sábado, 24 de noviembre de 2012

Clarín y Fichte: jornaleros del espíritu.




Un jornalero, un cuento fichteano de Clarín.





           Ha querido el azar lector que me sumergiera en Algunas lecciones sobre el destino del sabio, de Joahn Gottlieb Fichte para, tras haber digerido la algodonosa y pegajosa nube de azúcar de su acendrado idealismo bienintencionado, con ribetes de socialismo utópico, acordarme, a raíz de una de las citas tomadas de Fichte, de un cuento de Clarín, Un jornalero, que siempre he tenido por el mejor de cuantos escribió, si bien confieso la fortísima raíz subjetiva de mi apreciación, e incluso es probable que  haya otros cuentos, como El dúo de la tos, por ejemplo, Pipá o ¡Adios, Cordera!, más notables desde el punto de vista estrictamente literario. Preocupado como lo he estado siempre por el mundo de las ideas –así, Ideas, premonitoriamente, bauticé mi primer libro de poemas, título que ya indicaba a las claras que no tengo de poeta la gracia que no quiso darme el cielo…–, me he pasado la vida bebiendo en fuentes filosóficas tan dispares que no es extraño que haya sacado un disparatado pensar sin pies ni cabeza, más próximo, paradójicamente, al rapto poético que al orden implacable de la lógica. Cualquier sistema cerrado siempre me ha producido claustrofobia y sus por consiguiente, y de ello se deriva, podemos concluir, hemos de inferir forzosamente, no podemos por menos que reconocer, etc., me han producido siempre un desasosiego incomodísimo. ¡Suerte tuve de haber leído a tiempo a Feyerabend y su Contra el método. Esquema de una epistemología anarquista, que tanto alivió mi maltrecha conciencia de andar, como es preceptivo en el árido campo filosófico, entre abrojos (al fin y al cabo, la etimología de abrojos: aperi oculos, a ello nos obliga).
         
Fichte, hijo de Kant y padre del Krausismo –por donde llegará a influir en Clarín–, construye en sus lecciones sobre el destino del sabio –una suerte de ensayo autobiográfico, pues– una curiosa utopía que lo acerca al socialismo a través de la responsabilidad moral individual, en primer lugar, y de la cultura, como herramienta de construcción del yo y del nosotros social, en segundo lugar. Después de una profesión de fe, porque la raíz religiosa del pensamiento de Fichte es obvia, en la primacía del Yo como resultado del contacto con los otros y con todo lo que nos rodea y que no es Yo, Fichte decide que nuestro destino fundamental en la vida es construir nuestra identidad como la plena concordancia consigo mismo, algo a lo que sólo se puede llegar a través de la cultura, pues nacemos sin la razón y expuestos a cuanto, a través de la sensibilidad, nos puede apartar de esa fin último que es conseguir la unidad, la identidad, la concordancia perfecta de un ser racional consigo mismo, en palabras de Kant. Resulta curiosa la concepción fichteana del yo como una ejemplificación de la reciprocidad: El concepto de individuo es un mero concepto recíproco: “Yo soy tal y tal” quiere decir “Yo no soy otro”, y nada más. Por lo demás, hombres reales no son posibles salvo si están en relación con otros como ellos. Ningún hombre existe aislado; y el concepto de un individuo postula el concepto de su especie.  La persona es, así pues, una construcción que sólo puede llevarse a cabo a través de la cultura. El último fin final del hombre es someter a sí mismo todo lo irracional, dominarlo libremente y según su propia ley. Este fin final es completamente inalcanzable. (…) No es el destino del hombre alcanzar esta meta. Pero puede y debe aproximarse a ella cada vez más y, por tanto, la aproximación infinita a esta meta constituye su vocación, su verdadero destino como hombre. (…) La perfección es la meta suprema e inalcanzable del hombre; pero el perfeccionamiento infinito es su destino, escribe Fichte.
          Desde este arranque, y dada la precariedad absoluta de la condición humana cuando nacemos, Fichte considera que, merced a nuestra educación, contraemos una deuda con el Estado, el facilitador que nos ha permitido convertirnos en seres racionales que ambicionan su plenitud, y que esa deuda hemos de pagarla en forma de reciprocidad: Hemos de ayudar a los demás a acceder al conocimiento para perfeccionarse y, de paso, perfeccionar la sociedad. El Estado, tal como lo concibe Fichte en estas lecciones, como todas las instituciones humanas que son meros medios, tiende a su propia abolición. El fin de todo gobierno es hacer superfluo el gobierno. Nos deslizamos por aquí hacia un ideal socialista o igualitario que se compadece a la perfección con  planteamientos de naturaleza utopista e incluso anarquista. Fichte describe a la persona como un ser definido por un impulso social compuesto, a su vez de otros dos: el comunicativo y el recipiendario, podríamos denominarlo: El impulso social, o sea, el impulso a entablar una relación de acción recíproca con otros seres racionales libres y a interactuar con ellos como tales, comprende los dos impulsos siguientes: en primer lugar. El impulso a comunicar, esto es, el impulso a cultivar en otros aquel aspecto de su personalidad en el que nosotros mismos estamos mejor cultivados y, en la medida de lo posible, a equipararlos a nosotros, a lo mejor de nuestro propio yo; y, en segundo lugar, el impulso a recibir, es decir, el impulso a dejarnos cultivar por otros en aquel aspecto en el que están mejor formados y nosotros lo estamos peor. Los errores que ha cometido la naturaleza son así corregidos por la razón y la libertad. La formación parcial que la naturaleza ha proporcionado a cada individuo se convierte en patrimonio de la especie entera; y la especie entera, a su vez, cultiva al individuo prestándole toda la formación que ella posee.
         
Esta euforia igualitaria no pierde de vista que, en la medida en que ese proceso social se verifica a través de la cultura, el hombre no puede hacer virtuoso, sabio o feliz a ningún ser racional contra su voluntad. Aparte de que tales afanes serían vanos y que nadie puede convertirse en virtuoso, sabio o feliz sino por su propio trabajo y esfuerzo. La ética del esfuerzo dirigido hacia la completitud de uno mismo y la de la responsabilidad social hacia los demás como medio de llegar a la perfección de la sociedad, no obvia esa dificultad que, en nuestros días, es el primer obstáculo con que chocan quienes quieren llevar a cabo esa labor humanizadora, racionalizadora. De hecho, cada vez se amplía más el número de quienes se desentienden de sí mismos y conciben el Estado como el Padre solícito que, robándoles la libertad, los encadena al disfrute de escasos servicios, menguados bienes materiales y una precaria seguridad hacia el futuro. No sé si la profecía de Berdiaeff se ha cumplido o no, pero que estamos muy, pero que muy cerca de una nueva Edad Media, con su estremecedor vacío ideológico resulta evidente, sin que se atisben, por otro lado,  los consoladores signos de un nuevo Renacimiento.
          Teniendo en cuenta la realidad, que a veces no parece existir para Fichte más que como mera construcción ideal, es evidente que, dada su época, se le impusiera una visión estamental de la sociedad,  y uno de esos estamentos es, precisamente, el de los sabios, al que él pertenece. Un estamento que tiene una responsabilidad inmensa en la consecución del objetivo igualitario que ha de permitir alcanzar el inalcanzable objetivo del perfeccionamiento individual y social. De algún modo, este vivir en el futuro de su misión trascendental emparenta a Fichte con el existencialismo, al menos en la importancia que, para los existencialistas, tiene el condicionamiento presente del futuro hacia el que se orienta la vida del individuo. A mí, sin embargo, lo que me ha llamado la atención de este texto de Fichte, ya lo dije al principio, es la relación íntima con un texto del cuento Un jornalero, de Clarín, cuya lectura recomiendo enfervorizadamente. La misión del sabio, según Fichte, es la de la abnegada vocación de ayuda a sus conciudadanos para devolverles lo que la sociedad le ha permitido obtener, se trata, pues, de una exigencia ética: Cada uno tiene el deber no sólo de querer ser útil en general a la sociedad, sino también de dirigir  sus esfuerzos, lo mejor que sepa, hacia el fin último de la sociedad: el constante ennoblecimiento del género humano, es decir, liberarlo progresivamente de la coacción de la naturaleza y hacerlo cada vez más independiente y autónomo. Mediante esta nueva desigualdad [de estamentos] surge una nueva igualdad: un avance uniforme de la cultura en todos los individuos.
         
Después de haberse embarcado en una refutación de Rousseau, achacándole que la persona en su pretendido estado natural original perdería lo que la distingue de los animales: la razón, Fichte confiesa, con un final lleno de acidez y clarividencia que También a mí me está confiada, en el área correspondiente a mi especialidad, una parte de la cultura de mi época y de las épocas siguientes. También mis trabajos ayudarán a determinar el curso de las generaciones futuras y la historia universal de las naciones todavía por venir. Estoy llamando a dar testimonio de la verdad. Mi vida y mi sino no valen nada en absoluto, pero de las acciones de mi vida depende infinitamente mucho. Soy un sacerdote de la verdad. Estoy a su sueldo, y me he comprometido a hacer todo, a arriesgar todo y a sufrir todo por ella. Si por su causa debiera ser perseguido y odiado, o si debiera incluso morir a su servicio, ¿qué habría hecho de extraordinario, habría hecho otra cosa que lo que simplemente tenía que hacer? Soy consciente de cuanto he dicho ahora y sé igualmente muy bien que una época castrada y sin nervio no soporta este sentimiento ni su expresión. Sé que semejante época, con una voz tímida que delata su vergüenza interior, llama a todo a lo que ella misma no es capaz de elevarse “entusiasmo fanático”. (El subrayado es mío) ¡Nada menos que una época castrada y sin nervio! Mira por dónde el bueno de Fichte se nos ha convertido en cronista del futuro…, este presente nuestro en el que se requiere una entereza indispensable para afrontar los retos aciagos de la sustitución de las ideas por el consumo: Cuanto más nobles y mejores seáis, más dolorosas serán las experiencias que os esperan; pero no os dejéis vencer por este dolor, sino vencedlo con hechos. Se ha contado con él, y forma parte del plan de mejora del género humano. Es poco varonil cruzarse de brazos y lamentarse de la corrupción de los hombres sin mover un dedo para disminuirla.
          Queda clara, pues, la providencial responsabilidad del sabio, y ahí es donde enlazamos con el cuento de Clarín.
          Andrés Vidal es un erudito que vive en  
N**, ciudad de muchos miles de habitantes, industriosa, rica, llena de fábricas, y en la que  no había un solo ciudadano que disputase ni envidiase a Vidal su privilegio de la Biblioteca, el cual consistía en poder quedarse a estudiar en ella por las tardes y hasta avanzadas horas de la noche, corriendo por su cuenta con el gasto de las luces que empleaba y encargarse de abrir y cerrar, dejando al marcharse las llaves en casa del conserje. Anda el bueno de Vidal metido en una competición con un colega y contrincante, socialista de cátedra, por más señas, por ser el primero en dar a la luz noticia de unos datos que cambiarían el análisis de las revueltas gremiales del siglo… En la industriosa ciudad se declara una huelga salvaje, con barricadas y piquetes armados. Vidal, cuando sale de la biblioteca, se encuentra con uno de esos piquetes cuyos extremistas componentes  lo confunden con un burgués a pesar de que su traje acusa la brillantez del desgaste y el descuido de las estrecheces propias de un erudito que vive para la investigación, y a muy duras penas de ella. La situación, tensa, se resuelve en el grito unánime de los sublevados para quemar al pobre erudito, al que acusan de ser un sabio burgués, junto con los libros de la biblioteca. Oído ese bárbaro propósito, Vidal sale en defensa de lo que constituye su razón de ser:
          -Señores –gritó Vidal con gran energía–. En nombre del progreso les suplico que no quemen la Biblioteca… La ciencia es imparcial, la historia es neutral. Esos libros… son inocentes…, no dicen que sí ni que no; aquí hay de todo. Ahí están, en esos tomos grandes, las obras de los Santos Padres, algunos de cuyos pasajes les dan a ustedes la razón contra los ricos… En ese estante pueden ustedes ver a los socialistas y comunistas del 48… Ahí tienen ustedes El Capital de Carlos Marx. Y en todas esas biblias, colección preciosa, hay multitud de argumentos socialistas: El año sabático, el jubileo… La misma vida de Job. No; ¡la vida de Job no es argumentos socialista! ¡Oh, no, ésa es la filosofía seria, la que sabrán las clases pobres e ilustradas de siglos futuros muy remotos!...
         
Ante la interpelación de uno de los amotinados: -¡No; que se disculpe…, que diga qué es, cómo gana el pan que come…, Fernando Vidal se siente herido en lo vivo y comienza, abriéndose paso entre los fusiles que le apuntaban, para dirigirse de tú a tú a quien le acusaba de ser un sabio burgués, explotador de la clase trabajadora, una defensa de la labor intelectual que coincide, punto por punto, con esa labor redentora de la sociedad que Fichte le concede al estamento de los sabios:
          -Tan bien como tú. Has de saber, que, sea lo que sea de la cuestión del capital y el salario, que está por resolver, como es natural, porque sabe poco el mundo todavía para decidir cosa tan compleja; sea lo que quiera de la lucha de capitalistas y obreros, yo soy hombre para no meter en la boca un pedazo de pan, aunque reviente de hambre, sin estar seguro de que lo he ganado honradamente…
          He trabajado toda mi vida, desde que tuve uso de razón. Yo no pido ocho horas de trabajo, porque no me bastan para la tarea inmensa que tengo delante de mí. Yo soy un albañil que trabaja en una pared que sabe que no ha de ver concluida, y tengo la seguridad de que cuando más alto esté me caeré de cabeza del andamio. Yo trabajo en la filosofía y en la historia y sé que cuanto más trabajo, me acerco más al desengaño. Huyo, ascendiendo, de la tierra, seguro de no llegar al cielo y de precipitarme en un abismo…, pero subo, trabajo. He tenido en el mundo ilusiones, amores, ideales, grandes entusiasmos, hasta grandes ambiciones; todo lo he ido perdiendo; ya no creo en las mujeres, en los héroes, en los credos, en los sistemas; pero de lo único que no reniego es del trabajo; es la historia de mi corazón, el espejo de mi existencia; en el caos universal yo no me reconocería a mí propio si no me reconociera en el sudor de mi frente y en el cansancio de mi alma; soy un jornalero del espíritu, a quien en vez de disminuirle las horas de fatiga, los nervios le van disminuyendo las horas de sueño. Trabajo a la hora de dormir, a oscuras, en mi lecho, sin querer;  trabajo en el aire, sin jornal, sin provecho…, y de día sigo trabajando para ganar el sustento y para adelantar en mi obra… Yo no pido emancipación, yo no pido transacciones, yo no pido venganzas… Desde los diez años, no ha oscurecido una vez sin que yo tuviera tela cortada para la noche que venía: siempre mi velón se ha encendido para una labor preparada; hasta las pocas noches que no he trabajado en mi vida fueron para mí de fatiga por el remordimiento de no haber cumplido con la tarea de aquella velada. De niño, de adolescente, trabajaba junto a la lámpara de mi madre; mi trabajo era escuela de mi alma, compañía de la vejez de mi madre, oración de mi espíritu y pan de mi cuerpo y el de una anciana.
          Éramos tres, mi madre, el trabajo y yo. Hoy ya velamos solos yo y mi trabajo. No tengo más familia. Pasará mi nombre, morirá pronto el recuerdo de mi humilde individuo, pero mi trabajo quedará en los rincones de los archivos, entre el polvo, como un carbón fósil que acaso prenda y dé fuego algún día, al contacto de la chispa de un trabajador futuro…, de otro pobre diablo erudito como yo que me saque de la oscuridad y del desprecio…
          -Pero a ti no te han explotado, tu sudor no ha servido de sustancia para que otros engordaran… -interrumpió el cabecilla.
          -Con mi trabajo –prosiguió Vidal–  se han  hecho ricos otros: empresarios, capitalistas, editores de bibliotecas y periódicos; pero no estoy seguro de que no tuvieran derecho a ello. Ese es un problema muy complejo; está por ver si es una injusticia que yo siga siendo pobre y los que en mis publicaciones sólo ponían cosa material, papel, imprenta, comercio, se hayan enriquecido.
          No tengo tiempo para trabajar indagando ese problema porque lo necesito para trabajar directamente en mi labor propia. Lo que sé, que este trabajo constante, con el cuerpo doblado, las piernas quietas, el cerebro bullendo sin cesar, quemando los combustibles de mi sustancia, me ha aniquilado el estomago; el pan que gano apenas lo puedo digerir… y, lo que es peor, las ideas que produzco me envenenan el corazón y me descomponen el pensamiento… Pero no me queda ni el consuelo de quejarme, porque esa queja tal vez fuera, en último análisis, una puerilidad… Compadecedme, sin embargo, compañeros míos, porque no padezco menos que vosotros y yo no puedo ni quiero buscar remedio ni represalias, porque no sé si hay algo que remediar ni si es justo remediarlo… No duermo, no digiero, soy pobre, no creo, no espero…, no odio…, no me vengo… Soy un jornalero de una terrible mina que vosotros no conocéis, que tomaríais por el infierno si la vierais, y que, sin embargo, es acaso el único cielo que existe… Matadme si queréis, pero respetad la Biblioteca, que es un depósito de carbón para el espíritu del porvenir…
         
¡Un jornalero del espíritu! Ahí es nada. Eso es todo.


sábado, 10 de noviembre de 2012

María Zambrano: La filósofa pasmada






Maria Zambrano: la serena claridad desasosegante del discurso en enigma de las razones vital y poética.

Desde que me aventuré en la lectura de la primera obra de María Zambrano que cayó en mis manos, Los claros del bosque, siempre he tenido, al leer a esta filosofa inclasificable, la misma sensación de permanecer sumido en la perplejidad y en el pasmo tras la lectura de una prosa poética que me eleva a las regiones místicas desde el trampolín de la razón hecha cuerpo y latido vital, es decir, socia amorosa de la irracionalidad.
Desde aquella primera lectura ya me deje mecer por el verbo poético y polifónico que formaba una red de melodías en las que el lector se abismaba, tan lleno de claridad y convicciones como de dudas fecundas y atrevidas hipótesis. Ninguna prosa filosófica me había embaucado nunca hasta aquel momento como la suya (excepción hecha Unamuno, en la adolescencia, del Foucault de Las palabras y las cosas, en la media madurez,cuyo primer capítulo sobre Las meninas siempre me pareció el norte de mis desvelos intelectores,  y, en la vejez, de  Clement Rosset, en su Lógica de lo peor y, sobre todo, en  Lo real y su doble, un libro, éste último, de obligada lectura para quienes sientan la pasión del filosofar y gocen con la maravilla del razonar en estado puro) ni ninguna otra me ha sumido en mayor perplejidad. La verdad es que nunca sé a qué carta quedarme, cuando me engolfo en las páginas desafiantes de María Zambrano. [Se hizo una película sobre ella que me negué a padecer: hay en la pseudoizquierda española una ñoña tendencia a la hagiografía que no puede explicarse más que por su inveterado conservadurismo y su apego a la educación católica recibida.] Tan pronto me llena de entusiasmo como me parece una embaucadora. Y paso de un estado al otro en cuestión de páginas. Acaso sea que, como buena hija de su tiempo, y heredera de la mejor tradición de la modernidad, Zambrano escogió el fragmento como método de indagación filosófica. Ese método supone una suerte de filosofar por aluvión que depende mucho del trato intelectual que se tenga en el momento en que se escribe. De hecho, buena parte de los textos de Zambrano son la respuesta a otros textos filosóficos.  Hay ciertos motivos que atraviesan de forma recurrente toda su obra, sea La agonía de Europa, sea La confesión, sea Hacia un saber del alma, sea el que ha motivado estas líneas, Notas de un método, en el que entraré con mayor detalle en breve, sea el recopilatorio Obras reunidas. Primera entrega o el aparentemente modesto, pero excepcional España, sueño y verdad, donde pueden leerse dos textos tan dispares y tan emotivos, ambos, como La mujer en la España de Galdós y Un capítulo de la palabra: “El idiota” , prólogo imprescindible para entender la pasión intelectual de Zambrano, quizás más cercana a la crítica literaria que propiamente a la filosofía, entendida ésta al modo tradicional, no al posterior a la aparición del deconstructivismo derridiano,  aunque, en su caso, se trata de una crítica enriquecida por sus saberes filosóficos. Esos motivos tienden a la interrogación esencial sobre la relación entre la razón y la vida, que su maestro, Ortega, encerró en la definición de su doctrina: la razón vital, por más que la exploración de ese fundamento acerque más a la autora a la antropología filosófica que propiamente a la filosofía clásica.  Corona toda esa obra una expresión que, aun siendo hija de su maestro predilecto, Ortega, cuya facilidad e ingenio expresivo son sobradamente conocidos, acierta a tener una deriva unamuniana y bergaminesca que enriquece su prosa con los mejores recursos de las generaciones del 98 y del 27. Al fin y al cabo, la voluntad de estilo (siguiendo el título del magnífico ensayo de Marichal) es un rasgo definitorio de la pensadora, y ello hasta tal punto que acuñará una nueva razón al acervo de las conquistas filosóficas: la razón poética, esto es, la razón como un “quehacer”, un poieo, una artesanía que exige la realización de la única obra que nos compromete: la construcción de la propia identidad, más allá de la máscara, más allá de la persona, una metafísica, al cabo.
          Notas de un método es un libro que requiere varias lecturas, en mi caso, torpe como soy hasta la exasperación,  las tres que he hecho antes de decidirme a pergeñar estas líneas, porque María Zambrano aborda en él aspectos fundamentales de la filosofía, como el nacimiento de la misma o el nacimiento del sujeto pensante. En este libro diríase que hay un aliento antimodernista, a juzgar por la distinción que hace la autora entre ritmo y melodía: Solamente en la melodía puede haber revelación; la melodía es creadora, imprevisible. El ritmo, por el contrario, es expresión de la falta de libertad. (…) Lo que  es más que ritmo es un infierno, castillo infernal, mortal por sí mismo. Rubén Darío tenía por lema: ama tu ritmo y ritma tus acciones. Pero la autora ve clara la diferencia entre someterse a la naturaleza y crear a partir de ella. Zambrano, discípula aventajada de Ortega, como ya dijimos, concibe el método como un camino que se recorre una y otra vez, pero que se ofrece al sujeto sin guía alguna que le permita recorrerlo. Es el hombre quien, en palabras de Ortega: ha de hacerse su propia vida, y ahí es donde el método se revela como una exigencia fundamental. Zambrano realiza, al hilo del poco leído –dice ella– libro de Max Scheler, El puesto del hombre en el cosmos, una distinción entre las bestias, cuya sabiduría secreta se corresponde con sus posibilidades corporales  y el hombre –término que ella usa supongo que para escándalo retrospectivo ¡y nada menos que compasivo! de las pseudofeministas de hoy– que, posterior a las bestias, devino primero residente en la Tierra y, finalmente, su extraño huésped dominador.
          Para mientes, María Zambrano, en la paradoja que usualmente pasa inadvertida al común de los pensantes: Decir sujeto es enunciar una especie de esclavitud. (…) ¿Cuándo comienza el hombre a sentirse sujeto? Cuando ha reflexionado, cuando se ha mirado a sí mismo. Mas lo primero en el ser humano no es mirar, sino sentirse mirado, sin sabe por quién ni cómo, y en la que reparé no hará mucho, con anterioridad a la lectura del libro, para construir uno de mis aforismos:  ¿No es candoroso que el sujeto se identifique con la liberad?
          La escisión primordial del sujeto procede de haber entronizado la psique hasta reducir el ser humano a mera psique, olvidando el saber primordial propio de la especie, de ahí la impostura propia de la invención del Yo o, como lo die la autora: cuando el sujeto se embebe en ese Yo, cuando se deja embeber por él, se hace personaje, deja de ser persona y entra a representar todo aquello que su Yo le impone. El sujeto de inventa a sí mismo, inventa una máscara, un tipo, un personaje; de lo que tenemos abundantes ejemplos en el cercano y ya caso olvidado Benito Pérez Galdós(…). Cuánta ambigüedad hay en este humano sujeto obligado a manifestarse. Porque si no se manifiesta, no es.
          Quisiera mostrar un fragmento emblemático del razonar de Zambrano, donde se manifiesta ese gemelaridad expresiva con José Bergamín: La experiencia nos dice que no se ve cuando se va. Al ir, si es que entendemos que el venir no sea un ir también, no se ve ni siquiera adónde se va. Si el volver es realmente un volver y no la repetición del ir, es cuando el ver se presenta. Así lo testifica el recordar, la necesidad de la mirada retrospectiva. El movimiento propio del vivir personal, único que puede llegar a sernos relativamente diáfano, es el de avanzar a ciegas primero y haber de retroceder después en busca del punto de partida. El buscar el punto de partida es el motor, la verdadera “causa movens” del recordar, del revivir para ver; un ver que es un entrever. Ver entre el asalto de los sentimientos, de las percepciones, más intensas y más nítidas también que cuando surgieron. Ya que todo lo que nace irrumpe ciegamente, invasoramente en la lucha con lo que le rodea, en agonía de crecer y de mostrarse. Un fragmento que parece una paráfrasis del Génesis, libro al que remite María Zambrano para extraer de la serpiente la analogía del camino que lleva al árbol de la Ciencia del bien y del mal, ese sendero retorcido que es el propio método que no se adquiere, sino que se manifiesta, se recibe. Al fin y al cabo, es María Zambrano una excelente creadora de metáforas que no las concibe como un adorno del discurso, sino como un más allá de él, una instancia de plenitud y una visión del centro que articula lo que le rodea, capaz de definir su quehacer filosófico. Para ella, la metáfora es una forma de relación que va más allá y es más íntima, mas sensorial también, que la establecida por los conceptos y sus respectivas relaciones. Se trata de una
relación, en definitiva, que llega a ser intercambiabilidad entre formas, colores, a veces hasta perfumes, y el alma oculta que los produce.
Eje sustancial del filosofar de Zambrano es que todo él arranque de un factor fecundo: el asombro:  El suceso que decidió el dejar en suspenso la sabiduría para preguntarse por el ser de las cosas, de la realidad, fue el asombro. (…) No hay palabra en el asombro, tan sólo el silencio y, a lo más, una exclamación. El asombro es pasmo, el pasmo que se da cuando se vislumbra algo insólito, pero que es aún más puro y fecundo cuando se  produce ante algo de sobra conocido y que de repente se presenta como nunca visto. El pasmo es, pues, el estrato más profundo e íntimo del asombro. Filósofa pasmada, podríamos denominarla, a ella, que así se ha quedado tanto ante textos capitales de la historia del filosofar humano, como las Confesiones o los Pensamientos de Pascal, como ante su propia experiencia vital, fuente constante de su asombro y de su pasmo.
          Hay una distinción entre sabiduría y pensar que interpela al lector con una agudeza tal que nos pincha de una vez por todas el globo de los tópicos al que nos subimos para sentirnos seguros, porque desde ellos creemos que dominamos el mundo, teniéndolo ante los ojos: La sabiduría es riqueza, y es ancha, inmensa. El pensar es pobreza, porque es renuncia a saber y después dificultad casi insuperable de entender lo que no se adquirió pensando, lo que no es hijo del pensamiento. (…) Si la acción del pensamiento descubre, desvela las cosas, es porque la sitúa en el orden del ser. Y si descubre los sucesos es porque los sitúa en el orden del tiempo.
Así pues, concluye Zambrano: No hay método, pues, para el saber de la vida. Porque la vida es irrepetible, sus situaciones son únicas y de ellas sólo cabe hablar por analogía y eso haciendo muchos supuestos y aun suposiciones.(…) El saber, el saber propio de las cosas de la vida, es fruto de largos padecimientos, de larga observación, que un día se resume en un instante de lúcida visión que encuentra a veces su adecuada fórmula.  ¿Cómo no advertir en esa formulación una defensa del aforismo como síntesis vital? Al fin y al cabo, la autora está convencida de que el más hondo saber, el de las cosas de la vida, no pueda apenas transmitirse: viene a la mente la imagen del fondo de las edades del sabio envuelto en su silencio: “el que más sabe más calla”.  Y ahora, ¿quién se atreve a continuar después de tal conminación a guardar el silencio del que, acaso, surja el pensar sinuoso?