La España vulgar (Libelo libelular).
11. Los figones demoscópicos
Iba camino de adentrarme en la vulgaridad posmoderna de construir un país a golpe de encuestas cuando, por pura metonimia del metomentodo en que he devenido, cruzóseme el enmarañado vergel de las plantas nuevas batuecas y allí hube de pararme, forzado a ello por la sin par repulsión olfativa que me produjeron las vetustas fragancias testimoniales de las ínclitas razas ubérrimas arraigadas en los diversos territorios de este país en permanente entredicho. Finalmente, y después de haber respirado las mefíticas y enajenadoras emanaciones hasta el aturdimiento, y de habérseme desdibujado la sonrisa aristarca, hállome ya en condiciones de continuar mi desahogo, de retomar el repaso a la vulgaridad patria donde lo dejé: en los acomodaticios fogones de los figones demoscópicos.
De deidad sigloveintera –que tan juvenil suena–, la he calificado líneas arriba, con esta jocundidad verbal que me consuela –aun a riesgo de que aburra o irrite a quienes, en el colmo de la vulgaridad nesciente, se hayan metido en este desahogo por equivocación– ; y a fe que su simple religión tridentina –sí, no, ns/nc– tiene hoy más adeptos que cualesquiera otras que prometen paraísos, huríes, resurrecciones o metempsicosis de las de órdago a la grande.
¿Quién puede gobernar en ninguna parte del mundo democrático sin las encuestas de rigor –y faltas de él...–, las rigurosamente cocinadas –cum grano salis– con pellizcos de intenso amor a quien las encarga? Entre la prensa que selecciona una parcela de la realidad y la demoscopia que se encarga de ratificar, después, el primer puesto de esa selección en la clasificación de los intereses de los encuestados, ¿cómo puede valerse la pobre realidad por sí misma para hacerse oír sin que le impongan el orden de prioridades desde la poderosa intermediación mediática? Así se entera el lector, el oyente o el televidente de que anda muy preocupado ya por la violencia de género, ya por los incendios, ya por la sequía, ya por el paro, ya por el terrorismo, ya por la inmigración, ya por el secesionismo, ya por el calentamiento global, ya por el deshielo de los polos, ya por las primarias norteamericanas, ya por la gripe aviar, ya por la destrucción inmobiliaria de las costas, ya por el disparatado precio de los carburantes, ya (de nuevo) por el paro, ya por la escasez de la vivienda asequible, ya por las drogas, ya por la violencia juvenil, ya por...
No hay mántica, pues, tan establecida y respetada como la demoscópica. Gobernantes de toda laya y ejecutivos de diversa irresponsabilidad hay que no dan una orden sin que les sirvan en el desayuno una encuesta que actúe de escudo para su temeridad o su incompetencia. Las leyes del mercado no han fallado tampoco en esto: habiendo tan alta demanda de dichas encuestas, los controles de calidad se han relajado y el producto final que se le sirve al consumidor no es que deje mucho que desear, sino que, por el contrario, responde exactamente a lo que el cliente desea, esto es, ha llegado al extremo de su degradación.
Si se habla de la cocina de las encuestas, ello es porque, a fin de cuentas, se guisan al gusto del consumidor. Suelen abusar del término los conocedores, esos nuevos clérigos que, si no lo ignoran todo, casi todo lo tergiversan –y dentro de cuya especie la rama de los tertulianos merecerá un subdesahogo aparte, más adelante–; esos vetustos pedantones –a fuer de modernos– empeñados en la taxonomía orwelliana de la realidad.
Pasada por los fogones, cualquier encuesta se convierte en un paradójico desaguisado que, a la postre, acaba confundiendo y haciendo errar cualquier decisión basada en ella. Lo auténticamente vulgar de todo este asunto demoscópico, sin embargo, es la fe ciega de los clientes en el dictado de los modernos cocineros de la opinión, fe que, además, se extiende a quienes se las endilgan de matute haciéndolas pasar por razonamientos. Antiguamente se valoraba la singular capacidad hermenéutica de los políticos o los capitanes de empresa, su intuición, su conocimiento no reglado de las ambiciones, los miedos y las necesidades sociales. Ahora, sin diez hojas de encuesta resumidas en gráficos de columnas y pasteles divididos en porciones de colorines de párvulos, nadie toma una decisión, nadie arriesga un paso en falso. Los ojos de los supuestamente responsables se pasean por esa realidad porcionada y evalúan los tantos por ciento como si en el color homogéneo de una porción se hubiera producido el milagro de la clonación de la opinión y hubieran dejado de tener valor los matices, las salvedades, los sí, pero..., las leves disidencias, etc., es decir, los signos fecundos de la pluralidad.
La plaga de las encuestas llega a todos los ámbitos sociales. Y si uno no tiene un gráfico lleno de quesitos, de columnitas o de líneas quebradas, prácticamente no es nadie. Si los miembros de la escuela de idiomas de la Gran Academia de Lagado podían conversar enseñándose cosas, en vez de intercambiando palabras, los dirigentes de cualquier ámbito social sólo intercambian encuestas, como quedó de manifiesto en la guerra de gráficos con que, en el primer debate televisivo Zapatero-Rajoy, intentaban los contendientes, más que avecinar a su posición la opinión de los televidentes, meter en cada uno de sus zurrones los votos de los sufridos teleespectadores y asegurarlos con las siete llaves de las promesas de la felicidad perpetua, el crecimiento sin fin, la multiplicación de los derechos y la resta de los deberes. A tal fin no cesaron, los dos torticeros patricios, de sacar vulgarotes y ofensivos cartelones con columnas y líneas de alza o de quiebra que parecían recién dibujadas por sus hijos al buen tuntún de su capricho. Señalaban con el dedo sobre la patochada como pasaban el bastón los ciegos por las aleluyas del romance truculento con que se ganaban el sustento, con la fe de quien no sólo dice, sino que demuestra, porque muestra, de forma concluyente e inobjetable .
Los diálogos a través de encuestas llevan aparejadas las triquiñuelas de rigor, entre las que se lleva la palma la de la negación de la objetividad de la fuente o la parcialidad e ineficacia con que han sido confeccionadas o sesgadas las aducidas por el rival. La defensa es una y la misma, impertérritamente: son cifras oficiales; son cifras de organismos internacionales; son cifras de su gobierno de usted; son cifras, en resumen, que ponen de manifiesto su incapacidad para afrontar la crisis (resolver el problema endémico de, atajar la degradación de, tomar las medidas adecuadas para, etc.); cifras, gráficos y porciones que, en su esquemático diseño precibernético, les entran por los ojos abiertos a quienes suelen tener el cerebro cerrado.
La popularidad de la demoscopia es de tal naturaleza que pocos son los reacios a dejarse asaltar por cualquier entrevistador, en casa o fuera de ella, para contribuir al debate social a través de la voz de la calle. Particularmente zafias y lastimosas son las encuestas improvisadas que los telediarios o las radios anuncian con el manido “hemos sacado nuestros micrófonos a la calle para pulsar la opinión de los ciudadanos”, momento en el que asistimos a un desfile de ordinarieces, vulgaridades, desinformaciones, balbuceos, dislalias, dislates, anacolutos, solecismos, prejuicios y otras lindezas que sonrojan a un zote. “Ya lo han oído: así se ha expresado el pueblo”, suelen apostillar y se quedan tan panchos, fieles seguidores del vox populi, vox Dei. Participar en un sondeo –¡mágica voz que evoca el misterioso mundo de los arcanos o la profunda sabiduría de la especie!– y haber sido sometido a una batería de preguntas incomprensibles sobre temas abstrusos en los que el entrevistado no se ha parado a meditar ni dos minutos en toda su vida es timbre de distinción que suele mostrarse con orgullo a los familiares y conocidos. Claro que, para facilitarles la labor a los encuestados, ha acabado imponiéndose la calificación numérica, tan sencilla de comprender y de desdeñar por los escolares de todo el mundo y sus familias. Yo le pongo un siete..., se oye responder con total confianza, como todo juicio crítico, al requerimiento de que se juzgue tal o cual película, libro, canción, edificio o responsabilidad política. Y de ahí al los ciudadanos aprueban o suspenden a zutano o mengano ¡e incluso, en el colmo de los despropósitos, a algún hecho de la realidad! –los ciudadanos suspenden la crisis, ha llegado a oír el libelista..., sin que al radiofonista se le removieran las entretelas del juicio–, apenas hay menos de un paso, y siempre cuesta abajo...
Llegó a España, esa moda de la evaluación numérica, de la mano de la vulgaridad pinupera de Bo Derek, pero sólo ha arraigado en los usos expresivos populares cuando la demoscopia se ha hecho dueña y señora de la construcción de la realidad, cuando se ha convertido en la única voz autorizada para zanjar una controversia. ¡Cuántos no salen de viaje durante un fin de semana con la espada de Damocles de la inexorable estadística que condena a varios de ellos a la muerte segura! Por otro lado, con qué extraño orgullo suelen algunos afligidos por una rara enfermedad ¡hasta presumir! de que sólo afecta a uno entre un millón... Raro, en definitiva es el sujeto que, familiarizado con esa rudimentaria técnica de indagación de la opinión pública, no suele emitir su juicio en cifras o en tantos por ciento.
5 comentarios:
Me enloquece literalmente que "me" construyan la realidad. Ante la insistencia obsesiva de encerrar la realidad en una campana de Gauss, me rebelo y me encierro en mi jardín. Salgo renovada y dispuesta a desoír las encuestas, quiero volver a ganar la calle, aquella que nos han arrebatado "la inseguridad" y "los asaltos a mano armada", pero tomo precauciones, no llevo llaves no documentos ni identificaciones ni dinero....me siento libre y liviana...(jejeje)
Feliz año Juan, un abrazo.
No sé qué decir ante estos denuestos contra la interpretación demoscópica de las sociedades. Supongo que el poder (en sentido amplio: gobiernos, corporaciones económicas…) necesitan saber cosas de sus súbditos para hacerles creer que se están cumpliendo sus más secretos deseos. El ser moderno es un ser demoscópico, no ofrece misterios existenciales ni filosóficos. Somos pura estadística. Cualquier periódico, cualquier cadena televisiva, entes administrativos, dedican un esfuerzo enorme por saber cuáles son las tendencias mayoritarias sobre los asuntos más nimios o los más complejos. Tengo la impresión de ser transparente. Antes -en otros tiempos- solo tenía que confesar mis pecados morales ante un confesor en una caseta ad hoc, pero ahora soy permanentemente evaluado en todos los sentidos por mecanismos de penetración en mi psique que es avasallada en cada sondeo de opinión, porque aunque no haya contestado a ninguna pregunta yo personalmente, el entramado demoscópico sabe qué hago yo dentro del cuarto de baño, en mi cama, en mi receptor televisivo, en mis pensamientos más íntimos sobre asuntos de lo más variopinto… El ser humano ha dejado de ser un microcosmos misterioso como pensaba en su ingenuidad Margarita Youcernar, somos realidades perpetuamente evaluables, y no es un problema de vulgaridad como estima el redactor del blog, no, no, es un problema de que los seres humanos ya no son expresión de ningún misterio de ningún tipo. Somos páginas abiertas ante los ojos escrutadores de los artilugios demoscópicos. No tenemos intimidad, y, si la tenemos, dejamos de ejercitarla incluso voluntariamente, pero este sería ya otro debate.
Joselu: uf! qué buen debate!
creo que el poder necesita saber todo de nosotros sólo para vendernos más y más artículos de consumo y no mucho mas que eso.
Es probable que hoy se avance hacia el hombre demoscópico (el panóptico de Bentham) pero si uno se siente realmente libre puede romper con las cadenas de la dialéctica de la pulsión escópica y quedarse en intimidad recuperando la literatura (Joselu blog), dándose un buen baño de inmersión acompañado de todo lo que te imagines en él, o departiendo y compartiendo como lo estamos haciendo aquí. Siempre habrá hombres que comparen sus lecciones de amor con Platón o que pidan lecciones de valor a los estoicos(M.Yourcenar dixit). Resistiremos Joselu.
Un abrazo a ambos.
"Resistir es vencer", decía Camilo José Cela, impresentable persona y magnífico escritor, y a eso no nos gana nadie. De hecho, mi hurañez y esquividad sociales y económicas tienen en esa resistencia su fuente: con todos en la reivindicación de nuestros derechos, entre ellos el de que no nos engañen, pero ni un paso más: el ser tiende a su reverso, el res (nata) -la nada- de los latinos, y en ese camino pocas compañías se admiten, además de las aqui presentes...
Si cabe uno más, Juan, me subo animoso al carro de vuestras disertaciones, y no por mera lisonjería, que a nadie engaño, ni siquiera a mí, sino por sincera y auténtica concordancia de ideas.
Los únicos sondeos que me interesan (y ahora ya ni eso) son los petrolíferos, que es el aceite que engrasa el funcionamiento del mundo, por más que despotriquemos contra sus funestas consecuencias para el planeta. Los otros, esas patrañas expósitas que ofenden a nuestra menguada inteligencia, sólo son creíbles por quienes de ellos viven y por el resto de la amansada sociedad, que come de todo.
Un abrazo.
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