jueves, 20 de junio de 2013

La generación Tippex


Descorramos un tippexado velo…


Siempre ha estado de moda bautizar a las generaciones literarias o artísticas, en cierto modo por un prurito terminológico que sea de utilidad para los estudios históricos, y así hablamos de la Generación del 98, la del 27 o De la República, los novecentistas, los modernistas, los novísimos, la Joven narrativa española o la demasiado reciente generación Nocilla, por ejemplo, que es marbete un tanto degradado en el plano del referente.
Hoy me atrevo a proponer otra generación, la generación Tippex. He llegado a este bautismo por varias vías, pero la principal viene no tanto del mundo artístico, cuanto del académico, porque es conocida la pasión por el tippex, a todos los niveles, que sienten los jóvenes escolares españoles, e ignoro si europeos y mundiales. Ese uso masivo me ha llevado a establecer una analogía que quizá peque de falta de fundamento y/o pertinencia. En cualquier caso, a nadie le ha pasado desapercibida la extensión diastrática, diatópica y diacrónica del líquido mágico capaz de suprimir por arte de birlibirloque, dos toquecitos de pincel aquí y allá, los errores. Una vez cubiertos con el sudario que envolverá al ¿acierto? resurrecto de la corrección, ¿qué autor retendrá que esa reaparición fue precedida por un error, la mayoría de las veces de mucho más que de bulto?
El uso del tippex, esa suerte de líquido seminal que permitirá el alumbramiento del deseado acierto, remite a una fobia al proceso de tanteo que supone el error-acierto del aprendizaje y a un blanqueo del mismo. Nada más infamante que la tachadura y, más aún, el añadido, esa punta de flecha de bandada grullesca, que nos permite  insertar la nueva redacción. El lopesco oscuro el borrador y el verso claro y el juanramoniano  en lo provisional, exactitud también, como si  fuera definitivo, presuponen esa incesante labor de corrección en la que al artista que de verdad lo es le interesan mucho más los errores que los aciertos, porque  esos descensos de la excelencia al abismo de lo vulgar, lo adocenado o la fórmula estilística desustanciada son, a su manera paradójica (Fallar es otra manera de hallar, dice uno de mis aforismos), el esclavo que nos acompaña en la cuadriga, recordándonos que somos humanos:  Respice post te, hominem te esse memento  El artista puro, en consecuencia, es el más humilde de los mortales, y a veces se cree que es falsa modestia su aparecer como un galardonado por las musas, cuando se trata en realidad de su verdadera faz, la de quien contempla en sus escritos las mil y una tachaduras que le devuelven, espejo del alma, la dificultad intrínseca del proceso artístico.
Hay, con todo, muchas maneras de tachar. A unos les basta una sola línea. A otros, por el contrario, solo les complace una tupida red de tachones que impiden entrever cuál fue la apuesta retórica rechazada. Algunos no se quedan satisfechos si no han reproducido con su tachadura una perfecta y espesa gota de tinta que borre lo desechado como si se hubiera vertido el tintero. Otros, sin embargo, tachan tan livianamente que parecen empeñados en que casi no se note, como si dieran por buena la primera intención pero quisieran dejar constancia de que otra posterior superaba aquella. Los hay que ponen entre paréntesis lo rechazado y comienzan a dibujar diagonales y cruces hasta permitir la lectura fluida de lo que queda haciendo caso omiso de la oscura mancha resultante. Para los estudiosos, todas las tachaduras son significativas, y los hay que darían la vida por poder llegar a aplicar a los textos manuscritos la técnica de los rayos X que permiten descubrir insólitas pinturas bajo lienzos renombrados.
Un manuscrito tippexado es la negación de la literatura y exponente inequívoco de la ingenua creencia en que la “presentación” es ya el primer valor de la obra. Los autores tippex pertenecen a ese sistema educativo en el que, más allá de la imaginación, la rebeldía, la inspiración y la lógica endemoniada, se valora sobre todo una libreta impoluta, al margen de que se digan en ella obviedades sin cuento o se instruyan, sus pergeñadores, en la perversa técnica del recorta y pega que suele ser preludio inevitable de la práctica de la intertextualidad, eufemismo, como es bien sabido, del viejo plagio contra el que ya ponían la tachadura en el cielo Thomas Crenius y Ludow Schlichter, y que han defendido, no sin ironía, Lautreamont: El plagio es necesario, está implícito en la idea de progreso y T.S. Elliot: Los poeta malos se apropian, los buenos roban. Pudiera pensarse que intentan emular el ideal Mallarmiano de la página en blanco, del silencio, como suprema aspiración de la palabra, pero no hay tal: se trata de una expresión burguesa de la vergüenza, y poco más.

La generación tippex pretende algo imposible: no aprender de sus errores.

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