3. Sebo fresco
Viene rodada, desde ese subidón de vulgaridad que nos indica tanto la literalidad torticera de Roldán, como la franca de Pujalte, que sube alto, almoneda de por medio, la compañía adiposa del castigo visual al que nos someten tantísimas españolas ufanas y sin complejos que, en lugar de descubrir su ombligo, a veces adornado con una refulgente perla de acero, sacan, en su lugar, los sólidos rollos de grasa a pasear sin ningún pudor ni la más mínima consideración para los involuntarios observadores de tan neumático espectáculo. Aun siendo pancetas jóvenes en su mayoría, ¡cuantísimas de ellas no ofrecen a la visión ajena el agresivo espectáculo de las estrías brillantes, como insólitos cortafuegos de hielo en dunas deforestadas, y la áspera corteza agria del naranjal de la celulitis!
Es indiferente, para esa exhibición impúdica, el tiempo atmosférico. Como lo es, igualmente, para la masculina moda mozalbeta de llevar los pantalones casi por debajo de los calzoncillos, -haciendo exhibición literal de masculinidad...- no siempre, éstos, sin embargo, tan libres de palominos de alas cortadas como la moda exigiría.
Haga frío o calor, los rollos adiposos, hijos de generosas pizzas cuatro estaciones y de líquidas invasiones imperialistas aceptadas a mandíbula batiente incluso por los cachorros nacionalistas de toda calaña y de cualquier cabaña, se liberan del escaso abrazo ceñidor de chillonas camisetas con tirantes, de mucho mango y escaso sabor, bajo las cuales se elevan bóvedas ventrales hipercalóricas sobre las que descansan repechones ofrecidos como amplios escalones visuales donde descansar y esconder la vista para evitar el enfrentamiento con espejos del alma que parecen, antes bien, ventanas abiertas a los abismos de las más tenebrosas visiones del Dante.
Entre el extremo siniestro de las enfermas anoréxicas que exhiben en las páginas web como trofeos sus esqueletos descarnados, en poses de pasarela y calendario funerarios, y la obesidad mórbida de quienes han trasegado calorías basura desde el cochecito de bebé con la aquiescencia de quienes los han descuidado o, en el peor de los casos, se han complacido en lo hermosos que se les ponían sus Jonathans o sus Jessicas, hay un buen colchón neumático intermedio de quienes, desacomplejadas sobre todo, imponen a los viandantes o viasedentes la contemplación, aunque sea de soslayo, de morbideces colgantes poco o nada relacionadas con los míticos jardines babilónicos: Tríceps flácidos con caída de quince centímetros; michelines desbordados sobre la cintura como los relojes blandos de Dalí; carrillos carifartos de los clásicos angelotes de Murillo; dedotes amorcillados en los que algunos anillos han enterrado toda posibilidad de oxigenadora extracción; ajustadísimos tops cuyas cinchas axilares quedan sepultadas bajo el beso de los rollizos labios carnales que restituyen la continuidad amenazada por el cortante textil, et sic de caetaris.
3.1. La catedral de los Bibendos y las Bibendas
Tienen su origen deformaciones estéticas semejantes en las actuales catedrales del vulgo: los megacentros comerciales. Entre el desdichado en una gran superficie –la mula...– y diríjase al sancta sanctórum de la misma: el hiper de turno (¡nada que ver, por supuesto, con el celoso rival de Eneas...!). Ha de encontrarse allí con un rebaño de familias patronadas que van llenando los carros hasta convertirlos en pirámides funerarias de la discreción y la templanza.
Sin la sal ni la chispa de Sancho, pero todos con su panza, caminan los orondos Bibendos y las rollizas Bibendas por los ordenados pasillos escogiendo los productos hipercalóricos –algunos de ellos incluso se consumen en el acto– a ocho manos avariciosas que saquean las estanterías como si hubiera de aprovisionarse, el familión, para la inminente guerra de los cien años.
Se produce tal competencia de acumulación de productos, que los contendientes en esa guerra cutre de la ostentación carrocera han de vigilar, con afán de inspectores de consumo, si en la base de los otros carros van los packs de botellas de agua, las garrafas del mismo preciado y carísimo líquido, las cajas de leche y de cervezas y las docenas de litros de refrescos carbonatados; o si, por el contrario, la capacidad del carro se ha destinado íntegra a productos de clase y marca, exquisita delicatessen, incluidos los abultadísimos pedidos de la chacinería y la pescadería. Sólo el segundo supuesto es señal inequívoca del rumbo, del poderío económico de los conductores de marras, quienes lo exhiben impúdicamente cuando, pieza a pieza de su acalorada y calórica cacería, van pasando por el lector del código de barras la pirámide funeraria hasta que, al final, la cajera les entrega el tíquet-serpiente que agitan en el aire durante unos instantes como el pendón ejemplar del general victorioso: en apretada simbología numérica, se hacinan allí los grasos patés de oca martirizada, los chorizos de retales, las salchichas de tocino y piltrafas, las patatas encharcadas de aceites de refrito, los mil y un frutos secos y, afición familiar de honda raigambre, las grandes bolsas de pipas tostadas y saladas, los quince pisos de pizzas inverosímiles, los yogures enriquecidos, los ganchitos de queso, los quesos curados de espanto, el maíz al vacío para las palomitas coloreadas de microondas, los moldes de pan-bollo descortezado, los botes descomunales de mayonesa, la carne magra de cerdo, los paquetes de lonchas de beicon, las aceitunas, la docena larga de tarrinas de Filadelfia, los botes de mantequilla salada, la crema de cacahuetes, las latas de atún en aceite y en escabeche, las mermeladas, los innumerables paquetes de azúcar, el ketchup y la mostaza de marca blanca, gigantes, las bolsas militares de cruasanes, las diez cajas de Donuts, las tabletazas de chocolate con leche y almendras, los tarros de Nocilla y, de postre, las tarrinas de helado de quilo, las tartas heladas y las cajas de Magnum variados...
¡Menuda marcha triunfal la de los campeones del consumo y el suicidio cardiogástrico hacia el aparcamiento subterráneo! Con mimo van los memos pendientes de que no se deslice ladera abajo de la montaña volcánica ni una sola caloría del acopio que acaban de hacer, al tiempo que van haciéndose cruces de cómo van a embutir semejante relleno en la salchicha con ruedas que ha de desplazarlos a todos de vuelta al hogar.
Miran a diestra y siniestra para provocar las miradas de los otros y saborear su más que dudosa singularidad, pues en ese recorrido visual retador pueden llegar a chocar con más de diez carros con los que mantendrían una reñida competencia por la privilegiada primera posición en un macabro concurso sobre cómo envenenarse legalmente con las bendiciones comerciales de los código de barras correspondientes incluidas. Corren el riesgo de ahogarse en las babas de ansiedad con que inundarán el vehículo, así que, nada más arrancar, y para entretener el desplazamiento hasta el domicilio, cada miembro del familión reclama abrir este o aquel aperitivo que les amenice el viaje hasta que les dé la hora de cenar, ¡ya tan próxima!
Lo propio, antes de salir por ruedas del vientre de la fiera, es haberse dado una vuelta por el fascinante mundo de color y glamour de las tiendas que, alrededor del híper, ofrecen la posibilidad de salir vestidos y calzados con auténtico espíritu de gala de primera comunión o primeras nupcias católicas.
Al benjamín del familión le pueden, en la parafarmacia inexcusable, llena de estupideces que te protegen ¡desde la flora intestinal hasta el ADN...!, horadarle la oreja para que luzca el pendiente de brillantes que, como a su padre, les meta de hoz y coz (estéticas, por supuesto) en la corriente mesocrática de la modernidad, a la que se habían asomado con un peinado de cresta engominada y el adjetivo guapo colgado de la lengua como un piercing elástico que va rebotando de una consola a unos zapatos estilo jugador de bolos, de éstos a un adorno de tunear, después hacia unas gafas de sol de Police, imitación oriental, luego a un peluco gigante con altímetro, higrómetro, cronómetro, podómetro, calorímetro..., y así sucesivamente hasta que lo recogen en la boca y se lo llevan a casa para ver ¡tan guapamente! un gol guapo, un anuncio guapo, cenar un Panini requeteguapo, ver un vídeo guapo y, a solas ya los padres, fumarse cada uno un Camel la mar de guapo en la cama, después de haberse sacudido un polvo guapo guapo que cierra el sabadete guapísimo y guay como mandan los cánones y la ley.
3 comentarios:
Me temo que el desencajado narrador tiene una concepción estricta sobre el consumo de calorías, y eso le hace ser ciertamente pacato a la hora de considerar el problema.
No hace mucho falleció una persona cercana por ser familia política. Era una excelente persona. Lo aprendí a conocer a lo largo de años. No era culto, había sufrido un ictus y le había imposibilitado para la lectura. Hace años le gustaban las novelas (o noveluchas) de M.L.Estefanía. Esta persona disfrutaba comiendo pulpo, un cocido, un caldo gallego, una empanada, boquerones en vinagre, bacalao… Yo le veía en su última navidad paladeando la comida a la vez que yo sabía que el cáncer que le consumía no tendría buen final. Lucía panzón orondo y su sonrisa era generosa. Éramos como la noche y el día pero aprendí a apreciarlo y respetarlo profundamente. Pues bien, imagino que si le hubieran dicho que podría vivir veinte años más pero haciendo una dieta pobre en calorías, sin que pudiera disfrutar de ese exceso con el que disfrutaba y que le llevaba a sentir un intenso placer en el acto de comer, casi metafísico, no sé si hubiera aceptado el trato. Vida a cambio de renunciar al disfrute del comer. No en vano se representa una de las imágenes de Buda panzona y rotunda. Supongo que no sería por alimentarse de frugales raíces y frutos pobres en calorías. Algunas leyendas sostienen que Buda murió por causa de un atracón. Seguramente son eso leyendas porque sabemos poco acerca de él, pero sí lo suficiente para darnos cuenta de que no existe una vía que renuncie al placer, timorata, morigerada, estricta… y que lleve necesariamente al Nirvana. Puede que en los panzones haya -no necesariamente- un punto de verdad que los haga reivindicar la dicha de vivir en todos los sentidos.
Lo que no quiere decir que lo contrario no sea igualmente veraz y luminoso.
Te despachaste a gusto, Juan, con los efluvios de la modernidad. Tengo un calificativo ad hoc para esa moda tan elegantemente vulgar de llevar la ropa actual: pantalones de culo tobillero. Si te gusta te cedo los derechos...
Suelen ser los gordos, en el folclore popular, personas afables, bonachonas, fáciles de risa y de engañar, pero me temo que estos otros gordos que retrataste lo son más por ignorancia, bajeza intelectual y desapego del mundo que por el tal pecado capital. Queriendo estar a la última -imagino que porque no pueden estar a la primera, mucho más cara y elegante- como recurso estereotipado de la mediocracia ciudadana, se revuelcan en el hiperconsumismo soez y estúpido que producen los medios para mejor doblegar los ánimos, que tan fácil resulta someter a quien no come como a quien lo hace mal y en exceso. No en vano es la comida aquello por lo que uno, a la postre, realmente mataría.
Un abrazo.
Este artista desencajado siempre ha padecido del mal del sobrepeso, de ahí el alto valor que le concede a la moderación gastronómica como fuente de salud. Quería resaltar que hay hábitos alimentarios que constituyen un suicidio lento en toda regla. En Inglaterra a los fumadores pertinaces los condenan a los últimos puestos en la lista de trasplantes... Por ahí van los tiros. Cada cual es muy libre de hacer con su cuerpo lo que le dé la gana, pero que luego hayamos todos de hacernos cargo monetario de sus compulsiones autodestructivas no me parece justo ni educativo. En todo caso, a Cervantes me remito: "Come poco y cena menos, que la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago."
Aunque "La grande bouffe" me pareció una película muy notable e ingeniosa, la vi con no poco disgusto; del mismo modo que Anticristo, de Trier, me parece una película sublime pero no puede mirar la castración genital de la protagonista ofrecida explícitamente.
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