martes, 31 de julio de 2012

Ensayo desaseado






Hoy no tengo el día culto, la verdad.



   Preámbulo



Cuesta horrores escribir el título que encabeza estas líneas, sobre todo después de haber estado el sujeto media vida -en el supuesto de que pueda llegar a centenario- hecho un menesteroso azacán de ese pozo sin  fondo del conocimiento y del arte.
Viene, así pues, el sujeto a estas líneas, enchandalado de vergüenza, a reconocer sus debilidades -que ni siquiera incluyen un pensamiento débil-, en un ejercicio de autoflagelación expiatoria que busca el eco cómplice de tantos otros que, como él, puedan hacer íntimamente suyo ese sincero y aún no sabe si doloroso reconocimiento, pues de lo que se trata, de lo que tratará de aquí en adelante, es de si es capaz de asumir esa decisión con todas sus consecuencias, si será capaz de estar a la altura de las circunstancias que, por decisión propia,  va a cambiar para que la vida le cambie, radicalmente.
En el fondo es un rezagado, y, quizás por ello, su doble condición de aristarco y pecador tardío -que no Pablo caído- le han permitido tener la perspectiva necesaria para devolver a los demás, en el espejo de sus flaquezas, su verdadero rostro, o al menos este de la equívoca renuncia; pues ya desde la célebre, iniciática y plañidera sobremesa acristalada conoció el sujeto a pioneros del abandono, auténticos profetas de la lasitud y solemnes catadores de la inanidad gozosa, o del gozo de lo inane.
Y si en aquel entonces, ya lejano, no le cabía en la cabeza que alguien quisiera vaciársela, hacerse algo así como un precibernético formateado del disco duro; hoy lo que le sale de ella es este discurso catártico en cuyo comienzo está obligado a reconocer a aquellos pioneros vitales su arrojo, su temeridad, su perspicacia y su lucidez. Émulo suyo, pues, es hoy el sujeto, y con la esperanza ilusionada de haber aprendido en el ejemplo de aquéllos la lección sobre cómo no desperdiciar en las tareas atormentadoras de su antiguo afán el medio siglo que aún le queda por delante, si el cuerpo aguanta y la salud le acompaña.
La otra cara -no menos especular- de ese reconocimiento es la sensación de ilimitada libertad que le permite al sujeto enfrentarse a un enunciado tan ominoso y, sin sacar pecho, claro, asumirlo y seguir el propio camino, más ligero de equipaje, liberado de la ansiedad y con un desparpajo decidor que le permite salvar las distancias biográficas para recuperar la insolencia de la adolescencia fatua, aquella sobre la que  el tiempo –Cronos hubiera dicho el sujeto antes, llenándose la boca de oes omnipotentes, fascistoides...– dictó una fetua que hoy, en estas líneas, parece cumplirse. Es, al cabo, un viaje de ida y vuelta. De las tinieblas osadas de la ignorancia, pasando por la imposible conquista de las luces, hasta la liberación de la máscara del afán, que a su modo también era coraza reichiana, para sumergirse de nuevo en el abandono  placentario de este discurso liberador y, por insensato, atrevido, amén de confuso, aunque entrañado.
En estos tiempos en los que del excitante aburrimiento democrático socialista  pasamos a la apabullante, autoritaria y tediosa mediocridad universal popular, para acabar volviendo a la desarticulación del discurso silabeado del ¿nuevo? socialismo,  el sujeto ignora si su acidia es un signo de los tiempos o el tiempo de un signo que niega todos los demás y, con ellos, las teorías que los han forjado, encumbrado y sostenido.
Coherente con su actitud, es obvio que ni siquiera se va a levantar para verificar que la reedición de la Oceanografía del tedio bien pudiera, en parte, disculpar estas líneas, entre las que esa  mención -y ésta es una de las muchas disculpas que irá pidiendo el sujeto por la contradicción inevitable de ornar el discurso con esos viejos oropeles de aquellos tiempos heroicos de su afán- aparece bañada con el aura nostálgica de los viejos daguerrotipos familiares cuyos representados nos son tan extraños que apenas sentimos por ellos más allá de la curiosidad natural que nos inspira todo lo desconocido .
Ya han sido sugeridas algunas de las virtudes escondidas en su confesión, pero cabe añadir algunas más. Entre ellas, el placer del decir sin que se advierta -porque no existe- el propio esfuerzo del decir. Es fácil suponer que la negación de la cultura, de esa tan alta que nos corta la respiración y nos arrebata la vida, porque en los aledaños de su cima casi no nos llega el oxígeno al cerebro, implique también la del estilo. Aunque le esté feo recordarlo, porque una cita clásica en estas líneas es un insulto a su determinación (¡otra disculpa que sumar a la anterior!), por fin puede decir, con Juan de Valdés: escribo como hablo; aunque el sujeto nunca ha tenido a gala ni galardón hablar como escribe. Claro que ha escrito poco y ha hablado menos, pero eso no viene a cuento. Lo trascendental es haberse escapado de la  uniformizadora rueda de molino que tritura las prosas y darse el gustazo (¡bastante incongruente con su decisión, todo hay que decirlo!) de dejar correr el plumín a sus anchas, con la espontaneidad de quien, al fin y al cabo, se confiesa; muy lejos, pues, del cálculo estrecho de quien ya no es: aspirante al inalcanzable -y por supuesto que inasequible- estatuto de culto.
El sujeto no quisiera que se confundiera su actitud con la del diletante, pues éste -y él lo sabe porque lo ha sido hasta hace bien poco- no deja nunca de querer trepar por esa escarpada ladera de la alta cultura, aunque por cada metro conquistado retroceda diez al tropezar, pongamos por caso, en el Wözzek de Berg, dejando ante sí la estela de un alarido imponente y desgarrador, amén de atonal.
El sufrimiento del conocer, ese dolor que siempre engendra la sabiduría, como aprendieron tantos en el Eclesiastés -y todos en los palmetazos de los maestros durante la Dictadura-, cuando lo volvían del derecho y del revés para negar o afirmar su índole precursora de ese otro profeta de la nada cuyo ser saltó hecho pedazos en una vengativa, obscena y ejemplar ceremonia del adiós...; ese sufrimiento, en definitiva, ha contribuido no poco a la adopción de la actitud presente del sujeto. Y no quiere saber si esa actitud le reduce de verdad al presente presente, al presente gestáltico;  le es indiferente.  Renunciar a la cultura no es abrazar la imbecilidad, cree el sujeto; ni tampoco buscar la ataraxia; aunque tal vez algo de ambas se le acaben pegando a las suelas cuando inicie su camino por ese territorio ignoto y extraño hacia el que su decisión de hoy le arroja. Está por ver.
Quizás estas líneas no sean sino una demolición del yo y de sus máscaras, un suicidio ontológico. Pudiera ser... El sujeto no se opone, aunque tampoco está dispuesto a colaborar. Tan es así que renuncia a extenderse sobre la apasionante vida de Fritz Perls, el demoníaco genio creador de la terapia Gestalt, y cuya vida es una sinfonía cinematográfica en la que, si bien guionada y rodada, sería capaz su director de alcanzar el misterioso don con el que extraer volúmenes del tiempo, que dijo un afamado crítico de un refinadísimo Antonioni...
Y en su memoria, al conjuro de ese nombre archiculto, estallan estrepitosos, barahúnda infernal, todos los silencios del mundo...; del mismo modo que al recordar a ese crítico se le encarna ese volumen, en modo alguno intemporal, sino con la fecha de caducidad bien pasada, como la muestra de la más encumbrada pedantería, el más perfecto y acabado simulacro de esa cultura más altiva que alta, cimera y, forzando la cadena, siempre con un sí sabe qué de cismática, en tanto que cisquera...
Ese sufrimiento, volvamos a lo que nos ocupaba y entretenía, ha logrado embotar la percepción del sujeto, de ahí que el hastío que le ha invadido no solo lo señorea, sino que también le seduce. Quedó dicho que otros antes que él se habían rendido a su canto mitológico; pero en él han dejado, tampoco sabe si como único bien o como una absurda impostura, las fuerzas necesarias para intentar la descripción de esa seducción, o de ese encuentro, mejor dicho, entre quien quería oír el canto seductor del abandono y la propia voz, dulcísima y acariciadora, de éste.

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