miércoles 18 de enero de 2012

          La España vulgar (Libelo libelular)


              
                   13. Fragor Friqui 
 
                      ¡Qué tenues son las fronteras de la vulgaridad en este país de todas las moscas! Del camino simplicísimo y servil de la Obra, que siempre se ha abierto paso por entre los apretados esfínteres del PODER, podemos pasar, sin dejar la cruz ni renunciar al precedente histórico del Lunar de Peñíscola, a la apoteosis esperpéntica y ultra-chabacana del Papa Clemente, Gregorio XVII, Pontífice de la Iglesia de El Palmar de Troya, ciego como los buenos visionarios –paradójicamente a causa de un  accidente en Beohovia–, cebado como los regalados mandatarios, hermético como los cimeros falsarios. Planta  propia del país, regada con los buenos caldos que de norte a sur y de este a oeste alimentan cualquier deserción de la razón y cualquier desvarío de la creencia, la Iglesia del Palmar, carmelitas de la Santa Faz –que nunca han engañado a nadie en cuanto a lo de la jeta–,  ha santificado a Escrivá, a Franco y a José Antonio (Joseantonio para sus fieles, tanto los auténticos como los de pega...) y ha condenado a las tinieblas a la Iglesia católica, a Juan Pablo II  y a Juan Carlos I, entre los más cercanos y tirriados. Y aun hoy, bajo el gobierno de Pedro II, continúa alimentando la fe, la esperanza, y sobre todo la caridad de sus fieles donantes.
En este país de peregrinajes, no hay rincón donde no se alce una bandería que invite al homenaje y al sometimiento, porque es divisa de la extendida y acérrima vulgaridad peninsular el viejo dicho de recia y extendida raigambre ya citado con anterioridad: “lejos de mí la funesta manía de pensar”; por eso Gregorio XVII fue visitado por la Virgen y habitado por los estigmas del Mesías, y hasta convertido en depositario, por apropiación indebida, del tercer secreto de Fátima: había de sumarse a la red de los centros de peregrinaje y convertir su humilde zarza particular en basílica donde recoger los copiosos frutos de su sacrificio: Lourdes, Fátima,  Santiago, Loyola, Torreciudad, Utrera.... ¿Quién no encuentra, en este país, un alma sencilla y fortunada, dispuesta  a honrar al Señor a golpe de talonario y a garantizarse, de paso y de peso, un sitial de privilegio en su Gloria, aunque sea a través de beneficiar a su más estrafalario y exhibicionista representante?
                      Colindante con esa friquilandia feliz de El Palmar hallaríamos el caso de otro visionario, de muy distinta naturaleza y de muy otros atributos, que también declaró haber sido visitado por la Virgen, si bien no queda memoria de ningún encargo ni secreto especial que le hubieran sido revelados. Fernando Arrabal –y al libelista se le remueve algo por dentro al incluir a tan apreciado escritor en este capítulo de infamias–, preclaro autor barroco de La hija de King Kong, última hija agraciada de Nuestro Señor Don Quijote, se dejó visitar por la Reina de los Cielos en jornada que siempre ha considerado uno de los episodios trascendentales de su existencia, del mismo modo que confiesa escribir inspirado por el Espíritu Santo pentecostiano, ¡y ojito con cualquier burla o salida de pata de banco respecto de esos temas sagrados, porque, como el zote Ronzal de La Regenta, no duda ni un segundo en  hacerlo cuestión personal! Una reacción, por cierto, nada distinta de la que tuvo el autoproclamado provocador de provocadores, Calixto Bieito, cuando, en un acto oficial, se le subieron a la tarima unos colegas reventadores que pedían un reparto más equitativo del pesebre y acabó, el épateur profesional, abominando de la intromisión y exigiendo que limpiaran la tarima donde él oficiaba, todo ello con el demoledor argumento de que hay formas, lugares y momentos para cada cosa...
¡Ah, qué memoria feliz la del libelista al asociar al memorable, ¡al entrañable!, Ronzal a la cadena de filofriquistas hispánicos como si fuera el padre de todos ellos, o, por lo menos, un aventajado ascendente! Es referencia para minorías, claro está, porque en un país en el que más del 50% de los ciudadanos confiesa paladinamente, e incluso con un inequívoco timbre de orgullo, que jamás ha leído un libro, y en el que, de la otra mitad, la mitad a su vez reconoce no leer más que uno al año, poco ha de esperar el libelista que se reconozca la fuente expuesta. El tal Ronzal es eximio representante de la masa dominante de nuestros días, la encumbradora de todos los friquismos posibles. Admirador profundo del jefe del Partido Liberal dinástico, Don Álvaro Mesía, que sí es un friquidandi de cuidado, un lechuguino y pisaverde acabado, Ronzal bebe los vientos por parecerse al original en el que, para su zotería, se encarnan todos las gracias que pueden adornar a un varón. ¡Ah, si algún despistadísimo lector de estas líneas pudiera pasar de éstas a las de Clarín y engolfarse allí en el retrato de Vetusta y de los vetustenses! Acaso hasta pudiera convertirse en su particular camino..., pero de Damasco.
Decíamos que es este un país donde se abrazan los extremos con increíble facilidad, y donde los desplazamientos ideológicos, por ejemplo, pueden salvar todos los pasos intermedios, y aun devolver la misma esencia en el espejo donde se reflejan sus muchas diferencias accidentales. Es el caso de la moda insolente de las  tribus urbanas, no muy lejanas, ¡para su escándalo!, de la de los bobalicones meapilas tipo Amo a Laura en quienes nos hemos detenido con cierta morosidad líneas arriba.
                    De estética radicalmente distinta, llena la cara de pústulas de acero y el cuerpo de polícromos tatuajes –¡huy, perdón, de tatto-os!, discúlpeseme la irreverencia...–  con motivos vergelescos inspirados en los más cutres papeles pintados de las insignes droguerías británicas, muchos de los componentes de esas tribus antisistema, antiglobalización y anticurrelo se uniforman de tal manera que resulta difícil pasar la revista de sus marciales colegas antibelicistas –siempre dispuestos, sin embargo, a la razzia antifascista o a plantarle cara a cualquiera de las mil policías del Estado– sin que se detecte alguna deslealtad o se incurra en alguna dejación estética imperdonable por las que se haya de pagar el altísimo precio de la marginación y quién sabe si hasta las penas de desbarrio y de desocupación. Las crestas, los chalecos, las rastas, las botas de alta caña y veintiún cordones, los pantalones pitillísimos de bélico camuflaje, las camisetas de tirantes –de las desacomplejadas coleguis–, sobre los pechines desguarnecidos de íntimo atalaje, la rebelión contra la depilación, las cejas perforadas, las narices con aros oseznarios, las lenguas con el lacasito de acero permanente; todos los  arreos de extremada bizarría, en fin, no pueden competir con la oscuridad insufrible de sus certezas asentidas en discursos cuya oscuridad elocutiva y espesura conceptual sólo se puede calibrar  cuando se ha tenido la desgracia de tener que oírlos en la cercanía de una mesa de terraza de bar o en un banco de una plaza pública. Nietos del cheli trasnochado del güisqui para el personal de Las madres del cordero, bisnietos del argot quinqui sin desarrollismo e hijos de la LOGSE, la vanguardia pseudocircense –a juzgar por la afición a tropezarse con los bolos y las bolas en los eternos semáforos de algunos cruces para arañar unos cobres de euro con los que ir trampeando–  de la juventud opuesta al sistema y a la máquina infernal del capitalismo globalizador se tropieza también con las palabras cuando se dan mutuamente la razón en pseudodiálogos de afirmación personal, de potenciación de la autoestima: Pues claro que sí, colega: puto mundo podrido. Es que flipas mogollón. Banda de buitres, joder. Habría que acabar con todos, con todo. ¡Pum! Y a empezar de nuevo. Con nosotros, con los legales. Puto mundo de los dineros. Y hablando de dinero; ¿tienes unos eurillos por ahí con los que mercarnos unas birras y un bocata sardinas en lata? Estoy pelao pelao. Y por donde mis putos viejos es que ni puedo aparecer. ¡Que acabe la ESO, quieren, no te jode! ¡Con veinte tacos y me salen con la ESO! ¡Con lo eso, con lo otro y con lo de más allá, les digo yo! ¡Anda ya! ¡Menúos pringaos, no te jode! ¡Pa enjaularme estoy yo, a mis años!
A su manera, no están lejos esos planteamientos de los de otras tantas friquerías patrias que se manifiestan de los modos más dispares. Y muy singularmente emparenta el libelista esas muestras privilegiadas de la oratoria rompedora con otro techo expresivo de los anales del friquismo: el de los zutabe de los politicomafiosos etarras, ¡auténticos cráneos privilegiados! Dos horas de prime time a sus anchas que les dejaran en todas las televisiones  para denunciar, de una vez por todas, con total claridad, sin pelos en la lengua, todo clarito, clarito, con verdades contundentes, la política criminal del estado español contra el heroico  y mítico pueblo vasco y quizás se acabara, al expirar el plazo, y por deserción de sus propios seguidores, el cotarro de ceporros camorristas asesinos. ¿No es ejemplo apodíctico el caso de los Piñaristas ocupando una exigua parcela de la Plaza de Oriente para denunciar a sus anchas la conjura judeomasonicamarxista que ha supuesto el hundimiento de la nación española? Al término de las dos horas muy probablemente los televidentes se preguntarían si los siguientes cómicos, con capucha achinada o sin ella, iban a ser tan flojos y confusos como los primeros. Y si en el pacto se incluyera el preceptivo corte para la publicidad, bien pudiera ocurrir que, a la vuelta del descanso, predicaran en el desierto del share...
                         Desde que el eminente bufón don Francesillo de Zúñiga dejara memoria escrita de su paso por este mundo, no han sido pocos los friquis hispanos que han jalonado la historia de este país: desde los bufones de Las Meninas hasta la mujer barbuda velazqueña, pasando por los pintorescos retratos que nos ha legado la portentosa prosa de las obras picarescas, desde siempre el país ha sido pródigo en esperpénticas criaturas que han alegrado las vidas de sus naturales, y aun las de los nacidos allende sus fronteras.
                         También, ¡y cómo podía ser de otra manera!,  el extinto Dictador compuso el tipo eminente de gran miembro bajo palio de la parada de los monstruos, con su aflautadilla voz blazqueciana, su prominente vientre enfajado, sus holgadas botas de caña alta, su boina tradicional, su ostentosa papada, el bigotín acobardado y su mecánica gesticulación de marioneta movida por un aprendiz, todo ello desinflado en un pellejo de apenas 30 quilos, entubado por todos sus orificios, según las fotos con que su yerno, al decir de lenguas viperinas, se sacó un sobresueldo en las épocas semi flacas, para ellos, de la restauración democrática. Desde esa creación tradicionalista y de las JONS, no han sido pocos los sucesores que, de una u otra esfera social han venido a engrosar esa parada.
                          De hecho, los programas basura del corazón no se han dedicado a otra cosa que a encumbrar socialmente una ingente tribu de mercenarios del friquismo que han aprovechado para ganarse la vida a costa de sí mismos y de quienes se pusieran a tiro de sus calculadas inversiones en la bolsa del mundanal ruido de la fama de pacotilla. La nómina de seres vulgares que el libelista es capaz de elaborar sin haberse interesado nunca por ellos sería la prueba elocuente de la potentísima presencia social de esa tribu generada por algunos medios de comunicación que, entre otras lindezas, han devaluado radicalmente el concepto de vida privada de  las personas, han embrutecido la vida emocional, han mercantilizado los sentimientos y han convertido en un circo y en una almoneda las miserias de los pobres de espíritu y aun de algunos que se las dan de ricos del ídem. No puede sorprender a nadie que reconocidas y reconocidos candelabros –según la célebre definición mazagatiana de a quien le llovió la sabiduría con el agua de la pila bautismal–  como Belén Esteban o Paquirrín, escogidos al azar de la caprichosa memoria, llenen volúmenes de huecograbado con sus andanzas, desvaríos y destemplanzas; pero en esa nómina han de integrarse personas con otro perfil que no les ha servido para escapar de ella: la asediada bióloga Ana Obregón, por ejemplo, o el otrora afamado actor y antes del otrora infame y reputado cómico Andrés Pajares, cuyas miserias familiares y personales se han convertido en serial depresivo y deprimente.
¡Ah, aquel protofriqui avant la lettre que fue el casi olvidado y nunca del todo reconocido Barragán! Ni siquiera a los especializados lectoespectadores de los rituales de esas tribus puede que el nombre les hubiera traído a la memoria la imagen y la chistería fecunda, es decir, jodiunda, escatológica, y siempre irreverente, del cómico del diente embetunao, si no hubiera sido porque Pablo Motos consiguió desenmascararlo recientemente en El hormiguero con motivo de su vigesimoquinto cumpleaños artístico! ¡De entre las dos buenas decenas de chistosos profesionales que competían con Barragán en aquellos días tuvo que triunfar el de la Calzada, de vida ejemplar y ejemplo de ramplonería humorística y lingüística que halló gracia a los oídos del vulgo, quien lo acogió y lo estrelló contra la pantalla del cine, antes de sepultarlo en el finstrolvido!
                         En mala hora –late night time– se inició, cruzando el caudaloso Mississippi –Misisipí en antiguo castellano de provincias–, la edad dorada del friquismo patrio finisecular. Las casi recién inauguradas televisiones de pago traían en los proyectos de sus parrillas (al modo como llegó Nosferatu a Europa en la bodega del barco)  monstruos nocturnos y fantasías sombrías, como un vuelo de murciélagos funestos –¡hasta las propias mamachichos del atardecer eran encarnación siniestra de tal vulgaridad muslorampante y tetatemblante! Desde aquella riada venenosa quedó el terreno abonado para cualesquiera aventuras que sucedieran al vadeamiento inicial. Apenas el empacho de vulgaridad alertó las conciencias de los padres y madres de la patria, se quiso, desde el Parlamento, legislar códigos y levantar prohibiciones que desfacieran el entuerto del negocio flore-ciente. Ya era tarde, como casi siempre. De todo ello se rió el Pelícano con su turbia sonrisa hasta que la competencia halló fórmula más eficaz. Disfrazado inicialmente con los ropajes de la coartada de calidad del referente Bradburiano, aparecieron unas Crónicas marcianas que eran, en realidad, crónicas de las Batuecas, malencarado plagio de Celtiberia Show, y espejo del más rancio esperpento patrio, pero sin la grandeza de la visión valleinclanesca y, por descontado, sin su ejemplar y modélica creación estilística.
Enseguida, habiendo perecido el Pelícano por los picotazos de la camada que le reventó el vientre, los cronistas de Marte reinaron a sus anchas y anchearon la parada para dar cabida a toda la vulgaridad imaginable. El libelista no es muy ducho en esos saberes y es posible que pueda ser puesto en noble ridículo por los aficionados profesionales a esos espectáculos cutres; pero friquis profesionales como un inclasificable Pocholo, de la saga franquista, o un tal Apeles, sacerdote por el rito de San Girolamo, experto en controversias, peloteras, insultos y artes marciales argumentativas, se mezclan con otros como el ubicuo Izaguirre de cultas caras semi ocultas, culo exhibido y mil chillidos histéricos que a duras penas podían ser contenidos por el director que tiró la piedra del engendro y escondió el escaso ingenio de la creación.
                      Ni siquiera la experta compasión del libelista es capaz de cubrir con su piadoso manto la desnudez insultante de esos monstruos que pululan por la vida social de este país constantemente jaleados por la estulticia de auténticas masas de individuos e individuas clónicos que los aplauden  y hasta los imitan, y que incluso son capaces de pagar por verlos actuar en el Circo de las Miserias. Convivimos con ellos y sufrimos su omnipresencia, nos guste o no, aun cuando no se interese uno por ellos lo más mínimo. Pero eso tiene la vulgaridad reinante: se apodera de todos los espacios –los nichos que dirían los vulgares semiólogos y sus íntimos amigos demoscópicos–,  contaminándolos hasta que se hace imposible distinguir si, tras su presencia ofensiva y corrosiva, ha existido alguna vez una realidad en la que mereciera la pena instalarse y vivir dignamente.
                           Corone este inexcusable epígrafe lo que, sin ningún género de duda, puede y debe entenderse como el colmo de la vulgaridad, un ser del que, al libelista, como le ocurría en el caso de Pujalte, le cuesta reconocerse congénere. Su crispadora lengua viperina, ahíta de onomatopeyas de la caquexia mental que encarna,  ha sido acogida en cadenas televisivas de pocos escrúpulos con alfombra roja para disimular los esputos sanguinolentos con que avasalla a quienes, en consorcio con él y a tanto alzado, se prestan a ser babeados, espumajeados y vitriolizados. Diminuto como el interés de la banca, con voz chillona y estridente de tombolero envejecido y sin fortuna, de mirada agresiva como la de las hienas y ademanes de mal perdedor a las cartas, Jesús Mariñas –¡Jesús, llamarse así!– representa, al nivel de la excelencia y la consumación, a toda esa horda de pseudoperiodistas que, en compañía de tan excelso representante, constituyen la vergüenza y la decadencia de una sociedad abocada al ridículo, a la zafiedad  y a la inanidad. Cuenta su dicenda –leyenda, de leer, es ex-cesivo para semejante homúnculo– que allá en tiempos remotos ejerció de tierno gigoló de viejucas aristocráticas aficionadas al salvamento y el socorrismo, y que gastó mucha labia y saliva sacándole brillo a la sin hueso, afilándola en fustes de envergadura, para consumar su agresiva pericia un punto histérica que la ha permitido ganarse la vida, o lo que sea que se gane, de plató en plató, como antes fue de plato en plato. Junto a otros y otras, que el gremio tiene extensa nómina de maledicentes malencarados y pedantuscos, por mor de la nesciencia, han levantado a pulso el edificio de la mediocridad, el patetismo, el ridículo, la desvergüenza, el griterío, el insulto de brocha gorda sin ápice ninguno de ingenio y la más tocina de las  chacinerías de los pseudosentimientos. Forman capítulo aparte de la friquería nacional, abanderados por el tal Mariñas, ejemplar paradigmático de las perversiones que fomenta la caza de la audiencia, cinegética pasión de todas las cadenas.

2 comentarios:

Javier dijo...

Y yo que creo, Juan, que todo esto de las psicovisiones marianas no es más que un cuento de fantasmas -y pido perdón a los benditos creyentes, que derecho tienen a engordar el negocio de la religión como otros hacemos con la Hacienda pública. En poco se parecen, si de semejanzas se trata, al vetustense De Pas, que sacrificó el legítimo amor carnal por el de su Amo, sin misticismos que valgan, que no hay mística en la Iglesia sino cajones.

¡Cuán alejados estamos no ya del Conocimiento, sino de todo saber, de cualquier saber, porque empeñamos vidas y haciendas al frugal destino de lo divino, cuando es el hombre más dios que ninguno, y sin embargo a él no se consagra más que la vanidad efímera de la soberbia!

Esto, y no ESO, es la reflexión primera que nos devora, sin que, por lo que este escribidor sabe, hállase llegado aún a ningún anticipo del resultado final, que estamos en estos asuntos como la ciencia empírica que busca el bosón de marras: en pañales -mas también en ascuas, por qué no decirlo.

Debes ser misericorde con este asalto a tu espacio, Juan, ya que, por mi parte, no he tenido el suficiente tacto para contener mi lengua, falaz como siempre, disoluta como nunca.

Un abrazo.

Joselu dijo...

Me asombró hace bastantes años la patochada del Palmar de Troya, pero hace mucho que no oigo hablar de ello, e ignoro si es porque ya se han disuelto o que viven en una mayor discreción. Ahora se oye hablar de los kikos neocatecumenales fundados por Kiko Argúello, de los que desconozco casi todo.

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