sábado, 9 de enero de 2016

Abraham Maslow: “El hombre autorrealizado”, un clásico de la tercera vía psicológica de los años 50.


                          

La psicología existencialista de Maslow o la autorrealización individual como un imperativo ético: El hombre autorrealizado.

Famoso por su pirámide de las necesidades humanas, popularizada por esa depredadora cultural que es la publicidad, Abraham Maslow es un genuino representante de lo que se ha dado en llamar la psicología humanista, una alternativa a los dos corrientes principales de la psicología en el siglo XX: la conductista o behaviorista de Skinner (su representante más destacado, aunque no el creador de ella) y la psicoanalítica de Freud. Acabo de ver el final de Mad Men, cumpliendo el ritual anual de ver toda la temporada en pocos días gracias a su edición en vídeo, y me ha sorprendido que el protagonista acabe encontrándose a sí mismo en un centro de desarrollo de la personalidad que reproduce el de Esalen, en Big Sur, California, donde, con impecable coherencia, no se les dejó grabar a los productores de la serie. Esalen fue el centro pionero de la psicología humanista y un espacio de recogimiento y apertura a las nuevas terapias alternativas a los modelos dominantes. La psicología humanista, así pues, halló en Esalen un espacio donde acreditarse y desde el que expandirse, porque buena parte de sus principales representantes pasaron por allí, como el propio Maslow o como Fritz Perls, creador de la terapia Gestalt, como Carl Rogers, Virginia Satir, Alexander Lowen, Rollo May o Will Schutz.
El acercamiento de la psicología humanista a la condición humana tiene mucho que ver con la filosofía existencialista, como veremos inmediatamente en las teorías de la autorrealización de Maslow, porque, frente a la insistencia en el aquí y ahora propia de teorías como la de la terapia Gestalt, Maslow introduce la presencia dominante del futuro como condicionante del presente del sujeto: Creo justo afirmar que ninguna teoría de la psicología estará jamás completa, si no incorpora en su centro la idea de que el hombre tiene su futuro en su propio interior, dinámicamente activo en el momento actual. Partiendo del concepto de autorrealización en Goldstein, el psicólogo de la psicología de la Gestalt (o de la Forma) –que no ha de ser confundida con la “terapia Gestalt”, creada por Fritz Perls y que tomó ese nombre en homenaje a ciertos descubrimientos de la psicología Gestalt como el juego entre figura y fondo, la noción de campo psicofísico o la visión holística, entre otros– también conocido como "autoregulación organísmica", un viaje desde el caos hasta el orden, Maslow nos ofrece en su libro una novedad auténtica, porque lo dirige propiamente hacia las personas sanas, no a las personas enfermas, objeto habitual de la teoría y la práctica psicológica, una terapia para la que incluso se ha buscado un marbete que la identifique:  al perfeccionamiento de una persona ya sana, Oswald Schwarz  [The psychology of sex, 1951]lo ha llamado psicogogía. Según sus teorías, satisfechas todas las necesidades, a la persona le cabe aún completar esa autorrealización que la lleve al cenit del desarrollo de sus motivaciones, aspiraciones o características idiosincráticas, básicamente por un sencillo motivo: La gente que se autorrealiza disfruta de la vida en general y en casi todos sus aspectos, mientras que la mayoría de las demás personas tan solo disfrutan momentos dispersos de triunfo, de acierto, de clímax o de experiencias superiores. Huimos, pues, de la visión negativa que estableció Freud de los impulsos como una amenaza para la salud psíquica y nos centramos en las aspiraciones legítimas hacia la total autorrealización de las personas que, satisfechos los niveles básicos de sus necesidades, necesitan seguir “creciendo” individualmente hacia el núcleo de ellas mismas, hacia su mismidad, en la medida en que el desarrollo consiste en rechazar las inhibiciones y coerciones y en permitir a la persona “ser ella misma”, producir comportamiento –“irradiarlo”, por decirlo así- en vez de repetirlo, en dejar que su naturaleza interior salga a la luz, en esta misma medida el comportamiento de quienes se auto-realizan es no-aprendido, creado, liberado más bien que adquirido, expresivo más bien que combativo. Este viaje hacia el más allá esencial de uno mismo linda, como puede observarse, con una trascendencia que adquiere a menudo una naturaleza religiosa, pero que arranca de una aceptación de los propios impulsos, de las motivaciones que a cada cual lo conduce hacia una plenitud en la que experimentar el goce de vivir de forma absoluta. Así pues, frente a la posición “represora” de Freud, la autorrealización aboga por la aceptación de esos impulsos que nos conducen a una superación de nosotros mismos, a un estado de felicidad que le dé sentido pleno a nuestra vida a través de la afirmación vital de nosotros mismos, no de nuestra propia negación: Es comprensible que la psicología freudiana esté construida sobre esta misma actitud respecto a la motivación, es decir, que los impulsos son algo peligroso que hay que atacar. Al fin y al cabo, toda esta psicología se basa sobre la experimentación en personas enfermas, personas que sufren realmente experiencias dolorosas respecto a sus necesidades, su satisfacción y frustraciones. No es de extrañar que tales personas teman o incluso aborrezcan sus propios impulsos, que tanta perturbación les reportan y cuyo control tan difícil les resulta, de nodo que el camino más corriente resulta ser el de la represión. (…) Esta anulación del deseo y la necesidad ha sido, naturalmente, un leit-motiv a lo largo de toda la historia de la filosofía, teología y psicología.
Maslow parte de una clara escisión en la conducta del ser humano, una polarización que nos dirige en uno u otro sentido de la misma, entre la seguridad del origen y la necesidad de la plenitud futura: Cada ser humano tiene dos sistemas de fuerzas en su interior. Uno de ellos se aferra a la seguridad y a las posiciones defensivas por miedo, y se inclina por el retroceso, por la fijación en el pasado, asustado del desarrollo que le aleja de la primitiva comunicación con el útero y el pecho de la madre, asustado de correr riesgos, temeroso de arriesgar lo que ya posee, asustado de la independencia, la libertad y la separación. El otro sistema de fuerzas le empuja hacia delante, hacia la totalidad y unicidad del Yo, hacia el funcionamiento pleno de todas sus capacidades, hacia la confianza frente al mundo exterior al mismo tiempo que consigue aceptar su yo inconsciente, real y más profundo. Entre esos dos polos, la persona ha de convertir el proceso de elección en el fundamento de su vida plena, en la medida en que ello es esencialmente “lo” propio del hombre, de su individualidad y de su libertad: elegir. Somos porque elegimos, y el impulso de decidir está en relación directa con las motivaciones que surgen al ir satisfaciendo las necesidades de la persona, porque cada satisfacción es, a su vez, el impulso para crecer hacia la autorrealización plena: La persona –incluso el niño- deberá hacer su elección por sí misma. Nadie puede escoger en su lugar con excesiva frecuencia, porque esto la debilita, reduce su autoconfianza y confunde su capacidad de percibir su propio ego interno en la experiencia, sus propios impulsos, juicios, sentimientos, y de diferenciarlos de las normas interiorizadas provenientes de los demás. Maslow nos dice que la lucha por el reconocimiento de nuestras propias motivaciones y la asunción de las mismas tiene un poderoso obstáculo en nosotros mismos, y que esa oposición  a la aceptación propia constituye un mecanismo de defensa, la resistencia, que, cuando se esgrime como tal para impedirnos nosotros a nosotros mismos el acceso a nuestra intimidad definitoria, deteriora decididamente nuestra salud psíquica: El mayor descubrimiento de Freud es que la causa más importante de muchas enfermedades psíquica consiste en el temor al propio conocimiento. (…) En general, esta clase de temor es defensiva, en el sentido de que constituye una protección de nuestra propia estimación, de nuestro amor y respeto por nosotros mismos. En psicoterapia, a las maniobras mediante las que seguimos evitando esta conciencia de la verdad penosa, a los modos con que nos oponemos a los esfuerzos del terapeuta por ayudarnos a conocer la verdad, los denominamos “resistencia”. Esa identidad hacia la que nos dirigimos, siguiendo un impulso de autoconocimiento, no es tanto una realidad dada cuanto una realidad creada en el acto mismo de la experiencia de la búsqueda y del encuentro; en cualquier caso, los que está claro es que el camino hacia la autorrealización nos lleva a una dimensión del ser que trasciende el yo concreto de nuestra identidad. Maslow se refiere, para calificarla, a una perspectiva “deiforme”, como si esa experiencia cumbre de la autorrealización consistiera en la adopción del punto de vista de la omnisciencia y la omnipotencia divinas y, por ello mismo, nos volviera capaces del mayor de los altruismos, una vez superado el egoísmo de la identidad individual: Al buscar las posibles definiciones de identidad, debemos recordar que estas definiciones y conceptos no están ya existiendo en algún lugar oculto, esperando pacientemente que las descubramos.  Solo en parte las descubrimos; también las creamos en parte. En parte, identidad es lo que digamos que es.  (…) La mayor consecución de la identidad, autonomía y conciencia de la propia personalidad es a la vez una trascendencia del yo, un ir más allá y una superación de la propia personalidad. El hombre puede hacerse relativamente altruista. En las experiencias-cumbre más que en otras ocasiones la persona se siente responsable, activa, centro creador de sus actividades y de sus percepciones (…) Se siente dueña de sí misma, más responsable, plenamente volitiva, con mayor “libre albedrío” que otras veces, amo de su destino, eficaz. No es de extrañar, después de esta descripción, que Maslow reduzca a un mínimo tanto por ciento, exiguo, el de las personas capaces de llegar a la autorrealización y de instalarse en ella. Su descripción tiene algo de ascenso místico que nos aleja de la realidad, aunque continuamente haga esfuerzos por convencernos de que se llega a él a través de la aceptación de la realidad y de las limitaciones que esta nos impone. En realidad, en el origen de ese camino hacia la autorrealización se hallan pasos previos ineludibles: La seguridad es la necesidad vital dominante, más fuerte, más apremiante que el amor, por ejemplo; y la necesidad de alimentación es generalmente más fuerte que ambas. Solo satisfechas esas necesidades se puede iniciar esa ascesis hacia la autorrealización. De hecho, en ese proceso de abstracción que supone la autorrealización, corremos el peligro de que el exceso de conocimiento contemplativo de las “esencias”, por así decirlo, nos aparte de la vida común. Según Maslow, los budistas distinguen entre el Pratyekabuddha, que consigue la iluminación únicamente para sí mismo, independientemente de los otros, y el Bodhisattva que, habiendo obtenido la iluminación, siente, sin embargo, que su propia salvación es imperfecta mientras los demás permanezcan no iluminados. Así pues, la pura contemplación supone, como aplicación práctica especial de lo precedente, el no escribir, no ayudar, no enseñar. Tan pronto como hablas acerca de ella [la felicidad], ya no existe no es ya verdad. Goldstein, como recoge Maslow, enseña, sin embargo, que uno debe ser fiel a los otros para poder ser fiel a sí mismo. Y Adler afirma que el interés social es un aspecto intrínseco y definitorio de la salud mental. Eso es algo que Maslow enfatiza cuando defiende que esa suerte de autorrealización perfecta de nuestras capacidades nos libera de la presión de la satisfacción del yo y nos convierte en seres altruistas. No se olvide, con todo, que un paso previo en ese camino hacia la consecución de la autorrealización es la afirmación del propio yo y de la propia identidad de manera nítida, porque, como afirma Maslow, el sentimiento de culpa real surge de la falta de fidelidad a uno mismo, al propio destino en la vida, a la propia naturaleza intrínseca. Un movimiento, pues, de reafirmación de la singularidad que no acepta la clasificación diagnóstica ni, mucho menos, el ninguneo respecto de los procesos vitales que se experimentan, de ahí que perciba como un disgusto el ser clasificado o catalogado, es decir, ser privado de su individualidad, su unidad, las diferencias que lo separan de los otros, su identidad específica. Algo que se ejemplifica perfectamente con el rechazo del adolescente a la condescendencia de quienes le quitan hierro a sus crisis existenciales con el socorrido diagnóstico: –Oh, esto no es más que una etapa por la que estás pasando. Ya la superarás. En el fondo, todo el andamiaje de las etiquetas con que las diferentes terapias catalogan a los pacientes, como bien reconoce Maslow, nos lleva a concluir que colocar a una persona dentro de un sistema previo exige menos energía que conocerla por sí misma.
La persona lanzada a la búsqueda de su identidad y al desarrollo de cuanta potencialidad descubre en ella para lograr la perfección que la llene de satisfacción, de esa alegría íntima que procede del núcleo íntimo de su ser, sin que el medio o las circunstancias hayan sido determinantes para lograr ese objetivo, sufre, en el proceso, una división capaz de convertirse en el principal impedimento para lograrlo, porque, llegado el caso, la persona vuelve la espalda a muchas cosas de su interior, porque son peligrosas. Pero sabemos en la actualidad que, al hacerlo así, pierde también muchas cosas, porque estas interioridades son también la fuente de todas sus alegrías, su capacidad de amar, de jugar, de reír y, lo que para nosotros es más importante, de crear. Al protegerse a sí mismo del infierno de su interior, se separa también del cielo que hay allí. En los casos extremos nos encontramos con la persona obsesionada, monótona, tensa, rígida, helada, controlada, cauta, incapaz de reír, jugar o amar, de comportarse con ingenuidad, confianza o infantilidad. Su imaginación, sus intuiciones, su delicadeza y su emotividad tienden a ser reprimidas o falseadas. Huimos de lo tenebroso y desconocido en nosotros mismos, ignorando que “eso” es también, o “sobre todo”, nosotros mismos, y que en el encauzamiento y superación de esas tendencias se cifra la consecución de nuestro objetivo de autorrealización.
Me ha interesado mucho del libro de Maslow su convicción de que la autorrealización, que en el fondo podríamos considerar como una regulación de nuestro organismo, como una identificación con nuestro yo saludable, depende de nuestra capacidad individual para crear valores que le den sentido en función de las necesidades satisfechas, o, como él dice: Las necesidades idiosincráticas engendran valores idiosincráticos. En la medida en que los humanos ya no poseen instintos a la manera de los animales, es decir, voces interiores fuertes, imposibles de confundir, que señalan en cada momento la conducta a seguir, cuánto, cómo, dónde y con quién. Lo único que nos queda son los restos de los instintos. Y, por añadidura, son débiles, sutiles y delicados, fácilmente ahogables (sic) por la educación, con las exigencias culturales, por el miedo, la desaprobación, etc. Resultan más bien difíciles de conocer. La individualidad auténtica puede definirse en parte por la capacidad de oír estas voces impulso dentro de uno mismo, es decir, saber lo que uno realmente quiero o no quiere, aquello para lo que se es apto y aquello para lo que no se es apto, etc. Ante esa carencia de valores, dada nuestra deficiente condición biológica, tan mermada respecto de otras especies, Maslow defiende el sentido de la terapia como el instrumento idóneo para acercar a los pacientes a la conquista de los valores que les den sentido a sus vidas: Sostengo que la terapia adecuada es relevante para la búsqueda de los valores (…) Es más, considero incluso posible que podamos muy pronto definir la terapéutica como una búsqueda de valores, porque, en definitiva, la búsqueda de la identidad es en esencia la búsqueda de los propios valores intrínsecos y auténticos. De acuerdo con Feuer (1943. Psicoanálisis y ética), Maslow defiende que la distinción entre valores auténticos y valores no-auténticos, estriba en la distinción entre valores expresivos de los impulsos primarios del organismo y aquellos que son inducidos por la ansiedad; y ello porque estamos aprendiendo que el estado de existir sin un sistema de valores es patogénico. El ser humano necesita una trama de valores, una filosofía de la vida, una religión o un sustitutivo de la religión de acuerdo con la cual vivir y pensar, de la misma manera que necesita la luz solar, el calcio o el amor. Esta visión biologicista de la autorrealizacion, que guarda estrecha relación con el concepto gestáltico de la autoregulación organísmica, lo que se ha dado en llamar homeostasis, le sirve a Maslow para reivindicar la necesidad de esos valores, e incluso de una metafísica, que garanticen el estado de equilibrio vital entre los impulsos biológicos y las aspiraciones superiores, aquellas a las que se llega, como defiende Maslow, a través de una suerte de éxtasis en el que desaparecemos incluso para nosotros mismos, superando el egoísmo individual y accediendo a un altruismo por generación espontánea, a partir, eso sí, del cumplimiento de nuestros objetivos, en función de nuestras capacidades: Necesitamos un sistema de valores humanos comprobado, utilizable, en el que podamos creer y al que podamos consagrarnos (por el que estemos dispuestos a morir) por el hecho de que son verdaderos y no porque nos han exhortado a “creer y tener fe”. Una Weltanschauung de este tipo, basada empíricamente, parece en la actualidad una posibilidad real.
Finalmente, porque esa es la perspectiva existencialista de la psicología humanista, quiero insistir brevemente en la visión holística que Maslow nos propone asumir, una visión que ha de superar, según él, la vieja lógica aristotélica dicotomizadora para acceder a la integración de los opuestos en lo que él llama la visión holística, lo que sintetiza en una afortunada fórmula: en el fondo, dicotomizar patologiza y la patología dicotomiza. Esa integración de los opuestos, ese acceso a la unidad total de lo real tiene que ver, en el individuo, con la asunción del presente y de las expectativas que, por serlo, forman parte inextricable del propio presente: Lo que la persona es y lo que podría ser. Existen simultáneamente para el psicólogo, resolviendo con ello dicotomía entre Ser y Llegar a Ser.. Las potencialidades no solo serán o podrían ser; también son. Los valores de la autorrealización existen como objetivos y son reales, aun cuando no estén todavía actualizados. El ser humano es simultáneamente aquello que es y lo que anhela ser.

La aspiración autorrealizadora de Maslow, su esfuerzo integrador, se enmarca en una tradición del pensamiento americano muy concreta: necesitamos algo “superior a nosotros mismos” a lo que respetar y en que confiar en un sentido nuevo, naturalista, empírico, no-eclesial; quizás al modo de Thoreau, Whitman, William James y John Dewey, a quien, por experiencia lectora propia, podría añadirse, me imagino, la poderosa voz de mi muy admirado Ralph Waldo Emerson.

2 comentarios:

  1. Es demasiado largo y complejo este magnífico artículo sobre la psicología de Maslow para poder abordarlo con justicia. Lo he leído de atrás adelante. Muchas veces comienzo por el final donde se suele situar el meollo de la cuestión, pero el interés del artículo es tal y tan diversas las ideas que se resiste a considerarlo en un comentario pobre y desnutrido. Me ha interesado vitalmente esta idea de la autorrealización pues es mi eje de vida desde siempre aunque yo no lo hubiera expresado así. Yo hubiera hablado de comprensión de uno mismo, aceptación de la totalidad del ser y sentido de la existencia. Tal vez sea todo en conjunto la idea de autorrealización. Es algo de lo que no suele hablarse y me pregunto si los seres humanos con que me trato y que leo por ahí se preocupan de ello. Maslow dice que es una ínfima minoría los que se instalan en la autorrealización lo que conlleva una experiencia de la felicidad no fragmentaria. Yo me temo que estoy en los fragmentos, a veces luminosos, a veces sombríos aunque eso es precisamente de lo que habla Maslow: la aceptación de nuestros propios infiernos interiores, de nuestros propios abismos íntimos. Leo este artículo después de la lectura de dos relatos de Franz Kafka, La condena, y En la colonia penitenciaria. No los había leído hastar ahora. Siempre había temido a Kafka pero me decía que algún día le tocaría el momento. Así he ido leyendo en años anteriores America, La metamorfosis, El proceso pero ahora me adentro en el conjunto de sus relatos que alumbran una dimensión abisal estremecedora. Kafka era naturista y vegano. Su espíritu es cristalino. Me pregunto si logró esa autorrealización de que habla Maslow o no le dio tiempo. Murió tan joven... El ser humano consciente está escindido de tantas y tantas maneras ... que la idea de realización profunda es obra de toda una vida. Yo no cejo. Y casi me enorgullezco de mis propios infiernos (cuando no estoy sumido en ellos) porque sé que son parte de mi yo profundo que debe instalarse. Lo que anhelo ser está también presente, pero tengo la impresión de que todavía deber florecer la rosa, como si todavía fuera un infante que tuviera toda la vida por delante y no un funcionario gris que está a punto de cambiar de estatus para formar parte de las clases pasivas burocráticamente hablando. No obstante, es cierto, uno es sobre todo lo que anhela ser. Pero eso hay que descubrirlo. Esperemos que dé tiempo a ello. Es un hermoso desafío para el bodhishattva que llevamos dentro todos, más o menos latente. Espero.

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    1. A mí siempre me ha parecido muy interesante o de la "radical heterogeneidad del ser" machadiana, porque pocas personas habrá, si no se ciegan, que no se reconozcan absolutamente plurales y, en el fondo, un misterio irresoluble, "tremendo". Maslow pone cierto énfasis pseudomístico en lo de la autorrealización que a mí no me acaba de convencer. Estoy de acuerdo con lo que señalas de la aceptación de "todo" lo que somos, porque el proceso que plantea no es tanto una "decantación", una "sublimación" cuanto una "integración" de nuestras contradicciones. Que ponga el acento en los "valores idiosincráticos" que permiten el proceso plantea serias dudas sobre el alcance universal de los mismos, que parece, en principio, lo propio de los valores. En cualquier caso, a muchos que se preocupan "fervientemente" por los demás, no les vendría mal someterse a ese proceso descrito por Maslow. Es posible que, después, su altruismo fuera más claro y más consecuente. Parece, lo dela autorrealización, como la actualización del imperativo délfico: conócete a ti mismo: un camino sin otra meta que la muerte que lo interrumpe.
      La reivindicación del valor de nuestras proyecciones de futuro como condicionante del presente, frente al "aquí y ahora" propio del hedonismo actual, es algo que ya me pareció convincente al entrar en contacto, a los quince años, con el existencialismo, y deberíamos, me parece, prestarle más atención.

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