viernes, 27 de junio de 2014

Breve Intermedio con carácter: Los no-aforismos zénicos de Antonio Porchia

Voces reunidas, de Antonio Porchia:
 la discreta sabia voz de la humildad, el pasmo y la serenidad vitales..
Como tantas otras lecturas fundamentales de mi vida, debo el conocimiento de Antonio Porchia a Luis Valdesueiro, a cuya sombra generosa he ido creciendo en la experiencia lectora, en la exigencia de la reflexión, en el escarmiento vital y en la continencia grafómana. En su blog leí una antología del decidor italo-argentino y después, impactado, he acabado en su único libro, Voces, sobre el cual quisiera expresar algunas ideas, pocas y en agraz, por si a algún intelector pudiera interesarle acercarse a tan curioso personaje.
El hecho de que Antonio Porchia sólo haya dicho –y posteriormente escrito– un libro en su vida, por más que fuera añadiendo voces –que así llama él a sus pensamientos, denominación que hemos de respetar por exigencia del propio autor: Jamás digan que escribo aforismos. Me sentiría humillado–, en entregas sucesivas del mismo volumen, es ya, me parece, un signo tan aplastante de inteligencia que constituye, su lectura, una propuesta a la que no podemos negarnos, ni debemos. Son escasos los autores silenciosos, como Juan Rulfo o Mallarmé, como para no tenerlos en un pedestal. Lo mismo sucede con Porchia.
Voces es el nombre con que bautizó Porchia sus pensamientos, reflexiones o inspiraciones dichos, porque nunca queda claro, a propósito de su técnica compositiva, cuál es el método dominante, y aunque me cueste lo mío, porque, al margen del expreso deseo del autor de que no lo confundan con un aforista (y el género de la aforística es propenso a toda clase de rarezas y manías), porque es innegable que Porchia, como Heráclito, con quien tantas semejanzas he hallado, hace del aforismo, a menudo lírico, un método de pensamiento, trataré de no volver a usar la palabra aforismo en lo que resta de entrada.
Nunca una edición, por chapucera que sea, es capaz de menoscabar una obra importante, pero a veces una edición magnífica realza esa misma obra y deja en el lector la sensación de haber hecho, con su adquisición,  un negocio redondo: vital. Eso ocurre con la edición de Pre-Textos: la excelencia de los materiales complementarios y las ilustraciones fotográficas nos permiten considerar este volumen de Porchia como una de las joyas de nuestra biblioteca, y ello sin caer en el carísimo vicio de la bibliofilia, a veces mera pulsión estética, hija de la perversa ostentación. Digamos, en términos de justicia poética, que el autor merecía una edición así. Tener a nuestro alcance el corpus total de las voces, salvo las regaladas generosamente por el autor y no incluidas en ninguna de sus ediciones, las definitivas y las abandonadas, amén de una valiosa tabla de variantes, nos permiten no solo lo principal: leer y disfrutar con la voz ingeniosa, filosófica, paradójica, radicalmente escéptica y dulcemente apasionada del autor, sino también hacernos cargo del interesantísimo proceso de creación y de transformación de dichas voces hasta alcanzar el beneplácito definitivo de un vocero exigente y riguroso como la brevedad de su obra lo demanda.
Con Antonio Porchia puedo dilatar brevemente la continuación de la serie sobre la teoría del carácter (a un paso ya de la entrega sobre Otto Weinninger que le pone punto y final) porque él, en sí, es un carácter que puede y debe ser estudiado a la luz de lo hasta aquí expuesto en la teoría. Los elementos biográficos que nos proporciona la edición de Daniel González Dueñas y Alejandro Toledo nos permiten tener una idea nítida de ese carácter singular de Porchia. Datos sustanciales son, entre otros: que su padre fuera un sacerdote que colgó los hábitos para casarse, que el niño Antonio fuera acosado por los niños del pueblo italiano donde vivía, quienes  corrían señalándolo con el dedo y gritando: ¡Il figlio del prete!” , que tuvieran que emigrar para escapar a ese acoso social, que el padre muriera en edad temprana (Mi padre, al irse, regaló medio siglo a mi niñez), obligándolo, como hijo primogénito a tener que trabajar desde temprana edad para ayudar a su familia a salir adelante, que se independizara cuando ya sus hermanos se valían por ellos mismos y que escogiera la soledad y un piso bien humilde donde llevar una vida modestísima, alejada de cualquier veleidad literaria y ajena a cualquier lucha por el reconocimiento público. Quiero destacar de esos datos que entre los diversos oficios a los que se dedicó Porchia para sacar su familia adelante se menciona el de tejedor de cestos. Quienes hayan leído mi entrada sobre Eusebio, la novela pedagógica de Montengón, en la que el tutor del protagonista decide iniciar su educación enseñándole un oficio con el que poder valerse en la vida antes de dedicarse a estudios enjundiosos que, acaso, no le permitan subsistir, se percatarán de la magnífica coincidencia que esto supone, algo así como si en la base de la reflexión hubiera de estar forzosamente la habilidad manual, lo que nos llevaría a unas elucubraciones en las que lamentablemente no puedo internarme ahora.   
Con esos datos, más la proverbial afectuosidad y humildad del personaje, además de su tendencia filosófica que toma como raíz la experiencia cotidiana de su propio existir, no es difícil imaginar que Porchia pueda ser asimilado a la figura de un maestro zen (Hablo pensando que no debiera hablar: así hablo), que hace de la expresión enigmática del pensamiento una forma de estar en el mundo. Hemos de tener presente que las voces nacieron como tales, dichas, no escritas, de ahí que la dimensión oral de la misma asimile a Porchia fácilmente a la figura del maestro zen o de cualquier otro maestro sea helénico, sea medieval, si bien él nunca pretendió “sentar cátedra”, sino que, al parecer, le salían espontáneamente en contacto con la realidad, le venían, como decía él, y nunca podía prever cuándo se producía esa venida, de ahí su negativa a comprometerse con revista ninguna para proveerlos con voces inéditas, porque no respondían a un proceso de maduración reflexiva, sino, antes bien, a la visita caprichosa de la famosa inspiración, de naturaleza poética. Por ello mismo, el proceso de depuración de las voces, como ocurre con la transmisión oral, fue acendrándose en sucesivas elaboraciones de las voces hasta encontrar la forma definitiva, momento en que son llevadas al papel, si bien en éste aún admitirían algunos cambios. Se trata de un proceso poético en todo equivalente al de Juan Ramón Jiménez, de quien es conocida su proverbial obsesión por la reescritura de su obra en busca de una perfección que siempre se le escapaba: ¡Intelijencia, dame el nombre exacto de las cosas!, clamaba el poeta de Moguer. Porchia no aspira a tanto, porque es proverbial su escasa confianza en la posibilidad de alcanzar verdad alguna: Quien dice la verdad, casi no dice nada.
De entre las confidencias de amigos, familiares y conocidos, me ha llamado la atención el hecho de que, para todos, Porchia fuese siempre “don Antonio”, que tanto recuerda a otro Antonio inmortal, Machado, de quien también es proverbial su bonhomía y las preocupaciones filosóficas que inmortalizó en sus aforismos en verso, esos proverbios y  cantares con los que las voces tanta relación guardan. Y hasta sería un hermoso ejercicio crítico comparar ambos textos y ver la raíz común de muchos de ellos.
Porchia vivió en el barrio de Boca, en Buenos Aires, zona escogida por la inmigración italiana a la que pertenecía nuestro escritor, lo cual, visto desde ayá imprime tanto carácter al carácter propio como ser del Chamberí o del Lavapiés madrileños. De Porchia dicen que jamás cerraba con llave la puerta de su modesta casa, por ejemplo, lo cual nos habla de una vida de barrio en el que la degradación de las relaciones humanas y la aparición del miedo cerval al otro, al que se ve como una potencial amenaza, aún no ha aparecido. Cuando llegaron los malos tiempos se vio obligado a vender la casa y compró otra, aún más modesta en la calle Malaver (sin duda Mal haber…) del barrio Olivos, más al norte de La Boca. Al modo Kantiano, Porchia no fue hombre de viajes ni al que le interesara el conocimiento de otros lugares u otras gentes. Incluso rechazó, por un desdén no fingido hacia la posible importancia de su obra, e incluso de su persona –Quien se queda mucho consigo mismo, se envilece– un viaje a París que Roger Caillois le proponía como momento estelar de su consagración literaria: Las distancias no hicieron nada. Todo está aquí, le responde. De hecho, solo cuando Caillois difundió internacionalmente la obra de Porchia, se avinieron, en la prestigiosa revista SUR, a publicarle sin las correcciones infamantes que obligaron al vocero a retirar sus originales de la revista la primera vez que se los pidieron, por sugerencia también de Caillois durante la estancia de éste en Argentina.
El carácter de Porchia me recuerda, hasta cierto punto, al del protagonista de El hombre que no quería ser santo, de Edward Dmytryk, porque hay un paralelismo evidente entre la humildad de ambos: ni uno se cree ni por un momento que haya sido señalado por Dios, ni el otro se cree que haya sido señalado por Hermes, y ambos rechazan la importancia y trascendencia que les atribuyen los demás. De Porchia podríamos decir que cumple con creces el precepto quien no sabe saber, no sabe que incluyó Juan de Zabaleta en ese libro portentoso y de tan amenísima lectura que es Errores celebrados. Y Porchia supo saber con creces. De ahí, también la importancia de su discurso fragmentario pero trabado con una coherencia que atraviesa toda su breve e inmensa obra. El modo como entregaba sus voces, al hilo de cualquier conversación, sin ningún tipo de énfasis, como la muy célebre proferida con ocasión de una visita a una persona en un hospital: Estar en compañía no es estar con alguien, sino estar en alguien, nos permite comprobar fehacientemente la dimensión exacta de su humanidad.
Su obra no solo es hija directa de su experiencia, sino que él mismo considera que constituye una autobiografía: Mi libro Voces es casi una biografía. Que es casi de todos. El sentimiento de pertenencia a la comunidad, un suerte de inclusión no siempre deseada, es algo que debió nacer en él a raíz de su simpatía hacia el anarquismo en la juventud y hacia el socialismo en la madurez. De todos modos parece haber prendido en él un sentimiento individualista que se refleja en buena parte de sus voces: Tenemos un mundo para cada uno, pero no tenemos un mundo para todos. Esa conciencia de uniquidad, digámoslo así, se refleja fielmente en tantas y tantas voces en que parecen mostrarse los conflictos íntimos de su autor, los emocionales y los intelectuales, porque Antonio Porchia es un filósofo de lo trascendente, un metafísico. No es extraño que quienes lo conocieran dijeran de él que no era persona a la que le gustara contar anécdotas personales, sino ofrecer reflexiones de índole abstracta. Leer las voces de Porchia es como hacer un curso de filosofía que no aspire a la verdad común, sino a la verdad subjetiva de un ser singular que, sin embargo, en modo alguno se cree superior ni inferior al resto de sus congéneres. Se manifiestan en ellas concepciones que desafían lo establecido y que pretenden ser expresión de un ser concreto en un tiempo concreto, si bien todas sus voces van más allá de a anécdota, a la ardua busca de la categoría. El mundo referencial de sus voces no tiene un ámbito privilegiado ni se intuyen en él obsesiones que se conviertan en motivos recurrentes: siendo fruto de la inspiración, es habitual pasar de una  a otra temática, enriqueciendo todas ellas un discurso que dará que pensar a sus intelectores.
Su obra apareció, ya con el nombre de voces, en una publicación de izquierdas, La Fragua, el año 1938, y la primera edición de sus voces reunidas no vería la luz sino cuando Porchia tenía 58 años, en 1943, en una edición hecha por el movimiento cultural Impulso que, en defensa de las artes y las letras había formado con unos pintores amigos. De aquella primera edición de Voces se imprimieron 1000 ejemplares que, sin poder ser vendidos y por la necesidad de buscarles un lugar para que no estorbaran, fueron repartidos por la red de bibliotecas estatales, donde iniciaron su camino hacia el éxito a través de las peticiones de préstamo de los lectores y de la difusión que estos hacían de las voces, copiándolas y transmitiéndolas a conocidos y familiares. Se trata, pues, de un éxito de público muy parecido al que hoy en día se produce a través de la red de internet al margen de las grandes distribuidoras, sean de cine, de literatura, de arte o de música.
Como en otras ocasiones, ofrezco una selección según mi propio interés, en modo alguno representativa de nada más que mi soberano gusto. Lo que trataré es de poner en relación las voces con el carácter del autor, de manera que, al final, resulte una suerte de retrato caracterológico que nos permita hacernos una idea lo más aproximada posible a aquella manera de ser, tan suya y única, de Antonio Porchia:
“Mi madre me adoraba. Pero el bien me ha hecho un mal infinito. He sufrido mucho por ella. Por eso he escrito”:
 Otra vez no quisiera nada. Ni una madre.
Esta es una de esas voces que indican bien a las claras el altísimo grado de compromiso con la responsabilidad individual que honran la figura del escritor, lo cual no obsta para que reconozca, como muy bien dice, todo el mal que le hizo el  bien: renunciar a su propia vida.
Creo que son los males del alma, el alma. Porque el alma que se cura de sus males, muere.
Una cosa, hasta no ser toda, es ruido, y toda, es silencio.
Has venido a este mundo que no entiende nada sin palabras, casi sin palabras.
Porque sus voces son, para él, una especie de atrevimiento, de osadía, por la que incluso está dispuesto a disculparse. Lo justifica que no son hijas de las lecturas ni de influencias de ningún tipo, porque Porchia es el modelo clásico del escritor autodidacto que crea su propia tradición. Su particular manera de concebir las voces no tiene parangón ni en la literatura argentina ni en la mundial, de ahí su resistencia a que se le sume en la tradición de la aforística.
En plena luz no somos ni una sombra.
A veces, de noche, enciendo una luz, para no ver.
Este modo de composición paradójica, tan del gusto oriental, en la línea de lo mejor de la escuela zen, es sello singular de Porchia. Recuérdese el proverbio chino: El lugar más oscuro está justo debajo de la lámpara, por ejemplo.
Sí, me apartaré. Prefiero lamentarme de tu ausencia que de ti.
Qué te he dado, lo sé. Qué has recibido, no lo sé.
Hay siempre en Porchia una suerte de visión de la realidad que acentúa la imposibilidad de la comunicación y la visión de las relaciones humanas como una escisión irreparable.
Para no engañar, no me basta no engañar.
Quise alcanzar lo derecho por sendas derechas. Y así comencé a vivir equivocado.
Cuántos, cansados de mentir, se suicidan en cualquier verdad.
El escepticismo es, por decirlo así, marca de la casa en Porchia. Del mismo modo que no hay verdades absolutas, sí que hay una tendencia “de especie” hacia el autoengaño.
Si me olvidase de lo que no he sido, me olvidaría de mí.
A veces pienso en ganar altura, pero no escalando hombres.
Un corazón grande se llena con muy poco.
En efecto, porque en el corazón grande de quien es un carácter como Porchia cabe todo, y aun la más mínima porción de sentimiento es capaz de captar su atención y su preocupación. La bondad es un mal, según Porchia, porque es un sentimiento irresistible, para él.
He abandonado la indigente necesidad de vivir. Vivo sin ella.
Cuando no ando en las nubes, ando como perdido.
Esta característica de nefelibata, propia de Porchia, es un rasgo distintivo de su carácter en el que coinciden allegados y conocidos. Diríamos que las voces parecen llegarle al autor desde la Inopia, de Babia o desde la luna de Valencia, lugares muy concurridos por todo tipo de abstracciones como las que alimentan mayoritariamente las voces que oye el autor. Recuerdo que quienes oyen voces suelen ser etiquetados como locos, es decir, como seres marginales, de excepción. Ahora bien, Porchia es un loco sin tema fija que se fija en una generosa pluralidad de temas.
Saber morir cuesta la vida.
Lo que me digo, ¿quién lo dice? ¿A quién lo dice?
Todo es nada, pero después. Después de haberlo sufrido todo.
No perdonamos ser como somos.
Cuando tú y la verdad me hablan, no escucho a la verdad. Te escucho a ti.
Ahora el instante, luego lo eterno. El instante y lo eterno. Y sólo el instante es tiempo, porque lo eterno no es tiempo. Lo eterno es recuerdo del instante.
Nunca se puede no lastimar. Pero se puede lastimar menos, lastimando donde menos se lastima.
Comprendo que la mentira es engaño y la verdad no. Pero a mí me han engañado las dos.
He aquí una muestra clarividente de esa visión entrañada que tiene Porchia de la realidad, alejada de los axiomas lógicos y transgresora de lo comúnmente aceptado.
Tu calor fue tan breve que sólo pude sentirlo frío.
La bondad no es vida.
Dejo pasar el tiempo sin oponerle ninguna resistencia.
El amor nace de dos amores y muere en uno.
Reír de no reír, llorar de no llorar: ser de no ser.
El hombre, cuando dice “el hombre es así”, no dice “yo soy así”.
Todos pueden matarme, pero no todos pueden herirme.

Como en todo buen escéptico hay un poso de orgullo en Porchia que lo protege de la vulnerabilidad que se manifiesta en tantas y tantas voces donde, sin recato, exhibe su desamparo existencial, emocional. Halla en ese orgullo un seguro, un refugio donde recogerse en sí mismo aunque sea para advertir, como hemos leído antes, que la bondad no es vida, por ejemplo. La constante ambivalencia de sus voces, la oposición de sentimientos contrarios, la inclinación a rechazar lo dado, lo existente y la necesidad de afirmarse en la dimensión abstracta de la realidad configuran de algún modo los ejes fundamentales de la obra de Porchia, como se aprecia en la breve selección que he ofrecido. Estoy convencido de que serán pocos los intelectores que renuncien al disfrute de la obra completa del autor, gozo que, afortunadamente, se alargará en el tiempo, porque a las voces de Porchia se puede volver en el libro y, ¡sorpresa!, también en un CD incluido en la edición en el que pueden oírse algunas de ellas en la propia voz del autor, en la que aún se manifiestan ecos de su italiano materno que nunca olvidó y que  habló toda su vida con absoluta fluidez. Que lo disfruten.

miércoles, 18 de junio de 2014

Carácter y psicoanálisis: Las imposturas y defensas del yo.



Teoría del carácter. V

Análisis del carácter, de Wilhelm Reich: La acorazada herencia freudiana.


            Y en estas, llegó el cursor (la acepción más cercana sería “escribano de diligencias”…): Freud. Antes de él hubo otros que, visto retrospectivamente el proceso, y a pesar de su importancia objetiva, la historia de la ciencia nos los relega a la condición de precursores; del mismo modo, sus *cursorcuaces son tenidos por simples epígonos, a pesar de su importancia, como la del propio Reich de quien de aquí a nada hablamos, o la de Jung, del que ya hablaremos, quizás. Hasta la irrupción de Freud y su atractivo sistema, habían dado, los precursores, ciertos rodeos interesantes, sin acabar de encontrar el verdadero método que permitiera avances en los tratamientos de las patologías psicológicas; de ahí la importancia de una visión como la de Freud, auténtico pionero de ese último continente inexplorado: el inconsciente, descubierto por Josef Breuer, con quien Freud firmó su decisiva obra sobre la histeria, prólogo de la impresionante obra freudiana.
El carácter de la persona se contemplaba como un equipaje con el que se nacía, una maleta de actitudes, de rasgos de personalidad que iban apareciendo poco a poco, aunque se preterían  las primeras manifestaciones y se escogían como consolidación del carácter las que se declaraban al arribar el individuo a la  madurez, una vez dejados atrás los duros tiempos mudables de la adolescencia y la juventud, personalidades aún en agraz. La revolución de Freud, como todo el mundo sabe, consistió en conceder a la niñez la importancia decisiva en el proceso de formación del carácter, de tal manera que desde el mismo instante del nacimiento y el amamantamiento se inician ya las diferentes fases en las que, por carencias o excesos, se forjará dicho carácter. Recuérdese que en nuestra entrada sobre Jacob Moreno hablábamos de la importancia trascendental que concedía Moreno al momento del parto. De hecho, él presumía de tener memoria del suyo…
El hecho de que Freud pusiera el acento en la preeminencia del disfrute o la frustración sexual del ser humano desde su nacimiento constituyó una  transgresión de tal naturaleza en la sociedad conservadora en la que comenzó a publicar sus investigaciones, que difícilmente nos podemos imaginar hoy, en que nada es ya capaz de sorprendernos, salvo el fanatismo de la estulticia, lo que supusieron tales revelaciones y la enemiga eterna que le declaró el conservadurismo social e ideológico al sabio judío vienés. La variante sexual introduce en la teoría del carácter un factor de enorme complejidad, a pesar de que en los últimos tiempos, ha perdido mucho valor aquella posición inicial de Freud, de la misma manera que la han perdido supuestos aciertos suyos tan capitales en su teoría como el complejo de Edipo, la envidia femenina del pene o el tánatos, como fuerza contraria al eros.
 Su discípulo predilecto, pero después repudiado, Reich, fue el encargado de llevar hasta los límites de la locura la materialización de la libido y su posibilidad de acumularla como quien almacena cualquier otro tipo de energía, esa libido a la que él llamó orgón y para el que inventó sus “acumuladores de orgón” por cuya comercialización fraudulenta dio con sus huesos en la cárcel, donde falleció, como un profeta-mártir de la psicología científica, constituyeron una deriva hacia el delirio que acaso nació de una opresiva culpa infantil, cuando fue traicionado por su madre, al revelar a su marido que su hijo fumaba, lo que le valió una salvaje tunda de palos, y él, para vengarse, acusó a su madre de adulterio con el preceptor que vivía con ellos, lo cual era cierto, traición que acabó llevando a la madre al suicidio. La contemplación, por cierto, según cuenta el propio Reich en su curiosa autobiografía, de los pechos yertos de su madre le produjeron una vivísima impresión. Tal fue, que solo sabía que estaba enamorado cuando sentía deseos de besar los pechos de su enamorada.
Pero no nos desviemos, que lo nuestro es la importancia de Freud y de Reich en la construcción de una teoría del carácter que, desde ellos, se revistió de una terminología que ya no le suena extraña a casi nadie, aunque pocos, realmente, pueden manejarla con la soltura necesaria para no caer en alguna de sus muchas trampas conceptuales. A los antiguos caracteres determinados por la teoría de los humores les sucede, desde el psicoanálisis, un repertorio de personalidades traumáticas, porque la esencia del carácter, para el psicoanálisis se fundamenta en las frustraciones que se convierten en fijaciones que acaban definiéndonos. Los tipos caracterológicos definidos por el psicoanálisis tiene su fundamento en los tres estadios que definen la estructura psíquica de la persona: el yo, el ello y el superyó, un juego de relaciones en el que se fraguan caracteres cuyas manifestaciones dependen de esas interrelaciones a lo largo de la cinco etapas fundamentales en el desarrollo e la persona:   La etapa oral, hasta los 18 meses; la etapa anal, entre los 18 meses y los tres o cuatro años. La etapa fálica, que va desde los tres o cuatro años hasta los cinco, seis o siete. La etapa de latencia abarca desde los cinco, seis o siete años de edad hasta la pubertad, alrededor de los 12 años. La etapa genital empieza en la pubertad y representa el resurgimiento de la pulsión sexual en la adolescencia, dirigida más específicamente hacia las relacione sexuales.
A diferencia, pues, de la concepción estática del carácter, el psicoanálisis introduce una concepción dinámica según la cual es la experiencia acumulada lo que contribuye a consolidar la personalidad del adulto. Desde esta perspectiva, la influencia de lo exterior al yo, el mundo que nos limita y condiciona, adquiere una importancia trascendental. El sujeto, en consecuencia, suele definir su personalidad en lucha contra todos los factores que intentan limitar sus deseos, y que vive como amenazas o represiones frente a las que ha de articular unos mecanismos de defensa que le permitan no sucumbir ante las fuerzas, internas y externas, del ello y del superyó. Esas defensas, tan conocidas, porque, en su versión divulgativa, forman parte de las páginas de psicología de los suplementos dominicales de los periódicos de gran tirada, han de entenderse como la fragua de donde salen caracteres tan específicos como los orales-pasivos, los anales-agresivos, los fálicos-narcisistas, los histéricos, etc. Lo que el psicoanálisis contribuyó a difundir fue, más allá de la constatación objetiva de la aparición de los rasgos caracterológicos, la posibilidad de rastrear en la biografía del sujeto el momento de la fijación en su personalidad de tales rasgos y la posibilidad de luchar contra ellos y transformarlos a través de la “cura por la palabra” o de la “limpieza de chimenea”, como tan expresivamente se refirió a la nueva psicología la protopaciente psicoanalítica Anna O. es decir, Bertha Pappenheim, cuyo caso sirvió de levadura para el desarrollo del psicoanálisis freudiano, una de las grandes conquistas de la inteligencia en la historia de la humanidad. La irrupción de la sexualidad en el tratamiento de Anna O., que tanto asustó a Breuer, hombre recatado y hasta cierto punto puritano, fue, sin embargo, un motivo sobre el que Freud supo construir sus brillantes teorías.
Reich, un verdadero apóstol de la liberación sexual, aunque hasta cierto punto, porque es conocida su animadversión a la homosexualidad –incluso se negó a tratar pacientes que lo fueran– no tardó en descubrir que el carácter, como sostiene: consiste en una alteración crónica del yo, a la que podríamos calificar de rigidez. Es la base de la cronicidad del modo de reacción característico de una persona. Su significado es la protección del yo contra peligros exteriores e interiores. Como mecanismo de protección que se ha hecho crónico, puede denominársele con todo derecho una coraza. Esta coraza significa inevitablemente una disminución de la movilidad psíquica total, disminución mitigada por relaciones con el mundo exterior, no condicionadas por el carácter y, por ello, atípicas. Existen en la coraza “brechas” a través de las cuales se envían al exterior y se retraen, como pseudopodios, intereses libidinales y de otros tipos. Sin embargo, debe concebirse la coraza como algo móvil. Opera conforme al principio del placer-displacer. En situaciones poco placenteras, la coraza aumenta; en situaciones placenteras, disminuye. El grado de movilidad caracterológica, la capacidad de abrirse a una situación o de cerrarse ante ella, constituye la diferencia entre la estructura de carácter sana y la neurótica. Prototipos de un acorazamiento patológicamente rígido son el carácter compulsivo con bloqueo afectivo y el autismo esquizofrénico, que tienden hacia la rigidez catatónica.
Ese será el concepto clave de Reich: la coraza, y desde él construirá su teoría del análisis del carácter y la terapia consiguiente, de modo que se habla de terapia reichiana como de terapia freudiana, si bien en el caso de la reichiana la palabra pierde su preeminencia como vehículo de exploración y diagnóstico y gana terreno una consideración casi holística de la persona: El carácter del yo puede concebirse como la armadura que protege al ello de la acción del mundo exterior. Según el sentido que le diera Freud, el yo es un elemento estructural. Por carácter entendemos aquí no sólo la manifestación exterior de este elemento, sino también la sumatoria de los modos de reacción específicos de tal o cual personalidad, es decir, un factor determinado, en esencia, en forma funcional que se expresa en los modos característicos de hablar, de la expresión facial, de la postura, de la manera de caminar, etc. Este carácter del yo consta de varios elementos del mundo exterior, de prohibiciones, inhibiciones de los instintos e identificaciones de distintos tipos. Los contenidos de la coraza caracterológica son, pues, de origen externo, social.
Es curioso percibir la formación del carácter en términos de  la vieja respuesta dictada por el cerebro reptiliano: enfrentarse o huir, porque el yo se asemeja mucho a ese individuo primitivo enfrentado a peligros que lo superan y ante los que se ha de inventar estrategias de caza, de escapatoria o de disimulo. Esas respuestas llevan anejas, desde el punto de vista psicoanalítico, una descarga libidinal o una retención que servirán para definir los caracteres básicos:
La cualidad final del carácter se determina de dos formas. Primero cualitativamente, según la etapa del desarrollo libidinal en el cual el proceso de formación del carácter recibió las influencias más decisivas, en otras palabras, según el punto específico de fijación de la libido. De conformidad con esto, distinguimos:
Caracteres depresivos (orales)
Masoquistas, genital-narcisistas (fálicos)
Histéricos (genital-incestuosos)
Compulsivos (fijación sádico-anal)
Lo que nos interesa, no obstante, más allá de la ostentación terminológica (que es una forma pedante de sacerdocio laico), es qué rasgos de carácter comunes y corrientes se manifiestan a través de esas clasificaciones psicoanalíticas, porque, junto a que sean sádicos, fálicos, anales u orales, la diligencia, la pigricia, la envidia, la cólera, la abulia, el histerismo, el arrojo, la temeridad o la circunspección siguen siendo conceptos que nos permiten entender y clasificar a nuestros semejantes, de ahí que nos sintamos gratificados, al avanzar en las casi 1000 páginas del libro preferido de Fritz Perls: el Análisis del carácter, de Reich y nos reconozcamos en los viejos conceptos remozados, como cuando analiza el masoquismo, la otra cara del sadismo:
        Al volverse contra uno mismo, el sadismo se convierte en masoquismo; el superyó, la representación de la persona frustrante, de las demandas que la sociedad plantea al yo, se convierte en agente punitivo (conciencia mortal). El masoquismo primaria o erógeno se convirtió más tarde en el de “instinto de muerte”, el antagonista del eros. (…) Rasgos típicos del carácter masoquista son los siguientes: subjetivamente, una sensación crónica de sufrimiento, que aparece objetivamente cono una tendencia a lamentarse; tendencias crónicas a dañarse a sí mismo y al automenosprecio (“masoquismo moral”), y una compulsión a torturar a los demás, que hace sufrir al paciente no menos que al objeto. Todos los caracteres masoquistas muestran una conducta específicamente torpe, de escaso tacto en sus modales y en su relación con los demás, a menudo tan acentuada hasta dar la impresión de una deficiencia mental.(…) El carácter masoquista intenta mitigar la tensión interna y la amenazante angustia con un método inadecuado, es decir, exigiendo cariño mediante la provocación y el desprecio. (…) Debe mencionarse un rasgo de carácter común en los masoquistas y en niños con tendencias masoquistas: sentirse tonto, o hacerse el tonto. Explotar todas las inhibiciones con miras al menosprecio de sí mismo, está en absoluta concordancia con el carácter masoquista. Un paciente dijo en una ocasión que no podía soportar el elogio, pues le hacía sentirse como si estuviera sin pantalones.
        ¿Verdad que ya nos vamos entendiendo mejor? El hecho de que haya una frustración original en la creación del carácter, que nos tengamos que ver impelidos a reaccionar, sitúa en el ámbito de nuestra relativa libertad la decisión de cuál sea la naturaleza de esa reacción que acabará definiéndonos, porque el psicoanálisis no es en modo alguno un determinismo, sino una aventura en las raíces más profundas de nuestras motivaciones. El psicoanálisis, contra las últimas tendencias de la investigación genética y bioquímica, que tienden a considerarnos marionetas de nuestros procesos orgánicos inapelables, incontestables e inmodificables, nos concede no sólo la oportunidad de una exploración de mundos insospechados, sino, también,  la posibilidad de cauterizar las heridas psicológicas que puedan haber contribuido decisivamente a cronificar ciertas reacciones a las que, con no pocas limitaciones, llamamos nuestro carácter o, en el colmo de la pedantería, nuestra personalidad.
Es evidente la ingrata limitación del género bloguense a la hora de desarrollar un tema, aunque se haga por entregas, así como también la facilidad con que el Artista puede perder lectores, casi como si las entradas de este Diario se llamaran homilías…, y la propia bitácora se convirtiera en púlpito, de ahí que, como en el Congreso, haya de decir: “voy acabando, señor Presidente…”, pero no quiero hacerlo sin que esta aventura por el triángulo supereyoyoéllico deje un repertorio de rasgos de carácter/comportamiento que denotan, al decir de Reich una impostura, porque, como es bien sabido, los mecanismos de defensa del yo nos obligan a cubrirlo con esa férrea coraza bajo la que censuramos vergonzosamente nuestros fracasos existenciales:
 En términos generales podemos decir que cuando una actitud se destaca en la personalidad total como si estuviese aislada o en conflicto con esa totalidad, se trata de una función sustitutiva que oculta una falta de contacto de mayor o menor profundidad. He aquí algunos ejemplos de comportamiento no auténtico:
risa demasiado estridente, molesta.
Apretón de manos forzado, rígido.
Afabilidad tibia, uniforme.
Ostentación narcisista de conocimiento superficial.
Expresión estereotipada, carente de significado, de sorpresa o deleite.
Adhesión rígida a determinados puntos de vista, planes u objetivos.
Modestia ostentosa en la conducta.
Gestos de grandiosidad en la conversación.
Búsqueda infantil del favor de los demás.
Jactancia sexual.
Cabriolas con encantos sexuales.
Coquetería indiscriminada.
Sexualidad promiscua y, desde el punto de vista de la economía sexual, nada sana.
Conducta exageradamente altanera.
Conversación afectada, patética o exageradamente refinada.
Comportamiento dictatorial o condescendiente.
Comportamiento exageradamente jovial.
Conversación rígida.
Comportamiento rufianesco o lascivo.
Risas sexuales y conversación sucia.
Donjuanismo.
Desasosiego.

Como se advierte, este repertorio da de sí lo suficiente como para extendernos en su relación con la tipología al uso, de las cuales son también manifestaciones destacadas. Renuncio, sin embargo. Prefiero acabar con una reflexión sobre la compleja taxonomía de los caracteres y la tendencia a la simplificación que supuso el psicoanálisis, reducción que aún se acentuará más en el caso de Weininger, lo que multiplica, paradójicamente, la posibilidad de errar profundamente. Pero todo eso lo leerán los intelectores de este Diario cuando el Artista Desencajado acabe la entrada dedicada al suicida vienés, un ejemplo paradigmático de la imposibilidad de sobrevivir que tiene una mente excepcional, incapaz de habitar, sin caer en la desesperación, en un cuerpo que se vive como deficiente soporte de un exasperado, desaforado y brillantísimo desarrollo intelectual. Coming soon…

lunes, 9 de junio de 2014

Intermedio sin carácter: el lugar, el lector.


                      


Mon semblable; mon frère: breve excursión global. La persona y el lugar: dónde y quién.



[Nota: Antes de afrontar la revolución que supuso la obra                                                                 freudiana en la teoría del carácter, y su desarrollo en uno                                                                 de sus discípulos más polémicos, Wilhelm Reich, ofrezco a                                                               mis veedores un reconocimiento que nace de mi amor a la                                                                 geografía y a la diversidad humana.]

               Un reciente artilugio, Live Traffic Feed, aplicación lo llaman unos, gadget, lo llaman otros, "claraboya" habría de ser su nombre,  ha venido a animar el escaso ocio de este Artista Desencajado. Por curiosidad he ido anotando los lugares, para mí remotos -cualquier lugar allende la puerta de mi estudio lo es-, desde donde los intelectores se asoman a estas páginas. En algunos casos, hasta se consigna en la referencia en qué página concreta han entrado. Y así es como he sabido que un lector de Lepe ha accedido a esta página para leer la entrada dedicada a las Meditaciones del Quijote, de Ortega, lo cual, para quienes conocen la fama de Lepe, es un buen desmentido. Igual que desdeño, como el poeta, las romanzas de los tenores huecos, he preterido, aunque no hubiera debido hacerlo, los lugares de sobra conocidos: capitales con reputación de albergar intelectores atentos a todo aquello que pueda tener interés cultural. 
            He querido quedarme, en este paseo global, con esos nombres, esos espacios, esos intelectores en ellos, de quienes me siento tan cerca y a quienes creo estar dirigiéndome personalmente cada vez que escribo una entrada. Hay un hilo tendido entre quien me lee y quien esto escribe, no siempre ese contacto significa entendimiento, pero sí siempre la calidez del contacto humano a través de la palabra que nos une, negando las distancias. Tú lees, yo escribo. Estamos aquí, juntos. En Magán (Toledo), que tiene apenas poco más de las 1280 almas  de Jim Thompson, alguien ha entrado a leer algo de lo que he escrito, y enseguida el dispositivo de proyección le pone cuerpo, rostro, mirada, gestos peculiares y lo sitúa acaso en un estudio no diferente de este, lleno de estanterías abarrotadas de libros, pero no lo sé. El Artista Desencajado tiende a pensar que los heridos del mal de la letra impresa somos hermanos de religión, que ese mal nos re-liga y nos hace cercanos, parecidos, correligionarios. En Munro, ¡cuna del cine sonoro argentino!, y que albergó estudios de cine; en Trois-rivières;  en Pedreguer (Alicante), donde nació Celedonio Calatayud, el introductor de la radioterapia en España; en Morelia, la ciudad de las puertas abiertas; en Monterrey, cuna de Lorenzo Garza, el único torero mejicano que cortó un rabo en la Monumental de Madrid; en Astraján, en la desembocadura del Volga, de inequívocas resonancias textiles; en Sarria (Lugo), donde murió el padre de Alfonso X, a quien el castellano tanto debe; en Leganés, donde en 1870 se celebró el último duelo legal, por el que el duque de Montpensier acaso perdió un trono; en Metz, ciudad de ida y vuelta en las disputas franco-prusianas, y acaso bilingüe sin quererlo; en Tudela, patria chica de José María Iribarren, autor del muy querido para mí El porqué de los dichos, libro de amabilísima lectura y mejor recuerdo, y ciudad guerrera donde las haya, pues fue la última en ser incorporada al reino de España; en Talca (Chile), "ciudad del trueno", donde tienen un dicho que he conocido en otros dos lugares, estos españoles: Talca-París-Londres, para darse el el pisto de un cosmopolitismo de quiero y no puedo, como el del Reus-París-Londres catalán o el Abarán-París-Londres murciano; en Tlaltizapán, tierra heroica de zapatistas; en Apatzingan, donde se firmó la primera Constitución democrática sudamericana en 1814, hija directa de la Pepa gaditana; en Tijuana, que significa "junto al mar", por más que la ciudad, fronteriza con Usamérica, tenga más connotaciones azules de Heinsenberg  que marinas...; en Burnaby, que pertenece al área metropolitana de Vancouver; y, finalmente, en Torrent, una localidad de apenas185 personas, según el último censo...Es cierto que está en un lugar privilegiado como es el Ampurdán catalán, pero el privilegiado se siente, en realidad, este artista que ha hollado digitalmente ese rincón tranquilo, apartado, discreto, tal que el lugar luisiano donde ni envidiado ni envidioso pueda pasar uno los días dedicados a los afanes del intelecto y la sensibilidad, y ha sido capaz de interesar a un intelector en estos discursos tan plomizos a veces...
               Quería ofrecer una pequeña muestra de mi sorpresa y de lo que ello supone para mí, un acicate y un compromiso que no coartan mi libertad creadora, pero que me hacen cercano, ¡presente!, al semblable, al frère, al que me dirijo con la complicidad de quienes habitan en la inquietud, la curiosidad, el pasmo y la pasión por la vida y sus obras.
                 Gracias a quienes leen y a quienes lo hagan  en el futuro o lo hicieron en el pasado: lo leído es carga ligera que nunca abruma, si se queda; pero que desespera, cuando lo perdemos.