8. De porte fanático
España, fiel a su tradición, es un país partido por la mitad. El 50% de los españoles no sólo reconoce no leer un libro al año, sino no haber leído ni uno solo en toda su vida, y el otro 50% sí. Está claro que dentro de este último 50% habría que distinguir entre quienes, efectivamente, leen sólo uno, es decir, el 80%, y quienes leen, por término medio, entre doce o quince al año, es decir, el 20%. Cuánto tenga que ver la incontestable vulgaridad española de hoy, y casi la de siempre, con esta estadística aquí reflejada grosso modo es algo en lo que, si quedan fuerzas, ánimos y ánimas, y amor a la aflicción, la derrota, el dolor, las lágrimas, el desconsuelo y la desesperanza trataré de entrar en detalle un poco más adelante.
No es de extrañar, no obstante, que con la tradicional enemistad que ha habido en este país contra “la funesta” –han dicho siempre los bárbaros– manía de pensar”, la servil actitud ¿patriótica? del “¡vivan las cadenas!” o el no muy lejano grito deletéreo, “¡Muera la inteligencia!”, de la última dictadura; más el paradójico e incomprensible “¡que inventen ellos!” unamuniano; no es de extrañar, en suma, que sea el nuestro un país donde la letra impresa se vea como el protoenemigo, el archiobstáculo y el hipercastigo que han de evitarse a toda costa, que no es otra que la de seguir llevando vacío el costal del conocimiento, la curiosidad científica, la sensibilidad artística y, por extensión, las convicciones democráticas. Sí, sin duda, un asunto de calado, un auténtico tema –como de inmediato lo etiquetaría el discurso político– que debería formar parte de la agenda de nuestras preocupaciones patrias y convertirse en auténtica tema –según su octava acepción–, pero frente al que la vulgaridad dominante ha logrado excavar un foso de inaccesibilidad y desprecio, lleno de las más terribles descalificaciones, anatemas y ostracismos.
El impactante excurso estadístico buscaba, sin embargo, establecer un paralelismo con otra realidad en la que la vulgaridad más lamentable, más deplorable, halla su asiento, un auténtico trono de monarca absoluto que dicta su real capricho, y exige un vasallaje que todos le dispensan por igual y de mil amores, en el bien entendido de que es práctica que acredita y no desmerece, que otorga estatus, prestigio, y que nunca rebaja: El deporte.
Lo suyo es, si queremos usar con propiedad los términos, hablar de la afición al deporte. En este país la estadística respecto de la inmersión en ese mundo alienador del sudor, las fratrías, las banderías, el sectarismo, el nacionalismo de baratillo, los orgullos metafísicos, la ausencia de ecuanimidad y las rivalidades fanáticas es casi más desoladora que la referida a la lectura como instrumento civilizador, porque la invierte hasta extremos esperpénticos; esa afición, decía, tan visceral y chabacana como prosopopéyica y pseudointelectual, según los casos y los emisores, ha logrado extender su vulgaridad incluso a los propios practicantes del mismo, desde el nivel aficionado hasta el profesional, pasando por los inefables directivos de los clubes, sobre todo de fútbol, auténticos esperpentos dignos de un Valle redivivo, ahora que los borbones andan tan modosos y relativamente discretos, sin dar motivo al desahogo de los ingenios novelísticos o pictóricos, por más que una de las excelsas vulgaridades patrias, la del nacionalismo –que es dios único y celoso aquí, allá y acullá..., a pesar de sus muchas patrias–, en la que más adelante entraremos, porque así lo exige este fiel retrato al ácido de rasgo tan idiosincrásico nuestro como este de la vulgaridad, se haya conjurado al modo españolísimo de la inquisición para provocar autos de fe en efigie, con quema y traca final.
Nada tan vulgar, escribíamos, como la extendida afición al esfuerzo de los demás y la exigencia crítica radical, en términos de Cesar aut nihil –aunque esta sencilla cita se vuelva para los exigentes aficionados una suerte de jeroglífico impertinente, y el citador un sospechoso de ponerlos en evidencia y no poseer la caridad cristiana que ellos han sepultado bajo pliegues y más pliegues de grasa abdominal y ateromas arteriales–, con que los practicantes del tristemente famoso sillónbol viven una actividad de la que hacen depender, en grado de infantilismo agudo, su bienestar emocional y, en algunos casos, hasta la eufórica práctica sexual conyugal. ¡Cuántas resignadas al débito rutinario no podrían atestiguar que suelen cobrarlo más fácilmente tras unos cuantos goles de campeonato que tras haber exhibido sus mejores artes seductoras; que poco puede, en definitiva, la delicada lencería fina de encaje contra los goles encajados tras emocionantes lances de área provocados por los finos dribladores!
Protagonistas, espectadores, mediadores mediáticos e tutti quanti han conseguido que la esencia del deporte, el esfuerzo del organismo humano por superarse a sí mismo, se haya convertido en un espectáculo de bochornosa catadura que aleja de él a cualquiera cuya sensibilidad no pueda aguantar, incólume, los envites soeces y repulsivos de la vulgaridad travestida de sudor heroico y representatividad nacional. Suele compararse a los héroes deportivos con los antiguos mitos, y ahí se inicia el proceso de vulgarización que se extiende hasta el más mínimo detalle: no hay otro lado o un liberador más allá de ese mundo total en el que, desde unas toses hasta un mal gesto con el cuerpo o una desabrida respuesta a alguien, la hermenéutica no sea capaz de desentrañar mensajes tan inverosímiles como, por lo general, estúpidos, inanes, anodinos, insignificantes.
La primera de las infinitas vulgaridades que forman parte intrínseca del cultivo social de la espectaduría deportiva –que casi es oficio, y de los peores: excesivo estrés y escaso beneficio- maltrata de lleno el oído: los deportistas balompédicos, verbi desgratia, que cocean los micrófonos hablando de sí mismos en tercera persona: “X es un jugador que lo da todo en el campo y que busca la confianza del míster para seguir sumando minutos y demostrar lo mucho que vale”. “X aún no tiene decidido qué hará a final de temporada; pero X se va a dejar la piel en el campo hasta el último minuto del último partido de esta liga.” Les deben de haber dicho que es el colmo de la modernidad y allá que van ellos con su pendiente, su pelo en cresta india con brillantina de malevo argentino, su t-shirt ajustadita para marcar pectoral y punto de pezón y su reconcentrada expresión facial de ser conscientes de la trascendencia del mensaje, dispuestos a quedar como unos intelectuales del puntapié y nunca bien ponderados actores del mucho teatro con que suelen amenizar los maches..., sobre todo cuando el contrario les da la réplica adecuada, con o sin morcilla de severas amputaciones, cornadas de Mihura o la sanguínea Fontana de Trevi en que fingen habérseles convertido las narices, que se tocan y se retocan para luego mirarse las palmas y no ver ni una gota de la hemorragia que justifique su dramático teatro...
A ellos se les suman los espectadores que han pagado un entrada para dejar de ser personas y convertirse en masa despótica de energúmenos cuyas agresiones y desmanes, amén de las deslenguas, tienen exacto parangón con la tétrica historia de lo peor de la especie humana. Dejemos de lado la proliferación de insultos cariñosos sobre la amantísima madre del árbitro, pues éste los da por descontados al ingresar en la sacrificada profesión, pero ¿cómo no detenerse en esos gritos racistas de imitación de los monos con que la turba arremete contra cualquier jugador negro del equipo contrario, imitando a los orangutanes con sus gestos? De igual manera son paradigma de la agresividad más banderiza e irracional los inspirados cánticos poéticos de los aguerridos seguidores, esto es, de los fascistófilos y matones que ven el día de partido como una posibilidad de investigación científica del cerebro de los rivales, previa apertura a garrotazos de la frágil caja craneal protectora. Una tarde dominical de gradas constituye una inolvidable experiencia del poder totalitario y aberrante, no sólo berreante, de cualquier masa humana dispuesta a identificarse con cualquier símbolo y a defender cualquier arbitrariedad, sobre todo contra los árbitros, endeble representación de la Justicia.
La segunda agresión se sufre en el mismo sitio, porque, a pesar de ser su referencia una manifestación visual, la vulgaridad deportiva entra mucho más por los oídos. Si alguien quiere tener una radiografía perfecta de la vulgaridad española en este aspecto, lo único que ha de hacer es repasar el dial de la radio un domingo de invierno por la tarde y escuchar cualquier programa deportivo. Desde la camaradería cuartelera de los muchos locutores que pueblan cada emisora hasta la publicidad de la mayoría de ellas, todo se conjura para ofrecer un retrato en el que el machismo más rancio, el patrioterismo de más baja estofa, el sacapechismo ajeno de ínfima ralea y la bandería más ciega se ofrecen al radioescucha como la síntesis del verdadero amor al deporte.
Se dirimen en esas horas de toscas emociones el ser y la nada de vitales destinos uncidos a la gran triada de posibilidades: derrota, empate o victoria. Hasta el curso de la semana entrante puede venir determinado por ese algoritmo párvulo y gárrulo del 1-X-2.
Ya va escaseando en el paisaje ciudadano la visión del urbanita que pasea con la parienta y lleva pegado el transistor al oído donde se diluye, confunde, dispersa y desaparece entre ayes, uyes, gooooooooooooooooles asfixiantes, y selváticas emociones de postes, largueros y otras ebanisterías, lo que la legítima intenta colarle por el otro. Pero no han dejado de existir quienes siguen abonados a esas “tardes de emoción”, o, como dice la promoción de una de esas cadenas, “las horas más calientes de la radio española”. ¡Cuántas benditas en celo no los habrán tenido ( malditos celos, claro) del éxtasis con que contemplan sus nada atléticos partenaires, por ejemplo, los abdominales de tal o cual goleador que, tras el tanto de rigor, se encapucha la cabeza para exhibirlos; las pantorrillas férreas de un armario de defensa o los cuádriceps de escultura helénica de un killer del área...
La tercera agresión se reparte entre lo visual y lo auditivo, porque afecta a los programas deportivos en la televisión. Ahora, ya, un calco de los programas del corazón, con sus seres singulares, freakies incapaces de suscitar la más mínima emoción o admiración: exjugadores verbilindos y encanecidos; intermediarios barrigudos y papados; ex-árbitros sentenciosos; periodistas marisabidillos y marimaliciosos; directivos de pañolada rencorosos; entrenadores en paro y disparatados..., ¡una hermosa trupé de teóricos del sangre, sudor y lágrimas! ¡Hijos beneméritos de la gran tautología Boskoviana que lo explica todo: Fútbol es fútbol!
Incontables son los rasgos de vulgaridad que rodean el mundo del deporte. Y admite más cada día, porque es necedad consentida y premiada. Destacadísimo es el abismo permanente que se abre entre, por un lado, el sillonbolista de cerveza, frutos secos y puro pestilente, y, por otro, el deportista que disfruta del ejercicio, del entrenamiento y, por qué no, también de la competición, sobre todo cuando no está contaminada por el espectáculo. Entre las grasas, el humo cancerígeno, las calorías basura, la pasión partidaria tan cerrada como cerril, tan enérgica como energúmena, y la actividad física liberadora de benditas endorfinas hay un abismo imposible de salvar.
Pero la mayor vulgaridad no es otra que el mal endémico en este mundo de tan sólido prestigio social: la bandería, llamada, por otro nombre más revelador de su íntima condición, fanatismo. Si cualquier actividad social puede prestarse a caer bajo la tiranía envilecedora del fanatismo, y ahí está la política y la ceguera de tantísimos militantes que no dudarían ni un momento en incluso arrebatarles la vida a sus adversarios, o en abrirles la cabeza a banderazos, como al bendito beato Bono sucedióle en señalada ocasión; el mundo del deporte de competición, con el deporte rey entre nosotros, el fútbol, a la cabeza, parece haberse conformado todo él con arreglo a las leyes no escritas y eternamente vigentes del fanatismo.
Ahí están no sólo el caso de los presidentes que movilizan a sus aficiones con arengas marciales, desplantes a los rivales, descalificaciones de los árbitros, etc.; sino el infinitamente vulgar de quienes, políticamente, transforman un club de deportistas en una institución nacionalista que, más allá de los colores propios de la entidad, se convierte en la transustanciación del cuerpo y la sangre de ese espíritu nacional al que aspira a encarnar o al que confirma como realidad. Todo ello a pesar de alinear a mercenarios profesionales que, ignorando el fregado politicodeportivo en el que los meten, no tardan en sumarse al aquelarre con tres vivas chovinistas que multiplican sus nóminas y llevan a punto de ebullición los aplausos.
Caso patético donde los haya es el de la suma de lo ideológico y lo étnico –pero una etnia de andar por casa, claro...–, como sucede con el Atlético de Bilbao, nada menos que ¡los leones! mamesinos –recientemente meros cachorrillos a punto de descender de sabana, para deprimente decepción, con visos de catástrofe natural, de los miembros de su tribu–. Y no le va a la zaga el Barça de Cataluña, donde conviven reputados legionarios extranjeros de variados países, estrechamente unidos a la Moreneta, el pan con tomate y la botifarra, la Sagrada Familia, alguna que otra sala de diversión de menor relieve arquitectónico y mejores proporciones humanas en sus salasianas nada católicas, y un tarannnà, esto es, un talante idiosincrásico, pero no leonés..., que, al parecer, ellos representan como nadie, con absoluta propiedad y fervor eurocéntrico.
Aún menos se quedan atrás los comentaristas deportivos que sacan pecho patriótico por los éxitos, en los cinco continentes, de los deportistas españoles, abanderados de la patria, embajadores de la superioridad del ¡zoy españó, cazi ná! que, con un nudo de emoción indescriptible en la garganta, relatan como si narrasen victorias bélicas, tal que los corifeos de Aznar, ¡el último gran caudillito español!, su epopeya del perejil.
¡Nunca como en esos momentos ha sonado tan vulgar el nombre propio del país! De repente España ya no es un nombre, sino un gran caldero donde hierve a borbotones la necedad y la soberbia, ingredientes básicos de la gran olla podrida en la que caben las gracias inverosímiles y cejialzadas de Nadal, las chiquilladas de parvulario de Lorenzo, las lágrimas gasoleñas, el engreimiento de Alonso, la chiripa de Contador, las rabietas geriátricas de Luis, el ya olvidado serial Raúl sí, no, tal vez, y así ad nauseam...
¡Cualquier ocasión es buena para poner a prueba la grandeza nacional! ¡Cualquier derrota deportiva sonada es amargo funeral de Estado! ¡Cualquier victoria, como la reciente de la Eurocopa, contra unos equipos con menor peligro que Togo y fútbol más tosco que el del Middelbourgh, es prueba inequívoca de la inclinación divina hacia la eterna cenicienta del fútbol mundial!
De repente, toda una generación victoriosa ha descubierto que entre sus señas de identidad no sólo están los capotes rauleños, sino los tricornios ahumados, los volantes de mil abriles, las banderas a porrillo y pomporrutas austríacas, pinturas rojigualdas en las mejillas, sombreros cordobeses, capas de nobel castizo, monteras tempranilleras y un pasodoble, ¡Que Viva España!, compuesto por el flamenquísimo Leo Caerts..., amén de surrealistas pelucas azules, travestidos pantojiles y otras friquerías de guardarropía y tente tieso.
¿No es lamentable que una empresa tan poderosa, en lo cultural, como PRISA, haya forjado su imperio con el fútbol y los toros? Y en ello se sigue, se pague por visión, se pague por decodificación, se pague como se pague..., y por todo: Liga, Copa, Champions, Uefa, ¡y hasta los amistosos de verano! Definitivamente, pues, nada tan vulgar como la espectaduría deportiva y el infinito negocio tejido a su alrededor: negocio de la excitación, la pasión, la intolerancia y el machismo.
6 comentarios:
Paciencia tienes, Juan. Personalmente, pese a venirme a la cabeza con frecuencia -tanta como nos lo hacen tragar por doquier en todo tipo de soportes publicitarios agresivos- el tal horroroso pornonegocio del deporte en general, y del balompié en particular, portentosa empresa que, dando de comer a tan pocos, es capaz de alimentar a tantos, jamás pensé en dedicarle más atención que la necesaria para denostarlo con virulencia, como recientemente hice, además.
Con todo, bravo por la entrada, mis felicitaciones al autor y mis respetos al deporte sin contraprestaciones.
Un abrazo.
Gracias, Javier. No sé si le añade mérito o si se lo quita, pero esa reflexión procede de quien no ha dejado de hacer deporte nunca. Pero ni cuando fui modestamente internacional en mi deporte minoritario, la natación, pude soportar la prensa periodística. Ahora entretengo mi sed de ejercicio en la práctica de la carrera de fondo, como Murakami, o quizás él como yo, que yo soy más viejo.
Recibe entonces mi doble felicitación, Juan, por deportista y por deportivo.
Un abrazo.
Me alegra que alguien haya sabido explicar tan bien la agresión sonora que representa el domingo por la tarde en este país para unos oídos sensibles.
Siempre me ha parecido un ruido atroz.
Gran post, sí señor. Le incorporo a mi reader.
No acabo de entender la energía y el arte discursivo de esta serie de diatribas sobre la vulgaridad española que resultan no sorprendentes, porque lo que describen con acierto es realmente cierto, sino llenas de negrura. Que abunda la vulgaridad, vale, que cuando las masas se juntan se vuelven gregarias, que los programas deportivos son insufribles, vale. Pero ¿merece la pena describir la vulgaridad? Mariano José de Larra inició un género en sus artículos de costumbres que puede ser un antecedente lejano de estas crónicas, pero creo recordar que en ellos había unas dosis de ligereza, de ironía y de humor, además de una implicación personal en primera persona del articulista. No sé, asisto a esta colección de demoledores artículos contra la vulgaridad hispana, y no sé si preguntarme si somos un país esencialmente vulgar. Puede ser. Puede ser que seamos más vulgares que el Reino Unido, que Estados Unidos o que Italia, aunque una mirada a lo que sucede allí que retrate al americano medio, al berlusconiano italiano que reía las gracias al Cavaliere o la ñoñería de la familia real británica también tiene sus bemoles. En todo caso, ¿para qué retratar la vulgaridad? ¿Para qué fustigarla? Los destinatarios no van a leer estas crónicas y además les importarían un ardite. ¿Para desahogarse? Puede ser y que su balsámico efecto sea la distensión del autor. Pero ¿no es más interesante ver lo que hay de no vulgar en la vida hispana? Creo que hay mucho, y esas multitudes adocenadas y esos comentaristas mendaces (estos sí que me sublevan mucho más que lo que has citado) en la prensa digital, me dan igual. No va conmigo. Pienso en la ONT, pionera en el mundo en la realización de trasplantes. Pienso en la reducción en las muertes en la carretera, pienso en miles y miles de deportistas que no responden al modelo descrito, en tantas y tantas gentes que a pesar de no leer un libro en su vida (más que de cocina) son dignas y llenas de humanidad. Vale que esto sea un desahogo, pero ¿adónde nos lleva? Yo no lo tengo claro.
Supongo, Joselu, que no estarás en contra de los desahogos... Son el complemente indispensable de nuestro equilibrio. Recuerdo que el subtítulo del ensayo es "libelo libelular", un género que excluye, como es obvio, tratar otras realidades positivas que no dejo de reconocer desde el prólogo, donde ya digo que hay "otras Españas", las del "cincel y la maza", que decía Machado, a las que, el lector del presente libelo, quizás valore mucho más tras haber leído este desahogo, como a mí mismo me pasa. Estilísticamente, sin embargo, me parece más atractivo fustigar el vicio que encarecer la virtud, aunque quizás eso se deba a mis muchas limitaciones expresivas.
Si no se advierte el sentido del humor entonces sí que puede decirse que he fracasado.
Finalmente, no creo que uno sea dueño absoluto de lo que escribe, sino que se ve impelido a escribir ciertas cosas como obedeciendo a un impulso oscuro, a un instinto.
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