sábado, 23 de junio de 2012

Homenaje a Tíbor Reves


André Révész, el padre de Tibor.


       De PEKO  a Andrés Révész, pasando por El asesino de la luna, de Noel Clarasó.

                          Hacía tiempo que quería escribir sobre PEKO. Quería rendir homenaje a quien a lo largo de más de veinticinco años me deleitó cada día con el ingenio y contribuyó, de forma tan amena, al crecimiento de mi vocabulario. Tíbor Reves, un nombre que nada le dirá a nadie que no esté en el secreto de su pseudónimo, es la personalidad que está detrás de ese PEKO enigmático y de incisiva agudeza. Ha sido tal mi devoción por su maestría crucigramática que incluso inicié, pero no acabé, una narración que tenía como motivo el viaje fantástico de dos personas a través de uno de sus crucigramas. Me divertí mucho con el trasiego de aquellos personajes que bajo el doble título: ¡16 x 15! y El azar encasillado, iban saltando de uno a otro escenario con el único deseo de encontrarse y unirse para siempre:  desde las páginas de  Donde habite olvido hasta el carácter patibulario, pasando por el estrecho de los Dardanelos y la Orden Hospitalaria maltense, Ella y El,  esos eran los nombres propios de la pareja, se buscaban con un deseo solo propio de los viajeros que regresan a Ítaca. Tíbor Reves fue productor de cine, hijo del articulista y escritor Andrés Revesz, de quien, hacía la intemerata, había leído yo La felicidad en el matrimonio, comentada por mi padre de su puño y letra, un modesto tesoro autobiográfico. 
                            La necrológica en El País la escribió otro de esos seres singulares, Jesús Franco, el inclasificable director de cine. Tituló su retrato Una caja de sorpresas, porque eso es lo que era Tíbor Reves, como, igualmente, lo fue su padre. En la necrológica emergía la figura de un hijo del exilio que había hecho de la necesidad virtud: dominaba, PEKO, siete lenguas, entre ellas el hebreo y el malayo, y, cerca de su muerte, estudiaba el sánscrito con fruición  porque quería leer los Vedas en su lengua original. Franco sostiene que Tíbor se inventó su propia lengua, el tiboriano, y algo de eso hay, por supuesto, capacidad de invención, en las inteligentísimas definiciones con que incitaba a devanarse los diccionarios del cerebro duro a los frecuentadores de su cuadriculada sección, la más imaginativa, sin embargo, de todo el diario. Fue inventor del Revoltigrama, pero yo solo fui asiduo de sus crucigramas, los de cada día y el blanco de los fines de semana: ¡un autentico festín lexicográfico en el que aplicar el más reputado de los aforismos: festina lente! Dice Jesús Franco que había heredado de su padre la discreción, y a fe que es verdad, porque, a pesar de dedicarse a la producción cinematográfica, me ha sido imposible hallar ni una sola fotografía de él a través de google. Fue el abuelo de Juan Estelrich, director de cine que rodó El anacoreta, con Fernando Fernán Gómez, una auténtica rareza en la filmografía española, aunque no se trate de una obra conseguida.
                               El padre de Tíbor, Andrés Revesz, fue un joven espartaquista húngaro [Seguidores de Rosa Luxemburg] que, por razones ignoradas, dio un salto ideológico de 180º y acabó militando en el fascismo español, después de haber pasado por la cárcel, en Valencia, durante la época de la República. Fue columnista de ABC, donde escribió sobre política internacional, aunque también realizó crítica literaria, crónica de sociedad y otros menesteres periodísticos. Colaboró en la revista de la Sección femenina Y: Revista para la mujer, donde fue compañero de redacción de, ¡ojo al parche!, Edgard Neville, Dionisio Ridruejo y Enrique Jardiel Poncela. Mantenía en ella una especie de  consultorio sentimental que le granjeó bastante popularidad, convirtiéndose casi casi en el “paladin de las damas”, reivindicando la mujer culta, preparada, compañera del varón, pero subordinada a él. De esa actividad es de donde proceden libros como La felicidad en el matrimonio o La edad de amar, usualmente recopilación de artículos ya publicados. Se trata de obras que nos permiten ver con total nitidez el paisaje emocional del franquismo e identificar a los pilares de esa construcción paternalista y pretendidamente moderna. Porque Andrés Revesz  no era un hombre que se alimentase exclusivamente de dogmas ni tampoco un cavernario, antes bien pretendía que la sociedad española adquiriera una pátina de modernidad que hiciera la vida más agradable. De sus libros y de los referentes que en ellos aparecen, emerge una nómina de autores que abonan el inmenso vergel del olvido: Juan Spottorno (Gil de Escalante), Luis de Armiñán, Mercedes Suárez-Valdés, Osvaldo Orico, Charles Plisnier, Marthe Bibesco (personaje propio del Dietari de Gimferrer), Jaime de Salas Merlé, Ferenc Molnar, etc. son sombras a las que cuesta lo suyo dotarlas de bulto, por más que en su momento fueran nombres rutilantes de la actualidad. A su manera, podría considerársele como el precedente del consultorio de Elena Francis, redactado desde 1966 hasta su acabamiento en 1984 por Juan soto Viñolo.
                               Mientras releía a Andrés Revesz para dedicarle el homenaje a su hijo, coincidió su lectura con la del extraño libro titulado El asesino de la luna, de autentico espíritu deconstructivo, como tendré ocasión de comentar cuando acabe de leerlo, el primero que leo de su autor, Noel Clarasó.  En el capítulo 13, La orquídea artificial, iba yo leyendo, por la noche, cuando tropecé con este fragmento:
 Comprendí que todo era en efecto, lo contrario de nada, y me dediqué serena y afanosamente a hacerlo todo. Pero después de las dos o tres primeras ridiculeces, ya no supe qué más hacer. ¿Es que alguien sabe lo que puede hacer un hombre para que una mujer le ame? Después he conocido algunos libros sobre esta materia tan importante, pero entonces había leído poco y no sospechaba su existencia. Ahora sé, gracias a un libro de un tal señor A.R. que según la solapa del mismo libro “ha dedicado una parte importantísima de su labor de escritor al estudio del alma de la mujer y de los problemas femeninos”, que ellas, antes, se enamoraban de los militares, después se enamoraban de los tenores y que en todos los tiempos (según cita que el autor copia de otro) se enamoran no de don Juan ni del hombre guapo, ni del hombre fuerte, ni del hombre célebre, sino del hombre que reacciona fuertemente ante la belleza de la mujer y que llega a hacerle creer que aprecia más que nadie su personalidad. Todo se aprende cuando ya no nos sirve de nada saberlo.

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