La España vulgar (Libelo libelular).
11.1. Tertuliería y rebotica.
Los tertuliantes y tertuliantas, fauna social peculiar donde las haya, para distinguirse de la masa indiscriminada propensa a la cifra, suelen recurrir también a las encuestas, pero con la particularidad de pretender explicar con pelos y señales todos los entresijos de cada tanto por ciento en relación con la realidad toda, de tal manera que de un 40%, pongamos por caso, ellos y ellas –¡sigue sin tener nada que ver con Mankiewicz, desgraciadamente!– acaban previendo el próximo adelanto de las generales, una agresiva y temeraria expansión comercial, la radical transformación social de un país o la necesidad urgente de un cambio de rumbo en lo que sea, aunque la mayoría de las veces se incluye en el referente, por si las moscas, la tríada de rigurosa comparecencia: política, económica y social. Tertulianos ha habido que han defendido la aplastante victoria y la sólida e indiscutible legitimidad de un 36 % de síes del total de votantes posibles en un referéndum estatutario, es decir, lisa y llanamente, que sólo tres habitantes de cada diez de la comunidad han aprobado el estatuto en cuestión...
¡Ah, los y las tertuliantes, ultimísimo peldaño evolutivo del charlatanismo periodístico! ¡Máxima expresión del diletantismo ignaro en estado puro! ¡Ponga un tertuliante en su vida! ¡Escuche o vea o lea a...! ¡Nada como una buena tertulia para acodar en la barra de bar a todo el país! ¡Ah, las investidas pitonisas y los imposibles pitonisos –mal que le pese a la ministra– que predicen la realidad enroscados en el trípode, agitando sus lenguas bífidas y mirando de hito en hito a los adversarios con sus ojos sin párpados! ¡Gladiadores modernos del verbo, los tertuliantes asumen el esquema de los programas basura del corazón y se despellejan con la elegancia chocarrera de los pedantes, sin pestañear, sin alterarse más allá de algún “yo eso no te lo consiento, estás mintiendo como un bellaco” o un “si sigues por ese camino nos acabaremos viendo ante el juez, ¡fablistán!”, que los moderadores de turno intentan reconducir con los ojitos brillantes y a punto de derramar emotivas lágrimas de share..., todos ellos echando de menos que la más santa de las lenguas viperinas no se preste a tertulias ajenas y sólo pastoree procaz y episcopalmente la suya propia.
Infames seguidores de la máxima del autor del Enchiridion: Lo que turba a los hombres no son los sucesos, sino las opiniones acerca de los sucesos, se manifiestan los tales con total desparpajo y falta de criterio, ensartando necedades y solemnizando obviedades –en imitación perfecta del Gran Obviador de la derecha española, el aspirante a caudillito atejanado– acerca de lo que sea: desde el peligro del mejillón cebra hasta la crisis inminente de la industria del corcho, pasando por los epifenómenos folclóricos del proceso boliviano o las aciagas perspectivas del sistema educativo norcoreano.
Nada humano, ni inhumano ni alienígena les es ajeno a los tertuliantes y las tertuliantas. Y son capaces de defender sus convicciones con los más peregrinos argumentos que, de puro rebuscados, ni siquiera llegan a la condición de tales, pues aún arrastran consigo el limo desfigurador de la infecta ciénaga de donde los han sacado. Hinchan el papo y barbotean argumentos de primera infancia con la solemnidad envarada de los conocedores, de los poseedores de la buena fuente de buena tinta, de los “¡a mí me lo vais a decir!” y “¡si lo sabré yo!, que tuve tal o cual aparte con tal o cual ministro o ministra”. Y exhiben la supuesta confidencia política, social o económica como señal inequívoca de su jerarquía en la escala tertuliana.
Por lo general se autoplagian de continuo y, puestos en el brete de un rápido intercambio de navajazos retóricos, apelan más al “déjame hablar, que yo he respetado tu turno”, que propiamente a la réplica demoledora que nunca les viene a los labios. Son apasionados amantes del vicio solitario del monólogo y se extravían en los usos habituales del diálogo, interrupciones incluidas. A su manera, reproducen el esquema del Congreso: turnos cerrados y cada cual dice lo que le da la gana, porque la señal visible del poder, perdón, del PODER, es “no entrar nunca al trapo de la intervención del otro” y orinar el territorio para saber quién es el dueño.
La tertuliería se ha adueñado del país, como bien antaño lo hiciera la adhesión inquebrantable, con un vigor que sorprende, dada la tendencia hispánica al garrotazo y tente tieso, que aún se estila, sobre todo en los jóvenes y tocantes extremos de la vida política, y aun en los no tan jóvenes. Lo propio, pues, del simulacro, es subirse a la tribuna y, con el dedo enhiesto de la admonición, lanzar un chorreón de vaciedades y tópicos que cualquiera se empeña en querer hacer pasar por un “pensamiento original” nunca antes dicho ni oído. Adornados los labios y las labias con el giste de la cerveza, y los bigotes y las bigotas –de ellos y ellas, faltaba más...– con los restos de las cáscaras de los camarones, los tribunos y las tribunas enarcan las cejas, dilatan las órbitas oculares, fruncen la frente –como si hubieran chocado frontalmente contra una poderosa idea contraria– y peroran, con cachaza y empaque de portavoz parlamentario, como si el mundo se hubiera detenido hasta escuchar las perlas del granado razonar para decidir después cómo seguir su curso. Pongamos al jubilado Califa rojo como paradigma, y todo el mundo entenderá al libelista. La realidad toda del mundo pasaba por la garganta de aquel hombre bíblicoapocalíptico –¡pero jamás de las jamases sintético! –, capaz de decirle al mundo cómo ha de escribir su historia y de, por la garganta trasera, pinzarse con Aznar para dejar sin resuello a la vieja enemiga del comunismo, la desteñida socialdemocracia, como en los atribulados tiempos de Weimar.
Imposible, a día de hoy, es hacer el pronóstico de que la tertuliería sea moda pasajera. Antes bien parece justo lo contrario, que vaya a más, a juzgar por su extensión a ámbitos como el de los claustros escolares, desde Primaria hasta Universidad, donde, a pesar de su opacidad social, se cultiva con ardor y hasta con frenesí (o mejor dicho, con frenenó, dada la reiteración de las posiciones adversas) lo peor de la cutre retórica tradicional española, ésta sí que una, sea en castellano o en las diferentes lenguas vernáculas de las comunidades bilingües, a juzgar por las soflamas nacionalistas, auténticos chancros patrioteros.
3 comentarios:
No suelo seguir tertulias más que por esquivos momentos en televisiones encendidas en los bares, y me dan una impresión parecida a la que aquí sostienes. No obstante, quiero romper una lanza en favor de los programas debate que comenzaron históricamente con aquel mítico La clave que llevaba el periodista José Luis Balvín. Creo que entonces estábamos hambrientos y sedientos de programas de debate. No sé si aquello pudiera ser una tertulia, pero sentíamos placer en ver desgranarse argumentos en un sentido u otro en función de las personalidades invitadas. Lo recuerdo con admiración. No sé si es que todo se ha hecho más chabacano, o es que la derecha es capaz de presentarse con sus atavíos más indecentes. Antes había cosas que nadie se atrevía a decir por estética y política. El debatir se ha convertido en un ejercicio envenenado por la vaciedad, por la mala intención, por el sesgo partidista, por la carencia de auténtica base para argumentar, tal como dices, en que cualquiera puede opinar sobre cualquier tema. Este país -aunque supongo que todos- se ha convertido en pesado e indigesto, es como si todos nos conociéramos y ya supiéramos de antemano lo que vamos a decir y ya no nos molestáramos en escucharl, y solo esperamos la cuña para meter nuestro speech que tampoco nadie escuchará porque ya se sabrá de qué palo va.
En el debate entre Chacón y Rubalcaba yo no sé qué defienden uno y otro. No están las cartas bocarriba, me temo que nadie va a saber qué defiende uno y otro, a menos que las auténticas diferencias se hayan de leer entre líneas.
Malos tiempos para el debate.
Ni que decir tiene, Juan, que sabes de sobra de lo que hablas. Estamos ante una versión más sofisticada del tan nuestro echar la lengua a paseo, o sea, hablar al tuntún, a la buena de Dios o, más cercanamente, chismorrear -¿chafardear, que decís por Cataluña?
Por más que se rodeen los chismosos y verduleros de focos, platós, cámaras y entrevistadores, no deja de ser el mismo, triste y vulgar espectáculo de siempre, sólo que, ahora, globalizado, por eso de la audiencia...
Debe de ser interesantísimo pasarse dos o tres horas delante del televisor oyendo lo que tengan que decirse -o gritarse- todos esos fantoches televisivos que no tienen más mérito que estar ahí, captando la atención de un público tan cretino como ellos si no fuera porque ni siquiera cobran por verlos. ¿Te imaginas hace 20 ó 30 años un corrillo de gente viendo como discuten dos vecinas que, con suerte, acababan tirándose de los pelos ante el regocijo general? Pues lo mismo, pero más y peor.
¡Cuán gráficamente describes el escenario del patético, deleznable, estéril y ridículo espectáculo en que, por ventura, parecemos mirarnos casi todos: hablar sin saber, opinar sin conocimiento.
Un abrazo.
La Clave, de Balbín (que la memoria todo lo revaja...), fue para nuestra generación una escuela dialéctica sólo comparable a la de las antiguas tertulias de los cafés madrileños donde se forjaron escritores como Valle o Ramón. Aún recuerdo el corte de mangas dialectico de Savater a un ministro prepotente. Recuerdo, Ministro, que maestro viene de "magister" y Ministro de "minister", ergo... Y allí se deshizo comon un azucarillo aquella prepotencia de quienes porque mandan creen que saben, que es uno de los actuales males de la patria (¡Para cuándo una reescritura del libro de Mallada, una paráfrasis afortunada!).
El lado más positivo que le he visto al uso de los blogs es el de recuperar, aun sin la presencia física, tan valiosa para la conversación, el gusto por la dialéctica. Joselu y tú, Javier, sois un ejemplo de ese amor al razonamiento del que tanto aprendo día a dia.
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