lunes, 10 de septiembre de 2012

Ensayo desaseado (cont.)

           Hoy no tengo el día culto, la verdad.




La absoluta insensatez de su afán se manifestaba, sobre todo, en la necesidad que tenía de imponerse -o acaso simplemente de iniciarse- en cuantas más disciplinas mejor. En vez de que nada humano le fuera ajeno, aspiraba el sujeto a que ningún conocimiento le fuera ajeno. ¡Ay, demente! ¡Ay, infeliz! ¡Ay, confundido! ¡Ay, temerario! Ahí, a su juicio, al poco que le ha quedado sano, se originó esa sombra del desengaño que ha acabado por absorberle, hundiendo aquel afán en la espesa tiniebla de la locura.
El ideal del hombre renacentista, ducho en ciencias y letras, diestro en lanzas y pluma, fue un espejo en que absurdamente se miraba de continuo. Al cabo, las imágenes que ahora rescata son las de la impotencia y las vigilias esforzadas, amén de los pulmones encharcados de alquitrán. ¿Qué orgullo nefando le llevó a creer que uno, él, podría transitar con igual comodidad por la sociología de Weber, la bioquímica de El azar y la necesidad o la física de los grandes números?
Lo peor, lo infinitamente peor fue que, sin haberlo leído nunca -o mejor dicho, no habiendo querido hacerlo- había acabado por convertirse en la tercera pata del taburete que formaba con Bouvard y Pecuchet. De otro modo no se explica que su afán compulsivo le hubiera llevado a interesarse por la Dactiloscopia, la cría del canario, el Columela, la homilética, la antropometría oro-facial, la coprología clínica, la filatelia, el espiritismo de Allan Kardec, la quiromancia o la técnica del masaje..., si bien esto último ha contribuido lo suyo a la solidez de su vida de pareja, dicho sea de paso.
Lo que quiere resaltar, y eso lo comprenderán muy bien quienes hayan padecido el delirio que él padeció, es que la carta de naturaleza de persona culta ha ido aumentando los requisitos que permiten conseguirla a medida que la humanidad ha ido cumpliendo su aventura en el mundo. Se le ha ocurrido que podría decir progresando, pero la ingenuidad que está recobrando con su decisión no significa necesariamente estupidez.
Hasta ayer, propiamente, la lista de requisitos incluía disciplinas tan dispares y conocimientos tan diversos, que supone algo más que un compromiso el poder siquiera iniciarse en ellos para acreditar una pertenencia al club del que, sin poseerlos con conocimiento de causa y vasta extensión, es uno puesto de patitas en la calle sin mayores contemplaciones.
No solo se trata de que uno haya de haberse impuesto en el enciclopédico mundo del toreo, desde el popular Cossío hasta el selecto La música callada del toreo, de Bergamín; sino que, igualmente, uno ha de dar por fuerza en gastrónomo y enólogo, casi con condición de sumiller en este caso, y de artista nutroestético de los fogones en el otro. Antes, no obstante, se ha de haber pasado por la antropología del alimento en el imprescindible Harris y otros menos populares.
La imposibilidad de dominar cuantas disciplinas le intitularían de culto si lograba acreditar tal dominio ha contribuido no poco a su decisión. Al principio pensaba que se trataba de una decisión vergonzante, y ahora, al final -este dilatado final de su catártica, de su exculpadora reflexión- considera que se trata de una decisión higiénica y, por supuesto, saludable.
Ello no quiere decir que estas líneas se alumbren desde un ánimo despreciativo hacia cuanto constituyó su vida y sabe que es la vida de buena parte de sus amistades y conocidos, por más que ellos se le representan ahora como esforzados ilusos que intentan sobrevolar la mediocridad en la que, no sin cierta inevitable prevención, ha plantado él sus reales; o en donde quizás nunca había dejado de tener un pie bien firme. Experimenta el sujeto una viva compasión por esos héroes esforzados en mantenerse, asiéndose por sus propios cabellos, sin que la hediondez de lo común les salpique, dos palmos por encima de la masa, unos, y varios quilómetros otros, que muy distintos son los vuelos de cada cual en ese cielo infinito en el que la condición de culto parece alejarse más cuanto mayor es el esfuerzo por alcanzarla.
Le sucede, al mirar hacia atrás, hacia aquel esfuerzo inverosímil, que los detentadores del estatuto de cultos le parecen ya pobres almas extraviadas -cegadas por la lucidez-, ya despóticos clasistas inmisericordes en cuya compañía le parece del todo razonable que sea una insensatez -la insensatez- querer estar.
Se vislumbra en la reflexión anterior una cuestión ética en la que, fiel a su decisión, se resiste el sujeto a entrar; pues no deja de ser bien sabido que, en las postrimerías del siglo, el cumplido dominio -teórico, por descontado- de la ética es uno de esos signos distintivos del paradigma de lo culto.
En todo caso, entre la compasión y el desprecio quizás lo único indicado sea la indiferencia, aunque no responde el sujeto de cómo pueda respirar, la verdad, pues lo hace por la herida; y no sería extraño que el rencor destilara algunas gotas de su ácido, ni tampoco que el amor las intentara dulcificar. De su natural es el sujeto fronterizo, como su decisión. Y esa doble cara de Jano -hoy más que nunca mirando hacia el pasado y hacia el mañana- no puede dejar de sintetizar sus miradas en la de este hoy enigmático y ambiguamente auroral.

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