jueves 12 de enero de 2012

                    La España vulgar (Libelo libeluar).



                        12. La basca del báculo
                        En parte hemos heredado esa ordinariez expresiva del sometimiento religioso en que ha vivido, ¡y aún vive!, este país masacrado por los ardores trentinos de un poder religioso que se niega a perder su ya escasa o nula influencia social. El melifluo Blázquez, de aflautadillo timbre y cadencia retórica de rosario desganado, quiso honrar el evangelio de su secta, Dad al César lo que es del César..., y contemporizar con el poder terrenal; pero los rouquidos pardobazanescos del gallego de tierra adentro han acabado imponiendo el gesto y el mensaje hoscos del integrismo fanático. ¡Cómo echará de menos el cardenal avinagrado los besos sobre su anillo y el gesto omnipotente de quien levanta al pecador que se humilla ante el pastor, sabedor de que los príncipes de la Iglesia siempre estarán por encima de los príncipes de la Tierra!
¡Cómo extrañamos muchos, por el contrario, que en el siglo XXI las autoridades que se apellidan socialistas, ¡y, sin embargo, con tan escasa inteligencia social!, sigan sin establecer la independencia efectiva del Estado de una confesión religiosa crepuscular y antidemocrática! Meapilas auténticos son estos gobernantes que no se la encuentran para mear cada vez que la Conferencia Episcopal clama al cielo –usualmente de Madrid, por aquello del dicho, se supone...– que sufren persecución, como bajo Diocleciano, que se les desprecia y silencia, que se destruye la familia católica, ¡que se acaba con la democracia...! Pero los cardenales y los obispos no quieren que les libren de la persecución, sino que se ofrecen en sacrificio a mayor honra de la Iglesia y de su Papa de Prada. Están más que dispuestos a sufrir la degollina  de los sanguinarios ateos victoriosos  o a ser expuestos a las fieras –¡al populacho rojo!– en el circo de la laicidad, de modo que puedan alcanzar la beatitud de los mártires del Alzamiento.
Con los seminarios criando telarañas por los rincones; las misas con menos feligreses que espectadores la final del campeonato nacional de petanca, y todos ellos por encima de la setentena; con su santo locutor condenado en los tribunales por falta de caridad cristiana; con el negocio floreciente de los ecónomos inversores en chiringuitos financieros de dudosa honestidad...; con el aspa de la renta moviendo los ideales de los fines sociales; dependiendo de la ayuda directa del Estado para pagar los míseros sueldos a los probos párrocos de la tropa parroquial –¡prueba fehaciente de la confesionalidad de un Estado prisionero de un concordato inexplicable en cualquier país de Europa!–; con los divorcios rápidos al acecho; con las catequesis desangeladas; con los pederastas amparados y comprendidos por ese obispo insular, pero no aislado, que alegaba que “los niños provocan” y por cuantos  provocados como él callan y otorgan y padecen la persecución de la provocación...; con la inminencia de la ley de plazos para el aborto; con la naturalidad de los matrimonios homosexuales (titulareada en la prensa rosa, verbi gratia: JV sale de vacaciones con su marido); con la Educación para la Ciudadanía contrarrestando su antiacadémica presencia en el genuflexo sistema escolar –¡otra aberración más de este Estado confesional!–; en esa situación, en fin, ¿cómo sigue siendo posible que una secta, que, si sólo dependiera del apoyo económico de sus fieles, haría tiempo que habría desaparecido  del escenario social, continúe siendo capaz de condicionar la acción de un gobierno elegido democráticamente en las urnas? La popular serie de libros sobre los enigmas de la Historia habrá de incluir éste en  un futuro no muy lejano.
Tan ridículos y vulgares como sus mayores le parecen al libelista esos jóvenes cachorros adoctrinados que entre arrobos pseudomísticos y deliquios espirituales se pasean por todos los rincones del mundo, con el soporte logístico de sus acaudalados progenitores, siguiendo las convenciones totustuusescas y exhibiendo esa histérica alegría de adocenado fan adolescente cada vez que el Papa de Prada se dirige, en recio castellano germanizado, a los jóvenes españoles y les exhorta a ser testigos de la fe y otras cuantas simplicidades que provocan un delirio cuasi orgásmico entre los jóvenes y un fervor nacionalista que a punto está de oírse, entre el ondear brioso de las banderas españolas, un ¡A por ellos, oé!, y sus bises de rigor, de más que ininteligible lectura, aunque de cruzado origen, sin duda.
Los mismos jóvenes que, desde su bobería entusiasta y su fervor místico de pacotilla –flechas y pelayos de pomporrutas imperiales de la fe católica–, luchan contra su sexualidad con contagiado ardor y se mortifican si sucumben al placer solitario que les recuerda el terne poder del tercer gran enemigo del alma. Al libelista le traen me-moria lejana de conflictos herrumbrosos, heroicas negaciones que son vencidas por las persuasivas afirmaciones todopoderosas del deseo. ¡Ninguna perversión sexual más refinada que la de la castidad ator-mentada! Argumento sobado de folletines ilegibles, a la lucha de esos jóvenes contra sus propios cuerpos siempre le llega la más dulce e in-tensa de las derrotas. Más allá de su condición de instrumento divino para la perpetuación de la especie, acabarán maravillados por la divi-nidad del instrumento y se adherirán con firmeza a la parnasiana herejía del placer por el placer.
Vitorean a su pastor, en concentraciones diseñadas con una puesta en escena propia de actuaciones de fiestas patronales en cualquier ayuntamiento del tres al cuarto que tira la casa por la venta-na para honrar a San Sisebuto, pongamos por caso, y lo hacen con una pasión no muy distinta de la que usan para vitorear a cualquier idolillo musical o del entusiasmo con que vociferan las canciones que intercalan en el misterio de la eucaristía, y que los párrocos, más afi-cionados a la melismática tradicional gregoriana, soportan con estoi-cismo pagano hasta que pueden continuar con su excepcional come-tido rutinario.
Jóvenes  que escuchan  a sus mayores con una unción ya extinta, dispuestos a asentir a las verdades del barquero y a los más comunes lugares de la nesciencia infatuada; dispuestos al amén y al trágala; humildes, ignorantes, fieles, castrados; dispuestos a aceptar como clarividencias los más sombríos temores primitivos; sedientos de verdades que les den la seguridad del padre que no abandona a la camada a su suerte; ansiosos de consuelo y necesitados del divino auxilio que les llegue a través de los trujamanes en cuyas untuosas voces parece regodearse la inefable deidad.
La versión más carpetovetónica de esa trujamanería intere-sada y castradora es la de las añejas prédicas televisivas del muy campechano Escrivá de Balaguer, aunque las recientes manifestacio-nes de las huestes del polifacético Argüello no le vayan a la zaga, pe-ro con otra vulgaritas más acorde con las polimórficas, polifónicas y polícromas hortereces de los tiempos actuales.
 Solo en el escenario, rodeada la tarima,  donde escenificaba la variante monegresca del sermón de la montaña, por bobalicones fansfieles, el campechano monseñor prodigaba consejos de todo a cien a diestro y siniestro, con un estilo del que nunca se supo quién era el original, si Paco Martínez Soria o él mismo, una reñida paterni-dad de impostada aldeanura quintaesenciada. Con la alegría de corro de fuego de campamento de las juventudes nacionalcatólicas, mon-señor aragoneseaba sus icos e icas con fe domundiana y allanaba el arduo y gratificante camino de los inefables misterios de la fe a su au-diencia entregada. Entre chistes de parvulario o asilo, monseñor ase-guraba el respaldo divino a quienes fueran como niños, porque Dios no quería hijos resabiados ni discurridores, sino apóstoles de su credo simplicísimo y fortísima exigencia ética. Era digna de ver la felicidad desbordada de aquel párroco de aldea que había descubierto, a las buenas gentes sencillas, el camino de la entrega a los designios del Señor, de los que él era intérprete privilegiado y resumidor aventajado. Nadie diría de él jamás que era un arrogante e infatuado Papa Negro arrojando sombra de ambigüedades y tutelas hermenéuticas sobre el vicario de Cristo en la Tierra. Antes bien, él animaba a sus fansfieles a seguir el camino de la privación, del cilicio, de la castidad bien entendida, de la fidelidad al Papa de Roma, del amor a la Virgen, del amor al trabajo y de la solidaridad  -¡casi masónica!- entre los hermanos de la gran Obra que construían AMDG y AMPO, id est, ad majorem pecuniam Operis...

5 comentarios:

Javier dijo...

A propósito de esta náusea pastoral de la que libelas, Juan, ¡cuánto tiempo espera España para sacudirse el polvo secular, en sus más variadas acepciones! Tirando a dar, ni de a tres ni de a cien en fondo fallaríamos la andanada, pero no hay manera, no se dejan apuntar.

Paréceme inaudito que en estos tiempos, tan modernos y avanzados, corran por nuestros predios las piezas de caza sin escopetas que las mimen, sin galgos corredores y sin vedas. ¿Acaso no estamos en la era del descreimiento? ¡Qué fabuloso imperio en la Tierra fraguó Roma antes de sucumbir por mor de los tiempos...!

Quizá un día veamos finalmente que la religiosidad queda para la vida interior de las personas, para su privativo uso, y deja de procesionar por pueblos y ciudades con vanagloria de una época que ya no tiene sentido, no al menos el que aún quieren otorgarle quienes se aferran a lo imposible.

Un abrazo.

Ana dijo...

Qué andanada Juan! Tuve que leer varias veces, es verdad que en ocasiones parece que no hablamos (o escribimos) el mismo español.
Gran multinacional han montado desde la Iglesia de Roma.
No creo Javier que estemos en épocas de descreimiento, sospecho que hemos reemplazado los ídolos y eso es todo, de religiosidad, nada de nada.
Recordé, leyendo, a George Bataille, pero no hay andanada que rompa la homogeneidad idólatra.
Un abrazo.

Javier dijo...

¡Ay, Ana, que no cree quien quiere sino quien puede! Que es acto de fe no lo pongo en duda; más me asombra, en cambio, esa sospechosa racionalidad científica que exhiben algunos en tal acto personalísimo. Quien desee distinguirse por exceso hará manifestación de religiosidad; quien no, de espiritualidad, tan denostada.

Mutemos descreimiento por idolatría y tendremos mesa y mantel, mas uno y otra atienden a idénticos amos, tan afanados como expertos en sojuzgar, enajenar, alienar y vencer a los cándidos seres que se dicen personas.

Con todo, ¡válgale Dios -algún dios- a este ateo confeso y devoto!

Un abrazo.

Juan Poz dijo...

Ese dios no puede ser otro que al que buscaba Machado entre la niebla para hablar con él, es decir, la ensoñación de una palabra huera. Soy respetuoso con los creyentes, pero cada vez entiendo menos el acto de creer frente al de saber, por imperfecto y transitorio que sea el conocimiento. Debio marcarme mi ansia de emancipación, desde luego.
¡Qué privilegio tener tales comentarios como los vuestros! Hasta parece que mi texto tenga algún valor, cuando los ha suscitado... Gracias.

Joselu dijo...

Estos días acabo de leer un ensayito de Marcel Proust que me he descargado de Amazon. Se titula La muerte de las catedrales. El escritor francés que en alguna manera pasó su vida explicando o recreando su homosexualidad sostenía que hacia principios de siglo XX, el gobierno francés iba a dejar de subvencionar los cultos católicos que llevaban a escenificar maravillosas obras sacras medievales en las catedrales de Amiens, Chartres, Paris… Y él se quejaba de que estos espectáculos teatrales impresionantes iban a desaparecer, cuando se dedicaban ingentes recursos a recuperar el teatro griego o latino. Allí seguían vivos esos misterios dramáticos, a menos que la modernidad los arrumbara en el olvido. Amigo Poz, soy menos cáustico con lo que significa la iglesia y las palabras de Proust me han venido a mostrar que un no creyente puede estar interesado en cierta potestad de la iglesias si eso permite ceremonias eucarísticas que sigan siendo vivas. Desde una postura agnóstica, percibo demasiada bilis, a modo de rencor, contra lo eclesiástico que no deja de ser una expresión viva del espíritu humano. Detesto a la iglesia como institución, pero me agrada que haya todavía capillas románicas donde uno pueda orar (tómalo en el sentido que quieras) en quietud, procesiones populares en que se lancen saetas y la gente se emocione, campanarios en las mesetas que deshacen la monotonía de los pueblos. Estoy leyendo a Azorín y me resultan especialmente gratos los capítulos en que dialoga con un clérigo, igual que el matacuras Luis Buñuel empleaba largo tiempo disputando o dialogando con algún cura católico. Y es que Graham Green todavía esta vivo y el sentimiento de culpa católico es tremendamente literario. Igual que esas catedrales, aunque tengamos que aguantar alguna homilía de Rouco Varela, que a mí no me incomodan porque no las escucho.