domingo, 10 de febrero de 2013

La imposible divulgación: Erotismo y prudencia, de Gregorio Luri



Lesendes Lernen: “Aprender leyendo”: Biografía intelectual de Leo Strauss.

          Si escribir en España ha sido siempre un larriano llorar constante, ello se ha debido a que leer en España ha sido noble y alegre heroicidad de inmensas minorías educadas en el amor al pensamiento y al arte. Si la lectura tiene pocos practicantes, los lectores de filosofía pueden ser considerados, como los de poesía, especies que, sin haber estado nunca en peligro de extinción, perviven en la frontera estadística de ese punto crítico. Valga lo anterior para describir el injusto contexto en que hemos de valorar la aparición de un libro tan apasionante como el que nos ha entregado Gregorio Luri desde una honestidad intelectual que escasea en este país nuestro tan dado a las banderías, las descalificaciones ad hominem, y al seguimiento de las consignas. La investigación del filósofo navarroocatense sobre la figura de Leo Strauss (un nombre que nada les dirá a quienes no frecuenten el mundo académico de la filosofía política y nada bueno a quienes menudeen sus visitas a los análisis volanderos de articulistas de medio pelo en blogs más próximos a la difamación que al estudio riguroso), es de una exquisitez intelectual tan grande que hemos de agradecerle no sólo el acercamiento a la figura de Strauss para conocer la génesis de su pensamiento, sino la profundidad y el rigor con que la ha expuesto ante nuestros ojos ávidos de conocimiento. Al concluir la lectura emerge un sentimiento de agradecimiento profundo por la claridad con que ha sabido exponernos las ricas ramificaciones de ese árbol genealógico del pensamiento del filósofo alemán. Teniendo en cuenta, además, la importancia de Platón y otros autores clásicos en la formación del pensamiento de Strauss, nadie mejor que un especialista en Platón y Sócrates como Gregorio Luri para desentrañar, más allá de los inevitables clichés que siempre se originan en torno a personajes que devienen polémicos a fuerza de ser consecuentes con la  actitud intelectual a que les inclina su propio daimon, la verdad de su pensamiento, siempre en permanente lucha, como quería Unamuno, en quien las ideas batallaban sin cuartel, y con quien he creído ver que guarda Strauss alguna relación, sobre todo con su San Manuel Bueno, mártir, por la idea de la pia fraus, de la mentira piadosa, entre otras. Strauss, judío, se declara ajeno a la Revelación y al mesianismo, y se reconoce incapaz de creer en Dios, aunque ese debate le acompañará a lo largo de su vida, porque el concepto de Dios y el de Ley, como el de Naturaleza, forman parte importantísima del entramado de ideas, propias y ajenas, que usa para sus análisis filosóficos. De igual modo que con Unamuno, en la lectura que hace Strauss de Maquiavelo como origen de la Ilustración y la Modernidad, resulta familiar  al lector de nuestra tradición literaria española, la concepción de la Fortuna como motor del mundo que ya se halla en el impresionante monólogo final de Pleberio en La Celestina, un breviario filosófico-poético que se adelanta a su tiempo.
          Lo primero que llama la atención en esta Biografía intelectual de Leo Strauss es el caudal de trabajo invertido en la escritura del libro, porque Luri nos da lo que promete: “biografía intelectual” significa rastrear no sólo las fuentes filosóficas de Strauss, sino también la atmósfera social en la que el autor se abre al mundo del pensamiento y la importancia y repercusión que tienen en su historia personal ciertas posturas vitales que supo adoptar contra la corriente general, porque no traicionarse a sí mismo en aras del reconocimiento público o de la recompensa material es lo propio de quien entendió la figura del filósofo como alguien opuesto a los ideales del común de los mortales, volcados a la práctica mientras él lo estuvo hacia la teoría, a sabiendas de la decidida autoexclusión social que ello supone y el alto precio que se ha de pagar por ella. O, como señala Luri: El Sócrates de Aristófanes defiende un adikos logos  según el cual la verdadera comunidad es la de aquellos que saben, y no la de la polis. El que sabe está más próximo a un extranjero sabio que a su propia familia. Otra cosa muy distinta es la facilidad con que quienes saben pueden ser atacados por la hibris y caer dentro del retrato desfavorable que hace Agustín García Calvo de ellos. Asistiendo a la narración de la vida de Strauss, el lector está tentado de pensar en los primeros catedráticos, por la silla, no por el escalafón, está claro, de las universidades medievales, con quienes iban a estudiar estudiantes de cualquier parte, los clerici vagantes, para hacerse con un saber que no encontraban en otra parte, de donde se derivó, sin duda el aura hermética que acompañaba el saber expuesto, y deseado, y a quien lo ofrecía. De ahí el concepto de “discípulos” que se asigna a un buen número de quienes recibieron las enseñanzas de Strauss y las propagaron, frente al ordinario de “estudiantes”, oyentes menos permeables del nada exotérico profesor alemán.
          Una recensión tiene sus límites, pero aun en estos tiempos procustianos del twitter, estoy convencido de que el valor de la extensión acabará  recobrando su lugar para satisfacción de quienes creemos que un desarrollo extenso no está reñido con la intensidad de los temas que se debaten, sino que, antes al contrario, es necesaria para poder acercarnos con cierta garantía de rigor intelectual a problemas tan complejos como los que se dirimen en la biografía intelectual que nos propone Gregorio Luri: el estatuto de la razón frente al de la Revelación (La Ley de la religión judía que justifica su proyecto político), algo que le parece a uno de los maestros de Strauss, Jacobi, el problema esencial de la filosofía; la legitimidad de los sistemas políticos como la razón práctica frente a la razón teórica; la problemática naturaleza del “ser”; la concepción de la Naturaleza frente a la Ley; la oposición entre Atenas y Jerusalén; la lucha de la razón ilustrada contra el dogma religioso desde Maquiavelo hasta Heidegger; el lugar de excepción del filósofo en la sociedad; el historicismo como legitimación última de la política, etc. Estoy seguro de que esta síntesis no ha hecho sino banalizar unos contenidos que, a poco que el lector se interne en ellos, comprobará que responden a las preguntas esenciales de la filosofía y de la política, tanto por separado como juntas (en la filosofía política como disciplina en la que Strauss adquirió su preeminencia académica y social), y que le lanzan a la lectura y/o relectura de cuantos clásicos sirven como punto de partida y/o llegada para la elaboración del pensamiento straussiano: Nietzsche, Heidegger, Maquiavelo, Platón, Jenofonte, Tucídides, Tomás de Aquino, Rousseau, Lucrecio, Hobbes, Aristófanes, Aristóteles, Spinoza, Hegel, Vico, Weber, Schmitt, Maimónides, etc.
He querido titular esta recensión con un aspecto esencial de la práctica docente de Strauss que Gregorio Luri, como buen discípulo, recoge y propaga con entusiasmo: Lesendes Lernen: “Aprender leyendo”. Porque si Strauss se significó por algo como docente fue por haber enseñado a muchas generaciones a leer  los clásicos y a leer en general para tratar de interpretarlos  sin tergiversarlos, algo que a Gadamer le parece imposible, porque, a su parecer, somos incapaces de apreciar en su dimensión pragmática el lenguaje de un tiempo tan lejano, y eso es algo que le reprochaba a Strauss. Con todo, el filósofo alemán propugnaba, según  Luri,  que cada autor debe, “en la medida de lo posible”, ser interpretado por sí mismo, sin hacerlo portador de puntos de vista que no puedan ser confirmados por sus declaraciones explícitas, algo que debemos considerar como el abecé del trabajo intelectual y que tan difícil les resulta de cumplir a quienes buscan en los clásicos la confirmación de su pensamiento antes que el esclarecimiento del del propio clásico. De ahí que el significado profundo de un autor relevante no se encuentre nunca en profundidades abisales, sino a la vista de todos. Pero no todos sabemos mirar y, en concreto, el lector impaciente es el más ciego. La lectura filosófica es una lectura lenta cuya clave no tiene por qué esconderse en la última página. El corolario de esta actitud intelectual es la defensa de la “lectura lenta”, que defiende Luri con sereno entusiasmo, frente a la lectura en diagonal que practican quienes quieren aparentar el saber, es decir, maquillar la ignorancia.
          La elección de un personaje tan polémico como Strauss tiene algo de sana provocación y de reto, porque cuando las pegajosas etiquetas de la propaganda se adhieren a las personas, cuesta “Dios y ayuda”, naturalmente..., tratar de rescatar la verdadera dimensión del intelectual desde el análisis sereno y lo más objetivo posible de su obra, de sus obras. Es muy posible que el conservadurismo declarado de Strauss –rayano en el fascismo para sus enemigos más extremistas- haya sido un obstáculo insalvable para acercarse al personaje con la suficiente ecuanimidad. Gregorio Luri, gracias a su amena biografía casi de novela negra: Para Strauss el filósofo tiene mucho de investigador privado (tomó la expresión “The art of writing”  de un párrafo de una novela de Nero Wolfe titulada La liga de los hombres asustados) y su investigación se desarrolla en torno a un cadáver, el de Sócrates. El hecho de que Sócrates fuera condenado a muerte en la democrática Atenas sin que eso supusiera el fin de la fiosofía es para Strauss el acontecimiento decisivo de la historia del pensamiento y, por supuesto el acontecimiento fundante de la filosofía política, nos permite tener esa visión de Strauss libre de prejuicios interesados, y he de confesar que la lectura de su libro incita a sentir una profunda simpatía por quien ha hecho del combate de las ideas la pasión de su vida. Resulta  difícil de creer que quien ha tenido discípulos como George Steiner o Susan Sontag, entre otros, pueda ser presentado como el paradigma de los neocons usamericanos, como una especie de fascista redivivo defensor del superhombre nietzscheano y azote de las clases menesterosas… Es cierto, como señala Luri, que el personaje tuvo no pocas zonas oscuras y que algunas de sus posiciones políticas fueron tan controvertidas como agónica (de agón, lucha) fue su agitada vida intelectual, en la que se granjeó tantos  enemigos como respeto a su honestidad, pero no es menos cierto que jamás actuó políticamente y que sólo la verdad fue la meta permanente de su actividad filosófica, opuesta radicalmente a los usos sociales, porque, al decir de Luri,  los hombres sienten aprecio a muchas cosas y la más importante de ellas no es necesariamente la verdad. Por otro lado no está de más recordar, por lo que hace a la combativa actitud filosófica de Strauss, que la moderación es una virtud política, no filosófica, según el apasionado biógrafo.
Cuando se han tomado 15 páginas de notas de la lectura de un libro, ello forzosamente ha de significar algo. En el caso de mi lectura de la lectura que hace Luri de Strauss, ello no puede significar sino la decidida voluntad de lanzarme a la relectura de todos aquellos textos ahora presentados bajo una nueva luz, los que le sirvieron a Strauss para forjar su propio pensamiento y los propios de Strauss, para poder ejercitar ese “arte de la lectura” que requiere su “arte de la escritura”. Confío en que las noches del ferragosto propicien dichas lecturas.

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