sábado, 18 de enero de 2014

El método filosófico en la Estética de Hegel.

La necesidad de la Filosofía (desde la adolescencia) para la forja del razonamiento.



           Asociar Hegel y Estética puede inclinar al lector a pensar que va a abrir poco menos que un ladrillo que se le va a atragantar en el primer capítulo:  La concepción objetiva del arte. A poco, sin embargo, que haya iniciado la senda raciocinante del autor, el lector se irá dando cuenta de que ha emprendido un camino absolutamente urbanizado, lleno de ayudas para transitarlo con toda comodidad, e incluso, en algún tramo que aparentemente pudiera parecer difícil, el autor le ha instalado una práctica escalera mecánica que le ahorra los pesares de las articulaciones.
Esta obra, en su segunda lectura a cuarenta años de distancia de la primera, me parece hoy, que no entonces, una obra que deberían leer todos los bachilleres para adquirir un método de razonamiento cuya aplicación les permitiera desbrozar cualquier aparente, o real, aridez de las materias que hayan de cursar en la universidad. Hegel ejemplifica el método siguiendo los pasos sin saltarse ni uno, y asegurándose de que el lector continúa junto a él, confiado en que no le hará trastabillar. Al principio establece la diferencia entre lo bello artístico y lo bello natural, dándole preeminencia a lo primero por ser hijo del espíritu, y como solo lo espiritual es verdadero, el autor llega a la conclusión de que lo bello natural es, pues, un reflejo del espíritu. A partir de estas dos definiciones tan sencillas, Hegel ira atendiendo al desarrollo de la disciplina estética sin dejar ningún eslabón de la cadena de sus razonamientos sin explicar, sin justificar.
La lectura de un libro con este lapso de distancia me ha supuesto una aventura anecdótica: contrastar los subrayados de hoy con los del ayer, una suerte de evaluación cicatera que ha buscado sacarme los colores, bien sea por la ignorancia, bien por la ingenuidad, bien por la petulancia exhibida en ellos. Con una desconsideración zarrapastrosa, además, he comprobado, ¡para mi horror!, que el libro estaba subrayado con bolígrafo, lo que convertía esa lectura en algo indeleble, expuesta de por vida a la hiriente burla ajena. Para mi alivio he de consignar aquí que el impulso dialéctico me llevaba a subrayar como importante lo ya subrayado entonces, y lo he vuelto a hacer, ahora con lápiz, para marcar bien las coincidencias y las divergencias entre la veintena y la sesentena de quien esto escribe.
Un ejemplo me ahorrará elogios y descripciones, para que el lector se percate del valor metodológico que tiene el libro: La primera pregunta que nos planteamos es la siguiente: ¿Por dónde vamos a comenzar para abordar nuestra ciencia? ¿Qué es lo que nos va a servir de introducción en semejante filosofía de lo bello? (…) Sea cual fuere el objeto de una ciencia y sea cual fuere la ciencia en sí misma, dos puntos deben atraer nuestra atención: en primer lugar, el hecho de que tal objeto existe, y en segundo lugar, el hecho de saber lo que es. Como se aprecia, Hegel no retrocede ni siquiera ante lo obvio para poder establecer los fundamentos precisos y sólidos de su aventura reflexiva, filosófica, y ése es el valioso ejemplo que puede deparar a los jóvenes (y también a los viejos, claro), tan propensos a evitar los pasos intermedios, las transiciones, por aburrido que sea establecerlas con nitidez y coherencia. Como dice Hegel: En filosofía nada se debe aceptar que no posea el carácter de necesidad, lo que quiere decir que todo debe tener el valor de un resultado.
Prosigue el filósofo sumando objeciones a cada afirmación –En primer lugar, ocupémonos de estas primeras objeciones es una de las frases clave de su método–, de forma que pueda establecerse con claridad el valor de cada afirmación y sea un paso sólido en el que apoyarse para dar el próximo. El sendero filosófico de la Estética está lleno de afirmaciones, de tesis, que Hegel defiende de todos los reparos imaginables e inimaginables que se le ocurren. Después de establecer el carácter espiritual de la belleza, sostiene Hegel que gracias al arte podemos liberarnos del reino agitado, obscuro, crepuscular de los pensamientos, para recobrar nuestra libertad y elevarnos hacia el sereno reino de las apariencias amistosas. El divorcio, pues, entre pensamiento y deleite estético es piedra angular de su edificio teórico. La diferencia entre la razón y la imaginación, entre lo natural y lo artificial, entre lo necesario y lo gratuito, entre lo científico y lo estético es lo que condiciona la enorme dificultad que supone elaborar una teoría de lo bello y del arte en general: en la mente en general, pero sobre todo en la imaginación, contrariamente a lo que pasa en la Naturaleza, lo arbitrario y lo anárquico son los que reinan de una forma absoluta, lo cual hace a los productos de la imaginación, es decir del arte, completamente impropios para el estudio científico.
Por si no había quedado claro con lo dicho hasta aquí, a nadie se le oculta ya que el método hegeliano es el método científico, difícilmente aplicable a un objeto tan sospechoso como la belleza artística que, al decir del filósofo, se dirige a los sentidos, a las sensación, a la intuición, a la imaginación…, es decir, a todo lo que se aparta del campo de la razón y cae del lado de la emoción, esa fuerza oscura que ya Sartre definió como una brusca caída de la conciencia en lo mágico. Todo esto choca con la convicción de Hegel de ser el pensamiento la naturaleza intima y esencial del espíritu. La obra artística, así pues, según el filósofo, vendría a ser una manifestación alienada del espíritu: obra de éste, en efecto, pero en la forma estética que se dirige a la imaginación, la sensibilidad y los sentidos, de ahí que el espíritu, ante la obra de arte, se afane en querer comprenderla desde su razón constituyente, para reintegrarla, comprendida, a la totalidad del espíritu.
Como no podía ser de otra manera, en tanto que manifestación del todopoderoso espíritu que somos, el arte, como el pensamiento, ha de tener un mismo objetivo: la consecución de la verdad, y a ese objetivo se subordina la apariencia sensible de la obra artística, por eso defiende Hegel que el espíritu puede reconocerse a sí mismo en el arte, pero no en la Naturaleza, un auténtico medio extraño, e incluso hostil, y por eso renuncia a la vieja teoría artistotélica de la imitación para explicar el fenómeno artístico: Al querer rivalizar con la Naturaleza por la imitación, el arte permanecerá siempre por debajo de la Naturaleza y podrá ser comparado a un gusano que hace esfuerzos por igualar a un elefante. El objetivo esencial del arte –al margen del imperativo axiológico– consiste, así pues, para Hegel, en hacer accesible a la intuición lo que existe en el espíritu humano, la verdad que el hombre abriga en su espíritu, lo que conmueve el pecho humano y agita el espíritu humano. Esto es lo que el arte debe representar, y lo hace por medio de la apariencia, que, como tal, nos es indiferente, desde el instante en que sirve para despertar en nosotros el sentimiento y la conciencia de algo superior.
El carácter civilizador del arte le parece a Hegel uno de los grandes fines de la actividad que tanto puede elevarnos a la altura de lo que es noble, sublime y verdadero, como hundirnos en la sensualidad más grande, en las pasiones más bajas, ahogarnos en una atmósfera de voluptuosidad y dejarnos desamparados, aplastados por el juego de una imaginación desencadenada que actúa sin freno. El arte, desde esta perspectiva moralizadora que se manifiesta en la dicotomía, tendría principalmente como objetivo la lenificación de la barbarie en general. Con todo, ha de constatarse que el arte moderno, al menos desde los dos últimos siglos, más ha seguido ese camino del hundimiento que el del alzamiento, para inevitable escándalo de un Hegel redivivo, porque ahora la norma es la satisfacción inmediata de los deseos (y de los instintos) y no su embridamiento espiritual. Para Hegel es indiscutible la función moralizadora del arte, y un imperativo ético la lucha contra las pasiones desbocadas (excúsese la redundancia). Todo ello redunda, en última instancia, en una afirmación del espíritu y de su victoria sobre lo natural, único fin de aquél.
Hegel, plenamente romántico, defiende el origen inconsciente de la creación artística, pues cualquier intervención de la conciencia es susceptible de alterar la actividad artística, de perjudicar la perfección de las obras. La obra nace de la inspiración del genio, pero éste, a pesar de los pesares, debe poseer –nos dice Hegel– un pensamiento disciplinado y cultivado y una práctica más o menos larga. Y esto porque la obra de arte presenta un lado puramente técnico que sólo consigue dominarse con la práctica. Esa dedicación es un requisito indispensable para que la inspiración halle idóneo acomodo.
El arte tiene una dimensión ontológica evidente. Para Hegel la obra de arte es un medio gracias al cual el hombre exterioriza lo que es. Ese ser, además, desea apartarse cuanto le sea posible de su condición estrictamente natural, quiere alejarse de los límites de su condición biológica para intentar exteriorizar la conciencia que tiene de sí mismo, lo cual deviene una necesidad que se deriva de su índole racional. De hecho, la construcción del ser pasa inevitablemente por formarnos un sentido de lo bello, lo llama Hegel, que en modo alguno forma parte de nuestra condición humana, antes bien al contrario: se trataría de un sentido que tiene necesidad de ser formado y que, una vez formado, se convertiría en lo que se llama el gusto. Tener gusto, es, pues, tener el sentimiento, el sentido de lo bello.
Ahora bien, Hegel distingue enseguida entre el gusto, que se limita a una contemplación puramente exterior de la obra de arte, y el conocimiento que implica una reflexión acerca de la misma obra. En el fondo, está convencido de que el espíritu determina la creación de la obra de arte para buscarse a sí mismo en las obras cuya creación impulsa, porque, según afirma Hegel:  la productividad artística exige la indivisión de lo espiritual y lo sensible. De los productos de esa actividad decimos que son creaciones de la fantasía. En ellos se manifiestan el espíritu, lo racional y la espiritualidad, que hacen su contenido consciente con la ayuda de elementos sensibles. La famosa dicotomía fondo y forma desaparece en la concepción artística que nos ofrece Hegel en su Estética. Por un lado, pues, discurre lo que él llama la imaginación ordinaria y, por otro, la imaginación creadora de arte o fantasía que capta y engendra representaciones y formas con las que da una expresión figurada, sensible y precisa a los intereses humanos más profundos y más generales. Nuestra posición frente a la obra artística, así pues, se caracteriza por la atención que le prestamos inicialmente al objeto que percibimos por los sentidos para, posteriormente, preguntarnos sobre el significado y el contenido de dicha obra. Somos nosotros, pues, quienes le atribuimos una alma que su exterior nos deja adivinar, puesto que, conforme a lo ya establecido con anterioridad, el objetivo final del arte solo puede ser el de revelar la verdad, el de representar de una forma concreta y figurada lo que se agita en el alma humana. Ello se produce, en cualquier caso, en una especie de conciliación de los contrarios, esto es, la materialidad existencial de la obra y su inmanente significación espiritual.
Como culminación del método riguroso que sigue,  Hegel dedica la última parte del libro al análisis de la teoría kantiana de lo bello para, a continuación, desmenuzar las teorías románticas de Schiller, Goethe y Schelling con la tensión entre el ideal y la concreción real, entre la exploración de las profundidades íntimas del espíritu, de Schiller, y el estudio del lado natural del arte, de la naturaleza exterior, de Goethe. Lo bello, en última instancia, será la fusión de ambas dimensiones. Termina su exploración de la estética romántica con el examen de la teoría del yo de Fitche, solipsismo puro y duro, y la creación romántica de la ironía concebida por Schelegel: la concentración del yo en el yo, por la cual todos los lazos están rotos y sólo se puede vivir en la felicidad que produce el goce de sí mismo. (…) Otra expresión de la negatividad irónica consiste en la afirmación de la vanidad de lo concreto, de la moral, de todo lo que es rico en contenido, de la nulidad de todo lo que es objetivo y posee un valor inmanente. Si bien, al decir de Hegel, el sujeto cae entonces en una especie de tristeza lánguida (“una hermosa alma muriendo de hastío”), de la que se encuentran síntomas en la filosofía de Fitche. Esta personalidad irónica es el fundamento, según Hegel, de la individualidad genial, y le parece lo propio de ella que se afane en la autodestrucción de todo lo que es noble, grande y perfecto, de forma que, incluso en sus producciones objetivas, el arte irónico se encuentra reducido a la representación de la subjetividad absoluta.
A partir de tal constatación, Hegel deriva su indagación hacia la elucidación de la genialidad y su fundamento irónico-disolvente. Acabada ésta, nos dice, tras un recorrido de 116 páginas, que, después de todos los preliminares que se acaban de leer, ha llegado el momento de abordar nuestro estudio, el del tema propiamente dicho… Y aquí es cuando el lector que hasta entonces había discurrido sobre un perfecto engranaje filosófico comienza a perder pie lentamente a medida que es abducido  por un razonamiento que identifica Espíritu y Dios, y de cuya oscuridad da fe, es elocuente testimonio, el siguiente ejemplo: Es Dios, es el ideal lo que constituye el centro. Dios, al desarrollarse, se convierte en el mundo. Hecho esto, se desdoble. Por un lado, Dios es la naturaleza inorgánica, la objetividad de donde el espíritu está ausente, por otro, es la objetividad subjetiva, divinidad como reflejo de sí mismo; o, incluso, es objetividad abstracta y extraña al espíritu, por una parte, subjetividad concreta, subjetividad que sólo existe en sí, espiritualidad particularizada, divinidad subjetiva por otra.
Y he reconocer que al llegar al por otra que clausura el párrafo, me derrumbé cuan corto soy, preso de un ataque de vergüenza descomunal. Mientras duraron los preliminares no niego que, con alguna dificultad, todo lo iba más o menos entendiendo, pero en cuanto llegué a las escasas 31 páginas últimas, me desmoroné y cerré el volumen con la certeza de no tener ninguna sobre cuál sea el verdadero fundamento de la Estética de Hegel más allá de la consoladora definición que extraje de ese trayecto final encumbrado: Una obra de arte es tanto más perfecta cuanto más su contenido y su idea corresponden a una verdad más profunda. Con cautela de intelector avanzo que esa verdad más profunda tiene que ver con la ratio última del edificio hegeliano: el espíritu constituye la infinita subjetividad de la idea que, en tanto que interioridad absoluta, no sabría expresarse libremente, desarrollarse completamente en la prisión corporal en donde se encuentra encerrada. La idea sólo existe, según su verdad, en el espíritu, por el espíritu y para el espíritu.

Ha dicho.

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