miércoles, 29 de agosto de 2012

Ensayo desaseado (cont.)

           Hoy no tengo el día culto, la verdad.





Lo primero que advierte el sujeto liberado de su antiguo y costoso afán es que la cultura no era para él un objeto, sino una especie de ecosistema en el que se movía con absoluta naturalidad, aunque ésta fuese la de la afectación, la impostura, la grandilocuencia, la pose, el engolamiento y la representación permanentes: esa especie de paradójica ecopraxia del desigual respecto de sus impares.
Acabar con un sistema de vida y abandonar el único espacio conocido lleva, indudable­mente, a hacerle perder pie a cualquiera, y más aún a quien, como el sujeto, siempre ha sido una especie de intruso aquejado del síndrome permanente de inadaptación. Bien sabe hoy, sin embargo, que en esa burbuja social de la cultura no viene del oro todo el relumbrón, y que incluso de un impostor como él, ducho en la contención de la lengua y en la esporádica cita de campanillas, algún que otro destello podría cegar a quienes aún velan armas, de noche, junto al pozo peligroso de la sabiduría, ese espejo del abismo sin fondo. Pero el sujeto no ha tomado su decisión por la decepción que le haya supuesto constatar ese engaño, sino por...
¡Caramba! Iba bien lanzado hacia el final de la frase anterior y el sujeto se ha quedado, de repente, más que suspendido sobre esos puntos sin íes; porque él ha cogido la pluma -valga la imagen- con la intención de ponérselos a su decisión, y ahora se da de plumín con una certeza que lo descoloca: no sabe cuál es el porqué definitivo de su decisión.
Algo de él ha ido apuntando, desde luego: la fatiga, el desengaño, la desolación, la rabia, la impotencia, la incapacidad, etc.; pero hubiérase dicho que estaba a punto, al final del párrafo anterior, de enunciar con rotunda y meridiana claridad un porqué comprensible, razonable, compartible y quien sabe si acaso incluso elogiable. ¿Y al final? Silencio, suspenso...
De muchos de sus predecesores, allegados suyos algunos de ellos, de los que les fue distanciando su, para él entonces incomprensible decisión, sí que sabe cuáles fueron sus motivaciones. Y si hubiera de sacar de todas ellas un denominador común -y esa sencillísima alusión matemática extiende ante él un lagunón de aguas cenagosas en cuyo seno monstruos infinitesimales y fractales ocultan la amenaza pavorosa de sus inmensos corpachones-, elegiría la renuncia a la complejidad en favor de la sencillez. Dicho así puede que no se comprenda tan bien como a través de algunos ejemplos cuyo valor representativo tiene tantas limitaciones como a cada cual le pueda parecer.
El primero que se le ocurre al sujeto es el que enfrentaría a la película Sacrificio, de Andrei Tarkovski, contra La flor de mi secreto, del off-off manchego Pedro Almodóvar.
Enfrascado como estaba en su afán -y era su frasco deliberadamente pequeño, de perfume lujoso, en tanto que amante de las quintaesencias y detestador de los fárragos-, ¡cómo pudo extraviarse el sujeto hasta el punto de considerar que la primera de esas dos películas era una muestra acabada de lo que los cursis de última hornada llaman cine de culto, y la segunda una simple chapuza, un extravío del culto al cine!
¡Cómo pudo asentir -con el bello y pavoroso recuerdo de las imágenes de la película en el núcleo duro de sus sentimientos- a las alambicadas palabras del crítico!:

Resulta realmente duro, muchas veces doloroso, rasgar en las imágenes que nos ofrece Tarkovski en su último film; Sacrificio se compone de dos planos tan angustiantes -la compleja levitación de Alexander y la sirvienta María, el histérico llanto con que la mujer dubitativa acoge la noticia de un intuido cataclismo nuclear, siempre presente en la narración aunque Tarkovski no acuda a él como elemento dramático activo, sólo como desencadenante de una situación moral aún más irreversible-, como ensoñadores dispuestos a ser degustados con placer -el mencionado plano secuencia inicial, en el que el director se permite inflexiones divertidas y relajantes-, como fabulaciones mágicas donde el poder visual de Tarkovski desborda cualquier consideración: el larguísimo y metódico plano secuencia del incendio de la casa, con la cámara efectuando constantes travellings a derecha e izquierda para seguir a los personajes en sus evoluciones alrededor de la gran mansión devorada implacablemente por las llamas, desmoronamiento físico paralelo a la caída moral de Alexander poco antes de ser introducido en la ambulancia, o los movimientos angustiantes, captados en un sobrio blanco y negro -degradación última del trabajo cromático del film, que se abre con el suave verde del campo sueco para sucumbir, imperceptiblemente, a las sombras azuladas, casi desprovistas de color, que invaden el interior de la casa- con los que Tarkovski recoge las charcas sucias, los hilillos de agua descompuesta, los caminos llenos de barro, el movimiento histérico y sin sentido de las masas atemorizadas!


¡Cómo pudo -se sorprende hoy el sujeto- seguir sin desmayo los meandros eufóricos de esa única frase exaltada y comulgante!
¡Y qué injusto fue, por otro lado, con la despreciable y miserable altivez de los catadores de lo exquisito cuando, después de leerla, les restregaba por sus ojos incrédulos a sus “distancia­dos", aquella cruel e inmisericorde opinión -Como vaca sin cencerro, tituló su artículo- de otro crítico sobre la película de Almodóvar (reciente redescubridor de los valores estéticos y sentimentales de quien, como Sautier Casaseca, ha alimentado espiritualmente a tantas generaciones de españolas y españoles durante el franquismo, en cuyos oscuros años ha vivido el sujeto la mitad de su medio siglo; y quizás por ello, en su actual estado de liberación puede incluso degustar ese agridulce sabor de la nostalgia que se solaza en las rocambolescas historias de su película finisecular):

El vacío de La flor de mi secreto es tan patente, que agudiza irremediablemente los numerosos defectos que films precedentes de Almodóvar habían dejado ver. El primero y el principal, a mi juicio, reside en la falta de estructura de sus guiones, que parece que se gestan por acumulación y nunca poseen una mínima espina dorsal que aglutine los diferentes, dispersos y heterogéneos materiales de los que se nutren. Lógicamente, cuanta menos consistencia posee lo que intenta funcionar como historia central, más claramente al descubierto quedará la artificiosidad del procedimiento y más patente se hará lo deslavazado del resultado. Ejemplos en la película existen hasta la saciedad. El mayor problema de La flor de mi secreto no es que sea una película inane y vacía, sino que es la prueba incontrovertible de que Almodóvar no sólo no tiene nada que contar, sino que ni siquiera atisba el camino que le permita salir de ese callejón sin salida donde se encuentra anclado.


El sujeto aún recuerda, para su horror de hoy, la carcajada -se le hiela la sangre al recordar aquel espasmo laríngeo de desprecio- que le produjo el sucinto e hiriente análisis que hacía el crítico de un importante personaje de la película en cuestión:

El que se supone jefe de las páginas culturales de El País es un absoluto imbécil al que la interpretación estúpidamente risueña de Juan Echanove -excelente actor en ocasiones, execrable en otras como la presente- convierte en más penoso todavía, hasta el punto que lo más resaltable del personaje es que utilice el seudónimo de Paqui Derma, siguiendo una tradición almodovariana que alcanzó su momento álgido cuando bautizó como Paul Bazzo al violador de Kika.

miércoles, 22 de agosto de 2012

Ensayo desaseado (cont.)


Hoy no tengo el día culto, la verdad.


Medineo

Entre las muchas disciplinas (¡y cómo el nombre en sí [muy distinto, claro, del nombre-en-sí] dice bien a las claras lo que fue el sujeto: disciplinante humilde que se flagelaba, disciplinado, con idéntico ardor místico con que otros perseveraban en el quietismo!) con las que hubo de lidiar para superar el meritoriaje e ir dando pasos hacia el grado de “maestro”, siempre con esas comillas que relativizan el grado, que lo degradan a la condición de aspiración jamás cumplida; entre esas disciplinas, decía, le tocó a su tiempo apechugar con la amena lingüística, de entre cuyas inolvidables páginas siempre ha retenido su estómago el sabor de aquel párrafo que se instaló en su delicada cavidad como un perfecto, compacto e indigesto ladrillo:

El MODELO TRANSFORMACIONAL es mucho más complejo que el modelo taxonómico del que hemos hablado. El componente sintáctico consta de dos subcomponentes, uno de estructura constitutiva, comparable al indicado más arriba, con reglas que aplicar en un determinado orden, que genera SARTAS TERMINALES CONSTITUTIVAS; el otro, propiamente transformacional, que consta de TRANSFORMACIONES, reglas (unas obligatorias, otras facultati­vas) las cuales, aplicadas en determinado orden, proyectan un indicador sintagmático de una o más expresiones terminales sobre un nuevo INDICADOR SINTAGMÁTICO DERIVADO con una SARTA TERMINAL TRANSFOR­MATIVA. La descripción estructural de la sarta terminal transformativa constará entonces de los siguientes elementos: un grupo de indicadores sintagmáticos que podemos llamar SUBYACENTES;  un indicador sintagmáti­co DERIVADO de los subyacentes y un INDICADOR TRANSFORMACIO­NAL que muestra CÓMO el indicador sintagmático DERIVADO lo es de los indicadores sintagmáticos subyacentes; el indicador transaformacional nos da la HISTORIA TRANSFORMACIONAL del indicador sintagmático derivado. El indicador transformacional es necesario (no sabemos todavía exactamente cómo) para la interpretación, ya sea fonética o semántica de los enunciados.


A más de veinticinco años de distancia de su primera lectura de aquella página -¡y hubo más de veinticinco... lecturas!, hoy ya no le cuesta nada reconocer esa torpeza intelectiva- el sujeto ha estado a punto de romper a llorar ante la humildad de ese paréntesis conmovedor. Años y años batalló el sujeto con esos textos que habían de revelarle la piedra filosofal de la lengua, del habla y de la gramática; y salió de la lucha tan herido de habla y con la escritura tan torpe que se desconocía en los balbuceos con que no acertaba ni a expresar ni a expresarse.
No hará una lista minuciosa, como las de la intendencia alimentaria familiar, de las rudas disciplinas por las que hubo de transitar castigando -no en su significado medieval, desde luego- sus ojos y su cerebro; pero sí quisiera recorrer algunos hitos de aquel proceso de aprendizaje frustrado, de aquella etapa de formación, o más propiamente de deformación -desde su perspectiva presente-, durante la que creyó que podría llegar a convertirse en una persona culta; aciaga etapa de la que ha sobrevivido ese barniz mate de un estilillo pseudoalambicado que peca en parte de pedante y en mucho, desde el reto de su presente, de broma críptica; pero que le es tan natural como a otros disertar sobre las geografías morales o el espacio ético en la cibernética.
De él le gusta decir, al sujeto, que es nacido en las Batuecas y recriado en las Lagunas de Ruidera, por las muchas que siempre le han acompañado a lo largo de su vida asendereada, humedeciéndosela hasta hacerle sentir escalofríos, en cualquier estación del año. Y a esa sensación permanente y antiecológica de ser incapaz de cubrirlas, por denodados que fueran sus esfuerzos -¡y lo fueron, bien lo sabe su cerebro consumido y su cuerpo maltratado!- ha de achacársele, en parte, esta decisión suya actual.
A su manera, sin duda, pero también él, como Sísifo, ha elevado hacia lo más alto la pesada piedra de su maldición para verla, en el acto, de nuevo a ambos pies: los suyos y el de la montaña. Y sin desfallecer ha vuelto una y otra vez, con ese tesón del escarabajo pelotero, al que divinizaron los egipcios, a empujarla con brío y esperanza hacia arriba. ¡Y lo tentado que se queda el sujeto de explicar por qué divinizaron los egipcios al escarabajo pelotero...! Aunque tal vez pudiera considerarse un excurso muy propio de documental televisivo, y perfectamente congruente con la ¿gozosa? decisión de la que arrancan estas líneas.
¡Qué dirá, por otro lado, de la desolación infinita que le producía la certidumbre del límite temporal de su empeño! ¡Ah, esa lucha insensata y sin cuartel contra el tiempo! ¡Ay, ese sacrificio, esa inmolación! Vista así, la cultura se le aparece ahora como una diosa sedienta de la insensata vanidad de los humanos. Vanidad siempre dispuesta a consumir hasta el último aliento vital para conseguir el inalcanzable favor, la personal deferencia de esa diosa altiva, caprichosa e inmisericorde.
El sujeto ignora si es impropio, o impúdico, ofrecerse como triste y lamentable ejemplo de una vida consumida en ese afán que hoy se le revela insensato; pero si la cultura exige tiempo, él le ha consagrado el de la mitad de  una vida. No es menos cierto que la esperanza de poseer a esa esquiva diosa ha disfrazado ese tiempo con el cuerpo sensual y rotundo de la plenitud; pero el resultado final, una vez manifestada la determinación de desistir del empeño, no es otro que la desoladora sensación de haber dejado mucho de sí por el camino a cambio de haber conseguido poco o nada de ella. ¡Es tan grande el bien que se promete, que, a su lado, toda penalidad por conseguirlo parece ridícula!
Resultará quizá mezquino que el sujeto mezcle aquí cuestiones económicas con esos anhelos de perfección espiritual de tan elevada índole; pero no es menos cierto que siempre ha resultado oneroso para el bolsillo, sobre todo para el sumamente débil y proletarizado del sujeto, ese culto absorbente de la diosa inalcanzable. Pero la escasa liquidez, el menguado salario y las muchas dificultades para sobrevivir no arredraron jamás al sujeto, experto en los lances de descubrir, de lance y segundas manos, unos contenidos que, aunque sobados, eran sobrados para mantenerle entretenido en la ficción de su empeño y en el ardor de su tesón. Bien es cierto que determinadas expresiones culturales no admiten más consumo que el de primera mano; pero no lo es menos que la estricta jerarquía de la canonicidad alentaba al sujeto a compensar esas carencias solo achacables a su escasa disponibilidad de líquido con el disfrute de cimas perfectamente asequibles a su justito presupuesto.

miércoles, 15 de agosto de 2012

Ensayo desaseado (cont.)


Hoy no tengo el día culto, la verdad.




Aquel conflicto entre la pérdida y el hallazgo (exiliarse de un territorio en el que nunca ha acabado uno de echar auténticas y sólidas raíces, y entrar en el ameno -y en exceso concurrido- paraje del abandono) no adquiere visos dramáticos, pues sobre él se extiende, como un benéfico ungüento, esta difusa alegría, esta tranquilidad de espíritu que tanto encorajina al sujeto no sólo para atreverse a formalizar el reconocimiento, sino para escupir ese picor de guindilla que la angustia le había dejado en la lengua. Por otro lado, en éste del abandono, quizá no haya mejor modo de asentarse que midiendo la distancia exacta -e inverosímil- que lo separa de aquella aciaga escalada.
Quedó escrito al principio que el sujeto iba buscando el eco asentidor y sintiente de otros abandonadores; pero mucho se teme que haya en esto del abandono -y no le importa reconocer que se trata de una huida- un sí sabe qué de ajuste de cuentas que lo tiene todo de personal y, sólo en parte, algo de común.
No se trata de que uno se la tenga jurada a la condenada, desabrida e intrincada episteme; o de que, ¡incluso hoy!, pueda uno conciliar la pasión por La Valquiria con el valeroso y osado reconocimiento que se manifiesta en estas líneas; sino de que éste es siempre, cuando uno llega a él, una encrucijada en la que, desde detrás del crucero, nos increpa acerbamente el diablo: nuestra decisión jamás será un adoquín de su infierno; por más que el camino elegido nos acabe llevando ya a la soledad de un tremedal que nos devore, ya a la selva oscura y feraz, ya al desierto encendido, ya al común -y valga el doble sentido- de los mortales.
Hora va siendo, con todo, de acabar con los preámbulos, que tan enojosos suelen ser, y de pasar a deambular, con pie más ligero que hasta el presente, por ese reconocimiento en el que el sujeto se ve capaz de adentrarse con determinación pero no sin algún titubeo, sin una cierta claudicación etimológica; porque, al fin y al cabo, quien toma semejante decisión pierde el suelo en el que se apoyaba, el espacio que le rodeaba y el paisaje contra el que se identificaba, amén de unas costumbres perfectamente definidas, consolidadas, aunque escasamente solidarias, todo sea dicho.
Puede que a la postre no sea tan fácil como en un principio parecía esta renuncia a la cultura. Unamuno decía.... ¡Ay! ¡Ay! ¡Ahí está la prueba! Y bien pronto se ha manifestado además... ¡No! ¡Vale ya! Ni Unamuno dice nada que el sujeto repita como un eco interesado, ni, por otro lado, le será fácil reprimir esa inercia de tantísimos años forjando con el pensar, el narrar, el contar y el  sentir de los demás su propia humilde y discreta existencia. Discreta hasta hoy, bien es cierto. Puesto que el sujeto ha tenido el atrevimiento de pretender hacer oír su voz precisamente para renegar de cuanto hasta este fatigado presente había constituido toda su existencia: convertirse en una persona culta.
Abandonar esa escalada supone un alivio, un aligeramiento, una suerte de apático, anodino y transitorio estado de gracia que no resulta compatible con el temor al vacío -desea que efímero- al que se asoma desde estas líneas austeras y despojadas.
Resultaría en exceso chocante que quien ha tomado una decisión como la del sujeto se pusiera ahora, con denodado esfuerzo, a tratar de aclararle al lector común -aquí sin sentido escatológico- qué es o deja de ser la cultura o, en su defecto, una persona culta. Voces autorizadas hay, desde Cassirer hasta Gustavo Bueno, pasando por quien se desee -que la lista es tan  larguita casi como la del canon ut supra...- para exhibir la complejidad y los arabescos del concepto, su faz laberíntica.
La modestia de su decisión, en todo caso, no lo faculta sino para intentar, desde su reducida experiencia personal, dirigirse al corazón de quienes le hayan precedido, y al de quienes hayan considerado alguna vez la posibilidad de tomar una decisión como la suya, y decirles cuál fue la vanidad de su empeño. El sujeto sabe que es una historia triste, como la de todos los fracasos; pero hay tantos disparates entretejidos en ella, que no sería extraño pasar de lo sublime a lo patético y de ambos a lo risible en el espacio de un mismo párrafo.
De los escritores medievales se medía su cultura por los volúmenes que había en su biblioteca personal, dando por bueno, claro está, que los hubieran leído u hojeado todos; porque en esto del amor al libro hay mucha pasión meramente contable, que conste. Fuera cual fuese el trecho, al menos el criterio no admitía discusión.
En las postrimerías de este siglo nuestro, sin embargo, tan bárbaro y tan culto al mismo tiempo -¡y ojalá a nadie se le ocurra pensar en esas dos facetas de lo humano como el anverso y el reverso forzosos de la manida moneda!-, los criterios son muy otros. Y al sujeto le ha tocado padecerlos y disfrutarlos hasta la fecha de su extraña liberación.
De hoy en adelante se abre a realidades frente a algunas de las cuales siente, en principio, un rechazo tan profundo que quizás le cueste mucho más entrar en ellas de lo que le costó perseverar, en su momento, en la adquisición, uso y ¿disfrute? de aquella inalcanzable cultura.
El sujeto no castigará a los lectores, tanto al que le miralee por encima del hombro, como al que arrima el suyo propio -¡y cuánto se lo agradece!- para que no desfallezca en su sinuoso discurso, con ejemplos que pueden horrorizar a unos y justificar a otros; pero es inevitable que, de tanto en tanto, monte aquí la parada de aquellos monstruos a los que, ingenuo principito valiente, se enfrentó con un ánimo y una intención tan puros como seráfica y benéfica era la promesa de recompensa de su compañía, una vez vencida la repugnancia y el horror que inspiraba su agresiva presencia.

lunes, 6 de agosto de 2012

Ensayo desaseado (cont.)


Hoy no tengo el día culto, la verdad. 


           Resentimiento es un vocablo tan de tomo y lomo que conviene convocarlo cuanto antes para exorcizar su engañoso poder. El sujeto sabe bien que ese es el talismán de los cultos para detener a la sombría encarnación del mal y obligarla a aceptar cuál es la paternidad de un discurso tan caprichoso como triscador; pero al sujeto no le empacha reconocer que bien pudiera ser así. ¿Y qué? ¿Quién no alberga un resentimiento? Pero el mal de muchos no prueba sino que a todos nos encanta compartir el mal, que es el objeto de nuestra máxima generosidad, a pesar de su equívoco prestigio. ¡Ojalá fuera así, y el resentimiento estuviera en el origen de este discurrir!
Ocurre, sin embargo, justo lo contrario: el sujeto considera que es una suerte de estúpido e inocente alborozo liberador la fuerza que le sostiene el impulso para que no se tuerza y acabe abandonando su abandono. La lucidez de la necedad, el reencuentro con la epifanía de la santísima simplicidad, son verdaderos empujones que le obligan a ponerle hitos al campo gozoso y universal de su desquite, para quedarse con la presencia consoladora de la acidia lúdica e insensatamente parlotera.
Sentimientos encontrados, de pérdida y de hallazgo, le batallan en la tinta. Y le asombra la naturalidad -no exenta de cierto liviano sentimiento de culpa- con que puede el sujeto levantarse un buen día y reconocer que está exhausto, que ya no puede más: que le ha sido imposible seguir Ordet en la pequeña pantalla; que, literalmente, le ha resbalado por los ojos y el entendimiento el televisivo Los ángeles exterminados de Bergamín -con un jovencísimo Flotats entre los cómicos del carro de Tespis-; que La muerte de Virgilio le ha sumido en un estado de cataplexia; o que le es imposible retener ni la sombra del reflejo de una sola idea de cuantas, con infinita generosidad, lucidez y paciencia, ha sembrado D.R. Hofstadter en su Gödel, Escher y Bach.
 Ese choque frontal entre la pérdida y el hallazgo se sustancia en la nueva perplejidad con que el sujeto asiste a la consolidación de su abandono: no ha llegado a ser culto, pero tampoco el ala de la imbecilidad le ha macheteado el rostro hasta dejarle impresa la máscara de su identidad necedaria, de momento.
Con anterioridad, el sujeto, aún afanado con absurda y deletérea tenacidad en serlo, se preguntaba en qué consistía ser culto, cuál era el paradigma de lo culto. Y sin tener un vademécum, sí que disponía de un repertorio de referencias que, no sin ambigüedades, le mostraba la docta Tule soñada. Sólo la nómina escueta de ese canon serviría para llenar, por lo menos, las próximas cincuenta páginas. (Ése es el pecado capital del diletantismo: ir de las capitales a las ciudades provincianas sin discriminar para hacer valer el tiempo y el esfuerzo!
Con ser una situación relativamente placentera, la del sujeto que se entrega al abandono de la cultura, a la renuncia -y ésta en modo alguno está teñida de misticismo; salvo, si acaso, porque comparte con éste ese anonadamiento que les es común-; con ser, decía, una situación en apariencia bendita, no conviene olvidar la delicada situación en que queda el sujeto que renuncia al dictado nietzscheano:  la mejor máscara es el rostro, y se ofrece desnudo con su osadía a cuestas, y a pecho descubierto.
Sufre una doble marginación: la de la cultura aristocrática y la de la imbecilidad mesocrática. Queda, pues, en apariencia, en tierra de nadie. Lo que vale tanto como decir que no verá a nadie en su tierra; una tierra desértica, pues, que habrá de atravesar entre penalidades y soledades para, consolidada su decisión, pisar la tierra prometida donde bullen los mortales y tejen sus absurdos destinos.
El sujeto renuncia, y es obvio que están de más las explicaciones pertinentes, a la figura foucaltiana del loco o a la medieval del apestado para describir la situación del osado que no solo ha descubierto su vía de liberación, sino que además la ensaya para falsarla e intentar, quizás neciamente, dotarla del estatuto solemne de verdad; pues bien sabe, desde que leyó en Unamuno lo que éste leyó en Sófocles, que la verdad puede más que la razón. Y ha de disculpársele de nuevo el recuerdo, ya que no cita, aunque la memoria, de por sí tan flaca en todos, no necesariamente se contradice con su discreta profesión de fe.
El sujeto no recuerda tampoco cuál fue la última lectura con que se despidió de esa presión inhumana de la que ha conseguido liberarse antes de sucumbir a ella, y no es retórica anacrónica. A una persona realmente culta -¿existe?- no le agobian sus ignorancias. A un diletante pueden matarlo. De lo último leído sólo una idea se le quedó con fuerza en esa flaca memoria de la que ahora ya puede dejar de presumir -puesto que es socorrida afectación de los cultos-; e incluso estaría dispuesto a admitir que fue la que le impulsó a coger la pluma y ofrendarle, en estas líneas, la más acabada expresión de su sinceridad y agradecimiento.
Francis Crick, afamado y laureado doctor, venía a decir que el cerebro humano no evolucionó a partir del descubrimiento de verdades científicas, sino para que fuéramos capaces de sobrevivir y de dejar descendencia. A duras penas cumple el sujeto académicamente con lo primero; y por dos veces, gozosas, ha realizado lo segundo. Quede bien claro, porque no se vea pueril el goce -o humano, demasiado humano: pues solo los ñoños verán el aleph-, que si los mamíferos sobrevivieron a otras especies más poderosas fue por el cuidado, por las atenciones, que requería la prole.
Aclarado lo anterior, que más parece un acto de soberbia diletante y que el sujeto, en consecuencia, juzga ya impropio de él, es hora de continuar con la descripción de esa suerte de soledad que se convierte en el árido paisaje de quien se presta al abandono radical del empeño de adquirir el estatuto de culto, una paradójica carta de naturaleza que en modo alguno, y ahora lo ve más claro que nunca, hace libre a ningún ser que se empeñe en adquirirla, y mucho menos feliz.