miércoles, 22 de agosto de 2012

Ensayo desaseado (cont.)


Hoy no tengo el día culto, la verdad.


Medineo

Entre las muchas disciplinas (¡y cómo el nombre en sí [muy distinto, claro, del nombre-en-sí] dice bien a las claras lo que fue el sujeto: disciplinante humilde que se flagelaba, disciplinado, con idéntico ardor místico con que otros perseveraban en el quietismo!) con las que hubo de lidiar para superar el meritoriaje e ir dando pasos hacia el grado de “maestro”, siempre con esas comillas que relativizan el grado, que lo degradan a la condición de aspiración jamás cumplida; entre esas disciplinas, decía, le tocó a su tiempo apechugar con la amena lingüística, de entre cuyas inolvidables páginas siempre ha retenido su estómago el sabor de aquel párrafo que se instaló en su delicada cavidad como un perfecto, compacto e indigesto ladrillo:

El MODELO TRANSFORMACIONAL es mucho más complejo que el modelo taxonómico del que hemos hablado. El componente sintáctico consta de dos subcomponentes, uno de estructura constitutiva, comparable al indicado más arriba, con reglas que aplicar en un determinado orden, que genera SARTAS TERMINALES CONSTITUTIVAS; el otro, propiamente transformacional, que consta de TRANSFORMACIONES, reglas (unas obligatorias, otras facultati­vas) las cuales, aplicadas en determinado orden, proyectan un indicador sintagmático de una o más expresiones terminales sobre un nuevo INDICADOR SINTAGMÁTICO DERIVADO con una SARTA TERMINAL TRANSFOR­MATIVA. La descripción estructural de la sarta terminal transformativa constará entonces de los siguientes elementos: un grupo de indicadores sintagmáticos que podemos llamar SUBYACENTES;  un indicador sintagmáti­co DERIVADO de los subyacentes y un INDICADOR TRANSFORMACIO­NAL que muestra CÓMO el indicador sintagmático DERIVADO lo es de los indicadores sintagmáticos subyacentes; el indicador transaformacional nos da la HISTORIA TRANSFORMACIONAL del indicador sintagmático derivado. El indicador transformacional es necesario (no sabemos todavía exactamente cómo) para la interpretación, ya sea fonética o semántica de los enunciados.


A más de veinticinco años de distancia de su primera lectura de aquella página -¡y hubo más de veinticinco... lecturas!, hoy ya no le cuesta nada reconocer esa torpeza intelectiva- el sujeto ha estado a punto de romper a llorar ante la humildad de ese paréntesis conmovedor. Años y años batalló el sujeto con esos textos que habían de revelarle la piedra filosofal de la lengua, del habla y de la gramática; y salió de la lucha tan herido de habla y con la escritura tan torpe que se desconocía en los balbuceos con que no acertaba ni a expresar ni a expresarse.
No hará una lista minuciosa, como las de la intendencia alimentaria familiar, de las rudas disciplinas por las que hubo de transitar castigando -no en su significado medieval, desde luego- sus ojos y su cerebro; pero sí quisiera recorrer algunos hitos de aquel proceso de aprendizaje frustrado, de aquella etapa de formación, o más propiamente de deformación -desde su perspectiva presente-, durante la que creyó que podría llegar a convertirse en una persona culta; aciaga etapa de la que ha sobrevivido ese barniz mate de un estilillo pseudoalambicado que peca en parte de pedante y en mucho, desde el reto de su presente, de broma críptica; pero que le es tan natural como a otros disertar sobre las geografías morales o el espacio ético en la cibernética.
De él le gusta decir, al sujeto, que es nacido en las Batuecas y recriado en las Lagunas de Ruidera, por las muchas que siempre le han acompañado a lo largo de su vida asendereada, humedeciéndosela hasta hacerle sentir escalofríos, en cualquier estación del año. Y a esa sensación permanente y antiecológica de ser incapaz de cubrirlas, por denodados que fueran sus esfuerzos -¡y lo fueron, bien lo sabe su cerebro consumido y su cuerpo maltratado!- ha de achacársele, en parte, esta decisión suya actual.
A su manera, sin duda, pero también él, como Sísifo, ha elevado hacia lo más alto la pesada piedra de su maldición para verla, en el acto, de nuevo a ambos pies: los suyos y el de la montaña. Y sin desfallecer ha vuelto una y otra vez, con ese tesón del escarabajo pelotero, al que divinizaron los egipcios, a empujarla con brío y esperanza hacia arriba. ¡Y lo tentado que se queda el sujeto de explicar por qué divinizaron los egipcios al escarabajo pelotero...! Aunque tal vez pudiera considerarse un excurso muy propio de documental televisivo, y perfectamente congruente con la ¿gozosa? decisión de la que arrancan estas líneas.
¡Qué dirá, por otro lado, de la desolación infinita que le producía la certidumbre del límite temporal de su empeño! ¡Ah, esa lucha insensata y sin cuartel contra el tiempo! ¡Ay, ese sacrificio, esa inmolación! Vista así, la cultura se le aparece ahora como una diosa sedienta de la insensata vanidad de los humanos. Vanidad siempre dispuesta a consumir hasta el último aliento vital para conseguir el inalcanzable favor, la personal deferencia de esa diosa altiva, caprichosa e inmisericorde.
El sujeto ignora si es impropio, o impúdico, ofrecerse como triste y lamentable ejemplo de una vida consumida en ese afán que hoy se le revela insensato; pero si la cultura exige tiempo, él le ha consagrado el de la mitad de  una vida. No es menos cierto que la esperanza de poseer a esa esquiva diosa ha disfrazado ese tiempo con el cuerpo sensual y rotundo de la plenitud; pero el resultado final, una vez manifestada la determinación de desistir del empeño, no es otro que la desoladora sensación de haber dejado mucho de sí por el camino a cambio de haber conseguido poco o nada de ella. ¡Es tan grande el bien que se promete, que, a su lado, toda penalidad por conseguirlo parece ridícula!
Resultará quizá mezquino que el sujeto mezcle aquí cuestiones económicas con esos anhelos de perfección espiritual de tan elevada índole; pero no es menos cierto que siempre ha resultado oneroso para el bolsillo, sobre todo para el sumamente débil y proletarizado del sujeto, ese culto absorbente de la diosa inalcanzable. Pero la escasa liquidez, el menguado salario y las muchas dificultades para sobrevivir no arredraron jamás al sujeto, experto en los lances de descubrir, de lance y segundas manos, unos contenidos que, aunque sobados, eran sobrados para mantenerle entretenido en la ficción de su empeño y en el ardor de su tesón. Bien es cierto que determinadas expresiones culturales no admiten más consumo que el de primera mano; pero no lo es menos que la estricta jerarquía de la canonicidad alentaba al sujeto a compensar esas carencias solo achacables a su escasa disponibilidad de líquido con el disfrute de cimas perfectamente asequibles a su justito presupuesto.

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