viernes, 25 de octubre de 2013

La política española en el siglo XXI o ansí...

El discurso político como exigencia cívica del aquí y ahora.

Los lectores más o menos asiduos de estas páginas habrán de disculpar al Artista Desencajado, hoy metido a émulo de político, por estas reflexiones ladrilláceas que pretendieron en su momento influir en alguien con "mando en plaza" y que sufrieron el desdén habitual para con quienes se atreven a pensar desde la independencia individual y rechazan el totemismo grupal. Ustedes disculpen.

La dictadura del titular vs. las corrientes de fondo.
Hay en la política española, a cualquier nivel, desde los ayuntamientos hasta las comunidades autónomas, pasando por el gobierno central, un hábito que ha sustituido la auténtica praxis política: la dependencia de lo inmediato, lo que podríamos llamar la “dictadura del titular”. En nuestros días cabe hablar también de la presión del twitter, como variante de lo anterior, pero el prestigio de la empresa periodística, aunque socavado por la circulación de noticias y rumores en la red, aún permite marcar las diferencias. Vivir dependiendo de la ”ultimísima declaración”, de la última “imputación”, del último y cada vez más llamativo titular, ya a favor ya en contra de la marca* política, ha conseguido eliminar del retrato del político su capacidad teleológica, antaño considerada una de sus principales cualidades: el político ha de saber hacia dónde va un país, cuál es el horizonte hacia el que se propone que se dirija una sociedad; ha de prever, incluso, cuáles son los riesgos a los que esa sociedad está expuesta para hacerles frente con la determinación y los recursos adecuados. Para cualquier votante de izquierda, la dialéctica del regate corto de la descalificación, un juego diabólico en el que sólo la derecha parece no sólo que se mueva en su medio habitual, sino que, además, sea la única que saca provecho electoral, resulta deprimente, y menoscaba la confianza en los dirigentes que la practican. Es decir, la política del “dales caña”, cuyo desafortunado apogeo es el dilema falso del “o nosotros o el franquismo”, se ha convertido en un factor disuasorio del ejercicio del derecho a voto. No hemos de olvidar que los votantes de izquierda “siempre” somos más exigentes que los de la derecha, quienes “cierran filas” en torno a sus anacrónicos pero poderosos valores sin casi discrepancias, como demostró Lakoff en un libro de lectura obligada para cualquier militante de izquierda. En resumen, que orientar la acción política en función de “lo ultimísimo”, del si me han dicho esto yo les digo lo otro, si me dicen que soy así, les digo que son ansá..., es una causa eficiente de la famosa desafección, sobre la que ya diremos algo más adelante en otros apartados de estas reflexiones.
*En  consonancia con los tiempos de “mercados” que vivimos, se ha extendido el uso, sobre todo a partir de aquel famoso programa de actuaciones sociales y políticas que se elevó al rey Juan Carlos para favorecer el desarrollo del país, de hablar de España como si fuera una empresa comercial: la marca España, expresión que oímos con mucha frecuencia; y a buen seguro que hay negociantes que buscan la reputación de un aval para ampararse en él y poder realizar sus lucrativos negocios. La propuesta de marca se ha convertido, sin embargo, en una visión unidimensional del país como una mera marca comercial a la que se “daña” o de la que “se extrae un beneficio”, dejando de lado que España significa, ante todas las cosas, la unión política de ciudadanos libres que, en términos generales, ejercen, con total garantía, sus derechos básicos y cumplen con sus deberes ciudadanos. A lo que voy es a que esa perversión conceptual se ha extendido a los partidos políticos y ha derivado en una visión “mercantil” de los mismos, lo que conduce a los votantes a considerarlos como empresas de negocios orientadas, como no puede ser de otra manera, a la captación de sus clientes, que son los votantes. Ahí está Cayo Lara, como ejemplo, insistiendo ante las díscolas bases que la decisión de permitir que gobierne el PP en Extremadura “daña la marca IU” de manera acaso irremediable para su credibilidad como bastión contra la derecha (pues así de megalómanos se presentan a los electores).

La devoción fanática a la estadística
Esta nueva beatería se nos presenta como un culto que ha entronizado un cauce de prospección de la opinión popular como el único posible para saber qué piensan los votantes, y ello a pesar no sólo de la imperfección radical del método, sino de los reiterados fracasos del procedimiento, como se ha puesto de manifiesto una y otra vez, sin que ello, al parecer, haya sido motivo suficiente para cambiar de culto y buscar “dioses” más favorables que auxilien a quienes han de tomar decisiones. De hecho, como puso de manifiesto Haro Tecglen en un famoso artículo en El País, lo que se ha perdido es el político intuitivo que sabía tomar el “pulso de la calle” desde la experiencia personal del contacto directo con ese “hombre de la calle” con valor representativo, contacto que le permitía a dicho político intuitivo saber cuáles eran las necesidades y por dónde soplaba el viento de las aspiraciones de la sociedad a la que representa. Quizá buena parte de la desorientación de los políticos actuales provengan del distanciamiento que sus responsabilidades han propiciado. Ello ha conducido a que tanto desde la izquierda como desde la derecha se practique una suerte de despotismo ilustrado (“solo nosotros sabemos lo que le conviene al país y lo vamos a llevar a la práctica, cueste lo que cueste”) que ha alejado a la “clase política” de los ciudadanos. El críptico mensaje de Felipe González en su última reelección, “he entendido el mensaje” se quedó en eso, en críptica e insignificante frase afortunada, algo que ha ocurrido con buena parte de los retruécanos a que tan aficionado ha sido el anterior Presidente de Gobierno, como el famoso: “Las palabras han de estar al servicio de la política y no la política al servicio de las palabras», las apostillas  al cual me ahorro para no hacer leña… De hecho, todos los mensajes de los que te he hecho destinatario, Miquel, estaban, como el presente, elaborado desde esa perspectiva del “hombre de la calle”, del ciudadano “de a pie”, sin vínculos de partido –lo que no quiere decir desentendido de ellos, claro está–, pero muy vinculado a lo real del día a día y, a su manera, también a las posibilidades del devenir. La revolución de la información ha complicado sobremanera el ejercicio de la acción política, estoy de acuerdo, y en el hecho de saber discriminar el grano de la paja de cuanto se oye, lee o ve se juegan no pocos resultados electorales. La fe en la estadística es directamente proporcional al grado de reclusión, de aislamiento, de quienes ejercen el poder, su única ventana abierta al pueblo al que gobiernan, pero lo que se cuela por ella son los humazos de la fritanga, del cocinado de las mismas, no las manifestaciones genuinas de ese pueblo. La imagen de político trabajador, tenaz, workholic, prisionero del despacho –como la que se quiso transmitir para “prestigiar” la figura de Montilla–, no sólo no compensa la ausencia de aquel contacto, sino que se vuelve contra el así ensalzado mediante el recurso al eficaz “síndrome de la Moncloa”. En la perspectiva catalana, hemos de recordar que Pujol cimentó sus mayorías en un “pateado” del territorio desde el primero hasta el último día de sus mandatos. Desde la izquierda llamamos a eso “populismo”, desde el pueblo llano lo llaman “preocupación por sus problemas; desde la derecha “trabajarse el voto”.
Derechos vs. Deberes
La insistencia en los derechos y las políticas de derechos sin el platillo equilibrador de los deberes ha extendido en la sociedad la idea nada edificante de que la satisfacción de nuestras necesidades individuales o familiares no son algo de nuestra casi exclusiva responsabilidad sino un servicio “obligatorio” del ahora jibarizado “estado del bienestar”. Pongamos como ejemplo la perversión académica: “son los profesores quienes me han de aprobar, no yo quien esté obligado a estudiar”. Puede parecer una parodia, una treta de argumentador demagógico, pero es una realidad de tomo y lomo. En el otro platillo de esa  balanza grotesca de los efectos de tal política unidireccional podemos poner el caso del paciente que hace responsable al médico que lo atiende  de lo que le pasa y a quien le exige explicaciones, a veces con violencia de por medio, como se publica a menudo en la prensa. Un ejemplo que se llevó la palma fue,  ¡lamentablemente!, el anuncio de Rubalcaba sobre el MIR de los futuros profesores. ¿De verdad creía Rubalcaba que los profesores son el “problema” de la enseñanza? Esa tarjeta de presentación le pasó, entre otras, una factura electoral por todos sabida y padecida, y ello por el hecho de no haberse atrevido a hacer una auténtica política-verité, podríamos decir, en clave fílmica, de llamar a las cosas por su nombre y de plantarle a cada uno ante sus narices sus incumplimientos sociales. La extensión de la educación obligatoria hasta los 16 años se “vendió” como un derecho. El resultado final ha sido el hundimiento estrepitoso de la enseñanza pública, donde se concentran, ¡qué curioso!, los profesionales más cualificados.

Cataluña
Todo por la patria
Mientras que a nivel nacional español el retruécano de “no te preguntes qué puede hacer tu país por ti…” tiene un sentido evidente, que enlazaría con la reflexión sobre los derechos vs. los deberes, en Cataluña, donde es  bandera de CiU –de ahí, quizás, la mercadotécnica intención de kennedyficar a Mas, a quien no le falta, eso sí, la estupenda “mandíbula de Yale” de la que hablaba Tom Wolfe (si bien su otro yo es un referente fílmico: el demediado Lord Farquaad de Shrek)– es imprescindible cambiar la óptica para poner la política al servicio de los catalanes en vez de al de un concepto de patria secuestrado por la casposa derecha nacionalista, la que aún cree en la autarquía franquista como método para no “contaminarse” por los “agentes provocadores” del exterior, a juzgar por las declaraciones miccionadoras del ínclito Carod o los ataques al vino de rioja del peregrino consejero de campo y playa  del gobierno de “los mejores”. Algo está fuera de toda duda: el socialismo catalán ha sido incapaz de inscribir en el imaginario popular una Cataluña diferente de la creada por CiU y el soberanismo secesionista en general. En vez de alimentarse para ello en el presente, tratando de perfilar el retrato de la verdadera Cataluña a la que ha dicho reiteradas veces que representa como nadie, ha mirado siempre hacia la idealización del pasado y ha hecho de su proyecto justo lo contrario de lo que decía representar: ahí están, por ejemplo, las vergonzosas políticas lingüísticas a remolque del ideario soberanista, por ejemplo, entre otros ejemplos.. De todo ello se derivan no pocas discordancias que han llevado a muchos electores desamparados por el relato soberanista del país, encarnado por el PSC, a buscar cobijo “narrativo” en la Cataluña española de Ciudadanos.
La divinización del “país” y el abandono de los “paisanos” a quienes se les quiere imponer a toda costa lo que los modernos denominan, siguiendo a Bajtin y Ricoeur, el “relato” nacionalista, es una de las previsibles causas del descenso de apoyo para el psC, que ha abandonado casi por completo la defensa del carácter catalanoespañol del PSC, tratando de reafirmar un  relato que ya tiene narradores que no se empachan a la hora de cubrir, con la estéril arena de la demagogia, todos los campos de la realidad.


Disfrute Vs. Usufructo, del poder
La prepotencia en el “disfrute” del poder frente a la austeridad y la cercanía al ciudadano que ha de conllevar el usufructo del mismo ha marcado un alejamiento entre  representantes y representados que ha acabado cuajando en un movimiento radical cuya premisa es “no nos representan”, una afirmación que muy probablemente compartan el 40% de los catalanes que ni se aproximan a un colegio electoral a depositar el voto. Y no hablemos del ¡52%! que desautorizó silenciosamente el polémico Estatut del imposible Estado. Algo habrá tenido que ver –la percepción popular tiene un entrenamiento de siglos para esas detecciones– el hecho significativo de las “prebendas” sociales de que disfrutan los políticos y, sobre todo, la olímpica lejanía de sus representados en que suelen vivir, siempre rodeados de guardaespaldas, siempre relacionándose con la “high society” y en rarísimas ocasiones con el pueblo llano, quien, con razón, teme su cercanía, porque entiende que se aproximan elecciones; como cuando Hereu, que  decretó el monolingüismo municipal, contra toda norma legal y lógica, se descolgó con una cartita bilingüe en la proximidad inmediata de su descalabro. Cuántos no hicieron trizas el infame papelucho pedigüeño con el excelente  argumentario popular: ¡A buenas horas, mangas verdes!

PSC-PSOE;  PSC-psoe; PSC; psC
Si antes me refería a que ha faltado plasmar ideológicamente la concepción de una Cataluña que sea espejo de su presente para poder enfrentarse al relato soberanista del catalanismo, no menos urgente es aclarar la propia identidad como partido, antes de poder tener credibilidad suficiente ante la sociedad. Domina en el socialismo catalán el tactismo identitario sobre todas las cosas: ahora me interesa refugiarme bajo el paraguas del PSOE, para las generales, ahora me interesa destacar mi autonomía fundacional, para las autonómicas. Para bien o para mal, ha de quedar muy claro el vínculo “familiar” ideológico. No puede ser que ciertos planteamientos del psC  los votantes los vean como criptoconvergentes antes que como socialistas, porque de ahí deriva incluso la terminología del “ala catalanista”, del partido, como si la otra ala fuera “españolista”, casi propiamente cercana a los postulados del PP. Esta es una confusión que los partidos nacionalistas explotan con sorprendentes beneficios, pasando incluso por encima de las convicciones socialistas (o pseudosocialistas) de quienes, puestos en el brete de escoger, anteponen como Sobrequés o Mascarell, la posible gloria de la patria al bienestar de los ciudadanos. Si Larra escribía acerca de ¿Quién es el público y dónde se encuentra?, el psC bien podría preguntarse, con él, ¿quiénes son mis votantes y dónde se encuentran? Una vez formulada la pregunta, bien pudiera darse el caso de que la respuesta chocara frontalmente con ciertos planteamientos del partido y que ese choque sea la explicación de los últimos resultados. Incluso en los tiempos en que era votante fidelísimo del PSC-PSOE (y me da legitimidad para hablar desde esa condición el haber soportado un diluvio en un acto electoral en el Parque de la Ciutadellla, con Raimon Obiols de candidato, sin moverme de mi asiento hasta que se clausuró el acto, del que casi hube de salir a nado…) intuía ya que la política del entonces PSC-PSOE era deliberadamente “perdedora”, que perdían ex profeso para permitir que CiU fuera conformando la Cataluña que ellos, si ganaran, con la base electoral que tenían, no podrían permitirse el lujo de construir, porque habrían de acercarse a las necesidades de esas bases; hoy, después de los dos tripartitos, ha quedado definitivamente claro que no andaba yo errado, porque, instalado el partido en el poder, no han hecho sino intentar pasar por la derecha nacionalista a los gobiernos de CiU para asegurarse una larga vida en el disfrute del poder. El proceso se nos presenta como lo propio de un delirio ideológico digno de estudiarse en manuales de ciencia política. Anda el psC revuelto y dividido en este asunto de “sacar pecho” identitario frente al PSOE, pero lo cierto es que cuantos más pasos se han dado en la dirección de alejarse del PSOE, más se ha alejado el psC  de los electores y mayor ha sido su decadencia electoral. Después del ridículo de un Montilla prosopopeyescamente hipernacionalista para revestirse de una dignidad a la altura del cargo, sin saber que son las personas las que dignifican los cargos, no al revés, la necesidad urgente de hallar no sólo al electorado propio, sino también de retenerlo, ha de llevar al psC a valorar con mucho mimo todo lo que pueden perder, y, con ellos, la sociedad catalana, en términos de pluralidad y de paz social.

Valores
Se han de revisar a fondo los llamados valores de izquierda, porque se ha confundido a veces el estado del bienestar con el subsidio de la ignorancia y de la pereza que, envalentonadas, han acabado exigiendo sus hipotéticos derechos poco menos que incluso a un tren de vida que va más allá no sólo de a lo que les acreditan sus biografías, sino de lo que el propio Estado puede sufragar. Valores como el igualitarismo a ultranza han sido confundidos de arriba abajo y concebidos como una castración del tejido social: al que destaque, a segarle la hierba; en vez de allanarle el camino para que sus habilidades repercutan, después, en el cuerpo social. Se han dado innumerables muestra de ese igualitarismo mal entendido; pero lo que queda, al final, es que, a pesar de hacer la loa de la excelencia, lo que se ha premiado es, sobre todo, evitar que haya quienes destaquen, para no “menoscabar” la autoestima de quienes fracasan, como en el sistema educativo, donde se da la monstruosa paradoja de quienes renuncian a sacar buenas notas para no ser anatematizados por los líderes ignorantes del grupo. El desprestigio del saber y del  hacer bien las cosas se ha ido instalando en la sociedad gracias a la insistencia en ciertos valores mal entendidos, como digo. Lo importante es la igualdad de oportunidades, eso es lo auténticamente socialista, no el igualitarismo que sólo consigue el desinterés de los más capaces.
 Repensar el concepto de ayuda social para establecer un doble sistema: ayudas de solidaridad para los desfavorecidos, por un lado, y ayudas sociales en función ¡siempre! del nivel de renta, nunca con carácter universal.
El pago simbólico de ciertos servicios públicos para crear la conciencia social de que no se puede abusar de esas inversiones no directamente productivas en el corto plazo: léase la escuela, léase la sanidad. Es más progresista un  buen sistema de becas que un regalo que, como tal, muchas veces ni se aprecia ni se usa debidamente. En el ámbito de la educación se aprecia claramente lo que significa esa mentalidad: a la que pueden, los usuarios prefieren pagarse una privada concertada, porque entienden claramente que aumenta su estatus. El reverso de esa situación es que si se les hiciera pagar una cantidad simbólica, pongamos 500 euros por curso, el aprecio que dispensarían a la educación pública sería muy diferente, del mismo modo que cambiaría su control sobre los hijos: hecha una inversión, se pueden exigir resultados. Sin inversión, ¿qué más da lo que haga o deje de hacer el alumno?
Así mismo, el partido ha de cambiar su concepción centralista y estatista de la vida como la del Gran Padrecito que se encarga de la vida de todos sus “súbditos”; ha de procurar cambiar la mentalidad “filial” del ciudadano dispuesto a esperar que el Estado le arregle la vida, que se encargue de él, como han puesto de manifiesto algunas pueriles reivindicaciones de los jóvenes movilizados el 15-M. Se ha de fomentar la autonomía individual, la propia responsabilidad, etc.; contribuir eficazmente al aumento de creación de riqueza, es decir, captación, por esa vía, de mayores recursos públicos.



Al servicio de los ciudadanos
La vida individual de las personas no pueden ni deben depender de quién gobierne en las instituciones, pero es imprescindible que se sepa. –con actos– que una fuerza política como el PSC-PSOE sí apoya a los ciudadanos material e incluso estratégicamente, para que puedan cumplir su proyecto vital. El reparto de la riqueza no puede llevarse a cabo con medidas electoralistas como la del “cheque-bebé” improvisada por Zapatero, sino en el marco de unas ideas básicas sobre quiénes han de recibir ayudas, de qué monto, en qué circunstancias de la vida y con qué finalidad, y, a ser posible, con carácter permanente, que no cambien con la llegada al poder de otras fuerzas de signo ideológico contrario. El cuidado de los hijos, el de los ancianos, la conciliación de la vida profesional y familiar, las becas, etc., no pueden depender de cambios de partido en el poder. La idea de que todos seamos iguales lleva al corolario absurdo de que aquel cheque-bebé cayera en manos de quienes, como el Príncipe Felipe y su señora, podían prescindir perfectamente de dicha ayuda. La falta de un criterio progresista en la aportación a las arcas públicas ha de corregirse urgentemente, porque es en estas medidas en las que la sociedad identifica mejor a quienes representan a unos y otros.

La vida del partido.
Dado el alto nivel de mercantilización en el que se han sumergido los partidos, “marca” incluida”, se ha de reconsiderar no sólo la política de campañas informativas desde el Poder local, estatal o autonómico, sino también la política publicitaria de las campañas electorales: el mejor anuncio es un militante entregado que tenga voz y voto, permanentemente, en la vida diaria del partido, desde cerca, no como mero peón caminero y fuerza de trabajo electoral barata. Al tiempo que la vida de agrupación languidece, el abstencionismo crece. Fomentar la participación política supone captar a los simpatizantes y darles “cancha” en el sentido de garantizarles que podrán ser oídos respetuosamente en los órganos de actividad del partido, desde las agrupaciones de barrio hasta donde ellos, con sus propuestas y razonamientos sean capaces de llegar (a tal efecto no cabe desdeñar 70% de abstención que se produjo entre la militancia que estaba llamada a participar en las primarias a la alcaldía, porque es una señal que ha de saber leerse, para sacar las conclusiones adecuadas). En este país nuestro de tertulia  política de bar, sin compromiso, debería un partido político ser capaz de ofrecer un cauce que mengüe  esa falta de inquietud. Se trata de reunir a personas en principio afines por sensibilidad social para compartir después, llegado el caso, otros compromisos. En el paraíso del individualismo, lograr que el compromiso se racionalice sería un gran avance. No se necesitan militantes “a lo madre de Calcuta”, superabnegados, hipermotivados, porque ese mismo entusiasmo acaba descalificándolos socialmente por exceso de parcialidad; sino militantes que se encarguen de labores a su alcance, compatibles con sus proyectos individuales de vida, y, sobre todo, que puedan cumplirlas con plena eficacia. Para que un partido sea una herramienta viva ha de mantener un debate constante, del mismo modo que ha de preservar consensos básicos inviolables. Lo antiguo son los personalismos de las baronías, que exhalan un tufillo a oligarquía caciquil que mata.

El botijo y el  pañuelo anudado en la cabeza.

La hipérbole de Guerra en el primer gobierno de Felipe González daba a entender con toda claridad la ética socialista: la austeridad como forma de vida. La virtud del ejemplo también ha de llevar a identificar a quienes defienden una ideología como la socialista. No es posible que se acabe abonando el tópico del “todos los políticos son iguales”, porque ello redunda en el alejamiento del que ya hemos hablado. Recientemente, hemos tenido la ocasión de contemplar  la boda del señor Collboni como un espectáculo mediático que ha “chirriado” a muchos votantes socialistas que no creen que sus representantes hayan de moverse en esos mundos de la alienación programada como pez en el agua. Es difícil escaparse de la circunstancia individual de cada cual, pero parece evidente que la identificación social de un “socialista” ha de ser inequívoca. Los electores han de estar convencidos de que un Millet es imposible entre sus militantes, por más que luego la realidad pueda desmentirlo, pero lo que no puede ocurrir es que caigan los socialistas dentro del “ya se sabe: todos son iguales”, porque ese es el fundamento de la desafección.  El partido ha de atarearse en la desmitificación del triunfo social basado en la banalidad y la explotación de las “bajas” pasiones; distinguir entre “fama” o “famoseo” y reputación; destacar los valores sólidos del trabajo bien hecho frente a la chapucería; reivindicar, en consecuencia, la tradición ilustrada que ha permitido el desarrollo de tantas ciencias y disciplinas con un nivel de exigencia que veda el paso a quienes no los cumplan. Es decir, frente al ideal del contertulio,  que sabe de todo y por ende de nada, el del investigador que “domina” determinada parcela del conocimiento, y lo hace gracias a un trabajo hercúleo. Por otro lado, el partido ha de aplicarse en la modificación, siquiera sea conceptualmente, de la jerarquía del éxito social, y no establecerla en función de la ganancia económica, sino de la dimensión social positiva, de modo que puedan congeniarse los intereses individuales y los sociales. Un bróker es, desde este punto de vista, justo lo contrario de un emprendedor a cualquier nivel que se plantee la iniciativa, siempre y cuando parte de ella revierta en el bienestar social.

viernes, 4 de octubre de 2013

Joseph Roth en sus postrimerías


Joseph Roth: El Anticristo:
 La alegoría cansada del santo bebedor.
Habrá lectores que piensen que el título de este blog no responde a la realidad, que un diario poco o nada tiene que ver con las quizás ya excesivas recensiones de lecturas que dominan en éste, pero se equivocan. Si en un diario se  refleja la vida íntima de quien lo lleva, ¿cómo no dejar constancia crítica entusiasta, tibia o decepcionada de lo que tanto significan en la vida íntima de este artista desencajado sus lecturas, por amor a las cuales se ha considerado siempre un intelector, y jamás un intelectual?  Es evidente que la especialización de las palabras casi obliga a reservar “diario” para la vida íntima y fuerza a usar “dietario” para la transcripción del mundo intelector de quien quiere compartir con los demás los frutos de sus desvelos, pero esa escisión siempre me ha parecido artificial y, de hecho, buen número de dietaristas acaba endilgándole al lector highlights de su biografía, vengan o no a cuento. Quien lee como respira es justo que haga un esfuerzo para comunicar a la comunidad de lectores interesados en estas cosas su experiencia vital. No ignoro lo pesado que puede llegar a ser que nos hablen, con mayor o menor gracia, de obras a las que no nos hemos acercado nunca o de obras que ya tenemos en la región hipotalámica  del olvido, pero no se aparta de mí el recuerdo reconfortante de las amistades cuyas sugerencias lectoras y críticas volanderas tanto contribuyeron a mi siempre defectuosa información y formación. A veces la lectura es un discreto suicidio o apartamiento del flujo vital en el que se ha de convivir con tantísima necedad que, querámoslo o no, nos acaba salpicando; y otras un muro tras el que nos ocultamos para que no nos confundan. La creación de heterónimos puede parecer otra manera de protección, pero puedo asegurar, con inequívoco conocimiento de causa, que no es sino fuente de íntimos conflictos de difícil solución, sobre todo si estos están presididos por el sentido del humor más negro imaginable.
Hallé este “libro” de Roth , una de esas creaciones antigenéricas que desafían la clasificación decimal, en una librería anarquista, sin que de su edición me hubiera llegado noticia por fuente alguna, aunque soy poco amigo de las novedades y sí de las vejedades que adquieren pátina de ácaros en las librerías de viejo, seminuevo y nuevo, que de todo ello parece que estén obligadas todas ellas a tener a la venta para poder sobrevivir. La editorial, Capitán Swing, me era desconocida, aunque ahora sé de su predilección por la temática sociológica y política y el esfuerzo poderoso por poner ciertas obras clásicas y editorialmente ruinosas a nuestro alcance. Lo adquirí enseguida, acríticamente, porque cualquier cosa de Roth tiene un hueco en mi biblioteca. Otra cosa es que este desahogo más o menos retórico tenga el mismo interés que otras obras suyas, sobre todo cuando, ya en las postrimerías de su vida, y sujeto a un alto grado de alcoholización, se advierte, apenas se empieza a leer, que su nervio imaginativo, siempre rápido para captar la imagen que retrata una situación un personaje o una tendencia social, anda de capa caída. Hay en el libro, con todo, tan buenas imaginaciones y argumentaciones que sería un pecado de arrogancia despacharlo con un exceso de piedad o una incomprensible indiferencia. El prólogo de Ignacio Vidal-Folch, que no se mete en dibujos teóricos ni retóricos, sino que tiene el buen gusto de conjugar la información con un fino análisis psicológico y político de Roth es imprescindible como introducción al autor, aunque ya se le haya leído. Acertada es la radiografía moral que establece del autor, un ser complejo que vivió una realidad en permanente cambio que él padeció como un desposeimiento que le condujo a la enajenación, precedida por la esquizofrenia de su mujer, que hubo de ser internada: En determinadas circunstancias la sensatez es revolucionaria: Roth aspiraba a dialogar, a influir, a convencer a lectores de Ostara, la revista que formó a Hitler y que predicaba la lucha de la raza rubia y heroica contra la de los “simios sodomitas hasta llegar al cuchillo de la castración”. Predicar la tolerancia y el amor universal en una sociedad volcada al odio y la guerra es también ser intempestivo, y quizá por eso Roth adoptó el tono solemne de este singular ensayo . Evocar la figura de este santo bebedor en Paris pergeñando este grito de denuncia contra la banalización del mal, un proceso que le granjeó a Arendt tantos sinsabores, nos muestra la imagen de una Europa sumida, por obra y gracias del fascismo en la peor de sus caras posibles. Suscita compasión la figura del autor, un ser huésped de hoteles, un hombre en tránsito, un desplazado, como muchos de sus personajes, según lo define con acierto Vidal-Folch, pero al lector contemporáneo no le son ajenos los temores del autor, ni la raíz ética y liberal de su pensamiento; antes al contrario, quienes busquen en El Anticristo el fino humor irónico, y a veces sarcástico, del reputado articulista, no lo hallarán como él solía ser, porque, al borde de la desesperación, del último fracaso, nos llega su voz con los desgarros trágicos que llevaron a uno de sus “iguales, a Zweig, al suicidio. Sin embargo, la obra está llena, de principio a fin, de felices invenciones sobre las que conviene reparar. El libro se presenta como un intento de desenmascaramiento del Anticristo, que ya ha hecho acto de presencia entre nosotros, pero al que nos cuesta identificar porque: se nos presenta con el ropaje del pequeño burgués, con el ropaje del pequeño burgués de cada país (…) equipado con todos los atributos del temor a Dios propios del pequeño burgués, con su piedad bajuna, con su vulgar avaricia de apariencia inocua y su espléndido amor, de talante incluso noble, hacia determinados ideales de la humanidad, como, por ejemplo, la fidelidad hasta la muerte, el amor a la patria, la disposición heroica para el sacrificio en bien de todos, la castidad y la virtud, la veneración hacia el legado de nuestros padres y del pasado…, algo que, con inquietantes augurios, hemos podido volver a contemplar en el auge de ciertos nacionalismos ultraderechistas en muchas partes de Europa, como si nada hubiéramos aprendido de las tragedias que devastaron nuestro continente. Con paso titubeante, pero firmeza condenatoria, Roth pasa revista a nuestros días de entonces y nos describe una sociedad “desalmada” que se mira en el espejo que  mejor la retrata: el cine. ¡Qué poderosa imagen sobre la capacidad alienadora del joven nuevo arte, la que levanta ante los ojos del lector, como un espejismo sólido, la ácida pluma de Roth! A sus ojos, algo achispados, pero de aguda mirada, el cine, o mejor, la industria cinematográfica, es un Hades que no sólo envía sus sombras al mundo exterior sino que hace también de los vivos del mundo exterior, que no venden sus sombras, dobles de las sombras del Hades. Eso es Hollywood. A su entender, y la teoría de los simulacros del ingenioso Baudrillard parece fundamentarse en estas ideas de Roth,  los jóvenes vivientes de todo el mundo que ven estas sombras adoptan el porte, la expresión, la figura y la actitud de las mismas. Ésa es la razón de que encontremos a veces en las calles a hombres y mujeres, a personas vivas, que no son ni siquiera dobles de sus sombras, como los actores de cine, sino aún menos: dobles de sombras ajenas. Un proceso que culmina en la identificación de la Caína con Hollywood: El mundo antiguo conoció el Hades, el lugar de la estancia de los muertos convertidos en sombras. El mundo en que vivimos conoce el Hades de los vivos, es decir, el cine. Hollywood es el Hades moderno. Allí las sombras adquieren la inmortalidad ya en vida.
En sus últimos años, el conocimiento que Roth tiene de la especie humana, forjado en el contacto con la vida a través de su actividad de cronista del presente y, por otro lado, en la frecuentación de la mejor literatura, la que no admite fronteras nacionales ni continentales, en la que han de incluirse obras suyas como Job o La marcha Radetzky le lleva a una amarga concepción desesperanzada de la existencia humana: Todos los animales de la creación temen al hombre. Pero hoy en día, el hombre teme al hombre más aún que todos los animales de la creación. Pues el hombre conoce el terror hacia sus semejantes mejor que las fieras. Con todo, Roth sabe que hay mucho de artificial en esos enfrentamientos entre las personas y los pueblos, porque, como nos dice con singularidad claridad, y oportunidad histórica para nuestro propio presente híbrido de hybris identitaria y ebriedad patriótica, considero raros, pero también comprensibles por igual, a todos los pueblos del mundo. Mantengo absolutamente la opinión de que los seres humanos son, ante todo, seres humanos. Y mientras no se diga en todo el mundo, en todas las lenguas de esta tierra, la verdad indiscutible de que todos los seres humanos se parecen entre sí más de lo que se diferencian, considero un pecado dar a conocer las diferencias entre los distintos pueblos antes que sus semejanzas y su igualdad.
Fiel a su ácido espíritu crítico, Joseph Roth, cuya tradición hermenéutica pasa por la decodificación exacta de las mixtificaciones del  lenguaje autoritario y de cualquier uso tergiversador del mismo, se despacha a gusto contra el neolenguaje avant la lettre que alcanzó su máxima expresión en la recreación que hizo el nazismo del fondo común de la lengua, según dejó estudiado Víctor Klemperer en La lengua del Tercer Reich. Roth, por ejemplo, toma como pretexto de su disquisición la célebre expresión de la religión como opio del pueblo: “La religión es el opio del pueblo” ¡Vaya frase! Necia, como todas las que tienen la fuera de seducir los oídos de la gente a la manera de una melodía pegadiza. Y tan alejada de la sabiduría como una música callejera. Se le podría dar la vuelta como se puede cantar cualquier canción callejera de atrás hacia adelante sin alterar su sentido musical. En esa frase, las palabras no tienen su significado original sino otro traslaticio. Igual que los sonidos de una canción de moda. Podríamos cambiar el sentido de esta frase por su contrario y sonaría igual de halagadora para un oído frívolo. Podríamos decir, por ejemplo: la incredulidad es el opio del pueblo. O, en función de los gustos: el opio es la religión de los ricos; o también: los ricos son el opio de la religión; o igualmente: los poderosos –es decir, los poderosos del momento, y no la religión– son el opio del pueblo. ¿Palabras de un filósofo? ¡En absoluto! El sonsonete de un parlamentario, ¡eso es lo que son! Lástima que sus escasas fuerzas dialécticas, en esos sus últimos días de residencia en la Tierra, no le permitieran explayarse sobre otra frase tan necia como la anterior y de inusitada actualidad en nuestro país: Una frase, tan necia como aquella que dice que la religión es el opio el pueblo. Me refiero a la frase: “La educación es poder”.
El libro no se agota en lo reseñado por mí, como es obvio, sin que alberga reflexiones de profundo interés que se ofrecen al lector a modo de pesquisa policíaca que le sigue la pista a la presencia del Anticristo en nuestras sociedades. Al hilo de la investigación, Roth describe costumbres, espacios, propósitos y despropósitos de las personas con su penetrante agudeza. No voy a olvidar nunca la delicada percepción suya de que en las casas fabricadas con cristal y metal, no necesariamente rascacielos, pero también: no hay silencio y soledad. En ellas hace ruido incluso esa cosa muda que es la luz.

Nada puedo añadir tras ese estallido de sensibilidad que no acabe convertido en horrísona y estentórea agresión. Silencio.