jueves 8 de diciembre de 2011

La España vulgar (Libelo libelular)

 9. De costurones y otras cicatrices
No se acaban en ese capítulo deportivo,  sin embargo, ¡con ser tan llamativo!, las posibilidades de manifestar la vulgaridad casi congénita de los españoles. No se trata de que tenga este país el copyright de la vulgaridad, pues, a poco que se escarbe en cualquier sociedad democrática occidental –por acotar el terreno...–, halla el observador atento pruebas contundentes de esa tendencia propia de la desilustración, la gañanería y la estulticia; pero las que en este aquí español dañan mis sentidos son tantas y de tal calibre que sólo una búsqueda concienzuda de lo contrario podría compensar los hallazgos de esta invectiva que es mi desahogo.
Doy por sentado que también hay otras Españas no vulgares, pero casi me atrevería a decir que son, por el mero hecho de su propia existencia, Españas desconocidas, cuyas virtudes apenas trascienden los reducidos ámbitos en que se desarrollan, además, contra impedimentos formidables, casi more quijotesco. Lo propio, lo extendido, lo público, lo dominante es, frente a esas ilustradas Españas clandestinas, que casi en cualquier dirección hacia la que uno vuelva su mirada, no necesariamente hipercrítica, tropiece con la vulgaridad, con sus viscosas y escandalosas manifestaciones; porque lo más hiriente es la existencia de una España vulgar que se siente orgullosa de serlo y no sólo lo acepta, sino que incluso lo reivindica, lo alienta, lo pregona y lo defiende con uñas y dientes, como si le fuera en ello la supervivencia, al estilo trentino, de infame recuerdo.
Fijémonos, brevemente, por ejemplo, en el sofisticado mundo de la moda, o del diseño en general, e incluso, sin querer establecer paralelismos ofensivos, en la arquitectura-espectáculo-reclamo-turístico o en el arte ultimísimo de las instalaciones y otros montajes de dudosísima naturaleza plástica, audiovisual o performativa. Por una sola obra de arte que podamos hallar en ese mundo complejo, variopinto y propincuo a los ambiguos límites que separan el arte necesario de la fantochada prescindible,  ¡cuántas excentricidades exquisitas, henchidas de la vulgaridad selecta de la pedantería, no tienen su asiento en esos ámbitos por los que pululan los y las genialoides, aupados al lomo de no pocos clavileños y coreados por un ejército-zombi de teorizadores del nuevo canon!
Son legión, en efecto, los mercenarios de la supuesta vanguardia. Basta haber accedido al Salón Cibeles y haber sacado a la pasarela un remedo egipcio-mortuorio de los estragos de la violencia machista contra las mujeres, para haber alcanzado la gloria mediática del telediario de las 9, los titulares prensiles de El País, cuando aún no se acentuaba, y las secuelas morfinovisivas de la telebasura desparramada por toda la parrilla...
El mundo de la pasarela hacia ninguna parte, lleno de amaneramientos, volantes, encajes, blondas, volúmenes, colores rabiosos, serenidades clásicas, estallidos de color, líneas entalladas y talles de cuello de garza, texturas atrevidas, tejidos calidísimossss, líneas de austera conventualidad; lleno de tronos –mucho coturno...-, dominios y potestades; lleno de  evanescentes teorías cuasi teológicas, salpimentadas de “oyess” y “¿sabess?” y “puesss ssí, en esso m’he’inssspirado”;  lleno de hombres objeto, sueños de viriles pajilleros; lleno de irritables anoréxicas que caminan marcando la X de su extrema delgadez enfermiza, ideal inhumano de huesudas jovencitas partidarias de la consunción, de la inanición; lleno de escenografías horteras con aspiraciones de performance o decorado publicitario; lleno de mucho estrés, mucha percha, mucha aguja, muchosss nerviosss, ¡tantísima incomprensión!, toneladas de glamour, excesos de maquillaje, retoques de ultimísima hora y los benditos aplausos desmayados del coro de disciplinadas desfiladoras que, junto con los acompasados del público exquisito, selecto, rigurosamente seleccionado,  reconocen el genio de los visionarios y las visionarias que recogen la cabeza contra el pecho y se llevan las manos al corazón, como fingidas Dolorosas –y mucho me temo que aquí no cabe el aidense Dolorosos, pero aquí lo dejo por si las moscas y los moscos de algún decreto ministerial que obligue.
Quien ninguna visión original tiene que ofrecer se postula de inmediato como diseñador, nuevo vocablo mágico que todo lo permite, todo lo justifica y todo lo enmascara. La creación artística, así pues, se despliega ante nosotros como una inmensa cola de pavo real en la que miles y miles de ojos sedientos de ser mirados, ¡admirados!, nos ofrecen la metamorfosis de personalidades transmudadas en telas y formas recortadas llenas de infantiloides dibujos y coloridos, como el imperio De la Prada ha sabido extender desde la artesanía del juego privado hasta la producción en serie de cualesquiera memeces repentizadas. Imagínese, al otro extremo del gran arco textil, la austeridad monacal, conventual, del ecológico celtiña, con resabios de cilicio y castidad garantizada. Si antes el estilo era la persona, al decir de Buffon –y discúlpeseme la cita manida–, ahora la creación es la propia persona: las obras valen por lo que vale el creador, ¡si es que ha llegado a crear algo!, porque lo habitual es que los cambios de uso de los objetos o la nueva mirada sobre ellos substituyan la antigua y pesada labor de crearlos. ¿Para qué ha de intentar alguien pintar hoy una nueva Gioconda, si puede desfragmentar la existente y recombinar las facciones en un vídeo donde constatamos la esencia de tablero de ajedrez que tiene la obra de Da Vinci, su intensa raíz polimórfica, y acaso perversa...? 
Tienen, las últimas tendencias pseudo artísticas un sí se sabe qué de limitación expresiva, afición a la redundancia y maneras compulsivas, amén de viejas imitaciones de la única vanguardia a la que le cabe tal nombre: la del periodo del 18 al 40 del siglo pasado: veintidós años y, después, a vivir de las rentas aún en plena juventud...
Nada más explícito al respecto que el anuncio televisivo –¿o acaso no son los anuncios los textos literarios e ideológicos más importantes desde hace 20 años?– en el que se describe una glamurosa fiesta llena de los seres más vulgares y predecibles, auténticos clones de la sempiterna estupidez humana, y en la que, al final, hace su aparición el divo del diseño, acompañado de quebradizas mujeres de anoréxica y lánguida y ojerosa belleza perversa, para revelar a sus huéspedes que él no se está perdiendo la fiesta porque la fiesta es él. Si alguien se ha percatado, no de la aguardentosa y cocainada afirmación mafiosa del protagonista, sino de los aplausos desmayados de los jóvenes de talle gladiolesco y las jóvenes de laminar compostura, iluminados por la sonrisa de la sumisión al idolillo de la fama infame, habrá descubierto en qué consiste gran parte de la esencia de la vulgaridad.
No pretendo que el lector pasee conmigo de la mano por las salas de exposición donde cuelgan sus atrevimientos los tristes magos de la brocha, puesto que ojos que no ven, horrores que se ahorran; tampoco que me siga en la recreación de las instalaciones maléficas –lo propio sería malefácicas, del mal hacer...– donde 800 patitos de goma distribuidos ¡no al azar! sobre el enlosado de  la sala nos interpelan como a quien se plantara ante el Bosco para descubrir las delicias de su jardín abierto para pocos; o que castigue sus oídos con los mix de los Djs, estrellas de sacar partido al trabajo ajeno.
Junto a todas esas imposturas, ¡qué soberbia obra de arte humano hubiera sido el polifémico calcetín viejo proyectado por Tapies para el Museo Nacional de Arte de Cataluña! Parece incluso mentira que, ya en el siglo XXI, aún una obra así tenga un carácter transgresor, ¡y viniendo de un más que acomodado pope de las artes plásticas, además!, a quien la burguesía política del Principado le negó el pan y la sal del plácet para su calcetín de mendigo, quién sabe si representación de sus íntimos conflictos éticos. Junto a las anteriores manifestaciones vulgares, ¡cómo atreverse, sin tener conciencia de estar abusando, de caer casi en el escarnio más cruel, a criticar las inclasificables figuras de Lladró o la aniñada orfebrería de Tous, por ejemplo!
No, no se trata de revisar ejemplos y señalar los rasgos formales que los convierten en algo vulgar, sino de constatar que el halo de la vulgaridad cubre con su radiación campos que se presumen muy alejados de ella, actividades que se consideran ajenas a toda suerte de necedad. El uso enfático de la obviedad como recurso comunicativo, sumado a una elección del léxico grandilocuente nos dan como resultado la pedantería, que es señal inequívoca de vulgaridad, su heraldo inconfundible. De ahí que se extienda ésta con tanta facilidad al terreno del pensamiento y de las artes que requieren la palabra como vehículo de comunicación. Esa querencia natural hacia la polémica y la argumentación ha hecho que sea en el campo político, en el que de aquí a poco entraremos, donde se la acoja con entusiasmos casi de índole deportiva: entre  la clase política se la mima y se le prodigan todos los halagos imaginables. No hay político en cuyo argumentario oficial –expedido por la comisión electoral de su partido– no figure que vulgar procede de vulgo, voz que significa pueblo. El resto ya es obra de cada candidato y conocimiento directo o indirecto de cada votante.
Creen, así pues, los políticos que más caen en ella, que conectan mejor con los deseados votantes que hozan en su lodazal con delectación. Se trata de estar a la altura de las circunstancias, según el imperativo orteguiano.  Era ley no escrita de la Historia que cada pueblo en cada época tenía los gobernantes que se merecía. Son muchos, con todo, los factores que inciden en el voto popular y no es el menor la necesidad paradójica de votar a quien vaya más allá de esa vulgaridad constituyente del cuerpo electoral; a quien se convierta en un  reflejo de la expectativa de superación de la misma. No tanto votar lo que a uno le gustaría ser, cuanto elegir a quien, siendo muy diferente de uno, le permita a uno seguir siendo lo que es sin tener que avergonzarse de ello. De ahí que la distancia entre el original y la diferencia se haya de medir con extremada cautela: pasarse es una tragedia; no llegar, un drama. En cualquier caso, el hilo íntimo que conecta al candidato y al votante, lo que los convierte en parte del mismo tejido social, no puede adelgazarse hasta romperse. Y la experiencia nos dice que eso ocurre muy a menudo.

2 comentarios:

Joselu dijo...

Supongo que la apoteosis de la vulgaridad en sus más notorias manifestaciones es producto de la llamada sociedad de masas, del poder de los llamados mass media y en la interacción creciente entre ambos. El ciudadano medio se ve aupado a la notoriedad cuando antes era realmente un don nadie. La sociedad de masas ,esa que se rebeló contra las élites, reina por doquier incluido ese terreno del arte y la moda que tan bien parodias. No hay peor insulto que a alguien lo llamen elitista. Nadie quiere ser elitista, antes cubrirse con el velo de lo vulgar que disimula cualquier tendencia a lo personal. Lo vulgar, que el autor concibe como algo ominoso, es para muchas personas la tabla de salvación ante la sospecha de individualidad.

No deja de serme elocuente el testimonio de Ana Frank, una muchacha normalísima de trece años que escribió su diario. Lo formidable de este diario son los intereses de esta niña que la llevaban a la historia, la literatura, las lenguas clásicas… Creo que estudiaba en las escuelas Montesori. A través de su mundo podemos hacernos idea de las inquietudes de una muchacha inquieta de su momento. Esto hoy sería considerado elitista, y Ana Frank habría de refrenar su interés por la cultura. Las preocupaciones de un adolescente hoy día evitan por completo cualquier referencia a algo denso. Me refiero en general. Hay excepciones.

La vulgaridad en todos los campos significa el anegamiento de lo individual, de la cultura en su sentido más profundo que queda desplazada por lo mayoritario, por lo que es TT en cada momento. De esto no se libra prácticamente nadie.

Desde que leo estas crónicas de la vulgaridad hispana, uno se siente en no sé qué terreno, puesto que pienso que de una forma u otra, todos construimos esa palpitación gregaria que nos subsume.

Javier dijo...

Como bien dices, Juan -y debo por ello coincidir contigo, y coincido- el vulgo, chusma de las itálicas repúblicas, es a la postre el pueblo, tómese la acepción como se quiera, que al final, de tanto redondearla, llegaremos al mismo punto, es decir, a ninguno, que es la circunferencia recta infinita, o eso creo.

El pueblo, ora elevado a dogma en cartas magnas, ora denigrado a soez muchedumbre en todo tipo de tumultos y revoluciones, manda, con derecho o sin él, por el voto o por la guillotina -o por ambaos a la vez, también-, y manda mucho, pero no manda bien. Quien tiene el deber de interpretar sus madatos, o hace caso omiso de ellos o los arrejunta para mejor cumplirlos según sus intereses (los del arrejuntador, claro).

Un abrazo.