martes 29 de noviembre de 2011

                        LA ESPAÑA VULGAR






6.  Plastas, y plastos, en el Plasma.
Capítulo cumbre de la España vulgar lo ocupa el fiel reflejo del país que se ofrece a su original, como modelo y aspiración, a través de la pantalla de la televisión. Apenas pueden establecerse diferencias entre las distintas empresas que gobiernan sus parrillas con  la espátula del share, las tenazas de la estadística y los picos de audiencia, propagandeados como símbolo de la calidad, como si de un ISO 2000 o  un AENOR  se tratase. Cuantos más ignorantes alienados se sienten frente a un producto televisivo, mayor es el prestigio del bodrio que consumen, aliñado, ¡como premio!, con mayores dosis de la savia publicitaria que diseña sus vidas, cifra sus aspiraciones personales y orienta sus ambiciones sociales de seres vegetales, arraigados como alcornoques ante el plasma o el LCD.
El principal requisito del triunfo es contar con presentadores que no hablen, sino que chillen, además de ser capaces de destrozar todas las curvas de entonación propias del español coloquial y formal, hasta volverlo, ¡y no inauditamente!,  irreconocible. También, con absoluta literalidad, han de saber desgañitarse en pantalla y extender las palmas de las manos, al modo episcopal, para contener las manifestaciones del público que, siguiendo en el plató el riguroso directo del programa, descontrola sus banderías cuando de un concurso se trata o aplaude a los artistas con entusiasmo siguiendo las órdenes del regidor que los gobierna, porque decir televisión y decir concurso casi es lo mismo.
Los vistosos programas rosáceos, matadero de reses que venden su descuartizamiento público, comparten honores con los concursos, las variedades, las fotonovelas nativas e hispanoamericanas, las series casposas, ¡las transmisiones deportivas!, y lo que podríamos llamar la telebasura deportiva de los aberrantes programas dedicados al comentario del sudor y, cuando se da, que suele ser muy de tarde en tarde en ese ámbito del esfuerzo físico, del posible arte ajeno
Fijemos brevemente la atención en un programa familiar por excelencia, para huir de la carnaza que la telebasura pone al alcance del denostador de la casquería vulgar que se asa día sí y al otro también en las parrillas televisivas. En él, niños y niñas con aspiraciones artísticas y deseos paternomaternos de alcanzar la celebridad compiten imitando a cantantes famosos mientras sus orgullosos progenitores asisten desde la grada, con la emoción reprimida y los nervios destrozados –como los fanáticos presidentes de los equipos de fútbol en los palcos–, a la actuación de sus cachorros y cachorras, a quienes el presentadorote, campechano como un pincho de morcilla, conduce por el plató con la mano izquierda del pastor trashumante y las risas condescendientes de quien sabe que triunfar en la vida es vivir del cuento, como él. No de la canción, sino del tasajo de jamón anunciado, ¡jamás del tajo!
Ellos y ellas -¡nada que ver con Mankiewicz, por supuesto!-  se presentan al público como réplicas en miniaturas de sus ídolos y reproducen hasta el más mínimo gesto del repertorio que ha hecho famosos a los triunfadores. Y ahí aparece, entonces, ¡como cruel pesadilla barroca, quevedesca!, una diminuta Paulina Rubio, pongamos por caso, maquillada con exageración, vestida con un ceñido mono de lamé escotadísimo y ejecutando un baile con un contoneo sensual del que en modo alguno se han eliminado los gestos eróticos explícitos, que la chiquilla ejecuta un poco mecánicamente y sin conocer bien aún, ¡confiamos!, la portentosa capacidad de provocación vulgar que podrán llegar a tener cuando doble la edad. Los padres sonríen y hasta casi babean satisfechos. Los espectadores se dicen “¡pero qué gracia tiene la condená!”, “¡miala tú cómo se mueve, ain que vel!”, y el jurado bendice la monstruosidad encareciendo la fidelidad al original y la “gracia y el arte” que ha derrochado la criatura, a quien auguran un futuro lleno de prosperidad, éxito y, si se descuida, hasta de perdices. Aquí, afortunadamente, a diferencia de otros concursos,  no se insulta y humilla a las cobayas: traen la aberración puesta ya de casa, y con todas las bendiciones del dios Share al que los devotos seguidores del programa, de los programas en general, ponen la vela del costoso SMS interactivo para compartir la ilusión de ser un miembro activo de la acogedora sociedad de la estupidez.
Porque sí, también se da el caso de los concursos en los que los participantes, además de ridiculizarse con sus escasas habilidades para lo que sea, han de soportar los juicios vitriólicos de unos jurados cuyos méritos para serlo no van más allá de su efímera popularidad, por lo general lograda en otros programas semejantes, y cuyas sentencias pontificales excitan o enervan a la  audiencia que las recibe con aplausos o abucheos artificiales que convierten a los jueces en protagonistas y que relegan a los participantes a la categoría de comparsas. ¡Hay que oír, si se tiene el cuajo necesario, las aberraciones lógicas y estéticas de esos seres inverosímiles que asumen su papel de jueces con la predisposición de animados matarifes! En sus sentenciosas argumentaciones de baratillo se hace evidente el triunfo supremo de la vulgaridad más refinada, esto es, el magma oscuro y supersticioso de verdades de tomo y lomo que acoge la audiencia como los curas de aldea las encíclicas papales. Se prodigan en el insulto sin que se advierta en sus descalificaciones crudelísimas el menor atisbo de la piedad que cabe esperar de un congénere puesto, por amiguista dedocracia, jamás por una meritocracia inverosímil en esos ámbitos de la comunicación, por encima de otra persona. Por lo general, su munición es más gruesa cuanto mayor es la debilidad psíquica que advierten en el reo, y abusan de él mostrando las ajadas galas de un ingenio revenido y mostrenco, amorcillado, propio de otros programas humorísticos de esa o de cualquier otra cadena, todos ellos, sin distinción, verdaderas antologías de la zafiedad, la caspa y el más brillante repertorio de lo deleznablemente español a través de los siglos, porque en la larga historia desgarrada de la enemistad con la razón de este pueblo nuestro es donde hunden sus raíces esos contenidos, esas actitudes, ese desparpajo del despojo.
Si hay algún espejo en el que se mire la España vulgar con la delectación propia de los necios, ése no es otro que el polifacético de los programas de humor que dominan las parrillas lorencianas en las que los espectadores reclaman de continuo que les den la vuelta para retorcerse mejor con los espasmos de las carcajadas sobre las ardientes varillas de una tortura que agradecen con la fidelidad servil de quienes nunca leyeron a Quevedo ni tendrán entre sus manos El Ruedo Ibérico de Valle ni pondrán en sus vídeos La Kermesse heroica  o Mon oncle, de Tati.
De un tiempo relativamente corto a esta parte, el humor, el supuesto humor, puesto que sería más apropiado hablar de  chuflas de voceras, chascarrillos de chisgarabises o facecias de charlatanes –¡jamás de charlotadas, pues hemos de rescatar tan alto nombre para el verdadero humor, como hemos de preservar el de quijotada para los sublimes actos heroicos del más encomiable idealismo!–, se ha adueñado de la vida televisada casi en relación directa con la tensión política generada por las estrategias de partidos sin ideología que sólo viven del azuzamiento, la bronca, la pelea, la confrontación radical y la esperanza de que el río baje bien revuelto para pescar cuantos más votos mejor. En uno y otro caso, el del humor televisivo y el de la política (no menos televisiva, todo sea dicho) la zafiedad de los mensajes, la vulgaridad de los contenidos, aspira a confundirse, a fusionarse, con los receptores, hasta el punto de hacerse imprescindible.
Prácticamente no hay empresa televisiva que no juegue la baza del humor chocarrero y zafio para hacerse un huequecito en la solicitada agenda de los espectadores, llena de citas inverosímiles, y con idéntica promesa: con nosotros te reirás hasta la carcajada, te temblarán las muelas, te descoyuntarás y se te rebelarán los intestinos. Ahora bien, ninguna de ellas se privará de anunciar a bombo y platillo el adjetivo que define, en todas, la llave moderna que abre el candado de ese culto diario de los plastas al plasma: inteligente. Colocado el rótulo, a modo de INRI, en la parte superior de las pantallas planas, sirve de patente de corso para que cualquier imbécil, usualmente travestido, castigue, ¡hasta llegar a la tortura!, la sensibilidad de quien se equivoca en el uso del telemando y satisfaga, con aspavientos, gritos y sal gruesa, la desmesurada necesidad de ingenio del común de los mortales.
Es indiferente que el gracioso aparezca en compañía, solo, en un plató, en un teatro, vestido de presentador, travestido de vip vilipendiado, o comoquiera que sus guionistas diabólicamente se lo ingenien: ¡siempre tendrá a su disposición las risas enlatadas para convencer a la audiencia, y los aplausos regidos para ratificar su éxito! Sentar cátedra de gracioso es, en este país de las risas cariadas y las carcajadas halitosas, tan fácil como cobrar la comisión municipal por un pelotazo urbanístico. Contribuye mucho al buen fin de la risueña empresa tener una jeta ad hoc, un hablar atropellado, y ser capaz de decir diez mil obviedades de rancia actualidad con tanta agudeza cada una como cualquier intervención pública de Zaplana, y, a ser posible, con una sonrisa de boca al biés como la del eminente político murciano, gloria del parlamentarismo español,  patrono comisionado de la Tierra Mítica y deidad advocadísima de la fratría del santo ladrillo.
Es indiferente el sexo, aunque dominan los comicastros masculinos, si bien no es infrecuente entre ellos la afición al travestismo, lo que no ocurre entre las mujeres, a mayor honra, salvo excepciones. Todos ellos, no obstante, dominan el arte de Tancredo y son capaces de resistir con impávida desfachatez su propia actuación deprimente, apenas animada  por la cooperación costosa de tantos decorados, luces, cámaras,  risas enlatadas y la presencia, en según qué lastimosas intervenciones, de algún famosejo que va del roto al descosido con idéntico rostro de jijona: una cara dura de jijíes patéticos.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Estimado Juan, te dejo la nueva, y adecuada palabra, para designar al personaje que describes: vidiota. Hoy he encontrado otra, que sin duda te será de utilidad: idiocracia. Creo que vas a tener que escribir un artículo sobre la sociedad “idio”.
Un abrazo.

Jesús San Martín

Javier dijo...

Juan, estos bichos que describes deberían laverse con productos tensoactivos no iónicos, para que su gran capa, mejor dicho, coraza protectora no se derrumbase con tus agudas críticas.

De todas formas, para ser vulgar de carrera, profesional, quiero decir, hace falta alguna medalla más que añadir a tan meritorio currículum, pongamos media docena de juicios por difamación mutua entre ellos y ellas.

Sin embargo, con repeler al buen gusto y al sentido común, estos chiringuitos televisivos son tan necesarios a nuestras opulentas y ociosas sociedades como lo era la religión a las que nos precedieron. Tan ignorantes son unas como otras, aun por encima de la inflación actual de medios y fuentes de conocimiento tan al alcance de cualquiera como esos progamas deleznables. La diferencia es que la ignorancia pretérita era forzada por las élites del poder, unas élites que hoy lo que fuerzan es el superconsumismo y el hiperconformismo, mientras que la ignorancia actual es fruto del apachambramiento general de los creyentes, que han cambiado las cuentas del rosario por el mando a distancia y el cristo en pañales del retablo mayor por la pantalla del televisor. También, es cierto, por la incapacidad de una elevada parte de la población de comprender mensajes intelectualmente complejos. Quizá por eso triunfan esos medios de masas donde las palabras pierden letras y las frases sentido...

Día llegará en que nos veremos forzados a elegir, si nos dejan, entre la vulgaridad y Fernando VII.

Un abrazo.