jueves, 28 de enero de 2016

Alfred Döblin: “Noviembre de 1918. Una revolución alemana”, fresco histórico y destino individual: la historia alemana y europea hechas carne y hueso de novela.


  


Noviembre de 1918. Una revolución alemana (4vols)de Alfred Döblin: una obra esencial para entender el inevitable destino de Alemania (y de Europa) tras la Primera Guerra Mundial a partir de la fracasada revolución espartaquista de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg.


Hay obras que nunca llegarían al público si al frente de ciertas editoriales de prestigio no hubiera editores tan conscientes del significado cultural de su tarea como es el caso de Daniel Fernández, director editorial de Edhasa, o como lo ha sido el de Jorge Herralde al frente de Anagrama durante toda una exitosa vida de editor. Poner al alcance del lector en lengua española una obra como esta de Döblin, fundamental para entender la República de Weimar, época en la que se dirimió el futuro de Europa entre la democracia capitalista y el comunismo soviético, merece el mayor de los reconocimientos y de los aplausos. Que haya sido capaz de llevarlo adelante con la ayuda del Goethe-Institut, organismo del Ministerio Alemán de Asuntos Exteriores, habla bien a las claras sobre un modelo de gestión editorial que sabe explotar los recursos a su alcance. Para nadie es una sorpresa que Edhasa cuenta con uno de los mejores fondos editoriales, y que su línea de novela histórica no admite parangón, pero el agradecimiento de los lectores por la publicación de la presente tetralogía me consta que será inmarcesible. A mí particularmente, me gusta mucho su colección de libros de aforismos, que ha conseguido reunir un catálogo espectacular. De hecho, no me importaría ofrecerme para confeccionar, para ellos, lo que podría llamarse el Vademécum Edhasa de aforismos, siguiendo el reconocido modelo de The Oxford Book of Aphorisms o el indispensable The Viking Book of aphorisms, con una selección del poeta W.H.Auden y el polígrafo Louis Kronenberger. Todo se andará…
En el primero de los cuatro volúmenes de Noviembre de 1918. Una revolución alemana, el titulado Burgueses y soldados, Döblin sitúa la acción en Estrasburgo, Alsacia, un territorio en permanente disputa entre Alemania y Francia. Escoger la frontera entre dos culturas y dos potencias políticas europeas como marco del arranque del fresco histórico que levanta el autor con una extraordinaria capacidad narrativa nos indica bien a las claras esa línea de oposición a la identidad férrea y expansiva que está en el origen, entre otras muchas causas geoestratégicas, está claro, de la Primera Guerra Mundial, que estalló hace ciento dos años y de la que aún seguimos extrayendo lecciones de notable utilidad para la política actual y para el conocimiento del ser humano. Las novelas de Döblin, al centrarse en personajes concretos, cuya peripecia vital se irá desarrollando a lo largo del ciclo, nos permite acceder a la comprensión de unas mentalidades y de unas emociones que su novela nos transmite con fidelidad y magnífico realismo. Este ciclo novelístico, aunque tiene la misma intención realista que su célebre novela Berlin Alexanderplatz, ofrecernos la comprensión de una sociedad determinada en un momento dado de la Historia, desde la mirada individual a sus miembros, presenta una estructura más clásica, aunque no renuncia a ciertas libertades formales e imaginativas que, sin embargo, entran dentro de lo que podríamos considerar recursos más tradicionales, como la aparición de Satán como personaje, o de “aparecidos”, como ocurre en el magnífico relato del Libro Primero que abre el último volumen, Karl y Rosa, un relato, por cierto, que admitiría una edición independiente y serviría como “reclamo” editorial para atraer compradores de una tetralogía tan cara como de lectura tan necesaria. En el volumen se arranca de la derrota alemana, de la caótica retirada de sus fuerzas de los frentes de guerra y se nos presenta a tres personajes que adquirirán un carácter protagonista a lo largo de la novela: los tenientes Becker y Maus y la enfermera Hilde.  De los tres, Becker es, sin duda el más importante, porque es, a todas luces, un trasunto parcial del propio autor, dada la conversión al catolicismo que comparte con él, así como ciertos valores y preocupaciones culturales que se desarrollan en los siguientes volúmenes Becker, que regresa herido de gravedad, encarna la poderosa decepción existencial que supone la derrota, de ahí sus palabras:  Querida paz, ten piedad de nosotros, que regresamos. Ya desde el comienzo del ciclo novelístico, Becker comienza a sufrir alucinaciones o revelaciones como la aparición de Johannes Tauler, considerado el fundador de la mística alemana, quien le dice: Eres duro y orgulloso, un ánimo grande, una alta montaña. No cierres los ojos, hijo mío. Debes pedir paciencia y un final clemente. El Señor viene en medio de un silencioso y suave murmullo.  Por otro lado, la cuidadosa narración de hechos históricos fidedignos ocupa un lugar esencial del relato, como todo lo relativo al inicio de la revolución alemana y al intento de enviar un destacamento de marineros alsacianos para intentar proclamar la República Socialista Alemana de Alsacia, en un intento de retener dicho territorio que, en cosa de semanas será ocupado por las fuerzas francesas: El Consejo Central de Obreros y Soldados de Estrasburgo a la población: “Mantened la calma, el soldado alemán no es vuestro enemigo. El pueblo alemán y los soldados alemanes han dado el golpe de gracia al sistema que tanto odiamos”.  En ese sentido, es clarificadora la parte dedicada a la narración de la visita de Maurice Barrès, el parlamentario nacionalista, al territorio, como avanzadilla de la inminente ocupación francesa. En ese contexto de rendición es en el que Barrès, con clarividencia singular, dado su conocimiento de la cultura alemana, formula una profecía a punto de cumplirse cuando Döblin está acabando de escribir, en 1937, este volumen: El castillo del diablo ha caído, pero el Diablo no se ha marchado, apostillando que en un plazo de 20 años los alemanes, después de la derrota se armarían para volver a atacar a los franceses, como así resultó ser:
En este primer volumen de la tetralogía, son innumerables las voces singulares que recoge Döblin en su narración, y bien puede decirse que no falta nadie. Es cierto que muchas realidades nos son ya familiares por la mucha Historia que se ha escrito al respecto, como la hipocresía y el cinismo de los militares alemanes imperiales que se lavan las manos de la derrota y propalan la especie de la “puñalada por la espalda” que les asestaron los civiles que promovieron el exilio del Emperador, la rendición del ejército y la negociación para el armisticio, como se aprecia en el bando que cuelgan para informar a los soldados que han de huir apresuradamente de los frentes, dejando atrás una ingente cantidad de material servible: Hasta el día de hoy hemos empuñado con honor las armas. El ejército ha hecho un servicio inmenso, con fiel entrega y en cumplimiento de su deber. Abandonamos la lucha erguidos y orgullosos; una teoría que, a través de tan singular personaje como Erich Ludendorf -el único de quien Döblin, a mi juicio, no saca todo el partido que semejante botarate histgriónico permitía- llega hasta los círculos nacionalistas en los que se apoya Hitler para conseguir el poder en 1933. Antes, con todo, la hicieron suya los dirigentes de la aún no nacida República de Weimar cuando saludan en Berlín a los soldados que vuelven del frente “sin haber sido derrotados”. De ese mismo carácter histórico es la narración del entierro de los 8 berlineses que resultaron muertos en los sucesos de la insurrección contra el Emperador, entierro en el que se nos introduce a otro de los personajes capitales del ciclo: Karl Liebknecht, el dirigente espartaquista:  Habló Liebknecht: El tribuno de la plebe era delgado, tenía un rostro pálido e inquieto, sus ojos, marcados por la falta de sueño, se volvían sin fijarse a derecha e izquierda; el oscuro bigote colgaba descuidado sobre la boca. De vez en cuando, aquel hombre aún joven apretaba los dientes con una especie de permanente furia e indignación que le impedía seguir el hilo de sus pensamientos. Parecía ser el único en el cementerio que no se daba cuenta de cómo se bebían sus palabras las gigantescas masas humanas. Hablaba alto, con fuerza, a impulsos irregulares, estaba ronco y a veces tropezaba en sus propias palabras. En los sucesivos volúmenes, a medida que la acción gire en torno a la tensa y compleja situación política que se produce con la insurrección espartaquista, Liebknecht, como también Rosa Luxemburg, irán compartiendo el protagonismo con el trío Becker, Maus y Hilde.

El segundo tomo de Noviembre de 1918, El pueblo traicionado, continúa con la técnica de mosaico propia de quien quiere ofrecer una visión que abarque el mayor número posible de las realidades subjetivas que conforman lo que nos empeñamos en singularizar como “la realidad”, por más que, como se sabe desde hace mucho, por la psicología Gestalt, el todo sea diferente de la suma de las partes. A medida que avanza la novela se van sumando personajes que contribuyen, por su extracción social, por su relevancia política o por su característica psicología a la conformación de ese singular que cada uno vive de distinta manera. Que aparezca un sórdido caso criminal, algo que vertebraba su más famosa novela, Berlin Alexanderplatz, o que se nos recreen con una verosimilitud absoluta los movimientos de las diferentes fuerzas en conflicto, la Cancillería “ocupada” por Ebert, las conjuras de los militares derrotados, las dificultades internas objetivas del proceso revolucionario espartaquista a través de tres personajes tan distintos como Rosa Luxemburg, Karl Liebknecht y el agitador prosoviético Karl Radek, le da al segundo volumen una dimensión de novela histórica que el autor no acaba de aceptar, de ahí su presencia intercalada en la narración para recordar que, a pesar de la innegable fidelidad histórica con que narra aquellos acontecimientos trascendentales en la Historia de Alemania, y de Europa, no deja de ser todo obra suya, no sujeta al rigor de la Historia, sino a la arbitrariedad de la novela: Al autor de estas líneas le entristece que, a pesar de las posibilidades de la imaginación, para seguir los acontecimientos y el destino de los personajes de una forma fidedigna tenga que llevar constantemente a sus lectores a través del mal tiempo, de la lluvia, y sólo de vez en cuando pueda llevarlos por una severa helada y una alegre nevada. No es culpa suya. (…) Pero está en Berlín, y sigue siendo noviembre. (…) Este noviembre dura mucho, demasiado (no solo para el lector, también para el escritor). Pero los que lo vivieron no pueden sentirlo como más breve. De ahí que no retroceda lo más mínimo ante el reto de expresar francamente su opinión acerca de lo narrado, como si se tratara de un narrador verdaderamente omnisciente, algo que acaba siendo y, además, con una escrupulosidad por la transcripción de la verdad que sorprende cuando se han leído diversas fuentes históricas sobre aquella revolución alemana abortada en agraz: Hasta ahora no hemos visto auténticas masas revolucionarias. Se puede reprochar esto a alguien que quiere describir una revolución. Pero no es culpa nuestra. Es que se trata de una revolución alemana. (…) [La revolución] anda errante, anda errante en Alemania, cada vez más encogida, como una floristilla con la faldita rasgada, temblando de frío, con los dedos amoratados y buscando cobijo. Donde no le dan con la puerta en las narices, con dureza y convicción, se la alimenta con amables refranes y un plato de sopa aguada. (…) El que tenga un ápice de sentido común apostará por Ebert y los generales. (…) En la guerra, Dios está con los batallones más fuertes, y en la paz con la mayor astucia. Tan curioso Dios se ha buscado nuestra época, que se le podría tomar directamente por el rey de Prusia. (…) Hablando con honradez: ¿qué nos importa? Por nosotros, que Ebert devore a los generales o los generales a Ebert. Tal vez entonces llegue un tercero y los devore a ambos. (…) Podríamos concluir ya nuestro libro, por falta de interés hacia nosotros mismos. Mal asunto, cuando la falta de interés por un libro empieza por su autor. Pero tenemos que llamarnos al orden. Porque sería ir demasiado lejos. Un “llamamiento” que tuvo eco, porque aún acabaría añadiendo dos volúmenes más a lo narrado, ¡por suerte para sus lectores!
En este segundo volumen, El pueblo traicionado, es preciso destacar la aparición de una historia, la del director del Gymnasium donde trabajaba Becker, y al que vuelve para reencontrarse con sus colegas, que supondrá un elemento decisivo en la evolución del protagonista, de Becker. Se trata de una historia homosexual centrada en la relación del director con un alumno, con quien comparte la sensibilidad por el arte y la poesía, una relación que remeda, en cierta manera, el círculo de Stefan George, el poeta alemán que fue utilizado por los nazis, por más que él incluso se exiliara en Austria, horrorizado por esa barbarie antihumanista que rechazaba tajantemente. En el transcurso de esa conversación, Becker, alter ego indiscutible del autor, nos deja pensamientos de tanto poder apodíctico y antibelicista como el siguiente: Lo inconcebible, lo verdaderamente inimaginable de la guerra… éramos nosotros mismos. Nosotros, usted y yo, un culi, un animal sin inteligencia. Conciencia ni entendimiento, un negro de Papúa que hace lo que se le manda y no se hace preguntas. (…) Pero ellos la tiran como una rama muerta, la vida, y nunca han aprendido ni sabido nada, y se quedan allí tirados como semihumanos que han tenido que trabajar en las pirámides. Y eso soy yo, y eso es usted, un hombre instruido, por cuyas venas ha corrido el cristianismo, la filosofía antigua y moderna, Platón, Spinoza, Descartes, Kant. Y de hecho han corrido por nuestras venas y no han dejado nada en nosotros, y hemos seguido siendo torpes esclavos, criaturas sin cerebro que jadean, completos trogloditas, medio monos de la Edad de Piedra. (…) Pero entonces me llega… una orden de movilización. Alguien, desde una oficina, desde un despacho que no conozco, escribe: ve allí, ve allí, ve hacia tu muerte, hacia tu perdición, ve a perder una pierna, a que una bala se te meta en la médula. Cuidado hijo mío, habrá gas, gas venenoso, gas mostaza, trágatelo. Y usted pronto se da cuenta de que se trata de la cabeza y de las piernas, de los pulmones y el hígado, y nadie podrá nunca devolvérselos, porque su madre le ha dado todo eso una única vez. Y usted está preparado para eso desde hace mucho tiempo. En tiempo de paz, se le ha preparado para eso, entre Kant y Platón. Y usted… no pregunta. Usted no pregunta, va, sigue. La oficina que emite las órdenes es más que Dios. ¿Me oye?, más que Dios.
         Es sorprendente la facilidad galdosiana de Döblin para construir unos Episodios Nacionales tan ajustados a la Historia y la verosimilitud apabullante con que los diferentes personajes históricos se conducen en sus páginas. Su arte narrativo nos coloca ante esos personajes como si el propio Döblin, por arte de birlibirloque, hubiera estado presente en ellos, tomando nota de cuantos detalles le habrían de servir, después, para escribir esta magnífica crónica viva de aquel periodo. No son psicologías complejas, ciertamente, porque tanto el “rechoncho” Ebert, como los militarotes conspiradores, tan limitados de pensamiento y de posibles obras, después de la derrota, permiten un vigoroso retrato de sus cortedades. Algo más complejos son los del bando espartaquista, si bien Karl Liebknecht no sobresale, precisamente, por su capacidad estratégica, sino por su vehemencia insurreccional, algo que acabará desesperando a Rosa Luxemburg y provocará un enfrentamiento entre ellos dentro de la dirección del recién nacido Partido Comunista Alemán. Aquí y allá el autor, en boca de muy diferentes personajes, nos va dejando caer esos juicios que conforman la radiografía de aquel momento histórico, como, por ejemplo, el juicio de algunos soldados que regresan a Berlín y se encuentran con una agitación incomprensible en una ciudad que intenta sobrevivir al frío y a la escasez; juicios como el del amigo de Becker, Maus: Escupo sobre la revolución, lo que lo llevará a alistarse en los Freikorps, de infausto recuerdo. O la de otro soldado que no acaba de entender nada de cuanto ocurre entre espartaquistas y los socialdemócratas: Desde que estoy en Berlín no oigo más que hablar y hablar. Si les cosieran la boca a los berlineses, todo volvería a ir bien. Necesitamos paz y comida. Todo lo demás son tonterías. Otro, sin embargo, defenderá que lo propio de Alemania es ser gobernados por un “hombre fuerte”, de lo que deduce que se necesita al Emperador o, si eso no es posible, a Liebknecht, por más que Karl Radek no tuviera una opinión sobre su tocayo que permitiera validar la del soldado sin experiencia política. Para el agitador soviético a Liebknecht le falta dureza y distancia. Un idealista alemán. Miedo me da. Pero se equivoca. Las masas lo arrollarán. La revolución pasará por encima de él. Lo que, en efecto, acabo ocurriendo, aunque hayamos de esperar hasta el 4º volumen para asistir a la derrota de una magnífica improvisación suicida. En términos de actualidad política española, Noviembre de 1918, con su enfrentamiento radical entre el comunismo y la socialdemocracia nos permite entender, en parte, dados los orígenes leninistas de Podemos y su impulso inicial de “asaltar el cielo”, el “imposible” diálogo que se ha gestado entre ambas fuerzas, y que se refleja a la perfección entre el posibilismo de Ebert, dispuesto a encadenar la legalidad de la nueva Republica constituyente con la del antiguo régimen al que juró fidelidad, y la revolución espartaquista que le daría el poder a los soviets alemanes, los consejos de soldados y obreros, oportunamente dirigidos por el KPD, por supuesto, algo que Rosa Luxemburg, poco leninista ella, y poco amiga de los golpes de estado, no compartía. Relativamente comparsas en esa lucha eran los Socialistas Independientes, también representados entre los Comisionados del Pueblo que dirigían el país durante la transición hacia la República, que conoceríamos después como “de Weimar”, donde se hizo su constitución, tras la huida del Emperador a Holanda.
         El punto culminante del segundo volumen, en términos de motor narrativo, es el asesinato de algunos manifestantes de la comitiva que, liderada por los espartaquistas, quería tomar al asalto la Cancillería donde Ebert actuaba como auténtico jefe de estado y canciller de la nación, si bien con una fragilidad representativa total y un temor absoluto a ser barrido bien por los espartaquistas bien por los militares, por más que estos, como solía decir Gröner, sucesor del alocado Ludendorff que huyó a Suecia tras admitir la inevitabilidad de la capitulación, por más que ningún militar la firmara y él se encargará de poner en circulación la teoría de que Alemania había sido “apuñalada por la espalda” por los civiles, sin dejarles, a los militares, “acabar” su trabajo y lograr la victoria: Nuestro lema es actuar, pero evitar todo lo que suene a actuar. Y eso es lo que traía a mal traer a Ebert, quien, a tenor de lo narrado por Döblin, tardó lo suyo en afirmarse en su puesto de primer presidente de la República de Weimar. También era frecuente entre los militares un chascarrillo que, puesto en boca del general Schleicher en la novela, quien acabaría siendo el último Canciller de la República de Weimar antes del ascenso de Hitler, quien lo incluyó entre las víctimas de la famosa “noche de los cuchillos largos”, define perfectamente cuál era la situación política alemana en aquel momento crucial: El buen Dios ha sido comprensivo con nosotros. Hemos perdido la guerra, pero hemos ganado al señor Ebert. En esas bambalinas del proceso democrático alemán es evidente que la actuación de los militares, comenzando por el propio Hindenburg, respondía a una idea de éste según la cual el Alto Estado Mayor representaba la única autoridad legítima en Alemania, que había pasado del emperador a él, Hindenburg, y no a Ebert: Una república no entra en consideración para Alemania. La monarquía es la forma estatal histórica de los alemanes. No tiene por qué ser exactamente la monarquía de antes de la guerra. Pero en ninguna circunstancia dejaremos que la antinatural tiranía socialdemócrata se asiente.  Con esos mimbres, ya se advierte, la de Weimar bien podría, de acuerdo con el impulso galdosiano del autor, ser calificada con uno de sus títulos: la de los tristes destinos.  No obstante, con sus 4 millones de votantes, la socialdemocracia continuaba siendo en la Alemania de entonces el primer partido de la clase trabajadora, de ahí la posición pragmática encarnada, por ejemplo, por Bernstein:  Recordó las palabras de Bebel: Donde no hay beneficio, no sale humo de las chimeneas. (…) La vida tiene que recuperar la economía mundial, hay que restablecer los contactos, establecer otros nuevos. La producción necesita un mercado donde venderse. De las cuales son eco las del propio Ebert: Una cosa es segura: si la República alemana ha de sobrevivir, necesita trabajo. Hemos hablado de socialización, y deliberaremos más aún, más en profundidad aún acerca de ella, en el presente, con la colaboración de todos los implicados: especialistas, financieros, sindicalistas, obreros, políticos… Pero una cosa es segura: el socialismo es trabajo (…) La eliminación de los males de la guerra, la elevación de la alimentación del pueblo hasta un nivel normal, es nuestra tarea más apremiante. Por eso apelo a los obreros y soldados alemanes. Que no olviden los cincuenta años de trabajo educativo de los socialistas.
        
El tercer tomo de Noviembre de 1918, El regreso de las tropas del frente, tiene un variado contenido que alterna lo estrictamente histórico con lo novelesco, porque se continúan y desarrollan las historias centrales de la novela, la de Friedrich Becker, Hilde y Mas, con especial intensidad en el caso del primero; la del dramaturgo Stauffer, que acabará conociendo en Suiza a la admiradora cuyas cartas le secuestró su primera esposa; la de los hampones, uno de los cuales tiene una graciosa disquisición ideológica con el agitador soviético Radek y, finalmente, la propia de los actores básicos en aquella suerte de trágica ópera bufa que acabó siendo la revolución alemana. Es tal la acumulación de información novelesca en las páginas de este tercer tomo, que bien podría Döblin haber escrito una obra en doce o quince volúmenes, si hubiera desarrollado a fondo las decenas de historias que conforman la obra. El propio autor, que aparece como tal, encarnado en el narrador, nos lo confiesa paladinamente: El mundo, bramando realidades, sudando hechos por mil sitios al mismo tiempo, no habría sido este mundo si no hubiera sacado a la luz, en confusión, figuras burlescas, trágicas y puras. En esta tercera parte, que aparece como tal, como las anteriores, por cuestiones prácticas, me imagino, porque la obra es un todo ininterrumpido en el que la división en volúmenes no marca cambios temáticos o estilísticos que justifiquen su aparición como volúmenes independientes, emerge la figura de un actor importante en el periodo de posguerra: Woodrow Wilson, el presidente norteamericano cuyos famosas 14 puntos para conseguir la paz en Europa acabaron sembrando más vientos que recolectando calmas, sobre todo porque uno de ellos era el polémico “derecho a la autodeterminación”, tan mal entendido en Europa, como él mismo confiesa, de forma premonitoria, en las páginas de la novela: Wilson: La nación del mañana, la única que hay, es la federación mundial de los pueblos. Hay que terminar con las nacionalidades engendradas y mantenidas de forma artificial. Ya no responden al mundo de hoy. El mundo se ha hecho más grande y más dependiente. La aparición de Wilson le permite al autor establecer un contraste claro entre el “nuevo mundo” y la “vieja Europa” en términos políticos y, a través de la amante nacionalizada americana del dramaturgo Stauffer, en términos existenciales, porque Lucie, la amante recobrada por Stauffer del túnel del tiempo se lo dice muy clarito: Cuando escribes, cuando trabajas como lo haces, eres pueblo, y estás en verdadera conexión con el pueblo. No necesitas buscar más masas. No encontrarás pueblo en esa búsqueda, solo más y más asambleas. (..) A veces exaltáis a una persona, a veces idolatráis al Estado, y ahora les toca el turno a las masas. ¿Por qué son las masas mejores que las diez mil personas que las forman? (…) Entre nosotros se piensa, en general, que hay que trabajar, tener suerte, abrirse paso y no dejarse desanimar. Al Estado se le deja en paz. Si gobiernan tontos o canallas, uno mismo tiene la culpa de eso. La reflexión tiene que ver, obviamente, con el contexto berlinés de la pareja y la “agitación” social que se vive en esos momentos, con la ciudad en permanente desfile de manifestaciones que buscan realidades contrarias: instaurar la república de los soviets, los consejos de obreros y soldados, o convocar una Asamblea constituyente para fundar la primera república alemana. En ese combate de fuerzas, de ideas y de estrategias ha de entenderse el espacio que Döblin concede a los protagonistas de la Historia de aquellos días: Liebknecht, Rosa Luxemburg, Ebert y Hindenburg. Ebert, en términos que podemos entender perfectamente en España a partir del desafío secesionista catalán, lo deja meridianamente claro (y no es él, ciertamente, un paradigma del típico humor berlinés, el Berliner Schnauze): Esos caballeros no tendrán la guerra civil que querrían. Quieren cortarnos el paso hacia la Asamblea Nacional prevista por la ley. Aquel que hace tal cosa viola la ley. Es un delincuente, nada más. Lo que esos caballeros harán en ese caso es un golpe de Estado, exactamente igual que el del día 6 en la Chausseestrasse. Ese golpe tendrá un mal final… igual que el otro. (…) En un país como Alemania, siempre se encuentran tropas dispuestas a mantener el orden y a proteger al Gobierno, que es la tesis básica que defiende, ante Radek, un representante del hampa berlinesa en una cínica y deliciosa conversación: Motz, el hampón, filosofa con Radek: ¿Cómo puede, mirando a esa gente, llegar a la conclusión de que o golpean los generales o golpea el pueblo? Probablemente ambos serán golpeados… por la comodidad alemana. (…) Según mi profunda convicción, una revolución solo puede producirse en Alemania por motivos teológicos y con una finalidad teológica. Todo lo demás son revoluciones periféricas, es decir, alteraciones del orden.
En uno de los grandes mítines que se sucedían entonces en Berlín casi diariamente, Ebert, en el parque Lustgarten, describió nítidamente la línea divisoria entre el partido socialista y el recién constituido partido comunista: Nosotros, los del SPD -gritó el hombrecillo regordete y bigotudo, visiblemente indignado representante de la razón humana-, queremos paz, pan y libertad. Queremos democracia. Sin democracia no hay libertad. (…) La violencia siempre es reaccionaria. Todos los días, los fanáticos adeptos de Liebknecht llaman a la violencia. Reparten armas. Amenazan con atacar al Gobierno por la fuera de las armas. Saldremos al paso de tales intentos con la mayor decisión.
De forma caleidoscópica, Döblin va pasando de uno a otro escenario para ofrecernos una visión casi holística de la realidad de entonces: El golpe revolucionario de Eisner en Múnich, donde se enfrenta a la ciudadanía por su intención de suprimir la religión católica en las escuelas, aun siéndolo él, católico, como la gran mayoría de sus combavarienses; la entrada de las tropas francesas en Aquisgrán (que desfilan junto a una estatua del emperador alemán a la que recubren con una tela negra, un uso curiosamente cercano, porque los secesionistas catalanes hacen lo mismo con el retrato del Rey que preside la sala donde toma posesión el President de la Particularitat…); los preparativos para la firma del tratado de Versalles  y la creación de la Sociedad de Naciones; las manifestaciones a favor y en contra del gobierno republicano provisional y last but not least, la continuación de las historias individuales que vertebran la obra, sobre todo la del alter ego del autor, Friedrich Becker. Sumido en una desesperación angustiosa, próxima a la depresión, Becker, que se desentiende de la relación amorosa que Hilde, que ha vuelto de Estrasburgo, le propone, comienza a sufrir alucinaciones de naturaleza intelectual, porque a través de tres figuras muy distintas, un brasileño, un león y una rata, en un proceso que recuerda vagamente ciertos recursos de la obra de Nietzsche, Becker mantendrá unas tensas discusiones sobre el sentido de su vida que propiciarán, en su debido momento, el desembarco, con armas y bagajes, en la adhesión al catolicismo, un proceso que calca el del propio Döblin, si bien Becker lo acaba viviendo de forma mística, bajo la advocación de Tauler. Su abnegación cristiana tiene todo que ver con la defensa férrea que hace de la dignidad del director acusado de pederasta, quien acabará muriendo víctima de la salvaje paliza recibida por parte del padre del alumno a quien ha supuestamente seducido, al tiempo que asume la obligación de velar por su joven discípulo e insinuado amante, por quien llegará a participar en los combates revolucionarios. El cristianismo de Becker, no es hurgar e hilar sutilezas lo que conduce a la auténtica vida, viene remachado por la convicción de su madre, un personaje altruista a carta cabal de que ser Cristo es muy difícil. Ya encontrarlo es difícil. La gente es orgullosa, y no quiere someterse.
En este tercer volumen aparecen dos realidades que llaman mucho la atención de quien lee, obviamente, con el recuerdo vivo no tanto de la Primera Guerra Mundial, cuanto de la Segunda. Me refiero a un episodio de represalia, la deportación masiva llevada a cabo en Lille, por el 64 Regimiento de Infantería de Pomerania durante la Semana Santa de 1916. Alrededor de seis mil jóvenes de ambos sexos (…) fueron obligados a trabajar en el campo para el ejército alemán, que se apropió casi por completo de la cosecha. Los mataban de hambre, los trataban a palos, les obligaban a cargar munición y construir refugios. No hemos vuelto a ver a un gran número de esos niños y ancianos. Mil Lillenses fueron llevados a campos de concentración en Braunschweig y después a Vilna en ocho días de viaje por tren. La instalación era lo más parecido a lo que fueron después los campos de concentración nazis.
Por otro lado, llama la atención que Döblin haga mención de dos combatientes catalanes que participaron como voluntarios en la Gran Guerra. René, un excombatiente, le cuenta a su anfitriona, la señora Scharrel, sus experiencias: Ella tuvo noticia de los españoles que habían participado en la guerra en la legión. Habían sido más de diez mil, gente estupenda, entre ellos muchos estudiantes y escritores. René contó que, en el Somme, había estado en las trincheras con Pujulà i Vallès, un escritor. Habló de Pere Ferrès Costa, un catalán que se había ido al frente con toda una tropa de catalanes; habían estado en Amiens y Arras, y en 1915, cuando llegó la hora de avanzar, muchos españoles se quedaron allí tendidos, Ferrès Costa entre ellos. (…) En ella (una notita arrugada) estaba escrito el principio de un madrigal de Costa, un Canto a Catarina. René leyó el comienzo: “si gosava, Catarina, us faria una cançó, més ja sé que ma complanta no us agradaría, no.” René había aprendido un poco de español y hablaba con entusiasmo del ansia de libertad de los catalanes. Tarareó la melodía de una canción que cantaban más adelante, después de Verdún: -No pasaréis, y si pasáis, será por encima de un montón de cenizas. No passareu. Que el legendario lema de nuestra Guerra Civil, “¡no pasarán!”, hubiera sido empleado con anterioridad en la Primera Guerra Mundial, en la batalla de Verdún, no deja de ser una curiosidad acaso poco conocida.

El cuarto tomo de Noviembre de 1918, titulado Karl y Rosa, que culmina esta magna obra a medio camino entre la novela histórica, el fresco social y la novela psicológica, amén de muchas otras narraciones de diversa índole, desde la novela de crímenes hasta la sátira política, se abre con lo que, a mi parecer, es la narración más atractiva de todo el ciclo: la vivencia fantástica de Roxa Luxemburg, en la cárcel de Breslau, cuando entra en contacto con el espíritu de su amante fallecido en el frente oriental, el doctor Hannesle,  Hannes en la intimidad, todo ello precedido por un recuento de lo que fue el golpe de fuerza de Lenin, disolviendo la Asamblea Constituyente de la que nacería la nueva Rusia democrática, para, una vez liquidada la democracia formal con un golpe de fuerza llevado a cabo por las fuerzas de Lenin, instaurar la dictadura del proletariado. La delicada historia de amor entre Rosa y Hannes, entre una mujer al borde de la extenuación física y el espíritu del hombre de su vida, escrita desde la perspectiva de la presencia real del espíritu y las posibilidades fáusticas que se abren ante la encarcelada, temerosa de sucumbir físicamente a su encierro adquiere una tonalidad lirica realmente emocionante. Es tan intensa esa historia de amor que quizás Döblin quiso reivindicar a través de ella las emociones de una mujer a quien siempre se valoró por su brillante y poderoso intelecto. A mi entender, este primer capítulo que abre la obra podría incluso ser editado en forma separada como aproximación a la totalidad de la misma y como señuelo para la adquisición de los cuatro volúmenes. Es evidente que todos los lectores de Berlin Alexanderplatz se complacerán en la lectura de la presente obra, pero esa “separata” emocionante bien podría acercar nuevos y fervientes lectores a una obra que merece la mayor de las difusiones y la más entregada de las lecturas, porque son muchas las compensaciones que nos ofrece Döblin, y no es la menor la de poder entender “desde dentro” un periodo convulso pero determinante en la historia europea como fue el nacimiento, el desarrollo y la defunción de la República de Weimar. Si a ello le añadimos la visita de otro espíritu que se hace pasar por Hannes, cuando Rosa Luxemburg se queda en minoría en el seno del recién nacido Partido Comunista Alemán, previniendo a Liebknecht de la inmadurez del proletariado para poder consolidar un golpe de estado por la fuerza armada de la movilización obrera, se consolida un relato de naturaleza gótica que nos permite construir una visión de Luxemburg absolutamente inédita y en las antípodas de lo conocido tradicionalmente acerca de ella.
El volumen final narra con poderosos recursos el desastre final del intento revolucionario, la huida de los dos cabecillas del nuevo partido y la traición que lleva a su detención y a su brutal asesinato por las patrullas de soldados leales a la reacción nacionalista autoritaria, más que a los mandatarios de una República aún nonata. En aquellas verdaderas aguas turbulentas en que se convirtió el regreso de los soldados y la formación de los cuerpos de asalto, los Freikorps, auténticos mercenarios a sueldo, más que soldados del ejército regular, si bien todos ellos acabarían entrando en la Reichswehr, tuvieron un trágico protagonismo en la ejecución de los dos políticos comunistas.
Por otro lado, de las historias que se han ido contando a lo largo de la obra, se presta especial atención a la evolución de Friedrich Becker, quien, tras volver a emplearse como profesor, acaba convirtiéndose en el defensor a ultranza de la dignidad del director a quien se acusa de acoso pederasta a un alumno que comparte con él la pasión por la belleza, la poesía y algo más que nunca se explicita en la novela, aunque se dé a entender. El acoso que sufren profesor y alumno, incluido el padre de este, que literalmente manda al hospital de una paliza al profesor y acaba siendo detenido y encarcelado, le sirve a Becker como ejemplificación de la intolerancia social y convierte la defensa de ambos en un asunto personal que llevará hasta el extremo de incluso perder su trabajo y sumarse a la defensa del cuartel de la policía junto al alumno. Acabado el conflicto, Becker recorrerá Alemania, como un mendigo, en busca de su propia redención. Llegará a visitar a Hilde y Maus, ya casados y con una hija, y en su largo peregrinar acabará convertido en lo más parecido a un profeta que avisa a sus conciudadanos de que se preocupen por su alma, que es lo que importa. En esa tensión mística se incluye la tentación de Satán, quien le cuenta su aventura con Rosa Luxemburg, por cierto. Aunque es llevado ante la justicia en numerosas ocasiones, nunca se le puede acusar de nada subversivo, porque la suya es una misión religiosa, no política. Viviendo a salto de mata donde y como puede, acabará siendo asesinado de forma fortuita y, discretamente, lanzado su cadáver al mar. Antes de deslizarse por la pendiente del misticismo, Hilde se reencontró con Maus y aceptó la proposición matrimonial de éste, quien, habiendo defendido la revolución en un primer momento, al volver a Berlín, se había enrolado ahora en las fuerzas militares que se oponían a ella y defendían al gobierno socialdemócrata de Ebert. Antes de hacer suya la causa del profesor esteticista y homófilo, Becker recobra la razón y comienza a trabajar en el Gimnasium dando clases de griego. A partir de Antígona, el texto que trabaja con los alumnos, se desarrolla una línea de reflexión sobre los deberes de los individuos y los del estado y la posición que los primeros han de adoptar frente al segundo; una reflexión que incide particularmente en su replanteamiento vital, el que le llevará al desengaño del mundo y a abrazar la salvación espiritual.

A pesar de cuanto llevo escrito, tengo la impresión de no haber sabido comunicar el entusiasmo con que he leído esta magna aventura novelística que es Noviembre de 1918. Ha de saberse, sin embargo, que en ella el autor Alfred Döblin ha desplegado un abanico de recursos narrativos que por fuerza cualquier lector ha de sentirse apabullado. Es cierto que el autor manifiesta su aversión a lo que considera una traición socialdemócrata a la causa del proletariado, pero no es menos cierto que, a lo largo de sus casi 2400 páginas, se empeña en calificar de aventurerismo político el intento de golpe de estado del Partido Comunista, encabezado por un personaje excesivamente idealista y aun romántico, como Karl Liebknecht, quien se hizo con el poder en el partido a expensas de una dirigente como Rosa Luxemburg mucho más preparada intelectualmente que él. Es muy posible que la evolución ideológica de Luxemburg la hubiese inducido a militar en el socialismo no autoritario, pero eso es ya retropolítica-ficción que poco o ningún sentido tiene. Lo que nos ofrece Döblin es una visión holística de un momento decisivo en la vida de los alemanes y de los europeos, de ahí que su novela no solo se centre en Alemania, sino que extienda sus centros de interés a la Alsacia-Lorena o a París, con la llegada de Woodrow Wilson para aquella ceremonia de la confusión que acabaron siendo tanto el Tratado de Versalles como la creación de la Sociedad de Naciones. En todo caso, la agilidad narrativa de Döblin, saltando continuamente de una a otra historia, sin apenas confundir al lector “viajero”, permite una lectura fluida y entregada, porque es tanta la Historia que se “aprende” en sus páginas como la que se “vive” a través de unos personajes totalmente extraídos de la realidad con unos recursos de gran novelista, de novelista de la mejor escuela realista, por más que ciertas libertades argumentales, como la irrupción de lo escatológico en forma de narración gótica, con presencia demoniaca incluida, se acepten con absoluta naturalidad e indescriptible goce lector. Quien decida internarse en este ciclo narrativo ha de saber que todo el tiempo que empleare en él le será recompensado generosamente. Y si aún hay alguien que no haya leído Berlin Alexanderplatz, aún podrá alargar la felicidad lectora algunas semanas más.

lunes, 18 de enero de 2016

Michel Houellebecq: “Sumisión”. Una sátira sobre la conquista de la república francesa por un partido islamista.

                                

Sumisión, un ensayo narrativo a medio camino entre la distopía política y la sátira clásica del irreverente clérigo irlandés.

La elección de un autor marginal, propiamente antisistema, aunque sea de la órbita católica, como Joris-Karl Huysmans, sobre quien el protagonista ha elaborado una exitosa tesis doctoral, marca la creación de la personalidad del mismo, un estudioso universitario enfrentado a la banalidad y la mediocridad del mundo actual que ha de enfrentarse, a su vez, en la Francia del inmediato futuro, año 2022, a la toma del poder por parte de un partido islamista moderado, respaldado por el Partido Socialista para evitar el acceso del Frente Nacional de Marie Le Pen a la más alta magistratura del Estado.  Las opiniones que va desgranando el protagonista para trazar su autorretrato enseguida nos sitúan ante un evidente trasunto del autor, con quien comparte la aversión casi visceral a lo políticamente correcto: Nunca tuve la menor vocación docente. (…) Las pocas clases particulares que di con la esperanza de mejorar i nivel de vida me convencieron enseguida de que en la mayoría de las ocasiones la transmisión del saber es imposible, la diversidad de las inteligencias es extrema y que nada puede suprimir ni siquiera atenuar esa desigualdad fundamental. Es tal su extrema soledad, su insociabilidad, que incluso algunas de sus opiniones carecen del aval que proporciona un auténtico conocimiento de la realidad, como cuando opone los hombres a las mujeres al decir que las conversaciones sobre la vida íntima no forman parte de sus temas recurrentes: “guardan silencio sobre su vida amorosa, hasta su último aliento”. Bien puede decirse lo contrario, por más que la exageración o la ficción lleve las de ganar en dichas conversaciones. En el personaje conviven una preocupación gastronómica exquisita, una afición desmesurada a la ingesta de alcohol y una necesidad de contacto erótico avasalladora. Tan es así, que, como él confiesa: Es muy difícil comprender a los demás, saber qué se oculta en el fondo de sus corazones, y sin la ayuda del alcohol quizás no podría lograrse nunca. A través de esa senda alcoholizada iremos abriéndonos paso en el conocimiento de un ser vulnerable a la soledad y al aislamiento profesional, a raíz de su expulsión de la universidad con la llegada al poder del partido de los Hermanos musulmanes.
La novela adopta el tono de la sátira de costumbres y, concretamente, de lo que en la novela inglesa se conoce como “novela de campus”, por más que, como se dice en la nota final, Houellebecq haya tenido que asesorarse para trazar ese retrato, dado que nunca ha trabajado en universidad alguna. Con todo, las miserias, endogamias y ridiculeces propias de esa vida, al alcance de cualquiera que haya pasado por sus aulas, quedan perfectamente reflejadas en las páginas del escritor francés maldito por antonomasia. Diríase que se ha despachado a gusto buscando la complicidad de lectores que no ignoran la miserable “feria de vanidades” que sigue siendo la “alma madráster”, que dijo quien yo me sé. La construcción de la investigación sobre Huysman, incluido el magnífico volumen lexicográfico Vértigos de los neologismos, la única obra publicada por el protagonista, implica una labor previa de lectura del clásico más exigente, sin duda, que muchos acreditados trabajos universitarios. La interpretación que del autor hace el protagonista se consolida, a lo largo del libro como una guía de lectura imprescindible para visitar al desconocido, al menos en mi caso, autor de adscripción naturalista en sus inicios y mística en su final. De hecho, la evolución del protagonista a lo largo de la novela calcará la de su autor estudiado. Desde un rechazo frontal a la cultura islámica -el título de la novela, Sumisión, es la traducción de Corán- hasta la futura aceptación de una realidad que se ha ido imponiendo con la sutileza de la alienación pseudolaica de una religión que significa una cultura y hasta una ideología ejemplarmente simple, la novela pasa revista a la vida del protagonista y su inevitable marginación cuando, por no abrazar la religión islámica, es expulsado de la universidad, con una generosa jubilación anticipada.
Siguiendo el modelo de las invasiones extraterrestres, como  La invasión de los ultracuerpos y otras ficciones, entre las cuales la de Pere Calders, La invasio subtil, se lleva para mí la palma de la invención bienhumorada, Houellebecq plantea la naturalización política del partido islamista en Francia como algo inevitable e incluso reconocido, por sus antagonistas, como políticamente avanzado, dada la visión política heredera del Imperio Romano que tiene su líder, el nuevo presidente de la república, Mohammed  ben Abbes, para Europa, un espacio político al que negocian su incorporación países ribereños del Mediterráneo, desde Marruecos hasta Egipto, y, por supuesto, Turquía. Poco a poco, sin ningún tratamiento apocalíptico y solo con escuetas referencias a casos aislados de brotes de violencia, el protagonista, a través de las propuestas electorales para la segunda vuelta, algunas referencias televisivas y conversaciones con conocidos, va dejando caer los progresos que la ideología islámica va haciendo para devenir ideología dominante a la que no se oponen, activamente, sino los miembros de un grupo denominado “Indígenas Europeos”, cuya ideología frontalmente antimusulmana acaba limitando con la ultraderecha, por más que algunos de sus representantes acabarán sucumbiendo a los cantos de sirena de las ofertas tentadoras del nuevo orden social; un movimiento resistente inspirado en el Pegida alemán, diríase.
El retrato del personaje nos viene dado, también, por las personas a quienes frecuenta, y para hacerlo, como para el análisis de la situación política, Houellebecq utiliza unas referencias que acentúan la visión satírica con que el autor ha planteado la creación de Sumisión. Tal es el caso de la visión que de él nos da Myriam, su amante favorita y alumna suya, con quien incluso estaría dispuesto a cometer el nefando pecado de casarse y perder su soledad, algo que solo llega a pensar cuando la pierde porque, como otras familias judías, la suya decide exiliarse a Israel, ante la perspectiva de la hegemonía islámica en la Francia librepensadora y tolerante: -Sí, en teoría eres un machista, no cabe duda. Pero tienes gustos literarios refinados: Mallarmé, Huysmans, y eso te aleja del machista de base. Añado a eso una sensibilidad femenina, anormal, para los tejidos para la decoración del hogar. (…) En resumidas cuentas, eres una personalidad paradójica. (…) Me serví más bourbon antes de responderle. La agresión a menudo disimula un deseo de seducción, lo leí en Boris Cyrulnik, y Boris Cyrulnik es un peso pesado, un tipo listo, un tío que sabe mucho de psicología, un Konrad Lorenz de los humanos en cierta forma. -No hay ninguna paradoja, el problema es que utiliad la psicología der las revistas femeninas, que no es más que una tipología de consumidores: el burgués bohemio eco-responsable, la burguesa show off, la discotequerta gay friendly, el satanic gek, el tecno zen, cada semana se inventan alguna. Yo no correspondo exactamente a ningún perfil de consuidor inventariado, eso es todo. [Recuérdese que Cyrulnik es el creador de uno de los tótems de la ultimísima hora psicológica: el concepto de resiliencia…]
En la novela se dan cita usos y costumbres propios de la modernidad, como el interés mediático por la política, manifestado en la afición del protagonista a las televisivas noches electorales, sobre todo en las presidenciales. A lo largo del libro hay constantes referencias a actores políticos a quienes se ve en sus nuevas funciones, como la de Primer Ministro, tras haber tenido una vida política nada gloriosa, como el caso de Bayrou, a quien escoge Ben Abbes como Primer Ministro de su nuevo gobierno musulmán. Sin embargo, y a pesar del tono paródico que nos guía a través de la lectura, Houellebecq no cae en el “tono menor” del relato, sino que, con su inteligencia habitual, nos plantea debates “de altura” que afectan al desarrollo inminente de nuestras sociedades democráticas y a las magras perspectivas con que podemos contemplar su evolución. La natalidad, por ejemplo, que lleva irremisiblemente a considerar quienes serán las mayorías del futuro si, como dice el protagonista, de un condiscípulo suyo, él era el único que había optado por una vida familiar normal, los demás bregaban vagamente entre un poco de Meetic, un poco de speed dating y mucha soledad. La disección que hace el protagonista de la vida cotidiana familiar de su condiscípulo, con la devastación física y emocional de la vida profesional y familiar se acerca poco menos que a la desolación propia del protagonista. A medida que en la narración va emergiendo su autorretrato, vemos enseguida la escuela nihilista en la que se ha formado, sobre todo en Nietzsche (el “viejo cabron”) y en Cioran, como cuando nos habla de su rechazo hacia la Historia: en el fondo no sabía mucho de historia, en el instituto fui un alumno poco atento y desde entonces nunca he logrado leer un libro de historia, nunca lo he acabado.
Poco a poco, a partir de la victoria del candidato musulmán, el protagonista se acabará formulando preguntas que le llevarán a relativizar el alcance de las reformas que pretenden implantar los islamistas. De hecho, desliza la maldad de que los discursos del nuevo presidente estén escritos por Renaud Camus, presidente del Partido de la Inocencia y reconocido escritor de Dietarios. Ante la evidencia de lo que el protagonista intuye como un inminente caos, toma la decisión de “pasar” a España, para huir del mismo. De camino, pasa por Martel, la patria chica de Carlos, quien, en Poitiers, detuvo en seco el avance islámico hacia Europa. El asalto a colegios electorales y el robo de urnas detiene el proceso electoral y siembra el caos, de ahí que el protagonista se lamente de no haber prestado hasta el momento más que una atención anecdótica, superficial, a la vida política. Con todo, la normalidad “republicana” se acaba imponiendo, como asegura Manuel Valls que sucederá, y Mohammed Ben Abbes acaba siendo elegido nuevo Presidente de la República. Poco a poco, a través de medidas que en modo alguno levantan ampollas, sino, como mucho, leves reticencias, los Hermanos musulmanes van transformando el sistema educativo, las costumbres, la economía y la sociedad en general.
Cuando al protagonista se le ofrece la oportunidad de hacer una edición total de Huysmans para que ocupe el lugar que le corresponde en la famosa colección de La Pléiade, el rector de la universidad de donde había sido expulsado por no aceptar abrazar la fe islámica, comienza a cortejarlo para engrosar el escuálido claustro de profesores notables. En esa última fase asistiremos, como era de esperar, a la claudicación del personaje, a la que se llega, con todo, del modo más natural del mundo, por sus pasos contados, sin estridencias ni dramas íntimos, sino porque así lo requiere “el signo de los tiempos”, que no es otro que el de la lenta conquista de una civilización por otra, la islámica que ha asimilado de la conquistada cristiana buena parte de sus señas de identidad. Al fin y al cabo, como se dice en la novela, no son las religiones del libro las granes enemigas unas de otras, sino el pensamiento laicista de todas ellas. Es harto paradójico, y ello nos da una idea de la gran capacidad satírica de Houellebecq la pirueta final acerca de la relación entre el Corán y Historia de O, el paradigma de la sumisión absoluta al hombre por parte de la mujer, escrita por Dominique Aubry en la misma casa donde ahora habita con sus dos esposas islámicas, una madura, cocinera, y otra de quince años, amante, el rector que pretende repescarlo para volver a ocupar su puesto.
Me he sumergido en la lectura del libro tras haber dedicado un tiempo precioso a la lectura del Corán, y he de reconocer que Houellebecq, más allá de su reconocida calificación del Islam como una religión para pobres de espíritu, algo en lo que no es difícil coincidir con él, ha sabido plantear su novela como un ejercicio de política ficción que peca, en todo caso, de la improbabilidad cierta de que los próximos años acaben dándole la razón, aunque la situación descrita por él no peca de inverosímil. Los acontecimientos, de momento, parecen darles la razón a los movimientos de oposición a la consolidación del islam como una religión “propia” de la comunidad europea con “derechos” y “costumbres” no sujetos al derecho constitucional de cada uno de los países de la comunidad europea, que es lo que algunos imanes pretenden. En cualquier caso, se trata de un libro inteligente y que, como dije al principio, se convierte en una guía imprescindible para acercarse a un autor como Huysmans, no tan radical como Léon Bloy y su inolvidable Marchenoir de El desesperado, pero, a decir de Houellebeq, perfectamente visitable. Eso haré.


sábado, 9 de enero de 2016

Abraham Maslow: “El hombre autorrealizado”, un clásico de la tercera vía psicológica de los años 50.


                          

La psicología existencialista de Maslow o la autorrealización individual como un imperativo ético: El hombre autorrealizado.

Famoso por su pirámide de las necesidades humanas, popularizada por esa depredadora cultural que es la publicidad, Abraham Maslow es un genuino representante de lo que se ha dado en llamar la psicología humanista, una alternativa a los dos corrientes principales de la psicología en el siglo XX: la conductista o behaviorista de Skinner (su representante más destacado, aunque no el creador de ella) y la psicoanalítica de Freud. Acabo de ver el final de Mad Men, cumpliendo el ritual anual de ver toda la temporada en pocos días gracias a su edición en vídeo, y me ha sorprendido que el protagonista acabe encontrándose a sí mismo en un centro de desarrollo de la personalidad que reproduce el de Esalen, en Big Sur, California, donde, con impecable coherencia, no se les dejó grabar a los productores de la serie. Esalen fue el centro pionero de la psicología humanista y un espacio de recogimiento y apertura a las nuevas terapias alternativas a los modelos dominantes. La psicología humanista, así pues, halló en Esalen un espacio donde acreditarse y desde el que expandirse, porque buena parte de sus principales representantes pasaron por allí, como el propio Maslow o como Fritz Perls, creador de la terapia Gestalt, como Carl Rogers, Virginia Satir, Alexander Lowen, Rollo May o Will Schutz.
El acercamiento de la psicología humanista a la condición humana tiene mucho que ver con la filosofía existencialista, como veremos inmediatamente en las teorías de la autorrealización de Maslow, porque, frente a la insistencia en el aquí y ahora propia de teorías como la de la terapia Gestalt, Maslow introduce la presencia dominante del futuro como condicionante del presente del sujeto: Creo justo afirmar que ninguna teoría de la psicología estará jamás completa, si no incorpora en su centro la idea de que el hombre tiene su futuro en su propio interior, dinámicamente activo en el momento actual. Partiendo del concepto de autorrealización en Goldstein, el psicólogo de la psicología de la Gestalt (o de la Forma) –que no ha de ser confundida con la “terapia Gestalt”, creada por Fritz Perls y que tomó ese nombre en homenaje a ciertos descubrimientos de la psicología Gestalt como el juego entre figura y fondo, la noción de campo psicofísico o la visión holística, entre otros– también conocido como "autoregulación organísmica", un viaje desde el caos hasta el orden, Maslow nos ofrece en su libro una novedad auténtica, porque lo dirige propiamente hacia las personas sanas, no a las personas enfermas, objeto habitual de la teoría y la práctica psicológica, una terapia para la que incluso se ha buscado un marbete que la identifique:  al perfeccionamiento de una persona ya sana, Oswald Schwarz  [The psychology of sex, 1951]lo ha llamado psicogogía. Según sus teorías, satisfechas todas las necesidades, a la persona le cabe aún completar esa autorrealización que la lleve al cenit del desarrollo de sus motivaciones, aspiraciones o características idiosincráticas, básicamente por un sencillo motivo: La gente que se autorrealiza disfruta de la vida en general y en casi todos sus aspectos, mientras que la mayoría de las demás personas tan solo disfrutan momentos dispersos de triunfo, de acierto, de clímax o de experiencias superiores. Huimos, pues, de la visión negativa que estableció Freud de los impulsos como una amenaza para la salud psíquica y nos centramos en las aspiraciones legítimas hacia la total autorrealización de las personas que, satisfechos los niveles básicos de sus necesidades, necesitan seguir “creciendo” individualmente hacia el núcleo de ellas mismas, hacia su mismidad, en la medida en que el desarrollo consiste en rechazar las inhibiciones y coerciones y en permitir a la persona “ser ella misma”, producir comportamiento –“irradiarlo”, por decirlo así- en vez de repetirlo, en dejar que su naturaleza interior salga a la luz, en esta misma medida el comportamiento de quienes se auto-realizan es no-aprendido, creado, liberado más bien que adquirido, expresivo más bien que combativo. Este viaje hacia el más allá esencial de uno mismo linda, como puede observarse, con una trascendencia que adquiere a menudo una naturaleza religiosa, pero que arranca de una aceptación de los propios impulsos, de las motivaciones que a cada cual lo conduce hacia una plenitud en la que experimentar el goce de vivir de forma absoluta. Así pues, frente a la posición “represora” de Freud, la autorrealización aboga por la aceptación de esos impulsos que nos conducen a una superación de nosotros mismos, a un estado de felicidad que le dé sentido pleno a nuestra vida a través de la afirmación vital de nosotros mismos, no de nuestra propia negación: Es comprensible que la psicología freudiana esté construida sobre esta misma actitud respecto a la motivación, es decir, que los impulsos son algo peligroso que hay que atacar. Al fin y al cabo, toda esta psicología se basa sobre la experimentación en personas enfermas, personas que sufren realmente experiencias dolorosas respecto a sus necesidades, su satisfacción y frustraciones. No es de extrañar que tales personas teman o incluso aborrezcan sus propios impulsos, que tanta perturbación les reportan y cuyo control tan difícil les resulta, de nodo que el camino más corriente resulta ser el de la represión. (…) Esta anulación del deseo y la necesidad ha sido, naturalmente, un leit-motiv a lo largo de toda la historia de la filosofía, teología y psicología.
Maslow parte de una clara escisión en la conducta del ser humano, una polarización que nos dirige en uno u otro sentido de la misma, entre la seguridad del origen y la necesidad de la plenitud futura: Cada ser humano tiene dos sistemas de fuerzas en su interior. Uno de ellos se aferra a la seguridad y a las posiciones defensivas por miedo, y se inclina por el retroceso, por la fijación en el pasado, asustado del desarrollo que le aleja de la primitiva comunicación con el útero y el pecho de la madre, asustado de correr riesgos, temeroso de arriesgar lo que ya posee, asustado de la independencia, la libertad y la separación. El otro sistema de fuerzas le empuja hacia delante, hacia la totalidad y unicidad del Yo, hacia el funcionamiento pleno de todas sus capacidades, hacia la confianza frente al mundo exterior al mismo tiempo que consigue aceptar su yo inconsciente, real y más profundo. Entre esos dos polos, la persona ha de convertir el proceso de elección en el fundamento de su vida plena, en la medida en que ello es esencialmente “lo” propio del hombre, de su individualidad y de su libertad: elegir. Somos porque elegimos, y el impulso de decidir está en relación directa con las motivaciones que surgen al ir satisfaciendo las necesidades de la persona, porque cada satisfacción es, a su vez, el impulso para crecer hacia la autorrealización plena: La persona –incluso el niño- deberá hacer su elección por sí misma. Nadie puede escoger en su lugar con excesiva frecuencia, porque esto la debilita, reduce su autoconfianza y confunde su capacidad de percibir su propio ego interno en la experiencia, sus propios impulsos, juicios, sentimientos, y de diferenciarlos de las normas interiorizadas provenientes de los demás. Maslow nos dice que la lucha por el reconocimiento de nuestras propias motivaciones y la asunción de las mismas tiene un poderoso obstáculo en nosotros mismos, y que esa oposición  a la aceptación propia constituye un mecanismo de defensa, la resistencia, que, cuando se esgrime como tal para impedirnos nosotros a nosotros mismos el acceso a nuestra intimidad definitoria, deteriora decididamente nuestra salud psíquica: El mayor descubrimiento de Freud es que la causa más importante de muchas enfermedades psíquica consiste en el temor al propio conocimiento. (…) En general, esta clase de temor es defensiva, en el sentido de que constituye una protección de nuestra propia estimación, de nuestro amor y respeto por nosotros mismos. En psicoterapia, a las maniobras mediante las que seguimos evitando esta conciencia de la verdad penosa, a los modos con que nos oponemos a los esfuerzos del terapeuta por ayudarnos a conocer la verdad, los denominamos “resistencia”. Esa identidad hacia la que nos dirigimos, siguiendo un impulso de autoconocimiento, no es tanto una realidad dada cuanto una realidad creada en el acto mismo de la experiencia de la búsqueda y del encuentro; en cualquier caso, los que está claro es que el camino hacia la autorrealización nos lleva a una dimensión del ser que trasciende el yo concreto de nuestra identidad. Maslow se refiere, para calificarla, a una perspectiva “deiforme”, como si esa experiencia cumbre de la autorrealización consistiera en la adopción del punto de vista de la omnisciencia y la omnipotencia divinas y, por ello mismo, nos volviera capaces del mayor de los altruismos, una vez superado el egoísmo de la identidad individual: Al buscar las posibles definiciones de identidad, debemos recordar que estas definiciones y conceptos no están ya existiendo en algún lugar oculto, esperando pacientemente que las descubramos.  Solo en parte las descubrimos; también las creamos en parte. En parte, identidad es lo que digamos que es.  (…) La mayor consecución de la identidad, autonomía y conciencia de la propia personalidad es a la vez una trascendencia del yo, un ir más allá y una superación de la propia personalidad. El hombre puede hacerse relativamente altruista. En las experiencias-cumbre más que en otras ocasiones la persona se siente responsable, activa, centro creador de sus actividades y de sus percepciones (…) Se siente dueña de sí misma, más responsable, plenamente volitiva, con mayor “libre albedrío” que otras veces, amo de su destino, eficaz. No es de extrañar, después de esta descripción, que Maslow reduzca a un mínimo tanto por ciento, exiguo, el de las personas capaces de llegar a la autorrealización y de instalarse en ella. Su descripción tiene algo de ascenso místico que nos aleja de la realidad, aunque continuamente haga esfuerzos por convencernos de que se llega a él a través de la aceptación de la realidad y de las limitaciones que esta nos impone. En realidad, en el origen de ese camino hacia la autorrealización se hallan pasos previos ineludibles: La seguridad es la necesidad vital dominante, más fuerte, más apremiante que el amor, por ejemplo; y la necesidad de alimentación es generalmente más fuerte que ambas. Solo satisfechas esas necesidades se puede iniciar esa ascesis hacia la autorrealización. De hecho, en ese proceso de abstracción que supone la autorrealización, corremos el peligro de que el exceso de conocimiento contemplativo de las “esencias”, por así decirlo, nos aparte de la vida común. Según Maslow, los budistas distinguen entre el Pratyekabuddha, que consigue la iluminación únicamente para sí mismo, independientemente de los otros, y el Bodhisattva que, habiendo obtenido la iluminación, siente, sin embargo, que su propia salvación es imperfecta mientras los demás permanezcan no iluminados. Así pues, la pura contemplación supone, como aplicación práctica especial de lo precedente, el no escribir, no ayudar, no enseñar. Tan pronto como hablas acerca de ella [la felicidad], ya no existe no es ya verdad. Goldstein, como recoge Maslow, enseña, sin embargo, que uno debe ser fiel a los otros para poder ser fiel a sí mismo. Y Adler afirma que el interés social es un aspecto intrínseco y definitorio de la salud mental. Eso es algo que Maslow enfatiza cuando defiende que esa suerte de autorrealización perfecta de nuestras capacidades nos libera de la presión de la satisfacción del yo y nos convierte en seres altruistas. No se olvide, con todo, que un paso previo en ese camino hacia la consecución de la autorrealización es la afirmación del propio yo y de la propia identidad de manera nítida, porque, como afirma Maslow, el sentimiento de culpa real surge de la falta de fidelidad a uno mismo, al propio destino en la vida, a la propia naturaleza intrínseca. Un movimiento, pues, de reafirmación de la singularidad que no acepta la clasificación diagnóstica ni, mucho menos, el ninguneo respecto de los procesos vitales que se experimentan, de ahí que perciba como un disgusto el ser clasificado o catalogado, es decir, ser privado de su individualidad, su unidad, las diferencias que lo separan de los otros, su identidad específica. Algo que se ejemplifica perfectamente con el rechazo del adolescente a la condescendencia de quienes le quitan hierro a sus crisis existenciales con el socorrido diagnóstico: –Oh, esto no es más que una etapa por la que estás pasando. Ya la superarás. En el fondo, todo el andamiaje de las etiquetas con que las diferentes terapias catalogan a los pacientes, como bien reconoce Maslow, nos lleva a concluir que colocar a una persona dentro de un sistema previo exige menos energía que conocerla por sí misma.
La persona lanzada a la búsqueda de su identidad y al desarrollo de cuanta potencialidad descubre en ella para lograr la perfección que la llene de satisfacción, de esa alegría íntima que procede del núcleo íntimo de su ser, sin que el medio o las circunstancias hayan sido determinantes para lograr ese objetivo, sufre, en el proceso, una división capaz de convertirse en el principal impedimento para lograrlo, porque, llegado el caso, la persona vuelve la espalda a muchas cosas de su interior, porque son peligrosas. Pero sabemos en la actualidad que, al hacerlo así, pierde también muchas cosas, porque estas interioridades son también la fuente de todas sus alegrías, su capacidad de amar, de jugar, de reír y, lo que para nosotros es más importante, de crear. Al protegerse a sí mismo del infierno de su interior, se separa también del cielo que hay allí. En los casos extremos nos encontramos con la persona obsesionada, monótona, tensa, rígida, helada, controlada, cauta, incapaz de reír, jugar o amar, de comportarse con ingenuidad, confianza o infantilidad. Su imaginación, sus intuiciones, su delicadeza y su emotividad tienden a ser reprimidas o falseadas. Huimos de lo tenebroso y desconocido en nosotros mismos, ignorando que “eso” es también, o “sobre todo”, nosotros mismos, y que en el encauzamiento y superación de esas tendencias se cifra la consecución de nuestro objetivo de autorrealización.
Me ha interesado mucho del libro de Maslow su convicción de que la autorrealización, que en el fondo podríamos considerar como una regulación de nuestro organismo, como una identificación con nuestro yo saludable, depende de nuestra capacidad individual para crear valores que le den sentido en función de las necesidades satisfechas, o, como él dice: Las necesidades idiosincráticas engendran valores idiosincráticos. En la medida en que los humanos ya no poseen instintos a la manera de los animales, es decir, voces interiores fuertes, imposibles de confundir, que señalan en cada momento la conducta a seguir, cuánto, cómo, dónde y con quién. Lo único que nos queda son los restos de los instintos. Y, por añadidura, son débiles, sutiles y delicados, fácilmente ahogables (sic) por la educación, con las exigencias culturales, por el miedo, la desaprobación, etc. Resultan más bien difíciles de conocer. La individualidad auténtica puede definirse en parte por la capacidad de oír estas voces impulso dentro de uno mismo, es decir, saber lo que uno realmente quiero o no quiere, aquello para lo que se es apto y aquello para lo que no se es apto, etc. Ante esa carencia de valores, dada nuestra deficiente condición biológica, tan mermada respecto de otras especies, Maslow defiende el sentido de la terapia como el instrumento idóneo para acercar a los pacientes a la conquista de los valores que les den sentido a sus vidas: Sostengo que la terapia adecuada es relevante para la búsqueda de los valores (…) Es más, considero incluso posible que podamos muy pronto definir la terapéutica como una búsqueda de valores, porque, en definitiva, la búsqueda de la identidad es en esencia la búsqueda de los propios valores intrínsecos y auténticos. De acuerdo con Feuer (1943. Psicoanálisis y ética), Maslow defiende que la distinción entre valores auténticos y valores no-auténticos, estriba en la distinción entre valores expresivos de los impulsos primarios del organismo y aquellos que son inducidos por la ansiedad; y ello porque estamos aprendiendo que el estado de existir sin un sistema de valores es patogénico. El ser humano necesita una trama de valores, una filosofía de la vida, una religión o un sustitutivo de la religión de acuerdo con la cual vivir y pensar, de la misma manera que necesita la luz solar, el calcio o el amor. Esta visión biologicista de la autorrealizacion, que guarda estrecha relación con el concepto gestáltico de la autoregulación organísmica, lo que se ha dado en llamar homeostasis, le sirve a Maslow para reivindicar la necesidad de esos valores, e incluso de una metafísica, que garanticen el estado de equilibrio vital entre los impulsos biológicos y las aspiraciones superiores, aquellas a las que se llega, como defiende Maslow, a través de una suerte de éxtasis en el que desaparecemos incluso para nosotros mismos, superando el egoísmo individual y accediendo a un altruismo por generación espontánea, a partir, eso sí, del cumplimiento de nuestros objetivos, en función de nuestras capacidades: Necesitamos un sistema de valores humanos comprobado, utilizable, en el que podamos creer y al que podamos consagrarnos (por el que estemos dispuestos a morir) por el hecho de que son verdaderos y no porque nos han exhortado a “creer y tener fe”. Una Weltanschauung de este tipo, basada empíricamente, parece en la actualidad una posibilidad real.
Finalmente, porque esa es la perspectiva existencialista de la psicología humanista, quiero insistir brevemente en la visión holística que Maslow nos propone asumir, una visión que ha de superar, según él, la vieja lógica aristotélica dicotomizadora para acceder a la integración de los opuestos en lo que él llama la visión holística, lo que sintetiza en una afortunada fórmula: en el fondo, dicotomizar patologiza y la patología dicotomiza. Esa integración de los opuestos, ese acceso a la unidad total de lo real tiene que ver, en el individuo, con la asunción del presente y de las expectativas que, por serlo, forman parte inextricable del propio presente: Lo que la persona es y lo que podría ser. Existen simultáneamente para el psicólogo, resolviendo con ello dicotomía entre Ser y Llegar a Ser.. Las potencialidades no solo serán o podrían ser; también son. Los valores de la autorrealización existen como objetivos y son reales, aun cuando no estén todavía actualizados. El ser humano es simultáneamente aquello que es y lo que anhela ser.

La aspiración autorrealizadora de Maslow, su esfuerzo integrador, se enmarca en una tradición del pensamiento americano muy concreta: necesitamos algo “superior a nosotros mismos” a lo que respetar y en que confiar en un sentido nuevo, naturalista, empírico, no-eclesial; quizás al modo de Thoreau, Whitman, William James y John Dewey, a quien, por experiencia lectora propia, podría añadirse, me imagino, la poderosa voz de mi muy admirado Ralph Waldo Emerson.

viernes, 1 de enero de 2016

Los frutos bordes, y 5 (II). El diario restituido.

                                                   




  Los universales de la intimidad creadora: 
Katherine Mansfield: The problematic and dubious self. 

             A nadie engañé cuando presenté el diario como un robo que ahora restituyo a su legítima propietaria, Katherine Mansfield. Bien claro lo dejé dicho en el título y en el subtítulo de la entrega. Pido disculpas a quienes puedan haberse sentido burlados por el hecho de que mis confesiones íntimas lo sean pero de forma mediata a través de la voz de la autora neozelandesa. He querido reflexionar, mediante esta pseudoimpostura, sobre algo tan llamativo como que un diario íntimo pueda llegar a ser plagiado o que alguien se apodere de él  mediante el subterfugio eufemístico del plagio que es la famosa intertextualidad, la cual consiste en construir un diario propio mediante una sucesión inacabable de citas directas, paráfrasis y homenajes al autor o a la autora intertextualizado… Yo he optado directamente por la usurpación para que quedara claro mi objetivo, y porque ha sido tan grande la identificación que he experimentado con la autora que, sin ninguna propiedad,  hago mías todas y cada una de las palabras suyas transcritas por mí y traducidas por Ester de Andreis.
Mi reflexión ha tenido como objetivo poner en tela de juicio la intransferibilidad , y perdón por el voquible, que pueda haber en la expresión de la intimidad que singulariza a un autor o autora. Si supuestamente el Diario de Mansfield es una obra estrictamente personal, que solo la retrata y singulariza a ella, una de dos, o ella y yo somo uñas y carne, siendo tan distintos: ella bisexual, de preferencia lesbiana; yo, heterosexual;  ella neozelandesa, yo, africano; ella de habla inglesa, yo, española...; o el “mí mismo” del que tan pagados solemos ser no es más que humo, en algunos espeso, pero humo al cabo.
El culto a la personalidad nace ya en la tribu primordial, porque el chamán, intermediario entre el resto de la tribu y las fuerzas naturales, digamos que se contagia de aquel poder terrorífico y absoluto. El artista, que es  depositario y decantador, según famosa descripción Heideggeriana de las palabras de la tribu, e intermediario de los dioses, como el chamán, siempre se ha revestido de un halo de excepcionalidad sobre el que he querido reflexionar para llegar a la conclusión de que, en realidad, esa excepcionalidad es comunalidad;  que los creadores lo son, singulares,  porque son capaces de expresar al común de los mortales, siempre que estos sean capaces de acceder a la decodificación adecuada del  mensaje.  No hay entrada del Diario de Mansfield que no pueda hacer íntimamente mía. Y no solo eso, sino que se da el caso de que incluso en lo epifenoménico observo una coincidencia con ella que no quiero tildar de asombrosa, sino de meramente natural, porque la otra conclusión a la que llego es que hay lo que indico en el subtítulo: universales de la intimidad creadora que todos compartimos, independientemente de que nuestra capacidad creativa sea nula o de escaso relieve.
Que los escritores coincidamos unos con otros en nuestras preocupaciones sobre el métier –que tan fino queda, así dicho-, sobre el oficio, no puede sorprender a nadie, y menos aún el hecho de que expresemos abiertamente la inseguridad, las dudas, el descontento y aun el horror que nos producen ciertas flaquezas temáticas o estilísticas;  tampoco puede sorprender que sintamos esa insociable necesidad de soledad, de retiro, de ocultamiento, de estar a solas con nosotros mismos; tampoco, así mismo, que compensemos nuestra sciomaquia permanente con una cierta incomprensión –que a veces llega incluso a la crueldad- hacia quienes nos rodean (¡qué terrible he vivido siempre el verso/confesión de JRJ! –precisamente en Diario de poeta y mar/Diario de un poeta recién casado –: ¡Cuánto me cuesta llegar contigo a mí! ). Ahora bien, que el grado de coincidencia se extienda, por ejemplo a lo plenamente circunstancial, como la tristeza que siente Mansfield ante un té flojo, la misma, y aun multiplicada, que yo sentí, hasta el dolor y casi las lágrimas, en una escena de Un hombre sin pasado, de Aki Kaurismäki, en la que el protagonista que por amnesia ha caído en la marginación comparte un vaso de agua caliente con sus colegas de infortunio y saca de un pastillero una bolsita de té que sumerge en el agua y que, después de usada, prensa bien entre los dedos para secarla y volverla a guardar en la cajita metálica para una sucesiva inmersión…, eso ya prueba que incluso los pormenores de una vida pierden capacidad singularizadora. Desde esta perspectiva se comprueba, entonces, que un título como Diario íntimo, de Unamuno, quizás debería titularse con mayor propiedad “Diario éxtimo”, siguiendo su propio neologismo, o “Diario intraíntimo”, por extrapolar su famoso concepto de la intrahistoria.
Lo que notaba era que no ocupaba toda la extensión de mi yo, escribe Mansfield, y ahí sí que mi estupefacción fue total.  Saber que hay territorios de ti mismo que no llegas a ocupar, que están vacíos, acaso esperando que los ocupes para ser por completo, para cumplir el precepto pindárico: llega a ser quien eres, me pareció una coincidencia que se apartaba demasiado de lo habitual como para pensar que detrás de ella no había algo diferente del azar, y de ahí la reflexión que ofrezco. Ese territorio desierto del propio yo no es, en modo alguno, un espacio ignoto, sino todo lo contrario, la realidad de tomo y lomo –esa bella expresión coloquial para empírica– que te recuerda tus propias limitaciones, acaso impuestas por las circunstancias, acaso autoimpuestas por una pluralidad de razones que se ciñen al día a día de la vida de cada cual. Alguien puede pensar que acaso Mansfield estaba aquejada de megalomanía, pero quien haya leído las entradas de su Diario que adopté como mías, se percatará de que tal apreciación está fuera de lugar. La mezcla de humildad y soberbia es una curiosa y, a veces, trágica combinación que se da en todos los autores que tienen conciencia de serlo, esto es, que quieren tener una voz propia, lo cual no implica un mundo propio, pero sí un modo, un estilo, una manera, una mirada que no puedan ser metidos dentro del canasto de los imitadores o del de los epígonos.

Una cala en su obra: En una pensión alemana.
Impresionado por el Diario, no he podido resistirme a la tentación de leer una de sus obras. Por motivos que no vienen al caso, he escogido En una pensión alemana, su primer libro, que publicó a la temprana, pero madura en ella, edad de 23 años. Más adelante leeré el último Algo pueril y otros cuentos , y así cerraré el arco creador de una escritora a la que me cabe aplicarle el excelente título de Michel del Castillo en su indispensable volumen autobiográfico: Mon frère, l’idiot –según la célebre expresión de Baudelaire–, construido en torno a su identificación con el gran maestro ruso…, y cuya lectura me emocionó.
En una pensión alemana ofrece, desde el comienzo de su carrera, una muestra excelente del mundo que quiso llevar a sus cuentos la Mansfield: la ordinary life, la ordinary people, como si desconfiase del calado de su propia capacidad y quisiese ceñirse a lo que en apariencia puede parecer sencillo para quien considera la elección desde lejos, sin tener ninguna implicación temática o estética en ella. Escogió, todos los lectores lo saben, el mundo más difícil de llevar a las letras de molde: el más cercano. Lo hizo, sin embargo, con un talento para el análisis psicológico, para la “puesta en escena” y para el desvelamiento de las pulsiones ocultadas por la moral burguesa que el lector no puede por menos que admirar esa sutileza, esa maestría a una edad en que cualquier escritor del ámbito realista está comenzando a dar sus primeros pasos, tanteando el poder de sus recursos y buscando la voz propia de la que hemos hablado.

No quiero extenderme, porque me aparto del Diario y quiero que sea él el objeto de estas dos aportaciones críticas, pero hay un cuento, La muchacha que se sentía cansada, que, si estuviera en mi mano, obligaría a cualquier principiante en el arte de la literatura a leer, y que, siempre a mi modesto parecer, debería figurar en la antología de algo así como los diez mejores cuentos de la historia del género. Con todo, hará bien los discretos lectores de estas líneas en desconfiar de mis entusiasmos, porque estando, como estoy, en forzado contacto con la mediocridad de nuestro yermo literario contemporáneo, cualquier camino hallado en los clásicos me parece que conduzca al éxtasis. Y acto seguido, léanlo. Me lo agradecerán. De nada.
      

Los frutos bordes, y 5 (I): El diario robado.

                        


Extractos de mi diario intertextual.

13 de…
No hay que darle vueltas, la vida es una cosa detestable.
      
  ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ                       

25 de…
Detesto la sociedad, y la idea de la comedia, hoy, me parece una perfecta tontería.

        ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ

11 de…
Mi inquietud me destroza el cuerpo, los nervios y el cerebro. Siento que este veneno poco a poco se infiltra en mis venas contaminando todo mi ser… No estoy nunca tranquilo, nunca, ni siquiera un momento. Hace años deseaba ser una de aquellas personas felices que pueden sufrir hasta cierto punto y luego desfallecen o se agotan. Pero yo soy absolutamente lo contrario. Cuanto más sufro, más energías me quedan para soportar mis sufrimientos.

        ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ

9 de…
Yo también soy chistoso, lo sé, y soy un buen compañero en sociedad, pero siento que mi caso es exactamente como el suyo. La cantidad de placer que me proporciona observar la gente y las cosas cuando estoy solo, es sencillamente enorme. Sólo disfruto de veras en mi propia compañía.

        ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ

12 de…
Vivida con otros, la existencia pierde sus contornos. Es lo que me pasa con J. Cuando estoy solo, el detalle de la vida, la vida de la vida, es algo realmente maravilloso.
       
         ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ
1 de…
Hoy estoy endureciendo mi corazón. Voy dando vueltas a su alrededor y construyendo sus murallas de defensa. Tengo la intención de no dejar ni siquiera una aspillera para que pueda crecer en ella una mata de violetas. ¡Dame un corazón duro, Dios mío! ¡Dios mío, endurece mi corazón!

        ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ

8 de…
Me siento siempre palpitar al borde de la poesía.

        ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ

28 de…
Me gustaría publicar un libro, y tener una reserva de novelitas acabadas. Mientras escribo esto, el humo de mi cigarrillo parece elevarse de un modo meditativo, y tengo la impresión de que estoy más cerca de aquel ser silencioso y cristalizado que yo era en otros tiempos.
        
          ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ

18 de…
Mi espíritu era como una ardilla. Recogía y escondía mis tesoros para el largo “invierno” en el que los volvía a descubrir. Y si alguien se acercaba, me subía de un brinco al árbol más alto, más obscuro y me escondía entre sus ramas.

        ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ
25 de…

Anoche, mientras escogía entre mis libros, los más mediocres, encontré un ejemplar de Howard’s End y lo hojeé… ¡No vale gran cosa! E.M. Forster no hace más que calentar la tetera. Esta es su especialidad. Toque usted esta tetera. Está caliente, ¿verdad? Sí, pero dentro de ella no habrá nunca ni una gota de té.

        ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ

9 de…
Sería intolerable morir…, dejar “fragmentos”, “esbozos”…, nada verdaderamente acabado.

        ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ

23 de…
Tengo que volver a escribir la palabra: Disciplina. Y debajo: ¿Cuál de las dos prefieres? Desde ahora, día por día, tengo que llevar una cuenta exacta de mis fracasos.

        ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ

11 de…
El deleite máximo de no tener que explicar.
      
        ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ

19 de…
Una vez más, me hago la eterna pregunta. ¿Qué es lo que dificulta tanto el momento de la expresión literaria?

        ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ

2 de…
Cada vez que, de una manera más o menos interesante, hablo de arte, anhelo con toda mi alma poder destruir todo lo que he escrito hasta ahora y empezar de nuevo.

        ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ

16 de…
No pido más que tener tiempo para escribir todo esto, tiempo para escribir mis libros. Luego, no me importará morir. No vivo más que para escribir. El mundo hermoso, ¡Dios mío, qué adorable es este mundo exterior!, está ahí, y yo me baño en él y me refresco. Pero me parece como si yo tuviera que cumplir un deber, como si alguien me hubiera impuesto una tarea que yo estuviese obligado a cumplir. ¡Dejadme acabar, acabar sin prisa, poniendo en mi obra toda la belleza que pueda

        ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ

31 de…
¿Conseguiré algún día expresar el amor que siento hacia el trabajo, mi deseo de escribir mejor y mi anhelo ferviente de pulir mis obras? ¿Llegaré a saber expresar esta pasión que siento? Esta pasión ocupa en mí el lugar de la religión, puesto que es mi religión; el lugar de la compañía de los demás, porque yo he creado mis compañeros; el lugar de la vida, porque es la Vida.

        ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ

21 de…
Lo que notaba, era que no ocupaba toda la extensión de mi yo.

        ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ

19 de…
Estoy de muy mal humor. Sé que soy aborrecible y no puedo remediarlo. Es una sensación muy desagradable.

        ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ

28 de…
No me acordaré nunca de lo que ha pasado hoy. Ha sido un día vacío. Quizá al final de mi vida lo desee, quiera volver a tenerlo. Había luna nueva. De esto me acuerdo. Pero quién vino o lo que hice, todo esto se perdió. Solo sé que es un día malgastado, un día echado a perder.

        ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ

1 de…
¡Oh, quién fuera un escritor verdadero, consagrado a su vocación y sólo a su vocación!

        ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ

10 de…
He de vivir solo, y únicamente los artistas tienen que acercarse a mi puerta. Cada artista se corta una oreja y la clava en su puerta para que los demás vayan a chillar en ella.

        ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ

29 de…
Si un hombre quiere considerar la vida en todo su circuito y ver con qué abundancia está provista de hechos extraordinarios, hermosos y grandes, pronto sabrá para qué hemos nacido.

        ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ

30 de…
Mi mayor defecto, mi defecto culminante, estriba en que no escribo enteramente lo que imagino.

        ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ

19 de…
El sufrimiento humano no tiene límites. Cuando uno piensa: “Ahora he tocado el fondo del mar, ahora no puedo hundirme más”, sigue hundiéndose. Y así siempre.

        ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ

6 de…
No quisiera morir sin exponer mi creencia de que el sufrimiento puede ser superado. Acéptalo y déjate anonadar. Acéptalo eternamente. Que el dolor sea parte de tu existencia.

        ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ

31 de…
Acabo de tomar una de las cosas más tristes del mundo: una taza de té flojo.

        ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ

8 de…
La inteligencia que me gusta ha de poseer sitios salvajes. (…) Aún no he encontrado una mente culta que no tenga su glorieta. Aborrezco las glorietas.

        ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ

28 de…
¡Qué fácil es no saberse dominar en las cosas pequeñas! Y en cuanto este dominio os ha fallado una vez, las malas costumbres brotan como la mala hierba y ahogan la voluntad. Esto es lo que he descubierto.

        ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ

14 de…
Es singular esta costumbre mía de ser tan hablador. Y, sin embargo, mi intención es que esto no lo lean otros ojos que los míos. Estos apuntes son realmente privados. Y confieso que nada me proporciona mayor alivio.

        ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ

22 de…
No comprende por qué es tan difícil ser humilde. Sé que no escribo bien y me doy cuenta de mis efectos más de lo que podría darse cualquiera. Sé exactamente en lo que fallo. Sin embargo, cuando he terminado una novela y antes de empezar otra. Me sorprendo a mí mismo haciendo la rueda como el pavo real. Es deprimente. Parece que haya en mi corazón un viejo orgullo, que a la más ligera provocación echa un brote vigoroso…

        ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ

8 de…
Empecé dos novelas, pero las conté a alguien y fue como si las hubiese traicionado. Es fatal dejarse llevar por esta tentación…
escribirla.

        ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ

28 de…
                 LUMBAGO
¡Qué cosa más extraña, tan repentina, tan dolorosa! Tengo que recordar esto cuando describa a un viejo. El impulso para levantarse, la detención inmediata, la mirada furiosa, y por la noche, cuando uno está acostado, la impresión de estar encerrado bajo llave. Moverse es una tortura, hasta que por fin uno descubre que hay un movimiento que puede hacer. Pero aquel titubear como un desvalido cuando uno empieza a adelantar una pierna…

        ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ

7 de…
He ordenado todos mis papeles, he roto y he destruido sin compasión muchas cosas. Esto siempre proporciona una gran satisfacción. Cada vez que me preparo para un viaje, hago los preparativos como si fuera para la muerte. Si no volviera más, todo estaría en orden. Esto es lo que me ha enseñado la vida.

        ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ

22 de…
Día angustioso. Esta noche durante unas horas he pensado en los males que trae consigo el estar desarraigado. Cada vez que uno se marcha de un sitio cualquiera, deja allí algo de gran valor que no tendría que morir y que, sin embargo, muere.

        ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ

30 de…
En cuanto tengo un libro, por malo que sea, lo leo. Quiero leerlo. ¿Siempre he sido así? No me acuerdo. Cuando miro al pasado me figuro que escribía continuamente. Y seguramente debían de ser tonterías. Pero mejor, mucho mejor escribir tonterías, escribir lo que sea, que no escribir.

        ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ

16 de…
Cuando somos capaces de no tomar en serio nuestros fracasos significa que ya no los tememos.

        ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ

9 de…
De todos los años que dos seres han vivido juntos, ¿qué es lo que queda? No es fácil decirlo.

        ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ

28 de…
Vivir la vida cálida, anhelante, viva, tener raíces en la vida, aprender, desear, saber, sentir, pensar, actuar, eso es lo que quiero. A esto es a lo que tengo que tratar de llegar. Estas páginas las he escrito para mí. Ahora voy a correr el riesgo de enviarlas a J… Que haga lo que quiera con ellas. Así verá cuánto la quiero.