miércoles, 26 de septiembre de 2012

Ensayo desaseado (cont.)



                            Hoy no tengo el día culto, la verdad.


                             Después de aquellas excursiones materialistas, lo cierto es que no le quedaron al sujeto excesivas ganas de hacer las pertinentes al polo opuesto: el espíritu. Más allá, al menos, de hasta donde ya había llegado, que no era poca oscuridad. Pues si llegar a conocer la materia le acabó llevando a que ésta se le volviera una suerte de ficción energética; el laberíntico camino del conocimiento del ser y aledaños -el ser y la nada y el ser y el tiempo, fundamentalmente- ha constituido siempre una suerte de vereda de trampantojos encadenados de los que ha ido saliendo para caer en otros nuevos:

El individuo, en la estrecha medida en que le resulta posible evitar o provocar, se encuentra, de hecho, como mediación entre las exigencias de la totalidad material (y mediada por cada uno) y las de la totalidad restringida que es él mismo. Su ser-fuera-de-sí se vuelve lo esencial y, en la medida en que éste reencuentra su verdad en el seno de la totalidad práctico-inerte, este ser-fuera-de-sí disuelve en sí los caracteres de seudo interioridad que le había dado la apropiación. El individuo encuentra así su realidad en un objeto material aprehendido ante todo como totalidad interiorizante y que de hecho funciona como parte integrante de una totalidad exteriorizada; cuanto más se esfuerza por conservar y aumentar este objeto que es él mismo, más desvía el objeto al Otro en tanto que dependiente de todos los Otros, y el individuo como realidad práctica se determina más como inesencial en la soledad molecular, es decir, como un elemento mecánico.


¡Soledad molecular!  Mole de concentración con el culo sentado en duro asiento fue el sujeto en tantas y tantas horas de inmersión envuelta en la humareda tóxica de la pipa ad hoc. Por todo ello, no es de extrañar que, huyendo de ese ser que tan pronto se volvía un espejismo como se convertía en la turbia materia de los sueños, condujese sus pasos interesados y egoístas, a la par que angustiados por las espesas sombras en que el ser y la materia le habían dejado, hacia la elucidación del único instrumento del que podría valerse para luchar contra tan viscosa obscuridad: ¡la razón!
Al cabo, si las primeras palabras del dios de dioses, el del libro de libros, fueron: Hágase la luz, no es extraño que toda esa claridad genésica se le haya atribuido a la razón. Lo sorprendente, viéndolo ahora con la perspectiva que le da su decisión salvífica, es la escasísima intensidad de esa radiación luminosa y su casi absoluta incapacidad para comprenderse a sí misma: tanto en el plano formal del puro razonar, como en el material de su asiento: el cerebro, auténtico laberinto enigmático por cuyas vueltas y revueltas se suelen dar más patinazos que otra cosa.
Dudaba mucho el sujeto, con todo, de que la razón dialéctica -que es ciertamente una de esas razones que el corazón ni tiene ni entiende, pero con cuya autoridad hubo el sujeto de vérselas, por la época que le ha tocado vivir- le permitiera ir más allá de su propia definición, tan abstrusa:

La dialéctica es, pues, actividad totalizadora; no tiene más leyes que las reglas producidas por la totalización en curso y éstas evidentemente conciernen a las relaciones de la unificación con lo unificado, es decir, los modos de presencia eficaz del devenir totalizador a las partes totalizadas. Y el conocimiento, que es totalizador a su vez, es la totalización misma, en tanto que ésta está presente en determinadas estructuras parciales de un carácter determinado. Con otros términos, si hay presencia consciente de la totalización para sí misma, sólo puede ser en tanto que ésta es la actividad aún formal y sin rostro que se unifica sintéticamente, pero que unifica por la mediación de realidades diferenciadas que la encarnan eficazmente en tanto que se totalizan por el movimiento mismo del acto totalizador.

¿Está claro? Pues aun así, todo lo daba el sujeto -totalmente, claro- por bien empleado, si ello le permitía acceder a la posesión del estatuto de culto.
¡Posesión! Esa sí que era una palabra clave. La cultura vivida como una pertenencia, como un patrimonio que podría exhibir o poner a prueba -a duelo- ante los auténticos plutócratas de ella, caso de poder acceder a relacionarse con tan altas cimas del arte y del conocimiento, lo cual, afortunada o lamentablemente no llegó a producirse antes de su gozoso, ¡y un punto plúmbeo!, abandono de hoy.
De todos modos, no cree el sujeto que en su decisión haya influido la fantasía verosímil del ridículo espantoso que hubiera hecho al verse avergonzado y corrido por la implacable ironía corrosiva con que esos magnates de la alta cultura suelen alejar, fulminándolos, a los advenedizos pardillos y dehésicos.
En vida de su quimera ya hubo de sufrir lo suyo al tenérselas que ver con los simulacros de los mandarines, esos reflejos afectados y desustanciados cuya superficialidad corre pareja con su osadía, como para ahora agradecer de todo corazón que el destino marcara sus días con la ausencia de contacto con los originales -a algunos de los cuales, no obstante, también se les podría quitar la risa sibilina y heráldica para que acabaran ofreciendo, entonces, su auténtica cara de bacía.
El sujeto se prometió no dejarse arrastrar por las artes resentidas de Marchenoir, y lo suyo le ha costado detener el plumín que discurría a sus anchas por esos paisajes tétricos de sus intentonas,  poniendo de relieve su condición de decorado de la gran obra de la cultividad (se atreve a decir ahora con el valor transgresor que entonces nunca tuvo; tan imbuido como estaba del respeto religioso a la omnipotente deidad), cautiva de la arrogancia, la presunción y la elata asunción de su excepcionalidad de mirífica isla desafiante en el vastísimo océano de la mediocridad.
 En el medineo constante que fue su peripatético recorrido por esas selvas intrincadas y remotas, supo el sujeto de culo inquieto, anchas posaderas y rumiantes tragaderas que al conocimiento le gusta ocultarse –¿no dijo Heráclito lo mismo acerca de la realidad? El sujeto se resiste a hacer las comprobaciones de rigor, por pura coherencia y ahí lo deja, arrepentido ya de haber recaído en el viejo vicio tauromáquico-. Al conocimiento, decía el sujeto, le gusta aislarse, alejarse de la medianía, recluirse en pequeños cenobios, cavernas del desierto e incluso en el exiguo asiento de la columna donde el estilita se aísla por encima de lo contingente. El saber se vuelve sectario y sólo los elegidos pueden participar de él tras pagar el peaje de su sumisión. Saber es, muy a menudo, la necesidad de verse rodeado de  asentimientos especulares, a los que se les halaga la generosidad barroca del marco mientras reflejen, en eco agradecido, las rebeldes verdades reveladas. Todo se vuelve, entonces, un protocolo de consignas, contraseñas, reservas y fidelidades.
                           

No hay comentarios:

Publicar un comentario