y no con verdades-, quiero concluir con una reflexión que mezcla a partes iguales la desesperanza y la esperanza ante lo real: Todas las carreteras del mundo se parecen. Los burgueses del mundo entero se parecen. Los hijos se parecen a sus padres. Puede que, quien llegue a esta conclusión, desespere pensando que nunca asistirá a transformación alguna. Por mucho que cambien las modas, las formas de gobierno, el estilo y el gusto, nunca lograrán eclipsar esas leyes eternas que hacen que los ricos construyan casas y los pobres chozas, que los ricos lleven ropa y los pobres harapos. Pero esas mismas leyes son las que hacen también que tanto los ricos como los pobres amen, nazcan, enfermen y mueran, recen y mantengan la esperanza, desesperen y se marchiten.
Pues bien, de ese orden estilístico es todo  lo que los intelectores van a encontrar en esta aparente obra menor que denuncia el poderoso empobrecimiento moral de la sociedad antes de la llegada del Mal nacionalsocialista.

2 comentarios:

  1. He leído de Roth -hace mucho tiempo-: La noche mil dos, La leyenda del santo bebedor, Job, la marcha de Radetzky y La cripta de capuchinos -frente a la que estuve hace unos días en Viena-. Su figura de escritor nacido en el imperio austrohúngaro y judío, revela como en el caso de Sweig o el misma Kafka un tipo de creador de la Mitteleuropa en torno a la lengua alemana y la nostalgia del imperio austrohúngaro que fue arrasado por los nacionalismos y el etnicismo. Su vida acabó trágicamente como la de Stefan Sweig, como si no hubieran podido adaptarse a las nuevas realidades que hicieron desaparecer su añoranza de otro estilo de vida, culto y cosmopolita, frente a la vulgaridad que se impuso con los nuevos movimientos políticos emergentes. Estirpe de escritor que desapareció y que hoy es inimaginable. El único que me los recuerda es Claudio Magris (Trieste) evocador de la Mitteleuropa en obras como El Danubio. Un gran escritor. No he leído esta novela que nos presentas, pero la tendré en cuenta.

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    1. La novela en sí es muy discreta, parece que cuente con algo de desgana un relato que muchos contaban en aquellos tiempos, pero, de repente, cuando menos te lo esperas, aparece un fogonazo estilístico, sea narrativo, descriptivo o reflexivo que te revela su calidad literaria en menos de un párrafo. ¡Admirable! Cualquiera que tenga pretensiones literarias aprenderá mucho en él.

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