martes, 10 de febrero de 2015

...sin la presencia y la figura.


                               
Cerámica de Marciano Buendía.


La ausencia...

         Desde edad temprana, bien lo recuerdo, me habitaste, presencia cálida, y nuestra vida en común era la única vida deseada, y aun la posible. Nada era yo sin ti, y nada, pero otra distinta y tenebrosa, lo soy en este ahora en que me pregunto por las imposibles razones de tu ausencia, de tu prolongada ausencia. En algún yo perduraste con una esquivez y renitencia dignas de un presagio inequívoco que yo no quise reconocer. Desertabas de mí, me yermizabas, me enmudecías, me cegabas, me ensordecías... Y yo no quise entenderlo ni como amenaza ni como presente, sino como una crisis pasajera, como una postración temporal de la que tú misma me sacarías. Apenas un fulgor de tu aparición súbita bastaría para reconciliarme contigo y conmigo, con mi voz y tus palabras... Fuiste todo lo que quise ser, contigo, y ningún placer hallé comparable a la ebriedad de tu presencia, al deseado delirio a que me inducía tu contacto. La perfección discreta de nuestra unión me impedía detectar que pudiera haber en ti el secreto plan de una deliberada evasión no sé si liberadora o si delirante... Por inconcebible tuve que siquiera existieras lejos de mí, fuera de mí, como una llama desgajada del tronco ardiente, como una inverosímil nube de frío plomo matutino en el invierno del arroyo. Arrancarme la mirada, desollarme las palabras, cortarme en seco el ritmo formal de la respiración, desmelodizar la percutida sucesión de las notas de nuestra canción, ¿serías tú capaz -segur afilada y sentencia de ignoto tribunal- de así condenarme y aun castigarme? Cohabitábamos en la luz turbia de una relación antigua y viajábamos por un mar de voces desafiantes y humildes, siempre atentos al resplandor de los insospechados encuentros, como el de las palabras más extrañas que se cruzan en la cuadrícula caprichosa de un crucigrama... Hoy, muchos años después, de la sórdida transfiguración del frío en que me convirtió tu ausencia, creo percibir en la sangre de las palabras de mi visión un renuevo de calor cordial, un brote diminuto en que se concentra la mirífica posibilidad del reencuentro. Y voy sintiendo, en la cárcel del pecho, ecos de herrumbres removidas, de canos jilgueros fijados en el tiempo, de imágenes dislocadas y enfermos aspavientos de grandeza... Ni sé cómo he podido sobrevivir sin ti, ni sé si sabré ser instrumento afinado de tus acordes y mis cacofonías. ¡Tantos años tú y yo solos, a solas, soledosos...! Era imposible que pudieras escaparte del abismo especular en que nos perdíamos; pero, con extraño repente de viento nemoroso, desapareciste de la prisión narcisista y hube de romper, por escapar de la locura, las lunas con sus reflejos. Nunca, desde entonces, he sabido ser yo y siempre tu ausencia me ha definido como el doloroso miembro amputado cuyo escozor nos sorprende. No me conformé e intenté hallarte, recuperarte, ofrecerte, con generosidad infinita, las galerías secretas de mi alma, pero no ciñó mi deseo ferviente sino tu implacable ausencia; en paradoja, llenaste con ella hasta el último rincón de mi desesperación. Hay ausencias, como la tuya, que se palpan y aun hasta se abrazan, en dolorosa fantasmagoría de la que ni siquiera nos avergonzamos. Como un perro abandonado te he olfateado contra el viento por dibujar tu cuerpo en mi retina; en vano. ¡Qué impertinente pertinacia, la tuya! Ni siquiera el contorno desdibujado de una huella efímera capté de ti: borraste con el hopo del olvido tus pasos para mimetizarte con lo inexistente... 
       Y, sin embargo... 
       Tengo hoy un pálpito no del todo desconocido, una borrosa intuición, una infundada sospecha de que... Te presiento. Sin pruebas. Y acaso me mienta. Tú nunca has sido ficción consoladora, sino vida total, incondicional, libérrima... Estoy inquieto como el potro ante la tormenta que se gesta... Quiero creer que en cualquier momento se quebrará tu ausencia como rompen aguas las placentas, y que yo ensayaré perfiles al soslayo con el estudiado desgaire de quien aparenta el rencor... No podía pasar de hoy, me he dicho en innumerables hoyes de insufribles años, y jamás conseguí romper la ya orinada cadena de tu ausencia... No estaba en mi mano, ágrafa de dedos gafos, hacerte comparecer, como al alma ante Radamante, en mis desabridas palabras bordes; ni supe nunca, en mi desolación, qué conjuro propicios te incitarían a suspender la distancia entre mi insignificancia y tu decepción; ni qué absurdos sacrificios al dios de los caminos, Hermes divino, aceptaría como gratos para devolverte a nuestra concordia y al latido unísono de lo que fueran dos presencias inseparables...
        Estoy en el duro estrecho de quien confunde la realidad con el deseo...; pero creo saber, al modo extraño del desear, que tú y yo, poesía, estamos a punto de volvernos a encontrar.

6 comentarios:

  1. Precioso. Estaré pendiente de ella, de tu poesía. Saludos.

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    1. "Pendiente de ella", exactamente así estoy yo...

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  2. Cuando leía tu hermoso texto me evocaba poderosamente al diálogo con el Tú de Pedro Salinas. Su voz se me imponía, pero luego también me ha venido la relación con ese tú desnudo de Juan Ramón en su famoso poema. No olvides, por eso, la lección de Juan Ramón: poesía desnuda, sin artificio, sin hojarasca, sin retórica en que perderse tal vez gozosamente. Yo nunca me he atrevido con la poesía. Soy demasiado elemental. El único poeta que me seduce es Gil de Biedma y su tono conversacional. Poesía de la experiencia. Pero mi estilo es desmañado, pobre, sin imágenes, pedestre. La poesía es un arte muy difícil. Y poco leído. Hay en España potencialmente unos cinco mil lectores de poesía. Y pocos, muy pocos, están en FB. El lector de poesía es casi clandestino. Pocos poetas son capaces de traspasar la etapa de lo minoritario y lo hermético: lo fue Ángel González y también Benedetti. Gil de Biedma también. Los Claudio Rodríguez quedan para la minoría minoritaria muy escasa.

    Escribir poesía está bien, pero también preguntarse para quién la escribe uno. ¿para uno mismo? Supongo que eso es básico. Uno escribe para sí mismo. Sin ello, nada es posible. Pero a continuación surge el siguiente eslabón de la cadena. ¿Quién más puede concordar con mis imágenes, mis intuiciones? ¿Qué tipo de lector puede estar interesado en mi modo de contemplar el mundo y la realidad? Esto no debe condicionarnos, es muy cierto. Pero en algún momento el poeta se lo plantea. Así Machado, Celaya, Blas de Otero quisieron abrir su poesía para un tú colectivo. En esa dialéctica surgen nuestros poemas. Bueno, "nuestros" es algo incierto, porque míos no son, son tuyos los que pueden nacer. ¿para quién? ¿Quién es el receptor? ¿Qué pueden aportar al desnortado ser humano del siglo XXI en su frenético deambular por estos laberintos en que se pierde?

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    1. La definición de Gamoneda de la poesía, como algo que no pertenece ni a la ficción ni a la literatura, sino a la biología, me impresionó cuando la conocí. Y no le falta razón. No es que la poesía sea autobiográfica -que eso exige una cierta distancia desde la que crear-, sino que es pura manifestación biológica nuestra. De ahí que todos esos planteamientos tuyos me parezcan algo que poco tiene que ver con lo que propiamente es, a mi entender, la poesía. De alguna manera, creo que late, en el fondo de la concepción, aquella visión de la poesía que Bécquer plasmó en las cinco primeras rimas. El poeta es antena y pararrayos y vehículo de la poesía, y en muy poca medida su creador, aunque sí, totalmente, su recreador, lo cual no quiere decir que, a menudo no acabe echando a perder el impulso inicial con esa recreación. Lo que quería reflejar en el texto es una suerte de estado de ánimo, algo así como los pródromos de la enfermedad, una sensación de que, en cualquier momento, como me ocurrió desde los 9 hasta los 25, más o menos, me sienta obligado a sentarme y escribir lo que"ella" quiera...

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  3. Historia de un amor o de todos los amores del mundo. Hermoso

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    1. Un bel dì, vedremo
      Levarsi un fil di fumo
      Sull'estremo confin del mare
      E poi la nave appare
      E poi la nave è bianca.
      Entra nel porto, romba il suo saluto.
      Vedi? È venuto!
      Esa es la banda sonora de su venida...
      Gracias.

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