La manzana de Poz. Capítulo veinte. (Punto final)
Así fueron pasando los días, con los pasos de lana lopescos de lo cotidiano, de lo sólito, de ¿lo deseado? Desde su hornacina laica, Poz seguía atento al pulso de su manzana, a los dimes y diretes, a las medias verdades, a los silencios sospechosos y a los apodícticos, a los conatos de historias que quedaban colgadas como irresolubles problemas matemáticos cuya resolución se premia con una sustancial recompensa económica y un prestigio universal. Por delante de él desfilaban vecinos conocidos y desconocidos, y también Ariadna, por supuesto, quien se hacía subir el pedido a casa tras entregarle a Poz una nota de pedido en la que simplemente escribía: lo de siempre. Nunca le pidió aclaraciones. En los momentos de relativa calma del día, Poz cogía un carrito y, recorriendo el súper con parsimonia, lo llenaba con lo que suponía que habría de ser lo de siempre. Es muy probable que hubiera acabado modificando los hábitos de consumo de Ariadna, pero ésta jamás rechazó ninguno de los productos que Poz seleccionó para ella, lo que entendió como un gesto de más que buena voluntad condominal.
Las fiestas se habían echado encima como siempre lo hacen, con su torpe insinceridad comercial y su algarabía de guardarropía, desprendiendo un tufo a naftalina sentimental difícil de respirar. Tras un año sabático, y estando obligado a cumplir la palabra dada a D.Antonio, Poz intuyó por primera vez en su vida la autocompasiva liberación de quienes, dejando de lado el trabajo y la familia, huían del forzado alborozo y ponían tierra u océano de por medio. Atrapado en su puesto de vista, no le quedaba al buen Poz sino atenuar hasta donde le fuera posible su participación en las inminentes bacanales, teniendo en cuenta lo que un negocio como el de D. Antonio bendecía semejantes celebraciones. Cuando, en vísperas ya de la nochevieja, Ariadna dejó en sus manos el pedido semanal, Poz quiso cerciorarse de si tendrían lo que intuía que pudiera necesitar para una fecha tan señalada y desdobló el papel para encontrarse con la misma lista: lo de siempre.
-¿Nada extraordinario, así pues?
-Con lo ordinario me basta, como te indico: lo de siempre.
-Una mujer de costumbres.
-Una mujer acostumbrada…, que no es lo mismo.
-¿A…?
-A perder y a ganar.
-¿También a desaparecer…?
-Y a aparecer.
-Como por ensalmo…
-Ya oíste a José, Juan: soy una maga.
-¡Ah, la Maga!
- Sí, también la Maga…
-¿Tienen para mucho, si no es molestia…? –interrumpió el zigzag de floretes desenvainados a tan temprana hora una clienta a quien las horas del día se le hacían tan cortas como larga era la nómina de su compromiso familiar por parte del berzas de su marido, claro, porque ella había tenido la delicadeza marital de ser hija única…
-Pase usted, faltaba más.
-¿Subes después?
-Subiré.
-Te espero.
Así que Ariadna dejó tras de sí el eco de un sortilegio, la vecina atareada se tomó una libertad insospechada:
-Parece que va a subir Vd. al cielo, D. Juan…
-Sí, doña Asunción, pero llevando un pedido de la mano…
-¡Qué abnegación, por Dios, no se podrá quejar D. Antonio: le ha tocado el gordo…!
Ya era tarde para que doña Asunción rectificara, pero la sonrisa de Poz alivió su súbita mala conciencia por un juego de palabras del que solo se percató cuando ya era irremediable.Lo que quiso ser un correctivo a la murmuración acabo convertido en profecía, porque a Winston se le había echado la hora de cierre encima y aún le quedaban pedidos por repartir. Poz tardó una milésima de segundo en ofrecerse para llevar el de Ariadna. ¿Quién mejor que él para ir a su antigua casa? Y así lo hizo, aunque no podía demorarse mucho en la entrega, porque aún tenía que cuadrar la caja, el esperado punto final de la jornada laboral.
-Su pedido señora.
-Por aquí, mozo…
-¿Se lo dejó en la cocina?
-Donde siempre, sí.
-Y lo de siempre.
-Así es.
-¿No sales por Nochevieja?
-No, justo por Año Nuevo estoy acabando de entrar en mi casa, ¿te parece poco salir?
-No soy quien para invitarte a despedir el año con nosotros, en casa de José y Marina, pero de aquí a un par de horas se lo propongo y seguro que aceptarán de mil amores…
-Solo faltabas tú por saberlo, Juan, pero la cosa es al revés: sois vosotros tres los invitados por mí para despedir el viejo y recibir el nuevo aquí, en tu casa…, por eso te invité a subir cuando acabaras el trabajo, para invitarte personalmente, antes de que José y Marina te lo dijeran.
-Te agradezco la delicadeza.
-¿Eso significa que aceptas?
-Ningún plan mejor para esa noche.
-Supuse que te gustaría recibir el Año Nuevo donde siempre lo has hecho.
-Lo de siempre, ¿no?
Ariadna rió con excelente humor la salida de Poz y, poniéndole la mano en el antebrazo, le dijo:
-¿Cómo lo has adivinado? ¿Hay algo mejor que lo de siempre?
-Nada.
-Esa es la respuesta que deseaba escuchar.
-No tenía otra que darte… Bueno, regreso al súper, que aún tengo que cuadrar las cuentas antes de afrontar el último gran día de ventas.
-Estoy segura de que tú eres capaz de cuadrar las cuentas y los cuentos, si te lo propones…
-Hasta mañana.
-Hasta luego.
-Adiós, Tigre. Y pórtate bien, truhán…
-Sale en todo a su amo, es un cielo de perro.
-Sí, a veces pienso que se ha leído ya la mitad de la biblioteca…
-¡Quita allá…!
-Hasta mañana.
-Hasta entonces.
Las cuentas, en efecto, cuadraron a la primera sin ningún tropiezo, como tenía por costumbre Poz. Ahora bien, cuadrar los cuentos ya eran palabras mayores que le pillaban desacostumbrado, desentrenado, porque también hay en la literatura algo de deporte, de ejercicio asiduo que no puede abandonarse o postergarse sin que luego la técnica y la expresión no se resientan. Agradecía el apoyo implícito en la confianza mostrada por Ariadna, pero había aprendido la lección del año sabático y por nada del mundo se atrevería a recaer en un vicio del que había logrado salir con éxito. Lo más que estaba dispuesto a urdir era la inverosímil reaparición del diario de Mies, pero semejante esfuerzo lo agotaba apenas se ponía a pensar en los torcidos caminos disparatados por los que aquella absurda megalomanía del dolor había de desandar sus pasos para acabar en manos del enriquecido novel. Lo más probable era que un pudoroso silencio acogiera el dudoso arrepentimiento de Mies. Alimentar su fantasía de que él, Poz, hubiera sido el sustractor, quizás sirviera para hacerle ver los límites de la desdichada ficción y la necesidad de construir su obra, cualquiera que fuere, sobre cimientos más sólidos.
Se arreglaba Poz en su cuarto mientras Mies y Marina hacían lo propio, y lo desconcertó la naturalidad y la relajación con que afrontaba la invitación a casa de Ariadna, por más que le pasara inadvertida la complacencia que la ¡Anfitriona!, ¡ay!, manifestara al referirse a ella como tu casa, de Poz, en vez de mi casa, de Ariadna. La cena era informal y en nada extraordinaria. Cenarían lo que hubiere, sin alardes ni despilfarros ni tributos absurdos a tradiciones primitivas de sociedades de la escasez, y ni siquiera seguirían las doce campanadas por la televisión, un espectáculo vulgar hasta lo insoportable. Ahí estaba el viejo reloj de pesas de Juan dispuesto a marcarles el ritmo de las uvas de la suerte, la única concesión a los ritos del día, ya que tanto se habían empeñado, ambos, Juan José, en emparentarla con la diosa Fortuna.
Todo discurrió como había sido previsto y bien provisto por la anfitriona, pero cuando ella y Poz hicieron un breve aparte para asomarse juntos al balcón de la terraza y observar las diferentes celebraciones en los hogares de la manzana que vivían de cara al patio del condominio, Mies y Marina hicieron un mutis del que no se percataron los espectadores hasta casi media hora después de haber sucedido.
-¿Te quedas?
-Sí.
Hacia la hora bruja de las cuatro y media, Poz abandonó el lecho de Ariadna/Anfitriona y abrió el ordenador de ésta para ponerle el colofón a la Clónica del año 2 que lo había sumergido en la más ficticia de las realidades posibles:
Estando su casa sosegada y con ansias de libertad inflamado, el Clonista se asoma, tal día como cuando comenzó, , aunque a diferente hora, por última vez a la realidad prensada con el designio de comprimirla, de embutirla, en sus breves comentarios. Podría vencer el deseo de libertad a la ambigua emoción de perder su esclavitud –exclavitud desde el último punto final de la clónica de hoy, otro día, como aquel lejano 1.01.02, en que la realidad tampoco existe, salvo el silencio de una casa que duerme a la luz del día bien entrado el rito animado del culto a la transición calendaria del gran enemigo de la especie; pero el Clonista, a pesar de su contenida euforia por haber llegado al puerto de su reposo, al abra de su sosiego, se acerca a la última puerta que le franquea la entrada al gran bazar de la realidad prensada, y se siente confuso, fundido con una emoción tan difícil de describir como de evitar. Evoca, en su ausencia, los garabatos apresurados y viscerales, los círculos y las flechas trazados con la energía inagotable de la indignación, y cree descubrir un legajo antiguo con anotaciones silenses, una nueva gramática del remedo de la vida. No ha inventado una lengua, pero la realidad toda, después de haberla buscado aquí y allá incansablemente, es únicamente su lengua. La carne, ¡y aun la médula del hueso!, se han hecho verbo. Y lo que se ve es el juego de la voz que recrea y enamora, que hace y deshace a su antojo, el de la real gana, la de crear la realidad y decir que es nuestra obra de arte, el espejo de nuestras almas y la única sangre que nos alimenta. Hoy, a su modo, también es el día del euro, el de la rendición de cuentas que salen bastante abultadas, aunque las autoridades económicas nos dan ese 0’2% para no dejarnos por lo que nos toman: imbéciles sin remedio. Haberlos, haylos, también, que, con publicidad y alevosía, se han atrevido a afirmar que la entrada del euro no ha repercutido lo más mínimo en los precios, cuando es a todas luces evidente que anda ya muy avanzado el proceso de sustitución de la moneda de un euro por la de 100 pesetas, es decir, un recarguito semidiabólico del 66%... El gran espacio real donde el euro se mueve como pez en aguas turbias, la bolsa, no deja de acumular pérdidas. El indicador español por excelencia, el Ibex 35 –Ibex de ibero, quiere suponer el Clonista, exudando ingenuidad–, ha descendido un 48’14% en tres años, pero ¡en plena crisis de confianza! ¿Qué quedará para los tiempos aciagos de la desconfianza que vendrá? El Clonista se despide de ese cogollito de lo real que es el dinero, y cuanto gira a su alrededor para generar más, con idéntica perplejidad que al comienzo de su aventura: no hay quien entienda los infinitos caminos del único dios contemporáneo que en vez de enfrentarse a los fanatismos religiosos, tiene, además, la mala sombra de aliarse con ellos: In God they trust, los del eje del mal y los del eje del bien, para perplejidad del resto. Resulta casi enternecedor el afán reparador de la mala conciencia de la realidad prensada: a un año de olvido, media página de acelerado recuerdo atropellado: Angola, Somalia, Liberia, Sudán, Colombia… Eso sí, la realidad consignada es la del informe de Médicos sin Fronteras: Las crisis humanitarias más olvidadas del año 2002. El Clonista quiere huir de los arqueos, y la Carta al Director de José Suárez muestra bien a las claras el fundamento del porqué: “en fin, lo que ya es irremediable, año 2002, es que todo se haya recrudecido en el curso de tu tiempo y, por ello, siempre serás recordado como un año de males. Eso ya no tiene remedio”. Al Clonista nunca le han gustado los juicios sumarísimos, y menos a los años. No hay años buenos ni malos, obviamente, y todos ellos vendrán y nos harán más ciegos, en justa sentencia ferlosiana. El Clonista siempre agradece la información, y sería deshonesto no reconocer cuanta le ha llegado, en perfecto estado de realidad, a lo largo de su travesía. A veces, sin embargo, la realidad partida y la entera coinciden, sin que sirva de precedente. Lo que se daba, aquí se acaba. Sin rencor. De corazón. Nada es real. Y menos aún esta Clónica del año 2 a la que el año 3 le pone puntos suspensivos. El Clonista se despide con la convicción de Roquentin: una aventura no se empieza de nuevo ni se prolonga. Vale.
4 comentarios:
Probablemente, tu mejor novela.
La más densa, la más filosófica, la más metaliteraria.
Pero también una novela difícil por su falta de anécdota y de sentimentalismo. Tienes que encontrar editoriales o premios que puedan reconocer su extraordinario trabajo del orfebre del estilo.
Y no sé por qué la veo en la senda de Azorín redivivo a pesar de las oraciones largas tan diferentes de las del maestro alicantino. Es un aroma, es una concepción desengañada de la existencia, es un cierto hedonismo mediterráneo combinados con una marcada austeridad castellana.
Chapeau. Espero que tenga un buen recorrido más allá de estas paredes blogueras. Lo deseo de todo corazón.
Y si alguna vez he arremetido contra el personaje o el escritor pociano es por la dinámica interna de lector que entra en conflicto con el objeto de la lectura.
Salud. Y adelante.
Quieren las témporas -en su pura etimología latina- y Poz dar por concluida esta larga historia, y uno, que no tiene más arma que su escaso juicio, carece del seso necesario para juzgarla más allá de los consabidos parabienes.
He seguido con interés creciente el desarrollo del argumento, no desde su inicio, al que tarde llegué, pero sí en su parte final, que es, dicen los entendidos, cuando mayor calidad adquieren las buenas obras. Y, a juzgar por lo leído, y en mi humilde parecer, debe de ser así.
Puestos todos juntos todos los comentarios que a la narración poziana hice, quizá carecerían de sentido y coherencia por lo dispersos, pero probablemente podrían resumirse en uno, que en su día señalé, y es que la impresión magnífica que en mi mente deja esta historia es la de una introspectiva más tierna que recia de verdadero equilibrio en prosa poética. Merecedora, como también dije recientemente, de más y mejores lectores.
Pero eso sólo el tiempo puede decirlo.
Mi enhorabuena a Poz por tan brillante ejercicio de lucidez, y a Juan un abrazo.
Llegada esta aventura literaria a su final, no me queda sino agradecer a cuantos han dejado sus comentarios (que he leído siempre una y otra vez para aprender de ellos o añadir un lametazo cálido a mi ego desencajado) por el estímulo que han representado para que continuara este ejercicio narrativo que me ha tenido ocupado durante cinco años.
Nadie ignora que esta obra nació para un lector solo, Joselu, a quien quiero rendir homenaje no solo por su fidelidad, sino, sobre todo, por no haber abdicado jamás de un espíritu crítico que siempre me ha espoleado para intentar dar lo mejor de mí. Durante tanto tiempo han sido muchos los y las visitantes que han aparecido por aqui, si bien quiero agradecer de todo corazón y razón a Javier y Ana su compañía asidua en el tramo final de la obra. Ahora queda la segunda parte, la reescritura demorada de toda la obra, la corrección implacable y las eliminaciones despiadadas, para todo lo cual tendré siempre muy presente los muchos y muy variados comentarios que, antes de emprender esa reescritura, estoy releyendo con auténtica fruición.
De aquí a unos días, La manzana de Poz será ya pasado.
El lugar de esta manzana lo ocupará un libelo, La España vulgar, que pretende rescatar el viejo arte de la denostación.
Muchas gracias a cuantos han compartido conmigo la creación de esta Manzana.
Como a ese personaje, Juan Poz, le he acabado cogiendo el cariño de la frecuentación y alguno más, me ronda ya por un rincón del lóbulo imaginativo una nueva entrega, "Juventud en Poz", que explorará los terrenos cenagosos de la autobiografía. Queda comprometida.
Gracias Juan por dejarme leer ésta, tu manzana, que debería tener un recorrido, claro, pero acuerdo con parte de lo que Joselu escribió en otra entrega : el hombre de hoy le huye a las complejidades. No acuerdo con Joselu en que esta obra se dirija màs a la razón que al mundo sentimental, me parece que justamente los integra, menuda tarea...
Ya empecé la lectura de La España vulgar. Disculparás que lo comente por aquí...el orden convencional no es mi fuerte. Tampoco espero que me respondas acá, claro. Ya he leído algo y promete ser de-so-pi-lan-te, tal como lo has explicado.
Te agradezco enormemente que con esta "España vulgar" pueda yo recuperar de algún modo giros, expresiones y - me atrevo a escribir - algo del orden de la "esencia" que me arrebató el océano.( Y no es una queja eh!es sólo "una vieja nostalgia en gallego" como escribió nuestra María Elena Walsh)
Un abrazo.
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