miércoles, 27 de abril de 2016

La falacia del fácil aprendizaje del uso de la lengua


  
                           
 Antiguas reflexiones sobre el aprendizaje de la(s) lengua(s), que no han perdido vigencia.
               
Los lectores, a veces, me descubren textos cuya existencia ignoraba. Me tomo la libertad de "saquear" a Juan Pérez, afanado (que no afamado...) observador de la cotidianidad para traer a este espacio una reflexión más propia de este lugar, entre  académico y salvaje, y lleno de sofocante vanidad,  que de la llaneza de su observatorio a pie de calle.

Si, como profesor secundario, que eso es lo que somos los de Secundaria para el consejero Maragall, he de juzgar por el nivel de competencia lingüistica con que llegan los alumnos de Primaria debería decir que la incompetencia profesional sobreabunda en ese tramo educativo. Prefiero, no obstante, plantear el asunto como una cuestión de más amplio radio. Ni los padres ni los hijos, ni probablemente muchos maestros o secundarios tenemos la competencia lingüistica mínima exigida para la transmisión de nuestra lengua materna, cubrir las necesidades del sistema educativo y, por supuesto, para enseñar a los alumnos lo que han de aprender para participar con satisfacción en la vida comunitaria. Llevo dándole vueltas durante muchos meses a lo que se acabará convirtiendo, en una convicción: el dominio mínimo de  la lengua propia, la lengua cooficial y otra lengua extranjera sólo está al alcance de una minoría tan exigua que, hasta no aceptar una realidad tan evidente, nada bueno podrá salir de ningún plan de estudios ni de ningún proceso de evaluación. Se pone mucho el acento en los beneficios de la evaluación, pero tengo la sensación de que se ha disociado radicalmente tal proceso evaluador del otro proceso, el esencial de la escuela -sin negar otros complementarios de no poca importancia-:  la transmisión del conocimiento. No hay más que oír al consejero Maragall para darse cuenta de cómo un adulto relativamente instruido es incapaz de tener una competencia lingüística adecuada, y dejo al margen, por supuesto, la capacidad de razonamiento, pues la mentalidad "consignataria" –o  esloganesca- del sujeto deja poco lugar a dudas. Llevo batallando con la expresión desde los 15 años y aún me queda un largo camino por recorrer, y mi dominio del catalán y del inglés está muy por debajo de lo que me gustaría. Mi conclusión, contra toda teoría pedagógica, es que la capacidad de expresión lingüística integral (comprensión, razonamiento, competencia normativa e incluso cierto estilo personal) es un don. Lo reconocemos para la música, para el dibujo y para la habilidad manual -léase el encaje de bolillos como la fontanería o la albañilería-, pero nos negamos a aceptarlo para el uso del lenguaje sólo por el hecho de que es una herramienta de uso cotidiano. ¡Cuánto cuesta ver lo obvio. Y, para acabar, como argumento de autoridad, unas palabritas de Andre Gide, que algo sabía de esto del uso de la lengua:
Escribir con pureza en francés, o en cualquier otra lengua, es, a juicio de la gente sabia, una ilusión. No comparto del todo ese punto de vista. La ilusión consistiría en pensar que hay una pureza esencial  y concreta del lenguaje…, definida por unos determinados rasgos, sensibles e incuestionables para todo el mundo. Ahora bien, un lenguaje supone una creación estadística y constante. Cada cual pone en él algo de sí mismo, lo desfigura, lo enriquece, lo capta y lo comunica a su manera, no sin que medien ciertos miramientos… La necesidad de una muta comprensión es la única normativa que atenúa y retarda su alteración, y ésta tan sólo es posible en virtud de la naturaleza arbitraria de las correspondencias de signos y de sentido que lo constituyen. A cada instante, cabe asimilar un lenguaje a un sistema de convenciones inconscientes en su mayoría, pero de las que se corrobora algunas veces la forma de institución, como sucede siempre que aprendemos una palabra nueva.
Hasta aquí, nada de pureza; sólo fenómenos asaz desordenados, regidos únicamente, o restringidos en sus desvíos, por la necesidad del intercambio, el automatismo de los individuos y la proclividad de éstos a la imitación.
Sin embargo, puede existir, y efectivamente existe, una pureza  convencional, que no por convencional se halla privada de alguna virtud. Esta pureza implica, en primer lugar, la corrección, la cual se define como la conformidad respecto a las convenciones escritas (cuyo uso y conocimiento precisan las personas cultivadas). Más sutiles son los demás requisitos de este lenguaje puro y deliberado al cual no todo el mundo es sensible: no voy a enumerarlos. Trátase de abstenciones cuyos motivos no es fácil discernir, de ciertos "efectos" a los que no recurrimos, de cierta coherencia exquisita que debe alcanzarse en la expresión, así como de un constante afán por articular nítidamente los miembros de una frase y las frases de un párrafo recíprocamente.
Ahora bien, existen seres humanos cuyo oído, por sano que esté, no distingue los sonidos de los ruidos.
…Escribir con pureza en francés supone un cuidado y un divertimento que en cierto modo compensa el tedio de escribir. 
La sintaxis es una facultad del alma.

miércoles, 20 de abril de 2016

Una retirada, parcial, a(l) tiempo...






Una pausa y un arriesgado mester autobiográfico.


Cuando llegué, ignoraba quién no llegaría a ser, y Barcelona tenía la textura arisca de una ciudad desconocida. Es difícil vivir habitado por voces, versos, proyecciones, una soledad pegajosa y un mundo baqueteado del que solo salían recuerdos como solo ellos se suelen hacer presentes: indicándote que mientras te llenas de ellos te vacías de ti mismo. Es el sino de los solitarios: la memoria opaca el entendimiento y paraliza la voluntad, pero se abre un espacio con vocación de territorio sagrado donde se eternizan los fracasos inmodificables e intangibles: el único ti mismo posible, reconocible, indeseable.
Enmarcado por un aviador franquista, García Morato, por el entonces desconocido para mí Conde del Asalto, el ignoto Francisco González de Bassecourt, el viejo muro de las Atarazanas y el final ominoso de las Ramblas, no dejaba de ser una presencia extraña en un ámbito familiar de prestado: un recinto desvencijado donde se cumplía el rito sin sentido de un drama lleno de personajes sin autor, sin texto propio y rebosantes de incongruencia. Los padres siempre son viejos, por definición. Yo no tenía más edad que la muy incierta de los deseos, la acreditada de la ignorancia supina y la soberbia de las quimeras: haber hecho constar poeta como profesión, ¡a los quince años!, en el primer carnet de identidad, ante la rechifla inmisericorde y comprensible de los funcionarios policiales. No ser otra cosa que las palabras del ser, escandidas con la torpeza del necio sordo a los ritmos del existir y del estar: torpe dibujo abstracto ajeno a los detalles del pacto con el diablo, donde se oculta la perdición de quien firma con ligereza. 
Venía de tres años de agua constante, de húmedo autismo en el que fingí absurdas aspiraciones olímpicas: una lucha infatigable contra las propias limitaciones: escuela de sufrimiento y ascesis de una incógnita que mi presente no resolvía: Madrid, Murcia, Bañolas y Gerona no eran hitos de itinerario, sino presentes solidificados como un buen cálculo en el hígado o en el riñón. Yo no era el yo que había sido en cada uno de ellos, y menos aún su suma heterogénea. Barcelona tenía el relieve de un punto y aparte. Y yo era una planicie perversa, un desierto sin oasis...
Así comienza Juventud en Poz, y para poder acabar esa exploración íntima, acudo a este Diario a  solicitar la venia generosa de los intelectores; ellos entenderán que, por esa fuerza mayor de los textos que arrastran a quien los crea, haya de atenuar el extenuante ritmo de publicaciones que he seguido en mi Diario en este primer año de júbilo y dolor mezclados. No anuncio una retirada al silencio fértil de la introspección y la creación, pero casi. Como el vicio de leer tiene raíces descomunales, está claro que seguiré elaborando, más pausadamente, esos breves estudios de los libros que me acompañan cada día, y sí, de vez en cuando, alguno aparecerá en el Diario para evitar que se le considere difunto en vez de medio hibernado. Como un buen amigo me dijo, "basta con lo que ya has escrito para acreditarte como autor", incluso a pesar de no haber podido "encajarme" en editorial alguna, algo a lo que ahora, con más tiempo, es posible que le dedique mi atención, centrada, hasta el momento, en el pretencioso "alumbrado público" que ha guiado mis pasos críticos; pero la vanidad de los noveles es, también por definición, infinita, de ahí que no desista de conseguir, al menos, la publicación de La manzana de Poz, mi única novela hasta el presente. Un libro de memorias mayor dificultad tendrá, sobre todo si lo son de un don nadie, para poder "encajar", pero cada cual escribe no tanto al dictado propio cuanto al del que la inspiración -pongámonos becquerianos- le dicta. Ignoro cuánto tiempo andaré entretenido en estos menesteres, pero, sobre todo por amor a mis intelectores, ya digo que me comprometo, con dilatada periodicidad, a seguir colgando entradas de las que ellos puedan colgarse con el provecho del doble placer del entendimiento y  de la lectura. La verdad es que hay suficiente material en este Diario como para entretenerse hasta mi vuelta, doy fe de ello, y hasta consideré, como en las viejas lecciones de los maestros de preingreso, darle otra vuelta al libro y comenzar a publicar las entradas de nuevo... Prefiero ir añadiendo lecturas diferentes, porque no son pocas las lecturas que se me van acumulando, y no quiero prometer, que me comprometo y me conozco..., pero por ahí andan La ética protestante y el espíritu del capitalismo de Weber, más interesante de lo que me había pensado y, a la vuelta de verano, otra lectura de Don Quijote, sin mencionar que ando estos días transcribiendo las citas de los Discursos de Lisias, bastante más flojos que los de Isócrates, pero de los que siempre algo se saca en claro, y tantas otras obras entre las que ni me atrevo a añadir algunas insoportables lagunas lectoras que sonrojan al más pintado o leído, y que, en todo caso, poco a poco se irán revelando, si por aquí aparecen.
En fin, poco me resta por añadir si no es el agradecimiento a quienes puedan haber hecho, de entrar en este Diario, un hábito. Lo rompo, y me avergüenzo de ser el causante. Me engolfo en un mí que no soy yo y lo hago sin saber si podré llegar a saber quién era y qué de él hay en el yo del que tanto ignoro. Gracias. Vale.

[Olvidaba añadir que iré vigilando de tanto en tanto la aparición de comentarios a las diferentes entradas para responder como exige tamaña demostración de gentileza.]

lunes, 18 de abril de 2016

En los libros de antaño, no hay lectores hogaño: San Jorge, socórrenos…

Fotografía de Juan Poz

El día del libro, el libro de un día: San Jorge entre rosa y celulosa.
 Lo que seguirá, después de esta breve introducción, es lo que escribí en tal fecha como la del encabezamiento, seis años después de haber iniciado este Diario de un artista desencajado también en vísperas de otra festividad del libro anodina, boba y rutinaria como lo son todas, en 2005. Como digo ut infra, es el día, realmente, de quienes no leen, aunque compren uno o dos al año. Los datos estadísticos -¡y qué tendrá que ver la estadística con la literatura, por ejemplo!- con los que las autoridades secesionistas catalanas han querido satisfacer a los del grupo koiné, y que nos hablan de ese gueto lector en catalán, apenas un 26% del total de lectores del Principado, forman parte de lo peor de este tipo de celebraciones: el uso político indeseable y siempre provocador de una lengua para dividir en vez de para potenciar su valor primordial: la comunicación. Me da exactamente igual. Ni entro ni salgo de debates con muchos bates, y vates vueltos orates; en este Diario se habla de literatura, no del insulso merchandising de “lo” paraliterario, de ese contexto sociológico que lo tiene todo de socioirracional. Me permito el desparpajo de la burla amena con inocente afán socarrón, pero quien es nadie en la República de las Letras puede pasearse tranquilamente por los zócalos de la sociedad literaria sin miedo a las escobas ni a los zapatazos ni a perderse en el zoco de las vanidades que convierte el día del libro en el libro de un día, aunque a veces se apague la luz de la mesita de noche sin haberlo abierto. Mañana será otro día.

                                                  viernes, 20 de abril de 2012

El contador de visitas no deja de sorprenderme. Hay sombras que entran y se alejan casi continuamente. Soy blog de paso. Está bien. Nada se le pide al forastero y se le ofrece el albergue de las palabras desencajadas. Nichos, es la expresión sociológica, al parecer, para hablar de dominios, de clasificaciones, de actividades, de espacios reservados, de hornacinas, en definitiva. Es lúgubre, pero tiene un sí sé qué de amable nocturnidad que me la vuelve acogedora. Urna cineraria, podría considerar que es, esta bitácora, y rumor levantisco el de las cenizas, el escaldado pósito de la existencia.                                
Nos acercamos a la gran feria de la casposa vanidad, la del San Jorge matadracenas, porque en festividad de origen tan machista, a ellas la flor, a ellos la cultura, no creo que San Jorge, aunque sea homófobo, casi como cualquier santo, matara dragones. Horrorizados por el contacto con sus lectores reales, los firmantes exitosos pensarán si no se han equivocado de oficio o de registro. La gran fiesta del día de los aléxicos (nada que ver, para los ignaros, con hipocorísticos de Alejandro) es el día del gran sainete de la mesopseudocultura. Felices y felizas desfilarán las hordas rituales con su cuarto, medio, tres cuartos o la resma entera de palabras con que entretener sus horas, las que nunca encontrarán para abrir la cubierta del libro y adentrarse en la lectura. San Jorge es el día en que los lectores que leen y compran libros los restantes 364 días del año se refugian en casa con un clásico y aguardan a que pasen las hordas de figurantes.                                 
Un artista desencajado nunca está al tanto de las novedades ni frecuenta las revistas literarias ni los suplemientos literarios -donde hay más de erario público malgastado que de letras interesantes-, llenos de hiperbólicas excelencias de los genios que crecen como senderuelos. El artista desencajado se mueve en los terrenos exquisitos de lo desconocido, de lo postergado, de lo que algunos bufones de lo metaliterario como Vila-Matas, cultivan como maldita flor de estercolero. Pongamos por caso, uno de excelencia: Robert Walser y su tan espléndida como desconocida Los hermanos Tanner. Que el autor transcurriera los últimos años de su vida en una casa de enajenados aumenta la reputación del autor lo suficiente como para compararlo a Nietzsche y Holderlin, eminentes enajenados. Si el autor, además, fue leído y admirado por Kafka, estamos en presencia ya de una "cumbre" de la narrativa europea o, más propiamente mittleeuropea, para que los exquisitos puedan orientarse con propiedad.
En la próxima entrega ofreceré una receta para escribir una perfecta novela mittleeuropea que pueda ser rechazada por cualquier adocenada editorial, que leerá con horror un original que se ajuste a lo que aquí se ofrezca, siguiendo el modelo de los hermanos Tanner, tan alabada en su momento por ciertos seres singulares como ignorada por la masa sanjorgista.

De Walser aguardo a poder ahorrar los casi 30 euros que cuestan sus Microgramas para poder confirmarme como lector de afines, esto es, de quienes lo hacían sin objetivo y con el único norte de la devoción a lo literario, que no siempre coincide, como bien se sabe con la Literatura. Simon, el protagonista de los hermanos Tanner es un trasunto biográfico del autor que nos guiará en la próxima entrega.

jueves, 14 de abril de 2016

Los “Mimiambos” de Herodes, Herodas o Herondas.




Una inmersión en la vida cotidiana griega del siglo III a. de C.: los Mimiambos de Herodas de Cos.

Hay lecturas a las que me siento empujado por una pasión extraña y hasta cierto punto incómoda, no se crea: “¿Qué lees?” “Los mimiambos, de Herodes” “¿Es que también era escritor, el de los Santos Inocentes?”  “No, que yo sepa; pero Herodes hubo más de uno, además del padre de Salomé.” “¿No me digas?” “Ya te lo he dicho.” “¡Quién lo hubiera dicho!” “Pues sí.” Y ahí, en el mejor de los casos se acaba el intercambio coloquial y yo suelo quedarme con las ganas de siquiera resumir brevemente, como ahora lo hago aquí, en tres pinceladas tecleantes, la rareza humanística del mimógrafo de Cos, continuador de la obra de Sofrón y contemporáneo de otros dos cultivadores del género, Teócrito y Calímaco.
Bastaría, sin embargo, leer la dedicatoria del autor de la edición crítica, Carles Miralles, a su maestro, Josep Alsina, para comulgar con él y aceptar, desde el lúcido asentimiento a tan sombrías palabras, que solo lecturas recónditas como la presente, le dan su verdadero sentido al interés por la literatura sin adjetivo: En un any difícil -escribe Miralles- per als estudis clàssics, i en un temps estrany a qualsevol humanisme, dedico aquest llibre al meu mestre i amic Josep Alsina. Amb l’esperit que ell m’ha ensenyat i amb un vers de Cernuda que podría explicar-lo: La renuncia a la luz más que la muerte es dura.
El mimiambo se define más por el uso del verso yámbico que por la condición de pequeño cuadro popular en que se representan de una manera realista, a menudo procaz, estampas de la vida cotidiana. Son pequeños cuadros breves en los que aparecen pocos personajes, algo así como un entremés, pero con menor desarrollo dramático, porque el mimiambo no pasa de ser un cuadro de costumbres en el que se individualizan ciertos personajes como el alcahuete, el maestro, el zapatero, captados en un fugaz momento común y corriente de su vida diaria. Sorprenden muchas cosas de este escritor que renunció a expresarse en la koiné griega de su época y escogió un dialecto, el jonio, que es el usado por los yambógrafos, lo cual significa que cultiva una koiné con tradición literaria, aunque sea la propia de la isla de Cos donde nació y vivió. Más allá de su obra, descubierta a finales del siglo XIX, como nos informa Carles Miralles en su magnífica edición en catalán en la Fundació Bernat Metge, gracias a la compra de un papiro que hizo el British Museum en 1889, si bien hasta 1922 no se ha “fijado” el texto con el máximo de garantías filológicas. Se trata, pues, de un autor descubierto hace poca más de un siglo, pero cuyo interés es mayor para los especialistas que para el lector común, poco habituado al género, que debía de incluir, sin duda, algún tipo de representación corporal y acaso algún complemento musical. En todo caso, no deja de ser interesante acercarse a un género que nos muestra la vida cotidiana del siglo II antes de Cristo en Grecia, porque a medida que vamos leyendo esos breves cuadros clásicos, advertimos lo mucho que en ellos hay de los modos de comportarnos y de ser actuales, porque, aunque el progreso moral de las sociedades parece indiscutible en algunos aspectos, como lo ejemplifica la lucha contra la pena de muerte, por ejemplo, la reivindicación de la igualdad de sexos o la tolerancia social de la homosexualidad, ciertas idiosincrasias y ciertas costumbres no “datan”, sino que son “eternas”. Nada se sabe del autor más allá del nombre que algunos traducen como Herodas, otros como Herondas y otros como Herodes, salvo algunas referencias meramente nominales de otros autores. En cualquier caso, lo importante para un lector curioso como yo lo soy es sumergirse en aquel lejano mundo y observar con curiosidad infinita cómo se desenvolvían aquellas gentes en su vida diaria tal y como Herodes lo captó. Domina en la obra un tono coloquial en el que no faltan los refranes, los proverbios, las interjecciones impropias y algunos chascarrillos y comentarios jocosos propios de la vida vecinal popular, no de las élites, a las que, sin duda, perteneció Herodes, como lo prueba el uso, según Miralles, de no pocos cultismos, impropios de los personajes. Al margen, pues, del desarrollo argumental de esos cuadros, apenas inexistente, le queda al lector interesado una colección de expresiones y referencias que engrosan el caudal de datos que nos ofrecen las lecturas desde las perspectivas sociológica y antropológica, con algún breve destello de la psicológica. Así, llama la atención el referente de Egipto como El Dorado, al que se le conoce como la casa de Afrodita: I és que allò és la casa d’Afrodita: tot l’existent i el possible hi és, a Egipte: diners, jocs, poder, cel blau, fama, espectacles, savis, or, nois joves, el temple dels déus germans, un rei esplèndid, el Museu, vi i tots els béns que puguis arribar a imaginar: dones, en nombre, per la dona d’Ares, que com estrelles es vana el cel de tenir, i belles com les dees que altre temps se sotmeteren al judici de Paris -ai, que no m’hagin sentit!.. Son constantes las expresiones que delatan unos usos coloquiales no muy alejados de los nuestros: I jo estic forta com una osca: la vellesa m’empeny i l’ombra és aquí al cantó.   Gíl·lide, els cabells blancs t’afebleixen l’enteniment.  El mercat, ja ho diuen, no vol paraules, sinó diners. T’ho prego, pels teus genolls... Tú no tens llengua, sinó filtre de plaers. Rient més fort que una egua. [egua, por cierto, es la solución culta que suele ignorarse frente a la metátesis popular euga, habitual en el catalán contemporáneo; pero las ediciones Bernat Metge tienden siempre hacia los cutismos y arcaísmos, así en el léxico como en las estrcuturas sintácticas]. Coneix els dies 7 i 20 de cada més millor que els atrònoms... [Ambas fechas eran días de fiesta en la escuela: el 7 consagrado a Apolo y el 20 a Dioniso]. ¿O penses esperar fins que el sol t’entri pel cul i t’escalfi? A veces, sin embargo, no es infrecuente la aparición de algunas reflexiones de alcance filosófico o moral, como esta: Quan hauràs girat els seixanta anys, oh Gril·los, Gril·los, tant de bo moris i esdevinguis cendra; des d’aquest punt, és cec el girant de la vida i ja s’apaivaga la llum que la manté o esta otra: Perquè no és fàcil de trobar una famíla que no conegui la desgràcia. Qui en té menys que es consideri mes sortós que un altre. Pero, sin duda, uno de los mimiambos más llamativos es el de la conversación de las amigas en torno a la excelencia de unos suaves y fuertes consoladoresde piel: A mi, en veure’ls, em saltaren els ulls; entre nosaltres, els homes mai aconsegueixen una tal rigidesa, i això no és l’únic: a més, el temps de plaer és un somni i, pel tacte, més que de cuir sembla de llana. No trobaries per més que el cerquessis, un més hàbil artesà per al servei d’una dona.
No me cuesta reconocer, como ya dejé escrito en otra entrada de este Diario, Los arrabales del saber, que uno de los grandes placeres de la lectura de estas obras ajenas al necio carrusel de las novedades de relumbrón, escasas luces y parvo interés es la recopilación de conocimientos curiosos y anécdotas con que, quienes realizan ediciones críticas tan excelente como la que he manejado, ilustran a los nescientes que a ellas nos acercamos. Así, me ha llamado la atención la reacción de Sócrates cuando se le facilitó la obra de Heráclito: Preguntado por su opinión acerca de ella, Sócrates dijo que le parecía excelente lo que había podido comprender, pero que “para llegar al fondo se necesitaba un buzo de Delos”. De la misma manera, y dado el viciado debate pedagógico actual sobre la felicidad a toda costa de los discentes, no está de más recordar, a propósito de un mimiambo en que una madre le exige al maestro que no se corte a la hora de hacerle entrar con sangre el conocimiento en el cuerpo a su hijo, que  Horacio recordaba, de sus días de escolar, que había aprendido la poesía de Livio gracias a un maestro, Orbili, amigo de emplear métodos tan expeditivos como los del Lamprisco del mimiambo de Herodes. En ese mismo contexto es donde aprendemos que los griegos solían decir “llorar lágrimas de Nánaco” por las del rey frigio que, sabedor de la inminencia del diluvio universal, reunió a los ciudadanos en el templo y se hartó de llorar y de suplicar inútilmente, una expresión que la madre que le implora al maestro que castigue severamente a su hijo usa para aparentar la instrucción que no tiene.

domingo, 10 de abril de 2016

Los marcos: la historiada frontera del arte pictórico.


Pere Borrell del Caso: Huyendo de la crítica


La oculta  belleza compleja de los límites de la pintura: los marcos: la seducción de la invisibilidad ya ostentosa ya discreta. 


Puede, no lo niego, que haya algo de rebuscado y de salmónido en este tomar el rábano por las hojas y por mor de la sorpresa, ir a una exposición notable, como la de la Colección Phillips y fijarme a conciencia en los marcos de las pinturas que se exhiben antes de investigar brevemente sobre la historia del mismo y recolectar algunas opiniones que puedan ilustrarnos sobre la importancia de su necesaria existencia para la historia del arte pictórico. En cierto modo, la necesidad de ponerle límites a la representación plástica se inició ya en los propios frescos dele prerrenacimiento, en los que no era inusual recorrer a un marco, a veces profusamente ornamentado, que encuadrara el motivo pictórico, al modo como los marcos de las ventanas encuadran cuanto a través de ellas se ve o las puertas el interior de las viviendas o las habitaciones, aunque sea en breve porción y no significativa, lo que en esos interiores suceda.
Puede establecerse una correlación entre el marco de los cuadros y la edición de una obra literaria, tanto si consideramos las cubiertas como las propias páginas, en cuyo interior podemos hallar el arte minucioso y espectacular de los miniadores.  Si los escritores, sobre todo los desencajados, no consideramos que nuestras obras lo sean realmente hasta no ver alcanzada la edición en papel que les da la carta de naturaleza de tales -no es lo mismo la edición digital, tan fría y lejana, como he tenido ocasión de comprobar por experiencia propia- , bien puede decirse también que, como sugería Van Gogh, las obras pictóricas no estén acabadas hasta que sus autores, como él sostenía, las veían enmarcadas. A partir de esos límites que encierran el mundo de la representación, y sin los que, como escribió Ortega, Un cuadro (…) tiene el aire de un hombre expoliado y desnudo.., cuyo contenido parece derramarse por los cuatro lados del lienzo y deshacerse en la atmosfera, enseguida aparece un problema de no poca enjundia: ¿qué marco le conviene a cada obra?, ¿quién los escoge?, y, finalmente, ¿forma parte indisoluble de la obra pictórica el marco con que ha sido enmarcada? No fueron pocos los pintores que extendieron su faceta creativa a la selección o elaboración de los marcos con que “sujetar” su afán expresivo. Pintores como Paul Gauguin, Pisarro, Seurat y Sorolla entre  otros. Henri Matisse dijo que  Una pintura ha de verse rodeada por un bello marco dorado; pero no hay cuidado, si la pintura es buena sobrepasará el marco, lo que, implícitamente, reconoce las bondades estéticas de los marcos, señalando una de sus condiciones: ser dorado, una práctica común que duró mucho tiempo desde que la escuela veneciana  de Jacopo Sansovino (1486-1570), escultor y eminente arquitecto con obras como la Biblioteca de San Marcos, la Biblioteca Marciana -escenario frecuente en no pocas películas- se consolidó como la primera artesanía del enmarcado  en Europa.

La importancia de ese autor, para el arte que nos ocupa, es de tal magnitud que, por vez primera, hasta donde he podido saber, sus obras fueron objeto de una singular exposición que bien podría haber llegado hasta nuestros lares: la National Gallery de Londres presentó  Frames in Focus: Sansovino Frames , en la que se atendía a la inequívoca condición de obra de arte de los marcos, aunque los marcos expuestos, curiosamente, no fueran del propio Sansovino, sino de la escuela de ornamentación que él creó. El visitante de dicha exposición, así pues, y salvo dos pinturas que figuraron para valorar la adecuación entre marco y obra, aspecto también importante, contemplaba ventanas vacías, como la que capté en esta tienda de marcos.
A medio camino entre la pintura, la arquitectura y la escultura, amén de la artesanía del mueble, los marcos rara vez, salvo esta, han sido objeto de la atención preferente del consumidor de arte, que es lo que yo he hecho en la exposición de la Colección Phillips, en la que las telas se convirtieron en objeto secundario de mi atención. Llevaba tiempo desviando mi interés hacia los cuadros, pero siempre acababa dominándome la pintura, hasta que tomé la decisión, en esta de Phillips, de no dejarme enredar por las representaciones y atenerme a mi marcada decisión geométrica.
La amplia variedad de marcos que pude observar resumirían, como en cualquier exposición, las diferentes etapas que el arte de la enmarcación, no ajeno a los movimientos artísticos propios de la pintura y otras artes, ha seguido:  
Renacimiento; Manierismo; el marco de Ebanista, de madera pulida; el marco barroco, el Paladino y Rococó; el marco romano 'Salvator Rosa'; marcos de estilo neoclásico; y los académicos o los marcos artísticos de los siglos XIX y XX… Aunque en estrecho espacio, salvo algunos marcos tipo estuche, como la cassetta italiana,
que permitían un desarrollo mayor de los motivos, no deja de ser curiosa la amplísima gama de motivos ornamentales que se han apoderado de los marcos, sobresaliendo, por encima de todos los vegetales, y los de orden geométrico, un abigarramiento que fue in crescendo hasta llegar a un momento de saciedad que hizo derivar el arte de la enmarcación hacia un minimalismo decorativo, hacia una sencillez desnuda
que permitiera lo que cualquier pintor desea, que los fronteras no distraigan al espectador de la contemplación de su obra.
Que los adornos de los marcos se hagan en yeso y después se pinten no obsta para que su valor, en algunas épocas, haya sido igual o superior al de las pinturas que enmarcaban; ni que decir tiene que un marco de madera tallada encarece el precio del objeto y ofrece ciertas limitaciones al vuelo imaginativo de los marquistas. Habitualmente no estamos acostumbrados a valorar la relación entre el marco y la obra pictórica, en la medida en que (y espero que hasta la lectura de esta defensa del marquismo como obra de arte…), aunque no nos pasen desapercibidos, tampoco nos obligan a detenernos demasiado en su contemplación, urgidos, claro está, por los nombres olímpicos de los creadores de talla mundial que suelen congregar a tantos visitantes: Zurbarán; Goya, Picasso, Bacon, Rotko, Juan Gris, Sorolla, Dalí… Desde esa entrada animo a los amantes del arte a realizar una doble observación en la próxima exposición que visiten: las obras y sus marcos. Surge entre ellas una dialéctica muy curiosa, porque no es infrecuente que ciertas obras modernas y transgresoras estén enmarcadas con un estilo manierista o que obras archiclásicas, como las propias Meninas, hayan sido enmarcadas en nuestra época y con un marco austero que tiende casi a la invisibilidad. En la trastienda del Prado, por ejemplo, se constata la existencia de miles de marcos que esperan ser adjudicados a otras tantas pinturas. Es sabida la tendencia a emparejar obras con marcos de la misma época, algo que presenta serias dificultades, y que obliga a un curioso y lucrativo mercado de marcos antiguos. No son pocas las voces que animan a los gestores de la pinacoteca madrileña para que, a imitación de la National Gallery, se decida a montar una muestra de ese arte tan preterido cual es el de la creación de marcos y molduras. Estoy convencido de que redundaría en un mejor aprovechamiento de las visitas a los museos, porque, hasta la fecha, parece que el marco sea una suerte de soporte imprescindible, pero totalmente accesorio y de escaso interés. De lo que estoy convencido es de que, como a mí me ha pasado con la exposición de la Colección Phillips, saldrá con otra visión, enriquecida, del arte.

Cualquiera que acceda a un tutorial en YouTube sobre la creación de un marco, sabrá apreciar en todo su valor las sublimes obras de arte que, en forma de marcos, historiados o sencillos, nos ha legado la tradición artística. He de agradecer, finalmente, que en CaixaFórum tuvieran la delicadeza de permitirme fotografiar los detalles de los marcos que aparecen en esta entrada, que es lo que me ha impulsado, finalmente, a elaborarla y compartirla con quienes, anteriormente, no recibieron con desagrado mi particular manera de afrontar las exposiciones en El arte de dejarse seducir


     



Y para acabar, enmarcando bien la entrada, una variación del excelente óleo de Borrell, por gentileza de Autógeno:


Jose Ferraz de Almeida Junior, "Boy"

viernes, 1 de abril de 2016

"Proceso Personal": El extraño caso del escritor José Suárez Carreño, ganador del Adonáis, del Nadal y del Lope de Vega.



                          





Proceso personal, de José Suárez Carreño, una excelente reflexión moral y social sobre unos personajes y una sociedad en tiempo de silencio…

         En mi extensa Clónica del año 2. publicada íntegramente en el blog Clónica del año 2. Un año en el país de El País, recogí el obituario que le dedicó El País a José Suárez Carreño, y ese día me hice el firme propósito de leer Proceso personal, obra a la que se le negó el Premio de la Crítica cuando era vox pópuli que se trataba de la mejor novela publicada ese año, 1955, en el que, sin embargo, se lo concedieron a Camilo José Cela por una novela de encargo, La Catira, que no pasaba del pastiche. Allí escribí lo siguiente:  José Suárez Carreño ha muerto. Clonista ha leído sus títulos de crédito, escritor y luchador por la democracia, y ha seguido leyendo hasta descubrir lo que quizás sea una más entre sus muchas lagunas formativas. En 1955, su novela Proceso personal perdió el reconocido Premio de la Crítica ante La Catira, de Cela, aunque en la época se valoraba más la novela de Carreño. Clonista acaba de comprometer una lectura inmediata, si es capaz de encontrar la novela, claro, porque en las librerías de nuestros días, como en los museos que denuncia Millás, no hay fondo, esto es, nada se retiene más allá de los pocos meses que duran las viejísimas novedades sobre los estantes privilegiados.
Ignoro si esa cacicada de la época tuvo algo que ver o no con la decisión del autor de retirarse de la práctica de la literatura para dedicarse en cuerpo y alma al activismo político, pero lo cierto es que después de haber ganado sucesivamente el Premio Adonáis de poesía, en su primera convocatoria, con un libro de sonetos en la línea de los de Blas de Otero, Edad del hombre,  como miembro de lo que entonces se llamó la corriente “garcilasista”; el Lope de Vega de teatro con Condenados, llevada al cine por Manuel Mur-Oti en una excelente película cuya crítica hice en mi blog El ojo cosmológico, y  el Premio Nadal, con Las últimas horas, que fue un claro exponente, junto con La noria, de Luis Romero y La colmena, de Cela, de la asimilación de las nuevas técnicas novelísticas extranjeras que encarnaban autores como Joyce o Dos Passos; después de conseguir esos galardones de tanta altura, digo, José Suárez Carreño apenas se limitó, artísticamente, a otra actividad que no fuera la de guionista y sí por entero a una dedicación política en compañía de Dionisio Ridruejo con quien fundó el Partido de Acción Democrática, junto con Joaquín Ruiz Giménez, en lo que se presentó como un intento de crear una fuerza política de centro a medio camino ideológico entre la Democracia cristiana y el socialismo, lo que impicaba una curiosa evolución política en una persona que había sido miembro del PCE y activista en la clandestinidad. Es destacable el juicio humano que Ridruejo formula de Suárez Carreño en carta a Justino de Azcárate, el 19 de junio de 1964: Suárez Carreño -hombre raro de gran lucidez- me ha ayudado mucho.  ¡Qué magnífico retrato: Hombre raro de gran lucidez! En tan breves palabras se condensa una biografía: rareza y lucidez… José Suárez Carreño, que fue detenido la misma noche de la concesión del Nadal, pasó la frontera clandestinamente, con Ridruejo y el editor Fernando Baeza, para asistir a lo que el régimen de Franco llamó el “Contubernio de Múnich”, esto es, el intento de superar las diferencias de los opositores al Régimen para ofrecer una posibilidad de futuro democrático a la sociedad española. Al regreso de Múnich, tras pasar dos años en París, becado para elaborar un informe sobre la sociedad española del momento, José Suarez Carreño participó en la creación y gestión, con Ridruejo de la Sociedad Española de Escritores, de la que sale, mal, en 1965. Reaparece después como encargado del servicio de documentación del diario de los sindicatos verticales Pueblo. Y, como cuenta el memorialista Trapiello en su diario Apenas sensitivo, Suárez Carreño, que vivía en un barrio burgués, solvente y con empaque, murió solo y soltero en la extrema pobreza, sin decírselo a nadie. En 1950 quedó finalista de la primera convocatoria del Premio Calderón de la Barca de teatro, que fue ganado por un joven José Luis Sampedro con La paloma de cartón, una farsa pacifista.
Se trata, así pues,  de una renuncia a la creación más que notable, máxime en un autor tan bien galardonado y con una proyección tan magnífica. ¿Se dejó absorber por la misión política que el imperativo de sufrir una dictadura como la franquista le imponía, a quien, durante su juventud, en la República, había sido dirigente estudiantil, presidente del sindicato estudiante del PSOE y de la FUE (Federación Universitaria Española)? Como recoge Santos Sanz Villanueva: José Suárez Carreño había sido jefe de la FUE antes de la contienda, militó en el Partido Comunista en el decenio posterior a la victoria franquista y fue detenido por la policía numerosas veces en esos años. Aquella militancia era vox populi en el Café Gijón, según recuerdan los muchos cronistas ocasionales de la famosa tertulia madrileña. Todo el mundo que había de saberlo, pues, estaba al corriente de la actividad política comprometida de Suárez Carreño, de ahí que a un autor tan dedicado a la “conquista” de su propia obra como Miguel Delibes, le sorprendiera tantísimo que un autor tan dotado como Suárez Carreño apareciera y se eclipsara en el panorama literario español casi como un fulgurante cometa en un viaje sin sentido desde la plenitud hacia la nada: Carreño llegó a la chiticalla y, en 1949, ganó el Nadal con su novela Las últimas horas, no muy divertida pero construida sabiamente. (…) Todos pensábamos que, con un ser tan generosamente dotado por la providencia, disponíamos del literato del siglo, un literato en prosa y verso que todo lo podía. Y ¿qué pasó? Esto es lo divertido. No pasó absolutamente nada. Carreño se dio por satisfecho con los tres premios conseguidos, enfundó su pluma, se puso el sombrero y no escribió ni una letra más. ¿Dónde se metió Carreño? Ni se sabe: Carreño seguía viviendo una vida misteriosa, se supone que en algún lugar de España, pero sin ninguna seguridad. Él había cumplido lo que se había propuesto pero ni se jactó del triplo ni volvió a humillar a todos los colegas que, aunque de lejos, le hacíamos la competencia. Se trata de una visión curiosa, la de quien parece haberse empeñado en demostrar algo y, cumplida tal demostración, no siente necesidad alguna de mejorar lo logrado. Me cuesta creer esa visión. No dispongo de ninguna hipótesis que explique el silencio literario de Suárez Carreño, más allá del compromiso ético con la lucha contra la dictadura franquista, pero ese tipo de compromisos rara vez han disuadido a los autores que realmente lo son de seguir, aunque sea a trancas y barrancas, desarrollando su obra. El desengaño por no recibir el reconocimiento de la Crítica no deja de ser, también, una razón muy endeble. Intuir que había alcanzado el súmmum de su capacidad literaria con Proceso personal, y que, por consiguiente, ya no podría escribir nada que mejorase lo ofrecido en esa novela, bien pudiera ser tenido en cuenta, pero, aun a pesar de su enorme calidad y atractivo, me parece evidente que Suárez Carreño podría haber escrito alguna novela superior a la última que escribió. Sea como fuere, el caso es que se trata de un caso prácticamente único en nuestra literatura, de ahí el interés redoblado con que he leído Proceso personal. En ella hay no pocas relfexiones sobre la realidad y la literatura ue permiten intuir el proceso de reflexión que debió llevar al esritor a tomar una decisión tan radical como la de abandonar la literatura de ficción y dedicarse al activismo político, en el que nunca acabó de pasar de comparsa, a diferencia del brillante porvenir que le abría su dedicación literaria. A título de anécdota, bien merece recordarse que el  finalista del premio Nadal que Suçarez Carreño ganó fue su compañero de partido Luis Benito Landínez, con Los hijos de Máximo Judas. Choca, que dos comunistas se disputasen dicho premio literario en unos años de concienzuda represión política…y moral, porque Landínez era homosexual, algo que uno puede sospechar que era Suárez Carreño, lo que abriría otra vía de indagación que nos acercara a su “sublime decisión”, pero todo ello no deja de ser una especulación sin fundamento. La sostengo porque de su novela y por la identificación del autor con uno de los personajes, de quien otro está arrebatadamente enamorado, puede intuirse esa orientación, pero no es menos cierto que hay un retrato indirecto del autor en varios personajes de su novela, a juzgar por las diferentes reflexiones que de ellos se transcribe y que se acercan mucho a lo que debió de ser el propio pensamiento del autor, a juzgar por el nivel de veracidad y convicción con que son formuladas. Pongamos por caso, la reflexión de un personaje clave en la trama que quiere escribir una novela para ganar el Nadal: “La novela es una toma de contacto ficticia, falsa. Urdir una trama y sacarme de la manga unos tipos hubiera sido tanto como haber perdido la intuición directa, el saber de las cosas, el tomarlas en toda su pureza La novela es falsedad intelectual porque consiste, ya a priori, en una fórmula. Sé que todavía no he caído tan bajo. Puedo ser un metafísico”, y sonreía como si él hubiera escrito “Ser y tiempo”, de Heidegger o “El ser y la nada” de Sartre. Pero ahora era diferente. Ahora eran cosas de verdad, no palabras. Hay que ser valiente o cobarde. Y no cabía tampoco que declarase pomposamente que era un cobarde. Porque el miedo no admite explicación, sino que da sudor y retira la sangre hasta que se queda el sujeto blanco como la pared y, sobre todo, no deja ser, eso era lo que Ricardo con ahínco buscaba. ¿Qué vida haría si resultaba que tenía miedo? ¿Dónde se metería? ¿Qué tono de voz tendría? (…) ¿Cómo le miraría entonces? Esa novela que quiere escribir y que le “arranca” a la mujer separada del protagonista es la propia historia de Proceso personal. Hay, por lo tanto, buena parte de juego metaliterario en la novela que, sin embargo, no oculta las nítidas líneas de la trama, que prevalece sobre las disquisiciones literarias y el retrato de los jóvenes existencialistas a quienes la Guerra Civil ya les suena más a Historia que a realidad y que se debaten en un mundo vacuo de referencias culturales, muy bien descrito por el autor. Una generación en la que Juan, lleno de resentimiento, y su pizca de dignidad histórica, quiere centrar en la persona de Tomás Ozores, el protagonista, una suerte de juicio criminal a los vencedores de la Guerra Civil, acusándolo de haberse enriquecido fraudulentamente a través del estraperlo, lo cual es del todo cierto; pero él lleva más allá su venganza, pues decide matar a quien ha hecho sufrir a la mujer a quien corte, Maruja, la esposa de Tomás, de quien se ha separado, pero no, como es lógico en aquella época, divorciado: “Hay que evitarlo. Estos muchachos están sedientos de que ocurran cosas y no saben lo terrible que es cuando ocurren” (…) Es una generación muy curiosa. Sólo han oído hablar de cosas enormes. Primero la guerra nuestra. ¿Usted supone lo que habrá sido la guerra en los niños pequeños, oyendo, temiendo, haciendo de todo eso sus juegos en cierta manera? ¿Y luego la guerra del mundo, leída en los periódicos, oída en la radio, vista en los cinematógrafos? No tienen experiencia. Tienen imágenes vacías, espectros. Lo sé muy bien. ¿No ve que me he refugiado entre ellos? ¿Sabe por qué? Porque yo soy fallido. Una vida fallida… Un hombre fallido. A su lado lo noto menos. Ellos están empezando; dicen que van a ser más grandes que Baroja y que Ortega; echan pestes de Benavente. Se beben los libros que están de moda en París como el “Coyote” los horteras. Y yo estoy también empezando. Hago lo que ellos. Acostarme a la mañana, hacer ostentación de la pobreza. Pero no puedo pensar como ellos porque he cumplido los cuarenta. No estoy con mi edad. No tengo casa, ni mujer, ni hijos. Ni una posición. ¿Comprende? Así que tengo que juntarme a ellos. No se puede ser solo, andar solo. Hasta los animales saben eso. Y yo…; pero bueno, eso es otra cuestión. La mía -dijo con desaliento.
La novela de Suárez Carreño es un auténtico ejemplo de maestría narrativa, no solo por el modo como va dosificando el conocimiento de los personajes que forman parte de la trama, sino, sobre todo, por la excepcional manera que tiene de dibujar psicológicamente a los personajes y mostrárnoslos como personajes redondos. Destaca, con todo, que Proceso personal sea lo más parecido a un thriller, por la estructura policiaca de la novela: se le anuncia al personaje su próxima ejecución y, a partir de ahí, se va desarrollando una trama a través de la cual se va conociendo a fondo la vida de Tomas, cómo consiguió hacerse millonario y cuál es su verdadera catadura moral. Lo bueno de la novela es que está exenta totalmente de maniqueísmo, que no cae, dada la época en que fue escrita, en hacer una “apología de los vencidos”, sino que aspira a plantearnos el retrato lo más fidedigno posible de unas vidas absolutamente verosímiles en aquellos años. A medida que van apareciendo personajes y los vamos conociendo, la complejidad humana va gananando en densidad, e incluso con la aparición, muy al final, de un personaje como Manuel Molero, por el que parece respirar el autor, esa complejidad humana gana muchos enteros y consigue mantener la admiración del lector hasta el final de la novela. No quiero extenderme mucho sobre la trama, porque en la medida en que se trata de un caso policiaco, tampoco quiero reventar la sorpresa de lo que se va descubriendo a medida que la novela avanza. Sí que quiero destacar, sobre todo, el ajustado retrato que hace el autor de los jóvenes existencialistas, próximos a la generación beat ya, ellos con melenas, ellas con el pelo corto, afectando todos una desinhibición algo forzada, y con algunos diálogos francamente muy bien llevados. Que el autor se tome la libertad de hablar de un bar de ambiente masculino y que trate abiertamente de las relaciones sexuales, con notable franqueza, no deja de sorprender a quien ha vivido la pacatería mojigata de la censura franquista. Tomemos como ejemplo el diálogo del ayudante de Tomás en las faenas del estraperlo, Julián, con esa generación de jóvenes contestatarios incipientes:
-¿De qué habláis? -preguntó Oti a uno de los chicos, como si en realidad no le interesase saberlo.
            -De basura -contestó el chico con voz torva-, de García Lorca.
            -Federico no es basura -dijo otro de los de la mesa.
            -Bah -volvió a decir el chico-; tenía unas preocupaciones artísticas idiotas. Creía en lo popular y lo bello.
            -Todo el que no se aburre es un idiota.
            -Oye -le atajó Julián-. Yo he sacado a muchos hombres a bofetadas por menos.
            [Aclarado el malentendido, sigue Julián:] -Pero yo no me aburro. No me gusta. A mí dame un poquito de barullo, y gente que sepa beber sin que le haga daño, y que sea su poquito ocurrente y chistosa.
            -Pero eso es burgués -se atrevió a decir la de las trenzas (que le aclaró lo del aburrimiento).
            -Mira, muñeca -dijo Julián riéndose y mirando con descaro a la de las trenzas-; tú eres muy bonita; y yo con las mujeres bonitas no discuto. Si puedo, las beso. (…) Y en lo de burgueses, te equivocas. No hay nadie que haya tenido más mujeres que yo en Madrid, sin sacar la cartera, que es como hay que tenerlas. Y tengo horas de baile como para cobrar el retiro por ello.
            -Eso es existir -dijo el del feroz silencio-. Sartre en una de sus novelas presenta…
            - Déjate de novelas. Eso son tonterías. [Julián]
            - Ya lo sé -dijo el otro-. La literatura es un mal necesario. Es una falsedad…
            -Es perder el tiempo… dijo Julián.
            (…)
            -El tiempo es la idea de nuestro tiempo -dijo el chico muy solemne.
            -Del tiempo se habla cuando no se sabe de qué, hombre -le dijo Julián riéndose. (…) ¿Sabes cuándo me daba yo cuenta del tiempo? En la guerra.
            -¿Hiciste la guerra?
            -¡A ver, qué remedio!
            -Entonces has tenido angustia.
            -Lo que tuve fue miedo, pero poco, porque estaba en Intendencia. Me pasé una guerra estupenda. Si no hubiera sido por las ratas y los piojos, como en casita.
            -Nosotros ahora hacemos otra clase de guerra -dijo el del silencio-. Una guerra incesante que consiste en existir. (…) No hay tiros, desde luego -reconoció con amargura el chico-. Pero yo estoy destruyendo ese absurdo que es mi existencia.
            -¿Y te dedicas?
            - Coches. Cuando no hay coches hago estraperlo. Y cuando no hago nada, viene una mujer y me trae dinero. ¿Comprendes?
            -Yo soy escritor -dijo el chico modestamente-. Es decir, soy hombre que se desespera.
Con idéntica pericia, Suárez Carreño traza la biografía de un ganador de la guerra que busca hacerse millonario a toda costa y  halla en el estraperlo la vía directa para arrancar en el mundo de los negocios, aunque, más tarde, “blanquea” su pasado para meterse en negocios, como el de las inmobiliarias donde continuar haciendo fortuna. Se trata de un proceso corrupto que coincide a la perfección con lo que estos días salta a la prensa en titulares cuya trastienda se reconoce en este modus operandi del protagonista cuando trae oro de Portugal de estraperlo:  El oro fue examinado y pesado por quien compraba. Y luego Tomás contó los billetes. Todos, como es natural, de mil pesetas. Los metió en el maletín. Ya eran suyas seiscientas mil pesetas.[ Engaña a Julián, su compinche, diciéndole que solo traía la mitad de oro de lo previsto, para estafarlo en su último negocio, ideado por él. Así se lo justifica]: Quería empezar una vida decente. La que empezó, con voluntad, con paciencia. El dinero le daba calma y la calma le permitía emplear la inteligencia. (…) Tomás vio claro. El asunto de ellos no era hacer casas, sino sacar ganancias de ellas. Ya no le interesaron para nada las casas construyéndose.
El retrato de la sociedad, aun siendo magnífico, no puede competir con la finura psicológica con que el autor ha diseñado a sus principales personajes, sobre todo a Tomas y a su mujer, de quien se nos narra una emotiva historia de amor y de malentendidos sobre cuyo final nada quiero tampoco decir. Lo que está claro es la honestidad y la valentía con que Suárez Carreño aborda el problema matrimonial, y la madurez con que aborda la necesidad de independencia de la mujer ya en aquellos tiempos. Maruja, que se separa de su marido, fracasa en un negocio de modas y ha de montar una pensión para poder mantenerse, puesto que, a pesar de que su marido sea millonario, no quiere recurrir a él. En parte, por ello comienza a gestarse la venganza contra él a través de Juan, para que Maruja pueda conseguir lo que es suyo, lo que, legalmente, le pertenece como cónyuge de Tomás. Resulta francamente llamativo el pequeño cuento intercalado del modo como Juan, de noche en la pensión, se levanta y se acerca a la puerta de la habitación de Maruja y comienza a susurrarle obscenidades con el afán de seducirla. Se trata de una situación que la censura dejó pasar incomprensiblemente, como se puede apreciar en el modo como recibe, tal asedio, Maruja: “Y al tiempo que se horrorizaba, escuchaba incrédula, como si se tratase de lo contrario, de un milagro, De la aparición del Demonio a través de una voz. Tembló de vergüenza, se sintió tocada por algo viscoso. Sabía que era verdad aquella voz, pero al mismo tiempo creyó que se había vuelto loca. Las palabras aquellas la infamaban, la mancillaban de tal forma que parecía que el solo oírlas ya producía la deshonra, Pero no dejaba de oírlas y estaba entera en sus oídos, sufriendo allí su alma y hasta su cuerpo, como el que recibe la tortura se traslada en todo lo que es al sitio del dolor. (…) Cada noche era como una repetición de lujurias idénticas. Maruja, con todo, reacciona como lo había hecho siempre desde que se separó del hombre “que la hizo mujer”:  Todos los hombres que la habían intentado seducir (y ¡cuántas variantes hay en los procedimientos que los hombres emplean en la necia creencia de que la mujer es lo pasivo y apropiable en la relación de los dos sexos!) fueron rechazados porque eran como Tomás, pero sin su significación, sin su amor vivido y descubierto. De ahí que por Juan se limitara a sentir, cuando se le reveló que era él el autor de las insinuaciones a través de la puerta, un amor maternal: Juan era como una herida que es sucia y sangrantemente espantosa y hasta puede dar hedor, pero inspira compasión, no miedo.
Suárez Carreño no es un estilista, al modo como si lo era Carmen Laforet, por ejemplo, pero lo que se pierde en condensación estilística se gana en complejidad psicológica y en verdad humana, porque el interés de los conflictos suscitados en la novela de Suárez Carreño nos ofrece una obra muy madura que en nada desmerece de otros narradores fundamentales de aquel periodo. De hecho, ya hemos recogido una admirada semblanza hecha por Miguel Delibes en la que se le reconocía esa condición de modelo que guiaba a otros autores como el propio Delibes, quien tanto ha sido y es en las Letras españolas. Son muchos los detalles de sabiduría narrativa que prodiga el autor a lo largo de la novela. Casi tantos como los apuntes reflexivos, de certera profundidad que nos incitan, constantemente, a hacer la lectura con el lápiz en la mano: Había que tener cuidado con los engaños que producen las ganas de tranquilidad; a veces no se podía quitar importancia a las cosas desagradables. O el excelente retrato del contable de Tomás, Roca: No desperdiciaba palabras, como no desperdiciaba papel cuando escribía, con aquella letra que parecía hecha con piojos quietos, letra pequeña y mezquina, de hombre avaro. (…) No perdía la calma. No insistía en sus razonamientos cuando Tomás se los combatía, pero tampoco rectificaba. No los retiraba; los dejaba en ese silencio, en el que se escondía como en el escondrijo la rata, como si supiese que eran invulnerables. Por no hablar del monólogo en el que desgrana sus sensaciones cuando va a Valladolid a comunicarle a la madrina de guerra de un compañero suyo de batallón que ha muerto pero que, de haber vivido, se hubiera casado con ella, que es lo que acabará haciendo Tomás: Claro que se divertiría. Y armaría algún escándalo. Pero para un joven oficial no es eso incompatible con aquello hermoso de llevar a una muchacha, guapa, muy guapa, en las fotografías, el sueño o el deseo o la fallida promesa de un muerto. ¿Qué era novelesco? También era novelesco pensar cómo un chico que hace solo un año que ha terminado la carrera de Derecho y empieza a preparar las oposiciones de abogado del Estado, un chico de veinte años, hijo de familia (porque así ocurre con las familias burguesas), un día sea teniente de infantería y haga la guerra. ¿Y qué no es novelesco cuando hay que encontrar bella la muerte? ¿Qué no es novelesco cuando hoy se ríe y mañana una bala perdida…? Bueno; Tomás estaba contento, sentimentalmente, de hacer aquello.

Es curiosa la insistencia en calificar de “novelesca” la trama que contiene tantos narradores: Juan, que quiere escribir la novela del marido de Maruja y un tal Manuel Palomero que escribe un cuento sobre la aventura de Juan… Sí, decididamente, estamos ante una obra mayor de la literatura de posguerra, y me parece que Suárez Carreño anda necesitado de una revisión crítica que lo ponga en ese lugar de honor que lo rescate del actual olvido en el que yace sepultado. Desde aquí animo a los intelectores que suelen entrar por reiterada equivocación en este Diario a leer la novela. Se llevarán una más que grata sorpresa.