lunes, 23 de abril de 2018

La era de la preverdad: Antonio de Torquemada y su “Jardín de flores curiosas”.



Los bulos de la auctoritas:  la tradición de bestiarios, lapidarios, antropólogos y geógrafos en un bestseller europeo: el  jardín dialogado de las flores fantásticas.

En esta época ya definida como de la posverdad, es reconfortante viajar, leyendo, en el tiempo para descubrir este estupendo Jardín de flores curiosas, de Antonio de Torquemada, donde se dan cabida todas las rarezas, y que bien podría haber sido titulado Jardín de las Hipérboles, a juzgar por el uso no retórico, sino falsado, de las tales. Porque lo primero que sorprende de este conjunto de noticias peregrinas, en la línea de las misceláneas, polianteas y florilegios propios de la época del autor, el siglo XVI, e incluso de siglos posteriores es la decidida voluntad de avalar los testimonios, por disparatados que hoy nos puedan parecer, con la autoridad de historiadores, filósofos y cuantas autoridades, de tipo civil o religioso, puedan contribuir a desechar de la mente de los lectores que aquello que se cuenta, por inverosímil que nos parezca, no responde a la verdad. Es cierto que el Renacimiento es la época en la que el conocimiento suma al cultivo hasta entonces casi exclusivo de la teología y las artes humanísticas clásicas, la literatura, la historia, el descubrimiento de la naturaleza y su estudio pormenorizado, tanto en la Tierra como en el cosmos, y de ahí, por parte del autor, la necesidad casi compulsiva de verse obligado a añadir la ristra de autoridades que dan fe de la verdad de cuanto se cuenta. En cierto modo, los dos volúmenes de este Jardín… tienen algo, por lo que hace al conocimiento del cuerpo humano, de manual de teratología, del mismo modo que, en cuanto a los animales, las tierras y las personas de tribus exóticas, el libro tiene algo de aquellas geografías fantásticas de los primeros cartógrafos y no poco de los herbolarios y los lapidarios que nos transmitieron las propiedades maravillosas de plantas, piedras y animales, todo ello procedentes de épocas que yo he situado en lo que defino como la “preverdad”, cuando la historia y el mito aún son inextricables, cuando las narraciones fabulosas tienen un público expectante en los mercados de las ciudades y las aldeas. Todo es posible, nada es inverosímil. Y a pesar de que los contertulios del personaje que lleva la voz cantante del coloquio manifiestan a veces lo difícil que resulta creer ciertas cosas de las que se dicen, un conato de escepticismo que no tardará en cuajar, como doctrina filosófica en las páginas del  Quod nihil scitur,  de  Francisco Sánchez, publicado en 1581, es decir, que esa época de la preverdad tiene fecha de caducidad, aunque lo cierto es que, a pesar del espíritu científico propio del Renacimiento, o quizás por ello mismo, recordemos que Servet muere en la hoguera,  las supersticiones han seguido formando parte del cuerpo social con una solidez a prueba de ilustraciones… Desde el siglo XXI, la lectura del Jardín de flores curiosas se emprende como un viaje fantástico hacia los sucesos y anécdotas más peregrinos que puedan ser imaginados, y el lector halla en sus páginas un auténtico virtuosismo de la invención. Desde esa adscripción al género de lo fantástico, tan de moda en las trilogías y tetralogías que devoran millones de lectores, bien pudieran estos volúmenes acabar convirtiéndose en el bestseller europeo que fueron en su momento, como así mismo lo fueron otras obras del autor, quien, también premonitorio en este sentido, pasó por la Universidad sin que saliera de ella con título alguno, ni ful ni legal, pero con un extraordinario olfato para saber, literariamente, qué estaban deseando leer sus contemporáneos. El Jardín… está lleno de flores exóticas en tal cantidad, que pondría a prueba la incredulidad de los intelectores que se paseen por él, porque se extienden a veintiuna páginas las notas que he tomado de los fragmentos dignos de ser leídos. Desde el punto de vista estrictamente literario, todo ha de decirse, la obra no es un prodigio de estilo ni sorprende en modo alguno por la audacia compositiva o la capacidad de descripción. De hecho, se ciñe a las noticias fabulosas y las entrega, como si dijéramos, en bruto, sin elaborar; al estilo de esas pujas coloquiales en las que los interlocutores se quitan unos a otros la palabra con el latiguillo “pues lo que me pasó a mí sí que…”  introductor de lo que se supone que es tan extraordinario que todos los demás han de callar inmediatamente y oírlo. Si noticias como la de los partos -acto propenso a las maravillas per se- alimentaban fantasías como esta: Refiere Alberto magno, el cual dice que un médico por cosa muy cierta le contó, que siendo llamado en una ciudad de Alemania para la cura de una señora, vio que Parera de un parto ciento cincuenta hijos, envueltos todos en una red, los cuales eran tan grandes como el dedo pequeño de la mano, y que todos salieron vivos y figurados. Bien entiendo que estas son cosas difíciles de creer a los que no las hubieren visto, pero hácelas posibles ser cosa muy notoria y averiguada; aunque, cierto, es más admirable que todas, lo que sucedió a la Princesa, o según otros condesa, Margarita en Irlanda, que parió de un parto trescientos y seis hijos todos vivos y tamaños como unos ratones muy pequeños; los cuales en una fuente o vasija de plata, que hoy día para memoria de esto está en la iglesia de aquella isla, fueron bautizados por mano de un obispo, y nuestro invictísimo César Carlos V la tuvo en sus manos, y averiguó ser esto verdad por muchos y muy claros testimonios, ni que decir tiene que las referentes a hechos fuera de lo común, aunque dentro del orden de lo natural, como lo androginia alimentaban el morbo de los oyentes, puesto que este tipo de obras misceláneas, como tantas otras, y ahí está el Quijote que lo avala, solían ser leídas para un publico expectante y crédulo: En los confines de los Nasamones hay una provincia de gentes, llamadas andróginas, que todos ellos son hermafroditas, sin guardar orden ni concierto alguno en el coito, sino que los unos y los otros usan de ello igualmente. Y según la poca noticia que destos se tiene, no diera mucho crédito a estos autores, si no lo confirmara Aristóteles diciendo que estos andróginos tienen la teta derecha como hombre y la siniestra como mujer, porque con ella alimentan las criaturas que paren. La explicación de muchas de estas anomalías o excepciones, radica, para el autor, en el poder de la imaginación, lo cual nos sitúa casi en la órbita de las vanguardias literarias: Según dice Algazar, filósofo antiguo de muy grande autoridad, y o refiere Gentil, la imaginación intensa tiene tan gran fuera y poder que no solamente puede imprimir diversos efectos en aquel que está imaginando, pero también puede hacer efecto en las mesmas cosas que imagina. Como buen aficionado al cine de terror y de lo fantástico, una historia me ha hecho pensar en la secuencia clásica de Desafío total, de Verhoeven: No será pecado mortal, aunque no le deis mucho crédito; pero yo quiero deciros una cosa no menos monstruosa que todas las que aquí se han contado, la cual vi, como suelen decir, con mis propios ojos, y fue en el año de trece o catorce sobre quinientos, que un hombre extranjero iba para Santiago, el cual llevaba unas ropas largas hasta los pies y todas hendidas por delante y así mesmo la camisa con ellas, y dándole alguna limosna, abría las ropas y mostraba una criatura cuya cabeza estaba al parescer, metida en la boca del estómago, o algo más arriba; lo de fuera era todo el pescuezo, y que allí para abajo estaba toda complida y muy bien formada con sus miembros enteros, que se meneaban; así, que en un hombre estaban dos cuerpos, y si se gobernaba esta criatura por el hombre que la traía o por sí, en las operaciones naturales, no lo sabré decir, porque yo era tan niño, que ni lo supe mirar, ni preguntar, ni tenía entendimiento para ello; y no lo osara contar, si no hubiera muchas personas en España que lo vieron y se acordarán de ello; y así fue público y notorio. De ahí, por consiguiente, la actualidad extremada de esta obra, capaz de competir, en imaginación, con las mentes más brillantes de nuestro tiempo. Conviene recordar, por si no lo hubiera dicho, que el libro acabó en el Índice de libros prohibidos por la Inquisición, como no podía ser de otra manera, a tenor de las historias subidas de tono que recoge. Son innumerables las referencias a pueblos exóticos cuyas particularidades van más allá de todo lo imaginable, pero sobre cuya existencia nada se puede objetar teniendo en cuenta los autores que avalan dicha existencia: Plinio y Solino y Estrabon y otros muchos los refieren particularmente; pero todavía quiero haceros mención de algunos dellos. Hay unos que llaman monoscelos que no tienen más de una pierna, y son tan ligeros en saltar con ella, que corren más que otros animales, yendo a saltos tras ellos. Estos tienen el pie tan grande, que cuando hace gran calor se echan en el suelo, y alzándolo se defienden de ella haciendo sombra con él. (…) También escriben de otros, que llaman faneseos, con las orejas tan grandes, que cubren todo el cuerpo con ellas, y que estos son de mus grandes fuerzas. (…) Solino dice que los Arismaspos, que están en una provincia entre los Scitas, cerca de los montes Rifeos, todos tienen un solo ojo. En parte, esas noticias propias de viajeros intrépidos, y el autor tiene siempre presente a Marco Polo, alimenta una imaginación de “lo desconocido” que llena páginas y páginas del libro con una pormenorizada descripción de lugares inhóspitos, de animales fabulosos y de costumbres humanas casi estrafalarias; todo ello al estilo de la muy venerable “novela bizantina”, como lo demuestra en el Jardín la historia de Jambolo, condenado a vivir en una isla maravillosa de la que él y su compañero, tras siete años, son forzados a salir. La coartada de los interlocutores en el coloquio que se extiende a lo largo de los dos volúmenes está clara, en boca de Luis: Creedme en esto que quiero deciros, que pocas veces o ninguna un hombre que sea curioso puede ser juntamente nescio, porque son dos cosas que con dificultad se compadescen: que los hombres sabios siempre procuran saber más, paresciéndoles que es poco lo que saben y entienden, y los nescios, como no extienden su entendimiento a pensar que hay más saber ni entender de lo que ellos entienden y alcanzan, piensan que allí hace fin la ciencia, y así, porfían y disputan las cosas, sin querer conceder ni otorgar más de lo que la torpeza de su ingenio alcanza, teniendo aquel por el verdadero fin y remate de todas ellas. ¡A ver quién es el guapo, pues, que arde en deseos de dar crédito a tantos historiadores que les hablan de realidades tan fantásticas como difíciles de creer! La obra progresa en una sucesión de auctoritas que realmente apabulla a los interlocutores, y si salió Carlos V, como vimos, también ejerce el mismo papel Boccaccio o el propio Aristóteles, amén de la caterva de autores de mayor o menor prestigio que se anteponen a la narración de los hechos fantásticos. Pongamos por caso lo relativo a los gigantes: Sinforiano Campegio, en un libro que llamó Ortus Gallicus, lo cual dice por autoridad de Juan Bocacio, que afirma él mesmo haberle visto, y fue que en Sicilia, cerca de la ciudad de Trapana, a la raíz de un monte, que está cerca de ella, andando unos labradores cavando un cimiento para hacer una casa, descubrieron una cueva que tenía grandísima anchura, y, encendidos unos matojos, entraron dentro para ver lo que había, y hallaron en medio de ella un hombre sentado, de tan admirable grandeza, que espantados y atónitos comenzaron a huir hacia el lugar, y dando nuevas de lo que habían visto, se juntaron muchos, y con armas y lumbres entraron en la cueva a certificarse de la verdad, y hallaron aquel hombre, tan grande, cual otro jamás nunca se ha visto ni oído. Tenía en la mano siniestra un báculo tan grande y tan grueso como una grande antena de nao, y perdido el temor, con ver que estaba muerto, llegaron a tocarle, y luego se deshizo en ceniza quedando los huesos tan disformes, que en lo hueco del casco de la cabeza cabía gran cantidad de una medida de trigo que se llama modio, y seis dientes se guardaron por cosa monstruosa, y tomada la medida de todo el cuerpo, paresció que tenía doscientos codos de largo, cosa que tendría por increíble, y aun imposible, si tan graves autores no diesen testimonio de ello. Del mismo modo que hay hombres del mar que acechan a las doncellas par raptarlas y aprovecharse de ellas en sus cuevas marinas, hay hombres lobo que salen a los caminos de Galicia para matar y devorar criaturas, exactamente igual que nos lo contó Olea en El bosque del lobo, por ejemplo; o doncella que, secuestrada por un oso, acaba conviviendo con él e incluso pariendo un hijo humano que se encargará de vengar el asesinato del padre y dará lugar a una genealogía de reyes nórdicos… El libro está tan lleno de embustes como de aciertos que nos sorprenden por su rigor científico, como la descripción de un ataque de furor, posible una fase maníaca de una bipolaridad, en una persona aquejada de “melancolía”-un estado, por cierto, llevado magistralmente al cine por Lars von Trier en película con ese título: Melancolía-: Yo vi en una mujer muy cercana parienta mía, que siendo fatigada de una melancolía, que los médicos llaman mirrachia, la cual es muchas veces causa de hacer perder el juicio y venir a hacerse furiosos y locos los que la tienen, prevenirse de tal manera con la discreción y razón, que nunca pudo acabar de vencerla. Y era cosa de ver la batalla que entre la melancolía y ella pasaba, tanto que hacían a la pobre mujer echarse en el suelo boca a bajo, y la melancolía la forzaba a que hiciese pedazos lo que traía sobre sí y que tirase piedras a los que veía, y que arremetiese con los que topaba, e hiciese otros géneros de locuras; y la razón íbale a la mano, y la discreción la detenía, tanto, que al fin vino a perder aquella alteraciones y desechar el humor melancólico, quedando su juicio claro y desavahado como de antes lo tenía. Aunque para invención con solera, ninguna mejor que la del manuscrito hallado, que Torquemada, vía Santo Tomás de Aquino, remonta a la primera familia sobre la Tierra: Dice Santo Tomás en el tratado que hizo De ente & esentia, aunque algunos dicen no ser suyo, sino apócrifo, donde trae que Abel, hijo de Adán, hizo un libro de todas las virtudes y propiedades de los planetas, y conosciendo que el mundo de había de perder por el Diluvio, metiolo en una piedra y cercola de manera que las aguas no pudiesen corromperla, para que viniese a ser notorio a todas las gentes. Esta piedra hallo Hermes Trimegisto y quebrándola y viendo el libro que estaba dentro, se aprovechó de él en muchas cosas. De hecho, también lo usó Santo Tomás, nos dice el autor, porque  molestándole el paso de los animales con motivo de estar enfermo, hizo una imagen conforme a las indicaciones del libro, la enterró en la calle y las bestias se negaban a pasar por la calle y se daban la media vuelta. La mayor parte del segundo volumen está dedicado a las tierras cercanas al Polo Norte y los pueblos que en ella viven. La simple enumeración de tales pueblos  y lugares y algunas de sus costumbres, que el autor repite hasta tres veces con idénticas expresiones, no produciría la impresión de estar en el seno de unas de esa sagas de pueblos extraños con las que estamos familiarizados sea a través de la insufrible Juego de Tronos sea a través de las tribus de todo tipo que nutren los últimos bestsellers casi infantiles -¡qué lejos de Tolkien, por amor de Hermes!- con que tanto nos afligen las editoriales en los últimos tiempos mediocres de su quehacer editorial: Perioscoeos, Antoscoeos, Amphioscoeos, que son vocablos griegos, por donde declaran de la manera que están. Perioscoeos son aquellos a quien las sombras andan al derredor, y estos , como adelante veréis, no pueden ser sino los que están debajo de los polos. Amfioscoeos llamamos a los que tienen las sombras a una parte y a otra, que es hacia el aquilón y hacia el austro, conforme a cómo se halla el sol con ellos. Eterosceos son los que su sombra va siempre a una parte.
Los Hiperboreos, cuyos pueblos son los Parigitas, los Carcotas.
Casi conforme a estas regiones son Escamia y Dacia. Y un poco más adelante, hablando de las provincias de Suecia, la cual llaman Gocia Occidental, a diferencia de otra que se nombra Meridional, y de Noruega, que por la costa del Occidente se extiende hacia la isla de Tile y se junta con Grovelant y con Engrovelant, fuera del círculo Ártico, dice que están las provincias de Pilapia y Vilapia, las más frías de todas las regiones, porque se llegan mucho al Polo Ártico. (…) Provincias ignotas, entre las cuales me acuerdo que es una que llama Pila Pilanter, y otra, más adelante Euge Velanter (…) Y estas provincias tengo yo por cierto que son las que Gemma Frigio llama Pilapia y Vilapia.
Del singular bestiario de esos territorios, me quedo con una práctica bulímica que tanto aqueja hoy a los jóvenes, como un mal de nuestro tiempo. La descripción es impactante, por su crudeza, propiamente de registro naturalista, casi al estilo de los cuentos de Pardo Bazán reunidos en El destripador de antaño y otros cuentos: Hay también otros animales llamados gulones, del tamaño de un perro grande, las facciones como de gato, las uñas muy largas y fuertes, la cola como de raposa; estos cuando cazan o matan alguna bestia comen de ella hasta que no les puede caber más en el estómago o vientre, el cual se hincha tanto, que paresce que quieren reventar; y cuando se sienten así, se meten por lo más espeso de los montes hasta que hallan dos árboles muy juntos, y metiéndose entre ellos, aprietan el vientre de manera que forzosamente vienen a vomitar lo que han comido, y acabando de hacerlo, tornan a comer otro tanto, y también a vomitarlo, y tantas veces hacen esto, que acaban de comer toda la bestia, por muy grande que sea. Si bien no puedo dejar de mencionar un tópico que forma parte incluso de las hagiografías, como la de San Francisco de Asís, me refiero a la capacidad de las personas para entender la lengua de las aves: 
Luis.- Según eso, queréis decir que las aves se entienden.
Bernardo.- ¿Y vos dudáis de eso? Pues así como los animales se llaman con los bramidos y se conoscen y vienen a juntarse, también las aves con el canto malo o bueno se llaman y se juntan, y en fin, es entre ellas un lenguaje con que se en tienden las unas a las otras.
Antonio.- De Apolonio Tianeo se escribe que también él las entendía.
Luis.- Por cosa imposible lo tengo yo.

Sin  embargo, en el Jardín se cuenta que Apolonio oyó que un pájaro llevaba nuevas a otros de que a un molinero se le había caído un costal de trigo de un asno y había quedado el grano esparcido por el lugar. Los compañeros de Apolonio no lo creyeron hasta que pasaron por el camino y vieron a los pájaros comiendo donde se había caído el saco....  Y nada más leerlo, ¡quien puede resistirse a evocar aquellas secuencias mirificas en que Totó, en la película de Passolini, Uccelacci e ucellini, después de una humilde espera de recogimiento, logra entender ese lenguaje de las aves...
A modo de final filológico, permítaseme concluir con un listado no completo de las auctoritas citadas por Antonio de Torquemada, entre las cuales surgen, enseguida, posibles lecturas futuras, como la de los Días geniales, de Alejandro de Alejandro o el Hortus Gallicus, de Sinforiano Campegio…
Plinio, Solino, Aristóteles, Gema Frisio, Juan Bohemio, Varrón, Pontano, a Juan Pio Bononiense, San Agustín, Crates Pergameno, Eleanico, Damaste, Cornelio Tácito, Theodoro Gaza,  Alejandro de Alejandro, Juan Saxo, Juan Magno, Olao Magno, Pigata. San Jerónimo, , y Alberto Crancio, Alemán, Moscovita Polonio, Averroes, Dioscórides, Juvenal, Isaías, Boecio, Gaudenci Merula, Lópe Obregón, Paulo Jovio, Arriano, Estrabón…

lunes, 2 de abril de 2018

“Ensayos liberales”, de Gregorio Marañón.



La imprescindible libertad de pensamiento y la necesaria cordialidad humana como fundamentos de un liberalismo ética e intelectualmente enriquecedor.

Gregorio Marañón no debería necesitar presentación, porque se trata de una de las mentes más lúcidas que actuó social y políticamente en lo que Mainer llamó La edad de plata de la cultura española y que el propio Marañón, yendo un poco hacia atrás, prefiere denominar el Siglo liberal español, una época tan brillante, para la cultura española como los llamados siglos de oro de nuestra cultura: el XVI y el XVII. El siglo liberal, que acoge en su seno no solo a la generación del 98, sino también a la del 14, menos conocida, pero no menos importante y, por supuesto, a la del 27, a la que otros denominan Generación de la República. Netamente republicano y liberal, Marañón ha de contarse entre los intelectuales, junto con Ortega y Gasset, sobre todo, pero también con otros como Unamuno, Pérez de Ayala, Juan Ramon Jiménez, Azorín o los hermanos Machado, que impulsaron la creación de la Agrupación al Servicio de la República, aquella esperanza que no tardó mucho en desvanecerse cuando los impulsos revolucionarios se impusieron sobre los usos democráticos y se armó el belén de todos conocidos y que Payne ha retratado con magistral uso de los datos y análisis de las fuentes en un obra de tan expresivo subtítulo como este:  La erosión de la democracia en España (diciembre de 1935-julio de 1936). Esa erosión está en la base de los ensayos que se recogen en este librito de insospechada actualidad cuando reparé en él en una de mis librerías de segunda mano y que me ha impelido a escribir las presentes líneas, no tanto para destriparlo ce por be, cuanto para invitar a los intelectores animosos que a veces me visitan a sumergirse en esas páginas que, con apariencia de tono menor, nos habla de realidades de nuestra vida española que son parte inequívoca de nuestro presente. Muy al estilo orteguiano y D’orsiano, el doctor Marañón -recuérdese que su dedicación al estudio y la práctica de la medicina le valieron tanta reputación como sus estudios humanísticos, muchos de ellos cimentados con su experiencia científica, como los estudios sobre Don Juan y Antonio Pérez, abre Marañon el volumen con un largo ensayo dedicado  a la Psicologia del gesto y a la importancia del mismo para explicar conductas fundamentales en la vida social y aun determinantes de nuestro devenir histórico y del de otros pueblos. Sigue después con El deber de las edades, otro ensayo largo de tipo biológico en el que analiza pormenorizadamente las clasificaciones que tan arbitrariamente solemos establecer con una leve frivolidad que Marañón trata de reconducir desde la ciencia y desde la estrecha unión entre las exigencias biológicas y las sociales. Luego cierra el volumen con tres breves apuntes, no pasan de ahí, sobre tres temas muy distintos, pero todos ligados por ese hilo sutil del análisis de lo que España podía haber sido y fue en tiempos del liberalismo y dejó de ser en los tiempos revolucionarios para nunca más volver a ser nada reconocible en el marco de las democracias occidentales consolidadas, teniendo en cuenta cómo acabó nuestra Guerra Incivil: Dos monólogos sobre la prensa y la cultura, un froz ataque a la banalización de lo real que ha supuesto el periodismo; Dos vidas en el tiempo de la concordia, sobre la relación entre dos intelectuales antagonistas de la talla de Leopoldo Alas y Mennendez y Pelayo, y, finalmente, Dos poetas de la España liberal, sobre los hermanos Machado, de tan diferentes destinos vitales. No es poca la penetración psicológica que exhibe Marañón  a la hora de analizar el “gesto” y ver su trascendencia en la vida social. Partiendo de una definición neutra: Entendemos por “gesto” la traducción material de un estado de ánimo, por los medios habituales de la expresión emotiva y no solo por los de la cara: ya los contemplemos ejecutar o ya los imaginemos, a la vista de una actitud social determinada, lo primero que advierte Marañón, en un siglo veinte dominado por la mímesis inconsciente de los modelos de éxito social, es el peligro de tal proceder: Hablaré luego de la discutible categoría de la facilidad para estos contagios. Pero desde este momento quiero insistir en una de sus principales consecuencias, que es la atenuación de la personalidad, porque la contrapartida de esa debilidad individual es la aparición del hombre-masa fácilmente gobernable por lo que él denomina “conductores” o “domadores” que, a través del gesto autoritario y vehemente logran hacer mella en esa psicología rendida a la seducción ejercida por esos “domadores” de las voluntades. Es evidente que no ha tardado Marañón en derivar hacia un análisis de los fascismos en el primer tercio del siglo XX, esa monstruosidad que barrió el liberalismo como proyecto civilizado de vida social. Después de haber dejado clara la insufrible merma de la personalidad que supone la imitación de la gesticulación -y en esa deriva social adjudica un papel importantísimo al cine, moldeador de conductas y gestos-, capaz de influir en la dificultad que puedan tener las personas de ambos sexos para relacionarse mutuamente, por la falta del atractivo individualizado capaz de generar sorpresa y atracción en el otro o la otra, el doctor Marañón, siguiendo en parte a Keyserling, establece lo que parece una ley sociológica de indudable cumplimiento: Cuando los pueblos atraviesan sus fases de bienestar, un hombre que gesticula es contemplado con indiferencia o con burla. Pero este mismo hombre, en la fase crítica de la Historia, alcanza, súbitamente, y gracias a su gesto, la energía sobrehumana del conductor. Esta energía no es, por lo tanto, virtud pura del agitador sino suma de esa virtud más el terreno propicio del pueblo hiperestésico. Esto nos explica el que la mayoría de esos grandes agitadores eran, casi siempre, personajes vulgares, antes de la rotura del equilibrio popular. De La vida íntima, de Keyserling, toma Marañon la distinción entre el conductor espiritual y el domador, clave para entender modos tan distintos de influir en la conducta de los ciudadanos: el papel de ciertos políticos no es el de guía espiritual, sino el de domador. El guía espiritual, en realidad, no actúa nunca sobre las muchedumbres, sino tan solo de individuo a individuo; y, a lo sumo, sobre las minorías inteligentes que, en los tiempos de paz, gobiernan a los pueblos. Su acción, fina y compleja, es como música de cámara que jamás escucha el populacho, aunque, a la larga, sus ecos se puedan difundir hasta muy lejos de su punto de origen. Cuando la masa hiperestésica surge, el guía espiritual es, en efecto, suplantado por el domador, cuya música es pura trompetería estruendosa, hora de ideas pero de potente emotividad. ¿Quién no recuerda los gestualidad aparatosa de los líderes fascistas, Mussolini y Hitler, sobre todo, -Franco era un vulgar imitador sin cualidades para seducir a nadie-, a la hora de buscar una explicación de su capacidad para influir en las masas?:  El orador popular no convence con el razonamiento (…), sino que conmueve con los accesorios de la oratoria que tan bien estudió nuestro Juan de Huarte. Lo que Huarte llamaba “el meneo y gestos” con que se acompaña el discurso. (…) El mismo Cicerón, orador máximo, lo reconocía así: Actio quae motu corporis, quae gestu, quae voltu, que vocis confirmationes ac varietate moderanda est. (…) En su masa preparada, toda esa exorbitada gesticulación electriza y subyuga; y no se podría sustituir por una oración académica sin que, al punto, la muchedumbre se disgregase. En esa suma de individuos susceptibles de aceptar la sumisión a los líderes hay siempre, a juicio de Marañón, lo que el llama el factor antropoide, una suerte de descenso a los instintos que explicarían la necesidad de identificación con la masa, con la manada, con el clan: Esta es la razón de la importancia del gesto rítmico y continuado en la vida militar. El gesto externo crea la disciplina interna. Mientras más esclavo de su gesto es un ejército, más disciplinado será. (…) La ejecución del gesto rítmico, mantenido por la música o el canto, indispensable en todo movimiento de masas, condiciona por lo tanto, el reflejo de la disciplina, de la pérdida de la personalidad, absorbida por la masa organizada. Ahora bien: esta sensibilidad ante el ritmo es significativa del sentido primitivo que tiene el espíritu de la multitud disciplinada; primitivo y, por lo tanto, inferior, porque, sin duda, las fases iniciales de la vida están sujetas al ritmo; mientras que el progreso vital equivale a liberarse de él y a actuar con movimientos libres y, en cierto modo, desordenados; aunque siempre, en la normalidad civilizada, subordinados a una jerarquía. Eso explicaría, dice Marañón una paradoja monumental y divertida: España es el único país del mundo que ofrece la paradoja de un partido organizada de anarquistas. Estoy convencido de que mis intelectores asiduos -¡si es que existe tal especie exótica y casi extraterrestre, porque, de existir, no serían de este mundo…!- se preguntarán cómo es posible que aún no haya arrimado la sardina del delirio del prusés a estas ascuas convincentes y caloríficas que nos regala Marañon. Lo dejaba para el final, porque el paralelismo de los ejemplos destacados por Marañón con las “paradas” secesionistas está fuera de toda duda, y más aun si se atiende a esta fina observación que ya he denunciado en la Provincia Mayor… bajo el título de La pederastia ideológica secesionista: En cada pueblo, cualquiera que sea la modalidad de su alma colectiva, hay una masa específicamente sensible al contagio del gesto que está precisamente formada por los jóvenes; porque su festividad intensa y su falta de crítica les coloca muy cerca de la psicología del gesticulador. Por ello las milicias del gesto empiezan, siempre, reclutándose entre adolescentes Lo saben bien los domadores, y por ello cultivan con tanto afán la adhesión, no ya de la juventud, sino de los mismos párvulos. A medida que los años son menos, será el contagio del gesto más fácil, y el condicionamiento de la conducta al gesto más hondo y duradero. Imposible ser más claro y, por lo que respecta al prusés, clarividente. Cataluña se había forjado una imagen de sociedad “avanzada”, siempre, a pesar del carlismo tradicional y la religiosidad ultramontana que ha anidado de continuo en su agro y en parte de su burguesía, dispuesta a señalar la dirección de Europa y de las sociedades avanzadas. Esa es la imagen que se ha roto como un espejo, como el mirall trencat de la novela de Rodoreda. Y lo que ahora le duele a esa masa uniforme y sincronizada que se mueve bajo la batuta de sus enloquecidos domadores es la imposibilidad, parece, de encontrar el remedio para ese mal, que también, gentilmente, nos ofrece Marañón: El hombre de categoría superior no siente nunca la necesidad del gesto externo, porque él mismo conduce su propia vida con gestos interiores, más rígidos a medida que los va obedeciendo. En realidad, es esta creación de los propios deberes la señal más cierta del gran espíritu. (…) Servir a las normas que uno mismo se creó, al gesto recatado de la conciencia, este es el sentido humano superior
Un remedio que tiene que ver con ese ideal de vida que es para Marañón la “austeridad” y que analiza en el segundo de los ensayos del libro, el dedicado a las edades. Después de advertirnos del disparate de intentar clasificar a las personas en función de algo tan absurdo como la edad, en permanente cambio, Marañón señala el eje de su discurso: Los derechos de la edad solo serán legítimos cuando entendamos, a la par, que cada edad nos impone también deberes ineludibles y estrictos. Eso que hoy suena casi como una herejía nefanda: “deberes”, forma parte de las exigencias de cualesquiera edades, y olvidarlos significa crear personalidades cojas, carentes de entidad. Junto a ciertos tópicos no carentes de fundamento, como el de la rebeldía propia de la juventud: El deber fundamental de la juventud es la rebeldía. (…) Toda la vida seremos lo que seamos capaces de ser desde jóvenes.(…) ¿Y cómo va a realizarse la gran obra de la forja de la personalidad sin lucha, sin arbitrariedad, sin rebeldía? Es preciso decirlo muchas veces, porque es este uno de los puntos en que más claramente se observa el conflicto, a que antes me he referido, entre las normas naturales y los prejuicios sociales. Toda la pedagogía, con gloriosas excepciones, tiende a hacer del joven un ser gregario, sin esquinas ni asperezas, conforme con las ideas que transmite la tradición y con los modos psicológicos y éticos consagrados; pensando y sintiendo a la zaga de lo que piensan y sienten los viejos. Y esto equivale, ni más ni menos, que a destruir, si no la misma juventud, que no hay fuerza que la coarte, al menos el germen de la futura personalidad; Marañón se descuelga con un anatema al deporte que no puede por menos de sorprendernos en nuestra sociedad, que ya en los tiempos de la juventud del propio Marañon comenzaba a rendir culto al "sportman": No he de ocultar ahora mi antipatía, ya explanada en otra ocasión, por estos entusiasmo deportivos. (…) Es indudable la influencia perniciosa que ejerce en la mentalidad de la juventud que lo practica como ahora se practica, es decir, como una religión. (…) el deporte acaba por ocupar el puesto del trabajo de una manera capciosa e infinitamente dañina para el varón que se está formando. El joven que ha jugado y que siente la voluptuosidad del cansancio físico satisfecho, tiene una suerte de sensación del deber cumplido tan falsa y perniciosa como el que, en lugar d apagar el hambre física con el alimento natural, la calma con la voluptuosidad de la borrachera. Y este equívoco es aún más llamativo y pernicioso cuando se compara el ruidoso triunfo del deportista con el rendimiento cotidiano y gris de la labor provechosa. (…) Se me dirá que los tiempos mandan y que los nuestros son tiempos deportivos. Pero por eso mismo hay que rebelarse contra la fascinación de la actualidad. (…) Por esto, yo quisiera que los jóvenes empleasen una parte de su rebeldía en rebelarse contra la actualidad o, si queréis, contra la moda. (…) Claro está que todo e cuestión de medida. UN deporte prudente es favorable, incluso por esa misma disciplina que impone; siempre que no deforme la personalidad del mozo. Así mismo, vuelve a redoblar en este otro ensayo su prevención contra el abuso que la ideología totalitaria puede hacr del joven en formación, incapaz, a esa edad, de discernir las asechanzas de un discurso que quiere moldearlo, conformarlo, definirlo según un canon político del que le costará mucho desprenderse, como si se tratase de una camisa de serpiente de bronce:   Cuando vemos algunos ejemplos de pueblos emborrachados con la droga de un nacionalismo exultante, damos por buenas las ventajas que hayan podido lograrse con semejante tratamiento; pero pensamos con un seguro terror en el porvenir de esas juventudes con el alma perdurablemente deformada en un troquel estrecho y violento; juventudes que cavarán por no servir para nada el día -siempre cercano a pesar de las apariencias- en que ya no se cotice el signo en que se troquelaron. El metal inservible de refunde en unas horas, con formas distintas y utilidades nuevas. Pero el alma de los hombres jóvenes tarda muchos años en adquirir una estructura diferente y expurgada de las ruinas de su pasado inservible.  ¡Cómo nos parece estar leyendo al mismísimo Ortega en esa facilidad para la comparación y la imagen! Si algo distingue a las edades es que se manifiestan en conflicto en la sociedad y que lo propio es que haya entre ellas una lid noble y respetuosa. Cada cual ha de saber cuál es su lugar y cuáles sus deberes:  Nada da idea de la vejez prematura de un hombre hecho y derecho como su sumisión incondicional a la juventud de los otros. El culto actual a la juventud no es, desde luego, el ideal de sociedad liberal avanzada que complacía a Marañón.  Las edades avanzadas, a su parecer, han de encontrar su camino en la adaptación y en el principio de austeridad. El doctor traza una línea que emparenta sociología y biología: Obediencia, rebeldía, austeridad, adaptación: he aquí la línea quebrada que la evolución del organismo marca a nuestro deber: la obediencia del niño, la rebeldía del joven la austeridad del ser maduro – que es lo contrario de la inconstancia y la superficialidad- y la adaptación del anciano -que no quiere decir renunciación ni esterilidad.
La última parte del libro recoge algunas impresiones volanderas que tienen, igualmente, una actualidad más que notable. La  concepción de la Prensa casi como un obstáculo para poder entender el presente desde eso que ellos llaman la “rabosa actualidad” es ya una experiencia común y corriente en nuestros días en que, para nuestro mal, se ha consolidado el “periodismo de trinchera”, una guerra de informadores en el que, como en las reales, es la verdad la primera víctima. Como dice Marañón, la Prensa diaria produce en el mundo de los lectores una tendencia excesiva a la acción, con detrimento de la meditación,  lo cual, también lo dice él es gravísimo, porque sume a los lectores en un estado casi delirante de actividad sin sentido y proclive a las violencias verbal y física. A las colaboraciones alimentarias de los intelectuales en esa Prensa achaca Marañón el hecho inequívoco de que hayan dejado de escribirse obras de infinitamente más valor que el de esas colaboraciones indispensables para la supervivencia. Hay ahí un punto de resentimiento inobjetable. Desde Larra arrastramos que escribir en España es llorar, y, salvo casos excepcionales y un avance general que hemos de reconocer, aún no hemos sido capaces de crear una sociedad ampliamente culta que permita la existencia de creadores dedicados a su labor de forma exclusiva y lo suficientemente remunerada, sin tener que dedicar su esfuerzo y su tiempo a la Prensa.  A mí me llama la atención, de ese juicio severo sobre la Prensa, el buen olfato de Marañón para saber ver en los márgenes de la misma el pálpito de la vida real: Instintivamente huíamos de la primera plana, donde está el material de la gran historia artificiosa, e íbamos a sumergirnos en las columnas secundarias, en las que queda vivo a través del tiempo el pequeño suceso de barrio, de vecindad, el eco vago de un hogar; o bien buscábamos gustosamente la sección de los anuncios, donde laten venas sutiles de humanidad, invisibles en las veinticuatro horas que dura la primera vida del periódico.
Las breves páginas dedicadas a la relación entre dos catedráticos como Clarín  y Menéndez Pelayo cifran, inequívocamente, para Marañón el ideal de la España liberal, basada en la concordia entre diferentes y en el profundo respeto a la libertad intelectual de cada cual: Clarín figuraba entre las izquierdas; Menéndez y Pelayo era la figura preeminente de las derechas españolas. Y en estas confesiones de los dos se ve, a cada paso, la mano furtiva del extremista que atiza el fuego de la pasión política para convertir en hoguera hostil la llama nobilísima de su amistad. No lo consiguieron. Porque a los dos les animaba el mismo santo amor a la verdad y a España y la misma generosidad de humanistas, ante las cuales se borraban los accidentes de sus respectivas actitudes en lo ideológico y en lo social. (…) Clarín llegó a perder la colaboración en los periódicos de la izquierda porque, según nos explica, “mis queridos correligionarios son así, y a veces, como los de usted (los de Menéndez y Pelayo), no comprenden que se alabe a los contrarios y se pegue, como ellos dicen, a los amigos”. En esa misma línea hemos de entender la existencia de dos poetas a quienes separó la guerra y la posición política de cada cual, pero no los sentimientos ni, por supuesto, su posición intelectual. Los hermanos Machado le sirven a Gregorio Marañón para fundamentar el elogio de esa España liberal, ese nuevo Siglo de Oro del que no se percataron que lo era mientras lo vivían, pero al que, mirando hacia atrás con objetividad y ecuanimidad, se le ha de reconocer dicho mérito: Esa época de esplendor del alma española en que vivieron no puede designarse con otro signo que con el de liberalismo. La historia es historia y no política. Ahora se habla mal del liberalismo con pasión política y sin conciencia histórica. (…)  “El segundo Siglo de Oro español”, como le ha llamado el maestro Azorín, es de un oro más nuestro que el de los Austrias. La segunda característica es, ya lo hemos dicho, el espíritu liberal. España estaba dividida entre liberales y conservadores; pero los conservadores eran ya, desde entonces, más liberales que los que se llamaban así. (…) En verdad, en verdad, Cánovas solo se hizo reaccionario cuando hastiado de luchar, pactó con los liberales. Acabo de volver de Valencia y, como si la ciudad del Turia se hubiera hecho eco de estas páginas de Marañón, una de las grandes avenidas de la ciudad, si bien, en el extrarradio, se llama Avenida de los hermanos Machado, un signo de verdadera reconciliación que no debería caer en saco roto en estos tiempos en que la proclividad al enfrentamiento sectario puede poner en peligro incluso una democracia en apariencia, solo en apariencia, tan firme como la nuestra. Como muy bien resume Marañon, y le dejamos que ponga él la última palabra a esta recensión de su librito: El alma liberal de aquellos decenios, en España y en todo el mundo, no era, como torpemente creen algunos, pura ideología de partido sujeta, por lo tanto, al azar de sus aciertos o fracasos, sino aire de la época, que respiraban todos los seres humanos, como se respira, quiérase o no, con disgusto o con gusto el vaho cálido de los trópicos o el aire sutil de las estepas, según donde se viva. (…) No sé; muchas veces el antiliberal da la impresión de que solo aspira a ser algún día liberal por su cuenta, sin tener para serlo que pedir permiso a los liberales.