jueves 26 de enero de 2012

                                La España vulgar (Libelo libelular).


                                14. Los tres delirios del cuarto poder 
                No está tan claro que haya una indubitable realidad única donde todos nos movamos, ciegas hormigas, contribuyendo a la construcción de no se sabe bien qué Babel o laberinto. A medida que la vulgaridad se ha ido apoderando del país, uno de los últimos reductos que pretendía vivir inmune a sus maléfica influencia y dominio, la prensa, ha acabado adaptándose a las exigencias del guión. Comenzó muy fuerte: auténtico valladar ético infranqueable frente al sensacionalismo, frente al amarillismo y frente al papanatismo, político o religioso, de cuantos sucumbían a la adaptación al medio. Hoy, el cuarto poder es más poderoso, sí, pero en modo alguno un fiable referente de la independencia de criterio o de la búsqueda desinteresada de la verdad. Poco a poco han ido cediendo ante la vulgaridad en la que han de sobrevivir empresarialmente y han consolidado sus tres grandes delirios: definir lo real, cambiar los gobiernos y escribir la Historia. Padecen del mal de la ebriedad de poder, que no del don, y su fatuidad y ensoberbecimiento les ha llevado a pensar que son ellos los verdaderos actantes de la compleja historia de la realidad, sus protagonistas indiscutibles, los únicos redactores posibles.
Desde la propia primera página de cualquier periódico sabe ya su comprador que acaba de entrar en tal o cual realidad de marca, ¡y hasta patentada! No habla el libelista de la pluralidad de puntos de vista ni de la diversidad de criterios, sino del vulgar así son las cosas, como se las estamos contando, y no hay más. Lo que significa  otros sólo les contarán burdos cuentos, descaradas mentiras o delirantes conspiraciones, ni más ni menos. Todo lo que uno oiga, vea o lea fuera del privilegiado canal de emisión que haya decidido escoger, senci-llamente es una especulación, una fábula, un quizás azaroso, una hipótesis aventurada o un podría ser, si se diesen determinadas circunstancias... Es decir,  que ha de ir el destinatario de la información bien alerta y vigilante de en qué realidad se mete, no sea que queriendo informarse acabe uniformándose y entrando en una de las trincheras desde las que los taumaturgos luchan cada día con todo tipo de armas: físicas, químicas y psicológicas, para tener la exclusiva de la realidad bien hecha y mejor contada.
¡Qué sintomático es el que para los círculos exclusivos, para quienes creen formar parte del cogollito de la realidad, se use en nuestra lengua el término capillitas! La vulgata del frufrú de los hábitos religiosos castrenses –¡y religión es siempre re-ligar, atar en corto...!– se extiende a los nuevos definidores de la realidad. Ellos prefieren identificarse con el eufemístico Consejo de Redacción, que, ¡tan próximo al omnipotente Consejo de Administración!, no esconde su implacable afán de dictar, de que todo se ajuste a su dictado, de que todo ocurra como habíamos previsto, como les habíamos avanzado, como no nos habíamos cansado de anunciar que ocurriría....
Se levanta el día y los prensaleyentes pueden estar tranquilos: tendrán en sus manos el auténtico mapa de la realidad, ¿o debería repetir una de sus vulgaridades habituales y hablar de la hoja de ruta de la realidad? Ninguna institución como la de los medios de comunicación para darle la puntilla al toro del lenguaje, renqueante y moribundo al salir de las manos del sistema educativo. Es esa deturpación constante del lenguaje el gran cimiento donde descansa el edificio entero de sus tres delirios. ¡Qué vulgaridad propia de proxenetas portuarios o halterofílicos gorilas de discoteca! No son muchos los que se acercan a los púlpitos editoriales desde los que se reparten  reprobaciones, descalificaciones, excomuniones, anatemas y escasísimos plácemes, pero aquellos que pecan tienen al menos la suerte de leer los auténticos renglones derechísimos de la divinidad grafómana. Imagínense a un dios que acaba de crear una parcela de la realidad y después, satisfecho de su obra, complacido en ella, se sienta, pone los pies sobre la mesa aledaña y  tira con los pulgares de los tirantes para mostrar su júbilo: ahí tienen al periodista modelo. Walter Mathau compuso a la perfección la catadura inmoral del individuo en cuestión en Primera Plana, de Wilder. Desde entonces, copia imperfecta son quienes han venido detrás, y aun quienes se formaron en la movida prensa de la Dictadura y arrastraron hasta la democracia la intolerancia y la proclividad a las intrigas y al navajeo propios de su vieja escuela
Un periódico, a fecha de hoy, no es más que una de las tres patas de banco de los grandes imperios de comunicación de nuestros días: radio-televisión-prensa, y ni de lejos la más importante de ellas, aunque, ¡añejo fetichismo!, ¡anacrónica vanidad!, se presente como la única insustituible, como la única que acredita, por su mera existencia, la libertad de expresión. Como se puso de moda en la época del desarrollismo hispánico, cuando comenzaron a cuajar buen número de las vulgaridades que hoy tienen ya el prestigioso marchamo de de toda la vida, no se estaba a la última si no se había visto la película, escuchado el disco o leído el libro, de tal o cual éxito de masas. Desde esa triple perspectiva, los pocos emporios de la comunicación a las masas que sobreviven a la veterana incultura patria constituyen selectos clubes, al viejo estilo de las fratrías masónicas: pertenecer a uno de ellos garantiza un lugar, muy a menudo privilegiado, en el mundo. El viejo taifismo político ha devenido taifismo social y cultural al más puro estilo mafioso: la gran familia. Dentro de ella, todo es posible; fuera de ella, ándate con ojo qué sitios frecuentas y con quién te relacionas..., es decir, la antiquísima ley del o conmigo o contra mí que aún sigue gobernando el mundo como lo ha hecho desde los tiempos reptilíneos de las hachas de sílex y las azagayas.
Un mundo que se retroalimenta constatemente: periodistas que escriben libros publicados en la editorial del Grupo –¡Ah, he ahí la palabra fetiche, el comodín de la vulgaridad de nuestros días: Grupo. Nadie que se precie lo excluye de su tarjeta de visita: Grupo Martínez, ¡sus planchistas de confianza!; Grupo Prieto, contables y asociados; Grupo Martín Fadesa, ¡la pata quebrada, y sin casa!; Grupo Hontanar, extracción de áridos; Grupo Guaydent, ¡los mejores precios para su sonrisa!; y dentro de poco hasta cualquier familia particular se anunciara como Grupo Pérez y Pérez, nos tienes en el 625347853, en el 669354678 y, por supuesto en Avenida El Capullo, 12, por ejemplo–;  libros que la radio y la televisión del mismo grupo, evidentemente, promocionan y elogian con sonrojantes y atrevidas hipérboles; películas en cuya producción ha participado el grupo y que son elevadas a la categoría de obras maestras imprescindibles, aunque sean, por lo general, invisionables; discos gestados y producidos en el seno del grupo que, en el periódico-supermercado que impera hoy en día como modelo comercial, llega muy bien de precio a la masa. Lo que siempre se ha considerado un mal endémico de la universidad española, la endogamia, se ha convertido, en el ámbito de la comunicación, por arte de birlibirloque, en la más acabada expresión de lo políticamente correcto: el amiguismo –con toda la carga cutre  que cabe en ese escupitajo podrido y halitoso contra el noble concepto del que deriva– elevado a los altares de la urbanidad.
Supermercados, decía hace unas líneas, que parecen los periódicos, a juzgar no sólo por la presentación de los contenidos, sino también por las mil y una colecciones con que se adorna el artículo para dotarlo de un valor añadido, ¿no lo dicen así los tecnócratas de nuevo cuño y mucha coña? La información a secas es señal de racanería, ¿a quién le interesa? Por eso se vende casi a gusto del potencial consumidor, al que quizás se haya sondeado con anterioridad –nada que ver con los entubamientos ni los enemas, claro está...– para determinar con exactitud sobre qué temas quiere que le levante el periódico del día el plano supuestamente fidedigno de la realidad. Se trata del bonito juego del recorta y pega para zurcir con los pedazos lo más parecido a la costumbre de la realidad  que no alarme a los consumidores sino lo justo, la exacta ración de indignación con que conviene que cierre la última página para volver al día siguiente a reincidir en la comprobación de que todo sigue en su sitio, al inconfundible estilo de El Show de Truman. Por todo ello,  son pocos los transeúntes que derivan su atención hacia esas covachuelas exóticas donde un hombre solo, o una mujer acompañada, rodeados de periódicos, revistas, y fascículos de colecciones inimaginables sobre los más esotéricos asuntos –desde abanicos de seda pintados a mano, hasta plumas clásicas, pasando por ¡Los mecheros de tu vida! o ¡Reconstruye el Apolo X. Hoy, primer fascículo y primera entrega: plancha del fuselaje!–, aguardan la visita de sus conciudadanos. Se diría de ellos que son un híbrido de bibliotecarios y de Robinsones, a juzgar por su aislamiento y por el orden escrupuloso con que la mayoría de ellos ordena el quiosco para que un simple golpe de vista permita al cliente identificar la revista, el libro, el fascículo o el periódico que desee. Las catástrofes disparan las ventas, eso sí, porque en esos casos ha de leerse lo que ha ocurrido: es el único viejo prestigio que aún les queda a los diarios, auténticas enanas blancas de la Galaxia Gutemberg: ¡alta temperatura superficial y débil luminosidad intrínseca! Les sucede a esas chozas urbanas lo que a los cines: éstos subsisten gracias al negocio del maíz con alas de colesterol; aquéllas, gracias al tabaco, las chucherías, los vídeos porno y las apuestas autonómicas, donde las tengan.

1 comentarios:

Javier dijo...

Fíjate hasta qué punto se reconstruye, transforma, dimensiona, tergiversa o inventa la realidad, Juan, que hoy mismo, y a propósito de tu entrada, el titular de portada de El País digital era "La quiebra de Spanair deja 22.000 pasajeros en tierra el fin de semana", cuando debería haber sido "La quiebra de Spanair deja a más de 2.000 empleados en el paro".

Noticias a medida, desbastadas, arregladitas como para ir de feria, correctísismas y poco a o nada hirientes, consecuentes con esa otra realidad, la vivida y económicamente tan detestable como desastrosa...

¡Cuánto trabajo para no trabajar...!

Un abrazo.