sábado, 2 de junio de 2012

De Castilla del Pino a Polo de Medina


De ayer a hoy. Sobre las reputaciones.



                           Todo el mundo sabe cómo se construyen las reputaciones en este país de todos los demonios, y todos sabemos lo que hay de cuento sin fin en el abanico de imposturas con que tantos y tantas (montaditos en la pátina de la consagración) se dan unos aires que devienen tufo, hedor y náusea corolaria en los avezados y sufridos lectores a los que una y otra vez, desde el mundo editorial, se les intenta dar podrido gato nauseabundo por prieta liebre rozagante. ¡A otros perros con esos huesos osteoporósicos! Quien advierta resentimiento en mis palabras, no yerra. Quien comparta la indignación, entra en la categoría de los justos. Hay tanta necedad impresa en este país, que necesitaríamos un siglo de  reeducación estética y moral para curarnos de ella. Supongo que las editoriales son negocios que tienen derecho a  prosperar, pero, en estos oscuros tiempos de mixtificaciones y agit prop, los lectores tenemos derecho a exigir claridad, que se distinga nítidamente entre el negocio y el ocio, entre lo venal (y banal) y lo cordial, entre el pasatiempo y la cultura, en vez de fiar los editores su suerte al totum revolutum del tópico río revuelto donde naufraga nuestra esperanza lectora.
                             Viene este prólogo intemperante y combativo a cuenta de la reciente lectura de los Aflorismos de Carlos Castilla del Pino, hecha a raíz de la recomendación de Manuel Marcos. Ha querido el azar, único dios que desmiente de agnóstico a quien se reclame de ello, que simultanee la lectura de dichos Aflorismos  con el casi inencontrable A Lelio. Gobierno moral, de  Salvador Jacinto Polo de Medina, un escritor murciano del siglo XVII, acaso conocido únicamente por minorías académicas, pero merecedor de un inmenso número de lectores, tanto para sus obras festivas, como para sus obras graves, para sus sátiras como para sus aforismos: ni aquellas ceden ante el modelo de Quevedo o Góngora, ni estos ante el referente de Gracián. Formalmente, el Gobierno moral no es un libro de aforismos, porque la prosa los recoge de una manera continuada. Cada una de las oraciones del libro, sin embargo, constituye un aforismo, por más que esté engarzado con los anteriores y los posteriores. Desde esta premisa, válida también para otros escritores como Juan de Zabaleta, Antonio de Guevara o Saavedra Fajardo, entre otros, no haré distinción entre la condición de obra aforística de uno y otro libro.
                             Aflorismos, digámoslo cuanto antes, es una obra que solo con gran acopio de piedad y compasión podríamos considerar como un libro de aforismos. Lo suyo es la pertenencia al subgénero de los apuntes, de las ocurrencias o de las notas (aunque no al de las nótulas de Cristóbal Serra), si bien, aun dentro de ese subgénero, hay un abismo entre estos Aflorismos y obras tan impecables y capitales como, por ejemplo, los Apuntes, de Canetti. No se me objete que hacer comparaciones es de dudoso gusto, odioso o algo improcedente. Que junto a algunos excelentes ensayos del autor se hubieran añadido a modo de colofón estas notas no hubiera extrañado a nadie, pero entregarlas así, a palo seco, no le hace ningún favor a su reputación literaria. En vez del título, al que le reconozco el ingenio, tanto que quizás lo convierta en el único aforismo auténtico de todo el libro, el volumen debería habersi titulado algo así como Cuaderno de anotaciones marginales, o Excerpta de pensamientos volanderos, cualquier título que rebajara un poco las altas expectativas que, a modo de publicidad engañosa, nos ofrece la editorial. El prestigio de Castilla del Pino es enorme, y bien merecido, no sólo como psiquiatra, sino como ensayista e incluso como memorialista, de ahí que extrañe al lector experimentado el hecho de que nadie en la editorial Tusquets haya tenido la entereza suficiente para renunciar a la publicación del volumen tal y como se nos publicita. En cuanto a lo de las comparaciones, permítaseme la digresión, suelo siempre recordar las palabras de Valle-Inclán cuando fue preguntado en un diario gallego por qué escribía en castellano y había renunciado a hacerlo en gallego: “Triunfar en el dialecto es muy fácil. Yo he venido a luchar –cito de memoria- contra cinco siglos de una literatura incomparable”, y enumeraba una relación de autores que amedrentaría a cualquiera, si de compararse con ellos se tratara, o de intentar llegar a su altura literaria. Pero Valle no se arredró, como es notorio.
La lectura de Aflorismos me ha servido para constatar otra intuición propia acerca del género: que puede constituir,  acaso, un subgénero de la autobiografía, aunque, cuanto más contaminados estén los aforismos de autobiografía, menos pertenecen al género propio de los aforismos. Quien lea Aflorismos no podrá apartar de su mente la presencia constante del talante, del carácter, de la personalidad, tan fuerte, de su autor. En ocasiones incluso manifiesta humores poco correctos, no ya política, sino moralmente, como en el nº 583: Huyamos del estúpido. Después de aburrirnos nos deja irritados por no haberlo echado a patadas. Esta presencia dominante hace no poco antipática la lectura, porque hay mucha acritud en los aflorismos de Castilla del Pino, y demasiadas certezas, más de las que incluso el aforismo, que es dado a ellas, puede soportar. El lado bueno del libro es la honestidad del autor, que reconoce las limitaciones humanas de su carácter y el apego desmedido a sus convicciones hiperracionales, como manifiesta en una anotación como la 561: La decisión de incorporar a la persona amada a nuestra vida se hace en condiciones muy desfavorables, a saber, cuando estamos enamorados. Sin sentido, pues, de la realidad, la catástrofe es de esperar, salvo que el azar intervenga a nuestro favor y acertemos sin más. Que el libro es un fiel reflejo del autor es lo que lo acerca a la autobiografía, y no hubiera estado de más considerar Aflorismos como una Autobiografía quintaesenciada, pero como andan de moda los aforismos, ahí tenemos a los estudiantes de mercado sumando beneficios y restando imaginación editora. La experiencia profesional del autor ha sido fuente de muchas de sus anotaciones, aunque a veces sorprende que se deje arrastrar por la hiperracionalización que le sirve casi como arma protectora frente a la realidad, ¿cómo es posible, si no, la ingenuidad del nº 433: El suicidio es la expresión del dominio del sujeto sobre su destino final o la falta de rigor del 319 (por no mencionar el horrorosísimo uso de la enunciación con el imperativo inicial, tan ordinaria): Evitar el error del egocentrismo: uno se sitúa ilusoriamente en un lugar preferente dentro de su contexto, pero es un componente de él, como lo son todos los demás? En los ejemplos precedentes y en otros muchos, como el del nº 312: No hay causa que justifique una guerra. Aun cuando se gane, se pierde mucho más, o el nº 110: Es necesario transformar en habla lo que se piensa: ello obliga al orden, a la precisión, aunque se pierde lo que tiene de experiencia interior. El lenguaje es actuación, y la actuación, reducción. En algún momento hay que optar o por la precisión o por la vivencia, lo primero que se advierte es el prosaísmo, la falta de esprit, de ingenio, de chispa, de ángel (algo tan andaluz y que, paradójicamente, resulta del todo inaplicable a quien, sin embargo, es gaditano de nacimiento) que tienen estos aflorismos del Castilla del Pino, lo que más los convierte en una rígida lección moralista, que en una fiesta del intelecto, que es lo que suele esperarse de la lectura de un libro de aforismos. Mientras pasaba a máquina, para mi archivo personal, alguno de los aflorismos, me fallaron los dedos, o me asistió Hermes, y escribí Astilla del Pino… con perspicaz acierto, porque muchas de estas anotaciones están escritas para clavárselas al lector, más que para comunicárselas, como la nº 65: Quien no se ha hecho, mediada su existencia, una tabla coherente de preferencias y contrapreferencias está condenado a la desgracia, a la infelicidad.
                               En el otro platillo de la balanza está Polo de Medina, quien, hacia la mitad del camino de su vida, le hace caso ucrónico a Castilla del Pino y establece la tabla coherente de su moral, y se la dicta a Lelio, con unos primores de lenguaje y con una agudeza que constituyen un deleite para el que en modo alguno se necesita ni comentario ni subrayado. Me aparto, pues:
 Es la memoria los ojos de lo pasado

Ciencia de ignorantes llaman a la experiencia.

A sí nadie se conoce: de muy cercanas no se ven algunas cosas.

No adolezcas de apasionado de ti; importa que te averigües.

 Oráculos mudos que aderezan las facciones son los espejos. Espejos elocuentes que pulen las costumbres son los desengaños.

Al cáustico se le sufre lo que ofende por lo que sana.

Con el entendido ahorra muchas palabras la verdad, con el ignorante todas las razones se gastan.

Quien desiste en lo dudoso, acredita de cuerdo al ingenio; pero de cobarde al ánimo.

También es menester valor para después de haber vencido: también es menester vencer a las victorias.

Los méritos han de ser como el ámbar, que no lo huele quien lo lleva.
Cargo y oficios: yedra en el muro, que engalana y destruye.

Si ejecutas por lo que te persuaden, premias las razones, y no la razón.

En la cabeza aprieta la Corona. En las manos agravian sus puntas.


Sol que muere y chisme que nace, hacen las sombras mayores.

El traje de las verdades es andar desnudas.

Al árbol el exceso de fruto lo rompe.

Obrar de empeñado es hacer valiente la terquedad.

Lo que se ama no tiene espaldas.

Quien pudiendo no quiere, a dos vence.

Un deseo es más vehemente por resistido que por deseo.

Es la salud el pan de las felicidades, nada se come bien sin él.

[El uso de la sentencia en el discurso es] A la manera de quien mirando por breve resquicio ve dilatado campo.

El saber gasta tiempo. El silencio con que sube el árbol les desespera del fruto.

Ingenio sin prudencia, loco con espada.

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