sábado, 8 de marzo de 2014

Un viejo ( y nuevo) libro de viajes comunista


Arroz amargo: Por el río abajo, de Alfonso Grosso y Armando López Salinas*.

     Si la primera novela de nuestro canon occidental, el Ulises, puede considerarse, además de como una novela fundacional, como un entretenido libro de viajes, no es de extrañar que este género literario-documental haya tenido siempre un público lector devoto y fiel. Es rica nuestra literatura de viajes, y alimentada, además, por perspectivas tan diversas como el origen de los visitantes que han viajado por España y nos la han dado a conocer desde esa óptica foránea que, a menudo, ve aquello que nos pasa desapercibido a los nativos. Desde el libro de viajes del embajador veneciano Andrea Navagero (quien introdujo a Boscán en el cultivo del endecasílabo), cuando vino a la boda de Carlos V, Viaje por España, hasta los viajes del propagandista protestante George Borrow, recogidos en su La Biblia en España (1843), pasando por la Relación de España, escrita por Francesco Guicciardini, protoaforista europeo o Rocinante vuelve al camino, de John Dos Passos, son innumerables los libros de viaje que han querido dejar memoria de los viajes por nuestro país, tan atractivo para los primeros viajeros románticos que lo pusieran de moda, una moda que llega hasta nuestros días. En nuestra propia literatura no son pocos los autores que han sentido la llamada del camino y de su relato posterior. Pongamos dos ejemplos señeros con los que este libro de Alfonso Grosso y Armando López Salinas tiene evidentes puntos de contacto: Viaje a La Alcarria, de Cela (1948), y Campos de Níjar (1960), de Juan Goytisolo. Entre ambos, Por el río abajo, cuya primera edición española es de 1966, en París y su segunda en 1977 en la editorial albia literaria, de Bilbao, tiene la aureola de libro prohibido por el régimen (¡y cómo no!, teniendo en cuenta su valor contrapropagandístico de los éxitos del Régimen franquista), y la desgracia de ser, a día de hoy, un libro absolutamente olvidado frente a la pujanza literaria de los otros dos, sin merecerlo, porque está a la altura literaria de ambos, lo cual no deja de ser sorprendente para ser la primera obra de Alfonso Grosso, destacado representante del realismo socialista español, a quien acompañaba Armando López Salinas, alto responsable del PCE y cultivador de la literatura de viajes comprometida, como en su Caminando por las Hurdes, escrito al alimón con Antonio Ferres o en su Viaje al país gallego, escrito con Javier Alfaya.
 Las marismas del Guadalquivir son el escenario crudo e inhóspito de este recorrido por los arrozales de la desembocadura del río andaluz. Refiriéndose a sí mismos como “los viajeros”, a veces llamándose por el nombre de pila, Alfonso y Armando, y muy rara vez por el apellido, Grosso, los dos viajeros van levantando acta notarial de las condiciones de vida de los segadores y otras profesiones que malviven en aquel terreno donde se importó el cultivo del arroz hacia 1920 de mano de los expertos valencianos, una minoría regional de la que no pocos personajes del libro echan pestes (Los valencianos, incluso los capataces, no quieren saber na de nosotros. Hablan en su lengua y hacen boda entre ellos. Los Andaluces, aunque es nuestra tierra, no pintamos ni la o. Solo pintamos a la hora de trabajá), lo que llama poderosamente la atención, del mismo modo que la lucha por el jornal contra los segadores que llegan a las marismas de otras partes de España buscando sobrevivir en condiciones infrahumanas.
 Los viajeros no pierden ripio de lo que ven y escuchan y lo llevan a su libro con un afán documental en cuya presentación no se ahorran cierto estilo tremendista que habían denunciado, como un defecto, en la obra de Cela: Las calles, quebradas por las casas absurdas, llenas de entrantes y salientes, de olor y de regueros de inmundicias, de palos clavados en la tierra con dos o tres cuerdas combadas por el peso de la ropa puesta a secar. Todo el paisaje de estercoleros, de chozas y casas rotas, de solares en donde latas de conservas vacías brillaban entre montones de escombros. Todo el caserío amarillo y sucio donde los enjambres de moscas se comían los cuerpos desnudos de los niños.
La realidad que describen Grosso y López Salinas, la de jornaleros sometidos a los caprichos de los capataces y a la explotación miserable, parece en todo momento que haya sido el material que le sirviera de base a Miguel Delibes para escribir Los santos inocentes, porque desde las chozas de adobe hasta el paludismo pasando por la esclavitud pura y dura sin horizonte posible: Yo no tengo amor a la tierra. ¿Cómo voy a tenerle amor si no tengo ni un cacho de ella?, esos hombres y mujeres, redivivos siervos de la gleba, o del arrozal, no tienen auténtica vida propia: Todo lo que veis ustedes es de él. Tiene mucho el boticario. Yo trabajo pa él y su familia desde que me salieron los dientes. Y ya se me han caído de viejo. No tengo una hora menos de los setenta años. La actitud de los viajeros es la de dejar hablar. No han ido a sermonear futuros emancipadores y revoluciones agrarias, aunque a veces lo hagan, pero lo suyo propio es dejar que se expresen libremente esos seres uncidos al arrozal, como el que habla de la marisma cuando no era tierra de nadie, y de ahora que lo es de media docena de familias, lo que remachan los viajeros al abrir el capítulo siguiente, con tonos de manual ideológico: Toda la vida depende de ese mar verde, de esas espigas granadas que se aprietan en un haz inmenso que el viento agita en oleaje continuo. Hasta el mismo borde del poblado llegan los cultivos, el monocultivo gigante; el latifundio. Al parecer, nada de lo que hay en “Alfonso” pertenece a sus habitantes. Todo es prestado o alquilado, todo pertenece a las compañías agrícolas. En realidad, la Marisma no es más que el fiel reflejo de toda Andalucía, la región de España, salvo Extremadura, donde la tierra está peor repartida. Donde para una enorme población de braceros hay una corta lista de grandes propietarios.
El libro tiene la virtud de resumir biografías en escasas líneas, como la de Pedro: Entonces uno tenía veinte años y aunque pasaba las morás no tenía responsabilidades, era uno libre como los pájaros del río. Pero uno se echa la soga al cuello en cuanto una mujé le mira tres veces seguías. Y, luego, como no se tiene conocimiento de los tejemanejes de cama, se llena uno enseguía de hijos. Y los hijos son como gorriones y hay que llevarles la comía al pico. (…) Yo no sé lo que pasa con algunas mujeres, la mía cuantito lo huele se quea preñá. En siete años que llevamos casaos hemos tenío tres criaturas y dos abortos. La niña se nos murió a los tres meses.
Los viajeros se adentran en poblados que apenas pueden recibir el nombre de pueblo, se hospedan donde pueden y caminan  a través de una llanura inmensa en la que es difícil no sólo orientarse, a pesar del plano que llevan, sino tener conciencia de las distancias, de ahí que no todo el camino lo hagan a pie. En Puntal, rebautizada Villa-Franco del Guadalquivir, los viajeros se encuentran con las fiestas de la localidad y describen un ambiente propio de cualquier pueblo de la España de los 60, visto, por ejemplo, en las películas de Berlanga. Más tarde, en Lebrija, el barbero habla luego del analfabetismo de Lebrija, de la falta de escuelas, de los hombres en paro, del hambre que ronda trescientos de los trescientos sesenta y cinco días del año en la vieja, ilustre, linajuda y visitada ciudad de Lebrija. Y no falta ni siquiera, al despedirse, la constatación no ya de la existencia del tonto del lugar, sino de tres hermanos que así son tomados, y lo describen con acento valleinclanesco: Los viajeros sienten una gran tristeza viendo a estos seres que pasean por la calle en medio de la burla de muchos, con sus manos epilépticas, sus ojos lacrimosos y su camisas chorreantes de baba, que se pierden, tocando las palmas y cantando, por la costanilla encalada llena de macetas de geranios.
Los autores no renuncian en su texto ni a ciertos arranques líricos ni, sobre todo, a recoger el lenguaje propio de la zona, lleno de palabras que salpican la narración con un acendrado sabor popular y rural. Así, la descripción de la primera visión de San Lúcar: La ciudad aparece en una vuelta de la carretera entre torres doradas de reflejos, almiares, campanarios y espadañas. Se ve la desembocadura del Guadalquivir y, en frente, la Punta de Malandar del Coto Oñana con sus pinos juanramonianos. El aire tiene un sabor distinto, huele a brea y marisco, a mar y vino de un año. O esas palabras llenas de sabor local que jalonan el texto con su fuerte impronta campesina: Los lucios, el bullarengue, la zambulla, los chiveteros, la almarraja, los cizones, el jateo, el engurruñar, el veril, las camballadas y tantas otras que recuerdan los esfuerzos de recuperación léxica de los escritores de la Generación del 98.
Por el río abajo es un libro de viajes que leído hoy, y teniendo en mente las referencias literarias citadas, tiene la virtud de haber dotado de un capacidad simbólica al espacio de las marismas, además de haberles conferido una personalidad novelesca de primera magnitud. Los arrozales amargos acaban adquiriendo la fuerza del hado que somete a sus habitantes, quienes se debaten en su miseria y falta de horizontes como languidecen los presos en una fortaleza de la que  no pueden escapar. Los dos viajeros, Alfonso y Armando, parecen cumplir un destino que no acaban de entender, porque raro capricho les parece a los habitantes de los arrozales que hayan escogido tierras tan inhóspitas para visitarlas, y deambulan por ese espacio fantasmagórico a fuerza de verde y llano y húmedo, llevando el famoso espejo en el camino. Pero resulta terrible, por miserable, la imagen que en él se refleja, aun a pesar de que en alguna que otra ocasión despunte un humor que se congela, sin embargo, en la triste mueca de la sonrisa.
  
* Como si hubiera sido una despedida premonitaria esta crítica, acaba de fallecer Armando López Salinas. Bregó por un ideal caduco. Escribió por amor al hombre y al paisaje. Le guió el bien ajeno y el desprendimiento de la ambición propia. Sit tibi terra levis.

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